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La práctica religiosa se realiza habitualmente a través de la parroquia, normalmente de pequeño tamaño, de forma que sus feligreses sean conocidos; a través de la parroquia se desarrolla la vida religiosa y también de relación social, y la formación de los laicos en los misterios de la fe. La parroquia es, además, un medio de encuadre y participación social, incluso un medio adecuado de conocer efectivamente la situación económica de cada uno, tanto a efectos fiscales como también asistenciales. La misa constituye el eje de la vida cristiana; oír misa es, efectivamente, la práctica piadosa más importante. Es, además, relativamente frecuente; en muchos casos porque se asiste diariamente, pero, sobre todo, porque es obligatoria la asistencia los domingos y días festivos, tan frecuentes en el calendario medieval. La misa de los días festivos es más solemne que la de los laborables e incluye la predicación, como elemento de formación de los fieles. Se produce un gran desarrollo del culto eucarístico, con especial insistencia en la presencia real de Cristo en las especies eucarísticas y la conveniencia de adorarle; se difunden ahora las costumbres de la exposición del Santísimo, la visita, a lo largo del día, de alguna iglesia en que éste se halle expuesto o reservado, las procesiones eucarísticas y, sobre todo, la fiesta del Corpus Christi. El tema eucarístico se convierte en uno de los motivos esenciales de inspiración artística y en el principal de muchos de los acontecimientos milagrosos de la época. La comunión no es una práctica demasiado frecuente, de modo general. Existe la obligación de comunión una vez al año, por Pascua, pero hay una corriente que aconseja una comunión mucho más frecuente, a pesar de que algunos predicadores reclaman una preparación excepcional para su recepción, lo que genera ciertos temores a hacerlo sin la adecuada preparación. Conviene tener en cuenta que, normalmente, se habla de comunión frecuente cuando tiene lugar mensualmente. La obligación de confesión al menos una vez al año había sido ya establecida por el IV Concilio de Letrán en 1215; aunque, al parecer, una mayoría de los fieles se conformó con ese cumplimiento estricto, un número creciente práctica la confesión, a partir del siglo XIV, con una frecuencia muy superior. Algunos pecados, como el homicidio, requieren todavía penitencia publica, o reparación colectiva, como el sacrilegio, o llevan consigo la obligación de peregrinación a alguno de los grandes santuarios de la Cristiandad. La penitencia cumple además la función esencial de dirección espiritual, acorde con las ansias de perfección espiritual a que nos hemos referido. En relación con la práctica penitencial se halla la difusión de manuales de confesión y de guías para el examen de conciencia. Algunos sacramentos, como la confirmación y la unción de los enfermos, conservan durante esta época una carácter ocasional; el bautismo se práctica, a veces, por el rito de inmersión. Como fruto, en parte, de una piedad más personal, y como consecuencia de la presencia, a veces obsesiva, de la muerte, se desarrollan algunas nuevas prácticas de piedad. Sin duda es la figura de Cristo el centro de la piedad; en especial lo es el Cristo crucificado, y, por ello, Salvador. La contemplación de los sufrimientos de la Pasión, que el arte de la época representa con un especial patetismo, constituye motivo central de la piedad cristiana, que alcanza su máxima expresión durante la Semana Santa, y también, en cierta medida, todos los viernes del año. El seguimiento de Cristo en la Pasión tiende a realizarse de un modo material, recordando los principales episodios de la misma y meditando su contenido. Poco a poco se irán estableciendo determinadas estaciones del itinerario, en las que se medita de modo especial el contenido del momento concreto que se evoca; lentamente se va elaborando un "via crucis", aunque su elaboración definitiva pertenece a los albores de la modernidad. La peregrinación a Tierra Santa, donde los franciscanos organizan el "via crucis" por excelencia, se convierte en una práctica piadosa de gran importancia, así como los recuerdos y narraciones que traen los peregrinos. La difusión de las reliquias relacionadas con la Pasión es muy considerable; aunque no es nueva, sí adquiere un gran desarrollo la veneración de la corona de espinas y de los numerosos fragmentos de la misma, así como de la cruz, que se conservan en diversas iglesias, santuarios y monasterios. Lo mismo podrían decirse de la Sabana Santa de Turín, de las reliquias de la Sangre del Señor, o del culto que comienza a perfilarse al Sagrado Corazón. Un cierto sentimiento trágico penetra la concepción de la vida; la muerte aparece como una dolorosa ruptura y es representada en el arte y la literatura con sus matices más macabros y repulsivos. Esa realidad impone una piedad un tanto angustiada por la presencia del infierno, pero también la necesidad de actos meritorios que garanticen la felicidad eterna; en esta época se difunden numerosos manuales llamados "Ars moriendi", efectivamente una guía para preparar el inexorable tránsito. En vida es posible ir garantizándose una buena muerte, no sólo con buenos actos, sino obteniendo indulgencias que permiten el perdón del resto de culpa que dejan los pecados una vez confesados. Las disposiciones piadosas