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Desde la muerte de la reina Neferusobek hacia 1787 y hasta la subida al trono de Ahmosis, hacia 1570, tiene lugar una etapa de irregularidad en la sucesión dinástica, acompañada por la invasión de los extranjeros llamados hicsos. Esta nueva época de alteración generalizada se conoce como Segundo Período Intermedio y abarca desde la dinastía XIII hasta la XVII. La tradición quería que el tránsito del Reino Medio al Imperio hubiera durado casi mil seiscientos años, en los que habrían reinado más de doscientos reyes. Estamos en disposición de afirmar que en realidad entre el final de la XII dinastía y la llegada de la XVIII discurren aproximadamente doscientos veinte anos, pero no por ello disminuye considerablemente el número de soberanos. Por fuentes de distinta procedencia podemos asegurar que hubo probablemente más de ciento cincuenta y es fácil que se hubieran alcanzado los doscientos pretendidos por la tradición. La lógica obliga a aceptar la simultaneidad de algunos monarcas aunque ello contradiga las fuentes egipcias, pero a éstas les interesaba primordialmente demostrar la continuidad del poder central y, en menor medida, transmitir la realidad en su correcta dimensión. Por otra parte, cabe la posibilidad de que el cartucho con el nombre faraónico fuera utilizado por gobernadores locales, que en realidad no tenían autoridad más allá de su propia ciudad. En principio da la impresión, a pesar de los múltiples problemas que plantean las fuentes, de que hay continuidad entre la dinastía XII y la XIII; los faraones de ésta intentan desde Tebas legitimar su poder usando nombres de las precedentes. Además, la administración corrobora la persistencia del poder centralizado en la totalidad del valle, aunque aparentemente el norte funciona con cierta autonomía -espejismo quizá motivado por la parca información-; por otra parte, algún documento demuestra la presencia de numerosos individuos de origen asiático que trabajan en el Alto Nilo al servicio de funcionarios. En 1730, bajo el reinado del decimoséptimo faraón de esta dinastía ocurre un acontecimiento insólito, pues en el Delta, donde se daban situaciones de autonomía de hecho en algunos nomos cuyos gobernadores configurarían la oscura dinastía XIV, se produce la conquista de la ciudad de Avaris por gentes procedentes de Asia. Poco a poco los faraones tebanos de la XIII dinastía van perdiendo autoridad en el norte, mientras que los hicsos progresan en sus incursiones -una de las cuales los conduciría hasta las puertas de Tebas- que suponen para el Delta una auténtica segregación del poder central y la desaparición de los reyes locales agrupados en la dinastía XIV. El éxito militar de los invasores culmina con la toma de Menfis hacia mediados del siglo XVII, lo que se traduce en la implantación de una dinastía propia que toma los atributos faraónicos, pero que mantendría la capital en su plaza fuerte de Avaris. Manetón la reconocería como dinastía XV y el Papiro de Turín le atribuye seis monarcas que gobernarían durante algo mas de un siglo. Los hicsos han constituido uno de los temas de debate clásico en la egiptología. Según la versión de Manetón, se trataría de un pueblo procedente de Asia que habría invadido el país y sin necesidad de combatir se habría apoderado del norte; tras la toma de Menfis, todo Egipto quedaría sometido a tributo. Existe acuerdo en la investigación en negar el carácter de pueblo, como grupo étnico, a los hicsos, cuyo nombre significa reyes pastores según la tradición recogida por Flavio Josefo, autor de época romana que transmite parcialmente la obra de Manetón. Los estudiosos han llegado a la deducción de que la palabra hicsos es una deformación griega de un término egipcio que significaría algo así como jefes de los extranjeros ("heqa khasut", que aparece en documentos del Reino Medio) y que se emplea para designa a cualquier extranjero, sin necesidad de que sea asiático, aunque la aplicación en este momento corresponda a gentes procedentes del corredor sirio-palestino, es decir, semitas occidentales. Pero Egipto había conocido desde mucho tiempo atrás la presencia de estas gentes en su territorio, en busca de trabajo y contratados como soldados. Estos infiltrados por todo el país habrían facilitado, suponen algunos autores, la penetración de sus parientes que llegan en un momento mas reciente pero lo más probable es que su situación laboral en el país ni siquiera les permitiera una acción de tal naturaleza. Desde el punto de vista arqueológico no se aprecian vestigios de destrucción sistemática coincidiendo con el momento de la hipotética invasión. Sin embargo, si se documenta en el Delta a partir del ultimo tercio del siglo XVIII un incremento de los restos materiales de importación asiática, lo que demuestra la estrecha vinculación cultural del Delta oriental con respecto al mundo cananeo palestino. Pero lo que resulta más interesante es observar el proceso de transformación cultural de la nueva población que asimila ciertos estímulos egipcios, adapta parte de su sistema al egipcio y termina creando una realidad diferente, aunque no en la intensidad suficiente como para impedir a los egipcios la posterior recuperación de sus señas de identidad. El proceso, de cualquier forma, lo percibimos tergiversado porque la mayor parte de los testimonios disponibles transmiten una negativa imagen de los hicsos. En Avaris, su capital, la divinidad suprema era Baal, dios tutelar asimilado pronto a Seth, junto al cual se encontraba Anat. No obstante, los hicsos adoptaron pronto dioses locales, hasta el punto de que en la titulatura oficial los faraones de las dinastías hicsas (la XV y la XVI) llevan nombre de Re. Más complejidad reviste la correcta interpretación de la identificación de Seth como dios supremo. En efecto, Seth es el dios antagónico de Osiris y, en consecuencia, representa todo aquello vinculado al mal y la violencia. Y desde esta perspectiva no seria osado pensar que había un interés en arrebatar la legitimidad, mediante un procedimiento propagandístico; aunque tal procedimiento podría estar buscado voluntariamente por la corte de Avaris al asociarse al terrorífico Seth, en lugar de hacerlo con alguna otra divinidad más bondadosa. De todas formas, la sorpresa no debe ser extrema, si tenemos en cuenta que faraones del Imperio Nuevo se someterán a la tutela del mismo dios, como los belicosos ramésidas. No obstante, la propaganda faraónica fue siempre contraria a los hicsos y queda bien reflejada en el comienzo del relato manetoniano sobre la presencia asiática: "Ignoro por qué razón nos ha sacudido un golpe divino". Según la tradición, los hicsos habrían sido bárbaros crueles e impíos, que arrasaban ciudades y destruían templos. Pero los monumentos arqueológicos desmienten tales atribuciones, ya que los faraones de las dinastías XV y XVI construyen y restauran santuarios de las divinidades nilóticas y bajo su gobierno se alimenta la creación artística y científica, según ponen de manifiesto documentos como el Papiro Rhind, compendio de alta matemática, o el Papiro Westcar, magistral monumento de la secuencia faraónica. Por otra parte, la presencia de los hicsos no eliminó la continuidad de los egipcios en los principales puestos burocráticos, como se demuestra en el Papiro de Brooklyn: ciertamente, los egipcios colaboraron sin reticencias con los nuevos gobernantes, que no difieren demasiado del comportamiento de los dinastas cananeos contemporáneos de la región de Palestina, aunque pronto quedaron profundamente integrados desde el punto de vista cultural. Asimismo Egipto se vio afectado por la instalación de los hicsos y no sólo por las novedades que éstos introdujeron, como el carro de combate, el arco doble, la coraza, etc., sino también por la demostración inequívoca de la vulnerabilidad del territorio nilótico, hasta entonces victorioso ante cualquier veleidad conquistadora procedente del extranjero. La ideología dominante quedó profundamente marcada por aquellos acontecimientos. La primera dinastía hicsa, la XV, parece estar compuesta por seis faraones, de los cuales sólo sus nombres se conservan en los documentos. Entre ellos destaca Apofis (Auserré), cuyas relaciones con los coetáneos faraones tebanos, sometidos a tributo, aparentemente fueron cordiales. No obstante, al final del reinado se tiene noticia de la existencia de problemas con el sur, donde reina el faraón de la XVII dinastía, Sekenenré, bajo el cual comienza el conflicto que había de desembocar en la liberación del norte, precipitando, por ejemplo el levantamiento de las imposiciones tributarias hasta una zona próxima a El Fayum, donde se establece el nuevo limite de predominio hicso. Mientras tanto, una parte del Delta parece gobernada por una línea paralela de dinastas que permitió a Manetón atribuirles el número XVI, conocida como los hicsos menores. Sin embargo, da la impresión de que debieron estar sometidos a la hegemonía de Avaris y que, en consecuencia, no constituirían una auténtica dinastía.
