Ninguno de los tres grandes imperios europeos -Rusia, Alemania, Austria-Hungría- sobrevivió a la guerra. La I Guerra Mundial provocó en efecto una de las más profundas transformaciones del orden internacional de toda la historia. Ello fue negociado y acordado por los vencedores en una gran conferencia internacional celebrada en París entre el 18 de enero de 1919 y el 20 de enero de 1920, y quedó plasmado en la serie de relevantes tratados (Versalles, Saint-Germain, Neuilly, Trianón y Sèvres) que de aquella se siguieron. El punto de partida fueron los 14 puntos que el presidente norteamericano Wilson había hecho públicos en enero de 1918 y que constituían la única exposición sistemática de objetivos de guerra de los aliados. El punto de llegada -habida cuenta de los conflictos de intereses entre las principales potencias y de los problemas domésticos de todas y cada una de ellas- fue, sin embargo, muy otro. El programa de Wilson incluía las siguientes propuestas: acuerdos de paz negociados abiertamente y fin de la diplomacia particular y secreta; libertad absoluta de navegación por los mares; supresión de barreras económicas y establecimiento de condiciones comerciales iguales para todas las naciones que laborasen por la paz; reducciones garantizadas de armamentos; acuerdos sobre los problemas coloniales respetando los derechos de las poblaciones autóctonas y los intereses de las metrópolis; evacuación de todos los territorios rusos ocupados; evacuación y restablecimiento de Bélgica; devolución a Francia de Alsacia y Lorena; rectificación de las fronteras italianas; garantía inmediata de un desarrollo autónomo para los pueblos de Austria-Hungría; evacuación de Rumanía, Serbia y Montenegro; seguridad absoluta de existencia para las regiones no turcas bajo dominación del Imperio otomano; creación de una Polonia independiente; creación de una asociación general de naciones para regular el orden internacional. El presidente Wilson, que permaneció en París hasta julio de 1919 y responsable principal del resultado de la conferencia (junto con los otros "tres grandes", Lloyd George, Clemenceau y Orlando, jefe del gobierno italiano), tuvo particular interés en lograr ese último punto: la creación de una Sociedad de Naciones. La delegación francesa estuvo interesada ante todo en su seguridad y en la imposición de sanciones y reparaciones de guerra a Alemania (no contempladas, como ha podido verse, en el plan norteamericano, y que tampoco apoyaban los ingleses). Italia luchó para que se le concediera lo que le había sido prometido en 1915 a cambio de su entrada en la guerra -Trento, Trieste, Istria, etcétera-, a lo que en los puntos de Wilson se aludía sólo de forma muy ambigua. Gran Bretaña, muy poco interesada en la Sociedad de Naciones, quiso ante todo defender sus intereses coloniales, mejorar la parte que le correspondiese de las reparaciones alemanas y asegurarse su antigua supremacía naval. Wilson acabó haciendo numerosas concesiones a cambio de asegurarse la aceptación de la Sociedad de Naciones. El Tratado de Versalles pudo así ser presentado a Alemania en mayo de 1919 y fue finalmente aceptado por el gobierno alemán, que lo rechazó en primera instancia, el 28 de junio. El Tratado obligaba a Alemania a devolver Alsacia y Lorena a Francia, a entregar sus colonias a Gran Bretaña, Francia y Sudáfrica bajo la fórmula de "mandatos" (y las de Asia, a Japón, Australia y Nueva Zelanda), a ceder también parte de sus territorios del este a la nueva Polonia y Schleswig a Dinamarca. La región del Saar quedó bajo administración de la Sociedad de Naciones y ocupación francesa hasta 1935; la del Rin fue desmilitarizada y ocupada por fuerzas aliadas (Gran Bretaña no evacuó la zona hasta 1926 y Francia, hasta 1930). En el este, se reconstruyó efectivamente Polonia. Danzig, ciudad de mayoría alemana en territorio polaco, fue declarada Ciudad Libre pero se trazó un "pasillo polaco" entre Danzig y la frontera alemana para permitir el acceso de Polonia al