Los últimos comentarios en torno a la obra de Durero, ponen en evidencia dos cuestiones: por un lado, al igual que en Italia, la religión no es ahora un problema exclusivamente eclesiástico, sino un tema de discusión cultural y, por otro lado, los presupuestos ideológicos que en Europa vertebran esta problemática tienen como base el erasmismo y no el Humanismo neoplatónico italiano. Con sus fundamentos respectivos y con un importante papel jugado por los humanistas de cada sector, el artista asume los problemas religiosos como propios que expresará en relación con la imagen religiosa. Italia y España fundamentalmente lo harán por la parte católica; Alemania y, en alguna medida, Flandes, lo harán en torno a la Iglesia reformada. En Alemania, las propuestas van a ser muy variadas, concretadas en alternativas plásticas en ocasiones divergentes, y sólo explicables a través de las ideologías humanísticas que informan los círculos respectivos. Así, la admiración de Durero por Erasmo o Melanchton, o su amistad con el humanista Pirkheimer, explican muchas de sus composiciones y su postura siempre moderada y en la línea del sabio de Rotterdam, en relación a la imagen religiosa en el seno de la Reforma luterana. El caso de Mathias Grünewald (hacia 1475-1528), estricto contemporáneo de Durero, representa una alternativa mucho más radical y, desde luego, opuesta a la serenidad clasicista del artista de Nüremberg, insistiendo en valores de expresividad y patetismo. En su obra clave del retablo de Isenheim (1512-1515), no duda en recurrir al lenguaje gótico en pro de sus ideales; recurrencia consciente y no un caso de prolongación o supervivencia de presupuestos medievales, como otras obras (incluso laterales del propio retablo de Isenheim, donde aparece preocupado por contrastes lumínicos) evidencian, no obstante ser de menor interés. La tabla central de este retablo es un auténtico sermón plástico que trata de potenciar, según inquietudes de determinados círculos luteranos, la humanidad de Cristo en su redención del género humano; para ello hace amplio uso del expresionismo del Gótico, llevado a extremos de paroxismo delirante y con criterios deformantes que rayan en la irracionalidad. En palabras de Gombrich, "Grünewald no prescindió de nada para familiarizar a los públicos con los horrores de esta escena de sufrimiento: el cuerpo moribundo de Jesucristo se halla contorsionado por la tortura de la Cruz; las púas de los flagelos perduran en las heridas ulceradas que cubren toda su figura; la oscura sangre coagulada contrasta fuertemente con el verde exangüe del cuerpo". Como queriendo expresar plásticamente la inscripción evangélica referida a Cristo, que inserta en la tabla junto a San Juan Bautista -Es preciso que El crezca y yo mengüe-, aplica un canon de dimensiones distintas a las figuras, como frecuentemente hiciera el arte medieval, que, en sus puntos extremos, evidencian la gran figura del Crucificado y la diminuta María Magdalena arrodillada a su derecha, haciendo destacar, sobre todo, los enormes pies y manos retorcidos y deformados de Cristo. Parte de la producción de Hans Holbein el Joven (1497-1543), uno de los pintores más cualificados del Renacimiento alemán y verdadero hito de la retratística europea, sigue esta línea patética y expresiva de la imagen religiosa que, como hemos dicho, revaloriza la humanidad de Cristo insistiendo en temas relativos a su Pasión y Muerte; en este sentido, junto al San Jerónimo en su celda, el tradicional tema gótico de Cristo varón de dolores, que muestra al fiel los efectos de sus sufrimientos, es uno de los recomendados por las instancias reformistas. La obra culminante de Holbein en esta línea es, sin duda, su Cristo en la tumba (1521) que, en la intención de una piedad renovada, nos presenta a Cristo de la forma más humana posible, de manera directa y sin aditamentos o transformaciones que incidan sobre su carácter divino; de este modo, el inventario Amerbach (1586) alude significativamente a esta obra del modo siguiente: "Una pintura de muerto, de Hans Holbein sobre madera, sobre colores al óleo... cum titulo Jesus Nazarenus Rex". El tamaño natural de este Cristo y el desusado formato de la pintura son, junto a la especial iluminación y deformaciones anatómicas que muestran los violentos sufrimientos pasados congelados por el rictus mortis, inciden especialmente en la fuerza de la imagen que tanto impresionara al novelista ruso Fiódor Dostoievski, que, a propósito de la misma, pone en boca de uno de los personajes de su obra "El idiota", la frase: "¡He aquí un motivo para perder la fe!". No obstante, Holbein, como buena parte de su obra demuestra, está más cerca de posturas moderadas en el seno de la Reforma, como la de Durero, y, desde luego, en la línea de Erasmo (1466-1536), al que retrata en varias ocasiones y para quien realiza los grabados que ilustran el "Elogio de la locura" (1508) del sabio de Rotterdam; será Erasmo precisamente quien le recomiende a su amigo Thomas Moro, a quien también retratará y por cuya mediación se convertirá en retratista de la corte de Enrique VIII de Inglaterra donde culmina su trayectoria artística. En el Continente, su obra se centra fundamentalmente en Basilea, importante foco cultural de la época -aquí residirá Erasmo en 1514, 1516, 1518, 1521-1529 y los dos últimos años de su vida-. En esta ciudad suiza realiza Holbein, entre 1517 y 1521, la decoración de la Sala del Gran Consejo de su Ayuntamiento o Rathaus, desarrollando un programa iconográfico, de raigambre humanística, exaltatorio de los poderes comunales. Lo propio, y en colaboración con su padre el pintor Hans Holbein el Viejo, realiza, a partir de 1517, en la desaparecida residencia del magistrado Jacob von Hertestein en Lucerna, una serie de pinturas al fresco en el interior y en una de las fachadas del edificio, desarrollando un programa, también de corte humanístico, que ponderaba la virtud de la Justicia. Su interés por Italia -a donde viajó- y su arte, puede resumirse en una pintura religiosa como la Virgen del burgomaestre Meyer (1526), de sereno clasicismo y equilibrada composición piramidal, inserta en un marco arquitectónico renacentista. De la retratística del Renacimiento Clásico participan tanto el magnífico retrato de Bonifacio Amerbach (hacia 1525-1530), como los de Erasmo del Louvre y del museo de Salisbury, siempre representado como el humanista sereno y estudioso rodeado de libros en su estudio, en el último citado además, y como objeto parlante, que enmarca al retratado, coloca una pilastra clasicista con su correspondiente decoración a candelieri. La versión del museo de Basilea, casi una miniatura, nos presenta al anciano humanista marcadamente envejecido, en un marco circular y fondo neutro, formato con el que jugará en la última etapa de sus retratos ingleses. Como Durero, Holbein fue un importante artífice del grabado, que realizaba también con la misma consideración artística que la pintura; el que realiza de Lutero como Hércules germánico luchando violentamente contra sus enemigos, supone la plasmación de una imagen de la violencia, auténtico contrapunto de los ideales de serenidad y moderación que presiden los retratos de Erasmo. Los círculos humanísticos más radicales de la Reforma influirán de modo decisivo en el concepto de la imagen religiosa que, o bien habría de irracionalizarse hasta los límites de un Grünewald, o bien habría de desaparecer; como a la postre sucederá, durante la segunda mitad del siglo XVI, tras el influjo calvinista y como oposición al masivo florecimiento icónico en el mundo de la Contrarreforma. Hasta entonces, Aldorfer y Lucas Cranach el Viejo serán las figuras verdaderamente significativas al respecto, con trayectorias y consecuencias diversas. Albrecht Aldorfer (1480-1538) muestra en obras tempranas como su Descanso en la huida a Egipto (1510) del museo de Berlín, la plena superación del lenguaje gótico, adoptando un extraño marco paisajístico cercano a soluciones quattrocentistas en una composición que, presidida por una fuente de puro estilo italiano, está cargada de referencias simbólicas en una mezcla constante de cultura sacra y saber profano, muy en consonancia con presupuestos, de trasfondo neoplatónico, de su amigo el humanista Aventinus. Serán, sin embargo, las ideas de irracionalidad y misticismo propias de un esoterismo del saber, dominantes en sectores importantes de la Filosofía (Schwencfeld), la Medicina (Paracelso) y la Ciencia (Boheme) en Alemania, las que incidan y expliquen su concepción de la Naturaleza, tal coma queda plasmada en sus pinturas: una naturaleza en movimiento perpetuo, viva y húmeda, donde se desarrollan los episodios de la Redención como un verdadero drama. En una obra como su San Jorge y el Dragón, esa naturaleza invade totalmente el cuadro haciendo desaparecer casi por completo a las figuras. Su obra de más empeño, realizada -a partir de 1528- para su ciudad natal de Ratisbona, no es religiosa, sino una escena histórica, La Batalla de Alejandro, pero aparece dominada por ese sentimiento panteísta y rotatorio de la naturaleza en movimiento, que es transmitido