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En un recodo que forma la Vía Sacra en su empinado recorrido hasta el Templo de Apolo, a la entrada de la Estoa de los Atenienses, se levanta un templo pequeño erigido hacia el año 490. Es de orden dórico y tiene la forma canónica del thesauros con dos columnas in antis, obra de mármol de Paros. Lo que hoy vemos es la restauración llevada a cabo por los arqueólogos franceses en 1906 y, pese a la problemática inherente a ella, presenta la ventaja de devolvernos la idea original, la definición del orden dórico reducido a su esencia más sucinta. No faltaba en ella la decoración escultórica de frontones y metopas; aquéllos se han perdido; éstas, esculpidas con temas de amazonomaquia y hazañas del héroe ateniense Teseo y de Herakles, se conservan en el Museo de Delfos.
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Las formas carolingias, aprendidas a través del estilo del Maestro de Tréveris, se manifiestan en una serie de marfiles realizados en el entorno del obispo Notger de Lieja (972-1008). Esta pieza es una de las que mejor reflejan esta influencia, donde se aprecian los característicos conceptos de volumen y serenidad de las figuras a la antigua, que conocemos en el mismo tema iconográfico del Sacramentario de Lorsch.
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Las piezas del Tesoro de Torredonjimeno, en Jaén, representan a un taller andaluz en el que se imitaron los productos toledanos del llamado tesoro de Guarrazar, con materiales más pobres. Los descubridores creyeron que se trataba de simple bisuteria de latón y entregaron el lote de cruces y coronas a los niños para que jugasen; muchas joyas se desmenuzaron para hacer figuritas brillantes de barro.
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El 1 de diciembre de 1963 don José María Soler García descubría uno de los tesoros más importantes de la Edad del Bronce: el Tesoro de Villena. El hallazgo se realizó de manera casual, en unas obras ejecutadas en el casco urbano de la localidad de Villena, apareciendo unos brazaletes. El tesoro esta en el interior de una vasija de cerámica, en un agujero excavado a unos 20 centímetros de profundidad de la llamada Rambla del Panadero.La mayoría de las piezas son de oro de 23,5 kilates y en total pesan unos diez kilos. Estas piezas áureas debemos sumar un brazalete y un pomo de hierro y tres botellas de plata.El conjunto se conserva en el Museo Arqueológico José María Soler de Villena.
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Este brazalete procedente del Tesoro del Carambolo se decora con hileras alternadas de semiesferas y rosetas encapsuladas, separadas por líneas de pequeñas puntas, menos visibles. Se combinan en esta pieza las tradiciones mediterráneas, en las técnicas y formas decorativas, y las continentales o célticas, en la forma cilíndrica del brazalete. Las piezas de este tesoro pudieron servir para el adorno de una imagen de culto.
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El tesoro de Carambolo estaba oculto en un agujero abierto de una antigua cabaña de un poblado alto, tal vez un lugar de culto o un templo primitivo. Las 21 piezas que lo forman son de un oro muy puro, lo que demuestra una riqueza poco común. Este collar es la pieza más fina, con cadena de alambres trenzados, suspende un pasador bitroncocónico del que parten cadenillas con siete (antes ocho) colgantes en forma de sello signatorio. Es de un tipo frecuente en Fenicia o en Chipre.
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Este pectoral forma parte del tesoro reunido en una vasija de barro, y ocultado por los estratos que colmaban una cabaña del poblado alto de la colina del Carambolo, de época tartésica. Se fecha en la primera mitad del siglo VI a.C. Su aspecto más notable es la forma, que recuerda la de los característicos lingotes de cobre chipriotas, forma que pudo adquirir significado religioso por asociación a una divinidad protectora de la minería, como ocurrió en Chipre.
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Se trata de un fabuloso conjunto de objetos en piedras preciosas, metales nobles y vidrio tallado, que incluye vajillas, cofres, incensarios, etc. Proviene de una herencia de Felipe V, monarca español nieto del poderoso Luis XIV de Francia. La mayoría de las piezas son francesas, del Renacimiento y el primer Barroco, aunque hay algunos objetos medievales, plaquitas romanas, e incluso vasijas exóticas, provenientes de India y China.Se custodia en la cámara acorazada subterránea del Museo del Prado, siendo posible el acceso de los visitantes a la misma.