mar, cortando así Prusia oriental del resto de Alemania. En el otro extremo de Prusia oriental, el puerto de Memel fue entregado, bajo control internacional, a Lituania. El ejército alemán quedó reducido a 100.000 hombres. Por la cláusula 231, el Tratado declaró a Alemania "culpable de la guerra" y le hizo responsable de las pérdidas y daños causados, si bien se dejó la estimación de la cantidad a pagar por reparaciones a una comisión (que en abril de 1921 las fijó en 6.500 millones de libras, más los intereses). Mientras, se obligaba a Alemania a entregar a los aliados, como anticipo, sus flotas mercante y de guerra (los marineros hundieron esta última antes de hacerlo), ciertas cantidades de carbón y las propiedades de los ciudadanos alemanes en el extranjero. Finalmente, se prohibía la posible unidad de Alemania con Austria. El Tratado de Versalles dejó sin efecto el de Brest-Litovsk. Además de Polonia, también Finlandia, Lituania, Letonia y Estonia fueron reconocidos como países independientes. Los Tratados de Saint-Germain (con Austria) y Trianón (con Hungría) dividieron el Imperio austro-húngaro. Austria quedó reducida a un pequeño país de 6 millones de habitantes. Hungría perdió dos terceras partes de su territorio; el nuevo Estado tenía una población de 8 millones (frente a los 20 millones de la antigua Hungría). Transilvania se entregó a Rumanía pese a contener un alto porcentaje de población magiar. Checoslovaquia, representada en París por Benes, y Yugoslavia, formada por la incorporación a Serbia de Croacia, Eslovenia y Bosnia-Herzegovina, fueron reconocidos como países de pleno derecho. Galitzia quedó incorporada a la nueva Polonia (cuya frontera oriental con Rusia fue trazada en 1920 por el ministro de Exteriores británico, Lord Curzon: también la Alta Silesia, antes alemana, se integró tras un plebiscito en Polonia). La Bucovina fue entregada a Rumanía. El sur del Tirol (Trento), Trieste y la península de Istria -pero excluyendo el puerto de Fiume (Rijeka)- pasaron a Italia. Por el tratado de Neuilly, Bulgaria cedió la Dobrudja del sur a Rumanía y Tracia occidental a Grecia (y perdió así acceso directo al Mediterráneo). Mayores dificultades surgieron en torno al Imperio otomano, objeto del Tratado de Sévres. El Sultán Mohamed VI (1918-1922) se mostró dispuesto a ceder Tracia oriental a Grecia, a dejar que la ciudad turca de Esmirna (Izmir) fuese administrada por Grecia durante cinco años, a desmilitarizar los Estrechos y a que los territorios no turcos del Imperio (Armenia, Kurdistán, Siria, Líbano, Palestina, Iraq y Transjordania) se constituyeran en Estados o independientes o autónomos. Pero la dureza de los términos provocó la reacción del nacionalismo turco, liderado por Mustafá Kemal (1881-1938), general-inspector del 9° Ejército, estacionado en Anatolia. Kemal ocupó rápidamente esa Península -la parte sustancial del Imperio-, organizó elecciones, reunió un Parlamento Nacional en Ankara, que le designó jefe del gobierno en abril de 1920, y declaró la guerra a Grecia. La aceptación por Mohamed VI del Tratado de Sévres en agosto de 1920 volcó la contienda del lado de Kemal. Tras derrotar en varios combates a los griegos, expulsarles de Esmirna y obligarles a aceptar un armisticio (octubre de 1921), abolió el sultanato -y en marzo de 1924, el califato, dignidad de sucesión de Mahoma-, proclamando la República (29 de octubre de 1923). Los aliados, después que los ingleses, estacionados en Chanak, en los Dardanelos, se vieran al borde de la guerra, aceptaron revisar el Tratado de Sévres. Y en efecto, por el nuevo Tratado de Lausana (12 de julio de 1923), reconocieron a Turquía, Anatolia, Armenia, Kurdistán, Tracia oriental y la posesión neutralizada de los Estrechos. Los aliados abandonarían además Constantinopla (Estambul), que había quedado bajo su control desde el 30 de octubre de 1918. Turquía no pagaría indemnizaciones de guerra. A cambio, renunciaba a los territorios no turcos de Oriente Medio, también ocupados, como se