en el testamento, la recepción de los sacramentos en el momento de la muerte, y los funerales y sufragios ofrecidos por los muertos, a veces numerosísimos, constituyen eslabones esenciales de esas garantías que se pretenden obtener. Extraordinario desarrollo adquiere el culto a la Virgen; no es enteramente nuevo, ya que venia intensificándose desde el siglo XIII, en que la figura de la Virgen se ha convertido en el eje iconográfico. El incremento del culto a la naturaleza humana de Cristo lleva consigo el culto a su Santísima Madre: desde la Anunciación, tema cuya representación se hace frecuentísimo, a las tiernas escenas del Nacimiento, o de la vida en Nazaret, hasta las trágicas horas del Calvario o el motivo iconográfico de la Piedad. En todos sus aspectos, la piedad mariana viene a insistir en el papel corredentor y mediador de la Virgen, temática ésta ya desarrollada en el siglo XIII. Las oraciones dedicadas a la Virgen conocen, desde ahora, un notable desarrollo. El "Angelus", oración habitual al atardecer, se generaliza al mediodía y también por la mañana. El "Avemaría," una invocación antigua, perfilada en su primera parte desde el siglo XII y difundida por los cistercienses, ahora acostumbra a completarse con invocaciones, similares a las que integran su redacción actual, casi configurada en el siglo XV, aunque sólo en la siguiente centuria tendrá una formulación definitiva. También la "Salve", configurada desde el siglo XI, alcanza una gran difusión, y, sobre todo, el "Rosario", una práctica de antiguos orígenes, difundido por cistercienses y dominicos, que adquiría, también en esta época, su definitiva configuración de tres partes con cinco misterios de diez avemarías cada uno, completado con las letanías, o invocaciones sucesivas; era una perfecta combinación de la contemplación de los momentos esenciales de la vida de Cristo y de la Virgen. Se multiplican a lo largo de los siglos XIV y XV las festividades dedicadas a la Virgen, tanto referidas a los distintos episodios de su vida, como a distintas advocaciones; también se abren nuevas perspectivas teológicas, como la Inmaculada Concepción, y se incrementan las referencias a milagros debidos a su intercesión, los hallazgos de imágenes largo tiempo desaparecidas, y los santuarios marianos, convertidos también en importantes centros de peregrinación. El culto a los santos crece cuantitativamente de modo extraordinario; también cualitativamente experimenta una variación: se trata de personajes humanos, próximos a los fieles, a menudo asociados a la protección y patronato de determinadas profesiones o ciudades o vinculados a la curación de ciertas enfermedades. Es una muestra de la nueva concepción de la piedad, de la mayor proximidad de lo divino al hombre, a quien el ejemplo de santos próximos puede servir de modelo más que los hieráticos santos de épocas anteriores. Las devociones a los santos tienden a hallar en la veneración de las reliquias una forma material en que apoyarse; la proliferación de santos y de sus reliquias, inscrita en una piedad a menudo excesivamente crédula, no dejó de producir algunos abusos señalados por los más activos reformadores. Otro aspecto importante de la devoción bajomedieval lo constituyen las peregrinaciones, tanto a santuarios marianos como a los dedicados a los diversos santos.
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Vida de Francisco Hernández: sus años en España Entre los muchos autores que han estudiado con mayor o menor intensidad la obra de Hernández, ninguno se ha adentrado en su vida y su obra como el español Germán Somolinos D'Ardois. Médico también, Somolinos llegó a México al finalizar la guerra civil de España y, entre otras cosas, se dedicó a estudiar la historia de la medicina tanto española como mexicana. En 1960, como la Universidad Nacional comenzó a publicar la magna edición de las Obras Completas de Hernández, Somolinos colaboró con una amplia investigación en la que plasmó la vida y los quehaceres del eminente médico toledano. Dada la calidad de lo escrito por Somolinos me parece prudente enfocar la vida y la obra de Hernández a través de aquél, hoy por hoy, su mejor biógrafo4. Nadie duda que Francisco Hernández nació en La Puebla de Montalbán, Toledo, patria también de Fernando de Rojas, el autor de La Celestina. En cambio, muchos dudan de la fecha exacta de su nacimiento. Somolinos acepta, como la más verosímil, el año de 1517 ó 1518. Esta misma oscuridad en cuanto al año de su nacimiento se nos manifiesta si queremos conocer el ambiente familiar en el que se desarrolló. Es posible que naciera de familia acomodada, ya que pudo realizar estudios universitarios. Hay varios datos para confirmar que estuvo en la Universidad de Alcalá de Henares, donde además de teología estudió medicina. Recordaré en pocas líneas que esta universidad, en tiempos de Hernández, era la más joven de España. Empezó a funcionar en 1508, patrocinada por el Cardenal Cisneros. Pronto se respiró en ella un ambiente innovador, empapado del espíritu reformista del propio Cisneros y sobre todo del de Erasmo de Rotterdam, de tal manera que, junto con Sevilla, Alcalá fue el centro erasmista más importante de España5. Hernández llegó a Alcalá a los veinte años. Allí vivió las más novedosas corrientes del Renacimiento y conoció a otros que después serían figuras destacadas, como el humanista Benito Arias Montano, de