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Los años que transcurren desde la década de los sesenta hasta la Revolución son una etapa estilísticamente complicada en la que resulta difícil, por no decir imposible, establecer una sola categoría. Desde la rigidez y racionalismo neoclásico hasta la exaltación de las emociones individuales, la belleza de las fuerzas naturales y el enfrentamiento con las convenciones sociales y culturales, todo cabe en él. El neoclasicismo, término que por cierto nunca se usó en la época, vino a denominar a una nueva moral cultural, influyente en todas las artes, que proponía la contención y armonía clásicas frente al florido y frívolo Rococó. Ello coincidía con los preceptos ilustrados de sencillez y naturaleza, así como con las teorías estéticas de Winckelmann (1717-1768), para el cual sólo la vuelta a los principios clásicos imitando la Antigüedad, según la más exacta información que nos dan los descubrimientos arqueológicos de Pompeya (1748) y Herculano (1738), permitirá conseguir la grandeza en el arte. Esta idea es la que convierte a Italia, especialmente a Roma, en visita obligada para todos los artistas. Ahora bien, el regreso del neoclasicismo a la Antigüedad tiene más de visión romántica que de copia exacta de sus modelos, de ahí los problemas estilísticos que a veces encontramos. En escultura, donde existían multitud de ejemplos a imitar, tanto Houdon como, sobre todo, Canova (1757-1822) estuvieron más preocupados por conseguir en sus obras un estilo sencillo que por ajustarlas estrictamente a las normas clásicas. Cierto que su Napoleón responde a ellas, pero es un trabajo tardío, mientras que sus tumbas papales de San Pedro sólo son superficialmente neoclásicas. De igual modo, el San Bruno, de Houdon, le da fama por su simplicidad, pero en los Voltaires, que figuran dentro de su producción más importante, busca más el realismo expresivo que la idealización. Quizá la única fuente constante de inspiración fue la escultura romana, especialmente en Inglaterra y en la obra de Rysbrack (1694-1770); sin embargo, sus bustos y relieves se apartan de los verdaderos artistas neoclásicos, preocupados sobre todo por la expresión. Por su parte, los escultores españoles fueron, como dice Navascués, ante todo académicos, lo que les conduce a tomar como punto de referencia la plástica barroca romana de un Bernini antes que la clásica. Así sucede con Francisco Gutiérrez (1727-1782), autor de la estatua de La Cibeles; Campeny (1771-1855), quien conoció en Roma a Canova, o con Álvarez Cubero (1768-1827), considerado el Canova español, cuyo Ganímedes, esculpido en Francia, le valió ser coronado por el propio Napoleón. En arquitectura, la edad de la razón se va a apartar de la teoría de Winckelmann, tratando de definir un arte práctico y funcional como no la había habido hasta entonces. Sus principios fueron expuestos por tres clérigos, ninguno de ellos arquitecto. Ya en 1706, Cordemoy (1651-1722) enuncia, en su Nuevo tratado de toda la arquitectura, lo que más tarde sería desarrollado por Lodoli (1690-1761) y Langier (1713-1770). El pensamiento del italiano, que conocemos a través de los escritos de sus discípulos, alcanzó gran influencia y en él podemos destacar dos ideas principales: el ornamento no debe aparecer en nada, menos aún en las fachadas, a menos que sea un rasgo estructural, y la arquitectura debe de adaptarse a la naturaleza de los materiales. El funcionalismo de tales teorías, por el cual van a ser consideradas anti-barrocas, lo lleva Lodoli a su extremo cuando pide que el mobiliario se adapte a la forma humana en vez de ser a la inversa. Por su parte, el jesuita Langier se convirtió en el divulgador, con sus Ensayos (1753) y Observaciones (1765), de la teoría funcional y de la que él elaboró abogando por la forma arquitectónica pura, que tuvo gran éxito en Francia. Otros dos focos de resistencia a la influencia griega que propone el arqueólogo alemán los encontraremos en Italia e Inglaterra. En la primera, una serie de artistas se niegan a aceptar la idea del arte romano como copia desvalorizada del griego y se proponen su exaltación, llegando incluso a crear una Etruria mítica cuyo estilo precedía al de Grecia. Tal sentimiento fue compartido por otros europeos. En cuanto a Inglaterra, la oposición más fuerte la supusieron la continuación del renacer del gótico y la aparición del estilo pintoresco. La íntima relación existente entre ambos resulta difícil de definir, a no ser porque pueden considerarse aspectos del romanticismo y surgen de las peculiares circunstancias inglesas. El gótico, casi un nuevo juguete hasta entonces, se convierte a finales de siglo en un estilo rival gracias a la acción de Jeffrey Wyatt, restaurador del castillo de Windsor, y las investigaciones de los anticuarios. Su momento culminante vendrá a comienzos del siglo XIX con el diseño del nuevo Parlamento siguiendo el estilo Tudor y el impulso de la idea de esta corriente estilística como gloria nacional. Pese a todo, no llegó a alcanzar la proyección internacional que tuvo el movimiento pintoresco, una de las principales contribuciones inglesas a las artes visuales. Lo vamos a encontrar expresado en la pintura de un Gainsborough (1727-1788), el mejor pintor del período, y especialmente en la arquitectura de jardines, lo que ha hecho que no siempre fuese apreciado su significado. Ésta puede considerarse la contrapartida insular al jardín francés triunfante en el Continente y el modelo del romántico que triunfa en el siglo siguiente. Frente a la artificialidad milimetrada y la geometría de aquél, el jardín inglés preconiza el triunfo del naturalismo siguiendo el modelo chino. Su creador fue Brown (1716-1783), quien al unir a los modelos continentales una cierta formalidad consiguió dar la sensación de naturalidad cuando en realidad todo estaba cuidadosamente diseñado. Sus ideas fueron, posteriormente, desarrolladas por Repton (1752-1818) cuyo esfuerzo se centró en conseguir resaltar lo peculiar de cada paisaje. Aunque nacida como estética privada, al amparo del patronazgo nobiliario, la arquitectura de jardines va a pasar después a la esfera publica, lo que le permite ganar su permanencia temporal. En Francia, el neoclasicismo nos ha dejado iglesias, teatros, aunque el edificio más característico no responda a las reglas puras del estilo. El Panteón de París, obra de Soufflot, construido entre 1755 y 1791, mezcla de San Pedro de Roma y San Pablo de Londres, representa más bien una arquitectura de transición hacia formas prerrevolucionarias. En cuanto a España, la arquitectura neoclásica representó más bien el gusto extranjerizante conforme al cual se remodelaron algunas construcciones barrocas y se hicieron otras, especialmente bajo los auspicios de los monarcas: la Puerta de Alcalá de Madrid, obra de Sabatini, o el Museo del Prado, de Juan de Villanueva. Sin embargo, su estilo no dominó el panorama arquitectónico del período. Junto a él, y pese a los duros ataques que recibe de quienes defienden los nuevos gustos, el churrigueresco -denominación dada al Barroco tardío- mantiene, en opinión de Andioc, una "cierta representatividad castiza, por reacción..". Su estética es la que se sigue en la construcción de las casas de campo y los palacios -San Telmo, de Sevilla (1754)- de la nobleza. Dentro del campo de la pintura el estilo Neoclásico sigue las teorías expresadas por Bellori a finales del siglo XVII y en las cuales se preconiza la imitación de lo clásico pero a través de la estética rafaelesca y poussiniana. Una primera fase la representa Mengs (1728-1779), considerado en su época el mejor pintor del mundo. Viajó por Dresde, Roma y España. Continuador en sus primeras obras del ilusionismo creado por la pintura barroca de techos, no tardará en romper con esta técnica para volver a la composición ortogonal que caracteriza sus principales obras, entre las que figuran los frescos del Palacio Real de Madrid. Si hay algún tema al que la pintura neoclásica rinda verdadero culto ése es el histórico, lo que no es sino un reflejo más de esa lucha que, en nombre de la razón, los ilustrados mantienen contra las creencias religiosas y mágicas. Ya no son los temas bíblicos ni los mitológicos los que deben aportar doctrina, formar ideales y transmitir modelos; su lugar lo ocupa ahora la historia, de la que pueden extraerse enseñanzas prácticas. La revolución en el tratamiento de estos temas vino de la mano de dos pintores americanos: West (1738-1820), artista favorito de Jorge III y presidente de la Real Academia inglesa, y Copley (1738-1815). West se inicia pintando bajo la influencia de Poussin, para romper con los principios neoclásicos en la Muerte de Wolfe (1770), donde trata, por vez primera, un tema contemporáneo y viste a las figuras con ropa de época. Copley, por su parte, consolida esta idea de que la pintura histórica debe tratar los hechos más sobresalientes del momento, especialmente los realizados por compatriotas. La existencia de estas dos figuras es la que va a permitir a David (1748-1825), el gran pintor neoclásico, realizar su Marat asesinado. Antes de esta obra, ya había realizado, basándose en un episodio clásico, El juramento de los Horacios, que tuvo gran trascendencia por lo que representa de evolución estilística respecto a otras anteriores, por lo que tiene de manifiesto artístico a la hora de tratar la composición y por el contenido político y su forma de abordarlo. Las virtudes que ensalza, de no anteponer los afectos naturales a las exigencias del Estado, se asociaban más a la Roma republicana, por ende al republicanismo, que a la Monarquía de Luis XVI, de quien había recibido expresamente el encargo de pintarlo, aunque el tema fuese elección del autor. Ahora bien, la pintura histórica no agota todo el panorama de la época. Mientras West, Copley o David hacían sus grandes obras, otros pintores continúan la tradición de Watteau y Hogart: Greuze (725-1805), marcado con cierta idealización; Fragonard (1732-1792), que enlaza con el período siguiente; Reynolds (1732-1792) o el español Luis Paret (1746-1799), cronista de la vida cortesana y el Madrid de Carlos III, en cuyos cuadros encontramos un incipiente costumbrismo alejado de los patrones franceses. Por su parte, el suizo Füssli (1741-1825) da rienda suelta a sus visiones llenas de misterio, introduce experiencias humanas no explicables por la razón y tal vez sí por el subconsciente. También es en estos años finales del siglo XVIII cuando aparece la figura de Francisco de Goya (1746-1828), cuya genialidad hace difícil, por no decir imposible, encuadrarlo en un movimiento artístico concreto. Su producción durante el periodo pasa desde los lienzos juveniles llenos de colorido, que recogen la vida popular madrileña siguiendo el estilo rococó grato al pueblo -La merienda, El cacharrero...-, a las visiones atormentadas de los cuadritos que pinta para la Academia de San Fernando El entierro de la sardina...- o a los monstruos que, como él mismo exclama, produce el sueño de la razón y que llenan la primera serie de Los caprichos, su única producción neoclásica. Sin olvidarnos de sus retratos -duquesas de Alba, La familia de Carlos IV...- ni de sus obras religiosas -Crucifijo, los frescos de San Antonio de la Florida...-, llenas de figuras más humanas que divinas.
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La parte central del II milenio está dominada en casi todo el Próximo Oriente Asiático por el escasamente conocido imperio de Mitanni, que prolonga su hegemonía hasta mediados del siglo XIV. En Egipto, poco antes del 1500 se consolida la XVIII dinastía, fundadora del Imperio Nuevo que alcanza hasta las postrimerías del milenio. La temprana presencia de los egipcios en el corredor sirio-palestino justifica en esta región la cesura en la parte central del II Milenio. Por lo que respecta a la segunda mitad del II Milenio, se verá políticamente dominada por las grandes potencias surgidas como consecuencia de la caída del Imperio de Mitanni hacia 1350, que tras sus enfrentamientos con Egipto se había visto sumamente debilitado. El golpe definitivo le vino por la acción combinada del rey hitita Suppiluliuma, fundador del Imperio de Hatti, y de Assurubalit, con el que comienza el Imperio Medio Asirio. A estas dos grandes formaciones hay que añadir el Imperio Medio Babilónico casita y, por supuesto, el Imperio Nuevo Egipcio que tendrá una intervención permanente en los asuntos asiáticos. Este bloque cronológico concluye antes de que dé fin el Milenio, ya que a partir del siglo XII la situación internacional queda definitivamente transformada como consecuencia, por una parte, de las invasiones de los denominados Pueblos del Mar y, por otra, del desplazamiento de los arameos. Si los primeros provocan el colapso en las zonas costeras, los segundos lo ocasionan en las regiones del interior, incluida Mesopotamia. Evidentemente, las causas de la desaparición de los Imperios de Hatti, Assur o Babilonia no son lineales, sino que están relacionadas con múltiples factores internos en desequilibrio, agravados por la coyuntura internacional. Egipto, en cambio, se vio menos afectado por esta crisis que supone, en definitiva, el tránsito de la Edad del Bronce a la del Hierro en el Mediterráneo Oriental.