recordará, por ingleses, franceses y árabes desde la guerra mundial. En esa región, se había logrado ya un acuerdo. Francia y Gran Bretaña proclamaron en 1920, y así les fue reconocido por la Sociedad de Naciones, sus mandatos respectivos sobre Siria y Líbano (Francia) y sobre Iraq, Transjordania y Palestina (Gran Bretaña), más o menos según el pacto secreto que en mayo de 1916 habían negociado los diplomáticos sir Mark Sykes y François Georges-Picot. El reparto desdecía las promesas hechas por los mismos ingleses -el alto comisariado Henry McMahon y Lawrence de Arabia- al emir Hussein del Hijaz y a sus hijos de crear un reino unitario árabe en la zona. Con todo, Gran Bretaña reconoció a Hussein como rey del Hijaz, hizo a Abdullah emir de Transjordania y a su hermano Feisal, expulsado por los franceses de Siria, rey de Iraq (agosto de 1921). El presidente norteamericano Wilson pudo, pese a todo, ver materializada su mayor ambición. El 16 de enero de 1920 se constituyó en Ginebra la Sociedad de Naciones, el organismo que, a modo de asamblea democrática de naciones soberanas (inicialmente 42 países), debía garantizar la cooperación entre ellas y la resolución mediante el arbitraje y la diplomacia abierta de conflictos y disputas internacionales. La Sociedad de Naciones se completó, además, con la Organización Internacional del Trabajo, para extender la legislación laboral, y con el Tribunal Internacional de justicia, con sede en La Haya.
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El Reich alemán bajo los primeros Otones actuó como fuerza evangelizadora (y europeizadora habría que añadir] de los pueblos de la Europa Central. Ello compensó en parte los distintos sinsabores cosechados por los soberanos germanos en Italia y en la propia Alemania. Enrique de Baviera sucedió en 1002 a Otón III y se convirtió en el último monarca de la casa de Sajonia. Sus esfuerzos por imponerse militarmente a los eslavos del Este y por pacificar Italia obtuvieron escasos resultados cuando murió en 1024. Para esas fechas, además, el Imperio veía cómo en el Occidente estaban consolidándose las fuerzas políticas del futuro: las monarquías feudales. En la Francia Occidentalis de los primeros Capetos, el reino sobre el que Hugo Capeto ejercía nominalmente su autoridad al ser elegido en el 987 era un mosaico de Estados feudales. Algunos tenían una extensión -y, por consiguiente, unos recursos- superior a aquella sobre la que se extendía de forma directa el poder del rey: la cuenca media del Sena con París por capital. Con tan modesta plataforma, Hugo tuvo la fortuna de ser reconocido como una especie de señor de señores. Siguiendo el modelo de los carolingios, asoció a su hijo Roberto a las tareas de gobierno: los textos del momento hablarán de los reyes Hugo y Roberto, ejerciendo una cierta colegilidad. Esta práctica sería respetada por las sucesivas generaciones y acabaría consagrando una profunda innovación: el poder real, en principio electivo, se convierte en la práctica en hereditario. En el 996 moría Hugo Capeto y Roberto el Piadoso (996-1031) pasaba al primer plano. Monarca devoto pero protagonista de tortuosas aventuras conyugales que le llegaron a costar una excomunión, el segundo de los Capeto lograría la anexión temporal de Borgoña a los dominios reales. A la postre sería infeudada a su hijo menor Roberto, tronco de una dinastía ducal capetiana en este territorio. Pese a todo, con Roberto el Piadoso se iniciaba una de las más prestigiosas tradiciones monárquicas francesas: la de los poderes taumatúrgicos adquiridos por sus reyes desde el momento de ser ungidos. Por los mismos años, el obispo Adolberón de Laón redactaba su "Carmen ad Rotbertum regem" en donde se popularizaba la imagen clásica de la trifuncionalidad social feudal: los que rezan, los que combaten y los que trabajan. La realeza se erigía en punto de equilibrio necesario para la buena marcha del conjunto de la sociedad. En Inglaterra, se manifiesta la lucha entre anglosajones y