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Mondrian eliminó completamente la relación de profundidad, que aún en 1917 se sugería en sus composiciones, como en las de Van Doesburg, por la distinción de un fondo blanco sobre el que se colocaban las formas geométricas. Su estilo maduro se perfila en el momento en el que trabaja exclusivamente formas planas sin discontinuidad en la superficie del lienzo. En segundo lugar consideró que la armonía objetiva sólo se basaba en el empleo de la línea recta y en relaciones ortogonales entre las líneas. El principio de composición descansaba en la subdivisión calculada del plano a partir de líneas horizontales y verticales: el ángulo recto. La horizontal y la vertical eran los vectores complementarios que condensaban de forma paradigmática las líneas objetivas de fuerza. Por la intersección de dos líneas se expresaba la totalidad de la naturaleza visible.En 1920 había reducido ya su lenguaje a estos elementos puros: las líneas marcadas en negro y los rectángulos que éstas circunscribían. En la calculada composición ortogonal se condensaba la armonía universal. Mondrian y los pintores de De Stijl realizaron un concienzudo esfuerzo por eliminar paulatinamente de sus composiciones todo aquello que remitiera a una naturaleza aparente, particular, contingente y subjetiva, y así llegaron a consolidar el estilo abstracto que servía de equivalente primordial de los principios de necesidad, universalidad y objetividad. Se trataba de un estilo antiindividualista, aunque finalmente, en especial después de 1925, funcionó para encarnar mitologías privadas diversas.Los planos rectangulares podían estar dotados de color, o, mejor dicho, habían de encarnar la unidad estricta entre forma y color. Los cuadrángulos se rellenaban de sendos colores planos, en cualquier caso uniformes y aislados. El espectro cromático se redujo al rojo, azul y amarillo, en su tonalidad de colores elementales, y a la presencia del blanco, el gris y el negro. Mondrian incluso llegó a excluir el gris.Lo que podemos denominar el lenguaje clásico del neoplasticismo, que durante cierto tiempo fue un lenguaje compartido, se basaba en las normas mencionadas. El empleo del color verde, del gris o de las líneas diagonales, por ejemplo, fueron objeto de discusiones sumamente severas, incluso causa de rupturas. Los neoplasticistas llegaron a tales esquemas preceptivos rehuyendo todo lo no primordial de la visualidad, esto es, según ellos, todo aquello que condicionara el carácter absoluto de la imagen, ligando ésta a cualesquiera factores de la realidad externa, de las apariencias del acontecer orgánico: espacio tridimensional, formas o sensaciones del mundo empírico, impresiones sensuales... "La pintura significa destrucción de la expresión plástica naturalista", escribió Van der Leck.La visualidad neoplástica fue eminentemente la de la abstracción intelectual. No operó con el énfasis patético del dinamismo y la ilimitación que primaron en el constructivismo ruso. De Stijl buscó, por el contrario, una abstracción sobria, lógica y estáticamente organizada. Contradecía sobre todo a la estética futurista.Los orígenes del lenguaje neoplástico son de diverso orden. Entre los arquitectos fue, por ejemplo, muy importante el magisterio de Berlage y Lloyd Wright, así como el ejemplo del movimiento británico Arts and Crafts, el Deutsche Werkbund e iniciativas semejantes. Pero la pintura stijliana es impensable sin el antecedente del cubismo, por mucho que se diferencie de éste. Mondrian condujo hacia la abstracción severa el lenguaje cubista, que cultivó por algún tiempo. Había permanecido entre 1912 y 1914 en París, donde tomó conocimiento muy preciso del cubismo analítico, el método con el que se adentró en el camino de la pintura moderna. Durante los años siguientes fue reduciendo la presencia de motivos de la naturaleza, hasta ceñir el vocabulario pictórico a composiciones estrictamente abstractas. Sabemos que la pintura cubista sirvió de punto de partida también para otras iniciativas del