Procedente del retablo de San Benito, este grupo constituye un singular exponente de la formulación de los conceptos manieristas aplicados a la escultura con fines devocionales. La gran expresividad de las figuras, sus formas y proporciones estilizadas, y los mecanismos emocionales enfatizados por el uso de la policromía, caracterizan la producción de Alonso de Berruguete donde se combinan, de forma dramática, las más refinadas licencias de manierismo con unas actitudes patéticas, consonantes con los valores más expresivos de la tradición goticista. El San Cristóbal es su compañero.
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Entre los óvalos que decoran el techo de la sala superior de la Scuola Grande di San Rocco destaca esta escena por su intensidad gramática y la maestría de su ejecución. Las tonalidades, la fuerza de las formas empleadas y la genialidad a la hora de iluminar sitúan esta tela entre las mejores de Tintoretto, eligiendo el momento de mayor intensidad dramática de la historia: cuando el ángel detiene el brazo de Abaraham, presto a dar muerte a su hijo Isaac, tal y como le había solicitado el Padre Eterno para probar su fidelidad. Los escorzos y los claroscuros utilizados hacen de Tintoretto el preludio del Barroco.
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Siguiendo la voluntad divina, Abraham se dispone a sacrificar a su hijo Isaac cuando en ese momento aparece un ángel que impide el sacrificio, demostrándose así que el anciano Abraham sigue fielmente los dictados de Dios. Este episodio del Génesis (22, 9-12) ha sido ampliamente tratado en la iconografía occidental pero habitualmente la figura del ángel aparece en el cielo. Sin embargo, Valdés Leal le ha colocado en la tierra, sujetando enérgicamente el brazo armado del anciano. La disposición de los personajes en la escena es absolutamente barroca al colocar al ángel de espaldas mientras que Isaac aparece recostado, en una postura tremendamente forzada, siendo sujetado por su padre que se muestra de perfil. Valdés Leal demuestra su capacidad para captar las expresiones y los gestos de sus figuras, llenando de dramatismo la composición como si de una escena teatral se tratara. El episodio se desarrolla en un fondo de paisaje en el que apreciamos melancólicos efectos lumínicos que refuerzan lo emotivo del momento.La estudiada anatomía de Isaac es uno de los mejores desnudos del artista, contrastando su cuerpo joven con el rostro de su padre en el que destacan los cansados ojos. La poderosa figura del ángel con las alas desplegadas y sus ropas al viento tiene cierta sintonía con la Liberación de San Pedro.
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En 1401 se convocó en Florencia un concurso para adjudicar la realización de las segundas puertas del Baptisterio -las primeras, de 1336 se deben a Andrea Pisano-. En él participaron diversos artistas: Jacopo Della Quercia, Filippo Brunelleschi, Lorenzo Ghiberti, realizando para el concurso un relieve con forma lobulada sobre el tema de El Sacrificio de Isaac. Tanto la obra de Ghiberti, que resultaría vencedora, como la de Brunelleschi, muestran una clara inclinación por introducir citas y referencias al arte clásico. Y también, en ambas se aprecia, aunque todavía con numerosos elementos procedentes del lenguaje preexistente, el intento de plantear una nueva forma de representación. En Ghiberti la disposición del paisaje y de las figuras crea una sugerencia espacial nueva que, en el caso de Brunelleschi, se convierte, como se ha notado, en una construcción espacial de nuevo signo.