daneses. Los sucesores de Alfredo el Grande, apoyados en la labor del arzobispo Dunstan de Canterbury, lograron reimplantar la hegemonía política anglosajona en territorio británico. Sin embargo, en el 978, Eduardo el Mártir moría víctima de la rebelión de su hermano Etelredo. La crisis política se producía en un mal momento ya que el monarca danés Seven Barbapartida que había establecido su autoridad en Jutlandia, se dispuso -retomando viejas tradiciones normandas- a emprender una gran campaña contra Inglaterra. Sus éxitos en el campo de batalla forzaron a Etelredo a negociar una paz. Ésta fue aprovechada por los dos rivales para fortalecer sus posiciones. Sven procedió a la conquista de Noruega y Etelredo a buscar alianzas en Normandía. Sintiéndose fuerte mandó pasar a cuchillo a la población danesa de Inglaterra (Matanza de San Bricio de 1002). La venganza de Svend se dejó sentir a lo largo de un decenio en que procedió a la ocupación sistemática de Inglaterra. Su heredero, Canuto el Grande (1014-1035), gobernó sobre un auténtico imperio a caballo del Mar del Norte. Por primera vez en muchos años los países ribereños de éste gozaron de estabilidad. En los Estados hispanocristianos, la muerte de Almanzor en Medinaceli en el 1002 permitió a los cristianos españoles restañar heridas en los años siguientes. En el 1010, incluso, tropas de los condes de Barcelona y Urgel terciaban en la guerra civil que asolaba el califato de Córdoba y saqueaban la capital andulusí. La crisis de la España musulmana se acompañó de importantes proyectos de reorganización en los Estados cristianos. Así, en 1017, el monarca leonés Alfonso V procedió, ante una magna asamblea, a promulgar un conjunto de importantes leyes para poner orden en la administración de sus Estados. Como "Fuero de León" se conocen aquellas decretadas para la capital legionense. En el otro extremo de la Península, los condados catalanes habían mantenido relaciones de vasallaje con los monarcas carolingios. Con la subida de los Capeto tales lazos acabarían por relajarse. De hecho, los condes se mantuvieron independientes entre francos y musulmanes. El núcleo formado por Barcelona-Ausona-Gerona había de constituirse, al entrar en el segundo milenio, en el poder hegemónico entre el Pirineo y el curso del Llobregat. De todos los proyectos de restauración política de la España cristiana a principios del siglo XI, ninguno fue de tanta envergadura como el de Sancho III el Mayor de Navarra (1000-1035). La vieja hegemonía política leonesa se transfiere con él durante algunos años al núcleo vascón. La incorporación al reino pamplonés de algunos condados pirenaicos; el protectorado establecido sobre el condado de Castilla que, desde 1029, se tradujo en ocupación; y las intervenciones en el reino leonés, convirtieron a Sancho en la primera potencia política de la España cristiana. En su testamento, redactado en términos absolutamente patrimonialistas, se echarán las bases para el nacimiento de dos nuevos reinos peninsulares: Castilla y Aragón.
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Una dolorosa enfermedad trajo la muerte al rey Carlos II en 1387. Su hijo Carlos III (1387-1425), que ya en vida de su progenitor había servido de instrumento de paz (rehén de los franceses; casado con la infanta Leonor de Castilla), iba a cambiar la vocación del reino. De ser un satélite de intereses franceses o de haber participado sin beneficio en toda contienda cercana, el talante pacificador del rey Noble lo iba a conducir a ser remanso de vida placentera en que las producciones artísticas se desarrollaron a gran nivel. Pero el cambio no podía consumarse de un día para otro. Las arcas reales estaban exhaustas y el prestigio de Navarra bajo mínimos tras la última invasión castellana. El camino fue lento. Tres años tardó en coronarse (1390), casi quince más en recuperar dentro de lo posible rentas y territorios patrimoniales en Francia (Tratado de París, 1404). El nuevo rey no esperó tanto para poner de manifiesto