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En el orden internacional europeo, desde el final del Congreso de Berlín hasta la dimisión de Bismarck, pueden distinguirse dos etapas, separadas por las crisis de los años 1885-1887. La primera se caracteriza por la alianza entre Alemania y Austria-Hungría, que impulsó a Rusia a promover un nuevo acuerdo entre los tres emperadores, y la "Triple Alianza" firmada por Alemania, Austria-Hungría e Italia. La segunda se desarrolló después de que una nueva crisis balcánica acabara con la alianza de los tres emperadores, y de un empeoramiento de las relaciones entre Alemania y Francia. Rusia quedó entonces vinculada exclusivamente a Alemania mediante lo que se conoce como "Tratado de Reaseguro". El resto del entramado no sólo siguió vigente, sino que se amplió integrando a otros países -sobre todo, a Gran Bretaña-, por lo que suele hablarse de apogeo de la diplomacia bismarckiana. La iniciativa de la alianza entre Alemania y Austria-Hungría, aunque perfectamente conveniente para los intereses de la Monarquía dual, partió de Bismarck. Los motivos han sido interpretados de diferente manera. Para los historiadores que acentúan la primacía de la política exterior, el canciller buscaba dos objetivos: fortalecer la posición alemana frente a los dos gigantes del Este y el Oeste -Rusia y Gran Bretaña-, y moderar las pretensiones rusas en los Balcanes, haciendo comprender al zar su debilidad ante el pacto germánico. Los historiadores que, por el contrario, atienden especialmente a la política interior, consideran que Bismarck pretendía la creación de un bloque centroeuropeo, que sirviera como área de expansión e influencia política y económica del Imperio, una idea atractiva tanto para los componentes de la nueva coalición de conservadores, liberales nacionales y católicos, como para el Ejército; una pieza más, por tanto, de la nueva política emprendida en 1879. La explicación que G. F. Kennan ofrece del interés de Bismarck por reforzar a Austria-Hungría incluye tanto factores externos como internos. Para el canciller alemán, el peligro básico a conjurar era una guerra entre Austria y Rusia, guerra a la que ésta era empujada por las tendencias nacionalistas. Si Austria fuese derrotada, el viejo Imperio de los Habsburgo se disolvería y, lógicamente, la población austríaca de habla alemana no tendría otro sitio donde ir que a Alemania. Pero esto era lo que Bismarck más temía, porque los austriacos, unidos a Baviera, harían perder a Prusia su hegemonía en el Reich, además de que los católicos ultramontanos sobrepasarían a los protestantes. "El gran problema de la unificación alemana, cuya resolución había costado a Bismarck tres guerras y los esfuerzos de dos décadas, volvería a quedar abierto, y la obra de su vida puesta en peligro". El tratado se firmó el 7 de octubre de 1879. Preveía una alianza en caso de que una de las dos potencias fuera atacada por Rusia, y una benévola neutralidad si el agresor era otra potencia. La mención explícita de Rusia fue una petición austriaca a la que Bismarck accedió en contra de la opinión de Guillermo I, que la consideraba contraria a su convicción, a su carácter y a su honor. El emperador siempre se mostró inclinado, por razones históricas y amistad hacia el zar, hacia las buenas relaciones con Rusia, frente a las tendencias pro austriacas de Bismarck. Ante la amenaza de dimisión del canciller, el emperador cedió. Este es un buen ejemplo del modo absolutamente personal, incluso por encima del emperador, como Bismarck manejaba la política exterior alemana. Una de las consecuencias de la doble alianza fue la aproximación de Rusia a Alemania. Olvidando los agravios anteriores, aquélla trató de salir del aislamiento en que había quedado. Eso era, en cualquier caso, una de las consecuencias que Bismarck había previsto, y presionó a Austria-Hungría para formar una alianza tripartita. El nuevo ministro austriaco, Haymerlé, se resistió, porque ello suponía perder gran parte de la ventaja del anterior tratado, pero finalmente no tuvo más remedio que aceptar la propuesta, sobre todo después de que la victoria electoral de Gladstone, en 1880, supusiera el abandono de las posibilidades de formar una alianza entre Viena y Londres en contra de Rusia, a la que Disraeli hubiera sido más proclive. El nuevo acuerdo de los tres emperadores se firmó el 18 de junio de 1881, por un plazo de tres años. Tres meses antes, Alejandro III había sustituido a su padre, víctima de un atentado. La política exterior del nuevo zar estaría dividida entre la orientación progermánica del ministro de Exteriores, Giers -que en 1879 había sustituido a Gorchakov cuyas relaciones con Bismarck eran pésimas-, y la tendencia paneslavista de la mayoría del cuerpo diplomático y del Ejército rusos. Por el acuerdo tripartito de junio, que tenía un carácter secreto, se establecía la neutralidad de las otras dos potencias, si una de ellas era atacada por un país ajeno a la alianza, y el compromiso de Austria-Hungría y Rusia de no variar unilateralmente el "statu quo" en los Balcanes. Austria-Hungría concedía la posible reunificación de Bulgaria, a cambio de obtener la anexión completa de Bosnia y Herzegovina. Por último, la seguridad rusa quedaba fortalecida al reafirmarse la prohibición de que los barcos de guerra cruzaran los estrechos. La iniciativa en la creación de la "Triple Alianza" partió de Italia. No deja de resultar paradójica esta aproximación a las potencias centrales existiendo en Italia un movimiento irredentista, que reclamaba la anexión del Trentino, Tirol y Trieste, en poder de Austria. Desde esta perspectiva, parece más lógico que Italia hubiera tratado de unirse a Francia en una alianza latina. Las relaciones franco-italianas, sin embargo, eran malas desde la unificación por la defensa francesa de la Roma papal y, después de 1871, por el temor italiano a que el gobierno del "orden moral" en Francia, actuara en favor de Pío IX, quien no abandonó nunca las esperanzas de recuperar, al menos en parte, el poder temporal, con la ayuda de las naciones católicas. En favor de la iniciativa italiana jugó un importante papel el deseo de ganar prestigio uniendo su suerte a la gran potencia del momento, pero, sobre todo, fue definitiva la política de expansión francesa en el norte de África y, en particular, la ocupación de Túnez por Francia, en 1881, que Italia percibió como un agravio al que se encontraba sin fuerzas para responder. Los factores económicos también fueron importantes. Francia controlaba el 80 por 100 de la deuda pública italiana, pero el intercambio comercial entre Italia y Alemania -de materias primas y productos industriales alemanes por productos agrícolas italianos-, favorecido por la construcción de túneles en los Alpes, era cada vez más intenso. Por el contrario, Francia ofrecía una creciente resistencia a las exportaciones italianas que competían con su propia producción. Bismarck que, por otra parte, alentaba la expansión colonial francesa porque le parecía una buena forma de que este país olvidara anteriores agravios, acogió favorablemente la propuesta italiana, no porque tuviera un gran aprecio de la eficacia y la lealtad italianas, sino por las seguridades que le ofrecía su alianza, en caso de guerra con Francia. Es decir, no por la ayuda directa que pudiera prestarle, sino por la distracción, al menos, de fuerzas francesas en sus fronteras. En 1877, Bismarck había desechado la posibilidad de una alianza con España, que sobre el papel ofrecía la misma ventaja, por la inestabilidad de la situación política española. En una situación semejante a la alemana respecto a Italia, estaba Austria-Hungría que, si llegara a la guerra contra Rusia podía contar con no ser atacada, al mismo tiempo, por los extremos opuestos de sus fronteras. A pesar del rencor contra Italia que Austria guardaba desde 1866, también reconoció otra ventaja que le proporcionaría su alianza: ver disminuir la propaganda nacionalista en las "provincias irredentas". La Triple Alianza fue firmada el 20 de mayo de 1882. Fue el elemento más duradero de la política de Bismarck, ya que habría de ser renovada durante más de treinta años (aunque, a partir de 1902, un pacto secreto entre Italia y Francia desvirtuaría su significado, al menos por parte italiana). La Triple Alianza era también secreta y tenia un carácter estrictamente defensivo. En ella se establecía que si Italia fuese atacada por Francia, las otras dos potencias acudirían en su ayuda, con todas sus fuerzas. Italia también se comprometía a intervenir en ayuda de Alemania si ésta fuera atacada por Francia. En caso de guerra -siempre de carácter defensivo- con otro país distinto de Francia, se obligaban a mantener una neutralidad benevolente, y se reservaban la posibilidad de hacer causa común con su aliado, si lo juzgaban conveniente. Otros dos tratados de relativa menor importancia vinieron a completar el sistema: las alianzas de Austria-Hungría con Serbia, en junio de 1882, y con Rumanía, en octubre de 1883, a las que también se unió Alemania. Con ellas el frente antirruso quedaba fortalecido. No obstante, Bismarck favoreció la renovación de la alianza de los tres emperadores, en 1884, persuadiendo a financieros alemanes para que suscribieran los emisiones de Deuda rusa en la Bolsa de Berlín.
