La figura de San Pablo se recorta sobre un fondo neutro, de la misma manera que se hacía en los retratos de la Escuela veneciana y que repetirá el mismo Doménikos - véase Antonio de Covarrubias -. Viste túnica azul y manto rojo, colores tradicionales entre las figuras divinas al simbolizar la eternidad y el martirio. En su mano derecha porta una espada, simbolizando su pasado como general romano; en la izquierda sujeta un papel con caracteres griegos. Como es habitual en estos santos aislados, El Greco centra su atención en el rostro del personaje, captando perfectamente su psicología. De esta manera transmite la espiritualidad que se le solicitaba por parte de sus clientes. El colorido empleado por el candiota es muy brillante, producto del contacto con el Manierismo. La fuerte luz que ilumina la figura provoca la eliminación del color en algunas zonas donde impacta con mayor fuerza, creando una sensación muy efectista. Los pesados ropajes, ampliamente plegados, impiden apreciar la anatomía de San Pablo, dando la impresión de mantener el influjo de Miguel Ángel a la hora de elegir figuras más bien amplias, adaptadas eso sí a la estilización característica que imprime a sus modelos El Greco.
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Del apostolado que Ribera pintó al poco tiempo de establecerse en Nápoles sólo se conservan tres piezas: Santiago el Mayor, San Pedro y este San Pablo que contemplamos. Al igual que sus compañeros, la figura del apóstol aparece recortada sobre un fondo neutro con el que se resalta la volumetría, recibiendo un potente foco de luz procedente de la izquierda que impacta en su rostro, destacando su expresividad. Ribera continúa trabajando en el naturalismo al representar al santo como si de un hombre napolitano se tratara, reconociéndose sólo a través de sus atributos: la espada y las cartas que escribió como complemento de su predicación. La influencia de Caravaggio continúa presente tanto en el naturalismo con el que trata la figura como en el juego de luces y sombras utilizado, heredero del tenebrismo.
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San Pablo es una de las imágenes más representativas del Apostolado realizado por Rubens en 1610-1612, posiblemente para el Duque de Lerma. El libro y la espada con los que se representa simbolizan su lucha por la fe. Su larga cabellera y barba sugieren que se trata del mismo modelo que el San José de la Adoración de los Magos del Museo del Prado. Igual que sus compañeros -Santiago el Mayor, por ejemplo- el foco lumínico que procede de la izquierda sirve para otorgar mayor volumen y realismo a la figura, en clara referencia a la obra de Caravaggio. La fuerte personalidad de San Pablo es una muestra de la brillante faceta del maestro como retratista.
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Ésta es una excelente muestra de la etapa juvenil de Velázquez, influida profundamente por Caravaggio. El sevillano pone de manifiesto su dominio del retrato al dar la imagen de un hombre de carne y hueso, captado directamente del natural y envuelto en una amplísima túnica en la que destacan los pliegues casi escultóricos. La figura del santo está sentada sobre un escalón que se confunde con el fondo, zona donde se ven las limitaciones de Velázquez al esconder hábilmente las piernas y ocultarlas bajo los pliegues. El colorido terroso es un rasgo común de estos años sevillanos al igual que la iluminación, heredados ambos del Tenebrismo. Posiblemente fuese compañero de Santo Tomás, lo que hace pensar que se trataría de los restos de un Apostolado, muy frecuente en el Barroco español. Buena muestra son los que se pueden apreciar en el Museo del Prado, de Rubens, Ribera o El Greco.
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Cuando ribera realizó su Apostolado no dudó en tener como referencia el que Rubens había ejecutado en la década de 1610, conocido gracias a sus grabados. Sin embargo, el pintor valenciano se aparta de la grandiosidad que caracteriza al flamenco para presentar figuras más mundanas, tomadas de las calles napolitanas, pero no carentes de dignidad. Son hombres maduros, trabajados por la edad y el sufrimiento como podemos apreciar en este San Pablo, cuya figura se destaca de un fondo tremendamente oscuro que casi dificulta la contemplación de su atributo, la espada. El naturalismo con el que está tratado el personaje y la iluminación empleada están directamente inspirados en Caravaggio, el maestro que en estas primeras décadas dejará su huella marcada en el estilo de Ribera. Santiago el Mayor o San Andrés son algunos compañeros de la serie.
