La opinión más generalizada no da a Alejo Fernández la autoría de esta bella tabla y se aducen razones puramente estilísticas para hacerlo, pese a que existe un contrato con Fernández para una tabla del mismo tema para el antiguo Corral de los Olmos. La arquitectura del trono es similar a la de la Virgen de la Rosa y captado con idéntica perspectiva. Incluso la solemnidad frontal remite a la tabla citada. Además este San Pedro, arropado por una dalmática bordada con ricas representaciones de santas mártires, ostenta una barba canosa interpretada de forma prácticamente idéntica a la que luce San Joaquín en el Abrazo. Si no se atribuye a Alejo, habría por tanto que ponerlo en el más estrecho círculo de sus discípulos o colaboradores, apuntándose a Pedro Fernández de Guadalupe.
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obra
Esta magnífica imagen de San Pedro fue realizada por El Greco, probablemente para la iglesia de San Vicente en Toledo, teniendo como compañero a San Ildefonso. Cuando fue trasladado al Museo de El Escorial, el lienzo fue cortado en su parte superior, resultando una figura aún más alargada de lo que aparentaría en un principio. San Pedro viste túnica azul y manto amarillo, y porta en su mano izquierda las llaves de la Iglesia que fundó por encargo de Jesús. Dichas llaves son su indiscutible atributo, con el que siempre aparece representado. La figura se sitúa en un pequeño espacio de terreno, como si estuviera en la cima de una montaña, igual que Doménikos hizo en el San Martín o en el San José. Sin embargo, aquí no presenta el paisaje de Toledo, resultando una escena más simple. La desproporción es la nota predominante en esta alargada figura, de modo que la pequeña cabeza parece no corresponder con el voluminoso cuerpo. Y es que El Greco emplea un canon estético diferente al clásico; además, la anatomía se pierde entre los pliegues de los vestidos, dando la impresión de encontrarnos ante figuras escuálidas. La atención del pintor se centra en el rostro del santo, tan naturalista que parece un auténtico retrato. Las manos también son dignas de mención, destacando los largos dedos, dos de ellos habitualmente unidos. El efecto tormentoso del cielo y el empleo de la luz - que crea interesantes contrastes de luz y sombra - aumentan el aspecto espiritual de la imagen, mostrando Doménikos su capacidad para interpretar las exigencias de sus clientes: la aristocracia y los clérigos toledanos, impregnados de misticismo.
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En la pintura española serán bastante frecuentes los apostolados, siendo El Greco uno de los primeros en realizar esta temática. Rubens también la trató y, por supuesto, Ribera. Formando este apostolado sólo han quedado tres integrantes: San Pedro, Santiago el Mayor y San Pablo. En ellos el maestro valenciano exhibe la dependencia del estilo de Caravaggio al emplear una intensa y potente luz que crea acentuados contrastes lumínicos, tonalidades apagadas pero de gran viveza cromática y figuras tomadas directamente del natural, humanizando a los personajes sacros al representarlos con absoluto naturalismo. El san Pedro recorta su figura sobre un fondo neutro -dotando así a la figura de mayor volumetría- y dirige su mirada hacia la izquierda, portando en su mano derecha las llaves que constituyen su atributo. Las manos son las de un pescador, igual que el rostro, marcándose arrugas y músculos como observamos en el potente cuello. El resultado es de un realismo espeluznante.
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Los cuadros con figuras aisladas de santos debieron ser muy demandados por los particulares en el virreinato de Nápoles. En este grupo incluimos al San Pedro que aquí contemplamos, llevando en sus manos las llaves y el libro que se convierten en sus atributos. La figura del santo aparece recortada ante un fondo neutro, iluminada por un potente foco de luz que procede de la izquierda, al modo caravaggista, aunque ahora se incorpora un nuevo elemento que dota de sensación espacial y atmosférica a la figura. Se trata de un ligero halo que envuelve la cabeza, elemento que también se repite en el Tacto. El manto amarillento sirve de base a la sensacional cabeza en la que Ribera muestra su facilidad para interpretar las expresiones, siguiendo la fórmula naturalista de obras anteriores como Heráclito. En la cabeza del santo podemos apreciar la técnica densa y pastosa empleada por el maestro en estos años.
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Cuando Ribera realizó su Apostolado en los primeros años de la década de 1630 parece que buscó los modelos en tipos de la calle, tremendamente reales para representar a sus apóstoles como tipos maduros, en los que se manifieste la dureza de la edad y el sufrimiento pero en los que se también se aprecie la serenidad de la fe. Estas características se pueden aplicar sin lugar a dudas a San Pedro, considerada una de las figuras más impresionantes de la serie, destacando su monumentalidad y la tonalidad dorada de su manto. El santo aparece de perfil, con el rostro ligeramente girado hacia el espectador, portando el libro y las llaves que se convierten en sus atributos. Su inteligente mirada apenas queda sugerida por el acentuado contraste de claroscuro empleado por Ribera, siguiendo las pautas del tenebrismo de Caravaggio. Las influencias de Rubens y El Greco también están presentes en esta composición, aunque el personaje de Ribera abandone la grandiosidad del flamenco para hacerse más cotidiano. San Pablo y Santiago el Mayor son algunos de sus compañeros en la serie.
