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Postmodernidad

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El segundo de los grandes conflictos de la posguerra fría resultó todavía más sorprendente porque tuvo lugar a tan sólo dos horas de distancia en automóvil de Venecia. A lo largo de la Historia de Yugoslavia, ha existido en ella una doble posibilidad de organización política: por un lado se ha planteado la hegemonía del nacionalismo serbio y por otro la idea federativa basada en el respeto a la pluralidad étnica. Los eslavos del Sur tuvieron por primera vez una unidad política en 1918 con el Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos, que pretendió lo segundo, pero en 1921 se optó por una versión de nacionalismo serbio unitario. El Partido Comunista denunció esta situación como la conversión del reino en una "prisión de pueblos" dominada por la burguesía granserbia. Era, en realidad, el único partido importante de composición étnica plural. A pesar de que la situación en todo el Este de Europa mostraba un mosaico de heterogeneidad, ya entonces se hizo manifiesto que el caso de Yugoslavia resultaba especialmente grave, pues por ella transcurría la frontera europea entre catolicismo y ortodoxia y era también el límite occidental de la presencia islámica. La llamada "limpieza étnica" fue un fenómeno histórico cuyos orígenes se sitúan en el siglo XIX, cuando se produjo la lucha por la independencia del dominio otomano. El nacionalismo serbio, desde entonces, propendió a mostrar unas características expansivas, dado su protagonismo en aquella empresa, mientras que el esloveno nunca las tuvo.

La derrota de Yugoslavia ante los alemanes no se debió primariamente a su heterogeneidad, pero a lo largo de la Segunda Guerra Mundial las pasiones interétnicas se exacerbaron como consecuencia del derramamiento de sangre. Durante la misma, murieron 487.000 serbios, 207.000 croatas y 86.000 musulmanes; el porcentaje de estos últimos (8%) fue superior al de las otras etnias. En este sentido, sólo la URSS y Polonia sufrieron tanto como Yugoslavia. Por más que Croacia fue convertida en Estado satélite del Eje, no se debe achacar la culpa de lo sucedido a una sola etnia, sino que fue la brutalidad de la guerra la que dejó una grave herencia para el futuro. Además, Tito, el vencedor en ella, eliminó entre 20.000 y 30.000 personas. De Gaulle siempre se negó a entrevistarse con él, croata de padre croata y madre eslovena, debido a su fama de genocida. La dictadura comunista implantada en 1945 pareció haber encontrado una forma de estabilidad: en ella, con un tercio de la población, Serbia obtuvo tan sólo un octavo del poder político. Durante los años cincuenta, cuando el régimen se enfrentó a Stalin, existió un considerable grado de solidaridad interétnica frente a la URSS. Tito siempre recordó que si los propios yugoslavos no ponían ellos mismos en orden su casa, otros -refiriéndose a los soviéticos- vendrían a imponérselo por la fuerza. Sin embargo, desde los años sesenta, esta solidaridad tendió a disiparse, entre otros motivos porque se evidenció que Yugoslavia se dividía en un Norte y un Sur separados por la línea del desarrollo.

En 1945, la relación entre Eslovenia y Kosovo en términos de renta era de tres a uno y veinte años después había pasado a ser de seis a uno; además, el Norte vivía para la exportación a los mercados occidentales. Más grave todavía fue el hecho de que la nueva generación de dirigentes políticos sólo fue capaz de asentar una influencia propia a partir de posiciones nacionalistas en cada una de las repúblicas. En 1974 existió una autocrítica en el seno del régimen sobre la tolerancia con el nacionalismo pero en esa misma fecha la nueva constitución estableció una presidencia rotativa de Yugoslavia a cargo de cada uno de sus componentes. En suma, tanto el pasado remoto como el más reciente hacían pensar que la convivencia futura en Yugoslavia no sería fácil. Sin embargo, problemas de este tipo se daban a comienzos de los años noventa en todo el Este de Europa y no siempre se tradujeron en enfrentamientos armados. En enero de 1993, tuvo lugar una separación -de terciopelo, como había sido denominada la revolución de 1989- entre la República checa y Eslovaquia. En realidad, a pesar de las dificultades objetivas y de fondo, debe decirse que Yugoslavia no desapareció de muerte natural, a pesar de todos sus problemas, sino que fue asesinada por el nacionalismo granserbio. Occidente y, en especial, Europa, no supo intervenir a tiempo para impedirlo, aunque sucesivamente atribuyéndose un papel que luego fue incapaz de cumplir y que prolongó el conflicto durante toda una década.

