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contexto
Cuando terminó la pesadilla de Guadalcanal, la situación militar japonesa era netamente inferior a la norteamericana. En 1942 había perdido dos batallas decisivas, Midway y Guadalcanal. En torno a esta insignificante isla habían tenido lugar media docena de encuentros navales que diezmaron las disponibilidades de buques y aviones del Japón, mientras que los Estados Unidos compensaban cada buque, cada avión perdido, con 3 nuevos barcos, con 3 nuevos aviones, pero aún más potentes y modernos... Si Midway fue un triunfo absolutamente afortunado de Washington y una derrota de Tokio debido a la múltiple acumulación de errores e infortunios, Guadalcanal constituyó un prolongado choque en el que ambos bandos tuvieron sus rachas de suerte y de desgracia y donde se impuso, finalmente, quien pudo mover más buques, hacer intervenir a más aviones y disponer de más hombres y suministros: los Estados Unidos. Tras Guadalcanal, con una superioridad creciente y visible, quedaba claro el resultado de la guerra. Más aun, Tokio no podía sostener un esfuerzo tan prolongado ni tan disperso geográficamente; el caso de la retirada de las Aleutianas es clarificador. Se recordará que allí se establecieron los japoneses en el curso de la compleja operación de Midway. Pues bien, mientras aún se combatía en Guadalcanal, los norteamericanos montaron una operación aeronaval contra la isla de Attu, guarnecida por 2.300 japoneses, tomándola y aniquilando a sus defensores. La otra isla importante ocupada, Kiska, fue abandonada por Tokio poco después... Pero si claro era el desenlace de aquella contienda, no resultaba tan sencillo pronosticar cuándo se produciría, dada la resistencia numantina y la naturaleza de guerra total que Tokio fue capaz de organizar. Con raíces más antiguas que el militarismo prusiano, todo el Japón vivió para la guerra, desarrollada con características difíciles de imaginar para un europeo. El conflicto se había iniciado con la llegada al poder del militarismo, capaz de reavivar antiguas ideas guerreras. La Constitución de 1889 había sido impuesta por el emperador Meiji, sin renunciar a su carácter divino, y dio un barniz moderno a un Japón que jamás modificó muchos sentimientos íntimos. Los oficiales japoneses, que hasta usaban la espada samurai, revitalizaron el antiguo código moral del Bushido, aristocrático, orgulloso y cruel. Esta ideología militar presidió la campaña. Con la misma frialdad que se ordenó a las tropas realizar marchas increíbles en las ofensivas de Malaca o Birmania, se trató a los prisioneros militares o civiles. A ello se añadió un sentimiento racista de reacción ante el racismo blanco, concretado en el desprecio a los prisioneros. No existió ningún plan de exterminio, como en la Alemania nazi, pero a menudo los japoneses se extralimitaron. Aunque algunos generales intentaron contenerla, la tropa estaba fanatizada y la vida de los prisioneros no tenía valor. Se había imbuido a los soldados la obligación de morir en combate, el deshonor de la rendición y la costumbre de recibir castigos corporales sin protestar. Este sistema de ideas fue motor de muchas atrocidades, incluso cuando los soldados imperiales no eran japoneses de nacimiento. Así en la conquista de Hong Kong, muchos heridos y enfermos del hospital británico fueron asesinados a bayonetazos por soldados naturales de Corea y Formosa. Quizás la más conocida atrocidad es la marcha de la muerte que sufrieron las 76.000 personas capturadas tras la rendición de Batán; durante los 113 kilómetros a pie, unas 10.000 fueron asesinadas o murieron a consecuencia de penalidades y tratos inhumanos. Y esta dureza general se incrementó a medida que avanzaba la guerra y los descalabros eran evidentes. El papel de liberador de Asia frente a la raza blanca valió a los japoneses colaboraciones en todos los países conquistados. Por sentimientos nacionalistas, oportunismo o viejas rivalidades de clan, se les unieron personas como el hindú Subbas Chandra Bose, el birmano Ba Maw, el filipino José P. Laurel y, sobre todo, el chino Wang Ching-wei, que fue su mejor triunfo, porque era un antiguo revolucionario, compañero de Sun Yat-sen y Chiang Kai-chek. Desde la batalla de Midway, el poderío de la aviación naval no pudo recuperarse, lo que resultó gravísimo para las operaciones. Y cuando el esfuerzo industrial americano se hizo evidente, los japoneses fueron inferiores en material y efectivos.
