El Reich alemán bajo los primeros Otones actuó como fuerza evangelizadora (y europeizadora habría que añadir] de los pueblos de la Europa Central. Ello compensó en parte los distintos sinsabores cosechados por los soberanos germanos en Italia y en la propia Alemania. Enrique de Baviera sucedió en 1002 a Otón III y se convirtió en el último monarca de la casa de Sajonia. Sus esfuerzos por imponerse militarmente a los eslavos del Este y por pacificar Italia obtuvieron escasos resultados cuando murió en 1024. Para esas fechas, además, el Imperio veía cómo en el Occidente estaban consolidándose las fuerzas políticas del futuro: las monarquías feudales. En la Francia Occidentalis de los primeros Capetos, el reino sobre el que Hugo Capeto ejercía nominalmente su autoridad al ser elegido en el 987 era un mosaico de Estados feudales. Algunos tenían una extensión -y, por consiguiente, unos recursos- superior a aquella sobre la que se extendía de forma directa el poder del rey: la cuenca media del Sena con París por capital. Con tan modesta plataforma, Hugo tuvo la fortuna de ser reconocido como una especie de señor de señores. Siguiendo el modelo de los carolingios, asoció a su hijo Roberto a las tareas de gobierno: los textos del momento hablarán de los reyes Hugo y Roberto, ejerciendo una cierta colegilidad. Esta práctica sería respetada por las sucesivas generaciones y acabaría consagrando una profunda innovación: el poder real, en principio electivo, se convierte en la práctica en hereditario. En el 996 moría Hugo Capeto y Roberto el Piadoso (996-1031) pasaba al primer plano. Monarca devoto pero protagonista de tortuosas aventuras conyugales que le llegaron a costar una excomunión, el segundo de los Capeto lograría la anexión temporal de Borgoña a los dominios reales. A la postre sería infeudada a su hijo menor Roberto, tronco de una dinastía ducal capetiana en este territorio. Pese a todo, con Roberto el Piadoso se iniciaba una de las más prestigiosas tradiciones monárquicas francesas: la de los poderes taumatúrgicos adquiridos por sus reyes desde el momento de ser ungidos. Por los mismos años, el obispo Adolberón de Laón redactaba su "Carmen ad Rotbertum regem" en donde se popularizaba la imagen clásica de la trifuncionalidad social feudal: los que rezan, los que combaten y los que trabajan. La realeza se erigía en punto de equilibrio necesario para la buena marcha del conjunto de la sociedad. En Inglaterra, se manifiesta la lucha entre anglosajones y daneses. Los sucesores de Alfredo el Grande, apoyados en la labor del arzobispo Dunstan de Canterbury, lograron reimplantar la hegemonía política anglosajona en territorio británico. Sin embargo, en el 978, Eduardo el Mártir moría víctima de la rebelión de su hermano Etelredo. La crisis política se producía en un mal momento ya que el monarca danés Seven Barbapartida que había establecido su autoridad en Jutlandia, se dispuso -retomando viejas tradiciones normandas- a emprender una gran campaña contra Inglaterra. Sus éxitos en el campo de batalla forzaron a Etelredo a negociar una paz. Ésta fue aprovechada por los dos rivales para fortalecer sus posiciones. Sven procedió a la conquista de Noruega y Etelredo a buscar alianzas en Normandía. Sintiéndose fuerte mandó pasar a cuchillo a la población danesa de Inglaterra (Matanza de San Bricio de 1002). La venganza de Svend se dejó sentir a lo largo de un decenio en que procedió a la ocupación sistemática de Inglaterra. Su heredero, Canuto el Grande (1014-1035), gobernó sobre un auténtico imperio a caballo del Mar del Norte. Por primera vez en muchos años los países ribereños de éste gozaron de estabilidad. En los Estados hispanocristianos, la muerte de Almanzor en Medinaceli en el 1002 permitió a los cristianos españoles restañar heridas en los años siguientes. En el 1010, incluso, tropas de los condes de Barcelona y Urgel terciaban en la guerra civil que asolaba el califato de Córdoba y saqueaban la capital andulusí. La crisis de la España musulmana se acompañó de importantes proyectos de reorganización en los Estados cristianos. Así, en 1017, el monarca leonés Alfonso V procedió, ante una magna asamblea, a promulgar un conjunto de importantes leyes para poner orden en la administración de sus Estados. Como "Fuero de León" se conocen aquellas decretadas para la capital legionense. En el otro extremo de la Península, los condados catalanes habían mantenido relaciones de vasallaje con los monarcas carolingios. Con la subida de los Capeto tales lazos acabarían por relajarse. De hecho, los condes se mantuvieron independientes entre francos y musulmanes. El núcleo formado por Barcelona-Ausona-Gerona había de constituirse, al entrar en el segundo milenio, en el poder hegemónico entre el Pirineo y el curso del Llobregat. De todos los proyectos de restauración política de la España cristiana a principios del siglo XI, ninguno fue de tanta envergadura como el de Sancho III el Mayor de Navarra (1000-1035). La vieja hegemonía política leonesa se transfiere con él durante algunos años al núcleo vascón. La incorporación al reino pamplonés de algunos condados pirenaicos; el protectorado establecido sobre el condado de Castilla que, desde 1029, se tradujo en ocupación; y las intervenciones en el reino leonés, convirtieron a Sancho en la primera potencia política de la España cristiana. En su testamento, redactado en términos absolutamente patrimonialistas, se echarán las bases para el nacimiento de dos nuevos reinos peninsulares: Castilla y Aragón.
