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A lo largo de un siglo, entre 1250 y 1350 aproximadamente, la ciudad de Teruel vivió al compás de su desarrollo urbano un extraordinario periodo de esplendor del arte mudéjar, de valor tan excepcional que la UNESCO le ha otorgado, en 1986, el título de Patrimonio de la Humanidad. El mudéjar es un fenómeno singular, privativo del arte español, nacido y desarrollado en la España medieval cristiana como consecuencia de la pervivencia de lo islámico, una realidad artística nueva en la que se funden elementos formales de Oriente y de Occidente y que, como apostillase Menéndez Pelayo, constituye el único estilo artístico del que España puede presumir como propio. La riqueza y diversidad del mudéjar hispánico encuentra en la ciudad de Teruel un foco singular de inusitada importancia. El mudéjar turolense se halla en relación tan estrecha con las circunstancias históricas de la fundación y del desarrollo urbano de la ciudad que los primeros pasos para su mejor comprensión deben darse, en sentido estricto, recorriendo el solar medieval de la ciudad. El nombre de Teruel deriva del topónimo árabe Tirwal, con el que las fuentes árabes se refieren a un núcleo poblacional islámico del que no se ha podido establecer su emplazamiento ni su verdadera dimensión. Así, pues, tal como defiende el malogrado historiador medievalista Antonio Gargallo, la ciudad de Teruel fue fundada de nuevo por el rey aragonés Alfonso II, tras alcanzar por conquista estas tierras altas del Sur de Aragón en el año 1171, decidiendo asentar un núcleo de población cristiana en esta zona de frontera, a modo de avanzadilla aragonesa frente al poder de los almohades, que se mantenía intacto en la ciudad de Valencia, concediéndole su fuero en el año 1177. Estas circunstancias históricas de la fundación de la ciudad van a reflejarse tanto en el plano urbano como en la estructura social de su población medieval y en sus manifestaciones artísticas. El recinto medieval, emplazado sobre una alta muela bordeada de profundos barrancos, en la margen izquierda del río Turia, responde al modelo de ciudad cristiana ideal, impulsado a partir de este momento por la Corona de Aragón en la repoblación del Levante peninsular. Es una ciudad de planta rectangular amurallada, de trazado hipodámico, sólo roto por el relieve en su cota más alta, al sureste, mientras en el resto se mantiene el trazado regular de sus calles, con cuatro puertas principales de entrada en el centro de sus lados, orientadas a los cuatro puntos cardinales, y que reciben los nombres de puerta de Daroca (al Norte), de Zaragoza (al Este), de Valencia (al Sur) y de Guadalaviar (al Oeste), conservándose en la actualidad tan sólo la primera de las citadas. Desde estas puertas parten las calles principales, que se cortan transversalmente en el centro, donde se abre la plaza mayor o del mercado, hoy denominada plaza del Torico. La ciudad quedó repartida en nueve parroquias, con la principal dedicada a Santa María de Mediavilla, actual catedral, en su centro teórico, mientras las ocho restantes se distribuían cuatro a cada lado, con una perfecta integración de su arquitectura en el plano urbano. En efecto, una de las notas peculiares del urbanismo turolense consiste en que las torres de las iglesias se elevan en su parte baja sobre un gran arco apuntado, que permite el paso de la calle bajo el mismo, con lo que estos campanarios mudéjares, además de su función religiosa, jugaban un importante papel de control viario. Al no existir una ciudad musulmana anterior sobre este solar, como se ha defendido, tampoco hubo en origen una aljama de moros ni un espacio cerrado para la morería. Precisamente el carácter peculiar de la morería turolense consiste en que se formó por moros inmigrados, primero por moros cautivos, procedentes de la reconquista de Valencia, redimidos por el trabajo y después, en 1285, por una campaña de repoblación mudéjar apoyada por el rey Pedro III. Por esta razón los mudéjares no fueron alojados en una morería cerrada y emplazada fuera de los muros de la ciudad, como era lo habitual, sino en régimen abierto, dispersos por el caserío, con una particular concentración al Norte, entre la puerta de Daroca y la iglesia de San Martín. Esta condición de inmigrados de los mudéjares turolenses ha dejado una profunda huella en las características formales del arte mudéjar, verdadero foco de novedades estructurales y ornamentales llegadas de fuera. Por lo que respecta a la estructura social de la población, al tratarse de una ciudad de frontera frente al Islam, ha de valorarse asimismo el peso político de los caballeros villanos, que intervinieron de un modo decisivo en la reconquista levantina y en la configuración de una sociedad militarizada, tal como se corrobora en las escenas de cabalgada, torneo y caza representadas en la techumbre mudéjar de la catedral. Estructura social y arte mudéjar andan intrínsecamente relacionados. Podemos entrar en el recinto medieval de la ciudad desde el Oeste, por la desaparecida puerta de Guadalaviar; a muy escasa distancia se alza la torre mudéjar de El Salvador, que domina vigilante la calle a la que da nombre en el recorrido hasta la plaza mayor. De la fábrica medieval de la parroquia de El Salvador tan sólo se ha