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obra
Muy similar al Vestíbulo de la Opera, en ambas representaciones Forain se muestra como un pintor narrativo, continuando a Degas tanto en la técnica como en la temática. El ambiente de los palcos también será atractivo para otros artistas como Berthe Morisot, Mary Cassatt o Toulouse-Lautrec, recogiendo todos ellos una de las actividades más atractivas para la burguesía, no tanto por su faceta cultural sino por el cotilleo y el flirteo entre los miembros de esa clase social. Existe una interesante relación de todos estos creadores con la fotografía, recogiendo con sus pinceles el ambiente burgués que se vivía en el París decimonónico. Forain emplea en esta composición una perspectiva dual muy admirada y utilizada por Degas al presentar al hombre de primer plano visto desde arriba y el resto del conjunto con una perspectiva frontal. El centro de atención lo encontramos en el diálogo entre la joven y el hombre de espaldas mientras que otro caballero en primer plano, de perfil, no se interesa por el episodio, lo contrario a un tercer señor que sí dirige su mirada con descaro a la pareja. Las diferentes actitudes de los personajes han sido interpretadas con maestría, utilizando una pincelada suelta y ligeramente empastada que corresponde a la técnica del pastel. A pesar de esa soltura, conviene destacar las calidades de las telas, reforzadas por la iluminación artificial empleada, provocando sombras coloreadas como en el cabello del primer caballero, continuando las teorías impresionistas.
obra
Los objetos personales de Van Gogh se convertirán en el motivo protagonista de varios cuadros. Su Dormitorio en Arles o su Silla también formarán parte de la iconografía del pintor junto a sus viejas botas, colocadas en una postura totalmente informal, otorgando un aspecto fotográfico a la composición, incluso por la perspectiva alzada empleada, muy habitual en las obras de Degas. La elección de este tema quizá venga motivado por la penuria económica de Vincent, quien será mantenido por su hermano Theo durante toda su vida, consiguiendo vender sólo un cuadro, el Viñedo rojo. Al no tener dinero no hay modelos y su temática se reduce a paisajes, objetos personales, autorretratos o personajes de su entorno como Père Tanguy.
contexto
Ante la dificultad, el mismo viernes se reunió un consejo de guerra que no halló otra posibilidad que desandar el camino y penetrar por otro punto de la sierra. Ante la alternativa, Alfonso VIII decidió forzar el paso a cualquier precio, pero entonces, según la Crónica de Jiménez de Rada, apareció un "hombre del lugar, muy desaliñado en su ropa y persona, que tiempo atrás había guardado ganado en aquellas montañas". El celebrado pastor o cazador, según otras fuentes, es posible que fuese uno de aquellos numerosos fugitivos de la justicia, que vivían en la frontera a salto de mata como golfines o almogávares, según entonces se les llamaba. Sea cual fuese su identidad, aquel personaje señaló a Diego López de Haro y a García Romero de Aragón una vía alternativa, que permitiría salvar el Paso de la Losa a las tropas cristianas. Ésa es una versión lógica, lo mismo que la posibilidad de que el ejército contara con guías, que al hallar tenaz resistencia en Losa, aconsejaran otro itinerario. La tradición milagrera, sin embargo, ha preferido ver en el providencial pastor al propio san Isidro, que acudió a guiar a los cristianos en aquel trance. El arzobispo lo cuenta así: "Indicó un camino más fácil, completamente accesible, por una subida de la ladera del monte; y dando igual que nos resguardásemos de la vista de los enemigos, pues aunque nos vieran no estaría en su mano impedirlo, podríamos llegar a un lugar adecuado para el combate." Este camino discurría, según la actual toponimia, desde La Ensancha hasta el Puerto del Rey, al Oeste, por la vertiente Sur de la Peña de Malabrigo, y no, como suponen otros autores, por la vertiente Norte de la Sierra. Siguiendo la ruta aconsejada por el "pastor", se cumplía el deseo de Alfonso VIII, que pretendía mantenerse a la vista del enemigo, con el fin de que sus hombres no creyeran que se trataba una