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El desembarco en Normandía requirió de un número ingente de buques de todo tipo. Algunos fueron remolcadores, que sirvieron para llevar tanto los grandes "mulberries" como pequeñas lanchas de desembarco que no eran autopropulsadas y no se podían disponer en las cubiertas de otros transportes.
obra
La estancia durante el verano de 1864 en Honfleur será muy productiva para Monet ya que tuvo la oportunidad de trabajar en compañía de sus amigos Bazille, Boudin y Jongkind. Con estos últimos ya había tenido la oportunidad de pintar directamente del natural en éste mismo lugar. La marina tiene como protagonistas a tres pescadores que remolcan una barca al atardecer, mientras que al fondo podemos observar el faro de l´Hospice con su luz. Las últimas luces del sol arrancan reflejos plateados en el agua mientras que las nubes crean una iluminación tenebrosa en las casas del pueblo, recortadas ante la silueta de los montes. La pincelada es rápida y fluida, aplicando el color a base de ligeros toques de pincel que eluden detalles para confeccionar una vista general de la escena, renunciando a elementos superfluos. Y es que Monet tiene especial interés en captar la luz de cada momento, especialmente de los atardeceres, donde se puede alcanzar un mayor lirismo. Y esa iluminación está tomada directamente del natural, jugando con sombras coloreadas con las que obtiene un conjunto de delicada belleza, en sintonía con las ideas impresionistas.
obra
Fotografía cedida por la Sociedade Anónima de Xestión do Plan Xacobeo
lugar
Personaje Pintor
Se inició en el arte de la pintura bajo las enseñanzas de su padre y al cumplir los quince años se trasladó a Shanghai. Durante estos años vivió de la venta de abanicos que él mismo decoraba y luego firmaba con el nombre de otros pintores famosos. A medida que se afianzó en su arte, se convirtió en uno de los pintores más importantes de la Escuela de Shanghai. Empleaba hojas de árbol para practicar el arte de la caligrafía, además de retratar a los líderes budistas y taoístas. El Museo de Nanjing acoge una interesante representación de su obra con creaciones como: Personaje sentado junto a un árbol o Su Wu y sus ovejas.
contexto
A pesar de considerar tradicionalmente la época medieval como un momento de crisis, durante la Plena Edad Media se pone de manifiesto un importante renacimiento agrario, mercantil y urbano. Se producirá una expansión agraria -gracias a los avances tecnológicos, a las nuevas roturaciones y colonizaciones- que afectará a la inflexión demográfica y al desarrollo de una nueva geografía agraria, aunque el crecimiento también tenga sus contradicciones y su momento de fin. La aparición de nuevas fuerzas sociales y económicas se manifiesta con fuerza en la importante revolución comercial que se llevará a cabo en esta época, definiéndose nuevas áreas comerciales, abriéndose más ferias y mercados, poniendo en circulación nuevas y más potentes monedas y activando un amplio mercado crediticio que afectará especialmente a las ciudades. No en balde la Plena Edad Media será el momento de la renovación de las ciudades, adquiriendo la urbe importantes funciones económicas, apareciendo nuevas estructuras sociales y produciéndose episodios de solidaridad y conflictividad.
