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Postmodernidad

Desarrollo


El recorrido de los conflictos que ya se han producido debe ser completado con el de los que están vigentes en el momento actual o que, por las realidades de fondo que descubren, pueden tener lugar o incrementarse de forma exponencial en un próximo futuro. Resulta muy posible, por ejemplo, que el mundo del futuro sea el de la "revolución de los pobres", tanta es la distancia entre los países que merecen ese calificativo y los ricos. Por lo que se aprecia en los datos de la ayuda de los Estados ricos al desarrollo, es muy posible que en estos momentos se esté produciendo ya un cierto "cansancio de la caridad" por más que las organizaciones no gubernamentales tiendan a sustituir a los Gobiernos en esa misión. Además, desde comienzos de los años ochenta, la evolución de las ideas ha convertido al tercermundismo objeto de admiración utópica por parte de izquierdistas en objeto de condenas generalizadas. El libro de Pascal Bruckner El gemido del hombre blanco resultó, en este sentido, muy revelador. El calificativo "tercermundista" no sólo es denigratorio sino que también descalifica a quien se atribuye porque implica la incapacidad de superar sus limitaciones. Puede añadirse, incluso, que después de la caída del Muro, la atención pública en Europa Occidental se ha centrado en los países del Este que realizaban la transición más que en el antaño más prometedor Tercer Mundo. Hay que partir de la base de que mucho ha cambiado la situación desde que a comienzos de los cincuenta Alfred Sauvy inventara este concepto.

Hoy no existe un Tercer Mundo sino varios y todos ellos definibles por rasgos muy diversos. Además de que no pueda hablarse de su homogeneidad, su frontera relativa con respecto a los países más desarrollados cambia de forma constante. En lo que en otro tiempo se consideraba como Tercer Mundo hoy hay países "casi desarrollados", como Tailandia o Taiwán, o "países predesarrollados", como buena parte de los de América del Sur. Pero también figuran en el elenco del Tercer Mundo los púdicamente denominados "países menos desarrollados", una cuarentena de naciones, la mayor parte de ellas en África, que, en conjunto, suponen tan sólo el 0.3% del comercio mundial, mientras que la industria representa un porcentaje del PIB inferior al 10%. Pero, de todas formas, el hecho de que existan todas estas gradaciones en el Tercer Mundo no implica que no perdure la abismal diferencia de nivel económico entre las naciones. En el Sur se concentran tres cuartas partes de la mano de obra mundial y tan sólo algo menos de un quinto de la riqueza. Además, ya a finales del siglo XX, han aparecido unas nuevas lacras del Tercer Mundo que no se refieren en exclusiva a la riqueza. Se trata de las armas, la deuda y el crecimiento demográfico. Paradójicamente, el desarme del Norte ha venido acompañado de una verdadera carrera de armamentos en el Sur. Ambas realidades están estrechamente relacionadas porque el final de la guerra fría, que ha hecho posible lo primero, ha traído una inestabilidad que ha facilitado lo segundo.

A pesar de la carencia de un verdadero nuevo orden mundial, se ha intentado evitar la proliferación del armamento por la superficie del globo. Los acuerdos iniciales en torno al comercio de armas datan de 1991 y, en 1993 en París fue suscrito por multitud de países un protocolo que presupuso la desaparición del arma química. Pero la realidad resulta mucho menos esperanzadora de lo que indican estos datos. En primer lugar, así sucede por lo que respecta al arma nuclear. Unos quince países del mundo tienen en la actualidad programas nucleares más o menos clandestinos; de ellos, ocho están en Oriente Medio o en el Asia Central. La situación cambia de año en año de acuerdo con su evolución interna: en 1991, África del Sur firmó el Tratado de No Proliferación Nuclear y, en 1993, Corea del Norte se retiró de él cuando quisieron imponérsele inspecciones. Lo más grave es que el arma nuclear puede servir para mantener instituciones políticas periclitadas, como en este caso, aparte de enconar a países que tienen un conflicto aparentemente insoluble; el de Cachemira, por ejemplo. Pero la proliferación de las armas no se refiere tan sólo a la nuclear. El arma química por su sencillez y poco coste puede desempeñar un papel semejante en los países del Tercer Mundo. Además, así como puede existir un programa de inspección en materia nuclear resulta mucho más difícil llevarlo a la práctica respecto al arma química. Incluso el arma convencional contemporánea -que ha sido la única utilizada, pues el propio Sadam Hussein no llegó a utilizar la química- puede tener un efecto enormemente destructivo.