quien siempre fue amigo, los médicos Francisco de Valles y Juan Fragoso y el cronista Ambrosio de Morales. Señala Somolinos que coincidió la época de la juventud de Hernández con un momento de auge en los estudios médicos. Además del famosísimo doctor Andrés Laguna, varios médicos españoles eran entonces solicitados en las cortes europeas y en las universidades. Fue también un período en que la medicina española y la italiana estuvieron muy en contacto. A todo esto hay que añadir la influencia ejercida por Andrés Vesalio, quien vivió varios años en España como médico de Felipe II. Al terminar sus estudios en Alcalá, Hernández vuelve a su tierra, Toledo, donde adquiere sus primeras experiencias como médico. Pero poco después aparece en Sevilla como profesor de la Universidad. Esta ciudad debió presentar muchos alicientes para el joven Hernández. Allí existía una buena facultad de medicina, allí vivían médicos destacados como Nicolás Monardes y Juan Fragoso, y además se respiraba un ambiente erasmista. Era también Sevilla una ciudad próspera y dinámica, floreciente por el comercio con América. Es más que probable que Hernández, por vez primera, tomara allí contacto con el mundo americano y empezara su entrenamiento botánico recorriendo el campo andaluz. Hacia 1560 se traslada a Guadalupe. En este pueblecito extremeño existía, desde el siglo XV, un foco importantísimo de ejercicio de la medicina. El monasterio, regentado por los jerónimos, atraía muchos devotos, tanto simples peregrinos como miembros de la nobleza e incluso de la realeza. La costumbre de visitar Guadalupe databa de la época de Alfonso XI, el rey patrocinador del monasterio en honor de la Virgen del mismo nombre6. La gran afluencia de gente justificaba un buen hospital para los muchos casos de enfermedad que se producían. En los sótanos del monasterio existía un local donde se hacía la disección y la lectura de cadáveres, actividad muy en boga en el Renacimiento. En sus obras, Hernández frecuentemente recuerda las autopsias de Guadalupe y las muchas enseñanzas que de ellas extrajo. La práctica médica que se adquiría allí era tal que los reyes buscaban a sus protomédicos entre aquellos que habían pasado por la escuela y hospital del famoso monasterio jerónimo. Además de anatomía, Hernández tuvo ocasión de familiarizarse en Guadalupe con la herbolaria renacentista. El jardín botánico del monasterio gozaba de fama de ser el mejor de España, sobre todo en lo que se refiere a plantas medicinales, y además, el entorno montañoso de las Villuercas poseía una flora muy rica y una vegetación abundante. Mas no fue muy larga su estancia en Guadalupe. En 1567 lo encontramos de nuevo en su tierra natal, Toledo. Somolinos ofrece una razón muy convincente que explica el cambio, y es que Toledo era un lugar muy próximo a la corte, Madrid. No es extraño, pues, que Hernández deje Guadalupe a pesar de ser éste un centro clínico de primera importancia. Toledo, además, en estos años disfrutaba de una sociedad culta, en parte erasmista7, y pronto Hernández se relacionó con ella. Sabemos que por entonces tuvo amistad con Nicolás de Vergara, arquitecto muy destacado, y con Juanello Turriano. Este famoso relojero italiano trabajaba proyectando un artificio para llevar agua a la ciudad. En Toledo, Hernández ejercía la medicina privada y practicaba cirugía en el Hospital de Santa Cruz8. Y lo que fue más importante para su futuro en México, frecuentaba la corte de Felipe II. En su traducción de las obras de Plinio hace bastantes menciones de estas visitas, que incluían también estudios al huerto de su majestad y al jardín botánico de Aranjuez. En este tiempo tuvo oportunidad de conocer un perro pelón, Itzcuintli, de los de México, que era propiedad del príncipe Carlos. Y desde luego se relacionaba con gente prominente de la corte, como, por ejemplo, con Juan de Herrera, quien dirigía la Construcción de El Escorial. La amistad con Herrera debió ser muy estrecha desde el momento en que aparece como albacea de su testamento. Hecho capital en la vida de Hernández es que en estos mismos años fue nombrado médico del invictísimo Philippo Segundo, rey de Hespaña, Nuestro Señor, y poco después protomédico general en todas las Indias, yslas y tierra firme del mar océano9. Y aquí se presenta una contradicción que al parecer es sólo aparente. En efecto, ya estando en México, Hernández escribe al rey pidiéndole su nombramiento oficial de médico de cámara. Somolinos supone que la razón por la que Hernández no disponía de este nombramiento era debida simplemente a un retraso burocrático, a una cuestión de papeleo. La fecha de estos nombramientos no se conoce con exactitud, pero se supone que la de médico de cámara fue en 1567 y poco después la de protomédico de las Indias. Somolinos reflexiona sobre este último nombramiento y supone que en él influyó mucho Benito Arias Montano. Gracias a este humanista, Felipe II prefirió a Hernández sobre otros médicos más allegados a la corte. Cabe pensar también que en la decisión del rey pudo pesar favorablemente el interés que había mostrado Hernández por la botánica. Quizá esto lo hacía más idóneo para la empresa americana que otros médicos más afamados en la medicina pero menos atraídos por el estudio de las plantas. El hecho es que esta decisión real iba a cambiar la vida de Hernández y lo iba a meter de lleno en la historia del Nuevo Mundo.