conservado esta torre mudéjar, ya que la iglesia actual fue edificada de nuevo en estilo barroco, tras hundirse la primitiva el 24 de mayo de 1677. La torre de El Salvador no se halla datada documentalmente, aunque por sus características formales, muy similares a la San Martín (1315-16), se le asigna la misma cronología. En todo caso estas fechas concuerdan con la noticia, publicado por Alberto López Polo, según la cual el 11 de abril de 1277, el obispo de Zaragoza, don Pedro Garcés, autorizaba al racionero de la parroquia de El Salvador, mosén Pedro Navarrete, a obtener fondos en toda la diócesis para destinarlos a la obra de la iglesia y campanar de la misma. Una inscripción sobre la piedra sillar que refuerza la base de la torre nos informa de que esta obra de consolidación fue realizada en el año 1650. La torre ha sido restaurada varias veces en el siglo XX, la última a cargo de los arquitectos Antonio Pérez y José María Sanz. Su interior ha sido dispuesto para la visita turística, por lo que esta torre de El Salvador es la más adecuada para subir hasta el cuerpo de campanas y constatar la estructura interna, similar a la de los alminares de época almohade. Se comprueba que está formada por dos torres, la exterior de ladrillo y la interior de mampostería de yeso, quedando entre ambas las escaleras, con la torre interior dividida en tres estancias en altura, cubiertas, una con bóveda de crucería y otras dos con cañón apuntado. Esta disposición va coronada en lo alto por el cuerpo de campanas. Algunas notas formales corroboran el carácter evolucionado y tardío de esta torre, la más reciente de todas las turolenses si no tenemos en cuenta la desaparecida y efímera torre de San Juan, conocida como "la fermosa", construida en 1343-44 y destruida, ya en 1366, con motivo de la ocupación de ciudad por las tropas castellanas durante la guerra entre Pedro I de Castilla y Pedro IV de Aragón. Así, el arco de la parte baja, que da paso a la calle, ya no cierra con bóveda de cañón apuntado, como en las otras, sino con bóveda de crucería sencilla. Mayor madurez artística se advierte asimismo en el sistema decorativo, en el que alcanzan cada vez mayor extensión los grandes paños ornamentales en ladrillo resaltado. Ello sucede tanto con los paños de arcos mixtilíneos entrecruzados como con las series de lazos de cuatro formando estrellas de ocho puntas combinadas con cruces. Incluso las bandas en zig-zag se potencian al hacerse dobles. Por lo demás, la cerámica aplicada sigue la tendencia formal ya presente en la torre de San Martín, es decir, una mayor variedad de piezas, menor formato de las mismas y más amplia gama de colorido. Con todos estos elementos formales se logran efectos de falta de peso y de movilidad luminosa, que son pervivencia de la estética islámica en la arquitectura mudéjar. Próxima a la plaza mayor, hacia el Sureste, la torre de San Pedro se eleva a los pies de la iglesia y su construcción, datable a mediados del siglo XIII, pondría fin a una primera campaña edilicia románica, de la que sólo se ha conservado la torre. Por su tipología y decoración, esta torre de San Pedro ha sido relacionada siempre con la de Santa María, que según la documentación turolense fue construida entre 1257 y 1258. Esta torre de San Pedro se puede datar, según los últimos análisis, en 1240, por lo que algunos estudiosos defienden su precedencia cronológica sobre la de Santa María. El cuerpo original de campanas fue macizado en el año 1795 para sobreponerle un remate de sobrio carácter neoclásico. Tras la guerra civil española de 1936-39, el arquitecto Manuel Lorente Junquera eliminó el remate neoclásico, recuperando el cuerpo original de campanas. Hoy, de nuevo, la torre ha sido restaurada por Antonio Pérez y José María Sanz. Esta torre, como las demás, abre en la parte baja en arco apuntado, aquí de doble rosca, dejando pasar la calle bajo la misma. Comparte con la de Santa María una estructura interior de tradición cristiana, constituida por una sola torre, dividida en pisos. También comparte con la de Santa María el sistema ornamental, en el que destaca el friso de arcos de medio punto entrecruzados, cuyo precedente formal islámico se encuentra en la fachada de la mezquita de la Aljafería de Zaragoza, así como la aplicación de la cerámica mudéjar en su serie verde y manganeso. Entre los elementos de interés ornamental de la torre se cuenta una serie de capiteles en piedra tallada. Mariano Navarro Aranda ya llamó la atención sobre uno de ellos, en el que se representa una hamsa o mano de Fátima, tema que, según Juan Antonio Souto, fue introducido por los almohades, con representación en la cerámica esgrafiada de la primera mitad del siglo XIII y que simboliza básicamente la fe del Islam y la protección contra los maleficios. La actual fábrica mudéjar de la iglesia de San Pedro sustituyó a la anterior de época románica, ya aludida; a la fábrica actual se refieren, sin duda, algunas noticias documentales exhumadas por Alberto López Polo, como la de su construcción, en 1319, la obligación de edificar su claustro por parte de Francisco Sánchez Muñoz en 1383 y, por último, la consagración de la iglesia en 1392. Todas estas noticias casan bien con las características estructurales y formales de la actual iglesia de San Pedro, que