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Una dolorosa enfermedad trajo la muerte al rey Carlos II en 1387. Su hijo Carlos III (1387-1425), que ya en vida de su progenitor había servido de instrumento de paz (rehén de los franceses; casado con la infanta Leonor de Castilla), iba a cambiar la vocación del reino. De ser un satélite de intereses franceses o de haber participado sin beneficio en toda contienda cercana, el talante pacificador del rey Noble lo iba a conducir a ser remanso de vida placentera en que las producciones artísticas se desarrollaron a gran nivel. Pero el cambio no podía consumarse de un día para otro. Las arcas reales estaban exhaustas y el prestigio de Navarra bajo mínimos tras la última invasión castellana. El camino fue lento. Tres años tardó en coronarse (1390), casi quince más en recuperar dentro de lo posible rentas y territorios patrimoniales en Francia (Tratado de París, 1404). El nuevo rey no esperó tanto para poner de manifiesto una personalidad volcada hacia el clima lujoso y refinado de las grandes cortes de finales del siglo XIV. Una de sus primeras iniciativas fue, como había hecho Carlos II, mandar erigir una capilla en la catedral en recuerdo de su padre, cuyo proyecto correspondió al mazonero Juan García de Laguardia, quien había sido maestro mayor del reino en tiempos de su progenitor. A continuación destapó sus intereses propios: entre 1388 y 1394 gastó casi 25.000 libras en edificaciones y ornamentación (pinturas, vidrieras, etcétera), del castillo de Tudela, ampliado con terrenos de la judería. Los motivos que adornaban muros y ventanas denotan interés por la heráldica y las hazañas caballerescas, de amplia aceptación en las cortes europeas contemporáneas. Nada queda hoy de sus lujosas estancias. También estos primeros años de reinado son fructíferos en piezas de orfebrería. El relicario de San Saturnino (1389) y el cáliz de Ujué (1394) constituyen la muestra de una intensa actividad cuya calidad es indudable.
