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El uso de urnas funerarias decoradas con efigies de figuras humanas se hace frecuente desde el Preclásico Tardío. Suelen colocarse en hornacinas hechas sobre la puerta de entrada de las tumbas subterráneas de los señores zapotecos. En unas ocasiones sugieren la existencia de retratos, mientras que en otras incluyen rasgos de dioses como Cocijo, la deidad de la lluvia, y el dios del Glifo L.
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Esta tipología es el resultado de la evolución de la urna bitroncocónica villanoviana, y se cree que, a su vez pudo ser el origen de los retratos etruscos y romanos. Se trata de un ánfora procedente de Chuisi, en la que la tapa ha sido sustituida por una cabeza de barro que trata de emular la identidad del difunto, aunque con un resultado plástico demasiado convencional.