a las masas de figuras que los siguen, distorsionándose según extraños y complicados ritmos cósmicos, explicables sólo dentro de ese conocimiento esotérico que señalábamos, que propone siempre visiones atormentadas, panteístas e hipersimbólicas en escenas tanto religiosas como históricas. Valorando el interés paisajístico de la obra de Aldorfer, sobre todo, ya desposeída de su simbología cósmica, se desarrolla durante la segunda mitad del siglo XVI e inicios del XVII la denominada Escuela del Danubio, donde una serie de artistas realizarán importantes reflexiones paisajísticas, con referencia a su entorno natural, en general como marcos de escenas bíblicas, que culminarán, ya en los primeros años del seiscientos, en la obra de Adam Elsheimer (1578-1610), que, muy preocupado por los contrastes lumínicos, resulta un preludio de determinados aspectos del paisaje barroco. La desaparición de la figura de Maximiliano I, que encarnaba la idea del Cristianismo imperial, reavivó las ansias independentistas de los príncipes alemanes que, amparados en la difusa figura de Carlos V, asumieron la Reforma luterana en pro de sus intereses. Esta mentalidad encuentra en las extrañas -a veces, francamente extravagantes- figuraciones de Lucas Cranach el Viejo (1472-1553) el cauce formal idóneo para un arte concebido como realmente luterano, donde los contactos del artista con los círculos humanísticos de Wittenberg y Viena -Cuspinius y Conrad Celtis, sobre todo- son determinantes. Junto a temas cáusticos y críticos, generalmente en grabados, contra el Papado y la Iglesia romana, y los exaltatorios de Lutero y sus predicaciones, Cranach lleva a cabo una renovación iconográfica que, con insistencia repetitiva de modelos -a veces, dentro de un mismo cuadro-, aplica fundamentalmente a temas bíblicos y mitológicos. De entre los bíblicos, uno de los que más cultiva es el de Judit, como heroína del Antiguo Testamento sustitutiva de la Virgen, en la que insiste la parte católica. Entre los mitológicos son, sobre todo, los temas de Venus y el Juicio de Paris los que más le interesan. Desplegando un personal Manierismo, que con insistencia vulnera conscientemente los presupuestos del clasicismo -radical supresión del paisaje, criterios antiperspectivos, hieratismo voluntario de figuras y, sobre todo, un marcado antiidealismo- se convierte, al tiempo, en una alternativa crítica al concepto tradicional de imagen religiosa o de la figuración mitológica. Finalmente, habría que señalar una serie de imágenes no exactamente religiosas, pero sí de marcado acento e intención moralizantes, al parecer, no cuestionadas por los círculos reformistas y que gozaron de bastante predicamento en la Alemania del quinientos. Teniendo como trasfondo el paso del tiempo y la idea de la muerte, se suelen representar las edades de la vida, en general referidas a la mujer y con alguna alusión crítica a su vanidad, conformándose una alegoría sencilla y directa de alcance docente o preventivo. Hans Baldung Grien (1484-1545), discípulo de Durero y notable pintor bien representado en el Prado, fue uno de los artífices que más contribuyó a su éxito. Con diversos atemperamientos en sus radicales posturas, los criterios iconoclastas que desde la Confesio Hevetica emanarán a todo el mundo protestante a partir de los presupuestos de Calvino y Zwinglio, acabarán por imponerse, produciéndose una ausencia casi total de imágenes religiosas que, en las ceremonias litúrgicas, serán suplidas, también siguiendo dictámenes derivados de aquellos reformadores, por cánticos monódicos de textos exclusivamente bíblicos. Las críticas a los excesos rituales que Erasmo preconizara a inicios del quinientos, tendrán así esta drástica consecuencia.
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Las reformas militares emprendidas por Diocleciano no son realmente sino una adaptación y una reorganización de los medios de defensa adecuados a las nuevas necesidades del Imperio. Incluso algunos principios inherentes a la carrera militar en esta época no fueron sino la confirmación y consolidación de tendencias anteriores: así la autonomía (es decir, la independencia entre la carrera civil y militar) y las absolutas posibilidades de promoción que permitían que el último soldado pudiera ascender a los mandos más elevados: prefecto de legión, dux o jefe de la milicia. La necesidad de contar con un ejército fuerte que garantizase la defensa del Imperio frente al invasor extranjero pero, al mismo tiempo, que reafirmase que el Imperio no descansaba en un emperador elegido en un momento de arrebato militar y fácilmente reemplazable, fueron las razones que impulsaron la política militar de Diocleciano. Aunque se discute sobre cuánto se ampliaron los efectivos militares, lo cierto es que Diocleciano, como mínimo, duplicó el número de soldados. Luttwak eleva el número de legiones a 67 ó 68, de las cuales 35 al menos serían añadidas a las ya existentes por Diocleciano. No se conoce con exactitud el número de soldados que componían las legiones en esta época. Ciertamente sus efectivos eran más reducidos que los del Alto Imperio, pero superiores a los mil hombres que componían los batallones de los siglos posteriores. Aun cuando las vexillationes o cuerpos de caballería (que comprendían a unos 500 hombres cada una), fueron destacados de las legiones, quedando éstas más debilitadas, la estimación del número de efectivos que nos parece más probable es de 3.600 hombres aproximadamente en cada legión. Probablemente, el número de efectivos militares totales superase los 400.000, aunque algunos historiadores reducen la cuantía hasta los 300.000 y otros la elevan a 500.000. El ejército de campaña lo constituían los comitatenses que, a partir del 297, Diocleciano y sus colegas formaron con las mejores tropas. Este era el ejército móvil que acompañaba a cada emperador en sus empresas militares. El sistema de defensa de las fronteras fue uno de los objetivos prioritarios de la tetrarquía. Pero además, las propias fronteras fueron remodeladas. Así los puestos avanzados que implicaban mayor riesgo fueron abandonados y se procedió a utilizar como elementos fronterizos, siempre que fuera posible, los ríos, los sistemas montañosos o los desiertos. Esta búsqueda de la seguridad llevó a Diocleciano a no sacar todas las ventajas posibles de la victoria de Galerio sobre los persas sasánidas en el 297 y conformarse con la antigua frontera establecida por Septimio Severo, pese a que al otro lado de la frontera Roma contaba con algunas satrapías. Para dar mayor consistencia a esta frontera, Diocleciano utilizó la vieja táctica romana de establecer relaciones clientelares con los Estados vecinos, en este caso: el reino de Armenia y de Iberia, en el Cáucaso. En las fronteras Diocleciano no sólo se limitó a modificar o reparar las antiguas fortalezas defensivas, sino que procedió a construir un sistema defensivo que implicaba la seguridad de amplias zonas capaces no sólo de resistir el empuje invasor, sino de proteger las líneas de comunicación interior y las poblaciones allí establecidas. Todas estas zonas fronterizas fueron reforzadas militarmente: las alae de caballería y las cohortes pasaron a ser fuerzas estacionarias, así como muchas legiones (al menos dos en cada provincia fronteriza) constituyendo una línea de fortines independientes a lo largo de las fronteras. Las vexillationes no estaban estacionadas y en caso de peligro se desplazaban para intervenir. Además, pasó a constituirse una milicia de civiles voluntarios establecidos en las zonas fronterizas, que eran campesinos-soldados, los limitanei. Éstos, que no estaban sujetos a la disciplina ni a las obligaciones militares, sino incorporados a la defensa de las fronteras a través de la prestación de un juramento, dependían de la autoridad del gobernador provincial o praeses. Mientras estos limitanei actuaron apoyando la acción de las legiones y de las fuerzas móviles o auxilia, su papel no dejó de tener cierta importancia. Cuando en épocas posteriores se encontraron, en muchas zonas fronterizas, como única milicia territorial, su capacidad, ya no ofensiva, sino incluso defensiva fue generalmente inútil. El incremento de la maquinaria militar implicó el aumento de los impuestos, ya que se hacía necesario subvenir a sus necesidades. La annona militaris era el impuesto destinado al mantenimiento del ejército. Generalmente se pagaba en especie, como ya se venía haciendo desde la época de Septimio Severo. Este sistema tenía la ventaja ocasional para el ejército de que, durante los períodos de inflación, les permitía evitar que su paga consistiera en dinero devaluado. Por el contrario, obligaba al Estado a construir grandes almacenes (mansiones) en los que los soldados cambiaran sus recibos por su correspondiente ración de trigo, vino, aceite, etc. o, si lo preferían, los transformaran en dinero. Todo el desarrollo administrativo y militar suponía un aumento de gastos considerable y permanente, así pues, fue necesario proceder a una profunda reforma de las finanzas y del sistema fiscal sobre el que descansada la burocracia y la defensa del Imperio.