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Una de las mejores maneras de escapar de la violencia implícita en la vida altomedieval será el ingreso en un monasterio, verdadero espacio de paz y tranquilidad donde la búsqueda de Dios se convertía en el principal objetivo. Las primeras reglas monásticas que se establecen en la Galia se remontan al siglo V, recordando en algunos aspectos a los eremitas que habían abundado en los primeros años del cristianismo. Este fenómeno del eremitismo también se desarrollará en esta época, algo extraño en unos momentos donde la comunidad era la única defensa del individuo. Los profundos bosques o las montañas servirán de refugio a numerosos eremitas que abandonan el mundo para buscar a Dios. Se considera que en la Galia septentrional hubo unos 350 eremitas a lo largo de los siglos V y XI. Se manifestaron tres oleadas de eremitas, produciéndose la primera en el siglo V y la segunda en los siglos VI y VII. Después se entró en una etapa de crisis, motivada por la regulación de la práctica eremita a través de la legislación carolingia, permitiendo establecerse sólo a unas cuantas personas. De esta manera, se limitó el movimiento hasta la tercera oleada que se produce tras el año 850. Curiosamente si en los anteriores fenómenos eremitas eran gentes del pueblo y mujeres quienes se retiraban, la tercera oleada la integrarán mayoritariamente nobles y varones. Se necesitaba de una personalidad fuerte para aguantar la vida de eremita, alimentándose de hierbas, raíces, pan seco, bebiendo agua empantanada y viviendo en pequeñas cabañas construidas de ramas donde no había nada. De esta manera sanaban su cuerpo y su alma para encontrarse con Dios, aunque no estaban exentos de la violencia que definía a la sociedad altomedieval. Muchos fueron los eremitas asesinados posiblemente porque para algunas sociedades eran considerados también fuera de la ley, lo que permitía su asesinato. Como decíamos, estas reglas monásticas mantenían cierto aire eremítico hasta que san Columbano unificó las reglas antiguas con la de san Benito de Nursia, recogiendo las palabras del propio san Benito para que "el monasterio ha de construirse de tal manera que todo lo necesario, es decir, el agua, el molino, el jardín y los diversos oficios, radique en su interior, de suerte que los monjes no se vean obligados a andar fuera de acá para allá, porque esto no es bueno para sus almas". Desde el año 817 se multiplican los monasterios por las tierras francas, verdaderos micro-organismos donde es posible encontrar a Dios y a uno mismo. Pero estas comunidades no estaban aisladas del mundo que las rodeaba ya que permitían el contacto de huéspedes, peregrinos y novicios. San Benito consideró que la comunidad debía de estar dirigida por un padre o abad -abba significa padre en arameo- que vigila a sus hijos y les guía en la espiritualidad, la humildad y el silencio. El abad de Corbie, Adalhardo, establece que la comunidad no debe aumentar de 400 personas, incluyendo a los sirvientes laicos, con el fin de evitar caer en el anonimato. Al acceder a la comunidad se abandona el mundo al aceptar los votos de castidad, pobreza y obediencia. Cuando el monje había aprendido a leer y escribir y había memorizado los 150 salmos se le permitía entrar en meditación. Era obligatorio recitar el salterio cada semana de manera cantada. La regla benedictina introdujo una novedad respecto al modo de vida romano al plantear la máxima "ora et labora", rompiendo así con la ociosidad que definía a la sociedad romana cultivada. Para san Benito "la ociosidad es la enemiga del alma (...) Los hermanos han de hallarse ocupados en tiempos determinados con el trabajo manual y dedicados en horas también a la lectura divina". De esta manera se alcanzará el equilibrio. Era frecuente entre los monjes las lecturas en común, durante las comidas o incluso en el trabajo. San Benito también estableció las horas diarias de lectura de los habitantes del monasterio: desde Pascua al 11 de noviembre, dos horas de lectura, y en invierno se aumentaba a tres horas. En la siesta estaba permitido leer "con tal que no moleste a nadie" ya que la lectura casi siempre se hacía en voz alta. Los domingos de Cuaresma están dedicados íntegramente a la lectura. Dos ancianos vigilaban durante las horas de lectura a aquellos monjes inclinados a la charla o a la holgazanería mientras que si alguien continuaba la lectura por la noche se le proporcionaba un lugar iluminado. La regla benedictina hace referencia a "que el monje le prohiba hablar a su lengua, y que, guardando silencio, aguarde para hablar a que se le interrogue". De esta manera el silencio debía permitir el cultivo del interior, acercándose así a Dios. La soledad del monje se reafirma en uno de los oficios más característico del monasterio: el escriba. En los últimos años del Imperio Romano se abandona el papiro para adaptar el codex, libro en pergamino que era escrito por estos monjes escribas. Su trabajo era fatigoso, quejándose algunos del frío que pasan en el "scriptorium" o de como se helaba la tinta con la que escribían. El escriba en primer lugar preparaba las líneas y los márgenes gracias a una punta seca para después realizar su labor con una cañita o una pluma de ave, iluminando el libro que se colocaba sobre sus rodillas o sobre una mesa o pupitre. Cuando se reunían varios escribas no podían hablar a fin de mantener la concentración. En la elaboración del libro también trabajaban correctores, pintores, iluminadores y encuadernadores, desempeñando una labor crucial para el mantenimiento de la cultura antigua. La dureza del trabajo la resumen a la perfección las palabras de un iluminador: "oscurece la vista, le encorva a uno, hunde el pecho y el vientre, perjudica a los riñones. (...) Por eso, lector, vuelve con dulzura sus páginas y no pongas los dedos sobre las letras". Una Biblia llevaba un año de trabajo y se necesitaba la piel de un cordero para cada cuatro folios, encareciéndose el libro con la riqueza de los trabajos de su cubierta, frecuentemente adornada con piedras preciosas y esmaltes. También conocemos de la existencia en la Alta Edad Media de comunidades judías, surgidas a raíz de la diáspora producida entre los siglos I y II. Sus ejes serán la Torah y la Biblia, autoadministrándose a través de las asambleas constituidas por los jefes familiares. Cada creyente ocupaba un puesto concreto en la escala social y los rabinos sólo desempeñaban labores docentes. Uno de los miembros de la comunidad era elegido para regular cuestiones de convivencia con los cristianos. Solían vivir en lugares apartados, dedicándose al comercio.