sigue la tipología de iglesia-fortaleza mudéjar establecida en la iglesia parroquial de Montalbán, particularmente en la zona del ábside. Este ábside es de planta poligonal, de siete lados, con capillas entre los contrafuertes, y con la característica tribuna o andito sobre las capillas. Por el exterior este ábside de San Pedro se halla muy decorado, con paños de ladrillo resaltado, y con contrafuertes que se alzan en forma de torreoncillos octogonales, más esbeltos y desarrollados que en la iglesia parroquial de Montalbán, a los que imitan, con un aire orientalizante. Tanto el interior de la iglesia como el del claustro fueron objeto de una reforma modernista en la primera década del siglo XX, en la que intervinieron el arquitecto Pablo Monguió Segura y el pintor decorador Salvador Gisbert, una actuación que modificó profundamente todo el conjunto. En la actualidad se trabaja con lentitud en un vasto proyecto de restauración del monumento. La catedral de Santa María está situada cercana a la plaza mayor, en el centro de la ciudad, haciendo gala de su advocación antigua de iglesia Santa María de media villa, ya que no adquirió el rango de catedral hasta el año 1587, fecha en que se creaba la diócesis de Teruel. Como en el caso de San Pedro, la torre de Santa María es también el elemento más antiguo de todo el conjunto y fue construida, como se ha dicho, entre 1257 y 1258, cerrando asimismo una campaña edilicia románica desarrollada durante la primera mitad del siglo XIII. Aunque aquí las tres naves de época románica no fueron demolidas sino consolidadas, reduciéndose a la mitad el número de los arcos de separación de las mismas y recreciéndose sus muros en altura, que conforman las tres naves actuales, de las que la central se cubre con la famosa techumbre mudéjar. Los análisis recientes han dado la fecha de 1250 para esta torre de Santa María, que coincide con su datación documental. Junto con la coetánea de San Pedro constituye el arquetipo más antiguo de torre mudéjar turolense, entre cuyos elementos peculiares destaca en primer lugar el arco apuntado de su parte inferior, que deja pasar bajo el mismo el trazado viario, una fórmula que cuenta con suficientes precedentes en la arquitectura de la época, incluida la italiana. De este modo las torres campanario se integran de manera perfecta en el sistema urbano. Asimismo hay que destacar los aspectos ornamentales de raigambre islámica, ya señalados para la torre de San Pedro, es decir, los arcos de medio punto entrecruzados y la cerámica en verde y manganeso aplicada como decoración arquitectónica en sus diversas formas de azulejos, discos o platos y fustes. En el interior de la catedral la techumbre mudéjar que cubre la nave central constituye una obra singular y única en el mudéjar hispánico, tanto por su estructura como por su decoración, confluyendo en ella dos tradiciones artísticas, la islámica de raíz oriental y la cristiana de raíz occidental, que se funden en una manifestación artística nueva. Ha sido denominada "Capilla Sixtina" del arte mudéjar. Aunque se carece de referencias documentales sobre su realización, todos sus elementos apuntan a una cronología relativa situable en el último cuarto del siglo XIII. Por lo que hace a la crítica de autenticidad, durante la última guerra civil de 1936-39 una bomba destrozó la última sección de los pies, restaurándose posteriormente de forma abusiva toda la techumbre, entre 1943 y 1945, por técnicos de Regiones Devastadas. Últimamente, entre 1996 y 1999, se ha realizado una campaña de intervención bajo la dirección técnica del Instituto del Patrimonio Histórico Español, habiéndose llevado a cabo una destacada labor de estudio, limpieza, consolidación y tratamiento de esta techumbre. Estructuralmente conforma una armadura de madera de par y nudillo, con dobles tirantes, dentro de la tradición de la carpintería almohade. No es muy frecuente la conservación de armaduras de este tipo tan antiguas, habiéndose señalado algunos ejemplos coetáneos en la ciudad de Toledo (en la iglesia de Santiago del Arrabal y en la sinagoga de Santa María la Blanca). En el caso de la catedral de Teruel, cuyas naves habían sido recrecidas sin dotarlas de los contrafuertes necesarios para su posible abovedamiento, esta techumbre aportaba una solución de cubierta muy adecuada ya que su estructura reparte la carga por igual sobre los muros. Mayor es todavía el interés artístico de la ornamentación tanto geométrica como vegetal y, en particular, la figurada, que atesora un repertorio de imágenes sin igual. Aplicada al temple sobre la madera y en estilo gótico lineal, no predominan las imágenes sagradas, entre las que destaca un ciclo de la Pasión, sino las profanas, con representación de las diferentes clases sociales y de sus actividades. Llaman la atención las escenas de cabalgada, torneo y caza de los caballeros villanos, así como los diversos oficios y trabajos de los carpinteros, de los pintores o de los músicos. Otras imágenes, de carácter alegórico o simbólico, proceden de la tradición figurativa de los bestiarios o pueden estar relacionadas con los temas literarios. Sin embargo, no se aprecia un orden coherente en la disposición de las imágenes en el espacio de la techumbre y los estudiosos han discutido sobre su función y significado