La siderurgia moderna comienza en 1832 en Marbella (Málaga) con el primer alto horno. Allí, Manuel Heredia fue el promotor de la sociedad de La Constancia. Más tarde, Joan Giró -un catalán vecino de Málaga- estableció nuevos altos hornos en Marbella. Pero la producción en hornos de carbón vegetal resultaba mucho más cara que la obtenida por medio de carbón de coque: en 1855 la tonelada de hierro colado tenía un precio de coste de 632 reales en Málaga y 348 reales en Asturias. En Andalucía se montaron también algunos altos hornos en Huelva y Sevilla, que fracasaron. En 1857, se fundó la factoría sevillana Portillo Hermanos & White dedicada a fabricar máquinas de vapor, sin excesivo éxito, pues sólo entregó 47 máquinas entre 1860 y 1867. En Cataluña se desarrolló El Vapor de los hermanos Bonaplata (1832-35) y la Maquinista Terrestre y Marítima. En Mieres, donde se había fundado un Alto Horno en 1848, se creó la Sociedad Duro y Cía. en La Felguera en 1857. Estas siderurgias utilizaban coque y es la razón por la que la industria asturiana (que contaba con el carbón a pie de fábrica) tomó la delantera en los años sesenta del siglo XIX, desplazando a Andalucía y Cataluña. En Vizcaya se había instalado en 1849 un Alto Horno de carbón vegetal en Bolueta (Epalza y Compañía). A partir de 1860, la compañía Ybarra impulsó la instalación de Altos Hornos en Baracaldo que, desde 1865, introdujo el coque. En 1866, según los datos de la encuesta gubernativa, había 27 altos hornos de carbón vegetal y ocho de coque. Pero la demanda de hierro crecía mucho más rápido que la producción nacional, por lo que se importaba parte de las necesidades. En buena parte el problema de la siderurgia española en este periodo estuvo, como ha señalado J. Nadal, en la mala localización inicial y en la carencia de inversiones, lo que produjo escasos beneficios o pérdidas acumuladas. El resultado fue un retraso evidente de nuestra siderurgia con respecto a la de los países europeos más desarrollados. Como en el resto del mundo occidental durante el siglo XIX, el sector textil es el más importante y característico de la industria española de bienes de consumo. Protegidos de la competencia inglesa por los aranceles y la eficaz represión del contrabando, los fabricantes españoles abastecieron mayoritariamente el mercado interior y colonial. Desde los años treinta a los cincuenta, la industria algodonera española pasó de abastecer el 20% al 75% de la demanda interna. Esto, como ha insistido Tortella, explica el crecimiento. En efecto, el tejido que más se desarrolla es el algodón, sobre todo en los alrededores de Barcelona, donde las fábricas de los empresarios catalanes Bonaplata, Fabra, Güell, Muntadas y otros introducen los procedimientos modernos de fabricación. Así aparece el telar mecánico en 1830 y el vapor en 1832. El mercado nacional es dominado, sin grandes competencias, por la industria algodonera catalana. El momento de mayor expansión comenzó en 1840, cuando se empiezan a construir nuevas fábricas agrupadas. En 1847 existían 4.583 fábricas textil-algodoneras con 97.346 obreros. En 1860 se había operado ya el fenómeno de la concentración: el número de fábricas era de 3.600 con mayor número de obreros: 125.000. Esta expansión se confirmó a lo largo de todos estos años, salvo el breve descenso de importaciones motivado por la Guerra de Secesión en USA. Entre 1834 y 1860, la tasa media de crecimiento anual fue del ocho por ciento, lo que se tradujo en importantes ganancias para fabricantes y promotores, frente a los escasos beneficios de la industria siderúrgica. La textil algodonera barcelonesa, bien implantada desde el siglo XVIII y con la suficiente inversión, prácticamente no tuvo competencia en el resto de España que, junto a los restos coloniales, constituyó un mercado protegido. Como mostraron las cuentas de resultados fue suficiente para enriquecer a los accionistas con beneficios que, por término medio, superaron el 10% anual. La industria lanera creció en las décadas centrales del siglo XIX, aunque menos que la algodonera. Para hacer frente a la competencia del algodón, con el que compartía los beneficios del proteccionismo, se especializó, se mecanizó y se concentró fabril y localmente. La industria lanera moderna se concentró en localidades cercanas a Barcelona (Sabadell y Tarrasa). Algunos viejos centros laneros como Segovia, Guadalajara y Ávila, que se beneficiaban de la cercanía de la materia prima (lana merina), casi desaparecieron. Otros subsistieron especializados aunque en decadencia. Así, Béjar se especializó en capotes militares, Palencia en mantas, Antequera en bayetas y Alcoy en lanillas. Un proceso muy parecido se puede observar en la industria sedera. El declive de la industria tradicional de Levante y Granada impulsó el nacimiento de nuevas fábricas en Barcelona que se convirtió en el principal centro sedero y, a su vez, atrajo a un buen número de trabajadores levantinos y andaluces.
