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A través de las fuentes escritas, las pinturas de las cerámicas o los relieves podemos conocer como era la vida cotidiana de los griegos, cómo vestían, cómo se divertían, dónde vivían, cuáles eran sus creencias, qué hacían las mujeres, cómo estaba constituida su sociedad, cómo era su arte, cualés eran sus pensamientos filosóficos, su literatura o sus ciencias. De esta manera conoceremos un poco más de cerca la verdadera vida de Grecia, alejándonos de las tradicionales batallas y enfrentamientos entre los diversos rivales.
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La vida privada en la Alta Edad Media estará caracterizada por el miedo al mundo exterior y en definitiva a la muerte. Es una etapa de angustias y temores ante los todavía recientes ataques bárbaros en los que la violencia ha sido la nota más significativa. Incluso la religión cristiana busca en el sufrimiento el sacrificio que permitirá al creyente alcanzar la vida eterna. Pero también encontramos muestras de amor, especialmente en la familia, ante las continuas amenazas procedentes del mundo exterior. Esa inseguridad, ese miedo a la amenaza, conducirá al feudalismo en los últimos años de esta etapa que vamos a conocer. La ciudad ha sido casi definitivamente abandonada para instalarse en el campo. La fragilidad de las rutas comerciales impiden la mayoría de las transacciones y, por lo tanto, es más fácil encontrar alimentos en el campo, produciéndolos uno mismo con absoluto sacrificio. Y como la preocupación por la defensa está presente, es preferible ceder nuestras tierras a un señor a cambio de protección. Estamos en el germen del régimen señorial que conducirá al feudalismo. Por desgracia no son numerosos los documentos y las fuentes que se refieren a esta vida cotidiana que aquí pretendemos conocer, pero en la medida de lo posible nos acercaremos a ellos para hacer más accesible al lector esta época que se nos antoja tan remota y que no es una etapa media entre el Mundo Antiguo y el Renacimiento, sino un momento de máxima importancia en la Historia de la Humanidad.
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Las sociedades americanas del siglo XVI presentan un cuadro abigarrado de tipos sociales, producto de la mezcla dolorosa de diferentes culturas y mentalidades. En la América que se empieza a configurar a partir de 1492 están presentes las tradiciones culturales nativas, con magníficos desarrollos especialmente en Mesoamérica y el área cultural Andina. El elemento español estará integrado por individuos procedentes de una sociedad fronteriza, herederos de la tradición guerrera y religiosa imperante en la Europa medieval, buscadores de fortuna en un Nuevo Mundo donde para ellos está todo por ganar. El tercer elemento, no menos importante, lo constituyen las ingentes cantidades de esclavos negros llevados forzosamente a trabajar en las minas y plantaciones americanas, cuyo aporte cultural penetrará soterradamente en las tradiciones americanas y dará lugar a manifestaciones de singular riqueza. La mezcla, con todas las variantes históricas y regionales posibles, consistirá en sociedades de síntesis, si bien con predominio del elemento que básicamente ostenta el poder, el blanco -español o criollo-. El inicio de este proceso hay que buscarlo en el siglo XVI.
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La vida cotidiana en la España del Siglo de Oro es bien conocida, pues no faltan documentos tantos históricos como literarios (Cervantes, Calderón, Lope, etc.) que dan fe de la mentalidad de la época, de las costumbres, de las fiestas, de la alimentación, de la educación, etc. Por encima de los demás destacan dos valores que están presentes en todas las manifestaciones de la vida cotidiana: la religiosidad y la honra, aspectos estos que determinan las relaciones sociales y las esferas pública y privada. A lo largo de los puntos que siguen se van a tratar estos y otros puntos, con la finalidad de ofrecer una visión global y lo más completa posible de aquéllos aspectos que resultan esenciales para comprender la mentalidad y forma de vida de los españoles del llamado Siglo de Oro.
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El mundo moderno debe numerosas señas de identidad a la Edad Media. Las universidades, nuestros idiomas, las instituciones políticas y un largo etcétera hunden sus raíces en la época medieval que tan lejana parece al ser humano moderno. Sin embargo, aún podemos encontrar en algunos ámbitos rurales comportamientos y actitudes mentales más cercanas al mundo medieval que a la actualidad contemporánea. Por eso nos acercaremos a la vida cotidiana de esa gente para conocerla algo mejor. Observaremos su relación con la naturaleza y su dependencia del medio físico, el ritmo de vida -totalmente alejado del nuestro- y el día a día, sus relaciones con el mundo exterior, sus hábitos alimentarios, cómo asumían la muerte y el más allá o la importancia de la naciente vida urbana que se gesta en los nuevos espacios: las ciudades. La vida de los campesinos y las mujeres también serán motivo de nuestro estudio, sin olvidar a los clérigos y monjes o la existencia de las familias aristocráticas, sin renunciar a conocer el arte medieval. De esta manera, el recorrido por la Plena Edad Media será más cercano al ser humano, conociendo las acciones y los pensamientos de los hombres y las mujeres medievales.