general. En una valoración global de esta obra no hay que olvidar el horizonte histórico que la hizo posible, es decir, de la ciudad y de la sociedad turolenses en torno a 1285. Tras el recrecimiento de las naves en altura y la instalación de la techumbre mudéjar, las obras de la catedral continuaron hacia la cabecera, realizándose el crucero y los ábsides en 1335. Hay que esperar a la Edad Moderna, cuando la necesidad de una iluminación más potente para el nuevo retablo mayor del escultor Gabriel Joly, realizado en primorosa talla de madera en su color y asentado en el año 1536, obliga a plantear la construcción de un nuevo cimborrio. Fue diseñado por el maestro Juan Lucas, alias Botero, y construido en 1538 bajo la dirección de Martín de Montalbán. Este cimborrio de la catedral de Teruel es, por cronología, el segundo de los aragoneses, tras el de La Seo de Zaragoza, cuya estructura de raigambre musulmana reproduce, si bien al exterior son más evidentes ya los nuevos elementos formales del Renacimiento, como los bustos clipeados. Es la única manifestación del mudéjar turolense que por cronología queda fuera del siglo de esplendor medieval. Hacia el Norte de la ciudad medieval, dominando la calle longitudinal de Los Amantes, sobre la que se eleva, muy próxima a la puerta de Daroca, la torre mudéjar de San Martín es, como en el caso de El Salvador, el único resto mudéjar de la parroquia de su nombre, habiendo sido transformada por completo la iglesia en época barroca. Esta torre fue construida entre 1315 y 1316 según la documentación turolense, como se ha dicho. Su reparación es la más antigua conocida, puesto que según datos documentales, utilizados ya por José María Quadrado, la torre fue profundamente reparada por el ingeniero y arquitecto francés Quinto Pierres Vedel, entre 1549 y 1551. La reparación consistió básicamente en construir en la parte baja de la misma un muro de piedra sillar en talud, que le sirve de apeo. Se adquirieron entonces unas casas al monasterio de la Santísima Trinidad para desembarazar la torre de construcciones anejas y proporcionarle una plaza ante la misma, idea urbanística moderna. En el siglo XX ha sido objeto de diversos estudios y restauraciones, destacando los de Ricardo García Guereta en 1926. La torre de San Martín sigue por un lado fiel al sistema turolense de abrir un arco en la parte baja para dar paso a la calle, pero por otro introduce una destacada novedad estructural, la de alminar almohade, ya vista en la torre de El Salvador y que las diferencia del arquetipo antiguo de las torres de Santa María y San Pedro. También son muy notables las novedades ornamentales, sobre todo en la labor de ladrillo resaltado, donde es evidente el influjo almohade en las composiciones. Además, la decoración cerámica muestra un importante avance sobre la etapa anterior, al enriquecer la gama cromática y la variedad de las piezas aplicadas, disminuyendo por otra parte su tamaño. Como recordaba Francisco Íñiguez, estas torres no son otra cosa que un alminar islámico al que se le ha superpuesto un cuerpo cristiano de campanas. La de San Martín es, sin duda, el arquetipo más logrado, incluido un defecto inicial, el no haber resuelto adecuadamente la cubierta del cuerpo de campanas ya que, a fin de cuentas, constituye un elemento extraño al sistema de trabajo mudéjar.
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Entre 1250 y 1350 la ciudad de Teruel vivirá un periodo de esplendor del arte mudéjar. El recinto medieval turolense presenta una planta amurallada, con cuatro puertas orientadas a los puntos cardinales: la de Daroca, al norte; la de Zaragoza, al este; la de Valencia, al sur y la de Guadalaviar, al oeste. Desde estas puertas parten las principales calles que se cortan en el centro, donde hoy se sitúa la plaza del Torico. La Torre de El Salvador se alza en las cercanías de la puerta de Guadalaviar. Se levantó en los primeros años del siglo XIV y está constituidas por dos torres: la exterior, de ladrillo, y la interior, de mampostería, quedando entre ambas las escaleras. El arco de la parte baja se cubre con bóveda de crucería. En la decoración podemos observar una sucesión de arcos mixtilíneos entrecruzados y series de lazos de cuatro formando estrellas de ocho puntas combinadas con cruces. La Torre de San Pedro se eleva en las proximidades de la Plaza Mayor. Se fecha a mediados del siglo XIII y en su parte baja encontramos el habitual arco apuntado, de doble rosca. En el sistema ornamental se destaca el friso de arcos de medio punto entrecruzados, así como las tonalidades verdes de su cerámica. En el centro de la ciudad se halla la Torre de Santa María, la catedral. Fue construida entre 1257 y 1258, destacando algunas particularidades como el arco apuntado de la parte inferior, la decoración en tonalidades verdes o los arcos de medio punto entrecruzados. Hacia el norte de la urbe se ubica la Torre de San Martín, construida entre 1315 y 1316. Sigue fiel al sistema de abrir un arco en la parte inferior, así como a la decoración de ladrillo resaltado y cerámica, enriqueciendo la gama cromática y reduciendo el tamaño de las piezas. Como bien dijo Francisco Iñiguez, estas torres no son otra cosa que un alminar islámico al que se le ha superpuesto un cuerpo cristiano de campanas.