abstraccionismo. Pero la inflexión de Mondrian fue especialmente radical y purista: determinación, claridad geométrica, sencillez, certeza objetiva y conformidad a leyes fueron sus máximas. "Desnudemos la naturaleza", había dicho Van Doesburg. Las investigaciones de De Stijl se orientaron a descubrir el armazón elemental de la naturaleza visible, aquello que podía sustentar un estilo universalmente válido.En el estilo maduro de Mondrian el marchamo cubista es ya irreconocible. Las diferencias son innumerables. Una característica importante del diseño de Mondrian es que prescinde de relaciones axiales, composiciones centralizadas o focos cromáticos para dar unidad al cuadro. La coherencia y la unidad de la composición se derivan del equilibrio entre los elementos geométricos bidimensionales que se articulan en la superficie. Tamaño, forma, color, disposición, grosor de las líneas, y otros elementos constitutivos de relación estructuran el cuadro con soluciones siempre nuevas. Su obra se adentró así en una investigación permanente de ritmos y armonías plásticas en un espacio equilibrado que le permitió renovar su repertorio hasta el final de su vida, pese a su severa concepción de la pintura.El arte de Mondrian fue objeto de referencia también en la vanguardia francesa. Regresó a París en 1919 y participó desde 1931 en las actividades del grupo Abstraction-Création, en cuya fundación también colaboraron sus antiguos compañeros Van Doesburg y Vantongerloo. El mayor influjo lo ejerció, no obstante, en el mundo anglosajón. Después de una estancia de dos años en Londres se trasladó a Nueva York en 1940. Sus testimonios transcendieron muy significativamente al arte no-objetivo de la posguerra.
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Un libro sobre Yucatán De los abundantes escritos sobre las culturas autóctonas del Nuevo Mundo, continuadores en cierto modo de la Embajada a Tamerlán de Ruy González de Clavijo, o de la Crónica del descubrimiento y conquista de Guinea de Gomes Eanes de Azurara --y de tantos y tantos libros de viajes, relaciones y crónicas, que siguieron a su vez la profunda huella de un Estrabón o de un Herodoto--, debemos tratar ahora del manuscrito cuya influencia ha sido decisiva para la cristalización de la disciplina científica llamada mayística. El texto de la Relación de las cosas de Yucatán que se conserva en la biblioteca de la Real Academia de la Historia de Madrid es sólo una copia incompleta, llevada al papel años después de que el franciscano Diego de Landa estimara conveniente componer un alegato ante la Corona y el Consejo de Indias con el fin de documentar sus argumentos en el proceso incoado a raíz de la lluvia de acusaciones sobre su proceder en las Indias. Según señala acertadamente Ángel Maria Garibay, experto nahuatlato y presentador de una de las más populares ediciones de la Relación, --que nos ha sido de mucha ayuda en la preparación de la actual (Editorial Porrúa, México, 12? ed., 1982)-- el término que distingue la obra de Landa suena equívoco. Este informe dedicado a los sucesos de Yucatán es descripción, narración y memoria, esboza la historia de la región, esgrime datos y pruebas dirigidos a quien debe oír para fallar, reúne noticias y hechos diversos. Es un compendio de lo que algunos denominaban historia natural y moral, discurre con aires de asombrosa modernidad por los cauces del relato ordenado de los acontecimientos, de la etnología a la geografía, dibujando un panorama completo de lo que eran Yucatán y sus habitantes hacia 1560, poniendo énfasis en aquello que recordaban los mayas respecto a su pasado inmediato, las tradiciones aún vigentes, las prácticas y creencias prehispánicas que la Iglesia se esforzaba sin éxito en desarraigar. Las fuentes utilizadas por el fraile son los mismos indígenas, bien preguntados por las diferentes cuestiones de su cultura o requeridos para interpretar los viejos libros de corteza iluminados con figuras y jeroglíficos; dos de ellos son conocidos, Juan Nachi Cocom y Gaspar Antonio Chi (también mencionado a