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Anteriormente, hemos podido llamar la atención acerca del papel crucial desempeñado en un determinado momento de la guerra por la Batalla del Atlántico. En ella aparecieron nuevos procedimientos de combate proporcionados por la inventiva en cuestiones técnicas, pero el arma submarina no constituyó una novedad respecto de la Gran Guerra. Tampoco lo fue la construcción de enormes buques a la que recurrieron Alemania y Japón para compensar el desequilibrio que padecían previamente. Mucho más novedosa fue la utilización del portaaviones, en especial en el Pacífico, e incluso la aparición de lanchas y barcos de desembarco, capaces de trasladar grandes masas de tropas a distancias relativamente grandes. Pero la guerra en el mar no produjo una estrategia nueva ni la aparición de formas de combate radicalmente distintas del pasado. En tierra se produjeron más innovaciones técnicas y, sobre todo, un planteamiento estratégico que durante algún tiempo dio la sensación de llegar a ser resolutivo. Las primeras supusieron, por ejemplo, la desaparición, en la práctica, de la caballería, a pesar de que los rusos siguieron haciendo uso de ella en operaciones complementarias. Durante la guerra aparecieron armas individuales -fusiles de asalto- que multiplicaban la capacidad de fuego en perjuicio de la precisión. La artillería, por su parte, no sólo presenció la aparición de una potencia de fuego nunca conocida (los alemanes llegaron a planear cañones hasta de 100 metros, que no tuvieron uso importante) sino también la reaparición, a escala nunca imaginada, de los cohetes, en especial por parte de los soviéticos. La efectividad de los proyectiles se vio reforzada por el uso de la carga hueca o de las espoletas de explosión por proximidad. También el cohete fue utilizado por el combatiente individual en la lucha anticarro o contra fortificaciones: a veces, el lanzallamas desempeñó un papel parecido en la guerra en el Pacífico. Finalmente, el papel de los carros, aunque ya hubieran desempeñado un papel de considerable trascendencia durante la anterior guerra, se vio multiplicado exponencialmente por la utilización masiva que de ellos se hizo. Alemania fue quien introdujo este tipo de estrategia, que desempeñó un papel esencial en la llamada "Guerra relámpago". Ésta, en efecto, resultó una innovación radical que permitía superar la superioridad del adversario en un determinado punto, mediante la concentración de todos los esfuerzos. Sin embargo, ni la "Blitzkrieg" se demostró siempre una estrategia capaz de conseguir siempre la victoria, ni los carros alemanes mantuvieron durante todo el tiempo su superioridad. La "Guerra relámpago" fracasó en la URSS y, en ella, en número y en calidad superaron los carros soviéticos a los alemanes, a pesar de la mejora de éstos en tonelaje, blindaje y velocidad. No fue el único ejemplo; también el Sherman norteamericano quedaba por delante de los alemanes en la fase final de la guerra. En ella, la "Guerra relámpago" había desaparecido como posibilidad estratégica real. Alemania -y algo parecido cabe decir de Japón-, por su parte, aprendió de los soviéticos la batalla defensiva a ultranza y eso explica su capacidad de resistencia frente a fuerzas mucho mayores que las propias. En cierto modo, el género de ofensiva de los norteamericanos en el Pacífico, ocupando puntos decisivos desde donde ejercer su superioridad naval y aérea, pero sin ocupar todas las posiciones contrarias, recuerda un tanto a la "Guerra relámpago" inventada por los alemanes en las operaciones terrestres de Europa. No obstante, las innovaciones más importantes desde el punto de vista técnico tuvieron lugar en la guerra en el aire y dieron lugar al nacimiento de una estrategia en la que los anglosajones -los británicos, de manera especial- confiaron, sin que durante mucho tiempo su esperanza se correspondiera con los resultados. Alemania que, en este terreno de la innovación técnica, estuvo a menudo por delante de sus adversarios, no elaboró, en cambio, una doctrina estratégica propia. La mayor innovación de la guerra en el aire fue la aparición del bombardero cuatrimotor capaz de transportar a gran distancia una carga importante de bombas. A tal novedad se llegó un tanto tardíamente, en el sentido de que Alemania, por ejemplo, hizo un uso exclusivamente táctico de sus aviones en la batalla terrestre durante la primera parte de la guerra. Cuando empezó la Batalla de Inglaterra, se demostró que su capacidad destructiva era menor que la esperada y algo parecido les sucedió a los mismos británicos. La paradoja es que antes de la guerra se había teorizado acerca del papel que podía tener la aviación del futuro y se le había atribuido uno no sólo muy relevante, sino incluso por completo decisorio. Douhet, en la Italia fascista, y Trenchard, en Gran Bretaña, habían defendido la tesis de que la aviación podía destruir por sí sola la capacidad industrial del adversario e incluso, además, su voluntad psicológica de resistencia. Lo cierto es que el