Personaje
Religioso
Fue diácono en su cuidad natal, Córdoba, concretamente en la iglesia de San Zoilo, donde destacó por su comportamiento caritativo con los demás. Fue víctima de un martirio. Después de muerto, sus verdugos expusieron su cuerpo para que lo devorasen los animales. Sin embargo, fue rescatado por los cristianos que le dieron sepultura en San Zoilo.
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Las primeras obras de Fortuny están absolutamente relacionadas con el estilo nazareno de sus maestros Lorenzale y Milà i Fontanals como se aprecia en esta composición religiosa inspirada en el mundo renacentista protagonizada por san Pablo, ocupando el centro de la escena al ser el protagonista. Un amplio número de figuras se sitúa a su alrededor, observándose diversas posturas para demostrar el joven artista su dominio de la anatomía humana, de la misma manera que se resalta la perspectiva al ubicar unas ruinas clásicas al fondo. El dibujo es correcto y la concepción general acertada aunque peca de academicismo, especialmente si la comparamos con obras posteriores como La vicaría.
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En esta atractiva escena, Rembrandt ha recurrido a dos iluminaciones diferentes en su afán de conseguir la unidad pictórica gracias a la luz; así observamos una fuente lumínica en la zona de la izquierda considerada como natural mientras que en la derecha encontramos una luz artificial cuyo foco no apreciamos al encontrarse oculto tras los libros. De esta manera se crea una sensación atmosférica perfecta, resaltando la zona del fondo y dejando en penumbra el primer plano, apreciándose los volúmenes. Un anciano barbado vestido con una amplia túnica es el protagonista de la composición. Se identifica con san Pablo gracias a los libros que encontramos sobre la mesa y su espada oriental desenvainada que cuelga de la esquina superior derecha. El apóstol se sienta en una silla y su brazo derecho cuelga sobre el respaldo, en una postura de abatimiento reforzada por la mirada perdida, dirigida hacia el suelo. Se trata de una figura tomada directamente del natural, llegándose a identificar con el padre del maestro aunque no existan datos suficientes que avalen la hipótesis. De esta manera, Rembrandt continúa con el naturalismo aprendido con Lastman, apreciable también en el estudio lumínico y en las tonalidades empleadas, predominando el marrón y el ocre. El ambiente creado por el maestro demuestra su valía, utilizando la luz a su deseo para conseguir obras inolvidables.
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San Pablo es uno de los pilares básicos del cristianismo siendo una de las figuras más repetidas en la historia de la pintura. En esta obra, vemos al santo en el interior de una celda con multitud de escritos a su alrededor y con su atributo, la espada con la que sería decapitado. La figura está sentada y en actitud pensativa. Gracias al juego de luz, Rembrandt ha destacado el interesante rostro del apóstol caracterizado como un hombre anciano, con la frente despejada y larga barba blanca. Ese juego de luz y sombra está inspirado en el naturalismo tenebrista de Caravaggio, al igual que la gama cromática oscura empleada por el artista. Los pliegues de las telas y los papeles están ejecutados con un tremendo detalle que demuestran la altísima calidad de su pintura. Mención especial merece el interés por las expresiones; la actitud pensativa del santo llevándose la mano a la boca y los ojos muy abiertos son una auténtica maravilla digna de contemplación. Los detalles y las expresiones serán las características principales de los retratos que pronto realizará el maestro holandés.
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La presencia del pan en primer término y del cuervo al fondo ha hecho considerar a los especialistas que esta figura sería San Pablo, primer ermitaño. Ribera emplea un tratamiento absolutamente tenebrista, situando la figura del santo ante un fondo neutro para resaltar gracias a un potente foco de luz procedente de la izquierda su anciana figura. San Pablo está representado de manera absolutamente naturalista, destacando todas y cada una de sus arrugas e interpretado como un hombre popular, cargado de espiritualidad como,podemos observar en el gesto de sus manos o su cabeza. Un libro y una calavera acompañan al santo, dispuestos los diferentes elementos en planos paralelos para dotar de mayor profundidad al conjunto. La pincelada ligera y pastosa con la que Ribera ha interpretado cabellos y manos indica que este lienzo se realizó hacia 1637.En el Inventario del Alcázar de Madrid realizado en 1666 aparece con San Pedro como pareja en la alcoba donde murió Felipe III.