contexto
Los medios académicos han consagrado una serie de expresiones utilizadas para las más diversas circunstancias. Una de ellas es, sin duda, la de renacimiento utilizada para definir la situación cultural de la Europa de Carlomagno y la de sus sucesores los emperadores de la casa de Sajonia. ¿Hasta qué punto la retórica puede llegar a traicionar la realidad de los hechos? ¿Se asiste en estos dos momentos a procesos de regeneración cultural? La respuesta estaría llena de matices... y abriría a su vez numerosos nuevos interrogantes. Los coetáneos de Carlos que exaltaron su figura lo hicieron no sólo como político, como cristiano o como buen gestor económico. También crearon el mito de un emperador preocupado por la vida cultural. Esta tradición se fue manteniendo con el discurrir de los siglos. Así, como ha recordado E. Garin, en 1461, el embajador de Florencia en París (Filippo de Medicci) hacía remontar a Carlomagno el primer intento de Renacimiento en Europa. Y a mediados del siglo XIX, un historiador de la literatura francesa, J. J. Amére daba definitivamente carta de naturaleza académica a la expresión "Renacimiento carolingio". ¿Hasta qué punto resulta adecuada? Algunos autores de nuestro siglo se han pronunciado sin demasiadas reservas sobre su idoneidad. Así, J. Boussard piensa que personajes como san Bonifacio, san Crodegango de Metz o el propio Carlomagno eran conscientes de la situación heredada de decadencia cultural e ignorancia generalizadora que -por unos u otros motivos- era necesario enderezar. Un documento tan polivalente como la "Admonitio Generalis" del 789 buscaba, entre otros fines, la restauración de las letras frente a la negligencia de las generaciones anteriores. Un autor del siglo IX, Walafrido Strabon, llegaría a presentar la política de Carlos y sus colaboradores como la vía que abrió la luz en medio de un mundo de sombras. Robert Folz, uno de los mejores conocedores de la época y del mito carolingio, tampoco duda en la idoneidad de la expresión Renacimiento sobre la base del gran interés que se despertó en la época por los libros clásicos: César, Salustio, Cicerón, Lucano, Columela se encontraban perfectamente representados en las bibliotecas de los centros culturales de la Europa carolingia... Sin regatear los posibles méritos de algunos personajes de la época, otros autores actuales se muestran más escépticos en torno al alcance del Renacimiento carolingio. Así, algunos como Le Goff insisten en que se trató de un movimiento casi exclusivamente de clérigos y para clérigos cuyo objetivo primordial era dotar de cuadros eficientes al Imperio. Otros autores ponen en duda la originalidad de la política cultural de Carlomagno y sus colaboradores. El Renacimiento del momento no habría sido más que resultado de la confluencia en la Galia franca de los Renacimientos que habían tenido lugar en la periferia en los años anteriores. Muchas de las grandes figuras de la cultura carolingia no eran francas de origen: Alcuino era un anglo, Teodulfo de Orleáns o Benito de Aniano eran hispanos, Escoto Eriúgena era irlandés, etc. Una síntesis de variados elementos culturales que también se plasmaría en el terreno artístico. Se ha destacado así cómo el constructor de la capilla palatina de Aquisgrán fue asesorado por personajes de muy distinta procedencia geográfica: Alcuino, Teudulfo, Paulo Diácono, etc. El dirigismo que Carlomagno imprimió a muchas de sus empresas se vio presente también en su proyecto cultural... y el escepticismo en cuanto a los resultados parece hoy en día bastante común entre los investigadores. El primero de los círculos a los que se dirigió la actuación del monarca fue el propio palacio. La Escuela Palatina acogió a un reducido círculo de colaboradores de Carlos recordados por sus sobrenombres clásicos o bíblicos (Alcuino es Horacio, Angilberto es Homero, Carlomagno es David) y empeñados en unas discusiones que hoy en día nos resultarían absolutamente triviales. El segundo de los círculos debía cubrir a clérigos y monjes, cuyo nivel cultural se trataba de elevar; en último término esta regeneración intelectual se identificaba con la propia reforma. El