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Resulta difícil hallar una institución en apariencia tan humilde y en la práctica tan decisiva a la hora de analizar la religiosidad laica como la parroquia. Célula básica de la organización eclesiástica y eje de la piedad y liturgia cotidianas, la parroquia permitió en la Edad Media realizar el encuadramiento religioso de la población europea, tanto a nivel rural como urbano. El triunfo del modelo parroquial puede constatarse ante todo desde el punto de vista cuantitativo. A partir de finales del siglo XI el número de parroquias en Europa se acrecentó enormemente debido a la conjunción de tres factores: incremento general de la población, con el consiguiente desarrollo de multitud de aldeas en las tierras recientemente roturadas; reforzamiento general de los marcos institucionales de control administrativo del territorio y, por supuesto, mejora drástica de la cura pastoral. La parroquia, como lugar de culto permanente y marco de referencia obligado para la colectividad en asuntos religiosos como civiles, cuenta con un clero propio y de residencia estable. Su número sin embargo varía, pues, según la importancia de la Iglesia, pueden existir cierto número de capellanes y vicarios auxiliares. Sin embargo, la dirección corresponde siempre al cura párroco. Éste, también denominado "plebanus", pastor, "rector ecclesiae", etcétera, ejerce la jurisdicción eclesiástica en representación del obispo, y sus funciones incluyen la administración de los bienes de la Iglesia, el cobro de los diezmos y, naturalmente, la dirección de una vida religiosa. La celebración de la misa, los rezos y salmodias cotidianas, el sermón, la confesión regular, la administración de los otros sacramentos, etc., entran dentro de sus cometidos, a los que se añaden pláticas y charlas informales, que otorgan al cura un incuestionable poder moral en la colectividad. Respecto al índice de instrucción del clero parroquial, lo cierto es que hasta la segunda mitad del siglo XIII no debía ser en ocasiones muy elevado, a juzgar por las quejas que tanto sínodos como visitas episcopales expresan. Aunque el nivel mínimo de conocimientos exigido por la legislación eclesiástica (además expresado en lengua vulgar) equivaldría hoy a un simple grado de primera comunión, sólo una parte de los clérigos lo alcanzaba. Conocemos, en efecto, numerosos ejemplos de sacerdotes -sobre todo pertenecientes al personal auxiliar del párroco-, que no conocían ni una sola palabra de latín, por lo que tampoco entendían los rezos y fórmulas litúrgicas. Ello redundaba no sólo en una deficiente formación catequética del laicado, sino también en la práctica ausencia de la predicación, que únicamente la llegada de los mendicantes, a partir del primer tercio del siglo XIII, pudo suplir. Las decisiones del III y IV Concilios de Letrán reorganizando la enseñanza eclesiástica de base, consiguieron sin embargo modificar sustancialmente este panorama, y a fines del siglo XIII debía haber mejorado de forma notable, pues las quejas sobre el deficiente grado de formación del bajo clero desaparecen paulatinamente. Incluso, por estas mismas fechas, el número de clérigos con estudios universitarios (litterati) era ya significativamente alto, alcanzándose para Francia e Inglaterra porcentajes de entre el 12 y 15 por 100 para los curas residentes y del 3 al 5 por 100 para capellanes y vicarios. Las visitas episcopales eran el método más seguro y directo para conocer la realidad parroquial, evaluando así el grado de aplicación de las medidas dictadas por concilios y estatutos sinodales. Definitivamente sistematizado por el IV Concilio de Letrán, el mecanismo de la visita -anual y teóricamente aplicado a todas y cada una de las iglesias- se extendió sólo regularmente a las principales parroquias, más a algunas que aleatoriamente eran designadas cada año. Bien conocidas, sobre todo para la segunda mitad del siglo XIII, por los informes elaborados por los escritorios episcopales tras su realización, las visitas seguían un rígido proceso, regulado incluso formalmente mediante cuestionarios previos. Como prueba de la mejora alcanzada a todos los niveles en el mundo parroquial, los informes de fines del XIII solían refrendarse con la significativa frase de "todo está bien en lo temporal como en lo espiritual" (omnia bene temporaliter et spiritualiter). Centro de la vida religiosa popular, la parroquia era también un instrumento imprescindible de participación en la vida pública. Esta realidad se constataba incluso físicamente, pues la parroquia, aparte de lugar de oración y culto, era por lo común el único edificio capaz de albergar de una sola vez a toda la comunidad. Coincidiendo o no con la celebración de la misa, el cura párroco utilizaba el ámbito de la iglesia para divulgar todo tipo de noticias tanto de orden civil como eclesiástico. Pese a las protestas de los moralistas, que aludían continuamente al conocido pasaje evangélico del templo como "spelunca latrorum", la parroquia, como el cementerio, eran lugares habituales (loca consueta) pare la reunión de la comunidad.