En el comercio mundial de armas figuraban, a comienzos de los noventa, como principales importadores, India con el 16% del total, e Iraq, con el 11%. Sin duda, el volumen mismo de las armas de que se dispone no induce de forma necesaria a usarlas, pero el hecho es que el primer país las ha utilizado ya. El mayor exportador sigue siendo la antigua URSS, seguida por Estados Unidos y Francia. Para tener una idea del esfuerzo económico que significa el peso de esas armas convencionales en los presupuestos de esos países, basta con referirse a la concentración de armamento en una única zona conflictiva del mundo y ponerla en comparación con el volumen del que dispone una gran potencia industrial. En Medio Oriente, Iraq tiene seis veces más carros de combate que Francia. Egipto, por su parte, tiene tres veces más; Israel, cuatro veces y Siria, una cifra incluso algo superior. Ni siquiera hace falta que un país del Tercer Mundo esté situado en una región crítica del mundo para que procure dotarse de un aparato militar importante, porque éste siempre suele ser atractivo para gobernantes no democráticos. Indonesia, por ejemplo, ha adquirido un tercio del total de los efectivos de la Marina de Guerra de la antigua Alemania Oriental. En segundo lugar, el monto de la deuda pública ha sido también habitualmente un grave impedimento para el desarrollo. La deuda la contraen, con frecuencia de forma irresponsable, gobernantes que no deben responder de sus actos y que la legan a sus sucesores.

Si puede constituir un instrumento para el despegue económico, también puede ser una peligrosa adicción que incluso haga desaparecer la base cultural imprescindible para el desarrollo. Sobre todo, la deuda pública pude provocar, como de hecho ha sucedido ya, violentos estallidos populares en aquellos momentos en que se pretende un ajuste. La deuda ascendía a 2.000 millones de dólares en 1995, mientras que, como ya se ha indicado, la ayuda pública al desarrollo tendía a disminuir. En esas fechas, se calculaba que cincuenta países del mundo, casi todos subdesarrollados, padecían una sobrecarga de deuda. Ni siquiera tenían una idea clara acerca de cómo salir de este problema: algunos países pretendían obtener escalonamientos de pago mientras que otros querían compensarla con materias primas. La realidad es que, sólo en 1996, empezaron a producirse reducciones voluntarias por parte de los acreedores del monto total de la deuda pública en el Tercer Mundo. Pero quizá, de todos los problemas enumerados el más grave sea el que se refiere a la demografía, que crea una presión agobiante sobre las posibilidades de desarrollo económico. La población mundial se duplicó entre 1950 y 1990 y lo hará de nuevo en el año 2050; en 1999, se alcanzaron los 6.000 millones de habitantes, el doble que en 1960. El crecimiento demográfico ha tenido como consecuencia que la distancia entre los países pobres y los ricos se haya incrementado en lugar de disminuir, como hubiera podido preverse.

Además, el crecimiento demográfico de Asia se ha detenido pero el de África y especialmente el de sus zonas musulmanas -por la concepción existente acerca del papel de la mujer en la sociedad- se mantiene, dando lugar a situaciones sociales explosivas. Al estallido demográfico se suma, como fenómeno concomitante, la urbanización acelerada: ya en los años noventa, el 30% de la población del África subsahariana vivía en ciudades. La población urbana del Sur del globo se ha multiplicado por seis entre los años 1950 y 2000. Esa redistribución tan rápida de la población no se debe, como en otros tiempos y latitudes, al crecimiento económico, sino que testimonia graves problemas de integración social. El mismo mundo desarrollado percibe el impacto de esta realidad, ya tan lejana a su forma de comportarse e incluso a su concepción del mundo, al convertirse en receptor de los movimientos migratorios. Este tipo de inmigración ya no tiene comparación posible con la producida con otros países y en otros momentos históricos. Entre los años 1840 y 1920, cincuenta millones de europeos se establecieron en América, pero ni los irlandeses, ni los italianos o polacos cambiaron de tal modo el país de recepción de su emigración como pueden hacerlo los emigrantes cuyo modo de vida resulta radicalmente distinto. Al mismo tiempo, el mundo desarrollado, estancado, necesita esta inmigración todavía en mayor medida que los Estados Unidos del período indicado. Los flujos de población son hoy, sencillamente, inevitables.