precedente de la Guerra Civil española, momento en que por vez primera fueron bombardeadas poblaciones civiles, parecía probar lo contrario y de cualquier manera ninguna aviación del mundo parecía dotada de medios para producir esos resultados. La alemana carecía de capacidad industrial suficiente y la británica había iniciado el rearme hacía demasiado poco tiempo como para poder tener esas aspiraciones. Puede añadirse, incluso, que la utilización del bombardeo en las ciudades fue empleado con cierta moderación, como si se temiera la reacción adversaria. Alemania utilizó sus bombarderos contra Polonia o en Rotterdam, pero no contra París, por ejemplo. La situación cambió a partir de la Batalla de Inglaterra. Entonces, la espiral de represalias entre alemanes y británicos tuvo como consecuencia el bombardeo de las poblaciones civiles. Con el paso del tiempo, los segundos hicieron de la necesidad virtud y convirtieron la tesis del bombardeo estratégico en una pieza fundamental de su forma de enfocar la guerra. No podían pensar en derrotar a Alemania -o, al menos, ayudar a la URSS- más que por este procedimiento. Churchill llegó a creer que, con tan sólo destruir las sesenta mayores ciudades alemanas conseguiría derrotar a su enemigo. Pero, en realidad, ni siquiera estaba en condiciones de cumplir con ese propósito. En los primeros años en que se empleó el bombardeo masivo, no merecía este calificativo, porque los británicos apenas tenían unos 400 aparatos capaces de realizarlo, de modo que para los alemanes esta ofensiva, más que un problema fue una molestia. La destrucción de las ciudades tuvo un impacto relativamente menor sobre la producción industrial e incluso en 1941 las bajas padecidas en operaciones de bombardeo fueron superiores a las causadas por él. El ataque aéreo masivo fracasó incluso cuando era dirigido a zonas industriales decisivas: los bombardeos aliados sobre los yacimientos petrolíferos rumanos de Ploesti, que abastecían a Alemania, se repitieron hasta treinta veces pero no evitaron que se mantuviera casi la mitad de su producción. Cuando los anglosajones, en 1943, aumentaron el número de sus aviones que actuaban sobre Alemania y se concentraron en exclusiva sobre determinadas zonas (el Ruhr, Hamburgo, Berlín...), los alemanes perfeccionaron sus sistemas antiaéreos y debieron ser suspendidos los vuelos diurnos debido al elevado número de bajas propias. Por tanto, hasta mediados de 1944, el bombardeo estratégico tuvo unos resultados más bien parcos. Si, en cambio, la situación cambió luego fue, en primer lugar, porque la superioridad aliada era ya total en todos los terrenos pero, además, porque hubo un cambio en el modo de llevar a cabo los bombardeos. Los aviones -Liberators, B-17 denominados "Fortalezas volantes"...- fueron cada vez más grandes, hasta el punto que algunos modelos podían transportar muchas toneladas de bombas a miles de kilómetros de distancia. Además, fueron acompañados por cazas de protección, como los Mustang, que tenían un amplio radio de acción y que se impusieron sobre el adversario sin excesivas dificultades. Finalmente, el bombardeo fue mucho más preciso y selectivo. El ministro alemán de Aprovisionamientos, Speer, critica en sus Memorias a los aliados, porque carecieron de tenacidad en el momento de elegir sus objetivos, pero en la fase final habían logrado dañar de manera grave a sectores tan sensibles como la gasolina sintética o los rodamientos a bolas. Además, en las operaciones en Francia, el bombardeo sistemático y de precisión sobre los núcleos de comunicaciones destruyó la reacción alemana. En definitiva, desde el punto de vista material, el bombardeo estratégico no resultó un procedimiento fácil, ni rápido, ni barato para derrotar al adversario. La mejor prueba consiste en que si causó 600.000 muertos alemanes también supuso unas 150.000 bajas aliadas. Desde el punto de vista psicológico, se ha podido decir que su consecuencia principal fue mucho más la apatía que el desánimo. Claro está que en el caso del Japón resultó diferente, pero también es cierto que ya sus aliados alemanes se habían rendido. El bombardeo estratégico fue una de las escasas acciones de carácter bélico que provocaron, por su carácter indiscriminado, una protesta moral en determinados sectores de la sociedad británica. La paradoja es que, mientras que los alemanes empezaban a padecer el bombardeo aliado, eran los dueños de un Ejército que, sobre todo para la guerra aérea, anunciaba el futuro. Por suerte para los aliados, carecieron de tiempo -y también de espacio, después del desembarco en Normandía- para aprovecharse de él. También les sobró despilfarro en alguna de sus experiencias más novedosas. Las más importantes no fueron las llevadas a cabo con aviones a reacción, pues su aparición fue casi simultánea en ambos bandos, sino en el uso de misiles. Los dos modelos utilizados fueron pensados para ser utilizados contra Gran Bretaña, pero también se emplearon en la batalla continental. Los V-1 eran aviones no tripulados, de escasa velocidad y