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Cerca de Bolonia, M. Antonio, Octaviano y Lépido sellaron los convenios para repartirse el gobierno del mundo romano, constituyendo el II Triunvirato. Para dar legalidad a lo pactado, se aprobó la Lex Titia que justificaba el triunvirato por la necesidad de restaurar la República. La legalización del Triunvirato concedía a los triunviros los máximos poderes del Estado, pues disponían del poder de los cónsules así como de la capacidad de nombrar magistrados y de decidir sobre la asignación de tierras; todo el ejército estaba bajo sus órdenes y podían tomar cuantas medidas de excepción considerasen oportunas. Estos poderes los recibían por un periodo de cinco años, transcurridos los cuales fueron prorrogados por otro quinquenio; así, el segundo Triunvirato se mantuvo desde el año 43 al 33 a.C. La década del II Triunvirato sirvió para poner en práctica una parte importante del programa político de César: asentamiento de veteranos, fundación de colonias y creación de municipios fuera de Italia, modificación de la composición del Senado, pero también para eliminar sistemáticamente a toda la oposición. Paralelamente, la época de esta Triunvirato se corresponde con la tensión entre M. Antonio y Octaviano por ganar mayores competencias de poder a sabiendas de que el Triunvirato no podía ser una fórmula política de duración indefinida. La eliminación de los enemigos políticos se llevó a cabo en el campo de batalla pero también con la medida de las proscripciones. Los triunviros elaboraron una lista con los nombres de aquellas personas consideradas enemigas del Estado: podían ser asesinados sin juicio previo. Se calcula que murieron así unos 300 senadores y en torno a 2.000 caballeros. El viejo orador Cicerón pagó ahora con su vida sus ataques contra M. Antonio. Al perder los proscritos todos sus bienes que pasaban a poder del Estado, los triunviros encontraron abundantes recursos para realizar el reparto de tierras a los veteranos. La que debió ser una etapa de terror para los anticesarianos, no lo fue tanto para otros sectores sociales. Nos consta que se mantuvo la libertad de costumbres características de años anteriores. El divorcio estaba generalizado; la libertad de relaciones sexuales, incluso de las casadas, siguió siendo habitual; muchas mujeres accedían con facilidad a los medios necesarios para su formación cultural. André ha advertido sobre el prestigio social de que gozaban los poetas y no sólo los del círculo de Mecenas. Se trata de una fase en la que, cultural y socialmente, se sigue imitando a las grandes ciudades helenísticas. En el reparto del gobierno de las provincias entre los triunviros, le correspondió a Antonio la Cisalpina y la Galia Comata, a Lépido la Narbonense y las dos provincias de Hispania, mientras Octaviano se quedaba con las islas de Cerdeña y Sicilia además de la Numidia y África. Era misión de los triunviros el recuperar el mando sobre las provincias orientales que estaban bajo el poder de los cesaricidas: Bruto controlaba el Ilírico, Macedonia y Grecia, mientras Casio ejercía el gobierno sobre la Cirenaica, Chipre y Asia. En virtud de la Lex Pedia, aprobada el 43 a.C., era ilegal el gobierno que Bruto y Casio ejercían sobre las provincias orientales. Pero la pérdida del mismo sólo tuvo lugar en octubre del 42 a.C., cuando perdieron la batalla de Filipos, en Macedonia, contra las fuerzas coaligadas de los triunviros. En Filipos no sólo murieron Bruto, Casio y muchos de sus seguidores, sino que cayeron con ellos los viejos ideales republicanos. Muchos prisioneros fueron ajusticiados sin piedad. Y cuenta Suetonio que Octaviano no ahorró ultrajes con los prisioneros de la nobilitas. De esta derrota sólo unos pocos pudieron escapar para unirse a las tropas de Sexto, el hijo de Pompeyo el Grande, que había iniciado el reclutamiento de un ejército y comenzaba a adueñarse de parte de las provincias occidentales. Pero Filipos puso también en evidencia parte de las contradicciones internas de los triunviros. Por supuestas o reales complicidades de Lépido con Sexto Pompeyo, los dos hombres fuertes del triunvirato, Octaviano y Antonio, decidieron un nuevo reparto territorial que incluía privar a Lépido del gobierno de provincias: así, Antonio sumó ahora también la responsabilidad del gobierno de la Narbonense y de todo el Oriente al que ya tenía sobre la Cisalpina y la Galia Comata. A su vez, Octaviano, quedó al frente de las dos provincias de Hispania, además de Numidia y África; tenía también que desalojar a Sexto Pompeyo del gobierno de Sicilia. Ahora bien, el triunvirato se mantuvo formalmente a pesar de que el poder real residía en sólo dos de sus miembros. Lépido se encargaba de los aspectos religiosos.
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El 7 de enero de 1506, en pleno invierno, cuando Juana apenas hacía cuatro meses que había dado a luz a su hija María, los nuevos Reyes de Castilla zarparon de Flesinga rumbo a España. La travesía fue larga y peligrosa y una tormenta hizo naufragar varias naves de la flota que debió refugiarse en las costas inglesas donde fueron acogidos por el rey Enrique VII. Juana se reencontró con su hermana Catalina, viuda por entonces del príncipe Arturo de Inglaterra. A pesar de aquel emotivo encuentro, Juana prefirió hospedarse lejos de la corte y de los festejos que el rey Enrique VII organizó todos los días en honor de sus huéspedes. Finalmente, el 26 de abril de 1506 desembarcaron felizmente en La Coruña. Juana y Felipe habían llegado a España para ser jurados como nuevos soberanos de Castilla. Sin embargo, tanto su padrem Fernando, rey de Aragón, como su propio esposo, maquinan para hacerse con el poder exclusivo. La posible incapacidad mental de Juana podía ser ventajosa para Fernando, pero un obstáculo para Felipe. Por lo pronto, Fernando se hizo nombrar (sin que lo supiera Juana, que es la reina propietaria de Castilla), gobernador del Reino. Además, llegó incluso a contraer nuevo matrimonio con Germana de Foix, ya que el testamento de Isabel establecía que en caso de que éste tuviese otro hijo, sería el hijo de Fernando el heredero del reino de Aragón y no Juana o sus descendientes. Por su parte Felipe, cuyo futuro como rey de Castilla peligraba en caso de comprobarse la enajenación mental de Juana, intentó ahora neutralizar el efecto negativo que tuvieron las noticias que él mismo se había encargado de difundir, incluso por cartas a sus suegros, aparentando estar muy unido a su esposa. Además, desde Bruselas movió todos los hilos necesarios para hacerse aliados entre los Grandes del Reino y preparar su llegada a España con una cierta ventaja sobre su suegro. Tales preparativos pudieran explicar el tiempo que tardaron Juana y Felipe en regresar a España para ser jurados reyes de Castilla. Gráfico Fue entonces cuando apareció una carta de Juana, fechada en Bruselas el tres de mayo de 1505 (24). Los historiadores no tienen dudas sobre la autenticidad de la carta, pero sí de que el contenido de la misma haya sido una idea espontánea de Juana o una obra de Felipe, quién incluso podría haberle dictado la carta (2). En la carta, Juana justifica su conducta pasada alegando que quienes opinan que "tiene falta de seso", le están levantando "falsos testimonios". Alega que "... si en algo yo usé de pasión y dexé de tener el estado que convenía a mi dignidad, notorio es que no fue otra causa sino celos, y no sólo se halla en mí esta pasión, más la Reina mi señora, a quien dé Dios gloria, que fue tan exelente y escogida persona en el mundo, fue asimismo celosa, más el tiempo saneó a su Alteza, como plazerá a Dios que hará a mí". Sugiere también que hablar mal de ella es hablar mal de su padre pues "...no falta quien diga que le place dello al Rey Fernando a causa de gobernar nuestros Reinos, lo cual yo no creo, siendo Su Alteza rey tan grande y tan católico y yo su hija tan obediente". Y además deja muy claro que aunque ella no estuviera en condiciones de gobernar, "...no había yo de quitar al Rey, mi señor mi marido, la gobernación desos Reinos y de todos los del mundo que fuesen míos, ni le dexaría de dar todos los poderes que yo pudiese..." Esto último estaba en clara contradicción con el testamento de la reina Isabel, quien había dejado expresamente indicado que en caso de que Juana no pudiese o no quisiese gobernar, se nombraría como regente hasta la mayoría de edad de su nieto Carlos al rey Fernando. La situación era delicada. Felipe deseaba hacerse con el poder de inmediato y Fernando no estaba dispuesto a dejar la regencia