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Respondiendo a las necesidades de reforma, se extiende por toda Europa, partiendo de los Países Bajos, un movimiento, después denominado "devotio moderna", que constituye el vehículo de renovación de la vida de los laicos y también de las órdenes religiosas y monásticas, y la apertura de nuevas formas de apostolado. Su base es la contemplación y la unión con Dios, a través del conocimiento de la Escritura, la oración y la iluminación divina, indiferente del estado clerical o laico. Algunas de sus afirmaciones referentes a la iluminación provocaron la desconfianza de la jerarquía y la oposición de los teólogos. En Renania se habían constituido grupos de laicos y clérigos que llevaban vida común y que a sí mismos se denominan "Amigos de Dios". Continuadores de tradiciones cristianas anteriores, insisten sobre todo en las virtudes evangélicas y en la experiencia mística, minusvalorando, a veces excesivamente, la práctica sacramental hasta negarle incluso cualquier valor, generando, en todo caso, desconfianza por parte de la jerarquía. La diversidad de movimientos laicos, muchos de ellos penetrados de heterodoxia, y la dificultad para distinguirlos, avalan esas desconfianzas. Es, ciertamente, muy difícil distinguir los distintos grupos: "amigos de Dios", hermanos del libre espíritu, que afirman la necesidad de terminar con la Iglesia y que mezclan en sus ideas un fondo de panteísmo con gnosticismo y maniqueismo; "begardos" y "beguinas", muchos ortodoxos, pero siempre al margen de la disciplina jerárquica; comunidades de terciarios; valdenses, "fratricelli", o simples clérigos rebeldes que viven al margen de toda disciplina. El lejano origen de la "devotio moderna" es la obra del dominico alemán Juan Eckhart; la oscuridad de su obra, que roza en muchas ocasiones el límite mismo de la ortodoxia, especialmente su afirmación de la unión del alma con Dios, a través de un itinerario espiritual, tenía demasiadas resonancias panteístas para no suscitar desconfianzas. Finalmente, algunas de sus proposiciones fueron condenadas y algunas otras declaradas confusas, a pesar de lo cual su obra se difundió sin obstáculos y ejerció una extraordinaria influencia, a través de sus discípulos directos, y de otros inspirados en él, en la "devotio moderna". Discípulo suyo fue Juan Tauler, que mantuvo intensos contactos con los grupos de "amigos de Dios" organizados en Lorena, y también Enrique Suso; ambos defendieron la ortodoxia de las doctrinas de su maestro, criticaron el uso heterodoxo que de ellas se hacía, y suavizaron algunas de sus expresiones que provocaban, más por la forma que por su fondo, la desconfianza de los teólogos. La influencia de Eckhart se hará presente en las ideas de teólogos y humanistas de la talla e influencia de Juan Gerson y Nicolás de Cusa, y, más cercano a él, en Juan Ruysbroeck, canónigo de Santa Gúdula de Bruselas y fundador del priorato de Groenendael, diócesis de Cambrai, en el que convivirán un grupo reducido de clérigos y laicos. Ruysbroeck pretende que el cristiano busque a Dios; la búsqueda de Dios debe primar sobre la idea del cristiano como miembro de una comunidad, preocupado por el exacto cumplimiento de los preceptos establecidos. Es correcta y útil la práctica sacramental, pero el hombre es capaz de una experiencia singular de Dios; su unión con Dios, lejos de las exageraciones de quieneS entienden la unión mística como inmediata, debe lograrse a través de un recorrido, de una vida de piedad y de la transformación de la vida cotidiana en una contemplación constante. Groenendael debía convertirse en un modelo de vida, propuesto a todos los cristianos, sin necesidad de sujeción a regla alguna, aunque requiere un aprendizaje cuyos métodos trata de proporcionar. Las propuestas teóricas de Eckhart, y los inicios de plasmación práctica y popular de Ruysbroeck, tendrán en Gerardo Groote una definitiva formulación, la que más exactamente recibirá la denominación de "devotio moderna". Groote conoció la mística renana, a través de los discípulos de Eckhart, y también las propuestas de vida de piedad de Ruysbroeck, incluso vivió un tiempo en la comunidad de Groenendael, aunque no quiso incorporarse a ella. Gerardo Groote ejerció un eficaz apostolado a través de la predicación, afrontando las dificultades derivadas de no haber recibido orden sacerdotal, lo que acabó haciéndole incurrir en la prohibición de predicar, que él aceptó sin protestar. Preocupado por la reforma de la Iglesia y la lucha contra las herejías, propone sobre todo una reforma personal, lograda a través de la caridad, la recepción de los sacramentos, la piedad y la dirección espiritual, todo lo cual debe culminar en un permanente diálogo del alma con Dios. Bajo inspiración de Groote, un discípulo suyo, el checo Florencio Radewijns, ordenado sacerdote, organizó en Deventer una pequeña comunidad de discípulos de Groote, en la que conviven clérigos y laicos, sin ninguna regla determinada, ni prácticamente nombre, aunque comenzó a conocerse con el de "Hermanos de la vida común". Groote no trató, al parecer, de obtener ninguna autorización por parte del obispo de Utrecht, si bien, a morir, en 1384, recomendó a su discípulo que diese a la comunidad una vida reglada, en forma de canónigos regulares. Atendiendo a esa recomendación, Radewijns fundó en 1387 una comunidad bajo la regla de san Agustín, en Windesheim, con el espíritu de la vida común que había servido de inspiración, pero con una forma canónica más aceptable; en 1398 recibirá el respaldo del Obispado de Utrecht. Asociada a la canóniga se hallará la fraternidad, con lo que se asocia la reforma monástica, habitual en la época, con la reforma de los laicos. Es lógico que un canónigo de Windesheim sea quien popularice el término "devotio moderna" que designa todo el movimiento. La adecuación de la idea a los ideales de la época queda demostrada por la expansión de estas fundaciones, cien monasterios a finales de la siguiente centuria, entre los cuales se halla, desde 1412, Groenendael, la fundación de Ruysbroeck. Así quedaba clara la filiación espiritual de la nueva congregación, en la que se integraban las nuevas corrientes de piedad, desde la mística renana, y la tradición de la Iglesia. Su influencia va a ser extraordinaria: además de la elaboración y expansión de la "devotio moderna" difundirán textos de las Escrituras e incluirán en su predicación comentarios y textos de las padres, anteriormente de uso exclusivo de los clérigos. Con la nueva congregación, exactamente con Windesheim, tiene una directa vinculación Tomas de Kempis, autor de la "Imitación de Cristo", la obra que constituye la más acabada síntesis de la "devotio moderna"; recoge en ella el espíritu y las ideas tantas veces expuestas por los "Hermanos de la vida común", lo que convierte a esta obra en un verdadero programa de las corrientes reformadoras en el mundo de los laicos. Alcanzó una extraordinaria y rápida difusión hasta ser el libro de ascética más leído. Tomas había nacido en Kempen, Renania, hacia 1380, de una familia humilde; fue recogido en la fraternidad de Deventer cuando tenía unos doce años, siendo ordenado sacerdote unos años después. No fue una figura destacada en su congregación, sino en la redacción de libros para la formación de los novicios y guías para los predicadores. Entre su obra destaca el "Soliloquio", descripción de la impaciencia del alma ante la unión mística, y, sobre todo, la "Imitación". La denominada "Imitación de Cristo" es un conjunto de cuatro libros, elaborados entre 1424 y 1427, aunque fueron retocados por su propio autor en los años inmediatos; no se han concebido como una unidad aunque su publicación le haya dado finalmente una forma unitaria. Recogiendo enseñanzas de la Iglesia, de variado origen, la "Imitación" propone una espiritualidad de valor universal, mesurada y lírica, que le confiere el carácter de un clásico; la difusión que alcanzó, con gran número de copias repartidas por toda la Cristiandad, la convierten en el vehículo a través del cual la "devotio moderna" impregna los movimientos de reforma, tanto laicos como de las diversas órdenes religiosas. La "devotio moderna" insistía más en una espiritualidad personal que requiere un método de vida y una dirección espiritual: también una ejercitación espiritual que insiste en el propio conocimiento y en el diálogo con Cristo, un Dios próximo, más que en el conocimiento de su esencia, escolástico y lejano; una religiosidad de lo habitual, muy diferente de la popular medieval, que gustaba de lo inaudito. La "devotio moderna" proponía un verdadero programa de reforma, del hombre, en primer lugar, y de la Iglesia también; tuvo una enorme influencia en la Reforma del siglo XV y en los reformadores de la siguiente centuria, en todas sus divergentes variedades: de Erasmo a Lutero y a san Ignacio de Loyola, cuyos "Ejercicios" ya veíamos emparentados con la Reforma benedictina de San Benito de Valladolid, extendida a Montserrat.