precisión, mientras que los V-2 eran cohetes de combustible líquido que, por su velocidad y altura, no podían ser derribados y, en cambio, eran dirigidos con bastante precisión desde sus bases de partida. Mientras que los cañones de dimensiones gigantescas fueron un fiasco, otro proyectil, el V-4, dotado de fases sucesivas, hubiera sido mucho más peligroso, pero, por suerte para los aliados, no llegó a convertirse en realidad. Estos intentaron y, en parte, lograron retrasar el funcionamiento de estas nuevas armas mediante bombardeos de la base de Peenemunde, donde se experimentaban. Los misiles serían durante la posguerra el arma decisiva para el balance estratégico entre las grandes potencias. Aparte de todas esas novedades bélicas, que tuvieron lugar en el aire, hay que hacer mención también de otras que estuvieron relacionadas con la guerra en ese medio. Ya se ha hecho mención ocasional del radar, que jugó un papel esencial también en el mar y en el que los aliados fueron muy superiores al adversario. No obstante, los procedimientos de guerra electrónica fueron también empleados por los alemanes para guiar sus bombarderos durante la Batalla de Inglaterra. En cuanto al arma nuclear, de hecho su utilización respondió a unos criterios semejantes a los del bombardeo estratégico. Bien hubieran podido ser los alemanes quienes descubrieran la bomba atómica, pero la visión de la guerra como un conflicto destinado a llevarse a cabo con rapidez y resolución hasta tal punto dominaba a Hitler que impidió que dedicara a este tipo de investigación todo el esfuerzo; incluso llegó a calificar de "judía" a la física nuclear. Fueron, pues, los anglosajones, con la inapreciable ayuda de muchos científicos exiliados, los que dedicaron mayores esfuerzos a esta investigación, pues los japoneses, que también lo intentaron, estaban muy lejos de poder conseguir los conocimientos suficientes. Los aliados fueron muy discretos entre sí a la hora de comunicarse sus descubrimientos y, mucho más aún respecto de la URSS, que obtuvo información tan sólo gracias al espionaje. Los Estados Unidos acabaron siendo los descubridores del arma nuclear, porque a ella le dedicaron más recursos y medios humanos. La mención al espionaje sirve sin duda para recordar el decisivo papel jugado por la inteligencia y la información a lo largo del conflicto. En este terreno, los anglosajones, desde un principio, tuvieron una clara ventaja, mientras que los japoneses permanecieron los más rezagados. Alemania se vio perjudicada por el convencimiento de que sus sistemas de cifra eran inaccesibles y por la resistencia a aceptar informaciones que estaban fundamentadas pero que chocaban con las convicciones de Hitler. Claro está que a lo largo del conflicto varió mucho la cantidad y la calidad de la información lograda del adversario por los aliados, pero en la Batalla de Inglaterra, como en la del Atlántico y la del Pacífico, resultó a menudo decisiva para la planificación de las operaciones propias. Aparte de las armas que fueron utilizadas, hubo otras que no llegaron a serlo, no tanto porque lo vedaran las convenciones internacionales como por el hecho de que ambos contrincantes temían la reacción adversaria. Así sucedió con los instrumentos para la guerra química y bacteriológica. Churchill hubiera estado dispuesto a usar gases para derrotar a los alemanes si éstos desembarcaban en Gran Bretaña pero, por fortuna, no sucedió así. Japoneses y alemanes sometieron a sus prisioneros a experimentación, lo que revelaba, bien a las claras, la esencia de sus respectivos sistemas políticos. Claro está que la guerra química tuvo también otras vertientes más positivas. La medicina se desarrolló durante la guerra merced a las sulfamidas o la difusión de la quinina sintética. También el DDT sirvió para evitar enfermedades y se hizo habitual la transfusión de sangre, procedimiento no generalizado hasta entonces. Así, los desastres de la guerra tuvieron en este sentido un parcial lenitivo.
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Fundada por los celtas, serán los romanos quienes conviertan a Viena en una urbe de importancia que fue integrada por Carlomagno en la marca oriental del Imperio. Los Habsburgo se hicieron con el poder en 1282. Entre los siglos XVI y XVII Viena se convertirá en la capital imperial. A pesar de los asedios turcos y de las epidemias de peste, en estas centurias el esplendor urbano alcanzará sus mejores momentos. El periodo que va entre 1740 y 1848 se caracteriza por la pujanza cultural que vive Viena, especialmente en el mundo musical. La emperatriz María Teresa será la verdadera artífice de este despegue cultural. El reinado del emperador Francisco José marcará esta etapa en la que Viena se convierte en un foco cultural de primer orden europeo, especialmente con el auge de la Secession y la pintura de Klimt. Las luchas políticas definen el periodo transcurrido entre las dos Guerras Mundiales. Tras la ocupación alemana serán los aliados quienes dirijan el país hasta que en 1955 recupere su independencia.