sin más. Felipe y Fernando negociaron, sin importarles el parecer de Juana e incluso a sus espaldas. Finalmente Fernando se retiró a sus dominios de la Corona de Aragón (no sin antes haber obtenido una jugosa compensación económica) y Felipe hizo su entrada triunfal en Valladolid en el verano de 1506, donde él y Juana fueron jurados como reyes de Castilla. Sin embargo, Juana exigió que en el juramento fuera incluido también el príncipe Carlos como heredero y quedó asentado así en las actas. El 7 de septiembre llegaron a Burgos para establecer allí la sede del gobierno de Castilla. El 25 de septiembre de 1506 Felipe murió de forma repentina en Burgos bajo extrañas circunstancias, probablemente víctima de unas fiebres epidémicas que en aquel tiempo afligían a Castilla (3) aunque, también corrió la versión de que había sido envenenado (4). Durante la enfermedad, que duró 6 días, Juana no se apartó de su marido, lo cuidó con extremada solicitud y mostró una extraordinaria entereza. Su matrimonio había durado 10 años y ahora, de pronto, Juana quedaba convertida en una joven viuda de 26 años, embarazada de su última hija, con cuatro hijos mayores en Bruselas y su hijo Fernando en Castilla. La nueva reina propietaria de Castilla era una mujer que parecía incapaz de tomar decisiones de gobierno en medio de una gran agitación y consternación general, debidas a la muerte tan imprevista de Felipe el Hermoso. Los flamencos venidos desde Bruselas y los partidarios de Felipe fueron rechazados por los partidarios de Don Fernando. Pronto unos y otros urgieron a la reina a tomar decisiones, pero ella, todavía perpleja por la muerte de su marido, no era capaz. Toda esta situación supone un acontecimiento vital que le produce una gran tensión. De hecho, la pérdida del cónyuge es la circunstancia que más stress puede producir en la vida de un individuo y además, puede actuar como un factor precipitante (o disparador) de un episodio psicótico. ¿Podía encontrarse Juana en una situación de mayor estrés que ésta?. Durante esta etapa, la única decisión que tomó haciendo uso de su autoridad como reina de Castilla, fue revocar, el 19 de diciembre de 1506 (3) todas las mercedes que su marido había hecho desde la muerte de la reina Isabel y mantener en el consejo todos los nombrados por sus padres Don Fernando y Doña Isabel, despidiendo a los nuevos miembros. Esta resolución, que fue respaldada por un documento en el que Juana estampó su firma, "dejó sobrecogidos a todos", escribió Modesto la Fuente, e "hizo cambiar de todo punto el aspecto de las cosas", pues dejó debilitado el partido enemigo de su padre Don Fernando. Juana al destituir de su cargo a todos los que Felipe había nombrado, restituyó la situación que a ella le daba confianza, la que sus padres habían establecido. Para evitar la anarquía, se nombró un gobierno provisional constituido por un consejo de regencia que presidía el arzobispo Cisneros quien escribió inmediatamente al rey Don Fernando para que volviera cuanto antes, explicándole también el estado mental de su hija Juana que se negaba a participar en cualquier asunto de gobierno.
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Memorial que para los Reyes Católicos dio el Almirante Don Cristóbal Colón en la ciudad de Isabela, a 30 de enero de 1494 a Antonio Torres, sobre el suceso de su segundo viaje a las Indias, y al final de cada capítulo la respuesta de sus Altezas. Lo que vos, Antonio de Torres, capitán de la nao Marigalante y Alcaide de la ciudad Isabela, habéis de decir y suplicar de mi parte al Rey y la Reina Nuestros Señores es lo siguiente: Primeramente, dadas las cartas de creencia que lleváis de mí para Sus Altezas, besaréis por mí sus reales pies y manos, y me encomendaréis en Sus Altezas como a Rey y Reina mis señores naturales, en cuyo servicio yo deseo fenecer mis días, como más largamente vos podréis decir a Sus Altezas, según lo que en mí visteis y supisteis. Sus Altezas se lo tienen en servicio. ítem: como quiera que por las cartas que a Sus Altezas escribo, y aun el padre fray Buil y el tesorero, podrán comprender todo lo que acá después de nuestra llegada se hizo, y esto harto por menudo y extensamente, con todo, diréis a Sus Altezas, de mi parte, que a Dios ha placido darme tal gracia para en su servicio, que hasta aquí no hallo yo menos ni se ha hallado en cosa alguna de lo que yo escribí y dije y afirmé a Sus Altezas en los días pasados, antes, por gracia de Dios, espero que aún muy más claramente y muy presto por la obra parecerá, porque las cosas de especiería en solas las orillas de la mar, sin haber entrado dentro en la tierra, se halla tal rastro y principios de ella, que es razón que se esperen muy mejores fines, y esto mismo en las minas del oro, porque con solo dos que fueron a descubrir cada uno por su parte, sin detenerse allá porque era poca gente, se han descubierto tantos ríos tan poblados de oro, que cualquiera de los que lo vieron y cogieron, solamente con las manos, por muestra, vinieron tan alegres, y dicen tantas cosas de la abundancia de ello que yo tengo empacho de las decir y escribir a Sus Altezas; pero, porque allá va Gorbalán, que fue uno de los descubridores, él dirá lo que vio, aunque acá queda otro que llaman Hojeda, criado del Duque de Medinaceli, muy discreto mozo y de muy buen recaudo, que sin duda y aún sin comparación, descubrió mucho más, según el memorial de los ríos que él trajo, diciendo que en cada uno de ellos hay cosa de no creerla; por lo cual Sus Altezas pueden dar gracias a Dios, pues tan favorablemente se ha en todas sus cosas. Sus Altezas dan muchas gracias a Dios, y tienen en muy señalado servicio al Almirante todo lo que en esto ha hecho y hace, porque conocen que después de Dios a él son en cargo de todo lo que en esto han habido y hubieren; y porque cerca de esto le escriben más largo, a su carta se remiten. ítem: diréis a Sus Altezas, como quiera que ya se les escribe, que yo deseaba mucho en esta armada poderles enviar mayor cantidad de oro del que acá se espera poder coger, si la gente que acá está nuestra, la mayor parte súbitamente no cayera doliente; pero, porque ya esta armada no se podía detener acá más, siquiera por la costa grande que hace, siquiera porque el tiempo es éste propio para ir y poder volver los que han de traer acá las cosas que aquí hacen mucha mengua, porque si tardasen de irse de aquí no podrían volverse para mayo los que han de volver, y, allende de esto, si con los sanos que acá se hallan, así en mar como en tierra en la población, yo quisiera emprender de ir a las minas o ríos ahora, habría muchas dificultades y aun peligros, porque de aquí a veintitrés o veinticuatro leguas, en donde hay puertos y ríos para pasar y para tan largo camino, y para estar allá el tiempo que sería menester para coger el oro, habría menester llevar muchos mantenimientos, los cuales no podrían llevar a cuestas, ni hay bestias acá que a esto pudiesen suplir, ni los caminos y pasos no están tan aparejados, como quiera que se han comenzado a adobar para que se pudiesen pasar; y también era grande inconveniente dejar acá los dolientes en lugar abierto y chozas, y las provisiones y mantenimientos que están en tierra, que, como quiera que estos indios se hayan mostrado a los descubridores, y se muestran cada día muy simples y sin malicia, con todo, porque cada día vienen acá entre nosotros, no pareció que fuera buen consejo meter a riesgo y a ventura de perderse esta gente y los mantenimientos, lo que un indio con un tizón podría hacer poniendo fuego a las chozas, porque de noche y de día siempre van y vienen; a causa de ellos tenemos guardas en el campo mientras la población está abierta y sin defensión. Que lo hizo bien. Otrosí: como habemos visto en los que fueron por tierra a descubrir que los más cayeron dolientes después de vueltos y aun algunos se hubieron de volver del camino, era también razón de temer que otro tal aconteciese a los que ahora irían de estos sanos que se hallan, y seguirse habían dos peligros de allí, el uno de adolecer allá en la misma obra donde no hay casa ni reparo alguno de aquel cacique Caonabo, que es hombre, según relación de todos, muy malo y muy más atrevido, el cual, viéndonos allá así desbaratados y dolientes, podría emprender lo que no osaría si fuésemos sanos; y con esto mismo se allega otra dificultad de traer acá lo que llegásemos de oro, porque o habríamos de traer poco e ir y venir cada día y meterse en el riesgo de las dolencias, o se habría de enviar con alguna parte de la gente con el mismo peligro de perderlo. Lo hizo bien. Así que