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El final del frente Norte pudo hacer concebir a los observadores la posibilidad de que la guerra civil española quedara liquidada en unos pocos meses. Aparte de la superioridad material y militar conseguida en tierra desde septiembre de 1937, los envíos de material soviético se veían dificultados por los submarinos italianos y por la propia flota nacionalista, mientras que la republicana estaba a la defensiva después del hundimiento por accidente del Jaime I. Problemas surgidos en el Extremo Oriente hicieron que la URSS se sintiera mucho más presionada por ellos y esto explica que el número de sus aviadores en la España republicana tendiera a disminuir. Todo parecía, por tanto, ofrecer los mejores presagios a Franco pero acabaron por verse incumplidos: la realidad fue que, por el contrario, la lucha se prolongó y en dos ocasiones sucesivas, durante las batallas de Teruel y el Ebro, el embajador alemán escribió a Hitler que el conflicto español no tenía una solución militar posible. Estas dos operaciones militares fueron imaginadas por Rojo, convertido en general después de finalizada la campaña del Norte. Paradójicamente, la primera de estas batallas no tenía, originariamente, en sus propósitos, más que la pretensión de ser un simple golpe de mano sin idea de explotación y sin más finalidad inmediata que atraer a las reservas adversarias a fin de hacerlas combatir en una posición poco aceptable para ellas. Rojo tenía, en cambio, como gran plan estratégico la realización del llamado "plan P" consistente en tratar de romper la zona adversaria mediante un ataque en Extremadura. El general Rojo no creía que Franco pudiera reemprender la ofensiva hacia Madrid, pues eso supondría para él "la aventura de un nuevo descalabro con el consiguiente desgaste y pérdida de tiempo". Sin embargo, en contra de lo que parece la lógica militar, que le hubiera hecho pensar en una ofensiva en dirección a Cataluña, Franco estaba en este momento dispuesto a emprender la quinta batalla de Madrid. El ataque a Teruel estuvo bien elegido por el Frente Popular: la capital aragonesa venía a ser como "una pistola que apuntaba al corazón de Levante", pero estaba escasamente fortificada, con unas comunicaciones difíciles que eran batidas por el adversario y una guarnición muy de segunda fila en calidad y material. El ataque convergente llevado a cabo por el Ejército Popular, emprendido por buenas unidades con unos efectivos muy superiores, consiguió cercar Teruel a mediados de diciembre reduciendo la resistencia a unas cuantas posiciones. Zugazagoitia llegó a decir que era "la primera empresa seria que nos salía bien", en lo que tenía razón porque la bolsa se cerró con sólo 300 bajas y todos los propósitos de los atacantes parecían haberse cumplido. Un intento de auxilio por parte de las tropas de Franco, realizado con intensísimo frío y con una especie de penetración en punta de lanza, como en el socorro a Oviedo, fracasó, y al final de la primera semana de enero de 1938 se rindieron las últimas posiciones de los franquistas. El comandante Rey d'Harcourt que las mandaba fue acusado por supuesta negligencia, pero en realidad si no pudo mantener una defensa como la de Moscardó en el Alcázar de Toledo fue porque los sitiadores tenían una calidad combatiente muy superior. Concluida así la operación en la óptica de los atacantes, por dos veces Rojo llegó a abandonar el escenario de los combates con el propósito de incorporarse a la dirección de la operación verdaderamente decisiva que, en su óptica, era la de Extremadura. Sin embargo, como en tantas ocasiones anteriores, Franco decidió enfrentarse al Ejército adversario allí donde había recibido su ataque. El avance, sin embargo, se hizo penosísimo, siguiendo la táctica ya enunciada; de todos modos quienes han narrado la operación desde la óptica de los sublevados tienen razón al considerar que se trató "del éxito artillero más completo de Franco" (Martínez Campos), que así utilizó uno de los elementos de su superioridad material evidente. Con todo, a pesar de que en un momento las tropas del Ejército Popular abandonaron sus posiciones ante el adversario para luego volver a ocuparlas, la batalla no se decidió hasta que, a primeros de febrero de 1938, una maniobra en el flanco izquierdo de ataque hasta el río Alfambra hizo desplomarse el frente republicano en tan sólo tres días y con muy pocas bajas; a ello puede haber contribuido el hecho de que la zona estaba mal guarnecida por los defensores que seguían pensando que Extremadura era su principal eje de ataque. Gracias a esto en la segunda quincena de febrero Teruel, la única capital de provincia capturada por el Ejército Popular, fue reconquistada desde el Norte. En realidad, como admitió Zugazagoitia, lo sucedido demostraba que todavía estaba por nacer el nuevo Ejército y de ello eran también conscientes los adversarios. Kindelán, encargado por Franco de informar acerca de la calidad militar enemiga, llegó a la conclusión de que no había mejorado y de que, por tanto, "cualquier maniobra que emprendamos tendrá éxito". Así se demostraría en poco