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Cuando los viejos días felices estaban llegando a su término, Viena era la ciudad de una burguesía que confía en sí misma y vive conforme a las pautas del buen gusto, del orden, la razón y el progreso, y que trata de evitar lo irracional, lo apasionado y lo caótico. Pese a la escasez de viviendas (los cafés de Viena como evasión necesaria...), el burgués habita su hogar haciendo ostentación de cuanto era y cuanto poseía (En "El hombre sin atributos" Musil describe a ese "nouveau riche enamorado de los tiempos imponentes y grandiosos de sus predecesores que había amueblado su casa con todo el lujo impersonal de un transatlántico"). Los vieneses de fin de siglo respiran una atmósfera tan saturada de y tan dedicada a los valores estéticos que apenas podían comprender que existieran otros. Schorske dice de los estetas austriacos que no estaban "ni tan alienados respecto a su sociedad como sus colegas franceses ni tan comprometidos con ella como los ingleses (...) Los estetas austriacos no estaban enajenados respecto a su clase sino, junto con ella, de una sociedad que defraudaba sus expectativas y repudiaba sus valores". En 1897 Gustave Klimt se separó de la tradicional Casa de los Artistas junto con diecinueve estudiantes y formaron la Sezession. Para Schorske, esta revuelta estética. no hay que entenderla como una sublevación de artistas marginados, sino como conflicto generacional: una revuelta de Edipo, de los hijos contra los padres y su tradición. El lema del movimiento era "A cada tiempo su arte, a cada arte su libertad". La agrupación funda la revista "Ver Sacrum" en 1898, que, en su primer número, habla de "el espíritu de la juventud que atraviesa la primavera, el espíritu de la juventud mediante el cual el presente se convierte siempre en moderno...". Esta fue la tarea que emprendieron los 19 miembros de la Sezession. Pero la conciencia de grupo hay que entenderla como grupo de elite. El artista era un salvador y la estetización de la realidad social sólo podía ser entendida por un pequeño grupo de elegidos. "Es malo satisfacer a muchos", diría Klimt. Más ejemplificadoras resultan aún las palabras de Hermann Bahr: "El verdadero origen del arte y su meta esencial fue, y ha sido siempre, expresar con figuras claras las sensaciones estéticas de una minoría de personas, nobles, puras y altamente organizadas. Después, la masa, que avanza lenta y con dificultad, debe aprender poco a poco de ella lo que es hermoso y bueno". La Sezession se encuentra además con un clima político favorable a partir de 1900: un gobierno de burócratas que parecía empeñado en obviar las tensiones sociales y confiar en que la cultura viviera en un terreno al margen de todos los conflictos. El orgullo de la belleza austriaca en su tiempo era la nueva bandera. La lucha que sostiene Otto Wagner (1841-1918) contra la posición arqueológica del historicismo nos revela las preocupaciones de un hombre que no se siente atraído por la novedad sino por la modernidad. Su conocida propuesta de no buscar un renacimiento sino un nacimiento ejemplifica el tono de su voluntad. "Nada que no sea práctico puede ser bello". Habla de exponer los nuevos materiales, las nuevas técnicas: "La huella de los nuevos materiales y de las nuevas técnicas debe evidenciarse en la forma artística". Arquitecto de sólida cultura histórica capta las tensiones que se derivan de una voluntad de renovación de las artes al tener en cuenta no sólo el progreso técnico sino los problemas que suponía la metrópoli moderna. "La ciudad es la más moderna de las cosas modernas", decía. El Metropolitano (1894-1901) se inserta en su estructura y las estaciones se diferencian en relación con el tejido urbano (Las jaulas gemelas. Estaciones de la Karlsplatz). En 1896 publica el libro "Moderne Architektur". El pragmatismo que heredará de Semper lo pondrá de manifiesto en su antiacadémica escuela de Arquitectura, alternativa al eclecticismo y el academicismo (único taller de arquitectura moderna anterior al de Behrens). Habrá que esperar a 1905 para que sus pensamientos se materialicen en la Caja de Ahorros de Viena cuyo interior, la sala de vidrio y acero, ha sido definido como "enorme envoltura llena de dinero". Ya es una obra del siglo XX del mismo modo que la Länderbank lo era todavía del siglo XIX. El edificio para la Wiener Sezession, 1898-1899, obra de Joseph Olbrich (1867-1916), configurado con cubos, cuadrados y esferas, tiene escrito el lema Ver Sacrum, título de la revista del movimiento. Este encontró su razón de ser en la XVI Exposición de la Sezession Vienesa, en 1902. Fue concebido como un marco neutral, un espacio en el que se ponían de relieve el carácter inconfundible de cada obra expuesta: el Friso Beethoven de Klimt y la escultura del músico realizada por Max Klinger. Todo puesto al servicio del culto al artista. Como dice Shorske si "alguna vez existió un caso de narcisismo colectivo, fue precisamente éste: artistas (la Sezession) que ensalzaban a un artista (Klinger), quien