diréis a Sus Altezas que éstas son las causas porque de presente no se ha detenido el armada, ni se les envía oro más de las muestras. Pero confiando en la misericordia de Dios, que en todo y por todo nos ha guiado hasta aquí, esta gente convalecerá presto, como ya lo hace, porque solamente les prueba la tierra de algunas secciones, y luego se levantan; y es cierto que si tuviesen algunas carnes frescas para convalecer, muy pronto serían todos en pie con ayuda de Dios, y aun los más estarían ya convalecidos en este tiempo, empero que ellos convalecerán. Con estos pocos sanos que acá quedan, cada día se entiende en cerrar la población y meterla en alguna defensa, y los mantenimientos en seguro, que será hecho en breves días, porque no han de ser sino albarradas, que no son gente los indios que si durmiendo no nos hallasen, para emprender cosa ninguna, aunque la tuviesen pensada; que así hicieron a los otros que acá quedaron por su mal recaudo, los cuales, por pocos que fuesen y por mayores ocasiones que dieran a los indios de haber y de hacer lo que hicieron, nunca ellos osaran emprender de dañarles si los vieran a buen recaudo. Y esto hecho, luego se entenderá en ir a los dichos ríos, o desde aquí tomando el camino y buscando los mejores expedientes que se puedan o por la mar rodeando la isla hasta aquella parte de donde se dice que no debe haber más de seis o siete leguas hasta los dichos ríos, por forma que con seguridad se pueda coger el oro y ponerlo en recaudo de alguna fortaleza o torre que allí se haga luego, para tenerlo cogido al tiempo que las dos carabelas volverán acá, y para que luego, con el primer tiempo que sea para navegar este camino, se envíe a buen recaudo. Que está bien y así lo debe hacer. ítem: diréis a Sus Altezas, como dicho es, que las causas de la dolencia tan general de todos es de mudamiento de aguas y aires, porque vemos que a todos arreo se extiende y peligran pocos. Por consiguiente, la conservación de la sanidad, después de Dios, está en que esta gente sea proveída de los mantenimientos que en España acostumbraba, porque de ellos, ni de otros que viniesen de nuevo Sus Altezas se podrán servir si no están sanos. Y esta provisión ha de durar hasta que acá se haya hecho cimiento de lo que acá se sembrare o plantare, digo de trigos y cebadas y viñas, de lo cual para este año se ha hecho poco, porque no se pudo de antes tomar asiento, y luego que se tomó adolecieron aquellos poquitos labradores que acá estaban, los cuales, aunque estuvieran sanos, tenían tan pocas bestias y tan magras y flacas que poco es lo que pudieran hacer. Con todo, alguna cosa han sembrado, más para probar la tierra, que parece muy maravillosa, para que de allí se pueda esperar remedio alguno en nuestras necesidades. Somos bien ciertos, como la obra lo muestra, que en esta tierra así el trigo como el vino nacen muy bien; pero se ha de esperar el fruto; el cual, si tal será como muestra la presteza del nacer del trigo y de algunos poquitos de sarmientos que se pusieron, es cierto que no hará mengua de Andalucía ni Sicilia aquí, ni en las cañas de azúcar, según unas poquitas que se pusieron han prendido; porque es cierto que la hermosura de la tierra de estas islas, así de montes y sierras y aguas, como de vegas donde hay ríos caudales, es tal la vista, que ninguna otra tierra que sol caliente puede ser mejor al parecer ni tan hermosa. Pues la tierra es tal, que debe procurar que se siembre lo más que ser pudiere de todas cosas, y a D. Juan de Fonseca se escribe que envíe de continuo todo lo que fuere menester para esto. ítem: diréis que, a causa de haberse derramado mucho vino en este camino del que la flota traía, y esto, según dicen los más, a culpa de la mala obra que los toneleros hicieron en Sevilla, la mayor mengua que ahora tenemos aquí o esperamos por esto tener es de vinos, y como quiera que tengamos para más tiempo así bizcocho como trigo, con todo, es necesario que también se envíe alguna cantidad razonable porque el camino es largo y cada día no se puede proveer, y asimismo algunas carnes, digo tocinos, y otra cecina que sea mejor que la que habemos traído este camino. De carneros vivos, y aun antes corderos y corderitas, más hembras que machos, y algunos becerros y becerras pequeños son menester que cada vez vengan en cualquier carabela que acá se enviare, y algunas asnas y asnos y yeguas para trabajo y simiente, que acá ninguna de estas animalias hay de que hombre se pueda ayudar ni valer. Y porque recelo que Sus Altezas no se hallarán en Sevilla, ni los oficiales o ministros suyos sin expreso mandamiento no proveerían en lo que ahora acá con este primero camino es necesario que venga, porque en la consulta y en la respuesta se pasaría la sazón de partir los navíos que acá por todo mayo es necesario que sean, diréis a Sus Altezas cómo yo os di cargo y mandé, que del oro que allá lleváis, empeñándolo o poniéndolo en poder de algún mercader en Sevilla, el cual distraiga y ponga en maravedís que serían menester para cargar dos carabelas de vino y de trigo y de las otras cosas que lleváis por memorial, el cual mercader lleve o envíe el dicho oro para Sus Altezas, para que le vean, reciban y hagan pagar lo que hubiere distraído o puesto para el despacho y cargazón de las dichas dos carabelas, las cuales, por consolar y esforzar esta gente que acá queda, cumple que hagan más de poder de ser acá vueltas por todo el mes de mayo, porque la gente, antes de entrar en el verano, vea y tenga algún refrescamiento de estas cosas. Ya se proveyeron con las tres carabelas que fueron primero. En especial para las dolencias, de las cuales cosas acá ya tenemos gran mengua, como son pasas, azúcar, almendras, miel y arroz, que debiera venir en gran cantidad y vino muy poca, y aquello que vino es ya consumido y gastado, y aun la mayor parte de las medicinas que de allá trajeron, por la muchedumbre de los dolientes; de las cuales cosas, como dicho es, vos lleváis memoriales así para sanos como para dolientes, firmados de mi mano, los cuales cumplidamente, si el dinero bastare, o a lo menos lo que más necesario es para ahora, despacharéis para lo que puedan luego traer los dichos dos navíos, y lo que quedare procurareis con Sus Altezas que con otros navíos venga lo más presto que ser pudiere. Sus Altezas enviaron a mandar a Don Juan de Fonseca que luego haya información de los que hicieron este engaño en los toneles, y de sus bienes haga que se cobre todo el daño que vino en el vino, con las costas; y en lo de las carnes, vea cómo las que se enviaren sean buenas, y en las otras cosas que aquí dice, que las provea luego. ítem: diréis a Sus Altezas que, a causa que acá no hay lengua por medio de la cual a este gente se pueda dar a entender nuestra santa fe, como Sus Altezas desean, y aun los que acá estamos, como quiera que se trabajará cuanto pudieren, se envíen de presente con estos navíos así de los caníbales, hombres y mujeres y niños y niñas, los cuales Sus Altezas pueden mandar poner en poder de personas con quien puedan mejor aprender la lengua, ejercitándolos en cosas de servicio, y poco a poco mandando poner en ellos algún más cuidado que en otros esclavos, para que aprendan unos apartados de otros, que no se hablen ni se vean sino muy tarde, que más presto aprenderán allá que no acá, y serán mejores intérpretes, como quiera que acá no se dejará de hacer lo que se pueda. Es verdad que, como esta gente platican poco los de una isla con los de la otra, en las lenguas hay algunas diferencias entre ellos, según como están más cerca o más lejos, y porque entre las otras islas las de los caníbales son muchas, grandes y harto bien pobladas, parecerá acá que tomar de ellos y de ellas y enviarlos allá a Castilla no sería sino bien, porque quitarse habrían una vez de aquella inhumana costumbre que tienen de comer hombres, y allá en Castilla, entendiendo la lengua, muy más presto recibirán el bautismo y harán el provecho de sus almas. Aun entre estos pueblos que no son de estas costumbres se ganaría gran crédito por nosotros, viendo que aquellos prendiésemos y cautivásemos de quien ellos suelen recibir daños y tienen tamaño miedo que del nombre sólo se espantan. Decirles habréis lo que acá ha habido en lo de los caníbales que acá vinieron. Que está muy bien, y así lo debe hacer, pero que procure allá cómo, si ser pudiere, se reduzcan a nuestra santa le católica, y asimismo lo procure con los de las islas donde está. Certificando a Sus Altezas que la venida y vista de esta flota acá en esta tierra, así junta y hermosa, ha dado muy grande autoridad a esto, y