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El nuevo lenguaje artístico que se formula en el Quattrocento tuvo una referencia común en la superación de las fórmulas y convencionalismos del arte preexistente; sin embargo, cada uno de los lenguajes, la arquitectura, la pintura y la escultura, aunque en muchos casos fueron fruto de una experimentación común, siguieron procesos completamente diferentes. En algún caso estas diferencias resultaron paradójicas. Por ejemplo, la arquitectura, que disponía de excelentes modelos de la Antigüedad en que inspirarse, fue la especialidad que tuvo una formulación más tardía. En cambio, en la escultura, desde fecha muy temprana, se planteó la experimentación de un nuevo sistema de representación. Durante la centuria anterior los pintores italianos se habían planteado una renovación de la pintura en la que la representación de la naturaleza y el espacio pictórico alcanzan una nueva dimensión. Las obras de Giotto, de Simone Martini o los Lorenzetti evidentemente supusieron la introducción de una práctica inédita de la pintura. Sin embargo, la perspectiva, como sistema de representación se basaba en una concepción y desarrollo empírico. La obra de Cennino Cennini, "El Libro de Arte", escrita a finales del siglo XIV, es un ejemplo elocuente de esta concepción empírica de la práctica de la pintura basada en una atención primordial por los componentes técnicos frente a los principios teóricos. Por todo ello las experiencias artísticas del Trecento no constituyen los prolegómenos de la renovación artística del Quattrocento. Aunque en algunos aspectos puedan ser consideradas como un precedente, es evidente que sus planteamientos no conducen por evolución a la invención del sistema de representación renacentista que se formula en el siglo XV. Muchos de los planteamientos en los que se fundamenta esta invención se caracterizan por su actitud crítica y negativa con respecto a la tradición inmediatamente anterior. A este respecto, no debe olvidarse el hecho de que, cuando se producen las primeras afirmaciones del nuevo lenguaje, el arte que mantenía su vigencia no era la tradición trecentista sino el Gótico internacional. Modalidad frente a la que se observan actitudes contradictorias: por un lado una evidente reacción; por otra, una aceptación y persistencia de sus formas hasta bien entrado el siglo XV. El sistema de representación desarrollado por los artistas del Quattrocento se basa en la aplicación sistemática de determinadas leyes geométricas al problema de la representación. A diferencia de las experiencias precedentes, el cuadro y el relieve se entienden como una unidad captada desde un solo punto de vista -el ojo del pintor- en relación con el cual se articulan las diferentes referencias de distancia y dimensión. La pintura y el relieve se convierten en un escenario, en una ventana abierta, según Alberti, en la que los objetos y figuras se ubican en función de sus distancias con respecto a un punto de visión único, captado todo en un instante, a diferencia de la multiplicidad de puntos de visión y tiempos de las escenas del relato, propia de la representación anterior. Debido a sus fundamentos científicos, esta perspectiva se planteó desde el principio como una investigación orientada a alcanzar unos principios desde los cuales pudiese desarrollarse un método de representación. Esto equivalía a que, una vez desarrolladas las experiencias e investigaciones previas para alcanzar su definición, este método pudiese codificarse y plantearse desde un punto de vista teórico. En este sentido, la obra de L. B. Alberti, "De Pictura" (1435) constituye el primer tratado en que se sistematiza y codifica el nuevo sistema de representación. Como hemos notado, aunque este sistema se aparta de la práctica empírica preexistente y tiende a fundamentarse en unos principios científicos, las primeras experiencias fueron la conjunción de la aplicación de unas fórmulas geométricas y una experiencia práctica. Experiencia en la que intervinieron de forma independiente o conjunta, arquitectos, escultores y pintores. Aunque aparentemente este sistema de representación podría parecer, por su íntima relación con los problemas figurativos, algo propio de escultores y pintores, lo cierto es que en su formulación intervinieron también los arquitectos. Antonio Manetti, en su "Vita di Filippo di Ser Brunellesco", atribuye a este arquitecto la invención de la perspectiva. A este respecto tenemos noticia de dos tablas realizadas por Brunelleschi que representaban el Baptisterio y la Plaza del Duomo, y la Plaza de la Signoria, en las que Brunelleschi plasmó por primera vez una representación monofocal tomando como referencia una vista urbana. Algo que no ha de extrañar si se tiene en cuenta que la nueva arquitectura también se concibió desde unos planteamientos igualmente figurativos. Filippo Brunelleschi, uno de los iniciadores de la nueva arquitectura fue también escultor. En 1401 se convocó en Florencia un concurso para adjudicar la realización de las segundas puertas del Baptisterio -las primeras, de 1336 se deben a Andrea Pisano-. En él participaron diversos artistas: Jacopo Della Quercia, Filippo Brunelleschi, Lorenzo Ghiberti, realizando para el concurso un relieve con forma lobulada sobre el tema de El Sacrificio de Isaac. Tanto la obra de Ghiberti, que resultaría vencedora, como la de Brunelleschi, muestran una clara inclinación por introducir citas y referencias al arte clásico. Y también, en ambas se aprecia, aunque todavía con numerosos elementos procedentes del lenguaje preexistente, el intento de plantear una nueva forma de representación. En Ghiberti la disposición del paisaje y de las figuras crea una sugerencia espacial nueva que, en el caso de Brunelleschi, se convierte, como se ha notado, en una construcción espacial de nuevo signo. No obstante, una formulación coherente del nuevo sistema de representación no se producirá en el relieve hasta algo más tarde.