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Desde la aparición de la obra de W. Sombart, la figura del burgués ha venido siendo identificada frecuentemente con un tipo humano determinado, cuya característica principal consiste en haber protagonizado, a partir del Renacimiento, la creación y desarrollo del capitalismo moderno. Este tipo humano vendría definido, en primer lugar, por una concreta mentalidad económica basada en el espíritu de empresa y el afán racional de ganancias. En segundo lugar, por una característica conducta adaptada a una particular concepción de la vida, de la que la prudencia reflexiva, el gusto por el orden y el ahorro y la circunspección calculadora serían las notas más destacadas. Finalmente, el estereotipo burgués implicaría la existencia de unos principios entre los que se contarían el amor al trabajo, la morigeración y el respeto a los convencionalismos sociales (L. García de Valdeavellano). Esta imagen resulta sólo parcialmente útil, dado que encierra una proyección ideal que no se adapta siempre bien a la realidad de un grupo social de fronteras indecisas, de composición heterogénea y que mantenía a menudo aspiraciones aristocráticas, a las que adaptaba su forma de vida. En realidad, convendría más hablar de burguesías, en plural, que de burguesía a secas, puesto que estamos ante un grupo social en cuyo seno se producía un notable grado de diversificación. ¿Qué puede entenderse, por tanto, por burguesía cuando el concepto se refiere al Antiguo Régimen? En sentido lato, el término burgués designa al habitante del burgo o ciudad, por oposición al campesino. Sin embargo, la ciudad encerraba un universo social lo suficientemente complejo como para huir de encuadrar a todos sus moradores bajo una misma categoría. En la ciudad convivían desde el rico aristócrata titulado hasta el mísero vagabundo que subsistía de la caridad pública. En efecto, la definición que lleva a cabo P. Molas tiene en cuenta estas diferencias: "Burgués era aquella persona que sin gozar de las formas de prestigio propias de la sociedad estamental, sin embargo se diferenciaba netamente de los artesanos "et de ce qu'on appelle le peuple". La palabra burgués en su origen tenía un significado local, era una indicación de residencia. Esta acepción procedente de la Edad Media, como gente de la ciudad, evolucionó hasta adoptar un sentido social". En sentido estricto se puede entender también por burguesía la oligarquía económica y política urbana de origen no noble, que en algunos casos encarnaba la representación del estado llano en las asambleas estamentales. Así, por ejemplo, en las Cortes castellanas la representatividad del Reino estaba limitada en la práctica a un conjunto de ciudades que gozaban de aquel privilegio, cuyos gobiernos municipales, aunque cada vez más controlados por la Monarquía a través de los corregidores, elegían a sus representantes o procuradores con objeto de que asistieran y defendieran los intereses de la ciudad en las reuniones de la institución. Esta definición de la burguesía como oligarquía urbana puede pecar de restrictiva, habida cuenta del proceso de diversificación social que acompaña al tránsito de los tiempos medievales a los modernos. Como efecto de la aparición de nuevas necesidades de servicios, de la multiplicación de las esferas comerciales, de la expansión del mundo mercantil y financiero y de la creciente complejidad de las instancias administrativas, fueron apareciendo grupos humanos que pueden definirse como inequívocamente burgueses. En origen, la burguesía puede contemplarse como una nueva clase social surgida de forma incipiente en los siglos medievales y que, de algún modo, venía a romper con la lógica feudal de relaciones sociales basadas en el vínculo del vasallaje, aunque se adaptó a esta forma de organización social cumpliendo ciertas funciones económicas dentro de ella. El desarrollo de la burguesía vino de la mano de la expansión del mundo urbano. En los tiempos modernos, de forma general, "se consideraba a la burguesía inserta entre otras dos clases sociales, la de los de abajo que tenían que ganarse