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Resulta difícil hallar una institución en apariencia tan humilde y en la práctica tan decisiva a la hora de analizar la religiosidad laica, como la parroquia. Célula básica de la organización eclesiástica y eje de la piedad y liturgia cotidianas, la parroquia permitió realizar el encuadramiento religioso de la población europea, tanto a nivel rural como urbano. El triunfo del modelo parroquial puede constatarse ante todo desde el punto de vista cuantitativo. A partir de finales del siglo XI el número de parroquias en Europa se acrecentó enormemente debido a la conjunción de tres factores: incremento general de la población, con el consiguiente desarrollo de multitud de aldeas en las tierras recientemente roturadas; reforzamiento general de los marcos institucionales de control administrativo del territorio y, por supuesto, mejora drástica de la cura pastoral. La parroquia, como lugar de culto permanente y marco de referencia obligado para la colectividad en asuntos religiosos como civiles, contaba con un clero propio y de residencia estable. Su número sin embargo variaba, pues, según la importancia de la Iglesia, podían existir cierto número de capellanes y vicarios auxiliares. Sin embargo, la dirección correspondía siempre al cura párroco. Este, también denominado "plebanus", pastor, "rector ecclesiae", etcétera, ejercía la jurisdicción eclesiástica en representación del obispo, y sus funciones incluían la administración de los bienes de la Iglesia, el cobro de los diezmos y, naturalmente, la dirección de una vida religiosa. La celebración de la misa, los rezos y salmodias cotidianas, el sermón, la confesión regular, la administración de los otros sacramentos, etc., entraban dentro de sus cometidos, a los que se añadían pláticas y charlas informales que otorgaban al cura un incuestionable poder moral en la colectividad. Respecto al índice de instrucción del clero parroquial, lo cierto es que hasta la segunda mitad del siglo XIII no debía ser en ocasiones muy elevado, a juzgar por las quejas que tanto sínodos como visitas episcopales expresan. Aunque el nivel mínimo de conocimientos exigido por la legislación eclesiástica (además expresado en lengua vulgar) equivaldría hoy a un simple grado de primera comunión, sólo una parte de los clérigos lo alcanzaba. Conocemos, en efecto, numerosos ejemplos de sacerdotes -sobre todo pertenecientes al personal auxiliar del párroco-, que no conocían ni una sola palabra de latín, por lo que tampoco entendían los rezos y fórmulas litúrgicas. Ello redundaba no sólo en una deficiente formación catequética del laicado, sino también en la práctica ausencia de la predicación, que únicamente la llegada de los mendicantes, a partir del primer tercio del siglo XIII, pudo suplir. Las decisiones del III y IV Concilios de Letrán reorganizando la enseñanza eclesiástica de base, consiguieron sin embargo modificar sustancialmente este panorama, y a fines del siglo XIII debía haber mejorado de forma notable, pues las quejas sobre el deficiente grado de formación del bajo clero desaparecen paulatinamente. Incluso, por estas mismas fechas, el número de clérigos con estudios universitarios (litterati) era ya significativamente alto, alcanzándose para Francia e Inglaterra porcentajes de entre el 12 y 15 por 100 para los curas residentes y del 3 al 5 por 100 para capellanes y vicarios. Las visitas episcopales eran el método más seguro y directo para conocer la realidad parroquial, evaluando así el grado de aplicación de las medidas dictadas por concilios y estatutos sinodales. Definitivamente sistematizado por el IV Concilio de Letrán, el mecanismo de la visita -anual y teóricamente aplicado a todas y cada una de las iglesias- se extendió sólo regularmente a las principales parroquias, más a algunas que aleatoriamente eran designadas cada año. Bien conocidas, sobre todo para la segunda mitad del siglo XIII, por los informes elaborados por los escritorios episcopales tras su realización, las visitas seguían un rígido proceso, regulado incluso formalmente mediante cuestionarios previos. Como prueba de la mejora alcanzada a todos los niveles en el mundo parroquial, los informes de fines del XIII solían refrendarse con la significativa frase de "todo está bien en lo temporal como en lo espiritual" (omnia bene temporaliter et spiritualiter). Centro de la vida religiosa popular, la parroquia era también un instrumento imprescindible de participación en la vida pública. Esta realidad se constataba incluso físicamente, pues la parroquia, aparte de lugar de oración y culto era por lo común el único edificio capaz de albergar de una sola vez a toda la comunidad. Coincidiendo o no con la celebración de la misa, el cura párroco utilizaba el ámbito de la iglesia para divulgar todo tipo de noticias tanto de orden civil como eclesiástico. Pese a las protestas de los moralistas, que aludían continuamente al conocido pasaje evangélico del templo como "spelunca latrorum", la parroquia, como el cementerio, eran lugares habituales (loca consueta) pare la reunión de la comunidad.