tercer círculo de actuación educativa había de extenderse a todos los jóvenes del Imperio. Para ello, la "Admonitio Generalis" dio claras disposiciones a fin de que en cada obispado y monasterio se abrieran escuelas que impartieran un conjunto de enseñanzas y que "en todas ellas hubiera libros cuidadosamente corregidos". En los años siguientes, personajes como Teodulfo de Orleans para su diócesis y Luis el Piadoso para el conjunto del Imperio daban instrucciones para consolidar esta labor. Los resultados habrían de ser, forzosamente, mediocres. En primer lugar, por las propias deficiencias y limitaciones de los promotores del Renacimiento. El propio Carlomagno, presentado por su biógrafo Eginhardo como aplicado alumno de las artes liberales, sólo aprendió a leer en los últimos años de su vida y sus progresos en la escritura fueron muy limitados. Asimismo, la escasa originalidad de algunos de los prohombres del momento, parece fuera de duda. Así, Alcuino en su obra más original (De naturae animae) repite ideas de san Agustín; Rabano Mauro en su "De universo" no es más que un mero imitador enciclopédico de san Isidoro; y Scoto Eriúgena, el autor más innovador, se aferra a la idea de que "la verdadera filosofía no es otra que la verdadera religión y la verdadera religión no es otra que la verdadera filosofía". Los intelectuales carolingios pretendían, así, crear una especie de Atenas cristiana en la que los aportes de la verdadera fe permitieran superar a la de los tiempos paganos. Es ilustrativa la comparación de Alcuino entre las siete artes liberales y los siete pilares de la sabiduría: apoyándose en ellos, dice este personaje, los doctores y defensores de la fe cristiana habían logrado vencer en todas las disputas teológicas. El Renacimiento carolingio ponía así, definitivamente, la filosofía al servicio de la teología. Aparte de los condicionamientos ideológicos hay otros de orden infraestructural que limitaron considerablemente las posibles conquistas. Así, los fondos bibliográficos de los monasterios no eran muy abundantes. El estudio de P. Riché sobre los catálogos conservados lleva a pensar que en ningún caso se superaron los quinientos títulos de la abadía de Reichenau hacia el 822, siendo los de Colonia para esta misma fecha en torno al medio centenar... Las depredaciones de normandos y húngaros causaron, además, daños considerables. La situación lingüística de la época tampoco ayudó demasiado. Así, el conocimiento del griego cada vez fue más escaso. La prueba más palpable la da la pésima traducción que el abad Hilduino de Saint Denis hizo en el 827 del "Corpus areopagiticum" enviado como regalo a Luis el Piadoso por el basileus Miguel II. En una segunda traducción, Scoto Eriúgena imprimiría una mayor corrección, pero estamos, aquí, ante un caso excepcional de conocimiento de la cultura helénica. La propia lengua latina conoce un cambio en torno al año 800: según Banniard se pasa de una literatura latina tardía a una literatura latina medieval que, además, será patrimonio de unos pocos solamente. El Renacimiento carolingio acabó siendo, así, un movimiento esencialmente clerical que ahondó el foso existente entre los literati y la masa iletrada de laicos. Renacimiento carolingio, por tanto, ¿apuesta cultural fallida? Es evidente que las limitaciones de todo orden impidieron que se llevaran a la práctica hasta sus últimas consecuencias los proyectos que se impulsaron al calor de una cierta estabilidad política. Sin embargo, bajo Carlomagno y sus sucesores se fue diseñando el mapa cultural de la Europa del futuro. Si el Mediterráneo estaba experimentando una decadencia en todos los órdenes, el Norte de Europa, marginado siglos atrás de los grandes centros de decisión, cobra un indudable impulso. La dilatatio regni o dilatatio Christianitatis de los carolingios se tradujo en una ampliación de horizontes -culturales incluidos- puestos en peligro por las segundas migraciones, pero no destruidos. Las estructuras monásticas o episcopales fundadas o impulsadas por los carolingios serán, pasadas las primeras angustias, quienes inicien la labor educadora de los pueblos más jóvenes.