una personalidad volcada hacia el clima lujoso y refinado de las grandes cortes de finales del siglo XIV. Una de sus primeras iniciativas fue, como había hecho Carlos II, mandar erigir una capilla en la catedral en recuerdo de su padre, cuyo proyecto correspondió al mazonero Juan García de Laguardia, quien había sido maestro mayor del reino en tiempos de su progenitor. A continuación destapó sus intereses propios: entre 1388 y 1394 gastó casi 25.000 libras en edificaciones y ornamentación (pinturas, vidrieras, etcétera), del castillo de Tudela, ampliado con terrenos de la judería. Los motivos que adornaban muros y ventanas denotan interés por la heráldica y las hazañas caballerescas, de amplia aceptación en las cortes europeas contemporáneas. Nada queda hoy de sus lujosas estancias. También estos primeros años de reinado son fructíferos en piezas de orfebrería. El relicario de San Saturnino (1389) y el cáliz de Ujué (1394) constituyen la muestra de una intensa actividad cuya calidad es indudable.
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El nuevo lenguaje artístico que se formula en el Quattrocento tuvo una referencia común en la superación de las fórmulas y convencionalismos del arte preexistente; sin embargo, cada uno de los lenguajes, la arquitectura, la pintura y la escultura, aunque en muchos casos fueron fruto de una experimentación común, siguieron procesos completamente diferentes. En algún caso estas diferencias resultaron paradójicas. Por ejemplo, la arquitectura, que disponía de excelentes modelos de la Antigüedad en que inspirarse, fue la especialidad que tuvo una formulación más tardía. En cambio, en la escultura, desde fecha muy temprana, se planteó la experimentación de un nuevo sistema de representación. Durante la centuria anterior los pintores italianos se habían planteado una renovación de la pintura en la que la representación de la naturaleza y el espacio pictórico alcanzan una nueva dimensión. Las obras de Giotto, de Simone Martini o los Lorenzetti evidentemente supusieron la introducción de una práctica inédita de la pintura. Sin embargo, la perspectiva, como sistema de representación se basaba en una concepción y desarrollo empírico. La obra de Cennino Cennini, "El Libro de Arte", escrita a finales del siglo XIV, es un ejemplo elocuente de esta concepción empírica de la práctica de la pintura basada en una atención primordial por los componentes técnicos frente a los principios teóricos. Por todo ello las experiencias artísticas del Trecento no constituyen los prolegómenos de la renovación artística del Quattrocento. Aunque en algunos aspectos puedan ser consideradas como un precedente, es evidente que sus planteamientos no conducen por evolución a la invención del sistema de representación renacentista que se formula en el siglo XV. Muchos de los planteamientos en los que se fundamenta esta invención se caracterizan por su actitud crítica y negativa con respecto a la tradición inmediatamente anterior. A este respecto, no debe olvidarse el hecho de que, cuando se producen las primeras afirmaciones del nuevo lenguaje, el arte que mantenía su vigencia no era la tradición trecentista sino el Gótico internacional. Modalidad frente a la que se observan actitudes contradictorias: por un lado una evidente reacción; por otra, una aceptación y persistencia de sus formas hasta bien entrado el siglo XV. El sistema de representación desarrollado por los artistas del Quattrocento se basa en la aplicación sistemática de determinadas leyes geométricas al problema de la representación. A diferencia de las experiencias precedentes, el cuadro y el relieve se entienden como una unidad captada desde un solo punto de vista -el ojo del pintor- en relación con el cual se articulan las diferentes referencias de distancia y dimensión. La pintura y el relieve se convierten en un escenario, en una ventana abierta, según Alberti, en la que los objetos y figuras se ubican en función de sus distancias con respecto a un punto de