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La Revolución francesa pretende acabar con estructuras, tradiciones y formas de vida sólidamente arraigadas para imponer un nuevo orden social y cultural en el que los individuos serán más felices, regidas sus vidas por la racionalidad y el equilibrio. Para ello, consciente de la dificultad de su ambiciosa empresa, instaura mecanismos de control sobre las vidas individuales cuya mayor consecuencia es la inmiscusión en los ámbitos más recónditos de la privacidad. El nuevo Estado revolucionario se sabe débil en los primeros momentos, a veces incomprendido. Las fuerzas contrarrevolucionarias luchan por no verse desbancadas de sus posiciones de privilegio, mientras que una gran parte de la población no comprende los cambios y los observa con recelo. La continuidad de la Revolución ha de hacerse, piensan, mediante un violento control que se llevará hasta sus dramáticas consecuencias en la época del Terror. Los cambios propuestos afectan no sólo a la vida pública sino incluso a aquellas instituciones como la familia cuyo ámbito de actuación y desarrollo se insertan en la plena privacidad. Se propone conseguir un individuo nuevo como base para una sociedad transformada, más justa, libre y equilibrada. Para ello, los cambios no han de hacerse sólo en la superficie del sistema social: no basta con cambiar las formas de gobierno, ni las estructuras económicas, ni el sistema social basado en la división estamental. Los cambios han de penetrar en la vida cotidiana de los franceses, con el fin de fabricar desde la raíz un individuo nuevo que servirá de materia prima con la que construir una sociedad perfecta. Además, la necesidad de expresión y ubicuidad del nuevo estado Republicano, su búsqueda de legitimidad histórica y continuidad, le hará instaurar símbolos que estarán presentes en ámbitos tan dispares como los objetos de uso cotidiano o la percepción del tiempo. Una nueva sociedad requiere de un nuevo lenguaje: limadas las desigualdades, el vocabulario y las expresiones no son usados para marcar diferencias de clase sino para acercar a los individuos. Igual ocurrirá con el vestido, que ya no será un símbolo de distinción sino de homologación y uniformidad.La mujer revolucionaria, protagonista en muchas actuaciones en pie de igualdad con los hombres, luchará por salir del ámbito privado doméstico para mostrarse y participar de la vida pública. Sin embargo, para el Estado los ámbitos íntimos son por definición el medio en el que ha de desarrollarse lo femenino: la mujer ha de permanecer en la casa; lo contrario sería subvertir el orden natural.
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El escritor austríaco Stefan Zweig dijo en su autobiografía, El mundo de ayer, escrita en 1941, que los años 1924 a 1933 representaron la última oportunidad para el mundo. Y en efecto, pese al pesimismo que, como vimos anteriormente, impregnaba la conciencia intelectual de la posguerra, la vida social y la situación internacional mejoraron sensiblemente en la segunda mitad de la década de los años veinte. Aunque algunas economías aún experimentaran crisis coyunturales y aunque el paro fuese en todas ellas alto - superior a los niveles anteriores a 1914-, el crecimiento económico entre 1925 y 1929 fue en términos absolutos rápido, generalizado y sostenido. En 1923 se habían alcanzado ya los niveles productivos de 1913. El índice de la producción industrial mundial pasó de 100 en 1913 a 111 en 1924, 141,8 en 1928 y 153,3 en 1929. En Estados Unidos, la recuperación económica fue particularmente rápida una vez superada la crisis de los años 1920-21. Se debió, sobre todo, al aumento espectacular de la fabricación de automóviles (1,9 millones de vehículos en 1919; 5,6 millones en 1929), al incremento de la demanda de bienes de consumo y al boom de la construcción. La producción manufacturera creció entre 1921 y 1929 a una tasa media anual del 7,6 por 100. En Francia, la producción industrial aumentó entre 1924 y 1929 a una media anual del 3, 5 por 100. La producción de carbón pasó de 25,3 millones de toneladas en 1920 a 55 millones en 1930; la de acero, de 2,7 millones en 1920 a 9,4 millones en 1930; la de electricidad, de 5,8 millones de kilovatios-hora en 1920 a 17,5 millones en 1935. La recuperación fue más lenta en otros países industrializados como Gran Bretaña, y por descontado en Alemania; y también en países relativamente industrializados como Bélgica, Holanda, Suiza y los países escandinavos. Pero no fue por ello menos evidente. Así, pese a la sobrevaloración de la libra tras el retorno en 1925 a la paridad en oro de 1914 ordenada por Churchill como ministro de Hacienda, pese al declinar de algunas industrias tradicionales (carbón, acero, producción naval, textil) y a la pérdida de mercados internacionales, la economía inglesa creció regularmente desde 1922. Alemania se recuperó notablemente tras la reconversión del marco en 1924 y la renegociación en ese año del pago de las indemnizaciones de guerra (Plan Dawes). Los años 1925-29 fueron los años de la "prösperitat". El desempleo, que todavía en 1924 suponía el 13,5 por 100 de la población activa del país, había descendido en 1925 al 6,7 por 100. En 1927 la producción industrial superaba ya ampliamente los niveles anteriores a la guerra mundial. La producción total de carbón subió de 252,4 millones de toneladas en 1920 a 288, 7 millones en 1930; la de acero, que había bajado hasta los 6 millones de toneladas en 1923, alcanzó los 16,3 millones en 1927; la de electricidad pasó de 15 millones de kilovatios-hora en 1920 a unos 30 millones en 1930.