contexto
Antes de realizar en Roma en los primeros años del siglo XVI las obras en las que se define un nuevo Clasicismo, Bramante desarrolló una importante labor en Milán en la que plantea una superación de los principios quattrocentistas orientándose a unos planteamientos tendentes a configurar un Clasicismo normativo radical y universal. Para ello, es casi seguro que Bramante conoció la obra de Alberti en Mantua. Aunque con elementos decorativos que desaparecerán en su etapa romana, las iglesias de Santa Maria presso San Satiro (1482) y Santa Maria de las Gracias (1492), ambas en Milán, muestran una valoración esencial del espacio, con una reducción de los volúmenes y elementos compositivos que preludian el nuevo clasicismo que desarrollará Bramante en los principios del siglo XVI. Milán, bajo Ludovico el Moro, se convirtió en el centro en el que se gesta el Clasicismo que determinará la arquitectura del siglo XVI. Junto a Bramante en Milán coincide Leonardo da Vinci que establece los fundamentos de la concepción clasicista de la pintura. Formado en Florencia en el taller de Verrocchio, Leonardo encarna el paradigma de hombre del Renacimiento, tanto por sus conocimientos, la amplitud de los mismos y su inquietud por saber. En 1496 llegaba, llamado por Ludovico Sforza para enseñar matemáticas, Luca Pacioli, autor de la obra "De Divina proportione", que termina en 1497 y que muy pronto entrará en contacto con Leonardo. Leonardo, junto con Bramante, es uno de los definidores del nuevo lenguaje. Obras como La Virgen de las Rocas (París, Louvre), pintada entre 1483 y 1486, o La Cena, realizada entre 1495 y 1497 para el refectorio de Santa María de las Gracias, constituyen los manifiestos de un nuevo sistema clásico regular que, superando las investigaciones especializadas anteriores, se plantea todos los elementos del lenguaje como parte de una unidad susceptible de ser convertida en norma. En 1499, Leonardo, tras la invasión de Lombardía por los franceses y la huida de Ludovico Sforza a Insbruck, abandona con Luca Pacioli y al igual que Bramante, Milán; Bramante se traslada a Roma donde desarrolla su arquitectura clasicista más radical. Leonardo, en cambio, cuando, tras estar en varias ciudades, llega a Florencia en 1503, se encuentra que el panorama artístico ha cambiado radicalmente desde que abandonara esta ciudad en 1482 para trasladarse a Milán. Dos jóvenes artistas, Miguel Angel y Rafael que, por esos años, se encuentran allí, plantean la superación del estilo científico y experimental del Quattrocento del que Leonardo puede ser considerado su culminación. Pronto estos dos jóvenes artistas marcharán a Roma, donde trabajan en los programas artísticos del Papa Julio II y en los que también interviene Bramante. Con estas empresas: Basílica de San Pedro, Belvedere, decoración de la Capilla Sixtina y Estancias vaticanas el mapa de los centros artísticos italianos que hemos estudiado cambia definitivamente.
contexto
Dentro del espíritu peculiar, muy tradicionalista, del Imperio y la Iglesia bizantinos hay que entender la nueva edad de oro cultural que se desarrolla desde el siglo IX. Se ha señalado el apoyo que prestaron algunas novedades relativas a la escritura y a la materia escriptoria que tienen su paralelo en el mundo occidental, aunque parecen más precoces en Bizancio: la principal es el uso de la letra minúscula, que se generaliza en los siglos IX y X sustituyendo a la uncial: era más leíble, rápida de hacer y económica, de modo que causó una revolución comparable, guardando las distancias, a la de la imprenta siglos después, por cuanto facilitó la difusión cultural. Al mismo tiempo, dejó de utilizarse el papiro, en favor del pergamino y, desde el siglo XI, del papel, aunque se conocía éste desde el IX gracias a su introducción en el mundo mediterráneo por los musulmanes: así fue más sencilla la sustitución definitiva de los antiguos rollos o volumina por la nueva forma de presentación del escrito en forma de libro o codex, más fácil tanto para la copia como para el posterior manejo. Los talleres de copia o scriptoria de los monasterios que seguían la reforma y el modelo introducidos por Teodoro en el de San Juan Stoudios de Constantinopla, produjeron numerosas copias y formaron a muchos de los intelectuales que participarían en el renacimiento cultural. La primera gran figura es la de León el Filósofo o el Matemático (m. 869), que vivió en Constantinopla aunque fue metropolitano de Tesalónica unos años, entre el 840 y el 843. Su fama se debe, también, a