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La reforma protestante y la reforma católica (contrarreforma), fueron un movimiento religioso el primero y la respuesta de los papas a éste con una reforma católica el segundo.Los comienzos de la reforma protestante están en las tesis de Martín Lutero, doctor en teología y profesor de la universidad de Wittenberg, fundamentados en la creencia de que el hombre no puede conseguir el perdón de sus pecados sino mediante la fe y no por la práctica de buenas acciones, por lo tanto el ser humano debe entregarse a Dios por la misericordia sin intentar penetrar en sus designios, negando a la Iglesia cualquier función que no sea la puramente espiritual, rechaza los sacramentos y la gracia emanada de ellos, no acepta el papado en cuanto institución divina y justifica la dependencia de la Iglesia con respecto al estado, enunciación, esta última, clave para el desarrollo y apoyo político de la reforma protestante en algunos paises de Europa. Para Lutero la biblia es la única fuente de fe. En 1517 hace públicas 95 tesis fijándolas en la puerta de la iglesia de Wittenberg, provocando su posterior interrogatorio (1520). No se retracta de sus creencias y proclama los tres manifiestos de su doctrina:-político - Proclamación del sacerdocio universal, todo cristiano es sacerdote. Llama a la nobleza alemana a crear un concilio que proceda a la reforma.-dogmático - Sólo reconoce dos sacramentos, el bautismo y la eucaristía.-Etico - Prioridad de la fe como único instrumento de salvación. Finalmente es excomulgado en 1521. La reforma de Lutero se extiende rápidamente y muchos humanistas se adhieren a ella. En 1521 Lutero viaja a Wartburg protegido por Federico el Sabio y traduce al alemán el Nuevo y el Antiguo Testamento, esta versión de la Biblia es el baluarte espiritual y cultural de la Reforma y convierte a Lutero en el creador de la lengua moderna alemana escrita. Las tesis políticas de Lutero se van adaptando a los conflictos sociales que surgen en el momento y así muchos príncipes siguen con entusiasmo el avance de la reforma luterana que tiene su núcleo en la universidad de Wittemberg. Pronto sucederá a ésta la reforma suiza con Zwinglio que más tarde se unirá con la reforma ginebrina de Calvino, también surgirán los baptistas y los anglicanos en Inglaterra.España e Italia serán los más férreos enemigos de esta reforma, Carlos I intentará por todos los medios luchas en contra de ella en sus territorios alemanes, pero al final se verá obligado a firmar la paz de Augsburgo reconociendo la diversidad religiosa. Por el contrario los príncipes de los estados europeos son los defensores de esta corriente ya que ven en ella una forma de evadirse de los poderes superiores que limitan la libertad política: el papado y el Imperio.La iglesia necesita de una consolidación para luchar contra el creciente movimiento protestante y para ello se enfrenta a la reforma católica. Esta se basa fundamentalmente en reformas internas, especialmente en España e Italia, y ataques al protestantismo que es lo que constituye lo que se denomina contrarreforma. Como consecuencia de estas medidas surgen nuevas ordenes religiosas en defensa de los principios de la Iglesia de Roma, una de las más importantes es la Compañía de Jesús, con una disciplina estricta, esta compañía desempeñó un papel fundamental en la renovación de la Iglesia y en la lucha contra los herejes.Será Paulo III el primer papa inmerso en la reforma católica, fue el creador de una comisión para fundamentar las bases de la mencionada reforma y restablecer la Inquisición. Convocará el famoso Concilio de Trento para asegurar la unidad de la fe y la disciplina eclesiástica, obteniendo el apoyo de Carlos I y la oposición de Francisco I. Este concilio tuvo 3 etapas entre 1545 a 1563 y quedó finalmente concluido en 1564 con el juramento del clero al Concilio de Trento y la creación del Index Librorum Prohibitorum, (índice de libros prohibidos). Trento marcó una reordenación dogmática y disciplinaria que influirá decisivamente en la posterior evolución del catolicismo, reconociéndose la superioridad del papa sobre la asamblea conciliar.
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Aunque el proceso reformista de Diocleciano se suele presentar reducido a una especie de bloques compartimentales datados cronológicamente, el planteamiento es más complejo. En primer lugar, cada una de las series de reformas, fuera en el campo administrativo, económico, social o militar se complementaba entre sí con las demás. Los objetivos eran el saneamiento de la economía, la defensa de la integridad del imperio e incluso la defensa de la romanidad (lo que explicaría tanto la persecución de los cristianos que amenazaban la religión romana tradicional, como la imposición del latín como lengua oficial en Oriente, donde prácticamente sólo se hablaba griego). Para lograrlos era preciso abordar una serie de reformas en diversos frentes, pero éstas encajaban entre sí como las piezas de un rompecabezas: las reformas administrativas implicaban transformaciones militares y económicas y éstas, a su vez, actuaban socialmente. Tampoco el proceso reformista iniciado por Diocleciano terminó al mismo tiempo que él. Se había abierto la vía a una reforma de las estructuras del imperio irreversible, pero que sería completada, retocada o adaptada por los emperadores posteriores, destacando entre ellos Constantino. La reforma administrativa recoge tendencias anteriores de división provincial (así, por ejemplo, Aureliano había ya dividido la Dacia en dos provincias) y de control directo del gobierno central sobre todo el territorio del Imperio: la dependencia de algunas provincias del Senado era, desde hacía tiempo, una dependencia más bien ficticia. Diocleciano comenzó la reorganización provincial durante los primeros años de la tetrarquía y su conclusión se sitúa a comienzos del siglo IV (315-325). En estos años el número de las provincias había pasado de 50 -en el momento de iniciar su reforma- a casi el doble: 95 según Bravo, 104 según Pebt, 120 según Heuss y Stein... Su número se había elevado considerablemente, reduciendo lógicamente la dimensión de las mismas. Las razones que pueden explicar esta remodelación territorial son de varios órdenes. Por una parte, razones de seguridad interna: si el ejército de una o dos de las provincias anteriores se hubiera levantado contra el emperador, las dificultades para sofocar la revuelta habrían sido mucho mayores que en estas provincias más pequeñas y, por tanto, necesitadas de una presencia legionaria mucho menor. El número de soldados que componían una legión fue reducido a 3.600 para las unidades territoriales y algo menos para las móviles. En segundo lugar, el control fiscal sobre provincias más pequeñas era mucho más eficaz, sobre todo si tenemos en cuenta que esta división implicaba un aumento enorme del número de funcionarios y burócratas en todo el Imperio. También, en el caso de las provincias fronterizas, se pueden alegar razones de seguridad frente al peligro invasor. El mal estado de las comunicaciones, el bandidaje... justificaban también esta reducción de límites territoriales, puesto que hacían más accesible la autoridad del gobernador, principalmente para cuestiones judiciales, ya que éstas se habían convertido en la tarea esencial tanto de los gobernadores como de los vicarios, dependiendo de unos o de otros en razón del alcance o la importancia de los pleitos. El emperador era quien designaba a los gobernadores y éstos eran tanto de orden senatorial como ecuestre. Así, algunas provincias tenían a su frente a cónsules que eran senadores y otras a praesides, que eran caballeros. En Italia, que fue dividida en nueve provincias, los gobernadores llevaban el título de correctores y parece que podían ser de uno u otro orden. Las provincias de Asia y Africa eran gobernadas por procónsules y Roma por el prefecto de la ciudad. En los tres casos se trataba de senadores. Italia perdió su privilegio de indivisibilidad y de subordinación directa al gobierno central, sin mecanismos intermedios y adquirió carácter de territorio provincial como el resto del Imperio. Las provincias, a su vez, fueron agrupadas en circunscripciones más amplias: las diócesis. Se crearon 12 diócesis, 6 en Oriente (Oriente, Ponto, Asia, Tracia, Mesia y Panonia) y 6 en Occidente (Britania, Italia, Galia, Hispania, Vienense y Africa). Muchas de las diócesis dioclecianas pervivieron como naciones en época moderna. Cada diócesis era dirigida por un vicarius. Los vicarios eran reclutados entre los caballeros, así eran de rango inferior a los gobernadores consulares y a algunos correctores, aun cuando éstos dependían administrativamente de los vicarios, tal vez en razón de que en este orden se encontraban mejores cuadros de administradores. Los vicarios constituyen un grado jerárquico intermedio entre los gobernadores y el emperador. Sólo los dos procónsules de Asia y África y el prefecto de Roma escapaban a su autoridad. Estos tres, junto con los vicarios de diócesis, son los delegados del emperador para la administración provincial. Es importante señalar que sus poderes eran exclusivamente civiles, sin competencias militares. Éstas fueron transferidas a los duces, que eran los jefes de las circunscripciones militares. Esta separación será decisiva en la organización de estos últimos siglos del Imperio. La organización administrativa provincial se completó con la creación en el 305 de las prefecturas, grandes circunscripciones regionales administradas por los prefectos del Pretorio. Inicialmente parece que hubo dos: la de Oriente y la de Occidente. A partir de los últimos anos del siglo III su número se elevó a cuatro, dos en la parte oriental