obra
Muy similar al Vestíbulo de la Opera, en ambas representaciones Forain se muestra como un pintor narrativo, continuando a Degas tanto en la técnica como en la temática. El ambiente de los palcos también será atractivo para otros artistas como Berthe Morisot, Mary Cassatt o Toulouse-Lautrec, recogiendo todos ellos una de las actividades más atractivas para la burguesía, no tanto por su faceta cultural sino por el cotilleo y el flirteo entre los miembros de esa clase social. Existe una interesante relación de todos estos creadores con la fotografía, recogiendo con sus pinceles el ambiente burgués que se vivía en el París decimonónico. Forain emplea en esta composición una perspectiva dual muy admirada y utilizada por Degas al presentar al hombre de primer plano visto desde arriba y el resto del conjunto con una perspectiva frontal. El centro de atención lo encontramos en el diálogo entre la joven y el hombre de espaldas mientras que otro caballero en primer plano, de perfil, no se interesa por el episodio, lo contrario a un tercer señor que sí dirige su mirada con descaro a la pareja. Las diferentes actitudes de los personajes han sido interpretadas con maestría, utilizando una pincelada suelta y ligeramente empastada que corresponde a la técnica del pastel. A pesar de esa soltura, conviene destacar las calidades de las telas, reforzadas por la iluminación artificial empleada, provocando sombras coloreadas como en el cabello del primer caballero, continuando las teorías impresionistas.
obra
Los objetos personales de Van Gogh se convertirán en el motivo protagonista de varios cuadros. Su Dormitorio en Arles o su Silla también formarán parte de la iconografía del pintor junto a sus viejas botas, colocadas en una postura totalmente informal, otorgando un aspecto fotográfico a la composición, incluso por la perspectiva alzada empleada, muy habitual en las obras de Degas. La elección de este tema quizá venga motivado por la penuria económica de Vincent, quien será mantenido por su hermano Theo durante toda su vida, consiguiendo vender sólo un cuadro, el Viñedo rojo. Al no tener dinero no hay modelos y su temática se reduce a paisajes, objetos personales, autorretratos o personajes de su entorno como Père Tanguy.
contexto
Ante la dificultad, el mismo viernes se reunió un consejo de guerra que no halló otra posibilidad que desandar el camino y penetrar por otro punto de la sierra. Ante la alternativa, Alfonso VIII decidió forzar el paso a cualquier precio, pero entonces, según la Crónica de Jiménez de Rada, apareció un "hombre del lugar, muy desaliñado en su ropa y persona, que tiempo atrás había guardado ganado en aquellas montañas". El celebrado pastor o cazador, según otras fuentes, es posible que fuese uno de aquellos numerosos fugitivos de la justicia, que vivían en la frontera a salto de mata como golfines o almogávares, según entonces se les llamaba. Sea cual fuese su identidad, aquel personaje señaló a Diego López de Haro y a García Romero de Aragón una vía alternativa, que permitiría salvar el Paso de la Losa a las tropas cristianas. Ésa es una versión lógica, lo mismo que la posibilidad de que el ejército contara con guías, que al hallar tenaz resistencia en Losa, aconsejaran otro itinerario. La tradición milagrera, sin embargo, ha preferido ver en el providencial pastor al propio san Isidro, que acudió a guiar a los cristianos en aquel trance. El arzobispo lo cuenta así: "Indicó un camino más fácil, completamente accesible, por una subida de la ladera del monte; y dando igual que nos resguardásemos de la vista de los enemigos, pues aunque nos vieran no estaría en su mano impedirlo, podríamos llegar a un lugar adecuado para el combate." Este camino discurría, según la actual toponimia, desde La Ensancha hasta el Puerto del Rey, al Oeste, por la vertiente Sur de la Peña de Malabrigo, y no, como suponen otros autores, por la vertiente Norte de la Sierra. Siguiendo la ruta aconsejada por el "pastor", se cumplía el deseo de Alfonso VIII, que pretendía mantenerse a la vista del enemigo, con el fin de que sus hombres no creyeran que se trataba una retirada. Las tropas cristianas bajaron de la Sierra por la antigua calzada romana, deteniéndose, al llegar a la Mesa del Rey -"el monte que tenía una explanada en lo alto", en palabras del arzobispo-, para establecer allí su campamento. Este tramo de la antigua calzada romana, en la vertiente Sur de la Sierra, es aún hoy perfectamente transitable, incluso hay un tramo en tan buen estado que se conoce como El Empedradillo. El Miramamolín, que había podido seguir la marcha de los cruzados, envió un grupo de caballería con el fin de impedir que la vanguardia cristiana estableciera allí un campamento fortificado, produciéndose una importante escaramuza en lo alto de la Mesa, como lo certifican los abundantes restos (puntas de flechas, espuelas, etc.) hallados casi ocho siglos después de la lucha. Acampados en la Mesa del Rey, el sábado 14, los jefes cristianos celebraron un consejo de guerra en el que decidieron no entrar en batalla ni el sábado ni el domingo, aun en el caso de que al-Nasir les provocara. Querían que la tropa descansase, a la que la dura marcha por tan quebrado terreno había extenuado, lo mismo que a los caballos. Además, había que valorar las fuerzas del enemigo y establecer un plan de batalla. El domingo, 15, se guardó el día del Señor y Pedro II aprovechó la fiesta para armar caballero a su sobrino Nuño Sánchez, mientras el ejército musulmán intentaba infructuosamente provocarles.