la vida con el sudor de su frente y la de los de arriba que vivían de rentas obtenidas sin esfuerzo" (Kamen). En el seno del grupo así definido (más en relación con los demás que por sí mismo), pueden distinguirse distintos niveles, teniendo presente que éstos no se corresponden con categorías estables, ya que el grado de movilidad social entre ellos era bastante alto. A riesgo de simplificar puede afirmarse que en los estratos superiores se encuadrarían básicamente los grandes comerciantes, fabricantes y financieros, que constituían la élite burguesa. En los estratos medios se encontraban funcionarios, algunos profesionales (nunca numerosos) y comerciantes de mediana fortuna. Finalmente, los estratos inferiores se nutrirían de artesanos prósperos, funcionarios modestos, tenderos y pequeños comerciantes en general.
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A la hora de dividir el Paleolítico Superior, la aparición de una gran diversificación formal, que como veremos se puede deber a tradiciones culturales, permite el establecimiento de gran número de clasificaciones. El Paleolítico Superior no se puede reducir a escala continental, sino que se ha de hablar de regiones. Dada la fuerte diferencia en el conocimiento y sistematización de este periodo en las distintas partes del mundo y su complejidad, nos vamos a centrar fundamentalmente en el continente europeo; en él las diferentes tradiciones culturales están relativamente bien establecidas. Conocimiento que nos permitirá ahondar en las características específicas de las culturas, sin perdernos en una enumeración de etapas y fases exóticas. Sólo haremos constancia de aquellas regiones cuya influencia directa sobre nuestro continente ha sido utilizada por los diferentes autores para explicar o justificar las singularidades de las distintas fases culturales. Como iremos exponiendo, el Paleolítico Superior europeo presenta unas subdivisiones cuyo sentido ha sido interpretado de distintas formas según las distintas corrientes de investigación. En los primeros años del siglo, la tendencia para explicar las diferencias se centraba en la denominada hipótesis de las invasiones. Cada una de las divisiones del Paleolítico Superior se interpretaba como la aparición de nuevos tipos humanos procedentes de otras regiones. Sin embargo, esta interpretación no se vio apoyada por los datos antropológicos y, además, nunca explicaba qué pasaba con las poblaciones locales, salvo creando complejos mecanismos migratorios, con lo que la Prehistoria se convertía en un continuo ir y venir de grupos humanos. La aparición de la Nueva Arqueología y el estudio de la influencia de las condiciones medioambientales sobre los grupos humanos, postuló una interpretación basada en la aparición de cambios culturales ligados a los cambios climáticos, como reacción de los grupos a los mismos. Esta tendencia, con relaciones con la ecología cultural, propició el establecimiento de mejores secuencias climáticas que progresivamente tendían a diluir la ecuación cambio climático = cambio cultural. En la actualidad, vemos cómo en las diferentes fases los cambios climáticos siguen ciclos que podemos seguir con precisión lo que, unido al desarrollo de técnicas de dotación radiométrica, nos permite conocer la extensión cronológica de las diferentes subdivisiones del Paleolítico Superior y constatar que su extensión es, en la mayoría de los casos, coincidente con varias etapas climáticas. Por otro lado, vemos cómo los cambios climáticos no son bruscos por lo que su repercusión sobre la cultura humana no son siempre constatables por acción directa, lo cual invalida el criterio climático como motor de los cambios culturales. El problema se sitúa así dentro de la propia cultura humana. A lo largo del Paleolítico Superior observamos una sucesión de cambios en la estructura de los conjuntos, cuya explicación no se adecúa a ningún carácter externo, por lo que queda la propia dinámica interna como responsable de los cambios. Los restos industriales representan el reflejo de las necesidades y funciones de los grupos, pero también vemos, tal y como