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En este capítulo vamos a analizar las consecuencias de los cambios institucionales que tuvieron lugar en los países europeos occidentales, entre 1870 y 1900, en tres campos: el carácter social de los sistemas políticos, la vida política tal como se expresó a través de los partidos y las elecciones, y la intervención del Estado en la sociedad. Las preguntas básicas a las que trataremos de responder son: ¿En qué medida se produjo un cambio en la elite social que hasta entonces había ejercido el poder? ¿Hasta qué punto las mayorías sociales, masculinas, a quienes se había concedido el derecho de representación, se integraron efectivamente en los sistemas políticos y dieron lugar al tipo de vida política que consideramos "moderno", caracterizado por la participación libre y consciente? ¿Cómo y porqué cambió el carácter de la acción estatal? Estas cuestiones han ocupado buena parte de la investigación y de los debates de la más reciente historia política sobre la Europa occidental de este período; una historia política cuyas fronteras con la historia social se han difuminado extraordinariamente.
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La vertebración básica en la estructura social sigue siendo, como en el mundo romano, la división entre hombres libres y siervos. El elemento más alto de la sociedad, constituido por los hombres libres pertenecientes a la nobleza palatina, al palatinu officium, y, tras ellos el resto de la aristocracia laica y el poder eclesiástico, que constituían una oligarquía, ha quedado expuesto al tratar el tema de los instrumentos para el ejercicio del poder. Bajo estas primeras categorías se puede distinguir: - Población libre no privilegiada. Los privasi, a veces denominados ingenui, y específicamente dentro de esta categoría los possesores o pequeños propietarios, que debían asumir, al igual que los denominados siervos fiscales, una gran carga tributaria personal de tipo territorial. Este hecho condujo a que, a lo largo del siglo VII, muchos de estos pequeños propietarios libres se sometieran al patrocinio de un gran propietario. Así conseguían la protección y seguridad necesarias a cambio de la propiedad de las tierras. La mayoría de individuos libres vivía en los núcleos urbanos, puesto que la propia estructura social de las ciudades, con cierto gobierno autónomo, favoreció y protegió la libertad de sus habitantes. A pesar de que su vida transcurría en los ámbitos urbanos, podían dedicarse o bien a las labores agrícolas practicadas en los territorios circundantes, o bien a las profesiones normales que se generaban en dichos núcleos urbanos. No debe sorprender la existencia de artesanos, orfebres, arquitectos, escultores, ingenieros, picapedreros, médicos, maestros, etc... Pueden incluirse en este grupo los miembros del ejército de rangos inferiores, llamados a veces viliores personae. - Clientes, encomendados y libertos. Coloni. Este grupo desposeído de tierras dio un gran poder a los grandes propietarios puesto que fueron incrementando las relaciones clientelares, lo que redundó en un fortalecimiento mayor de la nobleza. Los libertos eran siervos manumitidos, con una condición jurídica inferior a la de los ingenui o libres. Pero su dependencia del señor era enorme. En los núcleos de hábitat rural, las jerarquizaciones sociales se hacen mucho más patentes, puesto que se diferencia entre aristócratas y esclavos, o entre señores y servidores, o bien entre ricos y pobres. Coloni: Campesinos que trabajan las propiedades reales o privadas. Estaban adscritos a la tierra y pagaban un diezmo de los productos cultivados, junto con otras cargas. No podían enajenar ningún bien sin saberlo su señor. Eran, como los libertos, dependientes. - Gran masa de población servil. Muy numerosa. Organizada en varias categorías, dentro de dos básicas, la de los idonei, de mayor rango, y la de los viliores, inferiores. Entre los primeros destacan los siervos reales, al servicio de la corte, que tenían sus propios esclavos. Los siervos fiscales, también al servicio de la corte, poseían un cierto número de propiedades, pagaban sus tributos y eran prácticamente libres. Los siervos de la Iglesia (servi ecclessiae) eran siervos rurales que trabajaban las propiedades de la Iglesia. Según se deduce del canon 5 del XVI Concilio de Toledo (693) cada iglesia debía tener al menos diez siervos para que la productividad del patrimonio eclesiástico fuese rentable. Algunos de los siervos y esclavos de la Iglesia llegaron a alcanzar su libertad entrando a formar parte del clero, como es el caso de Decencio, siervo de Fructuoso de Braga, al que éste convirtió en abad del monasterio de Turonio. Una categoría dentro de los idonei la constituían los siervos domésticos al servicio de los dueños y propietarios, mayoritariamente en ámbitos rurales y adscritos a la tierra; en una pizarra procedente del Barrado se habla de mancipios. Cuando eran siervos por su origo, es decir, nacían de una familia de siervos de un dominus o señor, se llamaban vernuli. Los viliores eran, en general, esclavos rústicos, formaban una gran masa y trabajaban las tierras, a pesar de que su estatuto jurídico era inferior al de los idóneos conseguían su libertad mucho más fácilmente. En muchos casos los siervos rústicos pasaron a formar parte del ejército (cf. tropas de Ervigio). Sobre las diferentes categorías de población rural, de campesinos dependientes y siervos, las pizarras constituyen documentos de excepcional interés pues algunas reflejan diferentes categorías, los pagos que hacen por las tierras y diversas cargas, incluso qué tipo de tierras o cultivos tienen, a la vez que sirven de ejemplo de contrastes sociales y de la vida rural.