Tito murió en 1980, pero lo decisivo para el destino de Yugoslavia fue la revolución cultural serbia que tuvo lugar al final de esta década. Milosevic, un antiguo jefe de las juventudes comunistas, organizó concentraciones masivas como si se tratara de recuperar prácticas estalinistas. Ahora no se dedicaron al culto a la personalidad sino contra el supuesto genocidio de serbios en Kosovo. Era ésta la región donde había tenido su germen la resistencia de los serbios contra los turcos. Lo que deseaban sus habitantes era una república autónoma, que tenía especial sentido si se tiene en cuenta que allí residía la única nacionalidad no eslava de Yugoslavia. En esta región entre el 80 y el 90% de los habitantes son albaneses, de modo que había casi tantos en ella como en la propia Albania. De acuerdo con la Constitución, los poderes que tenían los kosovares eran muy limitados, de modo que carecían de policía y de la posibilidad de asumir la dirección de sus cuestiones económicas; pero ante las protestas, incluso esta mínima autonomía fue suspendida por Milosevic. En Voivodina, otra unidad política en que tan sólo un 53% de los habitantes son serbios, sucedió algo parecido. Mientras tanto, los serbios empezaron a reclamar a otros lo que ellos mismos no concedían. En Croacia y en Bosnia, las minorías étnicas serbias exigieron una autonomía que los serbios no concedían a sus propias minorías. Bosnia había sido una invención de Tito para contrapesar la hegemonía de Serbia.

Se caracterizaba por ser la región donde mayor número de matrimonios mixtos había y donde un mayor porcentaje de la población se declaraba yugoslavo, superando las restantes connotaciones étnicas anteriores; su presidente, cuando hubo elecciones libres, fue el único sin un pasado comunista. A las dificultades interétnicas se sumaron las derivadas de la crisis económica, como consecuencia del hundimiento del comunismo: en 1987, Macedonia, Montenegro y Kosovo se declararon en bancarrota. Los dos caminos entre los que entonces tuvieron que elegir los pueblos de Yugoslavia fueron o bien un programa de reforma desde arriba como vía hacia la economía de mercado y la democracia (el caso de Kucan en Eslovenia) o un Estado autoritario dominado por una ideología nacionalista y populista, como fue el de la Serbia de Milosevic. Los dirigentes serbios sustituyeron al "camarada" por el "hermano" y la "clase obrera" por la "nación" y, por si fuera poco, llegaron a una identificación completa con la Iglesia ortodoxa. Su interpretación fue que, con la Constitución de 1974, habían quedado preteridos por Tito y ahora podían aspirar a una revancha. De ahí, la intervención en las dos provincias autónomas, la sustitución de quienes ejercían el poder por personas impuestas por Milosevic y la imposición como himno nacional de uno exclusivamente serbio. Las consecuencias de esta actitud fueron inmediatas. En enero de 1990, estalló la Liga de los Comunistas; la presidencia federal de Yugoslavia desaparecería en quince meses y el Gobierno federal, en seis más.

A fines de 1990, se celebraron elecciones multipartidistas en toda Yugoslavia. En Bosnia, Croacia, Macedonia y Eslovenia los Partidos Comunistas fueron derrotados, pero en Serbia y Montenegro ganaron una vez que consiguieron remodelarse como nacionalistas. En los mismos meses se iniciaba el enfrentamiento serbocroata y a continuación se abrió paso la "libanización" de Bosnia. Conviene hacer mención de la posición occidental en estos momentos. Los norteamericanos, desde un principio, se negaron a atribuir a Yugoslavia el papel estratégico que le habían otorgado con anterioridad cuando era un país comunista disidente. En el verano de 1990, la diplomacia norteamericana, no obstante, empezó a juzgar que Yugoslavia, según todos los indicios, se iba a desintegrar, que el proceso sería sangriento y que el desenlace de los acontecimientos no podría ser evitado por sus propios protagonistas. Pero, como era una cuestión que se refería a la estabilidad de Europa, se dejó que los europeos tomaran la iniciativa. Sólo austríacos y húngaros estuvieron de acuerdo en el diagnóstico, pero Alemania y Gran Bretaña pensaron que cualquier actitud decidida era prematura. Francia opinó lo mismo, pero en tono todavía más distante, como si se tratara de una manifiesta exageración de los norteamericanos. Alguna autoridad militar de la OTAN llegó a afirmar que ésta no intervendría, porque Yugoslavia estaba lejos de su perímetro de defensa.

