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Tras la Edad de Bronce se desarrolla la Edad de Hierro caracterizada por el empleo de utensilios y armas de hierro. Si bien en el Próximo Oriente aparecen instrumentos de hierro en el III milenio, no será hasta el siglo XIII a.C. cuando alcance un importante desarrollo en Anatolia , especialmente entre los hititas, quienes tendrán el monopolio de su uso durante un tiempo. Las relaciones comerciales impulsadas por griegos y fenicios motivarán la expansión del hierro hacia Europa donde se desarrollan entre el siglo VI y el III a.C. importantes culturas como la geométrica en Grecia, la villanoviana en Italia o Hallstatt y La Tène en Europa central. El desarrollo a gran escala de la agricultura, de los intercambios y de los poblados serán características destacadas de este momento prehistórico.
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La mala política tributaria y las derrotas militares de los anteriores emperadores iconódulos llevaron a León V (813-820) a una nueva restauración de la iconoclastia, a la que se oponían el patriarca constantinopolitano Nicéforo y muchos monjes, entre ellos el famoso Teodoro Studita, precisamente para controlar mejor al clero, que estaba cada vez más sujeto al emperador a consecuencia del desarrollo de aquella crisis. La segunda época iconoclasta fue menos dura en sus aspectos religiosos pero más en los sociales: hubo revueltas de iconódulos en Asia Menor en época de Miguel II (820-829) que continuarían en los decenios siguientes, mientras se perdían a manos de los musulmanes Creta (827) y Sicilia poco a poco a partir del ano 828, con lo que aumentó el peligro en Italia y Dalmacia, y el emperador Teófilo (829-842) era derrotado en la frontera de Asia Menor por los abbasíes, que se hicieron con el control de Amorium (838). Precisamente entonces llegó a su apogeo la aproximación entre bizantinos y jázaros, aliados contra los musulmanes y partícipes de intereses complementarios en el Norte del Mar Negro, donde se establecieron nuevos themas en la península de Crimea (Chersón). Las últimas represiones contra los adversarios de la iconoclastia ocurrieron en Constantinopla entre los años 837 y 842. Teodora, viuda de Teófilo y regente de Miguel III (842-867) restauró el culto a las imágenes y el equilibrio se fue recuperando, incluso en Asia Menor y alto Éufrates, donde los paulicianos fueron fuertemente reprimidos (toma de su bastión de Tefriké en el 872). Aquella restauración se vio favorecida por la debilitación de los abbasíes, aunque las primeras campañas contra tierras conquistadas por los musulmanes no tuvieron éxito: Creta (844), la frontera de Asia Menor y el delta del Nilo, entre 853 y 859. Por el contrario, la pacificación interior sí que tuvo influencia inmediata en materia eclesiástica, donde la autoridad imperial había crecido mucho: el patriarca Focio se vio plenamente apoyado en su querella con el papa Nicolás I, desde el año 858. Los rusos de Kiev y los varegos intentaron el asedio de Constantinopla en 860, pero en 867 un tratado de paz permitía el envío del primer obispo ortodoxo a Kiev. Mientras tanto, Cirilo y Metodio llevaban a cabo una misión en Moravia a partir del año 862, protegidos por el príncipe Rastislav, y elaboraban el alfabeto cirílico, primer vehículo escrito del eslavón, fundamental para la elaboración de su liturgia. Moravia se integró al cabo en la cristiandad latina pero la experiencia misionera se aplicó a continuación en Bulgaria, donde el zar Boris se bautizó en el año 864 y se extendió rápidamente una nueva iglesia organizada según el modelo griego aunque su sede principal o patriarcado, en Ochrida, quiso ser autónomo o autocéfalo para dejar clara la independencia búlgara, y se utilizó el eslavón y no el griego como lengua oficial. La salida de la crisis en el imperio se anunciaba, así, mediante tan importantes avances religiosos y culturales, y la misma ruptura de relaciones entre Roma y Constantinopla del 858 debe interpretarse en este contexto, no tanto como una querella sobre dogma y disciplina sino como pugna por el protagonismo en la conversión de los eslavos balcánicos: "el choque de las dos ambiciones espirituales, atizada por la competencia política entre los dos Imperios, de la que no es con frecuencia más un modo de expresión, no es un cisma pero conduce a él progresivamente porque cada parte se esforzará en devaluar los progresos de la otra poniendo en duda la pureza de su doctrina y de sus prácticas".