a su vez, rendía homenaje a un héroe del arte (Beethoven)". El todo -el edificio ayuda en ello- permitía a las obras individuales someterse a él. La colonia de artistas de la Mathildenhöhe de Darmstadt sería una nueva Atenas propuesta por el gran duque Ernst Ludwig Von Essen, una comunidad espiritual de los elegidos. Esta comunidad de artistas viviría con un salario anual sufragado por el gran duque. Se materializarían así los ideales de las Arts & Crafts y la posibilidad de hacer de la vida una obra de arte total. Olbrich proyecta los edificios, la distribución del terreno, los jardines, la decoración para las exposiciones, la publicidad e incluso la vajilla y los uniformes para los camareros del restaurante. Realiza también su propia vivienda y, en 1901, la casa de Ernest Ludwig, foco inicial de la colonia, de fachada alta y lisa y de distribución simétrica, todo ello interrumpido por la entrada circular en receso flanqueada por monumentales estatuas de Habich. A Josef Hoffmann (1870-1955) se le apodaba Quadratl-Hoffmann. Decía: "Estoy particularmente interesado en el cuadrado en sí y en el uso del blanco y el negro como colores dominantes porque estos elementos nítidos nunca han aparecido en anteriores estilos". A partir de 1900 los ajedrezados serán una constante en su obra, ese cuadriculado que enmarca superficies vacías pintadas de blanco. Su obra emblemática será el palacio Stoclet de Bruselas (1905-1911). Se puede hablar del carácter unitario del edificio a través de la continuidad de la juntura. La línea, como contorno de superficies, se reafirma con seguridad en el trazado de los ángulos rectos. Se suprimen las molduras, las curvas y los ornamentos y se presta atención a la naturaleza de los materiales y al juego de proporciones. El edificio se continúa en el jardín en el que los árboles y los setos están recortados geométricamente, enmarcándolos. Esta obra está en clara relación con el gusto por la obra de Mackintosh, difundida en Viena en la exposición de la Sezession de 1900, y a quien había dedicado un número la revista "Ver Sacrum". Ni estilo floral, por tanto, ni línea belga. Cada vez se evidencia más el intento de separarse de las excesivas sinuosidades, en exceso solemnes, de la cultura franco-belga. Preparaba el camino del ornamento como delito. En 1903, junto a K. Moser (1868-1916), establece un taller propio, la Wiener Werkstätte. Quizá sus productos los reconozcamos vulgarizados pero han contribuido a forjar buena parte de la Viena finisecular. Es voluntad de la Sezession el anhelo de modernidad, el alejarse de los estilos históricos y el concepto unitario del diseño. Todas ellas características de las que participa el Art Nouveau internacional, pero, como en el caso de la escuela de Glasgow, las esbeltas verticales y los muros lisos, sin interrupciones, fueron una especie de freno a los excesos de las fantasías. Hay un decidido afán de alejarse de las formas demasiado sinuosas y rebuscadas para ir hacia la línea recta, tendencia que culmina en la obra de A. Loos (1870-1933), quien en su Caffè Museum (1899) anticipa esta crítica radical que tomará forma en el conocido artículo de 1909: "Ornamento y delito". Sus ataques se dirigían al fetichismo de la ornamentación, tanto la que imitaba los viejos estilos como la que seguía los principios del arte nuevo. Quería eliminar toda forma de decoración de los artículos funcionales. La forma de los objetos utilitarios es reflejo de la vida de una sociedad, y los únicos cambios que están justificados en aquéllos son los que surgen de los cambios de esta última: "No otra cosa que el producto de la industria es el estilo moderno". Pero a Loos habría que estudiarlo ya fuera del ámbito del Art nouveau.
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Fundada por los celtas hacia el año 400 a.C., los romanos establecieron en Viena la guarnición de Vindobona para defender la cercana ciudad de Carnutum. Al emplazarse en las cercanías de las llanuras húngaras, la villa era muy vulnerable. Las invasiones bárbaras del siglo V la redujeron a ruinas. Carlomagno la integraba en la Marca Oriental, haciéndose la primera mención a Wenia en el año 883. La dinastía germana gobernó Viena durante tres siglos, convirtiéndose en un importante emporio comercial. En el siglo XIII pasó a depender de los Habsburgo, dominándola durante más de seis centurias. Las amenazas turcas fueron frenadas en 1683, permitiendo un importante florecimiento urbano. Se alzaron espectaculares palacios y en el siglo XVIII Viena era la floreciente capital del Imperio. A finales del siglo XIX se convierte en uno de los principales centros culturales de Europa, gracias al desarrollo del movimiento secessionista, que cuenta con Otto Wagner y Gustav Klimt como principales representantes. Pero pronto vendrán tiempos oscuros. Hitler anexiona Austria en 1938 y, tras la Segunda Guerra Mundial, Viena es repartida entre los aliados. Finalmente, en 1955 Austria recuperaba su independencia y Viena volvía a ocupar un importante papel en la historia de Europa.