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SEGUNDA PARTE CAPÍTULO PRIMERO Ahora diremos también el nombre del padre de Hunahpú e Ixbalanqué. Dejaremos en la sombra su origen, y dejaremos en la oscuridad el relato y la historia del nacimiento de Hunahpú e Ixbalanqué. Sólo diremos la mitad, una parte solamente de la historia de su padre. He aquí la historia. He aquí el nombre de Hun-Hunahpú, así llamado. Sus padres eran Ixpiyacoc e Ixmucané. De ellos nacieron, durante la noche, Hun-Hunahpú y Vucub Hunahpú, de Ixpiyacoc e Ixmucané. Ahora bien, Hun Hunahpú había engendrado y tenía dos hijos, y de estos dos hijos, el primero se llamaba Hunbatz y el segundo Hunchouén. La madre de éstos se llamaba Ixbaguiyalo, así se llamaba la mujer de Hun Hunahpú. Y el otro Vucub-Hunahpú no tenía mujer, era soltero. Estos dos hijos, por su naturaleza, eran grandes sabios y grande era su sabiduría; eran adivinos aquí en la tierra, de buena índole y buenas costumbres. Todas las artes les fueron enseñadas a Hunbatz y Hunchouén, los hijos de Hun Hunahpú. Eran flautistas, cantores, tiradores con cerbatana, pintores, escultores, joyeros, plateros: esto eran Hunbatz y Hunchouén. Ahora bien, Hun Hunahpú y Vucub Hunahpú se ocupaban solamente de jugar a los dados y a la pelota todos los días; y de dos en dos se disputaban los cuatro cuando se reunían en el juego de pelota. Allí venía a observarlos el Voc, el mensajero de Huracán, de Chipi Caculhá, de Raxa Caculhá; pero este Voc no se quedaba lejos de la tierra, ni lejos de Xibalbá; y en un instante subía al cielo al lado de Huracán. Estaban todavía aquí en la tierra cuando murió la madre de Hunbatz y Hunchouén. Y habiendo ido a jugar a la pelota en el camino de Xibalbá, los oyeron Hun Camé y Vucub Camé, los Señores de Xibalbá. -¿Qué están haciendo sobre la tierra? ¿Quiénes son los que la hacen temblar y hacen tanto ruido? ¡Que vayan a llamarlos! ¡Que vengan a jugar aquí a la pelota, donde los venceremos! Ya no somos respetados por ellos, ya no tienen consideración ni miedo a nuestra categoría, y hasta se ponen a pelear sobre nuestras cabezas, dijeron todos los de Xibalbá. En seguida entraron todos en consejo. Los llamados Hun-Camé y Vucub Camé eran los jueces supremos. A todos los Señores les señalaban sus funciones Hun Camé y Vucub-Camé y a cada uno le señalaban sus atribuciones. Xiquiripat y Cuchumaquic, eran los Señores de estos nombres. Éstos son los que causan los derrames de sangre de los hombres. Otros se llamaban Ahalpuh y Ahalganá, también Señores. Y el oficio de éstos era hinchar a los hombres, hacerles brotar pus de las piernas y teñirles de amarillo la cara, lo que se llama Chuganal. Tal era el oficio de Ahalpuh y Ahalganá. Otros eran el Señor Chamiabac y el Señor Chamiaholom alguaciles de Xibalbá, cuyas varas eran de hueso. La ocupación de éstos era enflaquecer a los hombres hasta que los volvían sólo huesos y calaveras y se morían y se los llevaban con el vientre y los huesos estirados. Tal era cal oficio de Chamiabac y Chamiaholom, así llamados. Otros se llamaban el Señor Ahalmez y el Señor Ahaltocob. El oficio de éstos era hacer que a los hombres les sucediera alguna desgracia, ya cuando iban para la casa, o frente a ella, y que los encontraran heridos, tendidos boca arriba en el suelo y muertos. Tal era el oficio de Ahalmez y Ahaltocob, como les llamaban. Venían en seguida otros Señores llamados Xic y Patán, cuyo oficio era causar la muerte a los hombres en los caminos, lo que se llama muerte repentina, haciéndoles llegar la sangre a la boca hasta que morían vomitando sangre. El oficio de cada uno de estos Señores era cargar con ellos, oprimirles la garganta y el pecho para que los hombres murieran en los caminos, haciéndoles llegar la sangre a la garganta cuando caminaban. Éste era el oficio de Xic y Patán. Y habiéndose reunido en consejo, trataron de la manera de atormentar y castigar a Hun Hunahpú y a Vucub Hunahpú. Lo que deseaban los de Xibalbá eran los instrumentos de juego de Hun Hunahpú y Vucub Hunahpú, sus cueros, sus anillos, sus guantes, la corona y la máscara, que eran los adornos de Hun Hunahpú y Vucub Hunahpú. Ahora contaremos su ida a Xibalbá y cómo dejaron tras de ellos a los hijos de Hun Hunahpú, Hunbatz y Chouén, cuya madre había muerto. Luego diremos cómo Hunbatz y Hunchouén fueron vencidos por Hunahpú e Ixbalanqué.
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SEGUNDA PARTE Síguese la historia. Cómo fueron señores el cazonci y sus antepasados en esta provincia de Mechuacán. De la justicia general que se hacía I Había una fiesta llamada Equata cónsquaro que quiere decir de las flechas. Luego el siguiente día después de la fiesta, hacíase justicia de los malhechores que habían sido rebeldes o desobedientes y echábanlos a todos presos en una cárcel grande, y había un carcelero diputado para guardallos, y eran éstos los que cuatro veces habían dejado de traer leña para los fogones. Cuando el cazonci enviaba mandamiento general por toda la provincia que trujesen leña, a quien la dejaba de traer le echaban preso. Y eran éstos los espías de la guerra; los que no habían ido a la guerra o se volvían della sin licencia; los malhechores, los médicos que habían muerto alguno; las malas mujeres; los hechiceros; los que se iban de sus pueblos y andaban vagamundos; los que habían dejado perder las sementeras del cazonci por no desherballas, que eran para las guerras; los que quebraban los maguéis; y a los pacientes en el vicio contra natura. A todos estos echaban presos en aquella cárcel, que fuesen vecinos de la cibdad y de todos los otros pueblos y a otros esclavos desobedientes, que no querían servir a sus amos, y a los esclavos que dejaban de sacrificar en sus fiestas. A todos estos susodichos llamaban úazcata y si cuatro veces habían hecho delitos, los sacrificaban. Y cada día hacían justicia de los malhechores, mas una hacían general, este dicho día, veinte días antes de la fiesta, hoy uno, mañana otro, hasta que se cumplían los veinte días borrado Y el marido que tomaba a su mujer con otro, les hendía las orejas a entrambos, a ella y al adúltero, en señal que los había tomado en adulterio. Y les quitaba las mantas y se venían a quejar, y las mostraba al que tenía cargo de hacer justicia, y era creído, con aquella señal que traía. Si era hechicero traían la cuenta de los que había hechizado y muerto, y si alguno había muerto, su pariente del muerto, cortábale un dedo de la mano y traíale revuelto en algodón y veníase a quejar. Si había arrancado el maíz verde uno a otro, traía de aquellas cañas para ser creídos y los ladrones que dicen los médicos que habían visto los hurtos en una escudilla de agua o en un espejo: de todos éstos, se hacía justicia, la cual hacía el sacerdote mayor por mandado del cazonci. Pues venido el día desta justicia general, venía aquel sacerdote mayor llamado Petámuti, y componíase. Vestíase una camiseta llamada ucata tararénguequa negra, y poníase al cuello unas tenazillas de oro y una guirnalda de hilo en la cabeza, y un plumaje en un tranzado que tenía como mujer, y una calabaza a las espaldas, engastonada en turquesas, y un bordón o lanza al hombro, y iba gobernador del cazonci, y asentábase en su silleta, que ellos usan, y venían allí todos los que tenían oficios del cazonci, y todos sus mayordomos que tenían puestos sobre las sementeras de maíz y frísoles y axi y otras semillas, y el capitán general de la guerra, que lo era algunas veces aquel su gobernador, llamado Angatácuri, y todos los caciques, y todos los que se habían querellado, y traían al patio todos los delincuentes, unos atadas las manos atrás, otros unas cañas al pescuezo. Y estaba en el patio muy gran número de gente, y traían allí una porra, y estaba allí el carcelero, y como se asentase en su silla, aquel sacerdote mayor llamado Petámuti, oye las causas de aquellos delincuentes, desde por la mañana, hasta medio día, y consideraba si era mentira lo que se decía de aquellos que estaban allí presos, y si dos o tres veces hallaba que habían caído en aquellos pecados susodichos, perdonábalos, y dábalos a sus parientes; y si eran cuatro veces, condenábalos a muerte. Y desta manera estaba oyendo causas todos aquellos veinte días, hasta el día que había de hacer justicia él y otro sacerdote que estaba en otra parte. Si era alguna cosa grande, remetíanlo al cazonci, y hacíanselo saber. Y como se llegase el día de la fiesta, y estuviesen todos aquellos malhechores en el patio con todos los caciques de la provincia, y principales, y mucho gran número de gente, levantábase en pie aquel sacerdote mayor, y tomaba su bordón o lanza, y contábales allí toda la historia de sus antepasados: cómo vinieron a esta provincia y las guerras que tuvieron, al servicio de sus dioses; y duraba hasta la noche borrado que no comían, ni bebían él, ni ninguno de los que estaban en el patio. Y porque no engendre hastío la repartiré en sus capítulos, e iré declarando algunas sentencias, lo más al propio de su lengua, y que se pueda entender. Esta historia sabía aquel al patio del cazonci ansí compuesto, con mucha gente de la cibdad y de los pueblos de la provincia; y iba con él el sacerdote mayor y enviaba otros sacerdotes menores por la provincia, para que la dijesen por los pueblos, y dábanles mantas los caciques. Después de acabada de recontar, se hacía justicia de todos aquellos malhechores. II De cómo empezaron a poblar los antecesores del cazonci Empenzaba ansí aquel sacerdote mayor: "Vosotros los del linaje de nuestro dios Curicaueri, que habéis venido, los que os llamáis Eneani y Tzacapu hireti, y los reyes llamados Uanacaze, todos los que tenéis este apellido, ya nos habemos juntado aquí en uno, donde nuestro dios Tirípeme Curicaueri se quiere quejar de vosotros, y ha lástima de sí. El empenzó su señorío, donde llegó al monte llamado Uringuaran pexo, monte cerca del pueblo de Tzacaputacanendan. Pues pasándose algunos días como llegó aquel monte, supiéronlo los señores llamados zizambanecha. Estos que aquí nombro, eran señores de un pueblo llamado Naranjan cerca desta cibdad. También es de borrado saber, que lo que va aquí contando en todo su razonamiento este papa, todas las guerras y hechos atribuía a su dios Curicaueri que lo hacía, y no va contando más de los señores, y casi las más veces nombra los señores, qué decían, o hacían, y no nombra la gente, ni los lugares, dónde hacían su asiento y vivienda y lo que se colige desta historia es que los antecesores del cazonci vinieron, a la postre, a conquistar esta tierra y fueron señores della. Extendieron su señorío, y conquistaron esta provincia, que estaba primero poblada de gente mexicana, naguatatos y de su misma lengua, que parece que otros señores vinieron primero y había en cada pueblo su cacique con su gente y sus dioses por sí. Y como la conquistaron, hicieron un reino de todo, desde el bisagüelo del cazonci pasado, que fue señor en Mechuacán, como se dirá en otra parte. Dice pues la historia: Sabiendo pues el señor de aquel pueblo de Naranjan, llamado Ziranzirancamaro que era venido a aquel monte susodicho Hireti ticátame y que había traído allí a Curicaueri su dios en Uringuaran pexo, dijeron a este señor de Naranja: "Hiretiticátame trae leña para los fogones de Curicaueri". Todo el día y la noche ponen encienso en los braseros o piras los sacerdotes y hacen la cirimonia de la guerra y van a los dioses de los montes. Dijo a los suyos: ."Mirad que muy altamente ha sido engendrado Curicaueri y con gran poder ha de conquistar la tierra. Aquí tenemos una hermana; llevádsela y ésta no la damos a Hireti ticátame, mas a Curicaueri y a él le decimos lo que dijéramos a Hireti ticátame, y hará mantas para Curicaueri y mantas para abrigalle y mazamorras y comida para que ofrezcan a Curicaueri y Hireti ticátame, que trairá leña del monte para los fogones: tomarále el cincho y el petate que se pone a las espaldas y la hacha con que corta la leña, porque de contino anda con los dioses de los montes, llamados Angamucuracha, para hacer flechas para andar a caza. Y tomarále el arco cuando venga de caza, y después que hobiere hecho mantas y ofrenda a Curicaueri, hará mantas y de comer para su marido Ticátame, para que se ponga a dormir al lado de Curicaueri, y le aparte el frío y le haga de comer, después de hechas las ofrendas, porque tenga fuerza para llegarse a los dioses de los montes llamados Angamu curacha Esto diréis al señor Hireti ticátame porque ha de conquistar la tierra Curicaueri. Y como fueron los mensajeros, llevaron aquella señora a Ticátame, y díjoles: "¿A qué venís, hermanos?" Dijéronle ellos: "Tus hermanos llamados Zizambanecha nos envían a ti, y te traemos esta señora que es su hermana"". Y contáronle todo lo que decíen, y respondió él: Esto que dicen mis hermanos, todo es muy bien: seáis bien venidos." Y pusieron allí la señora y díjoles: "Muy liberalmente lo dicen mis hermanos: he aquí esta señora que habéis traído, y esto que me habéis venido a decir, no lo decís a mí, mas a Curicaueri, que está aquí, al cual habéis dicho todo esto, que a él ha de hacer mantas y ofrendas, y después me las hará a mí, para que le ataje el frío puesto a su lado y de comer, para que tenga fuerza para ir a los dioses de los montes llamados Angamu curacha, como decís. Asentaos y daros han de comer". Y como les diesen de comer, metieron la señora, y después de haber comido, pidieron licencia los mensajeros y