del Imperio y dos en la occidental. Los prefectos del Pretorio tenían competencias amplísimas, tanto civiles como militares (aunque éstas les fueran poco después retiradas por Constantino). En cierto modo reflejaban el antagonismo surgido en las décadas anteriores entre las dos partes del Imperio y también entre los imperios regionales que habían surgido durante la crisis del siglo III: el imperio galo-romano, el imperio de Macriano... Diocleciano procediendo así, integró y controló los antagonismos y los peligros de disgregación: los prefectos del Pretorio permanecieron cerca de los cuatro emperadores, ejerciendo funciones casi de vice-emperadores, pero algunas de sus competencias civiles fueron transferidas al vicarius a consiliis sacris, y en las competencias militares tenían que contar con su ayudante, el jefe de la milicia. Otra medida de control fue todavía contemplada por Diocleciano: los agentes in rebus, funcionarios itinerantes, verdaderos espías del emperador que practicaban una vigilancia política y policial sobre todo el conjunto de los administradores. Respecto a la reforma de la administración central, Diocleciano aplica una reglamentación tan rígida y una jerarquización tan rigurosa que ésta queda casi militarizada. En el escalón inferior estaban los oficiales. Este servicio de oficinas era designado Militia y los diferentes grupos de oficinistas designados con títulos militares: centuriones, corniculares, incluso los agentes de ejecución del fisco eran designados cesarianos. La Cancillería tenía 6 secciones: los libelli, los studia, la memoria, las epistulae, las cognitiones y los rationales, estos últimos eran los encargados de las finanzas. Al frente de estas secciones estaba el vicarius a consiliis sacris. El Consejo del emperador (Consilia sacra) o mejor los Consejos, puesto que hubo cuatro, uno por emperador, funcionaban como Consejos de Estado. Sus miembros eran designados por los emperadores y en cada uno parece percibirse la existencia de dos retribuciones distintas: 200.000 sestercios y 60.000. Es asombroso el número de leyes promulgadas por el Consilium en nombre del emperador, aunque la legislación dioclecianea da muestras de cierta torpeza jurídica y de escasa originalidad. No obstante, destacan las numerosas disposiciones tendentes a proteger a la mujer y a los niños huérfanos. Todas las leyes se hacen invocando la Lex Romana o Ius Romanum, es decir, el derecho nacional, y ya no se contempla la diferencia jurídica anterior entre Ius civile y Ius gentium. La reforma de la administración dioclecianea representaba una maquinaria enorme, lenta y sumamente uniformadora. El exceso de organización teórica y la rigidez de sus funciones dejaba muy poco margen de adecuación a la diversidad de situaciones que se daban en la realidad. Aun cuando su eficacia es aceptada unánimemente por todos los historiadores, no dejaron de derivarse de ella otra serie de lastres que marcarán los últimos siglos del Imperio.
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La serie de reformas de Servio Tulio forman un complejo coherente en el que una se constituye como base de la siguiente y así sucesivamente. Siguiendo este proceso concatenado, la primera de estas reformas sería la nueva organización del territorio. Todos los ciudadanos romanos fueron inscritos en una de las dieciséis tribus rústicas en que se dividió el ager romanus, si eran propietarios de tierras o en una de las cuatro tribus o circunscripciones urbanas si no eran propietarios de tierras. Las cuatro tribus urbanas eran: la Palatina, la Collina, la Esquilina y la Suburana. Sus integrantes serían principalmente artesanos, comerciantes y proletarios. Esta división fue la base de la elaboración del censo, ya que permitía una valoración de los ciudadanos en función de sus rentas. Para lograr esta valoración fue preciso también crear una monetación rudimentaria o, si se prefiere, un sistema premonetario: el aes rude. Se trata de una especie de panes de bronce en los que aparece inciso un dibujo que podría ser bien una rama seca o una espina de pescado. Su peso era de 330 gr. Basándose en el censo, Servio Tulio introdujo un nuevo ordenamiento a la vez político y militar: los Comicios Centuriados. La descripción que de este proceso nos dan Tito Livio y Dionisio de Halicarnaso es la siguiente: Servio Tulio repartió a la población romana en cinco clases, según el censo, valorado en ases. En la primera clase, se inscribió a los que poseían más de 100.000 ases. Estos debían costear su equipo militar que consistía en yelmo, escudo redondo, coraza, lanza, espada...todo de bronce. En la segunda clase, los que tenían más de 75.000 ases, debían costearse el escudo rectangular y las grebas. En la tercera se incluía a los de 50.000 ases, que llevaban yelmo y escudo rectangular. En la cuarta, los que tenían 25.000 ases, con jabalina y lanza y, en la quinta, con 11.000 ases, sólo tenían que proveerse de una honda y piedras. La primera clase comprendía 80 centurias (40 de jóvenes y 40 de ancianos). La segunda, la tercera y la cuarta, 20 centurias cada una (10 de jóvenes y 10 de ancianos) y la quinta clase, 30 centurias (15 de jóvenes y 15 de ancianos). A estas habría que sumar otras 18 centurias de caballeros y 5 de proletarios, es decir, los que estaban censados no por sus bienes -que no tenían- sino sólo por su persona o fuerza de trabajo. En total, 193 centurias. En la Asamblea Centuriada o Comicios Centuriados, esto es, el organismo político y militar que reunía a todos los ciudadanos organizados en centurias, se votaba no a título personal sino por centurias, siendo cada una de ellas una unidad de voto y, como se desprende claramente, las de la primera clase más las 18 de caballeros (la elite del nuevo ejército) tenían siempre la mayoría. Ciertamente en este relato hay una serie de anacronismos y discordancias evidentes. En primer lugar, la valoración del censo en ases no era posible en el siglo VI a.C. El número de centurias presupone una población demasiado elevada para la extensión de la Roma de esta época; incluso la precisa correspondencia entre centurias de jóvenes y ancianos resulta extremadamente improbable. Tampoco es creíble que la primera clase tuviera tantos inscritos como todas las demás juntas. A estas objeciones se añade también la que se refiere al armamento. Se sabe que el ejército de esta época era un ejército hoplítico. Los hoplitas llevaban un escudo redondo y nada permite suponer que los rectangulares existieran en esta época. Estas objeciones, entre otras, llevaron hasta hace poco a que muchos historiadores rechazaran o dudaran de la existencia de la reforma serviana. En la actualidad se acepta sustancialmente la realidad de la reforma, obviamente no de forma literal, y se han avanzado explicaciones más sencillas y adaptadas a las condiciones del siglo VI a.C. La explicación más aceptada es la que presupone la existencia de un ejército hoplítico constituido por las centurias de jóvenes de las tres primeras clases (40+10+10). Esta explicación concuerda con la estructura de la legión romana más antigua, compuesta por 60 centurias (6.000 soldados). Cuando en la República el mando pasó a dos cónsules, se crearon dos legiones de 3.000 hoplitas cada una. Las centurias de las clases inferiores estarían excluidas del ejército permanente; serían las tropas de reserva, escasa y ligeramente armadas. Al igual que en casi todas las ciudades antiguas, los soldados eran propietarios de tierras. La reforma serviana que, insistimos, se asentó sobre la propiedad, contemplaba un ejército hoplítico constituido por los propietarios de tierras, los cuales gozaban, por otra parte, de mayor influencia política. En los Comicios Centuriados, que reunían a todo el pueblo y era el más importante órgano de la ciudad-estado, prevaleció el principio de que la mayor riqueza implicaba mayores gastos en la milicia pero, en contrapartida, confería una mayor influencia política. Se creó así una timocracia en función de la propiedad de bienes y no, como anteriormente, de base exclusivamente patricia. En esta situación se ha basado tradicionalmente la explicación de la caída de la monarquía romana: los patres gentium o jefes de las gentes se habrían opuesto a la reforma serviana y a una sociedad en la que ya no detentaban el monopolio de la importancia económica y social. Aunque, sin duda, hay algo de verdad en ella, esta explicación es excesivamente simplificadora. Es lógico suponer que, puesto que los patricios eran los principales propietarios de tierra, la reforma serviana no mermara sensiblemente sus privilegios. En todo caso, se produjo un aumento de la clase privilegiada -las gentes minores- y una superación del exclusivismo gentilicio al incluir en el ejército a algunos elementos que no eran patricios. La tradición atribuye a Servio Tulio la inscripción de la plebe en registros públicos, organizándolos en colegios profesionales. Esta lista de colegios nos da algunos indicios sugestivos sobre la situación profesional -y económica- de esta época. En ella figuran, entre otros, flautistas, tintoreros, zapateros, joyeros, carpinteros, curtidores, alfareros, etc. Las reformas de Servio Tulio corresponden, como señala Pallotino, a un período de crisis de las estructuras sociales y políticas y a intentos de cambios institucionales. Los impulsos para el desarrollo, no sólo social y político, sino también cultural y religioso procedían en gran parte de Etruria, pero también, incluso en mayor medida, se constatan influencias, en todas las esferas, del mundo griego. La constitución de Servio Tulio se cree que se inspiró en las reformas de Solón que, pocos años antes, había modificado la constitución ateniense introduciendo una división en cuatro clases.