visión único, captado todo en un instante, a diferencia de la multiplicidad de puntos de visión y tiempos de las escenas del relato, propia de la representación anterior. Debido a sus fundamentos científicos, esta perspectiva se planteó desde el principio como una investigación orientada a alcanzar unos principios desde los cuales pudiese desarrollarse un método de representación. Esto equivalía a que, una vez desarrolladas las experiencias e investigaciones previas para alcanzar su definición, este método pudiese codificarse y plantearse desde un punto de vista teórico. En este sentido, la obra de L. B. Alberti, "De Pictura" (1435) constituye el primer tratado en que se sistematiza y codifica el nuevo sistema de representación. Como hemos notado, aunque este sistema se aparta de la práctica empírica preexistente y tiende a fundamentarse en unos principios científicos, las primeras experiencias fueron la conjunción de la aplicación de unas fórmulas geométricas y una experiencia práctica. Experiencia en la que intervinieron de forma independiente o conjunta, arquitectos, escultores y pintores. Aunque aparentemente este sistema de representación podría parecer, por su íntima relación con los problemas figurativos, algo propio de escultores y pintores, lo cierto es que en su formulación intervinieron también los arquitectos. Antonio Manetti, en su "Vita di Filippo di Ser Brunellesco", atribuye a este arquitecto la invención de la perspectiva. A este respecto tenemos noticia de dos tablas realizadas por Brunelleschi que representaban el Baptisterio y la Plaza del Duomo, y la Plaza de la Signoria, en las que Brunelleschi plasmó por primera vez una representación monofocal tomando como referencia una vista urbana. Algo que no ha de extrañar si se tiene en cuenta que la nueva arquitectura también se concibió desde unos planteamientos igualmente figurativos. Filippo Brunelleschi, uno de los iniciadores de la nueva arquitectura fue también escultor. En 1401 se convocó en Florencia un concurso para adjudicar la realización de las segundas puertas del Baptisterio -las primeras, de 1336 se deben a Andrea Pisano-. En él participaron diversos artistas: Jacopo Della Quercia, Filippo Brunelleschi, Lorenzo Ghiberti, realizando para el concurso un relieve con forma lobulada sobre el tema de El Sacrificio de Isaac. Tanto la obra de Ghiberti, que resultaría vencedora, como la de Brunelleschi, muestran una clara inclinación por introducir citas y referencias al arte clásico. Y también, en ambas se aprecia, aunque todavía con numerosos elementos procedentes del lenguaje preexistente, el intento de plantear una nueva forma de representación. En Ghiberti la disposición del paisaje y de las figuras crea una sugerencia espacial nueva que, en el caso de Brunelleschi, se convierte, como se ha notado, en una construcción espacial de nuevo signo. No obstante, una formulación coherente del nuevo sistema de representación no se producirá en el relieve hasta algo más tarde.
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Se ha dicho, con absoluta razón, que todos aquellos escritos de la cultura romana que no hayan sido copiados por los escribas carolingios se han perdido. La política imperial de restauración del pasado puso un énfasis especial en la reproducción de cuantos textos romanos se pudiesen encontrar. Se inicia entonces un importante desarrollo de todas las artes relacionadas con el libro. La situación de la caligrafía de la época no era la adecuada para la difusión de obras literarias, era urgente iniciar una reforma de la escritura. Los modelos antiguos contribuyeron decisivamente a la creación de una escritura clara, limpia y de hermosos caracteres, que se ha denominado letra carolina, y fue adoptada por los europeos durante siglos, hasta ser sustituida por la gótica. La escritura precarolingia era tan detestable, que la aparición de la nueva fue muy celebrada por todas las gentes; como decía Maurdramus, abad de Corbie (772-781), había surgido para comodidad