Europa Occidental tiene hoy 324 millones de habitantes y África, 590, pero en el año 2025 estas cifras pueden ser 319 y 1.500, respectivamente. Se ha llegado a decir que con que tan sólo uno de cada diez jóvenes africanos traten de llegar a Europa la población de ésta crecerá entre treinta y cincuenta millones de personas, el equivalente aproximado de un sexto de su población. Eso alterará de forma sustancial su realidad demográfica. Europa Occidental se encuentra, en efecto, en la proximidad de la zona de turbulencia máxima de las migraciones, por ser una de las regiones más desarrolladas del mundo, padecer estancamiento demográfico y estar en la frontera misma de las demografías más explosivas del planeta. Argelia está pasando de 26 millones de habitantes a 52 en el período 1991-2025 y el Magreb, en su conjunto, de 60 a 114 millones. Uno de cada cuatro magrebíes no tiene trabajo y, además, el porcentaje de la población femenina que trabaja es mínimo, de modo que la presión demográfica imaginable tenderá a multiplicarse. Ya en 1991, la Comunidad Europea en conjunto tenía nueve millones de inmigrantes legales y quizá un tercio más de clandestinos; en el caso de Italia, por ejemplo, la proporción se invertía a favor de la inmigración clandestina. A mediados de los años noventa, el 8% de la población en Gran Bretaña y el 11% en Francia nacieron en el extranjero. Desde 1989 hasta mediados los noventa, Alemania recibió más de un millón de alemanes procedentes de la antigua Unión Soviética, Hungría y Rumania, pero todavía queda una población muy superior a esa cifra de procedencia étnica germánica en el Este de Europa y que puede convertirse en potencial inmigrante.

En realidad, en todas las latitudes la inmigración está produciendo un cambio sustancial en la heterogeneidad y en la proporción relativa de los componentes de la población. La relación demográfica entre América del Norte y del Sur es de uno a dos, pero la de Europa y África es de una a tres y, como hemos visto, resultará creciente, de modo que la presión migratoria tenderá a incrementarse. Los Estados Unidos presencian el aumento de la población hispana, que supera ya a la negra y a la asiática; de este modo, puede decirse que se trata del primer país con una población mundializada. Esa realidad no está exenta de conflictos. En la Europa de finales del siglo XX, se padece a menudo una crispación por el statu quo característico de las sociedades sobreprotegidas y envejecidas. En los propios Estados Unidos, receptores de una emigración nutrida durante tantos años y capaces de llevar a cabo una amalgama multicultural -el melting pot- se han enfrentado en los últimos tiempos con la resistencia etnocéntrica por parte de los nuevos inmigrantes a perder sus características culturales propias. El historiador Arthur Schlesinger ha podido escribir un ensayo sobre lo que denomina "la desunión de América", producida como consecuencia de esa realidad. Pero ésta es una visión del mundo desarrollado muy alejada de aquella que tienen los parias que tratan de llegar a él. La otra cara de la moneda es la que ofrece África, un continente que ha sido descrito como náufrago, habiendo desmentido todas las esperanzas que sobre él se engendraron en otro tiempo: las ideológicas, por la pretendida oportunidad de imitar sus revoluciones, y las económicas, por una supuesta riqueza inextinguible.

África, además, ha dejado de ser el continente "deseado" de otro tiempo, para convertirse en un espacio marginal. Para el observador superficial, da la sensación de un movimiento constante pero, si se observa detenidamente, también puede interpretarse que en ella no ha sucedido verdaderamente nada desde la independencia. Buena parte de los datos objetivos existentes ofrece la sensación de que este continente desea entrar en el futuro unos pasos atrás. Así se aprecia, por ejemplo, en lo que respecta al crecimiento económico. La treintena de países miembros de la Banca Asiática de Desarrollo consiguió en 1990 un crecimiento superior al 5%. Por el contrario, en África se ha producido en los últimos tiempos un decrecimiento en términos reales. La inversión misma ha retrocedido en los tres últimos lustros y, en el momento actual, todo el continente sólo contribuye en un 1.5% al comercio mundial. En el África subsahariana, sus 500 millones de habitantes producen lo mismo en valor que 10 millones de belgas. Todavía más: todos esos países producen una décima parte que los siete países del antiguo Este de Europa. Además no se puede, para contrapesar esta afirmación, acudir al argumento de la insuficiencia o el fracaso de la ayuda poscolonial, pues África ha recibido un tercio de la misma cuando sólo viene a representar el 11% de la población mundial. África es, además, el continente más endeudado del mundo: en 1987, la deuda representaba casi el triple de las exportaciones.