dijeron: "Señor, ya habemos comido: danos licencia que nos queremos tornar." Respondió Ticátame: "Esperaos, sacarános algunas mantas." Y despidiólos y díjoles a la partida: "Una cosa os quiero decir, que digáis a vuestros señores, y es que ya saben cómo yo con mi gente ando en los montes trayendo leña para los cúes, y hago flechas y ando al campo por dar de comer al sol y a los dioses celestes, y de las cuatro partes del mundo, y a la madre Cuerauáperi, con los venados que flechamos, y yo hago la salva a los dioses con vino, y después bebemos nosotros en su nombre, y acontece algunas veces, que flechamos algunos venados sobre tarde, y seguímoslos y así los dejamos y por ser de noche, ponemos alguna señal por no perder el rastro, y atamos algunas matas. Mirá que no toméis aquellos venados que yo he flechado, porque yo no los tomo para mí, mas para dar de comer a los dioses. Juntaos todos y avisaos unos a otros desto que os digo, y mirad que no me los toméis, ni llevéis, porque sobre esto ternemos rencillas y reñiremos. No lleguéis a ellos, mas en topando algunos destos venados heridos, cobrildos con algunas ramas, y bien que comeréis la carne y haréis la salva a los dioses, mas no llevéis los pellejos, y los en buen hora." Pasados algunos días que moraba en aquel monte Hiretiticátame, tuvo un hijo en aquella señora, llamado Sicuirancha, y yendo un día a caza Ticátame, flechó un venado en aquel dicho monte de Uringuaran pexo y no le acertando bien, fuése herido y siguióle y como fuese de noche ató unas matas por señal y vínose a su casa y fuése a las casas de los papas, a velar aquella noche, y a la mañana andaba aparejando para tornarse a buscar su venado herido, y como la anduviese buscando por el rastro, no le hallaba, porque se fue a una sementera de Queréquaro a morir, lugar cerca de Tzacapu. Y era por la fiesta de Uapánsquaro a veinte e cinco de Otubre y salieron a coger mazorcas de maíz las mujeres para la fiesta, y dieron sobre él y viéronle que estaba muerto en aquella sementera, y entrando en su casa las que lo vieron, dijeron: "Andad acá; vamos, que está un venado muerto en la sementera". Y hiciéronlo saber a su cacique, llamado Zizamban y fue toda su casa y asieron el venado y metiéronle en su casa, y como anduviese en el rastro del venado Hireti ticátame por el rastro, y viese unas aves como milanos que andaban en torno de donde había estado el venado, que iba buscando por rastro; y así de improviso llegó a donde había estado el venado, que estaba todo aquel lugar ensangriento, y dijo: "Ay, que me han tomado el venado; aquí cayó; ¿dónde le llevaron?" Y iba mirando por donde llevaron el venado, y llegó de improviso donde le estaban desollando, y no le sabían desollar, que hacían pedazos el pellejo; y llegando a ellos, díjoles: "¿Qué habéis hecho, cuñados? ¿Por qué habéis llegado a mi venado, que ya os avisé dello, que no me tocásedes a los venados que yo flechase, con mi gente? Y no se me diera nada que os comiérades la carne, que no era mucho; empero más lo he por el pellejo, porque le habéis rompido todo, que no es pellejo, ni sirve de pellejo, sino de mantas, porque los corrimos y ablandamos y envolvemos en ellos a nuestro dios Curicaueri." Respondieron los otros señores "¿Qué decís, señor? Cómo ¿no tenemos nosotros arcos y flechas, y las traemos con nosotros para matar venados? Díjoles Hireti ti cátame: "¿Qué decís? He aquí mis flechas, que yo las conozco". Y fuése al venado y sacóle una flecha que tenía en el cuerpo, y díjoles: ."Mira esta flecha que yo la hice." Y los otros enojándose de oír aquello, empujáronle y dieron con él en el suelo, y Ticátame, como quien era águila Uacúsecha, enojóse y sacó una flecha de su aljaba, armó su arco y tirósela a un cuñado suyo de aquéllos, y hirióle en las espaldas, y luego a otro y tornóse a su casa. Y saludóle su mujer y díjole: "Seáis bien venido, señor padre de Sicuirancha." Y él, así mesmo, la saludó y díjole: "Toma tu hato, y vete a tu casa, a tus hermanos, y no lleves a mi hijo Sicuirancha, que yo le tengo de llevar conmigo, que me quiero mudar a un lugar llamado Zichaxúquaro, y llevaré allí a Curicaueri: Vete a tu casa." Respondióle su mujer y dijo: "¿Qué decís, señor? ¿Por qué me tengo de ir?" Y díjole Ticátame: "No, sino que te has de ir, porque he flechado a tus hermanos." Díjole ella: "¿Qué dices? ¿Por qué los flechaste? ¿Qué te hicieron?" Díjole Ticátame: "¿Qué me habían de hacer? No fue más, de que me llegaron a un venado que les había avisado en blanco que no me tocasen a los venados que yo flechase. Sube en la trox y entra dentro y saca a Curicaueri, que le quiero llevar." Díjole su mujer: "Señor, yo no me quiero ir a mis hermanos, mas contigo me tengo de ir. ¿Cómo no se hará hombre mi hijo Sicuirancha y quizá me flechará con los míos?" Y díjole Ticátame "Sí, anda acá, vámonos." Y sacando el arca donde estaba Curicaueri, lióla y echósela a las espaldas. Y su mujer tomó el hijo a cuestas y así se partieron y abajaron del monte, y llegando a un lugar llamado Queréquaro, díjole su mujer: "Señor, tú llevas a Curicaueri en tu favor e ayuda, ¿pues, qué será de mi? En mi casa está un dios llamado Uazoríquare: ¿no te esperaríes aquí un poco y subiré hacia el monte, y tomaría siquiera alguna manta de mi dios, y la pondría en el arca para tener por dios y guardalla?" Díjole Ticátame: "Sea así como dices: ve que también ese dios que dices es muy liberal y da de comer a los hombres." Y como fuese la mujer, subió por un recuesto y llegó al lugar donde estaba aquel dios, y no solamente tomó, como ella dijo, una manta, mas tomó el ídolo y envolvióle en la manta y trájole a donde estaba Ticátame, el cual le dijo: "Seas bien venida, madre de Sicuirancha." Y ella asimesmo le saludó y díjole Ticátame: "¿Traes la manta por que fuiste?" Dijo ella: "Sí, y traigo también al dios Uazoríquare". Y díjole Ticátame: "Tráigale en buen hora: muy hermoso es; estén aquí juntos él y Curicaueri" Y púsole en el arquilla que iba Caricaueri, y ansí moraron en uno y llegaron al lugar donde iba, llamado Zichaxúquaro, donde hicieron sus casas y un cu que está hoy en día derribado. III De cómo mataron en este lugar sus cuñados a este señor llamado Ticátame Pues como Ticátame llegase a Zichaxúquaro, un lugar poco más de tres leguas de la cibdad de Mechuacán, pasándose algunos días que era ya hombre Sicuirancha hijo de Ticátame, sus cuñados, acordándose de la injuria rescibida, tomaron un collar de oro y unos plumajes verdes, y trujéronles a Oresta, señor de Cumanchen, para que se pusiese su dios llamado Tares upeme, y pidieron ayuda para ir contra Ticátame y juntáronse sus cuñados con los de Cumanchen, y hicieron un escuadrón y en amaneciendo estaban todos en celada, puestos cabe un agua que está junto allí en el pueblo; y pusieron allí una señal de guerra, un madero todo emplumado, para que la viesen los de Ticátame y saliesen a pelear. Y como fuese muy de mañana, fue por un cántaro de agua, la mujer de Ticátame, y sus hermanos que estaban allí saludáronla en su lengua, que eran serranos, dijéronla: "¿Eres tú por ventura la madre de Sicuirancha?" Respondió ella: "Yo soy. ¿Quién sois vosotros que lo preguntáis?" Dijeron ellos: "Nosotros somos tus hermanos; ¿qué es de Ticátame, tu marido?" Respondió ella: "En casa está. ¿Por qué lo decís?" Respondieron ellos: "Bien está; venimos a probarnos con él, porque flechó a nuestros hermanos." Y la mujer, como oyó aquello, empezó a llorar muy fuertemente y arrojó allí el cántaro y fuése y entróse en su casa llorando. Díjole Ticátame: "¿Quién te ha hecho mal, madre de Sicuirancha? ¿Por qué vienes así llorando?" Respondió ella: "Vienen mis hermanos los que se llaman Zizambanecha y los de Cumanchen." Díjole Ticátame: "¿A qué vienen?"Respondió ella: "Dicen que a probarse contigo, porque flechaste sus hermanos." Dijo él: "Bien está: vengan y probarán mis flechas, las que se llaman hurespondi, que tienen los pedernales negros y las que tienen los pedarnales blancos y colorados y marillos. Estas cuatro maneras tengo de flechas, probarán una destas, a ver a qué saben, y yo también probaré sus varas que pelean, a ver a qué saben." Y viniendo sus cuñados, cercáronle la casa y Ticátame saco unas arcas hacia fuera, y abriólas a priesa, que tenía de todas maneras de flechas en aquellas arcas guardadas, y como quesiesen entrar todos a una por la puerta, ataparon la puerta y Ticátame armaba su arco y tiraba de dos en dos las flechas y enclavaba a uno, y la otra pasaba alante a otro flechó a muchos y mató los que estaban allí tendidos, y siendo ya medio día, acabó las flechas, no tenía con que tirar y traía su arco al hombro y dábales de palos con él, ellos arremetieron todos a una y enclavábanle con aquellas varas y sacáronle de su casa, arrastrando muerto, y pusieron fuego a su casa y quemáronle la casa, quel humo que andaba dentro había cerrado la entrada, y tomaron a Curicaueri, y llévaronselo y fuéronse, y no estaba allí Sicuirancha, que había subido al monte a cazar, y como vino su mujer y vido el fuego, empezó a dar gritos y andaba alrededor de los que estaban allí muertos y vido a su marido questaba en el portal verdinegro de las heridas que le habían dado con las varas, y vino Sicuirancha, su hijo, y dijo: "Ay madre, ¿quién ha hecho esto?" Respondió la madre: "¿Quién había de hacer esto, hijo, sino tu tío y tu abuelo? Ellos son los que lo hicieron." Y dijo Sicuirancha: "Bien, bien, ¿pues qués de Curicaueri, nuestro dios?, ¿llévanle quizá?" Respondió ella: "Hijo, allá le llevan" Dijo él: "Bien está; quiero ir allá también, y que me maten. ¿A quién tengo que ver aquí?" Y fuese tras dellos. Iba dando voces, y Curicaueri dióles enfermedades a los que le llevaban, correncia y embriaguez y dolor de costado y estropeciamiento, de la manera que suele vengar sus injurias; y como les diese estas enfermedades, cayeron todos en el suelo, y estaban todos embriagados. Y llegó Sicuirancha donde estaba Curicaueri, que estaba en su caja, cabe el pie de una encina, y como vió la caja, dijo: "Aquí estaba Curicaueri, quizá le llevan." Y abrió el arca y sacóle y dijo: "Aquí está" Y llevaron una soga como sueltas, con que ataban los sativos para el sacrificio, y habían quitado de allí una argolla de oro y una soga, como sueltas que le dieron en el cielo, sus padres, y Ileváronselo y dijo Sicuirancha: "Llévenselo, ¿para qué lo quieren? A quién han de dar de comer con ello? Ellos lo trairán algún día." Y tornó a su casa a Curicaueri, y vínose con toda su gente a Uayameo, lugar cerca de Santa Fe, la de la cibdad de Mechuacan. Y fue señor allí e hizo un cu Sicuirancha, y hizo las casas de los papas y los fogones y hacía traer leña para los fogones, y entendía en las guerras de Curicaueri, y murió Sicuirancha, y enterráronle al pie del cu. Este Sicuirancha dejó un hijo llamado Pauácume, y fue señor allí, en Uayameo, y Pauácume engendró a Uápeni, y fue señor después de la muerte de su padre Pauácume, y tuvo un hijo llamado Curátame, y fue allí señor, en aquel mismo lugar, y andaba a caza con su gente, en un lugar llamado Pumeo, y en otro llamado Uirícaran y Pechátaro y Hirámuco, y llegaron hasta un monte llamado Pareo, y llegaron a otros lugares cazando, llamados Izti parazicuyo Changeyo Itziparazicuyo y hasta llegar a otro lugar llamado Curinguaro. Todos estos lugares son obra de una legua de la cibdad, o poco más. Y como se tornasen a juntar todos en el pueblo que tenían sus cúes, llamado Uayameo, dijeron unos a otros: "Toda es muy buena tierra, donde habemos andado cazando: allí habíamos de tener nuestras casas" Y los otros que habían ido por la otra parte del monte, dijeron que era toda muy buena tierra. Y murió Curátame y fue enterrado al pie del cu. Cuatro señores fueron en Uayameo: Sicuirancha y Curátame, y Pauácume y Uápeani. IV Cómo en tiempo destos dos señores postreros tuvo su cu Xarátanga en Uayameo cómo se dividieron todos por un agüero Muerto este señor pasado, dejó dos hijos que se llamaron de su nombre Uápeani y Pauácume. En este tiempo tenía ya su cu Xarátanga en Mechuacán, y sus sacerdotes y señor llamado Taríaran, iban por leña a Tamataho, lugar cerca de Santa Fe, y sus sacerdotes, llamados Uatarecha, llevaban ofrenda de esta leña, algunas veces a Curicaueri, y había allí un camino y los chichimecas que tenían a Curicaueri, viendo esto, iban a un barrio de Mechuacán, llamado Yauaro, y de camino llevaban esta leña a Xarátanga, en ofrenda a Mechuacán. Y la leña que traían los unos y llevaban los otros, se encontraba en el camino. Y un día el señor que tenía a Xarátanga, con sus sacerdotes, bebiendo una vez mucho vino en una fiesta desta su diosa Xarátanga, empezaron a escoger de las mieses que había traído Xarátanga a la tierra, axí colorado y verde y amarillo, y de todas estas maneras de axí hicieron una guirnalda como la que solía ponerse el sacerdote de Xarátanga. Escogeron así mesmo de los frísoles colorados y negros, y ensartáronlos unos con otros, y pusiéronselos en las muñecas, diciendo que eran las mieses de Xarátanga, que su sacerdote se solía poner. Y sus hermanas llamadas Patzim uaue y Zucur aue, escogeron destas dichas mieses, el maíz colorado y lo pintado, y ensartáronlo y pusiéronselo en las muñecas diciendo, que eran otras cuentas de Xarátanga. También escogeron de otras maneras de maíz, de lo blanco y de lo entreverado, y ensartáronlo y pusiéronselo al cuello, diciendo que eran sartales de Xarátanga. Y desplaciendo esto