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La obra de la sillería de la catedral de Toledo absorbe la última actividad de Felipe Bigarny, muerto en 1542, en tanto que la del sepulcro de Tavera consume la de Berruguete, que muere en esta ciudad el año 1561. También Siloe se aparta de los tradicionales centros castellanos y sólo de forma esporádica trabaja fuera de Granada, donde muere el año 1563. Puede decirse que hacia los años medios del siglo XVI el Renacimiento español se ha definido en todas sus regiones merced a la labor dispersa de estos grandes maestros, y a partir de entonces van perfilándose centros diversos de la actividad escultórica castellana con peculiaridades propias, destacando el de Valladolid por la obra de Juni. La obra de Siloe y Berruguete influye en la escuela palentina, de uno de cuyos maestros, Juan de Valmaseda, se ha destacado su intervención en el retablo mayor de su catedral, su Calvario, de figuras secas como sarmientos, en la línea del expresionismo goticista. En esta escuela desarrolla su primera actividad Francisco Giralte, su maestro más representativo. Criado de Berruguete, con el que colabora en la sillería de la catedral toledana, reside en Palencia unos años hasta su traslado a Madrid. Su retablo de la capilla del doctor Corral, en la iglesia de la Magdalena de Valladolid, muestra su sabiduría en el arte de la retablística y de la composición, con figuras de potentes anatomías en actitudes muy manieristas. Su enfrentamiento con Juni a causa del retablo de la Antigua quizás decidió su marcha a Madrid, que ya se presentaba como mercado atractivo para los artistas. En el retablo de la capilla del Obispo de Madrid las masas corpóreas apagan el fuego berruguetesco en actitudes más serenas. La magnífica Piedad muestra su interés por el desnudo. La serie de sepulcros del fundador de la capilla y de sus padres es obra cumbre del arte funerario español, donde los bellos niños cantores que aparecen a los lados del arco que cobija al obispo orante atestiguan su conocimiento de lo italiano y su perfecta técnica del tratamiento de materiales duros, como el mármol. Otras escuelas como la de Toledo, siempre activa, se reaviva con la llegada de Berruguete y Bigarny. De rico patrimonio gótico como Burgos, pronto asimila la lección de estos maestros y así Gregorio Bigarny, el mejor colaborador de su padre. Casado con la hija de Alonso de Covarrubias interviene en diversas obras para la catedral toledana de las que destaca su bello medallón con la Imposición de la Casulla a San Ildefonso, en la silla Arzobispal del coro, ocupándose en Madrid del enterramiento del Obispo de Calahorra, don Alonso de Castilla, y otras obras para el desaparecido Santo Domingo el Real de Madrid cuyo orante y Virgen de la sacristía se conservan en el Arqueológico de esta ciudad. Juan Bautista Vázquez el Viejo, procedente de Avila, aparece trabajando al servicio de la catedral toledana desde el año de 1552. Unido a Nicolás de Vergara el Viejo en trato de compañía que a veces se amplía a otros artistas como Alonso de Covarrubias, deja bellas muestras de su quehacer, que definió Gómez Moreno como el desdoblamiento femenino de Berruguete, en toda la diócesis de Toledo, que incluye las tierras alcarreñas. Su bella Virgen con el Niño del retablo de Almonacid de Zorita, hoy en Torrelaguna, es composición de perfecto equilibrio entre fondo y forma que habla de su probable estancia en Italia en contacto con núcleos manieristas. En su quehacer se diluye el de Nicolás de Vergara el Viejo hasta que Vázquez marcha a Sevilla el año de 1561. Su famosa obra de los atriles en bronce dorado de la catedral toledana, tasados por el propio Pompeo Leoni el año de 1572, es obra cumbre de la escultura española. Ayudado por su hijo Nicolás de Vergara el Joven y un equipo conocedor de la difícil técnica del bronce, muestra en sus bellas escenas bíblicas alusivas a la música un marierismo más atormentado que Vázquez, en sus figuras de poderosas anatomías cubiertas con paños de pliegues sinuosos que se pegan al cuerpo de actitudes clasicistas. Otros centros menores como Avila, con el sedimento de la bella labor de Vasco de la Zarza, recibe también la influencia de Berruguete a través del delicado arte de Isidro de Villoldo, que trabaja en alabastro el retablo de San Segundo y el de la Flagelación, en su catedral y que es uno de los primeros castellanos que inicia el éxodo a Sevilla el año de 1553. Los centros de Sigüenza o Cuenca, bajo la influencia toledana, también atraen a artistas de valía como el inquieto Esteban Jamete, que cubre de bella labor a la italiana el arco de la catedral de Cuenca, o Madrid, adonde se desplazan Gregorio Bigarny y Giralte.