Gran parte de su tragedia consiste en que, desde la independencia, no ha creado las élites técnicas y humanas que hubiera necesitado. Todo ello tiene también mucho que ver con las instituciones políticas. Sólo una novena parte de los países africanos funcionaba como democracia a comienzos de los años noventa y existía un manifiesto contraste entre ellos y aquellos que viven sometidos a una brutal miseria y a regímenes despóticos que ya ni siquiera se molestan en maquillarse como supuestas dictaduras del proletariado. En los años noventa, se ha producido una transición hacia un cierto multipartidismo y mayor respeto de los derechos humanos, pero en su mayor parte los cambios han sido ficticios. África, además, padece plagas del subdesarrollo que no se dan en otras latitudes. Al margen de la fortísima presión demográfica, sufre de una dependencia alimentaria que no ha hecho más que crecer. En parte, se debe a la destrucción del medio natural: se ha llegado a apuntar que los desiertos de Kalahari y del Sahara se aproximan a un ritmo de 150 kilómetros al año. Desde 1970, el suelo cultivable ha disminuido en una extensión semejante al conjunto de la tierra productiva de la India. En ésta, los problemas alimenticios más acuciantes pueden haber desaparecido en la actualidad, pero no así en África. Pero el hambre no es sólo consecuencia de los desastres ecológicos, las deficiencias de la clase dirigente o el monocultivo, sino también de la guerra.

La ausencia de intervencionismo de las grandes potencias -el abandono de Mozambique y Angola por la URSS, por ejemplo- no ha producido la paz, sino que ha revelado que en gran parte esos conflictos no eran más que luchas de clanes por el poder y por el alimento escaso, aunque se enmascararan tras grandes principios ideológicos, como en el pasado. Las guerras han sido frecuentes a mediados de los años noventa en toda África, en especial en su zona central. En parte, se deben a que los Estados son el resultado de las delimitaciones fronterizas entre las potencias coloniales. Pero más frecuente que eso han sido las guerras civiles sin propósito ideológico alguno. Muchos de esos conflictos cuentan su duración por décadas. Nadie en Eritrea con menos de cuarenta años de edad conoce, por ejemplo, la vida sin guerra. Ésta ha llegado a producir no sólo la militarización de la sociedad sino incluso la infantilización del soldado. A menudo se ha visto acompañada por el saqueo y el desplazamiento de la población, dos fenómenos habituales en la Historia africana, pero que hoy parecerían impensables en otras partes del mundo. Las guerras han estado frecuentemente vinculadas con el hambre: han consistido en la lucha por recursos alimenticios escasos que sólo el poder político puede otorgar. También han reaparecido los enfrentamientos étnicos, con una ferocidad incrementada de forma exponencial. En Ruanda, en un conflicto cuyos orígenes se remontan al siglo XVI y que ha enfrentado a un pueblo guerrero con otro agricultor -tutsis y hutus-, pueden haber sido asesinadas 500.

000 personas en 1994. La caída de Mobutu en el Congo (1997) revela el fracaso de un Estado que tenía toda la apariencia de ser una férrea dictadura. La nueva guerra civil de Angola revela que no sólo alimentaba la anterior la confrontación entre las superpotencias. En Argelia, la guerra civil, iniciada a partir de 1995 y causante de decenas de miles de muertos, nace del fundamentalismo religioso pero éste consigue su éxito merced a la presión demográfica y al fracaso económico de un régimen dictatorial. Todas estas guerras han resultado muy a menudo invisibles y lejanas al mismo tiempo para Occidente con momentos de súbita aparición en los medios de comunicación pero también con largos períodos de silencio que pueden dar la falsa impresión de normalidad. Pero ésta no existe. La guerra y la desertización han producido en el África subsahariana veintisiete millones de refugiados, lo que equivale a la mitad del censo mundial de esta categoría de personas.

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