a la diosa, no se les pegó el vino que todo lo echaron y gomitaron y levantándose y tornando algo en sí, dijeron a sus hermanas: "¿Qué haremos, hermanas, que no se nos pegó el vino? Muy malos nos sentimos; id, si quisiéredes, a pescar algunos pececillos para comer y quitar la embriaguez de nosotros". Y como no tuviesen red para pescar, tomaron una cesta, y la una andaba con ella a la ribera, y la otra ojeaba el pescado: y las pobres ¿cómo habían de tomar pescado, que se lo había ya escondido Xarátanga, que era tan gran diosa? Y después de haber trabajado mucho en buscar pescado, toparon con una culebra grande, y alzáronla en la mano, en un lugar llamado Uncucepu y lleváronla a su casa con mucho regocijo. Y los sacerdotes llamados Uatarecha de Xarátanga, uno que se llamaba Quahuen y su hermano menor llamado Camexan, y sus hermanas llamadas Patzim uaue y Zucur aue, las saludaron y dijeron: "Seáis bien venidas, hermanas. ¿Traéis siquiera algunos pececillos?" Respondieron ellas: "Señores, no habemos tomado nada, mas no sabemos qués esto que traemos aquí" Respondieron ellos: "También es pescado eso, y es de comer; chamuscadla en el fuego, para quitar el pellejo y hacé unas poleadas, y este pescado cortaldo en pedazos y echaldo en la olla, y ponelda al fuego para quitar la embriaguez" Y haciendo aquella comida a mediodía, asentáronse en su casa a comer aquella culebra cocida con maíz, y ya que era puesto el sol, empezáronse a rascar y arañar el cuerpo, que se querían tornar culebras. Y siendo ya hacia la media noche, tiniendo los pies juntos, que se les habían tornado cola de culebra, empenzaron a verter lágrimas y estando ya verdinegros de color de las culebras, estaban ansí dentro de su casa todos cuatro. Y saliendo de mañana, entraron en la laguna una tras otra y iban derechas hacia Uayameo, cabe Santa Fe, y iban echando espuma hacia arriba, y haciendo olas hacia donde estaban los chichimecas, llamados hiyocan y diéronles voces, y ellas dieron la vuelta, y volvieron hacia un monte de la cibdad, llamado Tariacaherio, y, entráronse allí en la tierra todas cuatro. Y donde entraron se llama Quahuen ynchatzéquaro, del nombre de aquellos que se tornaron culebras, y ansí desaparecieron. Y viendo esto los chichimecas llamados uacúsecha, tuviéronlo por agüero. Un señor llamado Tarépecha chanshori con su gente se fue, y tomó a Hurendequauécara su dios, y hizo su asiento en un lugar llamado Curínguaro achurin. Otro señor llamado Ipinchuani, tomó consigo a su dios Tirípeme xungápeti, y llevólo a un lugar llamado Pechátaro y hizo allí su asiento, y como se sufriese algunos días, el señor Tarepupanguaran, en fin, tomó su dios llamado Tirípeme turupten y llevóle a un lugar llamado Irámuco. Otro señor llamado Mahícuri tomó su dios llamado Tirípeme caheri, y llevóle a un lugar llamado Pareo y quedaron los dos hermanos Uápeani y Pauácume y tomaron a Curicaueri, y llevándole por cabe la laguna, de la parte de Santa Fe, pusiéronle en el peñol que está allí, cabe la laguna, llamado Capacurío y después en otro lugar, llamado Patamu angacaraho. Todos estos dioses que se han contado eran hermanos de Curicauri, y allí se dividieron todos como se ha contado, y quedó solo Curicaueri. Después llevaron a Curicaueri, a otro lugar llamado Uatzeo tzarauacuyo y pusiéronle al lado de aquel monte, y llevándole de allí, trujéronle a otro lugar llamado Xénguaran y en otro llamado Honchéquaro, y allí estuvo algunos días; asimismo tuvieron agüero de lo que había acontecido, y los sacerdotes de Xarátanga llamados Cuyúpuri y Hoatamanáquare, tomaron a su diosa y lleváronla a un lado del monte llamado Tariacaherio, donde entraron las culebras, y de allí la llevaron a Sipixo cabe la laguna y hiciéronle allí sus cúes y un baño y un juego de pelota y estuvo allí algunos años. Y quitándola de allí, Ileváronla a Uricho y de allí a Uiramangaro, y después a Uacapu, donde está agora edificado Santangen y de allí lleváronla a Taríaran a Cuezitan, Harócatin. Y los señores de los chichimecas, como tuvieran allí a Curicaueri iban a caza a un lugar llamado Aranarán nacaraho y a Echuén, que está cerca de Pátzcuaro y a otro lugar llamado Charimangueo, y subían a Uiritzéquaro, y pasaron a Xaramu y Thiuapu y a Tupen, un monte desde do vieron la isla de Xaráquaro en la laguna. V De cómo los dos hermanos señores de los chichimecas hícieron su vivienda cerca de Pátzcuaro, y tomaron una hija de un pescador y se casó uno dellos con ella Como vieron la dicha isla que se llamaba por otro nombre Uarúcatenhatzícurin, vieron un gran cu y otra isla llamada Pacanda y andando todos mirando, por la bajada del monte, de improviso vieron que andaba uno con una canoa de los de aquella isla primera, que se llaman los moradores de ella hurendetiechan y el que andaba en la canoa, andaba pescando de anzuelo y dijeron: "Una canoa está surta en la laguna, y uno anda pescando, ¿qués lo que toma?" Dijeron los señores: "Vamos a la orilla de la laguna." Dijeron otros: "Vamos" Y abajaron del monte a un lugar llamado Uarichahopotacuyo, y iban por la ribera de la laguna, y por donde iban, estaba todo cerrado de árboles, que era todo monte espeso. E iban apartando las ramas para poder pasar, que no había camino, y ansí llegaron a la orilla donde andaba el pescador, y hablaron y dijeron: "Isleño, ¿qué andas haciendo por aquí?" Respondió él: Hendi taré?" que quiere decir: "¿qués, señor?" Questa gente de esta laguna era de su mesura lengua, destos chichimecas; mas tenían muchos vocablos corrutos y serranos, por eso repondió aquel pescador de aquella manera, y dijéronle: "¿A qué andas por aquí?" Respondió él: "Señor, ando pescando." Y dijéronle: "Ven a la orilla", que estaba apartado de la ribera. Dijo él: "No tengo de ir, señores, que sois chichimecas que me flecharéis." Dijeron ellos: "¿Qué dices?, ven si quisieres: ¿por qué te habemos de flechar?" Tornó él a decir: "No me mandéis venir, señores" Y ellos tornáronle a decir: "Venir tienes, que habernos de hablar un poco." Dijo el pescador: "Sí, sí, que me place; ya voy, señores." Y trujo la canoa a la orilla y tomó puerto. E uno de aquellos señores, llamado Uápeani, era valiente hombre, saltó en la canoa y vio que estaba llena de muchas maneras de pescados y díjole: "Isleño, ¿qué es esto que has puesto aquí?" Respondió el pescador: "Señor, eso se llama pescado." Y dijo Uápeani: "¿Qué cosa es esto?" Respondió el pescador: "Eso que tomaste se llama acúmaran, y esta manera de pescado urápeti y ése cuerepu, y ése thiron, y ése caroen. Tantas maneras de pescado hay aquí. Todo esto ando buscando por esta laguna. De noche pesco con red y de día con anzuelo" Díjole Uápeani: "Y este pescado, ¿qué sabor tiene?" Respondió el pescador: "Señor, si hobiese aquí fuego, estando asado, me lo preguntaras" Díjole Uápeani: "¿Qué dices, pescador? Busca un poco de leña, que nosotros, los chichimecas, de contino andamos con fuego: saca leña" Y sacando fuego de un estrumento, prendió el fuego, y como hiciesen lumbre a la orilla, subió la llama y humo hacia arriba, y el pescador andaba sudando de asar pescado, y como iba asando, íbales dando, y ellos comieron de aquel pescado y dijeron: "Cierto, buen sabor tiene." Y como comían toda manera de caza los chichimecas, traía cada uno dellos unas redecillas agolletadas consigo, que traían llenas de conejos y otros llamados cuinique y codornices y palomas y de otras aves de otras maneras. Y sacaron de sus redes un conejo, y metiéronlo en el fuego, y después de asado desolláronle y pusieron allí el conejo asado, y dijéronle al pescador: "Isleño, come desto, a ver qué sabor tiene; que esto andamos nosotros a buscar." Y como se echase el pescador un bocado en la boca, dijéronle los chichimecas: "Pues isleño, ¿qué sabor tiene eso que comes?" Respondió él: "Señor, ésta es verdadera comida; no es cosa de pan, porque bien que sea buena comida, ésta destos peces, mas hiede y harta luego; mas esta comida vuestra no hiede, mas es comida de verdad." Dijeron los chichimecas: "Verdad dices: esto andamos nosotros también a buscar. Hacemos un día flechas y otro día vamos a recrear al campo a caza, y no la tomamos para nosotros, mas los venados que tomamos, mas con ellos damos de comer al sol y a los dioses celestes engendradores, y a las cuatro partes del mundo, y después comemos nosotros de los relieves, después de haber hecho a salva a los dioses. Dinos un poco, isleño." Respondió el pescador: "¿Qué tengo de decir, señores?" "¿Cómo se llama aquel cu que se parece en aquella isla que está en el agua?" Respondió el pescador: "Señores, allí se llama Uarúcaten hatzícurin, y por otro nombre Xaráquaro." Dijeron ellos: "Bien está. ¿Cómo se llaman los dioses que tienen allí?" Respondió el pescador: "Señores, llámase el principal Acuitze catápeme y su hermana Purupe cuxáreti, y otro Caroen y Nurite, Xareni uarichu uquare y Tangachuran, y otros muchos dioses que nunca acabaré de contaros." Dijeron ellos: "¿Así se llaman?". Dijo el pescador: "Sí, señores" Dijo Uápeani: "Estos fueron nuestros agüelos cuando venimos de camino; ya habemos hallado parientes. Pensábamos que no teníamos parientes, mas todos somos de una sangre y nascemos juntos. ¿Cómo se llama el señor?" Respondió el pescador: "Carícaten." Tornáronle a preguntar: "Y la otra isla, ¿cómo se llama?" Dijo el pescador: "Tirípeti honro y tiene otros dos nombres: Uanguipen hartzícurin y Pacandan". Dijéronle: "Y los dioses que tienen, ¿cómo se llaman?" Dijo el pescador: "Chupi tirípeme y otro Unazi irecha, y su hermana Camauáperi y otros muchos dioses." Dijéronle: "El señor ¿cómo se llama?" Dijo el pescador: "Zuangua" Dijeron los chichimecas: "También son nuestros agüelos del camino. ¿Cómo es esto? ¿parientes somos? Nosotros pensábamos que no teníamos parientes: topado habemos parientes. ¿Cómo es esto? somos parientes y de una sangre." Respondió el pescador: "Sí, señor, vuestros parientes somos." Dijéronle los chichimecas: "Pues isleño, ¿cómo te llamas?" Respondió el pescador: "Señores, llámome Curiparanchan.". Dijéronle "Bien está: ¿no tienes alguna hija?" Respondió: "No señores" Dijeron los chichimecas: "¿Qué dices? sí tienes, ¿por qué dices que no?" Respondió él: "Señores, no he engendrado hijos, que soy viejo y mi mujer mañera" Dijéronle los chichimecas: "¿Qué dices, isleño. Hijos tienes, no lo decimos por lo que piensas, que no queremos mujeres para adelante; decimos porque Curicaueri ha de conquistar esta tierra y tú pisaríes por la parte de la tierra, y por la otra parte el agua y nosotros también por una parte pisaremos el agua y por la otra la tierra, y moraremos en uno tú y nosotros." Y respondió el pescador: "Así es la verdad, señores; Yo tengo una hija que aún es pequeña: no es de ver, porque es fea y pequeña." Respondieron ellos: "No hace al caso que sea pequeña; ve y tráenosla, y sácala acá fuera y también nosotros nos subiremos al monte y mañana haremos flechas y esotro día nos juntaremos aquí, tú y nosotros, y hablaremos siempre aquí, y no lo sepa ninguno. Tú y tu mujer solos lo decid uno a otro" Y despidiéndose el pescador, se fue y empezó a vogar con su canoa y a entrarse en la laguna, y los chichimecas se subieron al monte; y el siguiente día hicieron todos flechas, y esotro día volviéronse a sus casas, y el pescador, luego muy de mañana, entró en su canoa con su hija y tomó puerto y puso la hija a la ribera, y los chichimecas tardáronse que se estaban escalentando. Ya el sol iba muy alto, y estábase asentado cabe la ribera desconfiando que no habían de venir, y dijo a su hija; "Cómo nos han engañado los chichimecas; esperemos otro poquillo y iremos con nuestra canoa remando" Y los chichimecas desde la abajada de la cuesta del monte, como miraron a la laguna, dijeron: "¿Cómo no viene el pescador? Ya se había de parescer la canoa y venir buen rato en la laguna. Vamos a la ribera." Y llegaron a la orilla y estaban asentados el pescador e su hija a la orilla, y saludáronle los chichimecas, y dijeron: "Pues isleño" Respondió él: "Muy espantado estaba, y me acuitaba diciendo: "¡Cómo me han engañado los chichimecas!" Dijeron ellos: "Tardémonos cazando. ¿Es ésta tu hija la que dices?" Respondió el pescador: "Sí, señores; esta misma es; mira cuán chequita es." Respondieron ellos: "No hace al caso: cómo ¿no se criará? ¿Querémosla agora de presto?, para adelante decimos. Ve, y torna a pasar la laguna. Sépalo quien lo supiere de esos señores Uatarecha, y mira que te llamarán cuando lo sabrán y dirante: Ven acá, hermano; tú le has sacado una mujer a los chichimecas. Y dirásles: No señores, yo ¿a qué propósito se la había de llevar? Yo vivo desta manera: de noche pesco con la red asentado en mi canoa a popa y pongo a mi hija en la canoa para que reme, y de día pesco con anzuelo unos pececillos, y póngola allí en la canoa chiquilla que no se paresce, y tomóle gana de orinar y yo fui a un lugar llamado Uaricha hopótaco y allí me dijo: Padre, tengo gana de orinar. Y yo le dije: Ve, hija, y orina. Y como llegase a la orilla, saltó de la canoa y los chichimecas, que estaban por allí en celeda, tomáronla, y asieron della en el camino, y probé de quitársela, y como son chichimecas, empezaron a quererme flechar y yo hóbeles miedo, y dejésela y ellos lleváronsela, y yo ¿cómo había de saber que la tienen por esclava? Ya yo pensé que era muerta y sacrificada y parece que la tienen por esclava borrado. Esto solo les dirás. Vete, no respondas más; ni digas que nos la diste" Y fuéronse.