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Entre el Danubio y las suaves estribaciones de los Alpes, la privilegiada situación de Viena, en la encrucijada de las rutas que van de occidente a oriente, hace de esta ciudad el corazón de Europa. Las tortuosas calles y amplias plazas del distrito de Stephansdom son una buena muestra de su pasado medieval. Aquí se alza la majestuosa catedral, el alma de Viena. Consagrada en el siglo XII, se reconstruyó en las centurias siguientes empleando el estilo gótico, con una espectacular aguja de 137 metros. En los pies encontramos las dos torres gemelas, llamadas de los Paganos. El tejado está cubierto por más de 200.000 azulejos, que forman una magnífica decoración geométrica. El Hofburg fue construido como un sencillo castillo. Con el tiempo, fue evolucionando para transformarse en un suntuoso palacio, aunando más de diez edificios que se rodean de cuidados parques. En los famosos Aposentos Imperiales podemos observar las estancias del emperador Francisco José y su esposa, Sissi, acercándonos así a la vida privada de los populares monarcas. Uno de los espectáculos más atractivos de la ciudad lo encontramos en la Escuela de Equitación, con sus majestuosos caballos, entrenados desde los tres años para ejecutar un elaborado ballet. También en las dependencias del Hofburg se encuentra la Biblioteca Nacional, que guarda más de dos millones y medio de libros. Levantada en 1722 por Fischer Von Erlach, destaca la brillante decoración interior, presidida por el techo oval de la cúpula. En la Heldenplatz se alza al monumento al príncipe Eugenio de Saboya, uno de los grandes héroes nacionales. Al fondo de esta plaza hallamos el Nuevo Hofburg, un bloque sinuoso construido a finales del siglo XIX por Semper. Las tiendas más selectas de Viena se concentran en Kohlmarkt, zona peatonal en la que se vive el ambiente más distinguido de la ciudad. Muy cerca hallamos el Graben, donde se alza la Columna de la Peste. En este monumento se conmemora la salvación de Viena frente a la epidemia de peste de 1679. En el Graben el viajero puede disfrutar de los cafés y sus terrazas, parte esencial de la vida urbana desde que el primero abrió sus puertas tras la derrota de los turcos en 1683. La KärntnerStrasse es la principal calle comercial de la ciudad antigua. Siempre llena de gente, en sus cafés también se toma el pulso a la vida urbana. El Volksgarten se creó tras la demolición de las murallas, ordenada por Napoleón. Este magnífico jardín se abrió al público en 1820 y es una de las zonas más tranquilas de la ciudad. Uno de los barrios más visitados es el que ordenó construir el emperador Francisco José a mediados del siglo XIX para alojar los edificios institucionales del Imperio, construidos alrededor de la Ringstrasse, un grandioso bulevar finalizado en la década de 1880. La Votivkirche se levantó en el lugar donde Francisco José sufrió un atentado fallido en 1853. Heinrich von Ferstel fue el arquitecto encargado de su construcción siguiendo el estilo neogótico, destacando la ligereza de sus torres caladas. En las antiguas caballerizas imperiales se halla el MuseumsQuarter Wien, centro cultural de primer orden. El estilo barroco de las caballerizas se funde con los modernos edificios del Leopold Museum y del Museo de Arte Moderno. El Leopold Museum cuenta con más de 5.000 obras de arte reunidas durante cincuenta años por Rudolf Leopold. La colección de obras de Egon Schiele y variados trabajos de Klimt y Kokoschka son sus platos fuertes. En el Museo de Arte Moderno se puede contemplar una de las mejores colecciones de arte contemporáneo del mundo, comprendiendo una amplia variedad de épocas artísticas. La construcción de la Ringstrasse permitió acoger en dos soberbios edificios las colecciones imperiales de arte e historia natural. El Kunsthistorisches Museum es uno de los museos más importantes del mundo. En sus salas se puede contemplar una magnífica colección de pinturas, encabezada por las escuelas flamenca y holandesa. El Museo de Historia Natural acoge una amplia muestra de piezas, divididas en secciones dedicadas a la arqueología, antropología, zoología, geología y mineralogía. En la plaza que separa ambos museos se alza la estatua de María Teresa, obra de Kaspar von Zumbusch. La figura de la emperatriz aparece sentada, con la pragmática sanción en la mano, coronando el monumento. El arquitecto Friedrich von Schmidt es el responsable de las trazas del Ayuntamiento, construido en estilo neogótico. La fachada principal está dominada por una torre de 98 metros de altura. Otra de sus señas de identidad es la logia, en la que destaca la delicada tracería y la curvatura de sus balcones. Entre los más llamativos edificios de este barrio está el del Parlamento. Su autor se decantó por el neoclasicismo para levantar este gigantesco palacio, como si de un templo laico se tratara. Frente al pórtico principal se eleva la fuente de Palas Atenea, inspirada en la que Fidias realizara para el Partenón de Atenas. La diosa de la sabiduría se erige sobre un pedestal, sirviendo de inspiración a los legisladores austriacos. La Universidad fue fundada en 1365 por el duque Rodolfo IV. En 1883 Heinrich Ferstel diseñó el actual edificio, tomando como modelo el Renacimiento italiano. El Burgtheater es uno de los edificios más importantes de la Ringstrasse. Este prestigioso escenario fue fundado en el siglo XVIII, pero Gottfried Semper se encargó de su reconstrucción en 1874. Durante la Segunda Guerra Mundial una bomba lo