Fue finalmente la negativa serbia a aceptar que un croata fuera presidente, de acuerdo con el turno rotativo que preveía la Constitución, lo que hizo ya definitivamente imposible la convivencia. Eslovenia se declaró independiente en diciembre de 1990; una coalición anticomunista había ganado las elecciones, mientras que los comunistas se quedaron en tan sólo el 17% del voto, pero el presidente elegido pertenecía a este partido. En Croacia, donde sucedió algo parecido -aunque con más voto comunista-, se ofreció una vicepresidencia al representante de los serbios. En Macedonia, ganaron los independentistas, pero el problema fue que ni Bulgaria ni Grecia, sus limítrofes, la aceptaron como nación independiente. Se planteaban, por tanto, graves problemas de convivencia pero Milosevic no tuvo el menor interés en conservarla. Croacia, en consecuencia, siguió el ejemplo de Eslovenia y entonces se produjo un ejemplo de las perversiones a las que se podía llegar con la aplicación del principio de autodeterminación. La región de Krajina, donde había una importante población serbia, se declaró independiente de Croacia y, dentro de ella, la ciudad de Kijevo, croata, se independizó de Krajina. En estas condiciones, se produjo la ofensiva militar serbia. Se había producido una alianza, de hecho, del antiguo Ejército yugoslavo con los serbios, lo que tuvo como consecuencia que éstos pensaran que serían capaces de imponerse por la fuerza. La ofensiva se produjo en las zonas en las que el número de serbios es importante y minoritario, pero también con la intención de conseguir una salida hasta el mar Adriático.

El recuerdo de la Segunda Guerra Mundial o la multiplicidad étnica jugaron, por tanto, un papel en la destrucción de Yugoslavia, pero el culpable principal fue Milosevic. En Eslovenia, el 17% de la población es serbia, pero la convivencia se ha mantenido. La única posibilidad de lograrla consistía en conservar una unidad cimentada en la tolerancia de los serbios que servirían como cemento aglutinador por la dispersión de su etnia. Cualquier fragmentación de las naciones de la antigua Yugoslavia, tras un período de violencia, en unidades más pequeñas no podía tener otro resultado que hacer la guerra endémica. Los norteamericanos enviaron sucesivamente a varias personalidades diplomáticas destinadas a evitar la confrontación, pero no obtuvieron resultado alguno. El problema de los Estados Unidos fue que, de no ser la misión clara, el compromiso fuerte y la victoria segura, como en el Golfo, no era posible decidirse por una intervención. Los Estados Unidos, por otro lado, no ofrecieron una alternativa a la política alemana de reconocer a Eslovenia y Croacia como medio de internacionalizar el conflicto. Esta fórmula, por otro lado, dividió aún más a los europeos pero lo peor fue que no se tradujo en un acto decisivo. La CEE no acabó de ponerse de acuerdo en intervenir y reclamó en noviembre de 1991 a la ONU el envío de una fuerza de interposición. En enero de 1992, tres días después de que la CEE en su totalidad reconociera a los dos primeros países independientes de la ex Yugoslavia, Bosnia se declaró independiente y su reconocimiento se produjo en abril.