del lector en la mejor comprensión del texto.Una parte pequeña de esta producción libraria recibía un tratamiento de lujo que convertía la obra en un verdadero objeto artístico. Las hojas de pergamino coloreadas con riquísimas tintas, en las que no faltaban los suntuosos púrpuras y oros, las encuadernaciones de metales preciosos, pedrería y marfiles, hacían de estos libros un verdadero tesoro al que sólo tenía acceso una minoría selecta y aristocrática. El emperador, sus familiares, grandes abades y obispos disponían de centros de producción de estas obras para su uso personal. Se podría decir de alguno de estos personajes que, aunque su formación cultural no fuese mucha, su fascinación por las imágenes y el lujo material del soporte les convertía en auténticos bibliófilos. Un grupo muy importante de obras fue realizado por encargo de los emperadores, destacando las de Carlomagno y Carlos el Calvo. Los especialistas no coinciden en la localización del scriptorium, donde radicaba este taller áulico. Se discute entre el mismo palacio y alguna abadía de patrocinio regio como Saint-Denis. Ebbon, hermano de leche de Ludovico Pío, arzobispo de Reims (816-845), mantendrá un activo taller que alterna su residencia entre la catedral y la abadía de Hautvivillers, donde tiene sus jornadas de descanso. En Metz, bajo la protección de Drogón, hijo natural de Carlomagno y arzobispo de la sede hasta el 855, se crean libros con decoración tan exquisita como el célebre sacramentario que lleva su nombre. Orleans, Tours, Corbie, Saint-Amand, San Gall son los nombres de otros scriptoria famosos de la época.En estos talleres, un maestro principal debía condicionar todas las creaciones artísticas relacionadas con el acabado del libro. Se encargaba de las composiciones de mayor empeño, organizaba la distribución del trabajo entre sus ayudantes que seguían los prototipos según las directrices plásticas genéricas del obrador. Los orfebres que se encargaban de la encuadernación en metal o eboraria reflejaban en su arte la impronta estética del taller de miniaturistas. De esta manera, se conseguía una homogeneización en la producción que creaba un sello distintivo y característico del obrador, lo que contribuyó decisivamente en el progreso, difusión e implantación de modas y de criterios estéticos y estilísticos.Las decoraciones más sencillas se limitaban a pequeños motivos florales o zoomórficos entre las letras. La gran aportación será el tratamiento ornamental que se dará a las grandes iniciales. Siguiendo modelos tardorromanos, estas letras capitales se convierten en curiosos marcos para escenas que ilustran los párrafos a los que dan inicio. El sentido de la composición de los iluminadores hace que, en algunas ocasiones, la propia letra pierda sus formas caligráficas para mutarse en la figura que representan. Es este motivo de las letras historiadas una gran aportación a la plástica medieval; a partir de estos modelos, la creatividad de los iluminadores románicos y góticos llenarán los libros de hermosas, alucinantes y desbordantes fantasías iconográficas.La encadenación de imágenes en secuencia narrativa, crea una sensación de movimiento que rompe la plástica estática, el sentido de icono de la ilustración, para convertirla en algo dinámico que trasciende vida al espectador. Estamos ante un sentido que hoy definiríamos de fílmico, tan genial que en la actualidad todavía pervive con gran frescura en las tiras cómicas de nuestros periódicos. Las biblias creadas en San Martín de Tours muestran varios repertorios de ilustraciones concebidas de esta manera. Las escenas del Génesis de la "Biblia Moutier-Crandval" son un magnífico ejemplo de esta forma de ilustrar, que tendrá continuidad en las biblias posteriores.Muchas ilustraciones carolingias, al ser un fiel trasunto de sus modelos, nos permiten conocer un importante repertorio icónico del pasado tardorromano. De esta manera, podemos contemplar todavía cómo eran concebidas las caretas de los personajes de las