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Se ha dicho, con absoluta razón, que todos aquellos escritos de la cultura romana que no hayan sido copiados por los escribas carolingios se han perdido. La política imperial de restauración del pasado puso un énfasis especial en la reproducción de cuantos textos romanos se pudiesen encontrar. Se inicia entonces un importante desarrollo de todas las artes relacionadas con el libro. La situación de la caligrafía de la época no era la adecuada para la difusión de obras literarias, era urgente iniciar una reforma de la escritura. Los modelos antiguos contribuyeron decisivamente a la creación de una escritura clara, limpia y de hermosos caracteres, que se ha denominado letra carolina, y fue adoptada por los europeos durante siglos, hasta ser sustituida por la gótica. La escritura precarolingia era tan detestable, que la aparición de la nueva fue muy celebrada por todas las gentes; como decía Maurdramus, abad de Corbie (772-781), había surgido para comodidad del lector en la mejor comprensión del texto.Una parte pequeña de esta producción libraria recibía un tratamiento de lujo que convertía la obra en un verdadero objeto artístico. Las hojas de pergamino coloreadas con riquísimas tintas, en las que no faltaban los suntuosos púrpuras y oros, las encuadernaciones de metales preciosos, pedrería y marfiles, hacían de estos libros un verdadero tesoro al que sólo tenía acceso una minoría selecta y aristocrática. El emperador, sus familiares, grandes abades y obispos disponían de centros de producción de estas obras para su uso personal. Se podría decir de alguno de estos personajes que, aunque su formación cultural no fuese mucha, su fascinación por las imágenes y el lujo material del soporte les convertía en auténticos bibliófilos. Un grupo muy importante de obras fue realizado por encargo de los emperadores, destacando las de Carlomagno y Carlos el Calvo. Los especialistas no coinciden en la localización del scriptorium, donde radicaba este taller áulico. Se discute entre el mismo palacio y alguna abadía de patrocinio regio como Saint-Denis. Ebbon, hermano de leche de Ludovico Pío, arzobispo de Reims (816-845), mantendrá un activo taller que alterna su residencia entre la catedral y la abadía de Hautvivillers, donde tiene sus jornadas de descanso. En Metz, bajo la protección de Drogón, hijo natural de Carlomagno y arzobispo de la sede hasta el 855, se crean libros con decoración tan exquisita como el célebre sacramentario que lleva su nombre. Orleans, Tours, Corbie, Saint-Amand, San Gall son los nombres de otros scriptoria famosos de la época.En estos talleres, un maestro principal debía condicionar todas las creaciones artísticas relacionadas con el acabado del libro. Se encargaba de las composiciones de mayor empeño, organizaba la distribución del trabajo entre sus ayudantes que seguían los prototipos según las directrices plásticas genéricas del obrador. Los orfebres que se encargaban de la encuadernación en metal o eboraria reflejaban en su arte la impronta estética del taller de miniaturistas. De esta manera, se conseguía una homogeneización en la producción que creaba un sello distintivo y característico del obrador, lo que contribuyó decisivamente en el progreso, difusión e implantación de modas y de criterios estéticos y estilísticos.Las decoraciones más sencillas se limitaban a pequeños motivos florales o zoomórficos entre las letras. La gran aportación será el tratamiento ornamental que se dará a las grandes iniciales. Siguiendo modelos tardorromanos, estas letras capitales se convierten en curiosos marcos para escenas que ilustran los párrafos a los que dan inicio. El sentido de la composición de los iluminadores hace que, en algunas ocasiones, la propia letra pierda sus formas caligráficas para mutarse en la figura que representan. Es este motivo de las letras historiadas una gran aportación a la plástica medieval; a partir de estos modelos, la creatividad de los iluminadores románicos y góticos llenarán los libros de hermosas, alucinantes y desbordantes fantasías iconográficas.La encadenación de imágenes en secuencia narrativa, crea una sensación de movimiento que rompe la plástica estática, el sentido de icono de la ilustración, para convertirla en algo dinámico que trasciende vida al espectador. Estamos ante un sentido que hoy definiríamos de fílmico, tan genial que en la actualidad todavía pervive con gran frescura en las tiras cómicas de nuestros periódicos. Las biblias creadas