veces como Gaspar Antonio Xiu, con el apellido de su madre), cuyos nombres mayas evocan los linajes principales de la península. Chi, traductor a la lengua de los españoles, redactó por su parte otra Relación en 1582 por mandato de don Guillén de las Casas, gobernador y capitán general de Yucatán, que fue descubierta por France Scholes en el Archivo de Indias de Sevilla y cuyo breve contenido, complementa y corrobora el propio trabajo de Landa. El manuscrito que dormía ignorado en el caserón de la calle León, 21, de Madrid es una crónica de primera importancia. Fue hallado por el infatigable investigador abate Charles Etienne Brasseur de Bourbourg y publicado parcialmente en París en 1864. Ya hemos dicho que se trata de una copia anónima de varias manos preparada con seguridad por el año 1616, es decir, medio siglo después de que Landa escribiera la versión original durante su estancia en España. Era costumbre entonces encargar tales duplicados de documentos valiosos, o de fragmentos de ellos, y, puesto que la Relación fue considerada en seguida trascendental para el conocimiento del antiguo Yucatán, cabe suponer que se hicieran otras reproducciones, algunas de las cuales fueron utilizadas probablemente por historiadores de la talla de Antonio Herrera y Tordesillas, Diego López Cogolludo y Antonio Vázquez de Espinosa. Hasta 1941, fecha en que vio la luz la monumental edición inglesa de Alfred Tozzer, el manuscrito había sido publicado con desigual fortuna en siete ocasiones, destacando la transcripción de Juan de Dios de la Rada y Delgado que apareció en Madrid en 1881, aneja al ensayo de León de Rosny sobre la escritura jeroglífica, y también la edición yucateca de 1938 preparada por el ilustre filólogo Alfredo Barrera Vázquez junto a José Rosado Escalante y Favila Ontiveros. Hoy contamos incluso con una versión rusa (Moscú-Leningrado, 1955) acompañada de interesantes notas y del estudio de Yuri V. Knorozov. Comienza el trabajo de Landa con un ligero esbozo geográfico, negando el pretendido carácter insular de la región y mencionando el aspecto del litoral y de la topografía interior. De inmediato, el autor aborda una cuestión que todavía no ha encontrado solución adecuada: el origen del nombre Yucatán y la diversidad de los que empleaban los nativos para hacer referencia a las zonas que habitaban. Los mayas contestaron a las preguntas de los españoles diciendo que aquélla era u lu'umil kuts, la tierra de los pavos, kotoche, nuestra casa, peten, isla, comarca o provincia, pero en algún momento debieron citar la lengua hablada por todos, y así Yucatán, procedente tal vez de yuk (la generalidad) y t'an (el habla), quedó para siempre como denominación de la península. Pero tampoco el franciscano se detiene en estas controversias etimológicas, y pasa a relatar la llegada de los primeros castellanos, el célebre naufragio del navío de Valdivia en 1511 y el cautiverio de Jerónimo de Aguilar y Gonzalo Guerrero, y las expediciones de Francisco Hernández de Córdoba, Juan de Grijalva y Hernán Cortés, entre 1517 y 1519. A continuación se abre un capítulo sobre la historia de Yucatán desde el reinado de Kukulcán en Chichén Itzá, hasta la destrucción de Mayapán y la dispersión de los principales grupos étnicos. Siguen los episodios sobresalientes de la conquista y el establecimiento final de los colonos y los frailes, con los enfrentamientos iniciales entre unos y otros. Desde aquí, Diego de Landa redacta una curiosa etnografía, apenas sujeta al orden y convenciones que desearían los estudiosos actuales, pero que conjuga eficazmente la abundante información con el gusto por los detalles peregrinos y las costumbres insólitas. Véase una muestra: al autor le llama poderosamente la atención que sean los hombres quienes usen espejos, y no las mujeres, y añade con cierta socarronería que para llamarse cornudos decían que su mujer les había puesto el espejo en el cabello sobrante del colodrillo. Desde la descripción de las camas de los yucatecos hasta la del calendario y las fiestas, pasando por las