destruyó, siendo reinaugurado en 1955. Tras la Ringstrasse, y hacia las afueras de la ciudad, se encuentra uno de los barrios más bulliciosos de Viena. Zona de grandes contrastes, aquí se alza el Teatro de la Opera. Construido siguiendo el estilo neorrenacentista, fue inaugurado el 25 de mayo de 1869 con el "Don Giovanni", de Mozart. La impresionante escalera nos conduce al primer piso, desde donde contemplamos el sensacional auditorio. Será en este barrio donde se levanten varias de las piezas clave de la arquitectura secessionista. Olbrich proyectó el edificio que servía para exponer las obras de los artistas de este movimiento artístico. Se trata de un cubo coronado por una cúpula dorada de filigrana, en cuya fachada se puede leer el lema de la Secession: "A cada época, su arte; a cada arte, su libertad". Otto Wagner construyó los Pabellones de la Karlsplatz como parte del suburbano de la ciudad. El arquitecto eligió como materiales el cobre verde y el mármol blanco, para no desentonar con la iglesia que se alza al fondo de la plaza. Esta iglesia no es otra que Karlskirche, una verdadera obra maestra del barroco centroeuropeo. Fischer von Erlach es el autor de los planos, creando una pieza ecléctica, con gigantesca cúpula, dos pabellones laterales y dos columnas inspiradas en la de Trajano. Como residencia de verano del príncipe Eugenio de Saboya se construyó el Belvedere, dos palacios unidos por un jardín francés. Von Hildebrandt fue el autor de las trazas de ambos palacios, que en la actualidad acogen las instalaciones de varios museos. En las afueras de la ciudad se hallan aún varios lugares de interés. Uno de los símbolos de Viena es la Noria Ferris del Prater; se mueve muy despacio, a unos 75 centímetros por segundo, lo que permite disfrutar de excelentes vistas. La Hundertwasser Haus es un curioso bloque de edificios, diseñados como propuesta frente a la frialdad de la arquitectura moderna. Por esta razón, los pisos están enmarcados por bandas irregulares de color, las terrazas están ajardinadas o la fachada se remata con cúpulas bulbosas. El Palacio Schönbrunn es la antigua residencia de verano de la familia imperial. Fischer von Erlach es el responsable de este palacio barroco, en el que la estricta simetría está complementada con espectaculares jardines. La decoración interior, en estilo rococó, se debe a Nikolaus Pacassi. Entre 1973 y 1979 se construyó la UNO City. De esta manera, Viena se convertía en la tercera ciudad sede de instituciones de la ONU. El centro fue diseñado por Johann Staber a orillas del Danubio. El río se canalizó debido a sus continuos desbordamientos, siendo regulado a través de canales y esclusas. Finalizamos nuestra viaje con una cita obligada: la contemplación de la estatua dorada de Johann Strauss hijo, quien se nos muestra tocando el violín. El viajero habrá podrido deleitarse en las calles y plazas de esta ciudad, cuna de grandes músicos, literatos, pensadores y artistas. En definitiva, un paseo por uno de los espacios fundamentales de la historia cultural de la Vieja Europa.
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Las primeras referencias relacionadas con Viena se remontan a la Prehistoria, a los momentos iniciales de la Edad de Piedra. En estas fechas la región que rodea la ciudad comenzó a poblarse. La fundación de la urbe se fecharía en torno al año 800 a.C. al documentarse asentamientos de la Edad del Bronce en el lugar ahora ocupado por el Hoher Markt. La cultura de Hallstatt, que se desarrolla en la Edad de Hierro, tendrá su momento de máximo esplendor en los alrededores de Viena, entre los años 750 y 400 a.C. Con el nombre de Hallstatt la Prehistoria designa un cementerio de más de 200 tumbas en suelo llano, tanto de inhumación como de cremación, con ajuares muy ricos. En estas tumbas, llamadas de los guerreros, exploradas y estudiadas entre los años 1824 y 1939, se encuentran algunas de las primeras espadas de hierro fabricadas en Europa. Las gentes enterradas en este cementerio, ubicado al sudeste del lago homónimo de Hallstatt, pertenecían a una comunidad de mineros dedicados a la explotación de las minas de sal de roca abiertas en las laderas del Salzbergtal, lo que motivará su riqueza y la disposición de los recursos necesarios para dejar establecida la industria y la armamentística del hierro. Los celtas conquistaron la región de Viena hacia el año 400 a.C. Este territorio se mantendrá bajo hegemonía celta hasta que en el año 15 a.C. el ejército romano, atraído por sus valiosos recursos naturales, ocupa la región de Noricum, incorporándola a la provincia de Panonia. Para defender la cercana ciudad de Carnuntum se establece la guarnición de Vindobona, ya en el siglo I de nuestra era. Esta guarnición será el verdadero germen de la actual ciudad de Viena. Su emplazamiento, en el límite de las llanuras húngaras, la convertía en un lugar muy vulnerable ante las presiones de los pueblos bárbaros. No en balde, en Vindobona fallecerá el emperador Marco Aurelio luchando con las tribus bárbaras en el año 180. Setenta años más tarde la guarnición alcanza el rango de ciudad. Su población ronda ya los 20.000 habitantes. Durante el Bajo Imperio las presiones de los bárbaros serán continuas, intensificándose en los años finales del siglo IV. Las tropas romanas se retiran de Vindobona en 405, dejando la ciudad totalmente desguarnecida. Los hunos no dudarán en arrasar y destruir Vindobona veinte años más tarde. Los siglos VI y VII se caracterizan por las continuas invasiones de