contexto
SEGUNDA PARTE Que contiene los orígenes de los más famosos piratas, Francisco Lolonois y Juan Morgan, como también de sus principales piraterías y latrocinios, que han cometido en América contra la nación española. Relatándose las vidas y acciones de otros que han estado en aquellas partes con la misma calidad. CAPITULO I Origen de Francisco Lolonois y principio de sus insultos Francisco Lolonois, natural del territorio llamado Les Sables de Olone o Arenas de Olona, en el reino de Francia, fue en su juventud transportado a las islas Caribes en calidad de esclavo (según las costumbres de Francia, de que ya hablé en la primera parte), el cual, habiendo acabado el término de su esclavitud, vino a la isla Española, donde se metió entre los cazadores por algún tiempo antes que se diese a las piraterías contra los españoles, de que al presente hará relación hasta su desastrada muerte. Hizo dos o tres viajes en calidad de marinero, en las cuales se mostró valiente en sus hechos, con que avanzó en la buena gracia del gobernador de Tortuga, llamado Monsieur de la Place; de tal suerte que le dio un navío haciéndole capitán de él para que fuese a buscar su fortuna. Favorecióle su suerte en poco tiempo, pues en él adquirió mucha riqueza usando de tales crueldades con los españoles, que ellas hicieron correr su opinión por todas las Indias; por cuya razón, cuando los españoles se hallaban en la mar, peleaban hasta morir, estando cierto que rindiéndose no les concedería cuartel pequeño ni grande. Después que la fortuna le fue largo tiempo propicia le volvió las espaldas, sucediendo que una grande borrasca le hizo perder el navío en las costas de Campeche. Saltaron todos en tierra, donde los españoles, percibiéndoles, mataron la mayor parte y al capitán hirieron. No sabiendo por dónde podría escaparse forjó cierto engaño muy sutilmente; y fue que cogiendo algunos puñados de arena los mezcló con sangre de las heridas y se refregó la cara y otras partes de su cuerpo, metiéndose con destreza entre los muertos, hasta que los españoles hubieron partido de aquel lugar. Retiróse después a los bosques, donde ligó sus llagas lo mejor que pudo, de las cuales hallándose mejor, se fue hacia la ciudad de Campeche disfrazado totalmente en vestidos españoles; habló allí con algunos esclavos, a los cuales prometió de hacer francos en caso que quisiesen obedecer y fiarse en él. Aceptaron sus promesas y robando de noche una canoa de uno de sus amos, se fueron a la mar con el pirata. Los españoles tenían entretanto algunos de sus camaradas en prisión y preguntaron: ¿Dónde está vuestro capitán?. A lo que respondieron Era muerto; con cuya nueva los españoles hicieron muchos festejos entre sí, encendiendo luminarias y no constándoles lo contrario, dieron gracias a Dios por haberlos liberado de un tan maldito pirata. Entretanto Lolonois se dio prisa con los esclavos para escapar y vinieron a Tortuga, que es la plaza del refugio de toda suerte de maldades y seminario de tal especie de ladrones. Aunque allí estaba en mala fortuna, no dejó de buscar otro navío que, sutilmente y con engaños, obtuvo con 21 personas, que bien proveídos de armas y demás cosas necesarias, se fue hacia la isla de Cuba, de la parte septentrional, donde hay una pequeña villa que llama de los Cayos, en la cual se hace grande negocio en tabaco, azúcar y pieles; eso todo con barcas, no pudiéndose servir los moradores de navíos por la poca profundidad de aquella mar. Bien creía Lolonois coger allí algo, mas por dicha de algunos pescadores que le vieron y con ayuda de Dios, se escaparon de sus tiránicas manos, fueron por tierra a La Habana y se lamentaron al gobernador diciendo que el pirata Lolonois había llegado con dos canoas para arruinarlos. Lo cual oído por el gobernador, le era duro el creerlo, pues le habían escrito de Campeche era muerto. No obstante, por las instancias y ruegos de los impetrantes, envió un navío con diez piezas de artillería y noventa personas bien armadas con orden expresa de no volver sin haber aniquilado a dichos piratas; para cuyo efecto les dio un negro, que sirviese de verdugo, que ahorcase cuantos cogieran de dichos corsarios, excepto el capitán Lolonois, que llevarían vivo a La Habana. Llegó este navío a la villa de los Cayos, de lo cual los piratas estaban ya advertidos, y en lugar de huirse, le buscaron en la ribera Estera, donde estaba ancorado. Forzaron los piratas a algunos pescadores de noche para que les mostrasen la entrada del puerto con esperanza de obtener bien presto un mayor bajel que sus dos canoas, y con él hacer mejor fortuna. Vinieron después de las dos horas de la noche cerca del navío de guerra y la centinela dijo: ¿De dónde vienen? y si no habían visto piratas. Hicieron responder a un prisionero que no habían visto piratas ni otra cosa alguna, lo cual los hizo creer se habían retirado sabiendo su llegada. Experimentaron bien prestro lo contrario, porque al alba los piratas comenzaron a combatirlos con sus dos canoas de una y otra parte con tal ímpetu que, aunque los españoles hicieron su deber defendiéndose cuanto pudieron y tirándoles también algunas piezas de artillería, los rindieron con la espada en la mano, obligándolos a huir a las partes inferiores del navío. Lolonois los mandó venir uno a uno arriba y los iba así haciendo cortar la cabeza. Habiendo de este modo muerto una parte, salió el negro (graduado de verdugo por el gobernador de Habana) gritando y rogando que no lo matasen, que él era el capitán de aquel navío y le diría francamente a Lolonois cuanto gustase; hízole confesar cuanto quiso, mas por eso no dejó de continuar de matarle con el resto, a la reserva de uno que sirvió de correo al gobernador de la parte de Lolonois a quien escribió las siguientes razones: No daré jamás algún cuartel a español; tengo firme esperanza de ejecutar en vuestra persona lo mismo que en los que aquí enviasteis con el navío, con el cual os figurabais hacerlo conmigo, y mis compañeros. Turbóse el gobernador oyendo tan tristes, cuanto insolentes nuevas, jurando no acordaría la vida a ningún pirata que cayese entre sus manos; pero los ciudadanos le rogaron, de no querer proponer tanto rigor, pues los piratas podían hacer lo mismo, teniendo cien veces más la ocasión que él; y que siéndoles necesario ganar la vida a la pesca, estarían siempre era peligro de perderla. Con estas razones se templó un poco la cólera del gobernador y no pasó adelante con su juramentada proposición. Tenía ya Lolonois un buen navío, mas muy pocas vituallas y gente dentro por lo cual buscó lo uno y lo otro, y se fue a sus acostumbrados caminos, cruzando de una a otra parte. Viendo que barloventeando no podía hacer nada, determinó ir al puerto de Maracaibo, donde tomó un navío con mucha plata y mercadurías que tenía dentro, el cual iba a comprar cacao; viniéndose con estas presas a Tortuga con grande alborozo, no siendo menor el de sus habitantes por el feliz suceso de Lolonois y sus particulares intereses. No quedó largo tiempo allí, pues armando una flota (siéndole necesaria una fuerza de quinientos hombres), resolvió de ir a las tierras españolas para saquear las ciudades, villas y lugares, y finalmente tomar Maracaibo, teniendo consigo gente muy resuelta y propia a estas empresas; principalmente estando en su servicio prisioneros que sabían exactamente todos los caminos y lugares para sus designios.
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SEGUNDA PARTE DEL LIBRO QUINTO DE LA HISTORIA DE LA FLORIDA DEL INCA Refiere cómo los españoles determinaron desamparar la Florida; un largo camino que para salir de ella hicieron; los trabajos incomportables que a ida y vuelta de aquel viaje pasaron hasta volver al Río Grande; siete bergantines que para salir por él hicieron; la liga de diez caciques contra los castellanos; el aviso secreto que de ella tuvieron; los ofrecimientos del general Anilco y sus buenas partes; una brava creciente del Río Grande; la diligencia en hacer los bergantines; un desafío del general Anilco al cacique Guachoya, y la causa por qué; el castigo que a los embajadores de la liga se les hizo. Contiene quince capítulos. CAPÍTULO I Determinaron los españoles desamparar la Florida y salirse de ella Con la muerte del gobemador y capitán general Hernando de Soto no solamente no pasaron adelante las pretensiones y buenos deseos que de poblar y hacer asiento en aquella tierra había tenido, mas antes sus capitanes y soldados volvieron atrás y se trocaron en contra, como suele acaecer dondequiera que falte la cabeza principal del gobierno. Que, como todos los capitanes y soldados del ejército hubiesen andado descontentos por no haberse hallado en la Florida las partes que pretendían, aunque tenía las demás calidades que hemos dicho, y como hubiesen deseado salirse de ella y que sólo el respeto del gobernador les hubiese refrenado (muerto él), de común consentimiento de los más poderosos fue acordado que, lo más presto que les fuese posible, saliesen de aquel reino. Cosa que ellos después lloraron todos los días de su vida, como se suele llorar lo que sin prudencia ni consejo se determina y ejecuta. Y el contador Juan de Añasco, que, como ministro de la hacienda de su rey y caballero y hombre noble por sí y uno de los que más habían trabajado en este descubrimiento, estaba obligado a sustentar la opinión tan acertada de su capitán general y a salir con su empresa y conquista, siquiera por no perder lo trabajado, pues para todos ellos era de tanta honra y provecho y para la corona real de España de tanta grandeza, majestad y aumento, como hemos visto, no solamente no contradijo a los demás capitanes y caballeros, que eran de parecer que dejasen aquel reino, mas antes él mismo se ofreció a los guiar y sacar con brevedad al término y jurisdicción de México, porque se picaba de cosmógrafo y presumía, en su ciencia, ponerlos presto en salvo, no mirando las provincias largas y los ríos caudalosos, los montes ásperos y estériles de comida, las ciénagas tan dificultosas que habían pasado, antes lo allanó todo. Porque ésta nuestra ambición y deseo, cuando se desordena, suele facilitar los trabajos y allanar las dificultades de sus pretensiones, para después dejarnos perecer en ellas. Dioles ánimo y osadía para esta nueva determinación la memoria de ciertas nuevas falsas que el invierno pasado y el verano antes los indios les habían dicho que, al poniente, no lejos de donde ellos andaban, habían otros castellanos que andaban conquistando aquellas provincias. Estas hablillas pasadas resucitaron los españoles en su memoria y, haciéndolas verdaderas, decían que debía ser gente que hubiese salido de México a conquistar nuevos reinos y que, según los indios decían, no debían de estar lejos los unos de los otros; que sería bien los fuesen a buscar y, habiéndolos hallado, les ayudasen a conquistar y poblar, como si ellos no hubieran hallado qué conquistar ni tuvieran qué poblar. Con este común consentimiento, tan mal acordado, salieron nuestros españoles de Guachoya a los cuatro o cinco de julio, enderezando su viaje al poniente con intención de no torcer a una ni a otra parte, porque les parecía que, siguiendo aquel rumbo, habían de salir a tierra de México, y no miraban que, según su misma cosmografía, estaban en mucha mayor altura que las tierras de la Nueva España. Con el deseo que llevaban de verse en ellas, caminaron más de cien leguas, a las mayores jornadas que pudieron, por diferentes tierras y provincias que las que hasta entonces habían visto, empero no tan fértiles de comida ni tan pobladas de gente como las pasadas, y no podremos decir cómo se llamaban estas provincias, porque, como ya no tenían intención de poblar, no procuraban saber los nombres ni informarse de las calidades de las tierras, sólo pretendían pasar por ellas con toda la prisa que podían, y por esto no tomaron los nombres ni pudieron dármelos a mí.