comidas, indumentaria, bailes, oficios, comercio, matrimonios, delitos, rituales, guerras y armamento, costumbres funerarias, encontramos en la Relación una verdadera enciclopedia de la cultura maya de época tardía. Landa utiliza preferentemente el tiempo pretérito, pero a menudo se ve obligado a recurrir al presente, porque en la segunda mitad del siglo XVI la gran mayoría de los hábitos objeto de sus pesquisas estaban vivos y llenos de significado; de hecho, se aprecia a veces en el estilo comedido y casi burocrático del texto una leve complacencia, sin duda la del que puede dar cumplida prueba de sus afirmaciones pues ha presenciado personalmente los sucesos que narra, aunque fuera para ponerles coto o procurar inducir a los indígenas a un cambio de conducta. De igual manera, el humor del fraile aflora en varios párrafos, como éste del capítulo en que exalta las buenas cualidades de las mujeres: Son celosas, y algunas tanto, que ponían las manos en quien tienen celos, y tan coléricas y enojadas aunque harto mansas, que algunas solían dar vuelta de pelo a los maridos con hacerlo ellos pocas veces. Más adelante indicaremos que las páginas finales de esta parte de la Relación son las que han servido a los mayistas para poner los cimientos de su ciencia. Ahí están las bases de la cronología prehispánica, y no se debe olvidar que en buena medida las fechas arqueológicas que se aplican al área cultural llamada Mesoamérica (que se extiende desde el norte de México hasta Honduras y El Salvador) arrancan de correlaciones con las inscritas en los monumentos del Mayab. Landa expone meticulosamente el funcionamiento del calendario y la forma de computar el tiempo, con la profusión de detalles que merece un asunto que era trascendental en el pensamiento indígena. Dibuja los signos de los días y los meses, describe el ciclo de fiestas y ritos, reproduce una rueda de katunes con la que se pasaba del reducido marco del año ordinario al período de 93.600 días, y, por último, para gozo y tormento de los estudiosos, ofrece una breve reseña del sistema de escritura con el supuesto alfabeto de los jeroglíficos. Esa mirada de soslayo a la antigua escritura podía haber constituido la clave del desciframiento de unos símbolos gráficos que se resisten todavía a entregar su secreto, y por ello varios autores compararon la información de Landa con la piedra de Rosetta, que ayudó a Champollion a coronar su trabajo con los jeroglíficos egipcios, pero nuestro fraile fue en este punto excesivamente parco, y aunque los datos que aporta son de inmensa importancia, no han servido para resolver totalmente el grave problema. Termina la Relación con un ensayo de historia natural que comprende la producción de la tierra, la fauna y la flora. Lo más interesante quizá son las observaciones sobre el aprovechamiento de los minerales, los animales y las plantas, pues permiten tener una idea aproximada del volumen y características de la explotación tradicional de los recursos del país, si bien no faltan deliciosos comentarios sobre el extraño aspecto o la peligrosidad de ciertas criaturas; ingenuo nos parece hoy que a los fieros lagartos de Yucatán se les tilde de dragones, subrayando además que engendran como los animales, o que se culpe a una especie de pájaros gritadores de que no dejen ir secretamente a las gentes por los caminos, pero en el siglo XVI, según advertimos al iniciar esta introducción, los hombres todavía poseían la maravillosa virtud del asombro y, favorecidos por las circunstancias, su voluntad era dejarse sorprender cuantas veces fuera necesario. Esta edición de la famosa obra de Diego de Landa pretende seguir fielmente el manuscrito custodiado en la Real Academia. Aun arrostrando los inconvenientes de una nueva versión, cuando tantas de calidad existen en el mercado bibliográfico, hemos preferido volver al texto original, arreglado desde luego al gusto y comprensión de los lectores modernos, y aceptar el riesgo de posibles tropiezos o desaciertos. La división arbitraria del relato, provechosa para una cómoda lectura, no