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Para llevar a efecto su programa de reformas, Sila se sirvió de la vieja institución que se había creado para situaciones de extrema gravedad: la dictadura con funciones constituyentes. Sila, pese a haberse opuesto militarmente a los populares no parece que actuara exclusivamente como defensor de los optimates. El Senado ciertamente estaba en el centro o más bien en el vértice de su programa y, no obstante, fue ampliado en más del doble, hasta alcanzar la cifra de 600 senadores. Los nuevos senadores se reclutaron entre los caballeros, nuevos ciudadanos y, en general, elementos fieles a Sila. Respecto a los caballeros es cierto que los despojó del control exclusivo del aparato judicial en las quaestiones perpetuae, pero sin embargo mantuvo sus prebendas -los arrendamientos públicos- en el aparato económico del Estado. La restricción del poder de los tribunos -reduciendo su actividad legislativa y obligándoles a someter sus proyectos de ley a la supervisión del Senado- no significó sin embargo una merma muy considerable en las competencias comiciales, y Sila reconoció la disposición de los populares que permitió que los nuevos ciudadanos fuesen incluidos en el conjunto de las tribus. A fin de suprimir cualquier posibilidad de permanencia excesiva en el cargo, suprimió prácticamente la prórroga de las magistraturas y reorganizó la carrera de honores. Para atender al incremento de las atribuciones administrativas y judiciales reservadas al Senado, se aumentó el número de cuestores desde ocho a veinte y el de pretores a ocho. Una medida que venía a debilitar el atractivo -por la popularidad que conllevaba- y los riesgos que hasta entonces había supuesto la magistratura de tribuno de la plebe fue la prohibición a los ex-tribunos de concurrir a cualquier otra magistratura. El tribunado, en la medida en que el mismo suponía la conclusión del cursus honorum, no podía en adelante sino resultar poco interesante. También tomó medidas para impedir la consolidación de fuertes mandos en las provincias que pudieran utilizarse contra la autoridad senatorial. Así, prohibió a los gobernadores provinciales que reclutasen levas por decisión propia y que las enviasen fuera de sus límites territoriales. Además los magistrados con imperium (cónsules y pretores) tenían que haber ejercicio íntegro su cometido en Roma; sólo entonces podían gobernar otro año en una provincia como procónsules o propretores. Por último llevó a cabo una vasta colonización necesaria para proveer de tierras a los veteranos de su ejército. Sila optó por proporcionarles lotes de tierra en Italia y no en las provincias, pero la escasez de ager publicus disponible en Italia le llevó a utilizar las tierras confiscadas a los castigados en las proscriptiones y aquellas áreas itálicas hostiles que se le habían opuesto en la pasada guerra civil. No obstante, estas medidas colonizadoras no dieron en general la prosperidad a sus veteranos. La tierra entregada, al margen de no ser la mejor, era mantenida en una permanente situación de inseguridad, puesto que cada propuesta agraria proveniente ora de los populares ora de los optimates, podía dar al traste con la ocupación de la misma. En esta incertidumbre, la tierra fue frecuentemente poco o mal trabajada y terminó en manos de las fuerzas que habían estado echando al pequeño granjero de sus tierras durante un siglo. Sila abdicó pronto de su cargo de dictador. En el 80 a.C. aceptó el consulado compartido y en el 79 a.C. cedió todas sus atribuciones ante la asamblea popular, mostrando su disposición a rendir cuentas de su mandato y rechazando el nombramiento que se le había ofrecido como procónsul de la Galia. Decidió retirarse a Puteoli y abandonar definitivamente la política. La sistematización silana fue muy importante en tanto en cuanto supuso una ampliación de la clase dirigente y, en general, una mayor adecuación de los mecanismos estatales a la nueva situación de Roma como cabeza de un imperio mediterráneo. Muchas de sus posiciones y propuestas serán retomadas posteriormente por César y Augusto. No obstante, los métodos utilizados dejaron cicatrices morales que tardaron en desaparecer. El sistema de las proscriptiones había dado lugar a toda clase de chantajes y compras de lealtades. Significativa del período silano es la actitud de Cicerón quien, en su campaña contra Catilina, esgrimía la imagen del propio Catilina llevando por las calles de Roma la cabeza de uno de los parientes de Mario para mostrársela al propio Sila. Pero, una vez elegido, Cicerón se opuso a una propuesta para restablecer los derechos políticos de los hijos de los proscritos por Sila, pues entendía que "la cohesión del Estado es tan dependiente de las leyes de Sila que no puede sobrevivir a la revocación de éstas".
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Parte de la oligarquía dominante, preocupada tanto por la crisis económico-social de los pequeños agricultores como por las consecuencias de esta situación en el aspecto militar, aceptó como única solución posible replantear la ocupación del ager publicus. Entre estos nobles se encontraban el jurista P. Mucio Escévola, cónsul en el 133 a.C., Apio Claudio Pulcher, que había sido cónsul en el 143, y P. Licinio Craso, entre otros. Todos ellos eran partidarios de limitar la ocupación del ager publicus y de la distribución de la tierra recuperada entre los campesinos pobres. La presentación de esta ley agraria se encomendó al tribuno del 133 a.C., Tiberio Sempronio Graco, yerno de Apio Claudio Pulcher, emparentado además con los Escipiones ya que su madre, Cornelia, era hija de Escipión el Africano y su hermana, Sempronia, se casó con Escipión Emiliano. Estos vínculos familiares han llevado a algunos historiadores a ver en la actuación de Tiberio y el grupo político que le apoyaba una relación clientelar-familiar más que un programa político-social común que se situaba por encima de los parentescos. Nosotros creemos que la propuesta de la ley agraria obedeció a la visión político-social de una serie de personajes políticos relevantes y que Tiberio Graco fue el instrumento operativo encargado de llevarla a efecto, aun cuando él, obviamente, participase de las mismas convicciones. Sin duda, el grupo de senadores que respaldaba a Tiberio Graco fue corresponsable de los acontecimientos acaecidos entre el 133 a.C. y la muerte del tribuno. En consecuencia, la ley agraria presentada por Tiberio no tenía nada de revolucionaria. Ésta reclamaba el principio jurídico sobre el que se fundaba el ager publicus, denunciaba las usurpaciones, prescribía que todos los ocupantes sin títulos fueran expulsados de las tierras usurpadas pero, aún en este caso, si las habían ocupado de "buena fe", se les concedía, al igual que a los demás, el derecho a disfrutar de una extensión de 500 yugadas (125 Ha) a las que podían añadirse 250 yugadas suplementarias por cada hijo. Este derecho de ocupación se había transformado en derecho de propiedad pura y simple. Por otra parte, las tierras recuperadas se debían distribuir entre los ciudadanos pobres. Los encargados del reparto serían una comisión de tres comisarios elegidos por el pueblo, los triumviri agris iudicandis adsignandis. Los lotes serían de 30 yugadas (7,5 Ha) y serien inalienables. Tiberio expuso su propuesta, antes de la rogatio, en un brillante y excelente discurso en el que subrayaba además la injusticia del régimen, que privaba de sus medios tradicionales de subsistencia a los aliados itálicos. Desde luego, no se ve claro en qué habría de beneficiar