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En 1707, cuando ya su padre habría hecho una clientela y afianzado su taller, tanto como para admitir discípulos, vino al mundo Francisco, el tercero de los hijos, primer varón, para el que don Nicolás Salzillo querría una selecta educación que lo pudiera alejar del trabajo manual. Así lo puso a estudiar con los jesuitas, al tiempo que tomaba clases de dibujo y colorido con el presbítero don Manuel Sánchez. Desde siempre se viene afirmando también que llegó a ingresar como novicio en los dominicos, orden para la que su padre trabajaba frecuentemente y que él mismo haría años después. Así, su infancia y juventud parecen transcurrir con la tranquilidad que propicia una vida provinciana y una familia de estatus social y económico holgado, formándose intelectualmente y en las artes que serían completadas con la instrucción en el modelado y escultura que recibiera en su propia casa. La muerte del padre en el año 1727, le obligó, con veinte años, a colocarse al frente del taller y no sólo como gestor o director del trabajo que hicieran los oficiales y aprendices que allí hubiera, sino tomando directamente las herramientas para concluir de su mano las esculturas que habían quedado a medio hacer, y de entre ellas una Santa Inés de Monte Pulciano, santa dominica que había sido canonizada el año anterior. Queda doña Isabel y sus seis hermanos a su cargo: Teresa, José Antonio, Magdalena, Francisca de Paula, Inés y Patricio, teniendo la mayor 23 años y los dos pequeños, 10 y 5, respectivamente. Con este panorama no es difícil aceptar lo que se dice del viaje frustrado a Roma, y también es lógico que entre todos ayudaran hasta conseguir perfeccionarse como así lo hicieron José Antonio en el primer tallado de las figuras, y más tarde Inés y Patricio en la colocación de postizos y policromía. Desde el primer momento se pretendía que todo quedara en casa; los discípulos llegaron después. En el mismo silencio que había vivido sus primeros veinte años continuó hasta que acontecieron dos desgracias seguidas: la muerte en el año 1744 de su hermano José Antonio, y la de su madre al año siguiente. Antes, el 35, había habido otra baja familiar: su hermana Francisca de Paula había ingresado en las monjas capuchinas, y su hermano menor, Patricio, se orientaba hacia el sacerdocio. Al año siguiente de la muerte de su madre contrae matrimonio con la hija de un platero: doña Juana Vallejo Martínez Taibilla, de familia también muy religiosa ya que tiene un hermano, José, sacerdote, y otro, Agustín, fraile agustino. Para ese tiempo ya está haciendo Salzillo las más bellas obras que culminarán en la década siguiente. Al casarse, su hermana M? Magdalena abandona la casa, mientras los otros tres hermanos permanecen con los recién casados, hasta que Inés hace una buena boda con el procurador don Francisco García Comendador. Francisco Salzillo y Juana Vallejo no fueron muy afortunados con los hijos; en 1748 tuvieron una hija, Catalina de Rizis, que murió pronto, luego un varón en el 50, al que pusieron Nicolás y también falleció, y por fin en el 53, otra hija, María Fulgencia, a la que su padre alcanzó a ver bien casada con don Salvador López Núñez, hijo del regidor del Ayuntamiento. Se viene diciendo desde Ceán que hacia mediados del siglo se le llamó a Madrid a fin de que colaborase en las esculturas que, bajo la dirección de Olivieri y Castro, se estaban haciendo para decoración del nuevo Palacio Real, y también se dice que no aceptó. Lo que sí es cierto es que en el 55 le distinguió el Ayuntamiento de Murcia con el título de escultor y modelista de la ciudad. En 1765 murió su esposa y, pese a la corta edad de su hija, no volvió a casarse. Dos años después hizo testamento y por él sabemos que, para entonces, estaban en su casa José López y Roque López, a los que deja sendos juegos completos de herramientas de trabajo. En el mismo año 65 fundó una academia de dibujo en su propia casa; allí se estudiaban modelos y se copiaba del natural. Fue ésta una auténtica avanzadilla en la ciudad y un buen prolegómeno a la organizada por la Sociedad Económica de Amigos del País, de la que fue nombrado director desde el momento de su inauguración en 1779. Para ese año Salzillo ya estaba muy viejo, aunque seguía en plena actividad; aún se compromete con encargos (San Pedro, de su parroquia, o Los Azotes, para Librilla), pero a principios del 83 enfermó, testando en 20 de febrero y expirando el 2 de marzo de ese mismo año. Fueron 55 años de intenso trabajo, en general bien hecho, que pudo dar de sí ese elevado número de obras (1729) que cita su primer biógrafo Ceán Bermúdez.
Personaje Religioso
Tras estudiar la carrera de Leyes en Barcelona, se decantó por el sacerdocio. En 1899 ya comenzó a ejercer como tal en Tarragona. Cuatro años más tarde de ser nombrado arcipreste. En 1914, se convirtió en obispo de Solsona (Lleida). Vidal continuó ascendiendo en la escala religiosa hasta acceder al capelo cardenalicio en 1921. Defensor de la lengua catalana, en tiempos de la dictadura de Miguel Primo de Rivera fue muy criticado por ello. Coincidiendo ya con la II República, sustituyó a Pedro Segura y Sáenz, cardenal y arzobispo de Toledo, cuando éste fue expulsado. En esta tesitura, al frente de la Iglesia española, tuvo que mantener una posición prudente con la República. Cuando estalló la Guerra Civil se escondió en Poblet (Tarragona). Consiguió que los anarquistas le liberasen y pudo escapar a Italia. Desde este país mostró su oposición al régimen de Franco.