Tiziano trabajó durante su juventud en numerosas obras protagonizadas por la Virgen María con el Niño, generalmente acompañados de santos configurando Sagradas Conversaciones. En los años finales realiza obras más intimistas en las que la Virgen y el Niño aparecen solos, interesándose por mostrar la relación maternal de ambos personajes. Esta pequeña tela estaría destinada a la devoción particular, cargándose de melancolía e intenso lirismo. Incluso se piensa que podría tratarse de una obra pintada para él mismo.El estilo se identifica con el "impresionismo mágico" caracterizado por la indefinición de los contornos, el empleo de pinceladas fluidas y rápidas e iluminaciones intensas que provocan acentuados contrastes de luz y sombra. El colorido es limitado, pero destaca el lila de la manga del vestido de María. Las figuras monumentales implican una influencia de Miguel Angel que estaba presenta desde la década de 1530. El resultado es una obra de gran belleza y delicadeza que será difícilmente superable.
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Tenemos ante la vista una preciosa tablita pintada al óleo, con los típicos rasgos de un cuadro devocional para un cliente particular. En primer lugar, su tamaño indica que no estaba pensado para colgar de los enormes muros de una iglesia, sino para ser vista de cerca. En segundo lugar, no representa una historia concreta de contenido aleccionador o narrativo, sino un momento ideal de intimidad entre María y el Niño.La dulzura de la escena está concebida para ser objeto de reflexión y oración en privado. Existen algunos puntos con los que el pintor da pautas al espectador para su meditación: por ejemplo el pequeño añarazo en la barriguita del niño, justo encima del lugar donde apoya su mano la madre. No es sino una alusión a la futura herida en el costado que sufrirá Cristo en su pasión. A veces se considera también que el paño blanco en que la madre envuelve al pequeño es una prefiguración del sudario.Es una de las más bellas visiones que de este tema nos ha ofrecido su autor, Alberto Durero, que destaca limpiamente la silueta idealizada de la pareja contra un fondo completamente negro que los aisla e impide distracciones en la contemplación.
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De manera similar a otras imágenes de la Virgen con el niño de estos años, Durero ha realizado una imagen concentrada de los dos personajes sagrados. La belleza y la idealización nos dan a entender que estamos ante seres superiores, caracterizados ambos por una mirada serena y abstracta, fuera de este mundo. Es de destacar la precisión de los pinceles de Durero, que ha reflejado una habitación con su ventana en las pupilas de los protagonistas.Belleza y elegancia son los rasgos dominantes de esta pintura, algo que se puede observar directamente en el estilizado grafismo que Durero usa para el nimbo crucífero del niño y para enmarcar su propia firma.
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La Virgen de la Pera, nombre con el que se conoce este cuadro por la fruta que lleva María en la mano, es el último cuadro que Durero realizó sobre temas marianos. La tipología es idéntica a la utilizada para estos cuadritos de devoción, como la Virgen del Clavel y otras.
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Quentin Metsys realizó esta bellísima estampa familiar siguiendo las novedades que se habían introducido en la pintura flamenca, procedentes de los artistas italianos del Cinquecento. Si recordamos la Dánae de Mabuse, veremos que del mismo modo que aquella, el pintor ha recibido nociones respecto a la arquitectura y decoración interna que aparecen en los cuadros italianos, y los ha adaptado a las estructuras compositivas aprendidas en los Países Bajos. Así, la imagen es típicamente flamenca, con la Virgen y el Niño, al que le ofrece unos frutos, sentados en un trono junto al que se abre una ventana sobre un paisaje convencional del norte. Lo que varía es el adorno: el trono no es de madera con cresterías góticas, sino de mármoles de colores con bronces dorados, en forma de nicho avenerado, a la manera de las esculturas renacentistas. También cambia el traje de María, más adaptado a la moda del momento. Lo que permanece en la tradición flamenca es el carácter sentimental de la imagen, con la madre besando a su pequeño.
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El maestro Pietro Torrigiano desarrolló en sus esculturas ciertos efectos expresivos que constituyen uno de los primeros intentos de articulación de una corriente emocional en la escultura española del Renacimiento. Imágenes como el San Jerónimo o esta Virgen con el Niño plantean el tema de una imagen religiosa, humana y sencilla, idónea para conmover a los fieles piadosos.
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Se trata de un regalo de la reina a la abadía de Saint-Denis, como lo detalla la inscripción que discurre a lo largo del contorno de la base de esta escultura. La Virgen y el zócalo son de plata dorada y en este último se distribuyen catorce escenas confeccionadas con esmaltes traslúcidos, relativas a la Infancia y Pasión de Cristo. Aunque en la actualidad restan pocos testimonios de este tipo de producción, fueron habituales, según permiten constatarlo los inventarios. El tipo iconográfico de la Virgen, seguido tanto en la escultura monumental como en las labores de marfil, es el de la Virgen del Tierno Amor (Elousa), cuyo origen hay que buscarlo en Bizancio.
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También conocida con el nombre de La Virgen de Perugia, se corresponde con el tratamiento iconográfico que es usual en Duccio, al presentar a la Virgen de medio cuerpo con el Niño apoyado en su brazo, ocupando todo el espacio. Sobre la arquivolta seis ángeles, característicos del estilo de Duccio, colocados en una fuerte simetría. Sobre un fondo dorado bizantino, que impide cualquier contextualización de la escena, y los paños de la Virgen tratados con un fuerte acento lineal, Duccio insiste en la consecución de una imagen con cierto aire de naturalidad. Esta queda especialmente resaltada en la acción del Niño cogiendo el paño que cubre a la Virgen, que establece esta relación a través de su mirada infantil y también en el tratamiento realista y sofisticado de los paños trasparentes que cubren el cuerpo del Niño. El estilo lineal propio del Gótico del siglo XIV se percibe en el tratamiento alargado de la anatomía de las figuras, especialmente en la figura de la Virgen. De las manos de la Virgen, particularmente alargadas, destaca el gesto de uno de sus dedos señalando los pies, mostrando quizá una prefiguración de la Pasión, cuyos pies serán enclavados en la Cruz.
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La colaboración entre Rubens y Brueghel de Velours es muy frecuente entre 1614 y 1618. Fruto de esa relación saldrán un buen número de obras. Rubens realizó la Virgen con el Niño en brazos coronado por dos ángeles que se sitúa en un medallón octogonal que simula un espejo. Brueghel se encargaría de la realización de la rica guirnalda repleta de flores, frutas, legumbres, hortalizas, animales flamencos y exóticos, que contemplaría en el jardín de los archiduques Isabel y Alberto.El estilo singular de cada uno de los maestros marca la composición; las figuras idealizadas con la típica blandura de la obra de Rubens frente al realismo y minuciosidad de la guirnalda de Brueghel, mostrando que el contraste hace aumentar la riqueza visual. Los vibrantes colores de ambos artistas recuerdan su pertenencia a la escuela flamenca. Este cuadro fue regalado a Felipe IV por el Marqués de Leganés.