aplicaciones prácticas como el telégrafo óptico que instaló entre la frontera con el califato abbasí, en Tarso, y Constantinopla, que permitía tener noticia en una hora de cualquier invasión o movimiento enemigo. Fue el primer director de la nueva escuela superior instalada por el César Bardas en el palacio de la Magnaura, donde se enseñaba filosofía, gramática y retórica, aritmética, geometría y astronomía. El mismo León compiló obras principales de matemáticos, geómetras y astrónomos de la época clásica: él, como muchos de sus sucesores, tuvo mayor capacidad enciclopédica que creadora, por lo que parece. La figura de Focio, patriarca de Constantinopla entre 858 y 867 y de nuevo entre 878 y 886 ha de ser considerada aquí en su aspecto intelectual, iniciado desde su juventud hasta alcanzar el rango funcionarial máximo de canciller imperial o protoasekretis, antes de ser elevado al patriarcado. A él se debe un "Léxico" de carácter más práctico que erudito, hecho para uso didáctico, y una "Biblioteca" o noticia de 269 obras, fruto de largas lecturas que Focio hizo en sus años de juventud y que muestran la continuidad de la tradición cultural griega. En la siguiente generación, Aréthas de Patras (m. 932), obispo de Cesarea, realizaría la copia y el comentario de todas las obras conocidas de Platón y Aristóteles, de Dión Chrisóstomo y otros autores. En el siglo X, la enseñanza de gramática y retórica, para uso de funcionarios imperiales y de clérigos, era ya mucho más frecuente, así como los estudios jurídico-prácticos en un nivel superior en escuelas privadas. Se daban así las condiciones para el desarrollo de una cultura enciclopédica destinada sólo a la formación y el reclutamiento de la clase dirigente. Su mejor expresión son las obras debidas o inspiradas por el emperador Constantino VII a mediados de siglo: su vida del emperador Basilio, fundador de la dinastía macedónica, los "Eklogai" o fragmentos seleccionados de diversos autores, divididos en 53 secciones que abarcaban numerosos aspectos éticos y políticos, hoy perdidos casi todos, y su descripción del Imperio en tres aspectos o libros: Sobre las ceremonias, sobre la manera de administrar el Imperio, sobre los themas. Constantino muestra cómo el orden ceremonial del Imperio pretende mostrar su armonía y correspondencia con el orden divino del cosmos. En otra enciclopedia dedicada a este emperador, las "Geoponika", donde se trata de todo lo relativo al mundo rural, se le atribuye la idea de que el orden político comprende tres partes: "strateian te kai ierosynen kai georgian"; conviene señalar que esta visión tripartita o trifuncional es bastante anterior a la que se expresará en el mundo occidental. Acaso las "Geoponika" eran parte de una trilogía de enciclopedias y se proyectaron otras dos para la religión y la milicia. El enciclopedismo alcanza bajo la inspiración de Constantino a la medicina (Iatrika), a la veterinaria (Hippiatrica), y a la depuración y mejora del gran corpus jurídico de León VI, las "Basílicas", que fueron concebidas también con el mismo espíritu acumulativo. La culminación del enciclopedismo vulgarizado fueron los léxicos alfabéticos breves. Los más conocidos, el "Etymologikon mega" y la "Souda", que llegó a ser, en frase de Lemerle, "el diccionario bizantino por excelencia", muestra de un enciclopedismo que despieza y vacía de su alma a las obras originales, en un afán recopilador ajeno al contacto con la realidad viva y a toda idea de cambio: "en un régimen y una civilización teocráticas, el cambio es, más que un peligro, una falta; innovar es turbar el orden providencial". Pero, al menos, aquel ingente esfuerzo, al no condenar el pasado helénico, lo salvó del olvido, contribuyó a conservar y transmitir un patrimonio cultural tan eficazmente como las traducciones del griego al árabe lo habían conseguido algo antes, en el siglo IX. Durante la primera mitad del XI continuó aquel impulso. Juan Mavropus estableció hacia 1028 una escuela superior privada en Constantinopla, donde enseñaron algunos de sus discípulos como Nicetas el gramático o Miguel Psellós. Psellós, cronista imperial y, a la vez, filósofo conocedor de Platón, fue una figura intelectual de gran categoría pero no tuvo continuadores, como tampoco se consolidó la iniciativa de Constantino IX que creó en el año 1045 un nuevo centro de estudios superiores filosóficos y jurídicos en palacio -el de la Magnaura había desaparecido a fines del siglo X- y dotó plazas fijas de profesorado, bolsas de estudio y bibliotecas.