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En 1945 un solo Estado de Asia del Sudeste era independiente, Siam convertido en Tailandia en junio de 1939, pero en la Segunda Posguerra Mundial la emancipación de la región se convirtió en general. Los Imperios coloniales tradicionales habían demostrado su fragilidad en Asia como consecuencia de las victorias bélicas japonesas y además este contrincante, finalmente vencido, había fomentado con decisión los nacionalismos, dejándolos como herencia a sus antiguos adversarios. La segunda oleada de la descolonización tuvo como protagonistas, en primer lugar, a los pueblos de África del Norte para luego extenderse al África negra. Tras todos estos movimientos emancipatorios en Asia y África surgió una nueva realidad de cara a las relaciones internacionales. Estos nuevos países tenían como rasgos comunes el subdesarrollo y el crecimiento económico. En 1952 el demógrafo francés Alfred Sauvy empleó la expresión "Tercer Mundo" para designarlos en contraposición a la vez a los capitalistas y democráticos y a los comunistas. En un plazo corto de tiempo el panorama internacional se vio bruscamente transformado gracias a la aparición de estos países en el horizonte de las relaciones internacionales. Si, por una parte, modificaron la composición de las Naciones Unidas, al mismo tiempo se convirtieron en el lugar de competición entre Este y Oeste dado que resultaba demasiado peligrosa la confrontación directa. La ausencia de instituciones democráticas y un nacionalismo anticolonialista favorecieron la impresión de que podían cambiar la balanza de poder en el mundo aunque no existió nada parecido a un alineamiento completo y absoluto de los nuevos países con el comunismo. Si los occidentales erraron al considerar que los nacionalistas del Tercer Mundo eran comunistas, éstos también lo hicieron al pensar que un aliado ocasional se había convertido en una baza decisiva para el triunfo final de sus tesis.
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Más que conflictos exteriores fueron las disputas internas -sobre todo en Francia- las que provocaron el comienzo de la segunda fase de la Guerra de los Cien Años. En esta etapa Inglaterra estuvo muy cerca de conseguir su objetivo por méritos propios y por la crítica situación de Francia, sumida en una aguda guerra civil. El fortalecimiento de la monarquía francesa, el peso de Borgoña y las crisis inglesas fueron factores importantes en el desenlace final del conflicto.
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Los romanos habían tenido el primer conato de guerra contra Macedonia después de la guerra contra Aníbal que se había aliado con Filipo V en el 214 a.C. Si bien Roma había intervenido indirectamente reavivando sobre todo las hostilidades de Macedonia con otros estados griegos, principalmente con la confederación etolia, a su vez mantenía una alianza con Atalo, rey de Pérgamo, aúnque el origen de esta alianza permanece oscuro. Sabemos sólo que Atalo tenía relaciones amistosas con los etolios y que en el 211 a.C. fue incluido, como amigo de Etolia, en el tratado que ligó a Roma y los etolios contra Filipo V. Tras la batalla de Egina, en el 208 a.C., Sulpicio Galba, encargado de las operaciones militares, negocia con Filipo V la paz de Fenice. Mientras tanto, Antíoco III había rehecho, entre el 209-205, la unidad del reino seléucida, desde las costas del Mediterráneo hasta el Golfo Pérsico. En el año 204, tras la muerte de Ptolomeo IV Filopator, Egipto sufre una crisis interna motivada principalmente por problemas económico-sociales y se convierte en una fácil presa para Antíoco y Filipo. Ambos concluyen un tratado en el cual se establece una