retirada. Las tropas cristianas bajaron de la Sierra por la antigua calzada romana, deteniéndose, al llegar a la Mesa del Rey -"el monte que tenía una explanada en lo alto", en palabras del arzobispo-, para establecer allí su campamento. Este tramo de la antigua calzada romana, en la vertiente Sur de la Sierra, es aún hoy perfectamente transitable, incluso hay un tramo en tan buen estado que se conoce como El Empedradillo. El Miramamolín, que había podido seguir la marcha de los cruzados, envió un grupo de caballería con el fin de impedir que la vanguardia cristiana estableciera allí un campamento fortificado, produciéndose una importante escaramuza en lo alto de la Mesa, como lo certifican los abundantes restos (puntas de flechas, espuelas, etc.) hallados casi ocho siglos después de la lucha. Acampados en la Mesa del Rey, el sábado 14, los jefes cristianos celebraron un consejo de guerra en el que decidieron no entrar en batalla ni el sábado ni el domingo, aun en el caso de que al-Nasir les provocara. Querían que la tropa descansase, a la que la dura marcha por tan quebrado terreno había extenuado, lo mismo que a los caballos. Además, había que valorar las fuerzas del enemigo y establecer un plan de batalla. El domingo, 15, se guardó el día del Señor y Pedro II aprovechó la fiesta para armar caballero a su sobrino Nuño Sánchez, mientras el ejército musulmán intentaba infructuosamente provocarles.
contexto
Talbot, uno de sus hijos y más de mil de los suyos perecieron en la Batalla de Castillon, considerada como el primer triunfo en la historia de la artillería móvil de campaña. Sus consecuencias fueron la rendición de Castillon y de Burdeos y el fin de las posesiones y la presencia inglesa en Francia, aunque todavía conservarían Calais otros 134 años. Talbot había ignorado las nuevas tácticas e innovaciones introducidas en el arma de artillería por los hermanos Jean y Gaspar Bureau, que tenían muy poco que ver con la tradicional y fija artillería de asedio o sitio. Inglaterra, un país que hasta entonces había dependido de sus prodigiosos arqueros, no había comprendido la importancia de la artillería de campaña, capaz de disparar a distancias cortas, de cambiar con relativa rapidez de blanco y emplazamiento y de poder ser trasladada. A partir de la Batalla de Castillon, la artillería de campaña constituyó un normal componente en todos los ejércitos. Curiosamente, la Guerra de los Cien Años terminó sin tratado de paz. Probablemente se debiera a que Inglaterra no renunciaba a sus derechos sobre sus antiguas posesiones en Francia. Y, efectivamente, en 1475, reinando en Francia Luis XI y en Inglaterra Eduardo IV, otro ejército inglés de 14.000 hombres desembarcó en Normandía. Pero el astuto monarca francés convenció a su colega inglés de lo arriesgado de su empresa y, por el Tratado de Picquigny -agosto de 1474-, mediante una importante compensación económica, negoció positivamente la retirada de los invasores. Para muchos historiadores aquel tratado marca el auténtico punto final de la Guerra de los Cien Años. En Inglaterra, el fracaso de la empresa excitó al pueblo contra la debilidad de su gobierno y creó la atmósfera que condujo a la caída de la Casa de Lancaster y a la guerra de las Dos Rosas y, tras una grave crisis política y económica, habría que esperar hasta el reinado de Enrique Tudor (1485-1509) para alcanzar una notable recuperación. Francia, al conquistar los territorios reivindicados, salió del conflicto reforzada; su monarquía, libre de trabas feudales, fortalecida; y su hacienda, con las sustituciones de los subsidios circunstanciales por el impuesto permanente, enriquecida. Evolución común tanto para Francia como para Inglaterra fue la afirmación del sentimiento nacional en ambos Estados. Curiosamente, los soberanos del Reino Unido de la Gran Bretaña, durante siglos agregaron a sus títulos el de "Rey o Reina de Francia". Ese pretendido derecho se mantuvo hasta época napoleónica y la corona inglesa sólo renunció a él por la Paz de Amiens, en 1802. El diario londinense The Times fue mucho más lejos y hasta 1932 en su divisa lució el escudo de las antiguas pretensiones inglesas al trono de Francia.