en San Martín de Tours muestran varios repertorios de ilustraciones concebidas de esta manera. Las escenas del Génesis de la "Biblia Moutier-Crandval" son un magnífico ejemplo de esta forma de ilustrar, que tendrá continuidad en las biblias posteriores.Muchas ilustraciones carolingias, al ser un fiel trasunto de sus modelos, nos permiten conocer un importante repertorio icónico del pasado tardorromano. De esta manera, podemos contemplar todavía cómo eran concebidas las caretas de los personajes de las comedias de Terencio o las actitudes de los actores. El "Arathea", tratado sobre los fenómenos celestes, copiado en el Norte de Francia en el siglo IX, nos enseña cómo eran las imágenes antiguas que representaban las constelaciones. El repertorio de libros que podíamos citar aquí se extendería a todas las áreas del saber, la ciencia y la técnica, sin olvidamos de los libros religiosos de época paleocristiana.Se crearán también escenas de iconografía totalmente novedosa, o al menos, composiciones que deberán tener en cuenta las circunstancias históricas del momento. Referíamos antes los retratos imperiales, inspirados en los modelos romanos, pero, desde luego, adecuados a las características de los monarcas francos representados. Escenas solemnes relacionadas con la elaboración del libro o el personaje que lo sufraga, dan lugar a hermosas imágenes que, en cierta manera, podrían ser consideradas instantáneas de actualidad. La protocolaria entrega de la que se denomina primera biblia de Carlos el Calvo, aparece reproducida en el mismo ejemplar. Es una interesante composición que presenta al monarca en su trono, aceptando el códice de la biblia que le es ofrecido por el abad Vivano. El ejemplar es transportado por tres monjes con las manos veladas en actitud de respeto y sumisión.
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Sólo en abril de 1995 se autorizó a Bagdad a vender petróleo por valor de 2.000 millones de dólares al semestre, a cambio de alimentos y medicinas; una forma de paliar los duros efectos del embargo sobre la población civil, según denuncias de numerosas ONG's internacionales. La excepcionalidad de la situación iraquí, uno de los países más importantes de Oriente Próximo, segundo Estado en reservas petrolíferas del globo y con una posición estratégica de primer orden, no debía mantenerse de forma indefinida. Desde el mismo final de la Guerra del Golfo, un sector de la administración estadounidense defendió la necesidad de terminar con el régimen de Saddam Hussein. En noviembre de 1997, el entonces presidente Clinton llegó incluso a establecer este horizonte como objetivo oficial de su política exterior. Los acontecimientos del 11 de septiembre reforzaron aquellas tesis y, una vez más, un cambio drástico en el escenario mundial volvió a situar a Saddam en el centro del huracán, en esta ocasión, como supuesto responsable o instigador de acciones terroristas internacionales. En la primera semana de marzo, el premier Major hacía varias declaraciones de inequívoca interpretación: "Iraq sigue produciendo armas de destrucción masiva, provocando una grave amenaza que resolveremos de inmediato"; "Iraq constituye una amenaza no sólo para la región, sino para el mundo entero"; refiriéndose al objetivo de la reunión que en abril mantendría con el presidente Bush en Washington: "Servirá para poner a punto la segunda fase de la guerra contra el terrorismo, con la acción contra Iraq" como asunto prioritario. La resolución de la Guerra de Afganistán dio alas a los sectores republicanos más conservadores de Estados Unidos, pese a la oposición de la Unión Europea, Rusia y la totalidad de los países árabes, quienes, pese a las escasas simpatías personales que despertaba Saddam, se negaron a dar su bendición a una guerra. La metodología seguida con éxito en el centro de Asia inspiró los planes norteamericanos para la Guerra de Iraq: la temida desmembración de Iraq sería evitada con la formación de un Gobierno de coalición de grupos opositores que incluiría a kurdos y shiís, a la manera de Afganistán. La actuación contra Iraq también serviría para que el segundo país del Eje del mal, Irán, sintiera en su nuca el aliento cercano de las huestes del Tío Sam; por no hablar de la tentación que supone el control directo de una parte esencial de la producción petrolífera mundial. Las contrapartidas posibles a planes tan optimistas serían el aumento brutal del precio del crudo y la posible desestabilización de todo el mapa de Oriente Próximo.