demuestran los análisis funcionales, que las actividades no son diferentes a lo largo del tiempo y que para llevarlas a cabo los grupos utilizaron no sólo piezas retocadas, sino también, a veces, lascas u hojas sin retocar. Lo mismo podemos decir de los instrumentos de asta. El Paleolítico Superior presenta una sucesión de formas y modelos decorativos diferentes. De nuevo nos encontramos con el problema. ¿Por qué los grupos humanos utilizaron su tiempo en tallar y retocar determinadas lascas u hojas o en preparar astas en formas estereotipadas, cuando podría realizarse la misma función con piezas sin trabajar? La distribución restringida cronológico-espacial de muchas de ellas nos permite considerarlas como producto de una intencionalidad social, como reflejo de las intenciones de los grupos de individualizarse y de desarrollar formas o decoraciones que los permita distinguirse de los demás. Historiográficamente, las primeras sistematizaciones de los conjuntos culturales del Paleolítico Superior son de fines del siglo XIX. De los primeros son los trabajos de los Mortillet, en 1901, que distinguían dos fases: una primera, caracterizada por útiles de piedra que engloba al Musteriense y al Solutrense, y una segunda, con el Auriñaciense y el Magdaleniense, caracterizada por útiles de hueso. Después, en 1912, Breuil hizo otra sistematización, situando el Auriñaciense en su lugar, entre el Musteriense y el Solutrense. Así, sitúa un Auriñaciense Inferior (con puntas de Chatelperron), un Auriñaciense Medio (con azagayas de base hendida) y otro Auriñaciense Superior (con puntas de La Gravette). A éste sigue el Solutrense, que divide en Protosolutrense (con puntas de cara plana), Inferior (con hojas de laurel), Medio (con hoja de sauce) y Superior (puntas de muesca). El final del Paleolítico Superior se marca por el Magdaleniense, dividido en Inferior, Medio y Superior, atendiendo a la presencia de diferentes tipos de azagayas y arpones. En 1936, Peyrony propuso que el Auriñaciense como tal no existe. Por un lado, hay un Auriñaciense Medio que mantiene, y, por otro el Inferior y el Superior se engloban en una misma fase que llama Perigordiense. Dividido en Perigordiense Inferior con puntas de Chatelperron y otro Superior con puntas de la Gravette. Para él no hay una cultura con tres fases sino dos culturas diferentes pero contemporáneas. El esquema de Peyrony fue criticado por Breuil y por la escuela inglesa de D. Garrod, entre otros. Garrod retomó la teoría original de Breuil y consideró que el Auriñaciense inferior se debe llamar Chatelperroniense, el Medio queda como Auriñaciense sensu stricto y el Superior como Gravetiense. Es una cuestión de evolucionismo estricto o no. Breuil es estrictamente evolucionista, Peyrony permite líneas separadas de evolución y Garrod vuelve al evolucionismo estricto. Hoy se admite el esquema de Breuil con las críticas e innovaciones de Peyrony, a través de los trabajos de Sonneville-Bordes que subdivide otra vez en fases menores. Ese es, en general, el estado de la cuestión. Es un esquema muy evolucionista, que no siempre ha resistido la cronología absoluta. Se ha visto que la dispersión geográfica y las fechas de los yacimientos no siempre se corresponden con este esquema, existiendo solapamientos entre estas fases. En la actualidad, se tiende a considerar grandes fases obviando las subdivisiones, cuya realidad no siempre excede a un solo yacimiento. En esto se aprecia el reflejo de las tendencias existentes en todas las ciencias taxonómicas. Por un lado, se da la tendencia a la agrupación cuando se aplican criterios taxonómicos vastos, uniendo aquellos grupos que presentan similitudes y minimizando las diferencias. Otra tendencia es la disgregadora, tendente a la taxonomía fina, maximizando las diferencias y creando grupos discretos. Ambas tendencias tienen ventajas e inconvenientes. Por un lado, la tendencia disgregadora tiende a multiplicar las entidades creando un sinnúmero de nombres que pueden llegar a dificultar la interpretación. Por otro, la agrupación puede tender a integrar dentro de la misma entidad grupos diferentes.
