Entre 1660-1670 Murillo realizará sus obras más importantes por lo que es considerada la época de esplendor. En estas fechas pintará dos cuadros de las santas más veneradas de la ciudad de Sevilla: Santa Justa y santa Rufina. Debido a su tamaño posiblemente se trate de dos cuadros destinados a la devoción particular lo que permite al artista eliminar algunas notas divinas y convertir a ambas figuras en personajes populares, representándolas como dos bellas y elegantes damas de la Sevilla barroca. Las dos mujeres eran hijas de un alfarero y formaban parte de la comunidad cristiana en el siglo III. Al negarse a realizar donaciones al ídolo Salambó fueron apresadas y condenadas a muerte tras sufrir martirio. Esa es la razón por la que aparecen con vasijas en las manos y una palma. Santa Rufina vista un elegante traje de color verde con mangas blancas y manto rojo. Unas pulsera de cuentas rojas adornan sus muñecas, creando una sintonía cromática con el lazo del pelo y el del vestido. La santa dirige su tierna mirada hacia el espectador, destacando sus grandes y bellos ojos oscuros. La luz dorada crea una excelente sensación atmosférica reforzada por la rápida pincelada aplicada, acercándose con este estilo a la escuela veneciana. Murillo realizó un cuadro para el retablo de los Capuchinos de Sevilla en el que aparecen las dos santas juntas.
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contexto
La primera iglesia de la Sabiduría Divina, Santa Sofía, fue fundada por Constantino y fue consagrada el año 360, pero se incendió en el 404. Era una basílica con techumbre de madera y había sido concebida de manera ambiciosa, por lo que no es de extrañar que para su dedicación, el emperador hiciese "muchas ofrendas, a saber, vasos de oro y plata de grandes dimensiones y muchas cubiertas para el santo altar tejidas con oro y piedras preciosas, y además varias cortinas doradas para las puertas de la iglesia, y otras de tela de oro para las puertas exteriores", relata el "Chronicon Paschale". De la segunda Santa Sofía, consagrada el año 415, se conserva únicamente parte del pórtico después de ser víctima de la insurrección Nika. La revuelta del año 532 destruyó no sólo la catedral sino también la iglesia de Santa Irene, las termas de Zeuxippo y una parte del Palacio Imperial, ofreciendo a Justiniano la oportunidad que buscaba. Seis semanas más tarde se iniciaron las obras que prosiguieron durante cinco años, once meses y diez días, hasta ser consagrada el 26 de diciembre del año 537. Desde entonces los elogios no han dejado de prodigarse, habiendo sido considerada unánimemente como paradigma del poderío bizantino, encarnando a la vez la idea imperial y el culto cristiano. El espacio que ocupa en la ciudad, coronando la colina de la primera Bizancio y junto al Palacio Imperial, no hace sino reforzar el significado apuntado. Para la realización de la obra, Justiniano se dirigió a dos arquitectos: el lidio Antemio de Tralles y el jonio Isidoro de Mileto, entendidos en estática y cinética y versados en matemáticas. Era corriente que las realizaciones monumentales fueran firmadas por dos técnicos. En realidad, se acudía, por un lado, a un teórico que establecía el plan sobre el que se iba a regir el edificio y, por otro, a un ingeniero que daría cuerpo a esta idea. Según Procopio, Antemio era el teórico e Isidoro el técnico y de ambos tenemos alguna noticia. Antemio procedía de un ambiente profesional; su padre era médico, como uno de sus hermanos, y según Agatias, debía tener conocimientos de pintura y escultura, lo que reforzaría su autoridad en lo relativo a las decoraciones de sus edificios. Era un experto, sin embargo, en geometría descriptiva. Isidoro era autor de una edición comentada del segundo libro de Arquímedes, dedicado a la esfera y al cilindro, y de un comentario al tratado de abovedamiento de Herón. Además, había enseñado estereometría en las universidades de Alejandría y Constantinopla. Ambos dominaban unos conocimientos teóricos que podrían aplicarse a la construcción, incluso en el caso de un sistema de abovedamiento tan complicado como el de Santa Sofía. En este sentido, la realización de esta obra puede considerarse como el testamento de las ciencias desarrolladas durante el helenismo y que tiene su canto de cisne con Isidoro el Joven. A partir de aquí, la arquitectura se modificaría profundamente, pasando de las formas calculadas a las