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Datos principales


Rango

Postmodernidad

Desarrollo


A la altura de mediada la década de los ochenta la Francia socialista había iniciado un cambio político. Mauroy había sido el primer ministro más popular de la V República pero en 1984 se había convertido ya en el más impopular mientras que el presidente Mitterrand conservaba el apoyo de los franceses. Laurent Fabius, cercano al presidente y con una imagen de modernidad, sustituyó a Mauroy momento en que los comunistas, conscientes de que estaba planteada la reconversión industrial, aprovecharon la ocasión para abandonar el ejecutivo (a estas alturas, tres de cada cuatro franceses estaban contra el PCF). El verdadero problema acuciante de Francia era el ritmo decreciente de la evolución económica que se situaba en el 1.3% de tasa anual, con más del 10% de paro, cuando había llegado casi al 6% de crecimiento en 1963-1973. No puede extrañar que el juicio de la mayor parte de la población sobre la experiencia socialista fuera negativo. A los problemas económicos se unían los relativos a la forma de ejercer el poder. En el verano de 1985 fue hundido el barco ecologista Rainbow Warrior en una operación preparada por el ministro de Defensa y los servicios secretos, con la posible anuencia del presidente, pero sin la aceptación de Fabius. En un principio parecía que la derecha hubiera podido obtener el 60% del voto en las elecciones legislativas siguientes pero la aparición de un nuevo grupo político -el Frente Nacional de Le Pen- se encargó de fragmentar este espacio político.

Su "nacional-populismo" no había llegado al 1% del voto en los setenta pero en las elecciones europeas de 1984 llegó al 11%. No se trataba de un voto de la Francia agrícola retrasada, como en el caso de Poujade durante la posguerra, sino de la urbana e industrial. La causa fundamental de esta crecida de la extrema derecha radicó en la emigración: en 1968 había 2 millones de inmigrantes de los que el 71% eran europeos y en 1982 había 3.6 millones con un 43% de procedencia africana. Haciendo una demagogia racista, Le Pen pudo conquistar un electorado urbano que hasta ahora había estado muy lejano de su opción. Las elecciones de marzo de 1986 produjeron la "alternancia dentro de la alternancia", favorecida por la introducción del sufragio proporcional. Los resultados ofrecieron menor distancia de la prevista entre las dos grandes opciones: 42% para la izquierda y 44% para la derecha. Con el 10% el FN humilló al PC condenado a la cuarta posición. Lo importante, sin embargo, es que esos resultados obligaron a una experiencia política nueva. Durante un cuarto de siglo los franceses habían impedido la "cohabitación" entre un presidente y un primer ministro de idearios contrapuestos. Ahora ya resultó inevitable entre 1986-1988. La protagonizó Chirac pero a su lado desempeñó un papel muy importante Balladur como ministro de Economía, Hacienda y Privatizaciones. El Gobierno procuró no establecer una ruptura completa con el pasado aunque volvió a la ley electoral mayoritaria.

La misma iniciación de las privatizaciones había estado precedida por un cierto giro hacia el liberalismo en el Gobierno socialista anterior. El descubrimiento de casos de corrupción de los anteriores Gobiernos no deterioró a Mitterrand, mientras que las tensiones sociales afectaron al Gobierno Chirac. Esta situación influyó en las elecciones presidenciales. El presidente estaba enfermo de un cáncer prostático del que no informó y al que un tratamiento adecuado hizo posible que ni siquiera afectara a su trabajo. En la derecha la candidatura de Barre, un personaje muy respetado que parecía poder hacer sombra a Chirac, no llegó a fraguar. En la primera vuelta electoral (abril de 1988) Le Pen, haciendo una dura campaña contra los partidos tradicionales, llegó al 14% del voto, una cuarta parte de los cuales procedían del socialismo en la anterior elección; en cambio el voto comunista no alcanzó el 7%. La negativa de FN a votar a Chirac contribuye a explicar su derrota pero otro factor importante fue la conversión de Mitterrand de candidato de combate en 1981 a candidato de unidad nacional en esta ocasión. Los ocho puntos porcentuales de diferencia entre Mitterrand y Chirac ocultaron que el electorado estaba, en realidad, más a la derecha que el presidente elegido. En las elecciones legislativas (junio de 1988) los socialistas ganaron por poco (tan sólo cinco escaños). Mitterrand decidió entonces nombrar primer ministro a Rocard a quien profesaba un "odio tranquilo" pues en su opinión carecía de capacidad y de carácter para esa función pero el Gobierno, obra del presidente, tuvo centristas y ministros "de la sociedad civil".