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SEGUNDA PARTE DEL LIBRO SEGUNDO DE LA HISTORIA DE LA FLORIDA DEL INCA Donde se verán las muchas y bravas peleas que en pasos dificultosos, indios y españoles tuvieron en la gran provincia de Apalache; los trabajos que pasaron en descubrir la mar; los sucesos e increíbles afanes que a ida y vuelta padecieron los treinta caballeros que volvieron por Pedro Calderón; la fiereza de los de Apalache; la prisión de su cacique, su extraña huida y la fertilidad de aquella gran provincia. Contiene veinte y cinco capítulos. CAPÍTULO I Llegan los españoles a la famosa provincia de Apalache, y de la resistencia de los indios El gobernador y sus capitanes, habiendo sabido en el pueblo de Osachile que la provincia de Apalache --de quien habían oído tantos loores y grandezas así de la abundancia y fertilidad de la tierra como de los hechos en armas y bravosidades de la gente-- estaba ya cerca, con cuya ferocidad y valentía tantas amenazas les habían hecho los indios por el camino, diciéndoles que los de Apalache los habían de asaetear, descuartizar, quemar y destruir, deseando verla ya e invernar en ella, si fuese tan fértil como decían, no quisieron parar en Osachile más de dos días. Al fin de ellos salieron del pueblo, y, en otros tres, caminaron sin contradicción alguna doce leguas de despoblado que hay en medio de las dos provincias, y, a las doce del cuarto día, llegaron a una ciénaga muy grande y mala de pasar, porque solamente de agua, sin el monte que de una parte y otra había, tenía media legua de ancho y de largo era como un río. A las orillas de la ciénaga, fuera del agua, había un monte de mucha arboleda, gruesa y alta, con mucha maleza de zarzas, y otro monte bajo, que, entretejiéndose con los árboles gruesos, espesaban y cerraban de tal manera el monte que parecía un fuerte muro, por lo cual no había paso alguno por donde pasar el monte y la ciénaga sino por una senda que los indios tenían hecha, tan angosta que apenas podían ir por ella dos hombres juntos. Antes de llegar al monte, en un buen llano, se alojó el real, y, porque era temprano, mandó el gobernador que cien infantes entre ballesteros y arcabuceros y rodeleros, y treinta de a caballo, con doce nadadores señalados para tentar la hondura del agua, fuesen a reconocer el paso de la ciénaga y advirtiesen bien las dificultades que en ella hubiese para llevarlas prevenidas el día siguiente. Los españoles fueron, y a pocos pasos que entraron por el callejón del monte, hallaron indios apercibidos para defenderles el paso; mas, como el callejón era tan estrecho, ni los fieles ni los infieles podían pelear, sino los dos delanteros de cada banda. Por lo cual, poniéndose dos españoles, los más bien armados en delantera con sus espadas y rodelas, y otros dos ballesteros y arcabuceros en pos de ellos, antecogieron los indios por todo lo que había de monte hasta salir al agua. Donde, como los unos y los otros se pudieron esparcir y derramar, hubo gran pelea y muchos y muy buenos tiros de una parte a otra, con muertes y heridas de ambas partes. Por la mucha resistencia que los indios hicieron en el agua, no pudieron por entonces reconocer los cristianos cuánta fuese la hondura de ella, de lo cual dieron aviso al general, el cual fue en persona al socorro. Llevó consigo los mejores infantes del ejército. Los enemigos, asimismo, por su parte acudieron muchos más que los que antes había en la pelea; con los cuales se reforzó e hizo más cruel y sangrienta la batalla. Los unos y los otros andaban peleando, el agua a medios muslos y a la cinta, con mucha dificultad y aspereza que había para andar por ella, por las malezas de zarzas y matas y árboles caídos que hallaban debajo del agua; mas con todas estas contradicciones, viendo los españoles que no les convenía volver atrás sin haber reconocido el paso, hicieron gran ímpetu en los enemigos y los echaron de la otra parte del agua, y hallaron que toda se vadeaba a la cinta y a los muslos, salvo en medio de la canal, que por espacio de cuarenta pasos, por su mucha hondura, se pasaba por una puente hecha de dos árboles caídos y otros maderos atados unos con otros. Vieron también que, de la misma manera que por el monte, había un callejón debajo del agua, limpio de las matas y malezas que a una parte y a otra había fuera del callejón. Pasada la ciénaga de la otra parte fuera del agua había otro monte tan cerrado y espeso como el que hemos dicho que había destotra parte, por el cual tampoco se podía andar, sino por otro callejón y camino angosto, hecho a mano. Estos dos montes y la ciénaga, cada uno de por sí, tenía media legua de traviesa, de manera que en todo había legua y media. El gobernador, habiendo reconocido bien el paso, y consideradas las dificultades que en él había, se volvió con los suyos a su alojamiento para ordenar, conforme a lo visto y notado, lo que el día siguiente se hubiese de hacer. Y habiendo consultado con los capitanes los inconvenientes y peligros que en el paso había, mandó apercibir cien hombres de los de a caballo, que por ser gente más bien armada que la infantería recibía siempre menos daño de las flechas, los cuales, tomando rodelas (porque no eran menester los caballos), fuesen a pie delante haciendo escudo a otros cien infantes, entre ballesteros y arcabuceros, que les habían de seguir en pos. Mandó asimismo que todos ellos fuesen apercibidos de hachas y hocinos y otros instrumentos para desmontar un pedazo del monte que de la otra parte de la ciénaga había para alojamiento del ejército, porque, habiendo de pasar los españoles uno a uno, por ser el camino estrecho, y habiendo de resistirles el paso los enemigos, que tan feroces se habían mostrado aquel día, le pareció al gobernador imposible que su gente pudiese atravesar de claro en un día los dos montes de la ciénaga, por lo cual quiso apercibirse de alojamiento hecho a fuerza de brazos en el segundo monte, pues no lo podía haber de otra suerte.
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SEGUNDA PARTE DEL VIAGE AL REYNO DEL PERÚ CON EL FIN DE AVERIGUAR EL VALOR DE LOS GRADOS TERRESTRES DE MERIDIANO Y VENIR EN CONOCIMIENTO DE LA VERDADERA FIGURA DE LA TIERRA, EN LA QUAL SE COMPREHENDEN LOS HECHOS A LIMA, CAPITAL DEL PERÚ, Y EL REYNO DE CHILE, SUS DESCRIPCIONES, LAS DE AQUELLAS COSTAS Y NAVEGACION, NUESTRO REGRESSO Á ESPAÑA POR EL CABO DE HORNOS Y SUCESSOS SOBREVENIDOS EN ÉL. LIBRO 1 TRATA DE NUESTRO VIAGE A LIMA, MOTIVOS QUE LO PROMOVIERON Y INSTABAN EN LA OCASION, NOTICIAS DE EL, Y DE LAS POBLACIONES QUE SE ENCUENTRAN EN EL CAMINO CON UNA DESCRIPCION DE LA CIUDAD DE LIMA CAPITULO I Del viage por tierra desde Quito hasta Truxillo y causal para passar á Lima, noticia de las ciudades y pueblos que se encuentran y de los caminos, con el methodo de transitarlos 1 La variedad de accidentes á que están por lo regular expuestas las humanas empresas y disposiciones, alternando con una inconstante admirable harmonía el orden de nuestras acciones y sucesos, suele influir en ellos no menores alteraciones y mudanzas. Esto, que en el mundo visible y vejetable sirve de hermosear á la naturalez ay hacer mas recomendable el poder y sabiduria del Supremo Artifice en el mundo político y racional, es causa de que se admire tanta diversidad de acontecimientos, tanta muchedumbre y diferencia de acciones y tantos distintos efectos de politica que, succediendose con un continuo y entretexido enlace, forman la hermosa representacion con que se vé lucir el ameno campo de la Historia, y la inconstancia, que tanto se nota aun en las cosas mas firmes y mas estables, no pocas veces suele ser uno de los poderosos obstáculos que contrastan el logro en las obras de alguna duracion. ¿Quantas que emprendió ó concibió grandes el ingenio llegaron á descaecer y frustrarse por los baybenes del tiempo y mutaciones de las cosas que embarazaron su perfeccion? Unas porque faltaron los que las havian de sostener ó fomentar, y assi fue forzoso flaquear en su execucion, y otras porque, combatido con las dilaciones y embarazos, el animo se dexó llevar á el abandono ó se halló impossibilitado á su continuacion. Nuestra empresa principal de la medida de los grados del meridiano cerca del equador, si mirada solo en idea, y lexos de las dificultades de su practica, apareció facil y de no mucho tiempo, la experiencia y el desengaño nos hicieron reconocer á costa del trabajo y propia diligencia que á una ora de tanta recomendacion por la gravedad de su importancia y del comun interés de las naciones no le debían faltar los embarazos, demoras y obstáculos que, haciendola de mas duracion y prolixidad, la calificasen con la circunstancia de la mayor expectacion. Assi, fuera de las dificultades intrinsecas que contenía por lo tocante á la exactitud necessaria en las observaciones, las dilaciones para lograrlas á proporcion del deseo y los estorvos de las nubes, páramos y terreno, opuestos todos á la brevedad de ella, la misma dilatacion dió lugar á que, juntandose otras extrinsecas, pudiessen yá que no del todo ser causa de que quedasse imperfecta, al menos serlo de que algun espacio de tiempo estuviesse por nuestra parte interrumpida. 2 Yá queda dicho en el capitulo segundo del quinto libro, parte primero que, hallandonos en Cuenca concluyendo la observacion astronomica en aquel estremo de la meridiana, recibimos impensadamente una carta en que el marqués de Villa Garcia, virrey del Perú, nos llamaba á la capital. La instancia con que nos encargaba la brevedad no admitia dilacion, y como el deseo que siempre nos acompañó de señalarnos en ocasiones del real servicio, no dió treguas á nuestra obediencia, fue preciso dexar suspensa por entonces aquella obra aunque solo faltaba para terminarla la segunda observacion astronomica á la parte del norte, en donde acababa la serie de los triangulos. 3 El assunto que motivó nuestra llamada fue haver tenido el virrey la noticia de que, á causa de la guerra declarada entre las Coronas de España y Inglaterra, se valía esta nacion de semejante coyuntura para embiar un armamento con algunos ocultos designios á aquellos mares, siendo el principal el de hostilizar sus costas y puertos. Para su oposicion, se havian discurrido varias providencias, y, tal vez persuadido el virrey á que pudiesse nuestra conducta conmensurarse á lo que necessitaban sus deseos, quiso confiarle parte de ellas, calificando en su eleccion el concepto que debiamos á su favor, en que tanto mas empeñaba nuestra obligacion quanto la distancia de mas de 400 leguas no servia de embarazo á su memoria para hacerla tan honrosa en esta ocasion. 4 El día 4 de septiembre de 1740 llegó á nuestras manos la carta del virrey; y puestos inmediatamente en marcha á Quito para prevenirnos de las cosas precisas al viage, lo emprendimos desde esta ciudad el 21 de octubre, determinando hacerlo por Guaranda y Guayaquil, pues, aunque se podia executar por tierra yendo por Cuenca y Loja, nos pareció mas ligero essotro, tanto porque la maleza de los caminos no es tan dilatada en jornadas quanto por ser mas regular para hallar con puntualidad los vagages necessarios y menos expuesta á demoras en las poblaciones, segun los varios accidentes que frequentemente se experimentan en caminos tan fatales con las aguas, rios y derrumbaderos. 5 El dia 30 de octubre llegamos á las bodegas de Babahoyo y, tomando una canoa ligera, continuamos por el rio hasta Guayaquil, donde, embarcandonos en una pequeña fragata que salla para el puerto de la Puná, dimos fondo en él el 3 de noviembre y, fletando una balza grande, proseguimos la derrota haciendo la travesía de aquel golfo hasta Machala, pues, aunque por lo regular se practica al salto de Tumbez, fue preciso variarla porque el piloto no conocia muy bien la entrada del estero, que llamaban de Jambalí, donde está el salto. Finalmente, el dia 5 por la mañana arrimó nuestra balza á la playa de Machala, de la qual dista del pueblo, adonde fuimos por tierra, como dos leguas cortas. A1 dia siguiente, dia 8, despachamos el equipage en una canoa grande ó bongue por los esteros al salto de Tumbez, y en la misma proseguí yo por hallarme sumamente indispuesto de una gran caida que dí en aquel pueblo. Don Jorge Juan y los criados siguieron á cavallo por tierra, transito solo practicable para escoteros porque, siendo todo el país llano, se compone de cienagas saladas que las inundan las aguas en todas las crecientes. 6 El salto, adonde llegué el 7 por la noche, es un parage que sirve de puerto á las embarcaciones pequeñas, como chatas y balzas; está en lo interior de algunos esteros ó brazos de mar, y en el que nombran de Jambalí, que dista de la playa de 14 á 16 leguas, pero totalmente despoblado porque ni allí ni en mucha distancia alrededor se encuentra agua dulce. Assi, solo sirve aquel sitio para poner en tierra la carga que lleven estas embarcaciones, de el qual la conducen á Tumbez las requas de mulas que para este fin mantiene aquel pueblo, y es en lo que consiste su comercio. No solamente está despoblado el salto pero ni aun se encuentra cubierto en él; toda la fardería y mercancias que allí llegan se ponen en una pequeña plaza que forma y, con la seguridad de que yá desde allí en adelante es muy estraño el que llueva, se mantienen libres de todo daño hasta que las transportan á Tumbez. 7 Tanto en aquel puesto como en todo lo que cogen los esteros, son tan espesos los manglares que, entretexidas sus raices y ramas unas con otras, lo hacen totalmente impenetrable y sumamente molesto por la abundancia de mosquitos, para los quales no hay otro reparo que el de colgar el toldo, luego que se llega, y meterse dentro hasta que, estando prontas las cavalgaduras, sea hora de marchar. Lo interior del terreno, adonde el agua de las crecientes no alcanza, se compone de monte de otros arboles pequeños y silvestres, en los quales abundan mucho los venados y tigres, y la imponderable mortificacion de los mosquitos trae á los passageros la comodidad de que, no dando treguas al sueño, prevengan la atencion contra el inminente riesgo de los tigres, de que se han experimentado muchos casos bien lastimosos. 8 En la mañana del dia 9 llegué al pueblo de Tumbez, cuya distancia desde el salto es de 7 leguas; y como todas son despobladas y se componen parte de marismas anegadizas y parte de arenales muertos, donde de dia hace mucha reberveracion el sol, procuran caminarla siempre de noche para que las mulas puedan aguantarla, pues, siendo 7 leguas de ida y otras tantas de vuelta sin haver en ellas agua dulce ni comida, es larga la jornada para ellas y sería mucho mas fastidiosa si se practicase de dia; por esto, nunca salen vagages de Tumbez para el salto sin que preceda el despachar propio, avisando los que se necessitan, para lo qual, se destina uno de los marineros que van en la embarcacion; y de otra forma harían el viage en valde, no siendo factible el detenerse en aquel sitio. 9 Don Jorge Juan havia llegado á Tumbez el dia 8; y aunque tenia hecha solicitud de que se aprontassen mulas para continuar el viage, no se pudo esto conseguir sin padecer alguna detencion, la que procuramos aprovechar observando la latitud de aquel pueblo el dia 9 con el quarto de circulo, y se determinó ser de 3 grados 33 minutos 16 segundos austral. 