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Los años sesenta fueron una época de crucial importancia en la Historia del mundo, que han tenido una influencia larga y profunda en su evolución. Por supuesto, como suele suceder, el período citado no coincide exactamente con la década pero, empleando una terminología de Hobsbawm, quizá se pueda hablar de unos "largos años sesenta" que durarían entre 1958 y 1974. Los cambios que se produjeron no tuvieron que ver primordialmente con los políticos y de Gobierno que sucedieron en los países más desarrollados, sino más bien con una revolución cultural que contribuyó a crear una nueva sensibilidad y que permitió la aparición de un mundo en muchos aspectos esencialmente nuevo. Si la política pareció jugar un papel importante y estar a punto de producir incluso una revolución, su influencia resultó poco duradera y, además, en muchos aspectos poco digna de recuerdo, como más adelante veremos. Por otro lado, tampoco puede decirse que la revolución cultural fuera una consecuencia de la llamada "contracultura". Ésta no estuvo articulada de forma propiamente dicha ni tampoco significó una alternativa a la sociedad existente; poco creativa en ideas, aunque mucho más en experiencias, dejó un rastro epidérmico. Lo que hubo, en cambio, fue una transformación y permeabilización de la sociedad que la cambió de forma sustancial en sus comportamientos en un plazo corto de tiempo. En gran medida este proceso fue obra de empresarios que buscaban sus propios intereses de acuerdo con una ética del beneficio; en otros aspectos se demostró el resultado final de un largo proceso con precedentes remotos. Lo que no hubo fue verdadera revolución. Los marxistas radicales pretendieron que iba a producirse algo que no existió y en cambio desdeñaron aquello que transformó lo más importante, es decir las condiciones de vida, las libertades personales y las relaciones familiares de los seres humanos. Aun así resulta preciso hacer, al menos, alguna referencia a los aspectos políticos. En todo el mundo se sintió a comienzos de los sesenta una especie de nueva capacidad de enfrentarse con la realidad derivada de la ruptura con el inmediato pasado. La sensación de superación de la figura excesivamente paternal que era Eisenhower en Estados Unidos, el pontificado de Juan XXIII o el final de la IV República francesa fueron otros tantos nuevos puntos de partida para situaciones anquilosadas. De tener una significación ideológica precisa la mal llamada "Revolución del 68" tuvo un carácter libertario. El comienzo de los sesenta coincidió, por tanto, con unos años de esperanza casi ilimitada.
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Gracias a los textos de los poetas satíricos como Marcial y Juvenal, a los restos de las pinturas conservadas en Pompeya y a otro tipo de fuentes arqueológicas y escritas conocemos de forma bastante veraz la manera de vivir de los romanos y las romanas durante la época republicana y el Imperio. Podemos conocer cuál sería el papel del trabajo en la sociedad, como desarrollaban su labor los agricultores, los mineros, los artesanos, los comerciantes o los financieros, cuál era el coste de la vida, cómo estaba constituida la familia, el papel de las mujeres en la sociedad, el sistema educativo, sus diversiones o la regulación de la prostitución. Así mismo se conocen de manera bastante fidedigna como eran sus ciudades y sus casas, la filosofía, el derecho, la religión, el arte o la ciencia. De esta manera nos acercarnos a una forma diferente de conocer la historia de Roma, sin dejar de lado los asuntos políticos y económicos.
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El encumbramiento de la burguesía como grupo privilegiado en el siglo XIX conlleva a la vez el mantenimiento de hábitos tomados de la aristocracia y el surgimiento de otros nuevos. La familia burguesa será la célula básica de inserción del individuo en la sociedad, y por ello será también objeto de atención preferente y control por parte del Estado. El positivismo y los avances científicos hacen al individuo decimonónico situarse en la cúspide de la evolución y la historia humanas. El racionalismo rige, cual nueva religión, hasta los actos más privados, no siendo hasta finales de siglo cuando el ámbito de los sentimientos y la psique se revelen contra la dictadura de la racionalidad. Nietzsche y Freud dirigirán sus dardos contra la rígida moral burguesa, que anula los sentimientos, la espontaneidad, la voluntad. Es el momento en que se descubre lo psíquico, lo emocional, lo impulsivo.