El único éxito de Rocard se produjo en el conflicto colonial de Nueva Caledonia, donde consiguió imponer una solución de transacción pacífica entre indígenas y colonos. La situación económica mejoró y Francia llegó a un crecimiento del 3.6%, más como consecuencia de la coyuntura internacional que de la política gubernamental. Los años entre 1989 y 1991 han sido descritos por historiadores franceses como "morosos", contraponiendo la mediocridad de la política interior a los grandes acontecimientos de la exterior, hasta el punto de que lo más relevante fue la celebración del bicentenario de la Revolución Francesa. Durante este período Rocard defendió reformas fiscales confusas y de difícil aplicación. Su Gobierno mantuvo la confianza de la opinión al mismo tiempo que el juicio del presidente sobre él era pésimo (a unos de sus confidentes le dijo que Rocard "no hacía nada, no toma ninguna medida"). Rocard fue temporalmente salvado por la crisis del Golfo pero finalmente Mitterrand prescindió de él como si fuera un "lacayo". Bajo la superficie de esta situación política se produjo una fragmentación creciente del electorado: los grandes partidos apenas superaban ya el 52% del electorado y un 56% de los franceses pensaba que las nociones de izquierda y derecha estaban superadas. Pese a la mejora de las perspectivas económicas, los años de Rocard se caracterizaron por la conflictividad social en gran medida relacionada con la inmigración.

Uno de los debates más enconados fue el uso de los velos por estudiantes musulmanas y el propio primer ministro, revelando una actitud creciente en la opinión pública, declaró que "Francia no puede albergar toda la miseria del mundo". Otro telón de fondo de la vida pública estuvo constituido por el repetido afloramiento de los escándalos de corrupción de la etapa precedente. Nucci, un ex ministro socialista responsable de fraude en bienes dedicados a la ayuda a los países del Tercer Mundo, fue, no obstante, declarado inocente en una sentencia en que los jueces se criticaban a sí mismos. La Guerra del Golfo se convirtió en Francia en una cuestión ampliamente debatida, quizá más que en cualquier otro país europeo. Fue Mitterrand quien tuvo la responsabilidad casi única en la dirección de la política francesa: las acusaciones de ambigüedad en su contra no estuvieron justificadas, pero en la clase política hubo una profunda división. Chevenement, antiguo promotor de las asociaciones de amistad con Irak y ministro de Defensa, dimitió de forma ostentosa. El propio Le Pen dio la sorpresa al estar a favor de Irak. La opinión pública, en cambio, no parece haberse visto muy seducida por el pacifismo. Dimitido Rocard en mayo de 1991 fue nombrada para sustituirle Edith Cresson, con desaparición de los rocardianos de un Gobierno todavía más cercano al presidente. Aparte de ser mujer no se percibió cuál podía ser la razón del acceso al puesto de la primera ministra, quien mantuvo siempre unas pésimas relaciones públicas e incluso con el resto de los socialistas, en especial Fabius.

Fue el primer ministro de la V República que duró menos, de modo que en menos de un año Mitterrand nombró a Béregovoy, su opción personal durante mucho tiempo pero quizá nombrado ya demasiado tarde. Tenía poco tiempo hasta la siguiente elección legislativa y, además, la situación económica empeoró en torno a 1993, momento en que se pasó de un crecimiento del 4% a cifras negativas. Ante la crisis, de nuevo surgió la protesta social, ahora principalmente por parte de los campesinos y contra la emigración. El propio Chirac llegó a decir que en Francia había "sobredosis" de extranjeros. Prosiguieron los escándalos, ahora también provocados por los políticos de derecha; el más sonado fue la consecuencia de una mezcla entre el nacionalismo y una de las epidemias del siglo (caso del envenenamiento de sangre). Como la Guerra de Irak, también el proyecto de profundización europea aprobado en Maastricht resultó un grave problema en el seno de la clase política francesa durante el período 1991-1992. La consulta popular creó una auténtica marea de populismos de diferente signo, todos ellos poco propicios al europeísmo. El referéndum celebrado en septiembre de 1992 se ganó por un 50.8% del voto positivo con apenas unos 417.000 votos de ventaja frente a la postura negativa. Una situación como ésa denotaba una inquietud en la opinión pública que acabó teniendo repercusiones electorales. En las elecciones de marzo de 1993 la izquierda quedó por debajo de los cien escaños y el 30% de los votos de modo que el legislativo fue el situado más a la derecha de la Historia francesa en un siglo.