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La situación en la que se encontraba Hitler en la primavera de 1942 era muy distinta a la del año anterior. En 1941, sus ejércitos acumulaban victorias por todas partes. Sin embargo, en 1942, sus ejércitos habían perdido mucho ímpetu. En Rusia se habían utilizado muchos hombres y muchos medios. El abastecimiento de petróleo se hacía cada vez más problemático. Por ello, Hitler mandó conquistar los pozos petrolíferos del Cáucaso, convirtiéndose en el principal objetivo de la guerra en 1942. El objetivo era ocupar los pozos de la región septentrional del Cáucaso, estableciendo una línea defensiva a lo largo del río Don, desde Voronez hasta Stalingrado. La finalidad era abatir el frente ruso entre Kursk y Rostov. Hitler reorganizó el Grupo de Ejército de Bock subdividiéndolo en Grupo de Ejércitos A (al mando del feldmariscal List) y el Grupo de Ejércitos B (inicialmente al mando de Bock, aunque desde julio estuvo al mando del general Weichs). El Grupo de Ejércitos A tenía que abalanzarse hacia el sur, en el Cáucaso, conquistar los pozos petrolíferos y derrotar a todas las fuerzas soviéticas que se cruzara en el camino. El Grupo de Ejércitos B tenía que limitarse a formar un frente defensivo a lo largo del Don, aunque enseguida Hitler le dio un segundo objetivo: conquistar Stalingrado. La misión del Grupo de Ejércitos B pasó de ser una operación de cobertura a una operación ofensiva de grandes dimensiones, mientras que al Grupo de Ejércitos A se le confió la misión de ocupar todos los pozos petrolíferos del Cáucaso al norte de la línea que va desde Batumi hasta Baku. El rol que desempeñó el Grupo de Ejércitos B pasó de ser flanco de protección de la acción principal a algo muy distinto y, en realidad, insostenible. Basta mirar el mapa para darse cuenta de que un avance coordinado de las fuerzas soviéticas de la zona de Stalingrado hacia Rostov, aunque se aprovechase la protección que ofrecía el recodo del Don por la parte derecha, separaría enseguida el Grupo de Ejércitos A del Grupo de Ejércitos B. El 28 de junio, los alemanes comenzaron su ofensiva de verano con un rápido ataque contra Voronez por parte del 22 Ejército y del 41 Ejército Panzer. El 30 de junio, el 6? Ejército alemán, al mando del general von Paulus, comenzó a avanzar hacia el corredor del Donetz.
Personaje
Pintor
Parece ser que su formación discurre en Italia, donde es posible que conociera a Antonello da Messina. A su trayectoria profesional se asocia en más de una ocasión el nombre del Maestro de Burgos. Con este trabajó en el Retablo de la catedral de Burgos y en el Retablo de la Virgen que conserva el Museo de Sevilla. En el primero se aprecian ciertas influencias italianizantes, aunque la parte correspondiente al Maestro de Burgos es de mayor calidad artística. Alonso también es autor del Retablo de Montenegro de Cameros y El Martirio de San Sebastián para la catedral de Mallorca. Estando en Castilla fue uno de los máximos representantes del gótico de finales del siglo XV.