división anticipada de Egipto para los dos: la Celesiria -siempre reivindicada por el seléucida- y el propio Egipto serían para Antíoco y Macedonia poseería los dominios exteriores de Egipto en el Egeo, además de la Cirenaica, considerada tradicionalmente una extensión de la Grecia insular hacia el norte de Africa. Si los términos de este tratado eran sinceros o no es lo de menos. En cualquier caso Filipo, asegurada la neutralidad con Antíoco, se lanzó a una política de expansión que le permitió someter a varias ciudades del norte del Egeo y del Helesponto, preparándose para el control de las islas más occidentales. Rodas, viéndose amenazada, solicitó, junto con Atalo de Pérgamo, la intervención de Roma, después de que la flota de ambos estados se hubiera enfrentado con la de Filipo frente a la isla de Quíos con éxito incierto. El asunto, para Roma, era importante puesto que Pérgamo y sobre todo Rodas eran imprescindibles para garantizar la libertad del tráfico marítimo en la ruta de Oriente. El Senado envía a Emilio Lépido a negociar con Filipo. Se le exige que no atente ni contra las ciudades griegas ni contra las posesiones egipcias, además de imponerle el pago de una indemnización a Rodas y Pérgamo. Puesto que Filipo V -y no sin razón- consideraba que sus campañas en Grecia no alteraban los términos en que se había suscrito la paz de Fenice (que suponía la paz con Roma, no con Grecia, por lo que jurídicamente Roma no tenía justificación para intervenir, ya que no era amenazada por él) decidió rechazar tal ultimátum. Aúnque el Senado manifestó serias dudas sobre la declaración de la guerra, fueron sobre todo los negotiatiores que surcaban el Egeo quienes presionaron en favor de la intervención romana. Tanto si Filipo triunfaba sobre Antíoco como si se mantenía la alianza entre los dos, los intereses romanos se podrían ver amenazados. Sin duda también la consideración de la suerte que podría correr Egipto entraba en los cálculos romanos. Roma estaba acostumbrada a un cierto equilibrio en Oriente y sus buenas relaciones con Alejandría la hacían particularmente sensible a la ruptura de este equilibrio. Los senadores acabaron por decidir la intervención. Roma inició las hostilidades con un ejército al mando primero de P. Sulpicio Galba, luego del cónsul Villio y, finalmente, de T. Quinctio Flaminio. Además, varias legiones romanas habían sido prestadas a Rodas y a Atalo de Pérgamo. La primera victoria importante fue la del río Aoos, que rompió las defensas macedonias y obligó a Filipo a replegarse a Tesalia. De nuevo se iniciaron negociaciones diplomáticas entre ambas potencias, pero la condición -recogida por Roma- de las ciudades griegas no fue aceptada por Filipo. Esta era la evacuación de las tres ciudades griegas ocupadas por Macedonia: Calcis, Corinto y Demetrias. Al no acceder Filipo, se reanudó la guerra. En el 197 a.C. tuvo lugar la batalla decisiva de Cinoscéfalos, que supuso el triunfo de la táctica manipular romana, mucho más ágil y mejor articulada que las falanges macedonias. Flaminio, que había logrado la victoria, era un filoheleno que mantenía numerosos vínculos personales con las oligarquías griegas. Hablaba griego -lo que en esa época era bastante normal para un romano- y conocía muy bien los asuntos de Grecia. La solicitud de la paz por Filipo V fue aceptada por Roma. Las condiciones relegaban a Macedonia a sus fronteras naturales: debía retirar sus guarniciones de las ciudades griegas, restituir sus conquistas en Tracia y Asia Menor y se comprometía a ceder su flota de guerra, excepto cinco naves de guerra y 5000 soldados como toda defensa. Aquel mismo año Flaminio, en los juegos ístmicos, proclamó la independencia de Grecia.