comedias de Terencio o las actitudes de los actores. El "Arathea", tratado sobre los fenómenos celestes, copiado en el Norte de Francia en el siglo IX, nos enseña cómo eran las imágenes antiguas que representaban las constelaciones. El repertorio de libros que podíamos citar aquí se extendería a todas las áreas del saber, la ciencia y la técnica, sin olvidamos de los libros religiosos de época paleocristiana.Se crearán también escenas de iconografía totalmente novedosa, o al menos, composiciones que deberán tener en cuenta las circunstancias históricas del momento. Referíamos antes los retratos imperiales, inspirados en los modelos romanos, pero, desde luego, adecuados a las características de los monarcas francos representados. Escenas solemnes relacionadas con la elaboración del libro o el personaje que lo sufraga, dan lugar a hermosas imágenes que, en cierta manera, podrían ser consideradas instantáneas de actualidad. La protocolaria entrega de la que se denomina primera biblia de Carlos el Calvo, aparece reproducida en el mismo ejemplar. Es una interesante composición que presenta al monarca en su trono, aceptando el códice de la biblia que le es ofrecido por el abad Vivano. El ejemplar es transportado por tres monjes con las manos veladas en actitud de respeto y sumisión.
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Sólo en abril de 1995 se autorizó a Bagdad a vender petróleo por valor de 2.000 millones de dólares al semestre, a cambio de alimentos y medicinas; una forma de paliar los duros efectos del embargo sobre la población civil, según denuncias de numerosas ONG's internacionales. La excepcionalidad de la situación iraquí, uno de los países más importantes de Oriente Próximo, segundo Estado en reservas petrolíferas del globo y con una posición estratégica de primer orden, no debía mantenerse de forma indefinida. Desde el mismo final de la Guerra del Golfo, un sector de la administración estadounidense defendió la necesidad de terminar con el régimen de Saddam Hussein. En noviembre de 1997, el entonces presidente Clinton llegó incluso a establecer este horizonte como objetivo oficial de su política exterior. Los acontecimientos del 11 de septiembre reforzaron aquellas tesis y, una vez más, un cambio drástico en el escenario mundial volvió a situar a Saddam en el centro del huracán, en esta ocasión, como supuesto responsable o instigador de acciones terroristas internacionales. En la primera semana de marzo, el premier Major hacía varias declaraciones de inequívoca interpretación: "Iraq sigue produciendo armas de destrucción masiva, provocando una grave amenaza que resolveremos de inmediato"; "Iraq constituye una amenaza no sólo para la región, sino para el mundo entero"; refiriéndose al objetivo de la reunión que en abril mantendría con el presidente Bush en Washington: "Servirá para poner a punto la segunda fase de la guerra contra el terrorismo, con la acción contra Iraq" como asunto prioritario. La resolución de la Guerra de Afganistán dio alas a los sectores republicanos más conservadores de Estados Unidos, pese a la oposición de la Unión Europea, Rusia y la totalidad de los países árabes, quienes, pese a las escasas simpatías personales que despertaba Saddam, se negaron a dar su bendición a una guerra. La metodología seguida con éxito en el centro de Asia inspiró los planes norteamericanos para la Guerra de Iraq: la temida desmembración de Iraq sería evitada con la formación de un Gobierno de coalición de grupos opositores que incluiría a kurdos y shiís, a la manera de Afganistán. La actuación contra Iraq también serviría para que el segundo país del Eje del mal, Irán, sintiera en su nuca el aliento cercano de las huestes del Tío Sam; por no hablar de la tentación que supone el control directo de una parte esencial de la producción petrolífera mundial. Las contrapartidas posibles a planes tan optimistas serían el aumento brutal del precio del crudo y la posible desestabilización de todo el mapa de Oriente Próximo.