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Cuando terminó la pesadilla de Guadalcanal, la situación militar japonesa era netamente inferior a la norteamericana. En 1942 había perdido dos batallas decisivas, Midway y Guadalcanal. En torno a esta insignificante isla habían tenido lugar media docena de encuentros navales que diezmaron las disponibilidades de buques y aviones del Japón, mientras que los Estados Unidos compensaban cada buque, cada avión perdido, con 3 nuevos barcos, con 3 nuevos aviones, pero aún más potentes y modernos... Si Midway fue un triunfo absolutamente afortunado de Washington y una derrota de Tokio debido a la múltiple acumulación de errores e infortunios, Guadalcanal constituyó un prolongado choque en el que ambos bandos tuvieron sus rachas de suerte y de desgracia y donde se impuso, finalmente, quien pudo mover más buques, hacer intervenir a más aviones y disponer de más hombres y suministros: los Estados Unidos. Tras Guadalcanal, con una superioridad creciente y visible, quedaba claro el resultado de la guerra. Más aun, Tokio no podía sostener un esfuerzo tan prolongado ni tan disperso geográficamente; el caso de la retirada de las Aleutianas es clarificador. Se recordará que allí se establecieron los japoneses en el curso de la compleja operación de Midway. Pues bien, mientras aún se combatía en Guadalcanal, los norteamericanos montaron una operación aeronaval contra la isla de Attu, guarnecida por 2.300 japoneses, tomándola y aniquilando a sus defensores. La otra isla importante ocupada, Kiska, fue abandonada por Tokio poco después... Pero si claro era el desenlace de aquella contienda, no resultaba tan sencillo pronosticar cuándo se produciría, dada la resistencia numantina y la naturaleza de guerra total que Tokio fue capaz de organizar. Con raíces más antiguas que el militarismo prusiano, todo el Japón vivió para la guerra, desarrollada con características difíciles de imaginar para un europeo. El conflicto se había iniciado con la llegada al poder del militarismo, capaz de reavivar antiguas ideas guerreras. La Constitución de 1889 había sido impuesta por el emperador Meiji, sin renunciar a su carácter divino, y dio un barniz moderno a un Japón que jamás modificó muchos sentimientos íntimos. Los oficiales japoneses, que hasta usaban la espada samurai, revitalizaron el antiguo código moral del Bushido, aristocrático, orgulloso y cruel. Esta ideología militar presidió la campaña. Con la misma frialdad que se ordenó a las tropas realizar marchas increíbles en las ofensivas de Malaca o Birmania, se trató a los prisioneros militares o civiles. A ello se añadió un sentimiento racista de reacción ante el racismo blanco, concretado en el desprecio a los prisioneros. No existió ningún plan de exterminio, como en la Alemania nazi, pero a menudo los japoneses se extralimitaron. Aunque algunos generales intentaron contenerla, la tropa estaba fanatizada y la vida de los prisioneros no tenía valor. Se había imbuido a los soldados la obligación de morir en combate, el deshonor de la rendición y la costumbre de recibir castigos corporales sin protestar. Este sistema de ideas fue motor de muchas atrocidades, incluso cuando los soldados imperiales no eran japoneses de nacimiento. Así en la conquista de Hong Kong, muchos heridos y enfermos del hospital británico fueron asesinados a bayonetazos por soldados naturales de Corea y Formosa. Quizás la más conocida atrocidad es la marcha de la muerte que sufrieron las 76.000 personas capturadas tras la rendición de Batán; durante los 113 kilómetros a pie, unas 10.000 fueron asesinadas o murieron a consecuencia de penalidades y tratos inhumanos. Y esta dureza general se incrementó a medida que avanzaba la guerra y los descalabros eran evidentes. El papel de liberador de Asia frente a la raza blanca valió a los japoneses colaboraciones en todos los países conquistados. Por sentimientos nacionalistas, oportunismo o viejas rivalidades de clan, se les unieron personas como el hindú Subbas Chandra Bose, el birmano Ba Maw, el filipino José P. Laurel y, sobre todo, el chino Wang Ching-wei, que fue su mejor triunfo, porque era un antiguo revolucionario, compañero de Sun Yat-sen y Chiang Kai-chek. Desde la batalla de Midway, el poderío de la aviación naval no pudo recuperarse, lo que resultó gravísimo para las operaciones. Y cuando el esfuerzo industrial americano se hizo evidente, los japoneses fueron inferiores en material y efectivos.