tiempo, pero Franco, habitualmente conservador y parsimonioso, no cambió su forma de actuación de manera decidida. Los atacantes mostraron sus debilidades no sólo respecto de la calidad de sus tropas sino por la forma de ejercer la unidad de mando, actuaron con demasiada confianza y consideraron liquidada la batalla cuando sólo empezaba. Los franquistas, por su parte, habían conseguido responder al adversario allí donde había atacado, pero a cambio de 40.000 bajas y sin utilizar sus reservas donde hubieran sido mucho más útiles. La dureza de los combates de Teruel coincide con el comienzo del empleo sistemático de un procedimiento de guerra especialmente brutal, aunque durante la segunda guerra mundial se generalizaría y empeoraría en sus dimensiones y efectividad. Los bombardeos a ciudades de la retaguardia fueron habituales a partir de este momento aunque los llevaron a cabo de modo más continuado los franquistas. Algunas de estas operaciones supusieron centenares de víctimas entre la población civil, principalmente en Barcelona, que a menudo fue alcanzada por aviones italianos, que incluso partían de sus bases metropolitanas. Poco después de la batalla de Teruel también tuvo lugar un repentino cambio en el balance de fuerzas de los dos bandos cuando, a principios de marzo de 1938, el crucero nacionalista Baleares fue hundido. A partir de este momento la recuperación de otras unidades republicanas (como el crucero Cervantes) proporcionó una superioridad a los gubernamentales que no supieron aprovechar. Para comprender lo sucedido en las semanas siguientes hay que tener en cuenta que el resultado de la batalla de Teruel afectó muy gravemente a la moral de resistencia del Ejército Popular, hasta el punto de que el propio Rojo hablaba del "enorme estado de desmoralización" así como de que los nuevos reclutas "no servían para nada". En estas condiciones se explica que al iniciarse el ataque de las tropas de Franco se produjera un auténtico derrumbamiento del frente. El comienzo del mismo no tuvo lugar a la salida de Teruel sino al sur del Ebro, en dirección a Belchite y Caspe, en la segunda semana de marzo. El desmoronamiento del Ejército Popular fue tal que se produjeron desbandadas de hasta 20.000 ó 25.000 hombres, que empleaban la violencia para huir y que a veces eran detenidos por fuerzas de orden público. Los franquistas habían actuado por sorpresa (pues el enemigo esperaba el ataque en Guadalajara) y emplearon muy bien la aviación en persecución del adversario; en una semana avanzaron 100 kilómetros, tomaron 7.000 kilómetros cuadrados de superficie con un centenar de pueblos, capturaron 10.000 prisioneros y se hicieron con las rutas que conducían hacia el mar. A mediados de marzo Franco decidió seguir la ofensiva en una doble dirección, al norte del Ebro y hacia el mar. En la primera de las zonas indicadas sólo esa desmoralización existente en el Frente Popular explica que las fuertes líneas de defensa existentes en torno al río Cinca no fueran prácticamente utilizadas. De nuevo se produjo el derrumbamiento del frente con la conquista de 15.000 kilómetros cuadrados por el adversario y una penetración de 100 kilómetros. A fines de marzo las tropas de Franco penetraban en Cataluña y el 4 de abril fue tomada Lérida; Franco dio instrucciones de no encarcelar necesariamente a todo el que hablara el "dialecto" catalán, "aun de buena fe", lo que indicaba el destino que les esperaba a las instituciones autonómicas. En realidad, la detención de sus tropas se produjo por puro cansancio porque el adversario estaba incapacitado para la resistencia y sólo en la zona del Pirineo (en torno a Bielsa) se produjo una encarnizada resistencia. "Desde el Ebro hacia el Norte -escribió Rojo- nuestro frente prácticamente no existe pues la mayor parte de las tropas que constituían el Ejército del Este como las enviadas en refuerzo se hallan desarticuladas entre sí, sin constituir frente defensivo y la mayor parte están desorganizadas y retrocediendo, víctimas de un fenómeno de pánico". Prieto, que "exultaba" cuando sus tropas tomaron Teruel, consideró lo sucedido como un "desastre sin compostura". En efecto, así había juzgado Rojo que sería una división del territorio controlado por el Frente Popular, la cual tuvo lugar a mediados de abril. Las otras dos operaciones no eran más que auxiliares, pero la llegada al mar con la toma de Vinaroz y la conquista de 6.400 kilómetros cuadrados necesariamente había de desempeñar un papel decisivo en el desenlace de la guerra. Lo sucedido jugó un papel de primera importancia en el estallido de la crisis política del Frente Popular y explica el desánimo de no pocos. El aviador Tarazona, por ejemplo, narra en su libro de Memorias: "En un mes el enemigo barrió nuestras tropas en tierra y a nosotros en el aire; nuestro triunfo de Teruel había sido anulado y la impotencia nos hacía llorar de rabia". Curiosamente, un error estratégico de primera magnitud por parte de Franco vino en ayuda de los derrotados en Teruel. Lo lógico, en aquellos momentos e incluso desde antes, hubiera sido atacar Cataluña, pues en esa dirección ni siquiera parecía encontrar