Personaje
Religioso
Inició sus estudios en el seminario de Vich para pasar al colegio de la Compañía de Jesús en Barcelona. Continuó su formación en Palma de Mallorca, estudiando filosofía, momento en el que decidió dedicar su vida a la evangelización de los esclavos negros en América. En 1610 se embarcó rumbo a las Indias y finalizó sus estudios eclesiásticos en Bogotá y Tunja, siendo ordenado sacerdote en Cartagena de Indias (1616). Será en esta región donde inicie su evangelización, interesándose por los cuantiosos problemas de los miembros de la sociedad negra: enfermedades, esclavización, desarraigo, alcoholismo, etc. La epidemia de peste que diezmó la población de Cartagena en 1654 acabó con su vida.
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La escena se halla en el compartimento inferior del lateral izquierdo de la capilla Brancacci, en la pared frontal. Presenta el momento -recogido en los Hechos de los Apóstoles- en el que san Pedro sana a los tullidos con su sombra. La escena se desarrolla en una calle florentina, ubicada según los especialistas en la zona de San Felice in Piazza debido a las balconadas típicas de los edificios medievales y la iglesia y el campanile que encontramos al fondo. Sin embargo, el paramento almohadillado del palacio del primer plano recuerda al Palazzo Pitti realizado por Brunelleschi. La perspectiva resulta la gran protagonista de la composición, interesado Masaccio en trasmitir la sensación de profundidad. Las figuras gozan de una monumentalidad escultórica y de una expresividad que serán admiradas por artistas futuros como Piero della Francesca. Se han identificado algunos personajes como el hombre del turbante rojo -Masolino-, el anciano de barba blanca -Donatello- o el san Juan, Giovanni, el hermano del pintor, apodado "Scheggia".
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En el compartimento superior del lateral derecho de la capilla Brancacci, Masolino presenta dos escenas unidas entre sí por las edificaciones de la Florencia del Quattrocento que sirven como fondo: a la izquierda, san Pedro sanando a un cojo y en la derecha la resurrección de Tabita, cristiana ejemplar, en la que también intervino san Pedro, santo patrono de la capilla. Ambos episodios están narrados en los Hechos de los Apóstoles (3,1-10; 9, 36-43). Las escenas están separadas por dos personajes ricamente vestidos que pasean y otorgan un aire de normalidad a ambos sucesos. En el fondo hay elementos tomados del mundo contemporáneo del pintor, llegando a colocar tiestos en las ventanas, ropa tendida o jaulas con pájaros. Las arquitecturas de los soportales donde se desarrollan los hechos están inspiradas en las construcciones que estaban llevando a cabo los arquitectos del momento como Brunelleschi o Alberti, tomando el mundo clásico como referencia. Las figuras están dotadas de monumentalidad, como Masaccio, aunque gozan de una expresividad más delicada. La perspectiva obtenida al disponer a los personajes en diferentes planos y las construcciones al fondo resultan de gran maestría, colocando sendos puntos de fuga en los laterales del edificio que se ubica en el centro de la plaza.
Personaje
Religioso
Monje y posteriormente cardenal, ejerció gran influencia en la Iglesia de su tiempo, imbuida del espíritu de reforma del clero que cristalizará en las directrices y decisiones de Gregorio VII. Es autor de "Liber Gomorrhianus", una crítica de los vicios del clero (algo exagerada, para algunas fuentes) que presentó al papa León IX en 1049. Escribió además poemas, himnos y vidas de santos. Su festividad se celebra el 21 de febrero.
obra
La producción de Pedro de Mena está integrada casi en su totalidad por imágenes aisladas, con las que definió una iconografía devocional de gran éxito, lo que motivó la frecuente repetición de muchos de sus tipos, creando así auténticas series. De ellas, destacan los San Antonio y el Niño, San Diego de Alcalá, San Pedro de Alcántara, San Francisco de Asís, San José y el Niño, Inmaculadas, santos jesuitas, etc. Eran obras destinadas a cumplir la función esencial de la imaginería barroca, la comunicación con el fiel, para lo que Mena utilizó los recursos del efectismo naturalista propios de la época. No obstante, consigue transformar lo concreto en sobrenatural, merced a la emoción espiritual que plasma en los rostros.