tribus de godos, lombardos, eslavos y ávaros, perdiendo la región toda importancia. Será Carlomagno en el siglo IX quien integre la ciudad en la marca oriental del Sacro Imperio Romano Germánico, haciéndose la primera mención a Wenia en el año 883. Sin embargo, las presiones externas -ahora procedentes de las tribus húngaras que invaden la marca oriental en 909- continuarán hasta que el emperador Otón I, en el año 955, las expulse de la marca, denominada Ostmark, restableciendo el cristianismo y las fronteras. Para una mayor protección del territorio, el emperador lo cedió a los Babenberg, una noble familia de origen alemán. El margrave Leopoldo inicia el gobierno de esta dinastía, que restaurará la importancia comercial y cultural de la ciudad. Los Babenberg gobernaron Viena durante casi tres siglos, sufriendo en varias ocasiones los ataques y sitios de los húngaros. Para evitar los continuos ataques, la ciudad se fortifica en 1137, diez años antes de la consagración de la catedral, Stephansdom. La muerte del duque Federico II en 1246 durante un nuevo enfrentamiento con las tropas húngaras supondrá el inicio del llamado Interregno. En estos más de 30 años el premislita Ottokar II se hará cargo del gobierno de la ciudad, hasta ser despojado del poder por Rodolfo I, iniciándose los 640 años de soberanía de los Habsburgo. Una de sus primeras iniciativas será la de otorgar a Viena el estatuto de ciudad, salpicándose sus calles de instituciones religiosas, entre las que sobresale Maria am Gestade, la Augustinerkirche y la Michaelerkirche. Otro de los episodios más importantes de esta época medieval es la fundación de la Universidad en 1365, gracias al apoyo del duque Rodolfo V. En 1438 el duque Alberto V es elegido emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Desde ese momento, Viena se convertirá en capital imperial, honor que ostentará hasta el fin de la Primer Guerra Mundial. Sin embargo, este hecho no evitará que las luchas con los húngaros continúen. En este contexto, el rey húngaro Matías Corvino ocupa la ciudad en 1485.
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A principios de diciembre surgió la esperanza. Un rumor recorrió la bolsa de Stalingrado: "¡viene Manstein!, ¡viene Manstein!" Los jefes comienzan a hacer planes, reúnen sus tropas, ponen a punto las armas, almacenan hasta el último litro de gasolina. Aún se podía formar una dura punta de lanza para romper el cerco desde dentro, apoyando la acción de Manstein. Pero Paulus no da la orden. Aquel general, competente ante las mesas de planos, carecía de coraje para desafiar una orden del cuartel general. Y éste había ordenado que la liberación llegase desde el exterior de la bolsa. El 12 de diciembre Manstein había logrado reunir unos 60.000 hombres y 300 (11) tanques que, a las órdenes de Hoth, partieron de Kotelnikovo a Stalingrado. Una carrera de 120 kilómetros contra el reloj. La ofensiva, lanzada sobre un frente de unos 20 kilómetros, progresó con rapidez, pues, pese a los días transcurridos desde la ofensiva soviética, la unión de los ejércitos de Eremenko y Rokossovsky era precaria. Así, con leve resistencia, los alemanes progresan 50 kilómetros en tres días. Les aguijoneaba la necesidad y el deseo de liberar a los compañeros cercados y pelearon con tremendo coraje. Sin embargo, sus fuerzas resultarán demasiado escasas para salvar todos los obstáculos. Junto al río Axai, tres divisiones soviéticas quedan pulverizadas, pero su resistencia paraliza el avance durante cuarenta y ocho horas. El 19 de diciembre alcanzan el curso del río Myshkova, a 50 kilómetros de la bolsa. "Podiamos ver los resplandores de los incendios de Stalingrado", escribirá Manstein. También los cercados podían escuchar el cañoneo de la batalla del Myshkova. Muchos jefes volvieron a pedir la salida. Aún era posible hallar gasolina para un centenar de carros y medio millar de camiones y tractores, aún se podían reunir más de 50.000 hombres en condiciones de combatir, pero Von Paulus impidió el intento, pese a las angustiosas peticiones de Manstein para que intentase la salida. Efectivamente, la columna de ayuda estaba quemando sus últimos cartuchos en el Myshkova. Allí fue frenada por el II Ejército de la Guardia (general Malinovsky), que le triplicaba en efectivos. Los alemanes pelearon con furia hasta el día 24 en que debieron replegarse hacia el Axai, a la espera de refuerzos. Pero el curso del Axai fue sólo un alto en la retirada. El VIII Ejército italiano fue desbordado (12) y Manstein tuvo que hacer frente a la amenaza que se le venía encima por su izquierda. Retrocedió hasta Kotelnikovo, sobre la que ya convergían dos ejércitos soviéticos y hubo de continuar la retirada. El 30 de diciembre, Manstein se hallaba a más de 220 kilómetros de Stalingrado.
Personaje Científico Literato
Estudió en el convento de dominicos del Puerto de la Cruz y residió en La Laguna. Sus sermones le convirtieron en una de las personas más populares. Se trasladó a Madrid y allí publicó "Historia de las Islas Canarias". Comenzó a trabajar para el marqués de Santa Cruz, con quien recorrió toda Europa. Resultado de esta experiencia es "Extracto de los apuntes del diario de mi viaje desde Madrid a Italia y Alemania por los años de 1780 y 1781". De sus publicaciones la más importante fue "Noticias de la historia general de las Islas de Canarias". También cultivó el género de la poesía. Dentro de esta vertiente hay que destacar "Los ayres fixos: poema didáctico", "La máquina aerostática" y "La elocuencia".