resistencia, aparte de que fuera un objetivo política y militarmente más importante. Sin embargo, tomó la decisión, calificada de "increíble" por algún historiador militar, de avanzar por el Maestrazgo hacia Valencia en contra de la opinión de algunos de sus consejeros militares e incluso "en neta discrepancia" con su Estado Mayor (Kindelán). Se ha dicho que Cataluña era un objetivo importante pero también un avispero, porque podía provocar la intervención francesa; aun así no se comprende que Franco pensara en que podía tomar Valencia con rapidez; es muy posible que creyera que en este momento tenía ya la victoria al alcance de la mano, porque no demostró excesiva prevención ante la eventualidad de una retirada de la Legión Cóndor. En cualquier caso, no podía haber sido elegido peor el terreno de la ofensiva donde se centraron los combates a lo largo de tres meses a partir de la tercera semana de abril: se trataba de una zona abrupta, pobre de comunicaciones y compartimentada como es el Maestrazgo en donde, además, la zona costera estaba dotada de buenas defensas. Miaja, al frente del Ejército Popular, llevó a cabo una nueva batalla defensiva como la de Madrid, escatimando sus fuerzas y escalonando la intervención de los refuerzos al mismo tiempo que multiplicaba las líneas defensivas; luego, el general Díaz de Villegas aseguró que ésta había sido la mejor batalla defensiva que libró el Ejército Popular. Por otro lado, los atacantes cometieron errores no sólo estratégicos sino también tácticos: en vez de elegir un sólo sentido para su progresión intentaron hacerlo mediante una pinza en una región que no permitía posibilidad alguna de maniobra y, además, emplearon tropas insuficientes, lo que les obligó a modificar su despliegue hasta cuatro veces introduciendo refuerzos, que nunca bastaron para romper la resistencia adversaria. Sólo en el mes de mayo parece haber pensado Franco en la posibilidad de optar por cambiar el frente de su ofensiva, después de que incluso Kindelán le escribió en ese sentido, y en la zona catalana, reorganizado el Ejército Popular, se pasó a un tanteo ofensivo por el frente leridano. Sólo a mediados de junio pudo ser tomado Castellón y aunque la lucha siguió hasta el mismo momento de la ofensiva del Ejército Popular en el Ebro su éxito fue poco significativo. Las tropas de Franco estaban ya detenidas en la llamada línea X-Y-Z y las posibilidades de obtener una victoria rápida, patentes a la altura de abril, eran, en pleno verano, tan sólo un recuerdo. El Ejército Popular había ganado una batalla, aunque fuera sólo defensiva.
termino
acepcion
Pequeña pieza de piedra, mármol, vidrio o pasta empleada para confeccionar un mosaico.
Personaje Militar Político
Teseo es para los atenienses el héroe por excelencia, comparable a Heracles. Era hijo del rey Egeo pero pasó su juventud en la patria de su madre, en el sur de Grecia. Cuando alcanzó la adolescencia se fue a Atenas, eliminando los numerosos bandidos que proliferaban en la ruta terrestre. En la ciudad ática se ofreció como miembro de la ofrenda al rey Minos: siete muchachos y siete doncellas debían ser entregadas cada nueve años; los jóvenes eran entregados al llegar a Creta al Minotauro. Una vez en Creta, la hija del rey Minos, Ariadna, se prendó de la belleza de Teseo y evitó que fuera sacrificado el joven. Para ello Ariadna acudió al constructor del laberinto donde vivía el Minotauro, Dédalo, quien le indicó que atara un hilo a la puerta y lo desenrollara conforme iba avanzando. Teseo siguió las instrucciones y llegó a la cámara del monstruo donde le dio muerte. A continuación volvió sobre sus pasos y rescató a los demás jóvenes atenienses. Junto con Ariadna se embarcaron hacia Atenas, haciendo escala en la isla de Naxos donde quedó Ariadna. Al regresar a Atenas, Teseo olvidó colocar una vela blanca en señal de victoria por lo que su padre pensó que había sido sacrificado en Creta. Egeo se tiró al mar y en su memoria este mar lleva su nombre. Teseo reinó en Atenas para pronto instaurar la democracia. En la capital del Atica se convertirá en defensor de los débiles y oprimidos pero no por ello dejará de realizar aventuras. Fue al país de las amazonas para tener un hijo con su reina, participó en la expedición de los Argonautas para conquistar el Vellocino de Oro y tomó parte en la caza del jabalí de Calidonia, salvando la vida de su amigo Piriteo. También estuvo en la lucha de los lapitas contra los centauros, que tuvieron lugar en la boda de Piriteo, cuando los ebrios centauros decidieron raptar a las mujeres. Raptó a la todavía niña Helena -más tarde desencadenará la Guerra de Troya- y viajó hasta el Hades con Piriteo, siendo liberado por su primo Heracles. Teseo en sus últimos años se casó con Fedra, la hermana de Ariadna. Fedra se enamoró de Hipólito, el hijo de Teseo y la amazona, por lo que decidió suicidarse, acusando en una carta al joven Hipólito de haberla mancillado. Teseo envió al destierro al inocente Hipólito, muriendo antes de alcanzar el exilio. Artemisa reveló la verdad a Teseo y el héroe abandonó su patria, encontrando la muerte en la corte de su amigo Licomedes.