esta ley a las poblaciones itálicas, puesto que el reparto del ager publicus contemplaba sólo a los ciudadanos romanos. En cualquier caso, era una llamada de atención sobre los problemas de la población rural y la necesidad de equilibrar el reparto de la tierra incluso creando nuevas colonias. Los senadores desencadenaron contra la ley una violenta campaña repitiendo a quienes quisieran oírles la iniquidad que tal ley suponía, las pretensiones que implicaba robarles sus vidas, sus campos... La ciudad se dividió entre partidarios y detractores y con la ciudad, toda Italia. Multitud de campesinos cuyas tierras habían sido usurpadas por los nobles y todo el proletariado rural acudió a Roma para apoyar la ley, y el día en que los comicios por tribus se reunieron era manifiesto que la ley habría salido adelante. Los senadores contrarios a la ley se valieron de una maniobra desesperada: provocaron contra la ley el veto del tribuno colega de Tiberio, Marco Octavio, que se había vendido a ellos, pero que, haciendo uso de sus derechos de tribuno, prohibió que la ley fuera no sólo votada, sino ni siquiera discutida. El procedimiento jurídico era inatacable, aunque políticamente desacertado. Tiberio convocó de nuevo los Comicios por tribus y propuso la deposición de su colega M. Octavio sobre la base de que el pueblo que le había elegido tenía la capacidad de deponerlo si consideraba que su representante no defendía los intereses populares. Este concepto de soberanía popular estaba presente en las reflexiones políticas griegas y Tiberio había seguido las enseñanzas de intelectuales griegos como Diófanes de Mitilene y Blosio de Cumas, por lo que sin duda las influencias de ambos sobre el pensamiento político de Tiberio no eran ajenas. Pero en Roma no había precedentes y la actitud de Tiberio pareció desmesurada a la oposición senatorial. No obstante, logró que los comicios votaran la deposición de Octavio y a continuación la ley agraria fue aprobada y se eligió la comisión de los triunviros encargados de aplicarla. No hay duda de que el apoyo popular debía de ser muy fuerte, ya que eligieron al propio Tiberio, a su hermano Cayo (que entonces estaba combatiendo en Numancia) y a Apio Claudio Pulcher, los tres de la misma familia. Las dificultades y controversias de tipo legal que surgieron al aplicar la ley fueron muy numerosas y exigieron la concesión de poderes jurídicos a los tres tribunos agrarios. La ausencia de un catastro actualizado dificultaba la tarea. Muchos terrenos del ager publicus romano -que habían sido confiscados en otro tiempo a los itálicos- permanecían en manos de personajes latinos e itálicos ricos, tal vez en función de tratados establecidos entre Roma y las comunidades itálicas. Así, los itálicos presentaron recursos y quejas al Senado que contaron con la comprensión de la oposición a Tiberio. Por otra parte, es fácilmente imaginable el gasto que debía suponer el enorme trabajo de recuperación y distribución de las parcelas: mejoras de infraestructura, dotación a los asignatarios de los útiles necesarios para enfrentar el cultivo de las tierras asignadas, reconversión en otros casos de los cultivos, etc. Para hacer frente a los gastos que el trabajo implicaba, Tiberio propuso una ley por la que solicitaba que los tesoros -además del propio reino- que Atalo III de Pérgamo había dejado como herencia al pueblo romano aquel mismo año, se emplearan en financiar la reforma agraria. Puesto que el rey había decidido que el pueblo romano fuese su heredero, declaró Tiberio, era lógico que el pueblo romano y no el Senado decidiera el empleo de estos bienes. Este ataque a las prerrogativas senatoriales suscitó una durísima oposición. El Senado decidió, a partir de entonces, lanzar una campaña de desprestigio contra Tiberio, consciente de que su personalidad había alcanzado una dimensión política enorme. Las acusaciones se basaban en las pretendidas aspiraciones de Tiberio de lograr poder personal, convertirse en rey o tirano... Como en julio de aquel año Tiberio decidió presentarse de nuevo como candidato al tribunado de la plebe, a fin de continuar la acción reformadora, el Senado encontró una base en que apoyar sus proclamas antigraquianas. Por otra parte, la ley prohibía que ninguna magistratura -incluido el tribunado- se desempeñase por segunda vez sin que hubiera transcurrido un intervalo de diez años entre una designación y la siguiente. A veces se habían hecho excepciones, pero el Senado no tenían intención de hacerlas en este caso y la ley estaba de su parte. La violencia de la sesión queda patente por la conclusión de la misma. Los enfrentamientos físicos desencadenados, entre otros factores, por el odio de Escipión Nasica hacia Tiberio, llevaron a la muerte de Tiberio y de algunos de sus partidarios. El trágico fin de Tiberio no significó, no obstante, la paralización de las reformas. En la comisión de los triunviros agrarios, P. Licinio Craso sustituyó a Tiberio Graco. Continuaron el trabajo agrimensor en amplias zonas de la Campania, el Piceno y el Samnio. Escipión Emiliano, llegado a Roma después de haber resuelto el problema de Numancia, se constituyó en defensor y ariete del sector más reaccionario del Senado y halló un modo de paralizar el avance de las reformas. Puesto que la mayor dificultad que encontraban los tribunos consistía siempre en el reconocimiento de la situación jurídica de los terrenos, Escipión propuso -y consiguió que se aprobara- que el poder jurídico de los tribunos agrarios fuera transferido a los cónsules, considerando, entre otras razones que él expuso, la mayor objetividad de éstos. Los cónsules, casi siempre ausentes de Roma por razones militares y probablemente poco dispuestos a colaborar en esta tarea, simplemente lograron que la reforma se paralizase. El odio popular contra Escipión se desató, consciente entonces la plebe rural de su táctica de impedir el desarrollo de la reforma. Escipión fue encontrado muerto poco después, probablemente asesinado, tal como se desprende del elogio fúnebre escrito por Cayo Lelio. Los políticos graquianos continuaron en la escena política, intentando que no se paralizaran definitivamente las propuestas de Tiberio Graco. Es destacable el caso del cónsul del 125 a.C., M. Fulvio Flaco, un graquiano que había sustituido a Apio Claudio Pulcher en el tribunado agrario. Considerando que los terratenientes itálicos constituían un obstáculo para el desarrollo de la ley agraria y una oposición que venía a sumarse a la del grupo senatorial, Flaco pensó que esta hostilidad podía ser neutralizada si, a cambio de su mayor flexibilidad en la cesión del ager público que ocupaban, se les concedía la ciudadanía romana. Apiano trasmite los argumentos de Flaco durante las negociaciones con los ricos posesores itálicos: el pacto era justo, puesto que, a cambio de recuperar parte de estas tierras, la ciudadanía romana los convertía en súbditos copartícipes de todas las ventajas que el Imperio comportaba. Decididos o no a aceptarla, la propuesta de Flaco se vino abajo por la oposición del Senado. Es de suponer que de no ser por esta oposición, probablemente el plan de Flaco hubiera dado resultado: la aspiración a la ciudadanía romana se convirtió desde ahora en un claro objetivo de los itálicos. Tal vez esta aspiración estuviera presente en la base de las revueltas que este mismo año se produjeron en la colonia latina de Fregellae y que Roma resolvió arrasando totalmente la ciudad. Los elementos prorromanos que no habían participado en la revuelta fueron asentados en la nueva colonia de Frabateria Nova.