muy grande seguridad para las cosas venideras, porque toda esta gente de esta grande isla y de las otras, viendo el tratamiento que a los buenos se hará y el castigo que a los malos se dará, vendrá a obediencia prestamente para poderlos mandar como vasallos de Sus Altezas. Y como quiera que ellos ahora, donde quiera que hombre se halle no sólo hacen de grado lo que hombres quieren que hagan, más ellos de su voluntad se ponen a todo lo que entienden que nos puede placer; y también pueden ser ciertos Sus Altezas que no menos allá entre los cristianos príncipes haber dado gran reputación la venida de esta armada por muchos respetos, así presentes como venideros, los cuales Sus Altezas podrán mejor pensar y entender que no sabría decir. ítem: diréis a Sus Altezas que el provecho de las almas de los dichos caníbales, y aun de estos de acá, ha traído en pensamiento que cuantos más allá se llevasen sería mejor; y en ello podrían Sus Altezas ser servidos de esta manera: que visto cuánto son acá menester los ganados y bestias de trabajo para el sostenimiento de la gente que acá ha de estar, y bien de todas estas islas, Sus Altezas podrán dar licencia y permiso a un número de carabelas suficiente que vengan acá cada año, y traigan de los dichos ganados y otros mantenimientos y cosas para poblar el campo y aprovechar la tierra, y esto en precios razonables a sus costas de los que les trajeren, las cuales cosas se les podrían pagar en esclavos de estos caníbales, gente tan fiera y dispuesta, y bien proporcionada y de muy buen entendimiento, los cuales quitados de aquella inhumanidad creemos que serán mejores que otros ningunos esclavos, la cual luego perderán que sean fuera de su tierra; y de éstos podrán haber muchos con las fustas de los remos que acá se entienden de hacer, hecho empero presupuesto que en cada una de las carabelas que viniesen de Sus Altezas pusiesen una persona fiable, la cual defendiese las dichas carabelas que no descendiesen a ninguna parte ni isla salvo aquí, donde ha de estar la carga y descarga de toda la mercadería; y aun de estos esclavos que se llevaren, Sus Altezas podrían haber sus derechos allá; y de esto traeréis o enviaréis respuesta, porque acá se hagan los aparejos que son menester con más confianza, si a Sus Altezas pareciere bien. En esto se ha suspendido por ahora hasta que venga otro camino de allá y escriba el Almirante lo que en esto le pareciere. ítem: también diréis a Sus Altezas que más provecho es, y menos cuesta, fletar los navíos como los fletan los mercaderes para Flandes por toneladas que no de otra manera; por ende que yo os di cargo de fletar a este respecto dos carabelas que habéis de enviar, y así se podrá hacer de todas las otras que Sus Altezas enviaren, si de aquella forma se tendrán por servidos; pero no entiendo decir esto de las que han de venir con su licencia por la mercaduría de los esclavos. Sus Altezas mandan a D. Juan de Fonseca que en el fletar de las carabelas tenga esta forma, si ser pudiere. ítem: diréis a Sus Altezas que, a causa de excusar más costa, yo merqué estas carabelas que lleváis por memorial para retenerlas acá con estas dos naos, conviene a saber, la Gallega y esta otra Capitana, de la cual merqué por semejante del Maestre de ella los tres ochavos por el precio que en el dicho memorial de estas copias lleváis firmado de mi mano; los cuales navíos todos no sólo darán autoridad y gran seguridad a la gente que ha de estar dentro y conversar con los indios para coger el oro, mas aun para otra cualquiera cosa de peligro que de gente extraña pudiese acontecer, allende que las carabelas son necesarias para el descubrir de la tierra firme y otras islas que entre aquí y allá están; y suplicaréis a Sus Altezas que los maravedís que estos navíos cuestan manden pagar en los tiempos que se les ha prometido, porque sin duda ellos ganarán bien su costa, según yo espero en la misericordia de Dios. Que el Almirante lo hizo bien, y decirle habéis cómo acá se pagó al que vendió la nao, y mandaron a D. Juan Fonseca que pague lo de las carabelas que el Almirante compró. ítem: diréis a Sus Altezas y suplicaréis de mi parte cuanto más humildemente puede, que les plega mucho mirar en lo que por las cartas y otras escrituras verán más largamente tocante a la paz y sosiego y concordia de los que acá están, y que para las cosas del servicio de Sus Altezas escojan tales personas que no se tenga recelo de ellas, y que miren más a lo por qué se envía que no a sus propios intereses; y en esto, pues que todas las cosas visteis y supisteis, hablaréis y diréis a Sus Altezas la verdad de todas las cosas como las comprendisteis, y que la provisión de Sus Altezas que sobre ello mandaren hacer venga con los primeros navíos, si posible fuere, a fin que acá no se hagan escándalos en cosa que tanto va en el servicio de Sus Altezas. Sus Altezas están bien informadas de esto, y en todo se proveerá como conviene. ítem: diréis a Sus Altezas el asiento de esta ciudad, y la hermosura de la provincia alrededor como la visteis y comprendisteis, y cómo yo os hice Alcaide de ella por los poderes que de Sus Altezas tengo para ello, a las cuales humildemente suplico que en alguna parte de satisfacción de vuestros servicios tengan por bien la dicha mi provisión, como de Sus Altezas yo espero. A Sus Altezas place que vos seáis Alcaide. ítem: porque Mosén Pedro Margarit, criado de Sus Altezas, ha bien servido, y espero que así lo hará adelante en las cosas que le fueren encomendadas, he habido placer de su quedada aquí, y también de Gaspar y de Beltrán, por ser conocidos criados de Sus Altezas, para los poner en cosas de confianza: suplicaréis a Sus Altezas que en especial al dicho Mosén Pedro, que es casado y tiene hijos, le provean de alguna encomienda en la Orden de Santiago, de la cual él tiene el hábito, porque su mujer e hijos tengan en qué vivir. Asimismo haréis relación de Juan Aguado, criado de Sus Altezas, cuán bien y diligentemente ha servido en todo lo que le ha sido mandado; que suplico a Sus Altezas, a él y a los sobredichos los hayan por encomendados y por presentes. Sus Altezas mandan asentar a Mosén Pedro treinta mil maravedís cada año, y a Gaspar y Beltrán a cada uno quince mil maravedís cada año desde hoy quince de agosto de 94 en adelante, y así les haga pagar el Almirante en lo que allá se hubiere de pagar; y en lo de Juan Aguado Sus Altezas habrán memoria de él. ítem: diréis a Sus Altezas el trabajo que el doctor Chanca tiene con el afruenta de tantos dolientes, y aun la estrechura de los mantenimientos, y aun con todo ello se dispone con gran diligencia y caridad en todo lo que cumple a su oficio, y porque Sus Altezas remitieron a mí el salario que acá se le había de dar, porque estando acá es cierto que él no toma ni puede haber nada de ninguno ni ganar de su oficio como en Castilla ganaba o podría ganar, estando a su reposo y viviendo de otra manera que acá no vive; y así, como quiera que él jura que es mucho más lo que allá ganaba allende el salario que Sus Altezas le dan, yo no me quise extender más de cincuenta mil maravedís por el trabajo que acá pasa cada un año mientras acá estuviere; los cuales suplico a Sus Altezas les manden librar con el sueldo de acá; y asimismo, porque él dice y afirma que los físicos de Vuestras Altezas, que andan en reales o en semejantes cosas que éstas, suelen haber de derecho un día de sueldo en todo el año de toda la gente: con todo he sido informado, y dícenme que, como quiera que esto sea, la costumbre es de darles cierta suma tasada a voluntad y mandamiento de Sus Altezas en compensa de aquel día de sueldo, suplicaréis a Sus Altezas que en ello manden proveer, así en lo del salario como de esta costumbre, por forma que el dicho doctor tenga razón de ser contento. A Sus Altezas place de esto del doctor Chanca, y que se le pague esto desde que el Almirante se lo asentó, y que se los pague con lo del sueldo. En esto del día del sueldo de los físicos, no lo acostumbran haber sino donde el Rey, nuestro Señor, esté en persona. ítem: diréis a Sus Altezas de Coronel cuánto es hombre para servir a Sus Altezas en muchas cosas, y cuánto ha servido hasta aquí en todo lo más necesario, y la mengua que de él sentimos ahora que está doliente, y que sirviendo de tal manera, es razón que él sienta el fruto de su servicio, no sólo en las mercedes para después, mas en lo de su salario en lo presente, en manera que él y los que acá están sientan que les aprovecha el servicio, porque según el ejercicio que acá se ha de tener en coger este oro, no son de tener en poco las personas en quien