En ese mismo mes, Serbia y Montenegro proclamaron la República Federativa de Yugoslavia. Sin embargo, la aplicación del principio de autodeterminación no resolvió la cuestión porque los serbios siguieron queriendo sumarse los enclaves serbios de Bosnia y Croacia. Particularmente dura fue la guerra civil en la primera con Sarajevo, convertida en una auténtica ciudad mártir. Sólo en febrero se decidió el envío de una fuerza de protección de las Naciones Unidas formada por unos 15.000 hombres, incrementada en octubre. Pero con ello las esperanzas de paz no llegaron a plasmarse en la realidad. En agosto de 1992, se celebró una Conferencia en Londres que acabó con el rechazo del plan propuesto. La sugerencia de un nuevo plan basado en la partición (Plan Owen-Soltenberg) supuso en la práctica una victoria para los serbios, que controlaron el 81% del territorio. En marzo de 1995, había 44.000 cascos azules en Bosnia, con un mandato un tanto ambiguo, mientras, de hecho, seguían las operaciones militares por imposibilidad material de controlar a los serbios. En junio de 1995, la ONU votó finalmente la aprobación de una fuerza de reacción rápida destinada a defender a los cascos azules y en octubre se produjo el alto el fuego. Las negociaciones, bajo el patrocinio de Estados Unidos, que tuvieron lugar en Dayton en noviembre de 1995, concluyeron en un tratado firmado en París en diciembre. Bosnia permaneció, tras él, como un país con idénticas fronteras pero dividido en dos entidades políticas autónomas: una Federación croato-musulmana (51% del territorio) y una República serbia de Bosnia.

En ella quedó una fuerza de 63.000 hombres de los que 20.000 eran norteamericanos. En la práctica, sólo tras la intervención de éstos fue posible conseguir la suspensión de los combates. Costó mucho lograrla, pues desde un principio los norteamericanos pensaron que se trataba de un conflicto remoto, alejado de sus intereses y sobre cuyos beligerantes no se podía ejercer un efecto positivo. Sólo hasta que quedó demostrado hasta la saciedad que sin la intervención de los Estados Unidos no había garantía de paz estable y se les presionó para que se llevara a cabo la cuestión, no empezó a encarrilarse de forma positiva. Por su parte, Europa fracasó en el intento de hacer una política unida y de imponer soluciones definitivas. Tanto los europeos como los norteamericanos invocaron un alto principio -el de la autodeterminación- pero no ofrecieron un plan estratégico para llevarlo a cabo. El presidente Wilson, que lo promovió después de la Primera Guerra Mundial, habló después de su propia ansiedad "como consecuencia de las esperanzas creadas por lo que he dicho". La autodeterminación se demostró mucho más difícil de enunciar que de llevar a cabo, una vez que un sector se inclinó por la violencia. También la "prevención de conflictos" resultó mucho más difícil de llevar a la práctica que de enunciar, porque se tardó demasiado en tomar decisiones de intervención. A pesar de que a mediados de la década de los noventa parecía haberse llegado a una solución, la antigua Yugoslavia siguió, sin embargo, siendo un polvorín bajo la vigilancia diplomática internacional acompañada de la intervención militar.

La presencia de una fuerza multilateral de estabilización, creada a fines de 1996 y remodelada en 1998 con mando norteamericano, permitió un proceso de normalización con celebración de elecciones e intentos de juzgar a criminales de guerra. Pero, con el transcurso del tiempo, se descubrió que otra provincia de la antigua Yugoslavia estaba condenada a la guerra civil. En Kosovo, la cuna histórica de Serbia, había sido donde en junio de 1989 se había iniciado la confrontación interna. En 1998, casi una década después, se reprodujeron los enfrentamientos violentos. De nuevo, la comunidad internacional se enfrentó a un conflicto de difícil solución pues no podía aceptar la independencia kosovar sin afectar seriamente a la estabilidad de los Balcanes. Sus exhortaciones a Belgrado para llegar a una solución política no tuvieron éxito y, en junio de 1998, la OTAN se vio obligada a intervenir. Se envió una misión de verificación y la OTAN desplegó en Macedonia una fuerza militar. Después del fracaso de las largas negociaciones de Rambouillet, fue preciso desencadenar una serie de bombardeos entre marzo y abril de 1999, hasta que Milosevic cedió. Pero la presencia de tropas en Kosovo, si evitaba la confrontación directa, no acababa de solucionar el problema. Y, como en el caso de la Guerra del Golfo, también en este caso es posible hablar de un "triunfo sin victoria", porque la intervención internacional no ha tenido como consecuencia el desplazamiento del poder de Milosevic.

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