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Los finales del siglo son testimonio de un momento de gran prosperidad entre los vencedores espartanos. El templo de Ártemis Ortia se llenó de ricas ofrendas indicativas de la existencia de una poderosa clase aristocrática. El desarrollo del estilo orientalizante y del comercio de lujo se proyecta en la presencia de artistas de origen laconio en Olimpia, donde abundan las figurillas productos de las ofrendas de vencedores en los juegos, símbolo de la riqueza y de los deseos de obtener prestigio para consolidar el poder en una sociedad que se configura en diversos grados de dependencia. En el santuario de Menelao abundan las ofrendas dedicadas a Helena y, al mismo tiempo, se desarrolla la escritura laconia. En los inicios del nuevo siglo, el gusto por la cultura se traduce asimismo en la presencia de poetas de origen extranjero, como Terpandro y Alcmán, encargados de dar ornato a las fiestas con que se autoafirma la sociedad de los vencedores. La prosperidad tiene, no obstante, otra cara visible entre los explotados. En el año 706 tuvo lugar, desde Esparta, la fundación de Tarento. Que en sus orígenes estaba el peligro de conflictos se manifiesta en la narración de Diodoro, que trata de una revuelta de epaunactas o partenios, términos de contenido discutible, pero que tienden a definir a aquellos que quedaban marginados en el proceso de organización de la colectividad. Se habían agrupado en torno a Falanto, pero se evitó el conflicto intentando primero apoderarse del territorio de Sición, a lo que se opuso el oráculo de Delfos, el que luego les aconsejó la fundación de Tarento. Los tarentinos se definen como hijos de vírgenes, es decir, de padre no reconocido. La formación de la polis y de la ciudadanía deja fuera a quienes carecen de hopla, a quienes no pueden hacerse hoplitas por carecer de las tierras donde se consolida el sistema de la transmisión patriarcal de la sociedad por el que se reconoce la paternidad. En los principios del siglo VII tuvo lugar el enfrentamiento con Argos en disputa por el territorio de la Tireátide, al noroeste de Laconia. La derrota de los espartanos suele atribuirse a la superioridad del ejército hoplítico que se ha desarrollado en Argos en la época de Fidón, mientras el ejército espartano se halla todavía en proceso de formación, condicionado por los intereses de la aristocracia dominante. Poco después, a los problemas internos se suma la revuelta que se conoce con el nombre de segunda guerra mesénica. Los poemas de Tirteo para exhortar a los soldados ponen de relieve que ahora ya, frente al antiguo ejército tribal cargado de indicativos épicos, los soldados se mueven condicionados por las estructuras de la falange hoplítica. Los poemas de Tirteo resultan así una fuente excepcional para conocer la mentalidad subyacente a la nueva estructura militar impulsora de reformas de orden político y social.
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Enfrentamiento bélico que se desarrolló entre 1939 y 1945 debido a los deseos expansionistas de Hitler y sus aliados (Italia y Japón) frente a los aliados (Inglaterra, Francia, URSS y USA). La entrada de los Estados Unidos en guerra durante 1941 dio un vuelco al conflicto a favor de la causa aliada tras unos primeros movimientos victoriosos de Hitler.
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Para resarcir a Roma de los elevados gastos de guerra con los que fue castigada tras la Primera Guerra Púnica, Cartago tuvo que iniciar una intensa política de conquista en la península Ibérica. Las zonas este y sur de la península serán controladas por los Barca, fundando Asdrúbal la ciudad de Cartago Nova. Para evitar una inminente confrontación entre Roma y Cartago se estableció un tratado por el cual no se podía extender la influencia cartaginesa más allá del Ebro. La alianza entre Roma y Sagunto vulneraba este tratado al estar la ciudad en la órbita de influencia cartaginesa. Esa es la razón por la que Aníbal atacó Sagunto en el año 219 a.C. provocando el estallido de la contienda. Desde ese momento el general cartaginés pondrá en marcha todo su aparato militar con un objetivo concreto: invadir Italia. Sus potentes tropas se dirigirán hacia la península Itálica, cruzando los Alpes e infligiendo continuas derrotas a los diferentes ejércitos romanos que le salían al paso: Tesino, Trebia y Trasimeno. La definitiva batalla tuvo lugar en Cannas donde los cónsules Emilio y Varrón fueron contundentemente derrotados. Sin embargo, no entró en Roma por desconocidas razones. La reacción romana vino de la mano de Escipión Africano que llevó la guerra a Hispania para evitar que Asdrúbal el Joven reforzara con su ejército a las tropas de Aníbal. Diversas victorias romanas colocaban el curso de la guerra de su lado por lo que Escipión se trasladó a Cartago para tomar la ciudad. Aníbal abandonó Italia y se dispuso a librar la definitiva batalla por el control del Mediterráneo. El encuentro tuvo lugar en Zama y el cartaginés salió definitivamente derrotado. Roma había vencido una guerra que duró casi 20 años y de esa manera se convertía en el dominador del Mediterráneo occidental.