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Para el techo de la iglesia de los agustinos del Santo Spiritu de Isola realizó Tiziano una serie de tres lienzos en los que se prefigura el sacrificio de Cristo. Se trata del Sacrificio de Isaac, el Triunfo de David y Caín y Abel. Abraham es el primer patriarca del pueblo hebreo. Abandona su patria, la Ur de los caldeos, obedeciendo la voluntad de Dios y no duda en sacrificar a su hijo Isaac siguiendo los dictados divinos, pero el Señor evita esta terrible prueba enviando a un ángel para detener el brazo del patriarca en el momento previo a asestar el golpe definitivo. Este momento es el elegido por Tiziano para realizar su trabajo. Así la monumental figura del patriarca eleva su mirada hacia el ángel que detiene su espada, mientras con la mano izquierda sujeta al pequeño Isaac, situado sobre el altar donde se va a realizar el sacrificio. Un cordero y una mula acompañan a las figuras protagonistas. Los escorzados cuerpos presentan un esquema giratorio que acentúa el dramatismo del momento, al igual que la violenta diagonal que recorre el lienzo de derecha a izquierda. La influencia del arte clásico y de la pintura de Pordenone, Correggio, Giulio Romano y Miguel Angel se ponen claramente de manifiesto en esta obra, aportando el maestro veneciano su particular versión de la luz y el color, resultando una imagen de gran impacto visual. A ello también ayuda el dramatismo de los gestos y el empleo de la perspectiva de "sotto in sù". Las tonalidades anaranjadas y verdes están tomadas del manierismo. Cuando la obra era contemplada en su lugar original -desde 1656 el conjunto se encuentra en la sacristía de la iglesia de Santa Maria della Salute de Venecia- formaba parte de una disposición unitaria en el que la intensidad dramática se vería reforzada.
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Domenichino terminó especializándose en grandes escenas decorativas con las que adornaba los techos y muros de grandes palacios y villas italianas. El clasicismo que adoptó se convirtió en una interpretación fría, excesivamente correcta, de los modelos que plantearon los hermanos Carracci. Domenichino fue un punto de referencia para otros artistas del momento, como Poussin o Guido Reni, mientras que la personalidad del Guercino se imponía sobre la elegancia requerida en la obra de estos pintores barrocos. Domenichino nos muestra la escena tan conocida del Sacrificio de Isaac, cuyo cuerpo adolescente se convierte en un modelo de perfección anatómica tan irreal como impecable. El potente gesto de Abraham recuerda la postura teatral de un actor, y su túnica roja consigue llenar y desbordar toda la acción, interrumpida coreográficamente por el vuelo del ángel que viene a detenerle.
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Veronés se deja seducir en esta escena por el Manierismo, al recurrir a esos fuertes y marcados escorzos -especialmente el del ángel- y a los tonos anaranjados. La composición se enmarca en una clara diagonal que abarca la superficie vertical del lienzo, anticipándose al Barroco. Las expresiones de las figuras también son una preocupación para el maestro, como ocurre en Jesús y el centurión.
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Cano es un dibujante incansable, desarrollando repetidamente sus ideas de forma global para cada cuadro e individual para cada figura dentro de él. Sus dibujos abarcan desde bocetos ligeros hasta estudios acabados, siempre realizados a pluma reforzada con aguada, sin apenas utilizar el lápiz sino como pauta previa. En estos dibujos, las líneas son seguras e incisivas, con acentuada continuidad de contornos, semejante a volúmenes escultóricos.
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Nuevamente Caravaggio escandaliza a Roma con esta obra, que trataba un tema muy habitual en el arte religioso del Barroco. El problema consiste en el modo de plasmar la reacción de Isaac, el hijo de Abraham. Tradicionalmente, se consideraba que Isaac era una prefiguración simbólica de Cristo, que también habría de morir por su padre, siendo una víctima inocente, un cordero llevado al sacrificio. Pero mientras Cristo se somete con la docilidad del cordero a su destino, este Isaac que muestra Caravaggio grita con angustia y terror sin ninguna disposición a ser llevado al altar. Abraham, pues, ha tenido que doblegar la resistencia de su hijo, sujetándolo y aplastándolo contra la piedra, pero no puede evitar una vacilación y durante unos segundos la hoja del cuchillo se detiene junto al cuello del muchacho. Este sublime momento de duda es aprovechado por el ángel para detener al padre, y es el momento que prodigiosamente capta el pintor, concentrando en escasos segundos todos los sentimientos que agitan a los personajes: miedo, duda, fe. El final feliz lo sugiere la cabeza de carnero junto al chiquillo, pues aquél será la víctima final del sacrificio. Sin embargo, el espectador percibe con intensidad la angustia de la escena, que no se ve mitigada por el desenlace ya conocido.