tanta diligencia hay; y porque su habilidad se proveyó acá por mí del oficio de Alguacil mayor de estas Indias, y en la provisión va el salario en blanco, que suplico a Sus Altezas se lo manden henchir como más sea su servicio, mirando sus servicios, confirmándole la provisión que acá se le dio, y proveyéndole del de juro. Asimismo diréis a Sus Altezas como aquí vino el bachiller Gil García por Alcalde mayor, y no se le ha consignado ni nombrado salario, y es persona de bien y de buenas letras, y diligente, y es acá bien necesario; que suplico a Sus Altezas le manden nombrar y consignar su salario, por manera que él se pueda sostener, y le sea librado con el dinero del sueldo de acá. Sus Altezas le mandan asentar cada año veinte mil maravedís en tanto que allá estuviese y más su sueldo, y que se lo paguen cuando pagaren el sueldo. ítem: diréis a Sus Altezas, como quiera que ya se lo escribo por las cartas, que para este año no entiendo que sea posible ir a descubrir hasta que esto de estos ríos que se hallaron de oro sea puesto en el asiento debido a servicio de Sus Altezas, que después mucho mejor se podrá hacer, porque no es cosa que nadie la pudiese hacer sin mi presencia a mi grado ni a servicio de Sus Altezas, por muy bien que lo hiciese, como es en duda según lo que hombre ve por su presencia. Que trabaje cómo, lo más presto que se pueda, se sepa lo ádito de este oro. ítem: diréis a Sus Altezas cómo los escuderos de caballo que vinieron de Granada, en el alarde que hicieron en Sevilla mostraron buenos caballos, y después al embarcar, yo no lo vi porque estaba un poco doliente, y metiéronlos tales que el mejor de ellos no parece que vale dos mil maravedís, porque vendieron los otros y compraron éstos, y esto fue de la suerte que se hizo lo de mucha gente que allá en los alardes de Sevilla yo vi muy buena; parece que a Juan de Soria, después de dado el dinero del sueldo, por algún interés suyo puso otros en lugar de aquellos que yo acá pensaba hallar, y hallo gente que yo nunca había visto. En esto ha habido gran maldad, de tal manera que yo no sé si me queje de él solo; por esto, visto que a estos escuderos allende de su sueldo se ha hecho la costa hasta aquí, y también a sus caballos, y se hace de presente y son personas que, cuando ellos están dolientes o no se les antoja, no quieren que sus caballos sirvan sin ellos mismos, y esto mismo no les parece que deban servir en cosa ninguna sino a caballo, lo que ahora de presente no hace mucho al caso, y por esto parece que sería mejor comprarles los caballos, pues que tan poco valen, y no estar cada día con ellos en estas pendencias; por ende que Sus Altezas determinen esto como fuere su servicio. Sus Altezas no quieren que se compren estos caballos, sino que sirvan como en el escrito de susodicho. Sus Altezas mandan a D. Juan de Fonseca que se informe de esto de estos caballos, y si se hallare que es verdad que hicieron ese engaño, lo envíen a Sus Altezas porque lo mandaran castigar; y también se le informe de esto que dice de la otra gente, y envíe la pesquisa a Sus Altezas; y en lo de estos escuderos Sus Altezas mandan que están allá y sirvan, pues son de las guardas y criados de Sus Altezas, y a los escuderos mandan Sus Altezas den los caballos cada vez que fuere menester y el Almirante lo mandare, y si algún daño recibieren los caballos yendo otros en ellos por mandado del Almirante, mandan Sus Altezas que se lo paguen. ítem: diréis a Sus Altezas cómo aquí han venido más de doscientas personas sin sueldo, y hay algunos de ellos que sirven bien, y aun a los otros por semejante se mandan que lo hagan así, y porque para estos primeros tres años será gran bien que aquí estén mil hombres para asentar y poner en muy gran seguridad esta isla y ríos de oro, y aunque hubiese ciento de caballo no se perdería nada, antes parece necesario, aunque en estos de caballo, hasta que oro se envíe, Sus Altezas podrán sobreseer, con todo a estas doscientas personas, que vienen sin sueldo, Sus Altezas deben enviar decir si se les pagará como a los otros sirviendo bien, porque cierto son necesarios, como dicho tengo, para este comienzo. De estas doscientas personas que aquí dice que fueron sin sueldo, mandan Sus Altezas que entren en lugar de los que han faltado y faltaren de los que iban a sueldo, siendo hábiles y a contentamiento del Almirante, y Sus Altezas mandan al Contador que los asiente en lugar de los que faltaren como el Almirante lo dijere. ítem: porque en algo la costa de esta gente se puede aliviar con industria y formas que otros Príncipes suelen tener -en otras lo gastado mejor que acá se podría excusar-, parece que sería bien mandar traer en los navíos que vinieren, allende de las otras cosas que son para los mantenimientos comunes y de la botica, zapatos y cueros para los mandar hacer, camisas comunes y de otras, jubones, lienzos, sayos, calzas, paños para vestir en razonables precios; y otras cosas, como son conservas, que son fuera de ración y para conservación de la salud, las cuales cosas todas la gente de acá recibiría de grado en descuento de su sueldo, y si allá esto se marcase por ministros leales y que mirasen el servicio de Sus Altezas, se ahorraría algo; por ende sabréis la voluntad de Sus Altezas cerca de esto, y si les pareciere ser su servicio, luego se debe poner en obra. Por este camino se solía ser hasta que más escriba el Almirante, y ya enviaron mandar a D. Juan de Fonseca con Jimeno de Briviesca que provea en esto. ítem: también diréis a Sus Altezas, por cuanto ayer en el alarde que se tomó se halló la gente muy desarmada, lo cual pienso que en parte aconteció por aquel trocar que allá se hizo en Sevilla o en el Puerto, cuando se dejaron los que se mostraron armados, y tomaron otros que daban algo a quien los trocaba, parece que sería bien que mandasen traer doscientas corazas, y cien espingardas y cien ballestas, y mucho almacén, que es la cosa que más menester habemos, y de todas estas armas se podrán dar a los desarmados en descuento de su sueldo. Ya enviaron a mandar Sus Altezas a D. Juan de Fonseca que provea en esto. ítem: por cuanto algunos oficiales que acá vinieron, como son albañiles y de otros oficios, que son casados y tienen sus mujeres allá, y querrían que allá lo que se les debe de su sueldo se diese a sus mujeres o a las personas a quien ellos enviaren sus recaudos, para que les compren las cosas que acá han menester, que a Sus Altezas suplico les mande librar porque su servicio es que éstos estén proveídos acá. D. Juan Fonseca que provea esto. ítem: porque allende las otras cosas que allá se envían a pedir por los memoriales que lleváis de mi mano firmados, así para mantenimientos de los sanos como para los dolientes sería muy bien que se hubiesen de la isla de la Madera cincuenta pipas de miel de azúcar, porque es el mejor mantenimiento del mundo y más sano, y no suele costar cada pipa salvo a dos ducados sin el casco; y si Sus Altezas mandan que a la vuelta pase por allí alguna carabela, las podrá mercar, y también diez cajas de azúcar que es mucho menester, y ésta es la mejor sazón del año, digo entre aquí y el mes de abril, para hallarlo y haber de ello buena razón; y podríase dar orden mandándolo Sus Altezas, y que no supiesen allá para dónde lo quieren. D. Juan de Fonseca que provea en esto. ítem: diréis a Sus Altezas, por cuanto aunque los ríos tengan oro en la cantidad que se dice por los que lo han visto, pero que lo cierto de ello es que el oro no se engendra en los ríos, mas en la tierra, que el agua topando con las minas lo trae envuelto en las arenas, y porque en estos tantos ríos se han descubierto, como quiera que hay algunos grandecitos hay otros tan pequeños que son más fuentes que no ríos, que no llevan dos dedos de agua, y se halla luego el cabo donde nace, para lo cual no sólo serán provechosos los lavadores para cogerlo en la arena, mas los otros para cavarlo en la tierra, que será lo más especial y de mayor cantidad; y por esto será bien que Sus Altezas envíen lavadores y de los que andan en las minas allá en Almadén, porque en la una manera y en la otra se haga el ejercicio, como quiera que acá no esperaremos a ellos, que con los lavadores que aquí tenemos esperamos con la ayuda de Dios, si una vez la gente está sana, allegar un buen golpe de oro para las primeras carabelas que fueren. A otro camino se proveerá en esto cumplidamente; en tanto mandan Sus Altezas a D. Juan de Fonseca que envíe luego los más minadores que pudiere haber y escriben a Almadén que de allí tomen los que más pudieren y los envíen. ítem: suplicaréis a Sus Altezas de mi parte muy humildemente, que quieran tener por muy encomendado a Villacorta, el cual, como Sus Altezas saben, ha mucho servido en esta negociación y con muy buena voluntad, y según le conozco persona diligente y aficionada a su servicio; recibiré merced que se le dé algún cargo de confianza para el cual él sea suficiente, y procuraréis por forma que el Villacorta conozca por la obra que lo que ha trabajado por mí en lo que yo le hube menester le aprovecha en esto. Así se hará. ítem: Que los dichos Mosén Pedro y Gaspar y Beltrán y otros que han quedado acá trajeron capitanías de carabelas, que son ahora vueltas, y no gozan del sueldo; pero porque son tales personas, que se han de poner en cosas principales y de confianza, no se les ha determinado el sueldo que sea diferenciado de los otros, suplicaréis de mi parte a Sus Altezas determinen lo que se les ha de dar en cada un año o por meses, como más fueren servidos. Hecho en la ciudad Isabela a treinta días de enero de mil cuatrocientos y noventa y cuatro años. Ya está respondido arriba, pero porque en el dicho capítulo que en esto habla dice que gozan del salario, desde ahora mandan Sus Altezas que se les cuenten a todos sus salarios desde que dejaron las capitanías. .S. .S.A.S. XMY El Almirante