estructuras experimentales y realizadas a la estima. La escala de construcción se reduce notablemente y se asiste a una rápida transición que conduce de la Antigüedad a la Edad Media. Santa Sofía vendría a suponer, en consecuencia, la última creación de la arquitectura antigua. Y aunque los conocimientos técnicos explican la edificación de Santa Sofía, el resultado fue tan extraordinario, que no se dejó de incluir la intervención divina. Entre los arquitectos demasiado humanos y un dios demasiado lejano -Dragon-, fue preciso un intermediario: el emperador, iniciador del proyecto y suministrador de los fondos. Este emperador estaba necesariamente inspirado por Dios, que habría comunicado el proyecto a Justiniano por medio de un ángel. El diseño no tenía antecedentes próximos. Está constituido por elementos corrientes en la época y familiares desde el Bajo Imperio: la planta basilical y la rotonda que, combinados, dieron como resultado un edificio nuevo, asentado sobre la cúpula y su sistema de contrarresto; sistema que contaba con dos semicúpulas dispuestas en el eje longitudinal del espacio, es decir, en el este y en el oeste; semicúpulas que descansan a su vez en dos pequeños nichos dispuestos en diagonal respecto al eje. La solución adoptada era completamente original al rechazar tanto las filas de columnas que separaban las naves de la basílica como las estructuras con deambulatorios concéntricos. Idearon un sistema audaz, capaz de dar una respuesta adecuada a un recinto de grandes dimensiones, un recinto de más de 1.000 metros cuadrados con una cúpula de 31 metros de diámetro y que no se apoya sobre muros sólidos sino que está suspendida en el aire. Es verdad que la del Panteón tiene 44 metros de diámetro, pero la formidable estructura de apoyo está ausente por completo aquí. El plano de cimentaciones fue llevado a cabo con toda exactitud y todos los elementos principales de apoyo, es decir, los pilares, fueron construidos con piedra que, aunque era caliza, no quedaba sujeta a la contracción y elasticidad del ladrillo con mortero. La estructura exterior, cuya función estática era secundaria, se hizo bastante delgada, pero aún en ella se utilizaron grandes bloques de piedra hasta una altura de unos siete metros. Sobre los pilares principales, que determinan un cuadrado de 44 metros de lado, se tendieron cuatro grandes arcos, los de los lados norte y sur embebidos en los muros laterales de la nave y apenas perceptibles desde el interior, pero fuertemente marcados en el exterior por encima del tejado. Sobre los vértices de los arcos y las cuatro pechinas irregulares que los unen, se alza la cúpula principal, una concha gallonada por cuarenta nervios y cuarenta plementos curvos, reforzada en el exterior mediante cuarenta nervaduras cortas, colocadas a estrechos intervalos y que enmarcan pequeñas ventanas. Para contener los empujes centrífugos de la cúpula, Antemio e Isidoro adoptaron una solución distinta para el eje este-oeste que para el norte-sur. De este modo, dispusieron delante y detrás de la cúpula central dos semicúpulas del mismo diámetro que la principal y que descansan, a su vez, en dos pequeños nichos, conformando un sistema de contención coherente y eficaz. En el eje transversal la solución es distinta; remite a muros tímpanos horadados que coronan un juego de arcadas apoyadas en columnas en los dos pisos. En el piso bajo, cuatro enormes fustes forman visualmente una especie de velo que define el espacio; en el superior, las seis columnas sostienen el tímpano, produciendo una impresión de notable ligereza. Detrás de estas columnatas, tanto en el lado norte como en el sur, se extienden dos galerías superpuestas, cubiertas con bóvedas de aristas. Allí, dos poderosos pilares sirven para contrarrestar los empujes de la cúpula central. La construcción, en cualquier caso, no estuvo exenta de dificultades y de ellas nos habla Procopio. Cuando se estaba construyendo el arco principal oriental, pero aún no se había llegado á la clave, los pilares en los que se apoya comenzaron a inclinarse hacia afuera -su inclinación actual es de 0,60 metros-. Los arquitectos expusieron el problema al emperador, quien les sugirió terminar el arco de modo que se mantuviese por sí solo. Los arcos meridional y septentrional, por otro lado, ejercían tanta presión sobre los muros de los tímpanos subyacentes que las columnas empezaron a desconcharse. De nuevo el emperador