10 Hace vecindad á Tumbez un rio del mismo nombre, que desemboca en la ensenada del de Guayaquil, casi enfrente de la isla del Amortajado ó Santa Clara; por él entran lanchas, chatas y balzas hasta el pueblo porque tiene de dos á tres brazas de profundidad y 25 tuessas de ancho, pero en el ibierno se hace dificultosa la navegacion de subida para toda suerte de embarcacion por la mucha corriente que lleva con el aumento de aguas con que baxa desde la sierra. Poco distante de esta y en una de las orillas del rio, se halla situado el pueblo sobre un terreno muy arenoso y con algunas desigualdades ó pequeñas eminencias de arena muerta, y entre ellas, con poco orden y sin union, setenta casas, todas de caña cubiertas de paja, que sirven de habitacion á 150 familias de mestizos, indios, mulatos y algunos españoles; pero además de estas, continuan otras en las orillas de aquel rio, donde gozan de amenidad en sus tierras por la comodidad que tienen para regarlas. 11 Su temple es cálido en estremo y muy seco, de suerte que rara vez llueve; y quando sucede, que es al cabo de muchos años, no cessa interin dura el ibierno. Desde este pueblo de Tumbez hasta Lima es conocido todo aquel país con el nombre de Valles en la parte que se estiende desde las faldas de la cordillera de los Andes hasta el mar, y assi no causará novedad cuando se advierta su repeticion en algunos passages de esta historia. 12 Fue Tumbez el parage donde desembarcaron la primera vez los españoles por aquella parte de la America meridional, comandados por Don Francisco Pizarro, en el año de 1526, tratando entonces pacificamente con los caziques, señores de la comarca y vassallos yá de los ingas. En los indios no fueron pequeñas las admiraciones al ver á los españoles ni menos en estos la que les causó la mucha riqueza de que tuvieron noticias y la grandeza de los palacios, fortalezas y templos, que eran todos de piedra y de que al presente no han quedado ni aun vestigios. 13 En las amenas orillas de este rio, en quanto alcanza el riego de las acequias, se cria el maiz abundantemente y las frutas y raices de temple cálido; en lo interior de las tierras á donde no llega este beneficio, hay algarrobales, con cuya fruta se mantiene toda suerte de ganados. No es esta en todo semejante á la que se conoce en España con el nombre de valencia; su bayna tiene de quatro á cinco pulgadas de largo y como quatro lineas solamente de ancho, de un color blanquizco con algun pequeño viso amarillo. Con este mantenimiento, adquieren grandes fuerzas los ganados del tráfico, y los comestibles se ceban y engordan mucho, tomando tan buen gusto sus carnes que se distinguen por esta circunstancia. 14 El dia 14, continuamos mi viage, llegué á la ciudad de Piura, siendome forzoso detenerme allí algun tiempo, assi para que pudiesse incorporarse Don Jorge Juan como para curarme y convalecer de mi caida, experimentando entonces la eficaz virtud de la calaguala en el pronto efecto con que obra, tan recomendable y digno de que en Europa haya merecido el alto concepto en que está. 15 Hay desde el pueblo de Tumbez hasta la ciudad de Piura, segun el mas recto computo, 62 leguas, que anduve en 54 horas sin contar las de descanso, y el passo largo y permanente de aquellas bestias se debe regular á mas de legua por hora. Hasta el pueblo de Amotape, que es la unica poblacion en este transito, se numeran 48 leguas; lo restante es despoblado, y por esta razon no se hace mas que dar dos ó tres horas de descenso á los vagages quando lo necessitan ó hay comodidad para que beban algunas aguas salobres y encharcadas, que son las que se suelen encontrar. Salese de Tumbez, atravesando su rio en balzas, y despues se continúa el camino por entre espesos bosques de algarrobal y otros arboles cosa de dos leguas, las que, concluidas, se sale á la playa y esta no se dexa hasta Máncora, distante de aquel pueblo 24 leguas. Para esto, se procura coger en la fueza de la vaciante un parage llamado Malpasso, que está como á 6 leguas de Tumbez, porque, siendo un eminente cañon cortado á escarpe, adonde bate y sube el mar con la creciente, y no haviendo comodidad de camino sobre él por las muchas peñas, quebradas y precipicios que lo estorvan, es forzoso passar por allí y no arriesgarse en toda su distancia, que ocupará media legua, á que, creciendo el mar, cierre el estrecho camino que dexa quando está baxo. En lo demás de este primer transito hasta Máncora es preciso lograr la coyuntura de que el mar no se halle en plena creciente porque, como todo aquel territorio se compone de arenales muertos, á la primera legua se fatigarian las cavalgaduras y no podrian continuar, y assi se busca el camino por la playa que lava la resaca con el agua ó batidero de las olas, donde, encontrando alguna mayor firmeza, evitan lo mas pesado de la arena. Máncora es un sitio por donde en ibierno corre un pequeño arroyo de agua dulce, y en él hallan bebida las mulas; en verano apenas quedan unas pozas en su madre de agua tan salobre, que solo la necessidad puede hacerles tolerable su salado gusto. En las orillas de este arroyo, que se fecundizan con su humedad, hay muchos algarrobales crecidos y tan espesos que forman un sombrío monte. 16 Desde Máncora continúa el camino otras 14 leguas por entre áridos cerros, algo apartados de la playa, con algunas subidas y baxadas, hasta una quebrada que nombran de Pariñas, en la qual sucede lo mismo que en Máncora y es la segunda parada. Desde esta, prosiguen otras 10 por llanos de arenal hasta el pueblo de Amotape, siempre á alguna distancia de la mar. 17 Este pueblo, cuya latitud austral es de 4 grados 51 minutos 43 segundos, es anexo á el curato de Tumbez y pertenece á su tenientazgo, que lo es del corregimiento de Piure. Componese de 30 casas de cañas cubiertas de paja, y su vecindario, de indios y mestizos. A un quarto de legua de él está un rio de su mismo nombre, cuyas aguas fertilizan mucho su terreno, y por esto se vé todo él sembrado y reducido á chacaras, en donde se cogen con abundancia semillas, raices y frutas de temple cálido, qual es el de aquel pueblo, de donde le proviene tanto á este como á Tumbez la continua plaga de mosquitos. Passase este rio á vado en el verano y en balza quando es tiempo de aguas en la sierra porque con ellas aumenta excessivamente su caudal y rapidez. Su transito es forzoso para ir á Piura, y despues de él se continúa cosa de 4 leguas por bosques de algarrobales, cuyos arboles tienen mucha altura; al fin de estos comienza un arenal, donde los harrieros mas diestros ó mas prácticos indios suelen perder la direccion del camino pues, mudando el viento los medanos ó montes de arena que pudieran servir de señal, borra las sendas, y en un horizonte terrestre no queda mas arbitrio que el de governarse por el oriente del sol si es de dia ó, si es de noche, por algunas estrellas, circunstancia que, no atendida de la poca reflexion de aquellos indios, suele causarles frequentes extravíos, de que solo salen encontrando á costa de alguna diligencia el rumbo verdadero. 18 De lo que se ha dicho, podrá conocerse lo molesto de este tránsito, en que, además de ser preciso llevar lo que se ha de comer hasta Amotape, se ha de hacer lo mismo con el agua y tener la preocupacion de llevar yesca y todo lo necessario para encender fuego, pues, sin ello, no hay otro recurso que el de comer fiambre. En el territorio de este ultimo transito se halla una mina de copé, y de ella se saca mucha porcion para llevar al Callao y otros puertos, donde tiene bastante consumo porque se emplea en las embarcaciones en lugar de alquitrán, bien que tiene el defecto de quemar las jarcias, pero su poco coste hace que, mezclandolo con aquel, se sirvan de él. 19 La ciudad de Piura, que hoy es cabeza de corregimiento, fue la primera poblacion de los españoles en el Perú; fundóla Don Francisco Pizarro el año de 1531 edificando en ella el primer templo. Diósele á esta ciudad el nombre de San Miguel de Piura, y tuvo su primitivo assiento en el valle de Targasala, donde permaneció poco tiempo por la mala calidad del temperamento, y se trasladó al parage que ahora ocupa; su latitud es austral de 5 grados 11 minutos 1 segundo, y se observó que variaba allí la aguja 8 grados y 13 minutos nordeste. Su planta ó situacion es en un llano de arena de mediana extension, y las casas, de adoves ó de quinchas, que por lo regular no tienen alto. Hace su residencia en ella el corregidor, cuya jurisdiccion se estiende una parte por aquellos valles y otra en la serranía. Tienen, assimismo, Caxas de Real Hacienda con un contador y un tesorero, los quales alternan cada seis meses, residiendo el uno en el puerto de Paita y el otro en aquella ciudad; el primero, con el fin de percibir los derechos de entrada por los generos que se desembarcan para tomar su curso por allí y celar las introducciones de ilicito comercio, y el segundo, con el de practicar lo mismo en Piura con los efectos que baxan de la sierra por Loja ó passan de Tumbez para Lima. 20 Se compone aquella ciudad de 1500 vecinos, y entre estos hay familias de calidad distinguida, otras de españoles, mestizos, indios y mulatos. Su temperamento es cálido y muy seco, tanto que en él llueve menos frecuentemente que en Tumbez, pero sano. Tiene un rio que passa inmediato á sus casas, y fertiliza las tierras, á que comunica su humedad, que, por ser arenoso todo el pais, se ensancha lo bastante y, con el auxilio de las zequias y llano del territorio, se conduce facilmente adonde se desea; no lleva agua en el verano, ni se conoce en el terreno señal que dá indicios de tal rio, pues la poca que baxa de la serranía corre oculta por su madre; y no teniendo la ciudad otro recurso para todos los menesteres de la vida, se hacen pozos en ella, y, profundando á proporcion de la esterilidad del año, se saca el agua que se necessita. 21 Tiene Piura un hospital al cuidado de la religion bethleemitica; y aunque se curan en él toda suerte de enfermedades, es famoso por la del morbo galico, pues contribuyendo sensiblemente para su mejor curacion la qualidad del clima, acuden á él de todas partes los que se hallan infestados de este mal, y en muchos se experimenta que, con menos cantidad del especifico que se suele aplicar en otros paises y sin tanta molestia del paciente, se logra el fin de restablecerse á la primera salud. 22 Como todo el territorio perteneciente á este corregimiento, en lo perteneciente á Valles, no tiene mas fruto que el de la algarroba, fuera de las chacaras de maiz, algodón, simientes, frutas y raices con que se alimentan sus moradores, lo mas de él se compone de haciendas para pastar ganado cabrío. De esta se hacen matanzas muy crecidas, y con el cebo se fabrica el jabón, de que es muy grande el consumo en Lima, Quito y Panamá, á donde se hacen grandes remissiones. De los cueros se curten cordovanes, que tienen la misma salida, y contribuye á su comercio la cabuya ó pita, de que abunda mucho la parte de serranía perteneciente á su jurisdiccion. Además de este comercio activo, logra el de las requas de mulas, con el qual aumenta la utilidad su vecindario porque todos los generos de ropa de la tiera que se remiten de Quito á Lima y los que van de España, que precisamente se desembarcan en el puerto de Paita han de hacer el viage de su destino en mulas de aquella provincia; con que, siendo uno y otro tan numeroso, se puede conjeturar quanto lo será la cantidad de requas y mulas aplicadas á este tráfico, que dura incessantemente mas ó menos todo el año y con especialidad quando están los rios secos ó llevan poca agua. 23 Luego que llegó á Piura Don Jorge Juan y se dispusieron los vagages necessarios, continuamos el dia 21 nuestra marcha y el siguiente entramos en el pueblo de Sechura, distante de aquella ciudad 10 leguas computadas por el tiempo que se tardó en caminarlas. Todo este transito es despoblado y llano pero su suelo, de arena muerta que fatiga bastantemente los vagages. 24 Aunque es lo regular en el Perú viajar en mula porque la maleza y peligro de los caminos no permiten otra comodidad, desde Piura se logra el descenso de literas hasta Lima. Estas las suspenden en lugar de varas con dos cañas gruessas de las de Guayaquil y disponen su fabrica de suerte que no toquen el agua al vadear los rios ni tengan embarazo en las subidas ó baxadas que se ofrecen quando el camino es desigual. 25 Como suelen ser los vagages que se sacan de Piura los que hacen todo el viage hasta Lima, y en esta distancia hay muchos transitos algo largos de despoblado, donde no es menor la fatiga originada de su mucha distancia que la que ocasiona la mala calidad del terreno por ser de arena, se hace preciso darles algunos dias de huelgo en todo el discurso de él, y principalmente en Sechura, porque desde allí se entra inmediatamente en el despoblado que tiene el mismo nombre. Con este motivo, nos fue forzoso detenernos, y en los dos que estuvimos se observó la latitud, la qual quedó establecida de 5 grados 32 minutos 33 segunos y medio. 26 La fundacion de este pueblo fue antiguamente en la inmediacion del mar, no distante de una punta que nombran de la Aguja, pero, haviendose sumergido y inundadolo el mar, la retiraron al que hoy tiene cosa de una legua distante de la playa; hacele vecindad un rio que toma el mismo nombre del pueblo, y sucede en él lo propio que en el de Piura. Quando lo passamos, no havia indicios de él, pero desde los meses de febrero y marzo hasta el de agosto ó septiembre recoge tanta agua que no admite vado, y es preciso passarlo en balza, lo que experimentamos en el segundo y tercer viage que hicimos á Lima. Cuando está seco, se valen del mismo arbitrio de abrir pozos en su madre y de ellos se proveen de agua, aunque muy gruessa y salobre. Contendrá Sechura como 200 casas de caña y una iglesia muy capaz y decente de adoves. Su vecindario es todo de familias de indios, que llegarán hasta el numero de quatrocientas y se ocupan en el exercicio de harrieros ó pescadores. 27 Las casas de todos estos pueblos son tan sencillas y poco artificiosas que sus paredes solo se componen de cañas regulares ó carrizos endebles clavados en el suelo, y a lo mismo el techo llano pues, como no llueve, escusan el hacerlos á dos aguas; assi, por todas partes se clarean, y el sol, no menos que el viento, las penetra fácilmente. Sus indios moradores usan distinta lengua que la comun de los demás pueblos, tanto de Quito como de lo restante del Perú, y esto sucede frequentemente en mucha parte de Valles; no solo se distinguen en lo formal de la lengua pero en el acento porque, además de prorrumpir las voces en un tono, como de canto triste, comen la mitad de las palabras finales, como si les faltasse la respiracion para concluirlas. 