contexto
A principios del siglo XI Occidente no presentaba en apariencia signos que pudieran hacer previsible la gran eclosión cultural de las dos siguientes centurias. Los únicos centros descollantes, producto de la ya agotada renovación otónida, eran una serie de monasterios y escuelas episcopales situadas casi siempre en el núcleo central europeo. En el Imperio, abadías como Corvey, Saint Gall y Gandershein y obispados como Metz, Verdún, Colonia, Worms y, sobre todo, Bamberg, eran sin excepción el resultado del patrocinio de las dinastías sajona y sálica. En Italia destacaban los cenobios de Montecassino y Bobbio y las escuelas urbanas de Pavía, Ravena, Novara, Parma y Roma. Aunque tímidamente, en otros centros situados más al sur -Nápoles, Salerno, Amalfi-, comenzaban también a circular ciertas traducciones árabes y griegas. Dato éste que se repetía en algunos puntos de la Península Ibérica, como los monasterios de Ripoll y Vich, centros de recepción de obras matemáticas y astronómicas orientales. Respecto a Francia, merecen la pena destacarse los monasterios de Fleury, San Marcial de Limoges y Bec, así como la sede episcopal de Reims, a cuya escuela estuvieron ligados Gerberto de Aurillac -Silvestre II (muerto en 1003)-, una de las principales figuras del renacimiento otoniano, y su discípulo Fulberto, sin duda el principal intelectual de su tiempo. Fulberto, que llegaría a ser obispo de Chartres entre 1006 y 1028, es considerado con razón el creador de la prestigiosa escuela catedralicia de dicha ciudad. La reforma monástica, lejos de modificar este mediocre panorama, no hizo sino reforzarlo. Los nuevos cenobios, así como los de antigua fundación ganados al espíritu reformista, se inclinaron abiertamente por el retorno a las ocupaciones estrictamente religiosas. Este comportamiento, ejemplificado en Cluny, fue incluso superado por el Cister, que excluyó de manera explícita las labores de enseñanza de sus monasterios. De este modo, aunque mantenidas con relativa vitalidad a lo largo del siglo XI, las funciones docentes desaparecieron de los monasterios desde principios de la siguiente centuria, en lo que fue también un verdadero traspaso de las actividades culturales desde el campo a la ciudad. El llamado Renacimiento del siglo XII no fue en la práctica sino la expresión, en el plano de la cultura, de un cambio mucho más profundo acontecido en Occidente. La maduración del orden feudal, unida a un crecimiento sostenido de la economía y de la población, permitió en efecto no ya solo consolidar el ámbito geográfico europeo, sino ampliarlo incluso en un creciente contacto con las civilizaciones islámica y bizantina. Más en concreto, esta pujanza se manifestó en el despertar de las ciudades, focos de desarrollo de una nueva clase social -la burguesía- ligada a formas también novedosas en los campos artístico, intelectual, religioso y de las mentalidades. Junto a las ciudades, la reforma gregoriana será otro de los elementos de referencia básicos para entender el apogeo del siglo XII. Un resultado más de estos cambios fue el de la aparición del intelectual. Con este término los hombres de la Edad Media no aludían tanto a una categoría profesional, que se designaba con multitud de vocablos (litteratus, magister, professor, etc.), cuanto a una cualidad de tipo inmaterial. El intelectual era, en efecto, un individuo que cultivaba y, al tiempo, vendía el producto de su saber. Aunque comúnmente al servicio de la Iglesia y los poderes laicos, los intelectuales constituían una nueva categoría sociológica y no eran por ello fácilmente clasificables en la condición tradicional de los "oratores", por más que la mayoría de ellos fuesen jurídicamente clérigos. A diferencia de éstos el intelectual no consideraba el oficio de pensar -ligado a otras actividades como la docencia y la escritura- como un simple medio de llegar a Dios, sino como un fin en sí mismo. De hecho, el estudio de las diversas "auctoritates", a menudo imitadas servilmente, perseguía un solo ideal: llegar más lejos que las anteriores generaciones. Por eso, en palabras de Bernardo de Chartres (muerto en 1130), los intelectuales se consideraban "enanos subidos sobre hombros de gigantes". Su ámbito natural era, por supuesto, la ciudad, centro de todas las inquietudes de renovación de la época, e incluso lugar físico de asentamiento de las nuevas instituciones culturales. De ahí que haya podido afirmarse, con razón, que "el intelectual de la Edad Media nace con las ciudades" (Le Goff).