En estas condiciones tuvo lugar, en el período 1993-1995, la segunda "cohabitación" entre Gobierno de derechas y presidente de izquierdas. La protagonizó Edouard Balladur, mucho menos impulsivo y más circunspecto que Chirac, quien había decidido presentarse a las presidenciales. Balladur había gobernado Francia desde la época final de Pompidou desempeñando cargos importantes con posterioridad. Buen administrador y empresario, en realidad nunca había pensado en una carrera política partidista. Su Gobierno, europeo y centrista, prosiguió las privatizaciones y reordenó una lamentable situación financiera heredada. Su estilo, propicio al apaciguamiento político y a la tolerancia, se caracterizó, cuando se encontraba con una dificultad, por renunciar o diferir. Eso, a la hora de gobernar pudo ser un balance positivo, pues en ello vale más la concertación que confrontación pero en la campaña presidencial posterior le perjudicó gravemente. Además, tres de sus ministros habían sido procesados. Mientras tanto, los socialistas, en un momento en que el aprecio público por Mitterrand se desmoronaba, parecieron pasar una grave crisis: sustituyeron a la dirección del partido mientras el suicidio de Béregovoy, relacionado con la recepción de un préstamo sin interés y no pagado, volvió a transmitir la sensación de corrupción. En las elecciones europeas de 1994 los socialistas quedaron en tan sólo el 14% del electorado compitiendo con una lista populista, presidida por Tapie, un aventurero apoyado por el presidente de la República.

Éste, intervenido ya dos veces por los médicos, daba la impresión de caminar hacia su desaparición de la vida política. La noticia de que tenía una hija ilegítima y las revelaciones acerca de la relación que tuvo con el Vichy de Pétain pueden estar relacionadas con un modo de despedida del escenario público. Eso obliga a hacer mención de dos aspectos de sus catorce años presidenciales a los que concedió especial importancia. La política extranjera de Mitterrand fue muy activa: hizo incluso más viajes que Giscard. Su actitud fue en el fondo tradicionalista y plenamente inserta en la estela gaullista. Sin embargo, como también muy contraria a Moscú, esto hizo desaparecer muy rápidamente las reticencias norteamericanas. No creyó en el derecho de ingerencia y mantuvo una clara resistencia a la unificación alemana, lo que le hizo defender la frontera germano-polaca con la máxima firmeza y hasta el final como procedimiento dilatorio. El regreso de los conservadores en la URSS mediante el golpe de 1991 llegó también a parecerle lo más normal. Personalista e individualista en la forma de dirigir la política exterior, su tercermundismo resultó tan sólo verbal y siempre estuvo compensado por su cercanía personal a Israel. En general, la política exterior desarrollada le proporcionó más decepciones que éxitos por la obligada limitación de la capacidad de acción francesa. En cambio, hombre de letras ante todo, disfrutó de la política de grandes proyectos culturales: una veintena de operaciones con un presupuesto de 35.

000 millones de francos ejecutadas por el ministro Jack Lang. Como en la época de sus antecesores, la realización de obras destinadas a la vida cultural se había convertido en un imperativo; además, en esta época se produjo el descubrimiento de nuevos campos de acción, como la fotografía y el comic. Lo original de la elección presidencial de 1995 fue que los dos candidatos que parecían contar eran del partido gaullista RPR. Chirac nunca había superado el 20% en ocasiones anteriores y la opinión pública parecía favorecer a Balladur. Pero éste vio cómo se deterioraba su prestigio como consecuencia de haber percibido honorarios de empresas privadas mientras era diputado. La resurrección del socialista Jospin le hizo llegar al 23% en la primera vuelta; al final Chirac le ganó por el 52 al 47%, una distancia confortable pero nada abrumadora. A lo largo de la presidencia de Mitterrand, que no tardó en morir, los cambios políticos habían sido muchos (todas las legislativas habían dado un resultado contrario a la precedente). Los sociales, no obstante, todavía habían sido mayores, señalando un rumbo semejante al del resto de Europa Occidental. Había nacido una Francia nueva en la que se había producido la práctica desaparición de la vida rural mientras el sector terciario suponía el 70% de los puestos de trabajo, la mitad de las mujeres había abandonado el hogar como única ocupación, había más asistentes a misas de dos millones de estudiantes universitarios y tan sólo un 13% de misalizantes dominicales. La sociedad francesa, en definitiva, se había transformado mucho pero mantenía como problemas acuciantes el paro, la exclusión y la inmigración.

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