constituye menoscabo del estilo de la época; los epígrafes que hemos introducido no alteran la continuidad y ofrecen empero, al agrupar la información, mayores facilidades para la consulta. Las notas son cuestión más espinosa; Alfred M. Tozzer publicó en 1941, bajo los auspicios del Museo Peabody de la Universidad de Harvard, una traducción inglesa de la Relación acompañada por 1.154 notas, apéndices e índices de gran valor, fuente todavía hoy de innumerables datos que los especialistas siguen manejando. No es factible en esta ocasión abordar un estudio de tan colosales dimensiones, que debería dirigirse a un corto público de iniciados; conscientes, no obstante, de que en las últimas cuatro décadas la mayística ha avanzado con pasos de gigante, rebasando por tanto muchos de los comentarios de Tozzer, un camino prudente y útil es a nuestro entender, incluir ahora algunas notas que reflejen precisamente tales cambios, o sea, los conocimientos actuales sobre los temas básicos que ocuparon la atención del fraile español. Puede apreciarse en seguida que las apostillas inciden en los consabidos problemas de la historia antigua de la región, en los de organización social y política, religión y cronología. Ojalá que mediante esas notas el lector barrunte la situación de nuestros saberes contemporáneos acerca de la civilización maya y, lo que es más importante, encuentre un acicate complementario para profundizar en el conocimiento de las extraordinarias manifestaciones culturales que florecieron hace siglos en las junglas centroamericanas.
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En Hosios Lukas el recinto no adopta, como era habitual, el plan de un cuadro perfecto sino más bien el de un pentágono irregular debido a las condiciones topográficas del terreno, en el que la longitud del lado mayor era de 83 metros -el norte-, el oeste medía 46,50 metros, el oriental 35,50 metros y la suma de los dos lados sur 70,50 metros. Hoy en día muy pocos fragmentos subsisten de las antiguas celdas; se trata, sobre todo, de las piezas abovedadas a nivel del piso bajo de los lados oeste y norte, sobre las que se elevaron en diferentes épocas construcciones de dos y tres pisos. En el monte Athos se ven largas balconadas cerradas y salientes, sostenidas por grandes ménsulas de madera, características de las viviendas turcas y, de vez en cuando, despunta por encima del tejado una cupulilla, señalando que debajo hay una capilla para las devociones particularmente de los monjes. En el lado nordeste de la muralla de Hosios Lukas se encuentra la entrada principal del monasterio, hoy fuera de uso. Al este de la entrada se ubicaba una construcción secundaria el vordonareion, edificio largo, de eje longitudinal y usado como cuadra. En el lado opuesto, es decir al oeste de la entrada principal, se ubicaba el photonama, sala cubierta de arcadas y bóvedas sostenidas por cuatro columnas monolíticas. Allí acudían los monjes a calentarse en lo peor del invierno. A siete metros al sur del katholikon y de la misma época puede verse el refectorio del monasterio -27,10 x 10,50 metros- destruido en 1943 por un bombardeo. Constaba de dos pisos, aunque el comedor al que los monjes acudían cotidianamente, se situaba en el piso superior mientras que el inferior era usado como bodega, despensa e incluso taller. Los ejemplos conservados, revelan una cierta variedad en este tipo de construcciones; en Chilandari -monte Athos- consta de un recinto rectangular con dos ábsides y dos entradas, mientras que en el caso de Dionysiu -monte Athos-, más tardío, tiene forma de T irregular y una mesa larga acentúa el eje central. En otras ocasiones -Gran Laura del monte Athos-, las mesas se cobijan bajo nichos semicirculares abiertos en los costados de la sala. Volviendo a Hosios Lukas, entre el katholikon y el refectorio subsiste una cisterna subterránea empleada como depósito de agua: una fila de columnas sobre un eje longitudinal y seis arcos transversales, la dividen en ocho compartimentos cuadrados abovedados. Evoca la fuente sagrada