contexto
Segundo viaje de Mendaña Entramos de lleno en el tema de la Historia de los descubrimientos de las regiones australes, en las que aparece Pedro Fernández de Quirós, como piloto mayor del segundo viaje de Álvaro de Mendaña. Si antes eran todo dificultades sin cuento, ahora la celeridad con que se solventan los problemas será la nota predominante. Las trabas que ponen los oficiales reales pronto se acelerarán, tras las conminaciones terminantes del virrey a la obediencia. Hay razones políticas para la realización rápida de la expedición: la salida del Perú de toda la gente indeseable que por allí pululaba. En esto están de acuerdo tanto el rey como el marqués Cañete. El virrey vendió a Mendaña por ocho milpesos corrientes de a nueve reales, precio simbólico, los galeones San Juan, San Francisco y San Gerónimo, con tal de que participaran en la jornada de las islas. A éstos, hay que añadir el que aportaba el adelantado34. El aprovisionamiento de artillería, pipas, velas y demás aprestos provenían del navío capturado a Hawkins; y el resto, de la Hacienda Real. No en vano se puede decir que el segundo viaje de Mendaña fue posible gracias a la magnificencia de Hurtado de Mendoza, marqués de Cañete. Los quinientos hombres que le autorizaban las Capitulaciones para ir en la jornada colonizadora de las Salomón no se completaron, a pesar de levantar bandera el capitán Lorenzo Barreto, cuñado del adelantado, y enviar a los valles de Truxillo y Saña otro capitán, llamado Lope de Vega, a cuyo cargo estaba levantar gente y hacer bastimento. Con el adelantado, irá su mujer, Isabel Barreto, y sus cuñados, Lorenzo, Diego y Luis, amén del capitán Lope de Vega, que se casó con una cuñada de Mendaña, Mariana de Castro, y al que le concedió el título de Almirante. Pero el personaje que alcanzara más celebridad a partir de este viaje, eclipsando a todos, es sin ninguna duda el piloto mayor, Pedro Fernández de Quirós, hombre enigmático y, sobre todo, de un temple extraordinario. Portugués nacido en Evora en 1565 más o menos, las pocas noticias que tenemos sobre su vida, anteriores a este viaje, las debemos a las informaciones hechas el 14 de marzo de 1615 en la Casa de Contratación de Sevilla, con motivo del último viaje de Quirós a las Indias Occidentales. Según dicha información, Quirós contaba entonces unos cincuenta años, había nacido en Evora, pero se crió y educó en Lisboa. Muy joven embarcó, ejerciendo el cargo de escribano o escribiente ¿n naves de mercaderías, o sea, ejerciendo lo que hoy denominamos sobrecargo. Navegando fue paulatinamente adquiriendo conocimientos náuticos, hasta llegar a tripular navíos, con el máximo cargo de piloto mayor. Entre 1588 y 1589 contrajo matrimonio con Ana Chacón, de veinticinco años, natural de Madrid, e hija del licenciado Juan Quevedo de Miranda, y de Ana Chacón de Miranda. Tuvieron Pedro y Ana una hija en 1590, que nació en Madrid, y al poco tiempo de nacer la primogénita, Fernández de Quirós marchó a Perú, aunque lo más probable, y al igual que tantos tripulantes, fuera acompañado de su familia. Este hecho del acompañamiento familiar se probaría sin más, sin calculamos la fecha que tiene su hija en Sevilla en el momento de la ya citada información, es decir, dieciocho años. La niña nacería en 1597, cuando Quirós regresa de las Filipinas hacia Acapulco. Pero para que quede una duda en la información, se dice que ambas hijas han nacido en Madrid, y para que se siga rnanteniendo el enigma, en la relación que publicamos de carácter autobiográfico, Quirós no hace la más mínima alusión a la presencia de su familia a bordo. Y sin embargo lo creemos así, porque ¿cómo explicar el nacimiento legítimo de la hija de Quirós en Madrid, estando su padre en los mares del Sur?35. El 12 de abril de 1595, escribe el marqués de Cañete al rey que el adelantado ha emprendido por fin el viaje. La salida fue muy solemne y no faltaron los discursos de rigor. Los manuscritos de la Biblioteca Nacional y del Museo Naval de Madrid insertan una larga proclama, puesta en boca de Hurtado de Mendoza, en que tras alentar a Mendaña en la empresa que inició, hace una síntesis de los descubrimientos españoles a partir de los viajes colombinos36.
lugar
La pequeña población de Segura de Toro, situada en el norte de Cáceres, en pleno valle de Ambroz, remonta sus orígenes a época ibérica. De este periodo se han conservado importantes restos, entre los que destaca el Verraco del siglo V a.C. que adorna la plaza principal. La presencia romana en la villa queda documentada por el magnífico puente que salva el caudaloso río Erjas, que atraviesa la población. De tiempos medievales también tenemos interesantes piezas: algunos restos de murallas, un castillo casi derruido y una torre exenta. En la actualidad, la escasa población de Segura vive de la agricultura, la ganadería y del incipiente turismo rural que se acerca a este lugar de la Alta Extremadura, ubicado en la falda de las últimas estribaciones, al oeste, de la Sierra de Gredos.
Personaje Religioso Político
Ordenado sacerdote en 1906, en este mismo año se doctoró en Teología y poco después en Derecho Canónico y en Filosofía. Estuvo unos años en Valladolid como obispo auxiliar y después se trasladó a Coria, donde ya ejerció como obispo. Entre 1926 y 1927 pasó al arzobispado de Burgos y de allí se trasladó a Toledo, donde se consagró como cardenal. Máximo defensor de la monarquía, en tiempos de la República se enfrentó a la política laica. En 1931 hizo un viaje a Roma y cuando regresó fue procesado por una pastoral que había escrito en defensa de la monarquía. Desterrado por esta causa, vuelve a Roma y en España ocupa su cargo Isidro Gomá. Regresa a España en plena Guerra Civil para ocupar el arzobispado de Sevilla, zona ocupada por las tropas sublevadas de Franco. Al finalizar la contienda, también tuvo problemas con Franco. Su fuerte personalidad y continua defensa de la monarquía fueron los motivos de este enfrentamiento. Ante esta delicada situación, Pío XII, para evitar tensiones entre la Iglesia y Franco, nombró en 1954 a un coadjutor auxiliar de la archidiócesis de Sevilla, con capacidad de sucesión, al tiempo que a Segura se le retiró de muchos poderes.
obra
En 1753 Hogarth publicaba "El análisis de la belleza" donde negaba la validez de una programación académica para la enseñanza del arte. En estas páginas encontramos una referencia a cómo varían los rostros con la edad, evolución que se aprecia de manera espectacular en este lienzo, realizado por el maestro londinense por placer, alejado del encorsetamiento de los retratos oficiales. Los modelos son los miembros del servicio de Hogarth, tomados directamente del natural para acentuar el realismo de los rostros y la expresividad de los gestos, captados con una rapidez de pincelada que no está exenta de calidad. La diferencia de edad se manifiesta en el rostro del joven de la parte superior contrastando con el anciano Ben Ives que observamos en la esquina superior derecha. En los rostros de los modelos podemos apreciar la gran devoción que sentían los sirvientes por Hogarth, tal y como recogen testimonios contemporáneos. La tela es una sensacional muestra de la capacidad del maestro para captar la humanidad de sus personajes, consiguiendo uno de las mejores muestras de la retratística europea.