intervino y ordenó la demolición de los muretes bajo los arcos, hasta que éstos se hubieran secado por completo. Los ejemplos mencionados, ponen de manifiesto cómo el edificio se deformaba a medida que se iba construyendo, de manera que cuando se llegó a la base de la cúpula, el espacio a cubrir se había extendido más de lo planeado. Sin embargo, la cúpula, construida con ladrillos puestos de canto unidos con gruesos lechos de mortero al objeto de conseguir una mayor ligereza, fue terminada finalmente, aunque no duró más de 20 años. Resquebrajada por una serie de terremotos que sacudieron a la capital entre 553 y 557, se hundió definitivamente en el año 558. Por recomendación de Isidoro el Joven, los arcos meridional y septentrional fueron ensanchados progresivamente por el intradós, desde las impostas hasta la clave, de modo que el espacio central se aproximara más al cuadrado, elevándose la cúpula, el año 563, hasta los 56 metros de alto -desde los 51 originales-. Y aunque fue necesario efectuar algunas reparaciones -por ejemplo, en octubre del año 975, la semicúpula occidental se vino abajo por un terremoto, por lo que hubo de ser restaurada por Basilio II- y algunos añadidos como los minaretes obstaculizan la visión de la curva de la cúpula, el diseño de Isidoro el Joven no fue alterado sensiblemente. El recinto se completaría con un gran atrio al oeste, que daba paso a un exonártex y a un nártex, alcanzando así finalmente una superficie total de más de 10.000 metros cuadrados. El exterior es muy pesado y siempre lo fue, pues estaba sobrecargado de edificios de toda índole, aunque domina la ciudad y los volúmenes se acumulan hasta alcanzar la cúpula. Con esta visión, el visitante accedía al atrio para verse encerrado por pórticos, donde alternaban rítmicamente dos columnas por cada pilar. Sólo después de superar una de las cinco puertas de ingreso, veía la nave revelarse ante él, con su enorme cúpula y sus semicúpulas, empezando entonces a captar el dilatado espacio que en el exterior no era comprensible más que a medias.
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La revuelta popular que se produjo en Constantinopla en el año 532 acabó con la destrucción, entre otros edificios, de la catedral de Santa Sofía. Justiniano no dudó en edificar una nueva catedral, eligiendo para ello a los arquitectos Antemio de Tralles e Isidoro de Mileto. Las obras duraron cinco años, once meses y diez días, siendo consagrado el templo el 26 de diciembre del año 537. Justiniano dijo en aquella ocasión: "Salomón, te he vencido" aludiendo a que con esta nueva iglesia había superado el famoso templo de Jerusalén edificado por el rey israelí. El diseño no tenía antecedentes próximos ya que mezcla la planta basilical -formada por un rectángulo de 77 metros por 72- y la rotonda, combinación que da como resultado un edificio asentado sobre la cúpula, elemento central del edificio. La cúpula de 31 metros de diámetro contrarrestaba sus empujes laterales a través de dos bóvedas de cuarto de esfera, cuyos empujes son a su vez recibidos por otras cuatro menores de igual forma y dos bóvedas de cañón en las naves laterales. Los diversos empujes se contrarrestan al tiempo con gruesos estribos en los que se alojan las escaleras. El acceso se realiza por un atrio, un exonartex y un nartex. En el alzado podemos contemplar las tres naves y los dos pisos de arquerías sobre columnas, aportando mayor ligereza a la construcción. Cuatro arcos sobre pilares soportan toda la estructura de la enorme cúpula, que se asienta sobre pechinas. Esta cúpula se eleva hasta los 65 metros de altura y está reforzada por 40 nervios, entre los cuales observamos ventanas que permiten una mayor luminosidad en el templo, al igual que las ventanas de los arcos y las paredes laterales. Bóvedas y cúpula están cubiertas de mosaicos mientras que las paredes se revisten con zócalos de mármol, material que también se empleó para las columnas.
obra
Ana de Orbea, condesa de Oñate y tía del ilustre monje Juan de Orbea, fundó en el monasterio del Carmen Calzado de Valladolid una capilla dedicada a Santa Teresa; la imagen de la santa fue obra de Fernández en 1624. Del maestro salió su definitiva efigie, la que todos conocemos: como doctora, con la pluma suspensa recibiendo la inspiración, el hábito marrón y un extremo del manto alzado en el aire, como si lo elevara la pujanza de lo que es revelado a la santa.