obra
Se inserta dentro de la serie de dibujos de tema mitológico realizados entre 1627 y 1630, junto a Júpiter y Antíope o Dos amorcillos combatiendo. Evoca los amores de Ariadna, hija del rey cretense Minos, y Teseo, joven ateniense que había sido enviado a la isla a combatir con el Minotauro, el monstruo mitad toro mitad hombre que vivía recluido en el Laberinto, y al que se ofrecían sacrificios humanos. Para evitar la posible pérdida de Teseo dentro del Laberinto, Ariadna, enamorada, entrega al héroe un ovillo de hilo mágico, que le conducirá ante el Minotauro. Tras lograr acabar con la vida del monstruo, Teseo y Ariadna huyen a la isla de Naxos. Por la noche, mientras ella duerme, Teseo embarca con sigilo y la abandona, incumpliendo sus promesas a la princesa. Esta es la escena representada con hondo lirismo por Poussin. A la derecha de la composición, cae, apagándose, la antorcha del amor. A la izquierda, el barco de Teseo aguarda ya con los remos alzados, listo para navegar. Con el sombreado a la aguada, Poussin refleja con destreza el doble crepúsculo, el final del día y la extinción del amor.
obra
Esta pintura procedente de Pompeya es una de las obras maestras del cuarto estilo. De clara influencia helénica, el héroe aparece representado completamente desnudo. Teseo fue el gran héroe de la región del Atica que consiguió entre muchas otras hazañas, y con la ayuda de Ariadna, vencer al monstruo de cabeza de hombre y cuerpo de toro. Este mismo tema lo encontramos en un fresco de la basílica de Herculano.
contexto
Durante ese período los atenienses vivían distribuidos en pequeñas polis, con sus órganos de gobierno agrupados en torno a señores aristocráticos que concentraban en el oikos la actividad económica. Desde Teseo, los oikoi se unifican en un solo órgano político, con lo que desaparece la anterior función regia y se crea una nueva solidaridad que tiene su manifestación en la nueva polis, con una sola boulé y un solo pritaneo, gobernada por los arcontes. La tradición es capaz de reproducir nombres de arcontes desde el siglo XI. El proceso de transformación largo y seguramente conflictivo, que para alcanzar su plenitud hubo de durar con toda probabilidad a lo largo del período oscuro, queda sintetizado en el mito de Teseo. El período oscuro aparece dominado por la aristocracia gentilicia, con referencia a basilei, que tienden a quedar relegados frente a los arcontes vitalicios, representativos de un alargamiento del sistema, donde las rivalidades familiares se disuelven en la nueva solidaridad, necesaria para afianzar las nuevas formas de control de los bienes, cada vez más atractivos, y para resistir a las presiones de una población creciente. En esa época se consolida el sistema por el que cada una de las cuatro tribus (phylai) está dividida en tres phratríai y cada una de éstas en un número indeterminado de eugeneis, los de un genos conocido, gnorismoi, que monopolizan el mérito de las antiguas hazañas de guerras, aristeiai, y se erigen en áristoi, capaces de competir por la basileia. Pero frente a la competitividad se impone la solidaridad del sinecismo y el poder se ejerce por nueve arcontes, uno más destacado que da nombre al año, epónimo; otro que recibe el poder militar, polemarco, seguramente heredero del jefe del ejército regio, cuando el rey sobrevivía a pesar de no ser capaz de dirigir las fuerzas militares o no querer, porque tenía ya el suficiente prestigio para nombrar a un colaborador dedicado a ello; el tercero heredaría, como sacerdote, el título de basileus; finalmente, otros seis se encargan del establecimiento y custodia de las normas legales, thesmoi, los tesmótetas.