28 El vestuario de estas indias, tambien algo desemejante, se reduce á un anaco como el de las de Quito, á excepcion de ser tan largo que las arrastra lo bastante por el suelo; es mucho mas ancho, y no lo afianzan ó sugetan á la cintura pero sin mangas; para andar, lo suspenden un poco y recogen debaxo de los brazos. Cubrense la cabeza con unos paños blancos de algodón bordados ó labrados en el talar de otros colores, con la circunstancia de que las que son viudas los usan negros. Distinguense por el modo de peynado los estados de cada una porque las solteras y viudas dividen el cabello en dos trenzas, una á cada lado de la espalda, y las casadas lo recogen en una. Son trabajadores, y su comun ocupacion es texer servilletas y otras cosas semejantes de algodón. Los indios visten á la española; y assi como todos ellos usan calzado, las mugeres, por el contrario, no lo acostumbran. Son por naturaleza altivos, muy racionales, y sus costumbres, algo diversas de los de los de Quito. En ellos se vé comprobado lo que se dixo en el capitulo sexto del libro sexto de la primera parte de lo mucho que coadyuva á hacerlos mas capaces la inteligencia de la lengua castellana, que ninguno ignora, y la usan promiscuamente con la suya; se imponen en cualquier assunto y dan muy regular salida á los que se les proponen; no son ni tan superficiosos ni tan sujetos al desorden de los vicios como los otros; y, finalmente, en todo, á excepcion del color y los demás accidentes corporales, son muy diversos, y hasta la propension á la bebida y demás costumbres caracteristicas de los indios se notan en estos con cierta moderacion y regularidad. Y porque todos los de los valles desde Tumbez hasta Lima son tan despiertos, advertidos y cultos, quedará prevenido para escusar su repeticion. 29 Este pueblo de Sechura es el ultimo de la jurisdiccion de Piura por esta parte, y sus moradores no solo no dan mulas á ningun passagero de su propio arbitrio pero defienden el passo á qualquier persona sin distincion de caracter si no lleva passaporte por escrito del corregidor, cuya providencia se practica para estorvar con ella las ilicitas introduciones del comercio, pues, no haviendo fuera de aquel camino que sale al despoblado mas que otro llamado el rodeo, es forzoso que los que transitan hayan de viajar por uno de los dos. Para seguir el de el despoblado, se sacan de Sechura otras mulas cargadas de agua, con que, dan á beber en su medianía á las que llevan las cargas. El modo de conducirla es en unos calabazos ó totumos muy grandes, para cada quatro mulas de carga una de agua y otra para las dos de litera. Quando van á silla, la llevan en ellas mismas los ginetes en unas alforjas grandes hechas para este fin, y cada uno de los passageros, sea en litera ó en cavalgadura, se provee de la que ha de beber en el camino porque no solo no la hay en todo él pero no se ve otra cosa mas que arena, médanos que hace esta con el viento y á trechos piedras de sal sin encontrarse rama, yerva ni otra cosa verde. 30 El dia 24 salimos de Sechura y, entrando en el despoblado, caminamos por él con algunas cortas paredes de descanso hasta el siguiente, que á las 5 de la tarde llegamos á el pueblo de Mórropa, cuya distancia será en todo de 28 á 30 leguas, y, aunque cuentan mas los del país, no se debe estar á su numeracion. Lo igual y unico de este lleno, su espaciosa distancia y la facilidad de borrarse el camino por la inconstancia del suelo hace que pierdan la senda aun los mas prácticos, pero su habilidad consiste en tales ocasiones en volverla á recobrar, para lo qual se valen de uno de dos arbitrios. El primero, llevar el viento de cara quando van acia Lima y, al contrario, al volver porque, reynando constantemente los vientos sures, están seguros de no padecer engaño con esta regla; y el segundo, coger arena en distintas partes y olerla, pues por el olfato distinguen si es ó no por allí la vereda, en la qual siempre queda alguna impression del estiercol de las mulas. Los que no se hallan con suficiente práctica de tales sitios corren mucho peligro si, rendidos del sueño ó del cansancio, se atrassan y se paran, pues, quando vuelven, se ven sin poder deliberar en la derrota que han de seguir y, perdido el tino una vez, parecen de necessidad y fatiga, como ha sucedido á algunos. 31 El pueblo de Mórropa, que se compondrá como de 70 á 80 casas de la misma especie que los antecedentes, contiene 160 vecinos, que son indios; tiene un rio que passa o distante de él, y llaman los Pozuelos; sucedele lo mismo que á los yá mencionados, pero en todas sus orillas hay muchas chacaras y arboles. Es tal el instinto de los animales que trafican por este camino que, llegando á su olfato el olor del agua desde mas de quatro leguas, se alborotan tanto luego que lo perciben que sería difícil el quererlos detener, con que, abreviando por si propios el passo, terminan la jornada con mayor presteza. 32 El dia 26 passamos de Mórropa al pueblo de Lambayeque, distante de aquel quatro leguas; y haviendo hecho mansion en él todo el dia 27, se observó la latitud de 6 grados 41 minutos 37 segundos austral. Constará este pueblo como de 1500 casas de todas calidades, esto es, unas de adoves, otras de baja reques, que se reduce á fabricar de cañas lo interior de las paredes y embarrarlas despues por dentro y fuera, y las ultimas, de solo caña ó rancherías, que sirven de habitacion á los indios. Su vecindario es como de 3.000 vecinos, entre los quales hay familias de mucho lustre y conveniencias; lo restante son españoles pobres, mestizos, mulatos y indios. La iglesia parroquial, cuya fabrica es de cal y piedra, es muy capaz, vistosa en lo exterior y con sobresalientes adornos para el culto. Hay en ellas quatro capillas, que llaman ramos, con otros tantos curas para el cuidado espiritual de los indios, los quales alternan y assisten á las demás especies de gentes que componen aquel vecindario. 33 El hallarse tan numeroso este pueblo procede de que las familias que hoy contiene habitaban antes en la ciudad de Saña, que fue destruida y arruinada en una invasion que padeció por los años de 1685 del pyrata inglés Eduardo David, á la que siguió algunos despues una formidable creciente con que se hincharon las aguas de aquel rio que participa su nombre, y este acabó de assolarla; y abandonada totalmente, se mudaron sus moradores á Lambayeque. Reside en él un corregidor, á cuya jurisdiccion con otros varios pueblos pertenece el de Mórrope, y un oficial real de los dos destinados en Truxillo. Hace vecindad á este pueblo un rio llamado de Lambayeque; quando baxa crecido, como lo estaba en esta ocasion, se passa por puente de madera y, muchas veces, llega á estar seco totalmente. 34 El territorio de Lambayeque, en lo que puede alcanzar la humedad del rio con la industria de las zequias, es fértil y produce muchas frutas, unas semejantes á las de Europa y otras de las criollas. Cosa de diez leguas de él hay parrales, de cuya uba se hace algun vino, aunque no en abundancia ni de calidad tan sobresaliente como el de otras partes del Perú. Entre la gente pobre de aquel vecindario, se texen algunas cosas de algodón, como colchas labradas, mantelerías y otras semejantes. 35 El 28 salimos de Lambayeque y, passando por el pueblo de Monsefú, que dista de aquel como 4 á 5 leguas, llegamos á hacer parada cerca de la playa, en un sitio que llaman las Lagunas por haverlas de agua dulce de los rebalses que forma en aquel parage el rio de Saña; y volviendo á proseguir el 29, passamos á vado el rio de Xequetepeque, dexando el pueblo de este nombre como á un quarto de legua de distancia, hasta concluir la jornada en el pueblo de San Pedro, distante de Lambayeque 20 leguas y el ultimo de su corregimiento. Observóse su latitud y quedó determinada en 7 grados 25 minutos 49 segundos. 36 Este pueblo contendrá como 130 casas de baxareques, y su vecindario se compone de 120 familias de indios, 30 de blancos y mestizos y 10 á 12 de gente de color ó mulatos. Hay en él un convento de religiosos agustinos, donde solo residen por lo ordinario tres sugetos, que son el prior, el cura del pueblo y un ayudante de este. El rio que le hace vecindad es nombrado de Pacasmayo, y todo su territorio, fértil y abundante de frutas. Mucha parte de la distancia desde Lambayeque á San Pedro se camina por la playa á retazos, y los que no, á poca distancia de ella. 37 El 30 de noviembre continuamos el viage passando por el pueblo de Payjan, que es el primero de la jurisdiccton del corregimiento de Truxillo, y el dia 1 de diciembre entramos en el pueblo de Chocope, que dista del de San Pedro de 13 á 14 leguas; su latitud se determinó de 7 grados 46 minutos 40 segundos, y con la cercanía de un rio nombrado de Chicama y el beneficio de su riego se fertilizan mucho las tierras de su inmediacion, y se produzen lozanamente cañas dulces, ubas y muchas especies de frutas, assi de Europa como criollas, y el maiz, en abundancia, que es la simiente general de todo Valles. Desde las riveras del rio de Lambayeque en adelante se cria en las de todos los demás la caña de azucar, pero en las del Chicama, mas abundantemente y de mejor calidad. 38 El pueblo de Chocope se compone e 80 á 90 casas de baxareque, cubiertas de torta, y su vecindario, de 60 á 70 familias, mucha parte de españoles y lo restante gente de castas, pero de indios, solamente como 20 á 25. La iglesia es capaz y decente, y su fabrica, de adoves. Se refiere en este pueblo, como cosa muy particular por serlo en aquel clima, que en los años de 1726 llovió, durando las aguas 40 dias continuos con el orden diario de empezar á las 4 ó 5 de la tarde y cessar á la misma hora de la mañana siguiente, pero todo el resto del dia estaba la athmosphera limpia y el cielo despejado. Con este tan inesperado accidente se arruinaron totalmente las casas, y solo quedaron algunos pequeños fragmentos de las paredes de la iglesia, que, por ser de adoves, tuvieron alguna mas resistencia. Lo mas notable para aquellos vecinos fue que en todo este tiempo no solo no variaron los vientos sures sino que, permaneciendo constantes, soplaron con tanta fuerza que levantaban del suelo la arena convertida en lodo. Dos años despues, se repitió la lluvia por espacio de 11 á 12 dias pero no con la fuerza que antes, y despues acá no se ha vuelto á experimentar semejante accidente ni en muchos años antes havia memoria de que huviesse sucedido.
contexto
El 12 de octubre de 1496, Juana contrajo matrimonio a los 16 años con Felipe de Habsburgo, conde de Flandes, hijo del Emperador Maximiliano I. Esto supuso un cambio radical en su vida, pues tuvo que trasladarse a vivir en la corte de Flandes, de costumbres completamente distintas a las de corte española. Un idioma distinto. Un país con un clima húmedo, con días lluviosos y nublados en donde el sol apenas aparecía. Una corte en la que ni ella ni su séquito español fueron bien tratados. Un marido que no se preocupó por la suerte de su futura esposa y hacia la que no mostró delicadezas ni las atenciones debidas a su rango. Juana partió con su séquito desde el puerto de Laredo hacia Flandes el 21 de agosto de 1496. No hubo en España, como hace notar Fernández Álvarez, fiestas especiales de despedida, es más, ni siquiera su padre Don Fernando acudió a Laredo. Sólo la reina Isabel pasó con su hija la última noche antes de zarpar en el barco (2). La travesía marítima de Juana no estuvo exenta de dificultades, pues ella y su séquito tuvieron que superar una tormenta, refugiándose durante unos días en las costas de Inglaterra. Cuando finalmente llegó a su destino el 8 de septiembre, su futuro marido no estaba allí para recibirla. Juana desembarcó con su cortejo y se encaminaron hacia Bruselas. Gráfico El 12 de octubre, un mes después, apareció por fin Felipe en Lille, donde se casaron inmediatamente. Al parecer, según cuentan los cronistas, "quedaron tan perdida y apasionadamente enamorados el uno del otro", que no esperaron a la boda real y pidieron en ese momento a un sacerdote que los casara para poder consumar el matrimonio esa misma noche. A partir de ese momento, los cronistas describen una conducta entre ambos esposos de extraordinaria pasión que duró muchos meses. En Juana, para quien estas experiencias eran totalmente novedosas, surgió un amor arrebatado por Felipe, una necesidad de tener a su marido continuamente a su lado y una irrefrenable e insaciable pasión. Este comportamiento al inicio de su matrimonio, visto desde una perspectiva global de su vida, podría ser interpretado como un primer episodio de hipomanía o de manía. Desde entonces aparecieron también los celos. Juana no podía tolerar que hubiese ninguna mujer alrededor o cerca de Felipe, incluso después de muerto. Los celos de Juana no eran totalmente infundados ni se debieron solamente a su imaginación, sino que pudieron haber sido detonados por el comportamiento de su marido, conocido por su fama de mujeriego y galán. Felipe se cansó muy pronto de la continua solicitud de Juana. Con la excusa de que era demasiado celosa y esgrimiendo, más tarde, que Juana presentaba comportamientos extraños, rehusaba visitar su cámara con la frecuencia que ésta exigía, dejándola sola durante muchos días e incluso meses. Felipe utilizaba esta negativa suya como medio de presión o castigo hacia Juana. Es necesario tener en cuenta que Juana no desconoció las andanzas de su padre y debió haber sido testigo del sufrimiento de su madre. La propia Juana dejó escrita una carta en la que dice textualmente: 'mas la Reina, mi señora, a quien dé Dios gloria, que fue tan excelente y escogida persona en el mundo, fue así mismo celosa" (2,3)
contexto
La aparición de nuevas órdenes, de la que es buen ejemplo el precedente camaldulense, obedecía a un doble motivo que venia a dar por zanjado el modelo reformista ejemplificado por Cluny. Desde el punto de vista organizativo el triunfo del monacato reformador permitió que este fuera diversificándose hasta definir nuevas modalidades religiosas, ya fueran estas guerreras, ascéticas u hospitalarias. Desde el punto de vista espiritual el redescubrimiento de la pobreza evangélica, ligado a la idea de retorno a la primitiva "vita apostólica" que la reforma gregoriana había propiciado, no podía sino acentuar en el monacato la búsqueda de un mayor rigor moral y disciplinario. El nuevo monaquismo pretendía en esencia romper con el mundo de un modo más radical. No bastaba con la pobreza de los monjes, había que alcanzar la pobreza de los propios monasterios, lo que llevaba necesariamente a una acentuación de los elementos ascéticos. Tradicionalmente esto se había conseguido mediante la vocación eremítica, que sin embargo resultaba difícil de conciliar por su propia esencia con el modelo cenobítico. Un primer intento de fusión entre la vida comunitaria y la eremítica se había dado, si bien de forma provisional, en la llamada "Regla de Crimleg", de la segunda mitad del siglo X. La regla, redactada al parecer en Metz, codificaba ya la vida del monje recluso, ligándola a un monasterio, pero no solucionaba satisfactoriamente el elemento itinerante propio de los eremitas. La solución vino dada por el Cister, que dotó a la prestigiosa vocación eremítica de una faceta colectiva hasta entonces inédita. El alejamiento del mundo, que no ya la exclusiva vida solitaria, pasó a desempeñar un papel central en el nuevo monaquismo, para el que el trabajo manual, la pobreza y la dureza de la disciplina no representaban sino facetas de una sola concepción vital marcada por el ascetismo.