o reserva de agua -Fiali- bendecida solemnemente en Epifanía y cubierta por un pequeño pabellón circular, formado por una cupulita sostenido por delgadas columnas. En medio del patio central, se elevan majestuosamente las dos iglesias del monasterio, la situada a la izquierda, dedicada a la Virgen y la otra, a San Lucas, que es también la iglesia conventual propiamente dicha. La construcción de la primera, iniciada el año 946 viviendo San Lucas y gracias a la munificiencia del general Cresites, al adoptar la planta de cruz griega inscrita, revela la modernidad de las propuestas arquitectónicas allí desarrolladas. Por razones de piedad y de respeto a la memoria del fundador del monasterio y también por razones prácticas -la necesidad de crear espacios para el movimiento de los numerosos peregrinos que pasaban la noche allí- se construyó el segundo de los templos, consagrado alrededor de 1011; este último, puede considerarse hoy como uno de los ejemplos más bellos de la planta de octógono cruciforme. Su amplitud y riqueza decorativa han hecho pensar que la obra no hubiera sido posible sin la poderosa colaboración económica imperial; por esta razón, la tradición, bien que sin ningún fundamento, ha puesto en relación las tumbas de la cripta con Romano II y su esposa. El núcleo de la planta lo forman un cuadrado con octógono inscrito, cubierto por una enorme cúpula de nueve metros de diámetro y 5,25 metros de alto, ausente de apoyos interiores y bordeada en todos sus lados por espacios subsidiarios con bóvedas de aristas que soportan una galería. Tales espacios no pueden ser considerados como naves laterales, puesto que quedan interrumpidos por gruesos muros transversales que hacen el papel de contrafuertes. El efecto espacial del conjunto, por su complejo juego de elementos altos y bajos, del núcleo y los espacios subordinados, de zonas claras, medias luces y zonas oscuras, sorprende en extremo. Perspectivas inesperadas del centro de la naos se abren al visitante que entra o sale de los habitáculos de las fragmentadas tribunas y espacios laterales; la luz juega con las imágenes de la cúpula, las trompas de los ángulos, el ábside y las bóvedas de los brazos de la cruz; resbala sobre el mármol que reviste las paredes, las pilastras y las enjutas en refinadas composiciones de placas de color gris claro y oscuro, púrpura y oliva. Las placas están enmarcadas por cenefas de billetes y separadas del piso de las galerías por un friso de hojas enhiestas, blancas sobre un fondo negro azulado y de un dibujo de notable libertad. Toda pesadez se ha difuminado -Krautheimer- para dar paso a la elegancia, mientras que la iluminación se ha vuelto sumamente matizada. El exterior: un cubo, rematado por un bajo cimborrio octogonal y la curva de una cúpula aplanada, presenta un diseño tan sencillo como atractivo. Simples ventanas perforan el cimborrio, ventanas dobles y triples calan los costados. Un alto vano tríforo se abre en los extremos, subdividido en la parte baja por columnillas y coronado por una triple ventana de hombreras. Arcos apoyados en anchas semicolumnas anclan las ventanas al muro. El ladrillo se usa en las jambas y tímpanos de las ventanas y se extiende entre los sillares del zócalo. Únicamente en la parte superior de los muros, hay un verdadero cloisonné, aunque, a menudo, enmarcado por verdugadas dobles de ladrillo, en vez de sencillas. La forma del templo, la composición armoniosa de toda la masa y la ejecución artística, incluso en los más mínimos detalles, confieren a esta iglesia una ligereza y una gracia que la convierten en el modelo arquitectónico más perfecto de un conjunto entre los que pueden citarse, la Panagia Licodemo de Atenas, la mayor de las iglesias medievales atenienses y en la que una inscripción funeraria recuerda la muerte de su fundador en 1044; la iglesia episcopal de Christianu en Trifilia -Peloponeso-, del año 1086; el famoso monasterio de Dafni, de fines del siglo XI y cerca de la antigua Eleusis o la de los santos Teodoros de Mistra, de época mucho más avanzada.