Personaje
Literato
Religioso
Nacida en Ávila en 1515, de nombre Teresa de Ahumada, era hija de Alonso Sánchez de Cepeda y de Beatriz de Ahumada, y nieta de un judío converso dedicado al negocio textil que se había establecido en Ávila. Ya desde niña muestra su vocación religiosa y su carácter emprendedor, al convencer a su hermano Rodrigo para ir juntos a sufrir martirio en tierras de musulmanes. A la muerte de su madre, su padre le hace ingresar a los dieciocho años en el convento de las agustinas de Gracia, tomando los hábitos carmelitas en 1536. Una experiencia profunda le hará tomar un giro definitivo en su vida, al caer en coma durante cuatro días y ser desahuciada por los médicos. Amortajada, despierta delirando y pronosticando su futuro, curación que ella misma atribuirá a san José. A partir de entonces y durante los veinte años siguientes manifiesta repetidas veces estar en contacto con Dios y tener visiones, como la del infierno, que le empujan a observar estrictamente la ortodoxia de su regla. En 1562 funda en Ávila su primer convento reformado, en el que pretende restablecer y restaurar la entonces relajada regla carmelitana de 1247, postulando la oración y la contemplación como pilares básicos de la fe. No sin oposición, llega a fundar 17 conventos reformados, labor en la que es apoyada por san Juan de la Cruz. En 1582, desplazada a Alba de Tormes por requerimiento de la duquesa de Alba, fallece el 15 de octubre. Las crónicas devocionales le atribuyen virtudes de santidad, como el olor perfumado de su cadáver o la incorruptibilidad de su cuerpo, tras un año de enterramiento. En 1614 es beatificada por Paulo V, en 1622 canonizada por Gregorio XV y en 1970 es declarada doctora de la Iglesia. Gran mística, se distingue por lo elevado de su pensamiento y por la belleza literaria de sus escritos, como "Camino de perfección" o "Las moradas", entre otros.
obra
Se trata de una majestuosa interpretación de la Trinidad, que Durero ejecutó con su habitual maestría. Nos muestra una visión celestial en la que Dios Padre recoge en un gesto patético el cadáver de su hijo tras la crucifixión. Los ángeles observan con gesto grave la escena y recogen los instrumentos de la Pasión de Cristo. El cuerpo desmadejado de Cristo parece resbalar sobre las rodillas de Dios, que lleva una capa pluvial. Los angelitos recogen los extremos de la capa, por lo que su aspecto es el de un baldaquino que arropa a Cristo.Durero realiza una composición en la que parece vibrar la lluz, con brillantes toques en los cuerpos, el halo resplandeciente de Dios y la paloma, aunque donde el contraste obtiene las cotas más hermosas es en las blanquísimas nubes que se rizan contra el fondo oscuro de la imagen.
obra
Las santas y mártires de Zurbarán han hallado gran fama a lo largo de los años, por la riqueza y la sencillez con que el pintor captaba a estas singulares mujeres. Santa Úrsula aparece sosteniendo con elegancia una flecha que apunta a su pecho, indicando cuál fue el tormento que sufrió por causa de su fe. Sin embargo, el rostro sereno y algo sonriente de la joven nada dice acerca de dolores ni martirios. Al contrario, podría parecernos el retrato de una noble dama o una princesa, ricamente adornada con una corona de oro, hileras de perlas y un riquísimo vestido con perlas de aljófar prendidas de las mangas. Como contrapunto cromático entre la figura y el oscuro fondo neutro, el manto de rojo veneciano atrae poderosamente la atención del espectador. Todos son recursos típicos del maestro, que ya los había aplicado con éxito a otras santas de su mano, como Santa Margarita, Santa Apolonia, etc.
Personaje
Militar
Político
Será uno de los participantes en la batalla de Junín junto a San Martín y Bolívar, convirtiéndose en el pacificador del Alto Perú. Será elegido presidente de la República de Bolivia en 1828, iniciando un gobierno de marcado acento dictatorial en el que destacan las mejoras en el campo económico y educativo, al tiempo que adoptó los códigos napoleónicos y reorganizó el ejército. Proclamó la Confederación peruano-boliviana en aras de acercarse a su vecino. Fue expulsado del poder y del país en 1839, intentando recuperar sus cargos cuatro años más tarde. El resultado fue un estrepitoso fracaso y en 1845 fue exiliado definitivamente, trasladándose a Europa.