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El rey Fernando VII regresó a Madrid desde el Puerto de Santa María mediante un recorrido que le llevó a Sevilla y a otras poblaciones de la mitad sur de España. A través del Secretario de Estado, comunicó a la Regencia que volvía a tomar las riendas del gobierno y que por tanto daba por finalizada su gestión. Una vez en la capital, el gobierno provisional que había nombrado la Regencia y que presidía Víctor Damián Sáez siguió interinamente en el poder y dictó algunas medidas, la más importante de las cuales fue, sin duda, el establecimiento del Consejo de Ministros por un decreto de 19 de noviembre de 1823. Paradójicamente, se trataba de una gran innovación en el momento de la restauración del absolutismo. Para José A. Escudero, que ha consagrado dos volúmenes al estudio de esta cuestión, se trataba de la culminación de un proceso que había comenzado en el siglo XVIII, mediante el cual la Monarquía intentaba crear un organismo central que coordinase y preparase la acción del Estado. Al Consejo de Ministros se le otorgaba una función consultiva y también ejecutiva, aunque en estos primeros años de funcionamiento mostró una gran fragilidad y una escasa eficacia, pues carecía de poder para tomar decisiones y cada uno de los ministros conservaba una amplia autonomía. El rey continuaba siendo la única fuente de poder y cualquier acuerdo del Consejo debía obtener su asentimiento para ser aplicado. La presión del embajador ruso Pozzo di Borgo, con el apoyo de otros representantes diplomáticos, parece que influyó en la destitución de Víctor Sáez y en su sustitución por el marqués de Casa Irujo con otros Secretarios más moderados. Irujo, sin embargo, tuvo que abandonar el cargo a las pocas semanas a causa de una grave enfermedad que le llevaría a la muerte y su puesto fue ocupado por Narciso de Heredia, conde de Ofalia. Con él permaneció, entre otros, Luis López Ballesteros como Secretario de Hacienda. Este nuevo gabinete, nombrado el 2 de diciembre de 1823, se enfrentó con la grave tarea de la reconstrucción del Estado en un ambiente de división entre los españoles que hacía sumamente difícil cualquier tarea de gobierno. Sin embargo, fueron importantes las reformas que se llevaron a cabo y especialmente aquellas que afectaron a la Hacienda. En este sentido, hay que destacar la labor de su titular, López Ballesteros, que permaneció en ese puesto casi nueve años, lo que le convierte en todo un récord en el siglo XIX. Nada hacia presagiar su valía, pues el embajador francés lo describía, en una comunicación a su jefe de gobierno en 1824, con estas palabras: "El ministro de Finanzas está lleno de prejuicios y de ideas rutinarias de las que es imposible hacerle salir", aunque le reconocía su "hombría de bien" y su honestidad. La política económica de López Ballesteros, que ha sido estudiada en detalle por Josep Fontana, reposaba sobre un principio fundamental: ajustar los gastos del Estado a sus escasos recursos, evitando cualquier reforma fiscal por razones ideológicas. Su labor puede dividirse en tres etapas. Desde 1824 hasta 1827 todas las energías se dirigieron a poner orden en la caótica administración de la Hacienda, mediante dos líneas de actuación: la primera consistente en la centralización de sus estructuras; la segunda, en la restauración de un sistema fiscal coherente. Este, que fue aprobado mediante catorce decretos publicados el 16 de febrero de 1824, comprendía 48 rentas. Tres de ellas representaban los impuestos clásicos del Antiguo Régimen y suponían las tres cuartas partes de la suma recaudada: aduanas, monopolios y rentas provinciales. Las únicas novedades incluidas, y de carácter muy tímido, son: un subsidio de comercio y la contribución de frutos civiles, que representaban del 4 al 6 por ciento de la renta sobre la propiedad. Por último, se creó una Caja de Amortización de la Deuda pública, sin que eso significase que se reconocían los empréstitos contraídos durante el Trienio. La segunda etapa se inició cuando se comprobó el escaso aumento de los recursos como consecuencia de estos retoques al sistema del Antiguo Régimen. Eso llevó a la publicación del primer presupuesto de toda la Historia de España el 28 de abril de 1828, aunque también con poco éxito. La tercera etapa de la política de López Ballesteros consistió, una vez contenido el gasto, en el intento de aumentar los recursos favoreciendo el crecimiento de la riqueza mediante la creación del Ministerio de Fomento. No obstante, los resultados de esta medida, aun siendo muy limitados, no comenzarían a obtenerse hasta después de la salida de López Ballesteros del gobierno. El conde de Ofalia fue depuesto de su cargo de Secretario de Estado y sustituido por Francisco Cea Bermúdez el 11 de julio de 1824, sin que se sepan exactamente las causas. Se dijo que era debido al enfrentamiento de Ofalia con Antonio Ugarte, y así lo creía también el diplomático francés Boislecomte. Ugarte era un oscuro personaje, que había sido introducido en la Corte por la legación rusa y que había llegado a alcanzar una gran ascendencia sobre Fernando VII. El representante francés en Madrid afirmaba que había influido en la destitución o en el nombramiento de 44 ministros, cifra que resulta a todas luces exagerada. Sin embargo, fuera por ésta u otra razón, lo que está claro es que el cambio en el gobierno significó un cierto retroceso en las reformas que estaban llevándose a cabo. Cea Bermúdez había nacido en Málaga en 1779 y había realizado una brillante carrera diplomática como representante español en varios países extranjeros. Cuando fue nombrado para la Secretaría de Estado se hallaba desempeñando el puesto de ministro plenipotenciario ante el zar de Rusia y tenía 45 años. Generalmente se le considera como un hombre de la Ilustración, pues era partidario de las reformas desde el poder. En la Secretaría de Guerra, el general Cruz, un hombre también de carácter reformista, fue sustituido por el mariscal de campo J. Aymerich. En realidad, Cruz fue implicado en la conspiración de carácter realista de un jefe de partida, el aragonés Joaquín Capapé, quien, según afirmaba, contaba con el apoyo del infante don Carlos, aunque esto nunca pudo demostrarse, así como tampoco la implicación de Cruz. Al poco tiempo, el ministro de la Guerra fue acusado de negligencia en la represión de la intentona liberal que había tenido lugar en las cercanías de Gibraltar. Desde la plaza inglesa, el general Francisco Valdés, con algunos liberales españoles y varios gibraltareños, había tomado Tarifa, aunque no pudo resistir por mucho tiempo ante el envío de tropas procedentes de Algeciras y de Cádiz. Hubo algunos muertos y varios heridos, pero Valdés consiguió escapar y refugiarse en Tánger. Todos estos hechos contribuyeron a endurecer la situación y la incorporación de hombres más reaccionarios, como el propio Aymerich, o el nuevo superintendente de la policía Mariano Rufino González, que sustituyó al anterior Manuel José de Arjona, propiciaron un giro en la política del gobierno. Durante cerca de un año el gobierno adoptó una política más cercana al programa absolutista. Una de sus actividades más importantes se centró en el desarrollo de los cuerpos de voluntarios realistas, que fueron regulados por una real orden publicada en septiembre de 1824. En ella se encargaba a los capitanes generales y a los ayuntamientos que fomentasen la creación de los cuerpos de voluntarios realistas para ocuparse del orden y de la seguridad pública, de la defensa de los derechos soberanos del rey y de la protección de la santa religión y de las buenas costumbres. También se crearon entonces las primeras Juntas de Fe, mediante las cuales se perseguirían y se castigarían los delitos de los que antes se había encargado el Santo Oficio. La policía intensificó por su parte su labor de persecución y de control de los elementos liberales sospechosos, contribuyendo de esta forma a restablecer en España el absolutismo más intransigente. A esta etapa pertenece, no obstante, el llamado Plan de Estudios de las Universidades, que consistía en realidad en una reforma de la enseñanza por la que se uniformaban las universidades y se las dotaban de unos mismos planes, unos mismos textos, así como como de unos similares reglamentos de régimen interior. Se reglamentaban las Facultades de Filosofía, Teología, Leyes, Cánones y Medicina. Las universidades españolas, que habían estado cerradas desde la primavera de 1823, volvieron a abrir sus puertas en noviembre de 1824. De acuerdo con la reforma, sólo subsistían las universidades de Salamanca, Valladolid, Alcalá, Valencia, Cervera, Santiago, Zaragoza, Sevilla, Granada, Oviedo y Mallorca, y se ordenaba crear una en Canarias. También se aprobó durante el Gobierno de Cea una reforma de la Enseñanza Primaria, que al igual que la universitaria, fue objeto de una regularización y una homogeneización en todo el país.
contexto
Las reformas económicas de Diocleciano pretendieron reactivar la vida económica del Imperio resolviendo las cuestiones monetaria y tributaria, ambas inseparables. Respecto al primer punto, Diocleciano intentó restablecer el valor de las monedas de plata (que desde el 256 no eran sino de bronce plateado) y de oro. Las monedas de bronce o folles siguieron circulando. El denarius argenteus de Diocleciano, moneda de plata pura, equivalía a 1/96 de libra y pesaba 3,27 gramos. Era de la misma pureza y peso que el denario de la época de Nerón. Paralelamente, lanzó la emisión del aureus, de 1/60 libra, de oro. Pero la emisión de buenas monedas de plata y oro propició que la moneda fraccionaria, el folles de bronce, fuera despreciado y muchos comerciantes se negaran a aceptarla como pago. La reacción fue un encarecimiento de los productos y un deterioro de las condiciones de vida de las clases inferiores del Estado puesto que, lógicamente, el folles de bronce era la moneda más accesible para los pobres. Esta situación llevó a Diocleciano, en el 301, a publicar un edicto de precios máximos con el fin de defender el curso de la moneda fraccionaria. Este decreto establecía el precio máximo que debía pagarse por cada producto agrícola o manufacturado e incluso por la mano de obra de un trabajador y amenazaba con la pena de muerte a los compradores y vendedores que la contravinieran. Los resultados del edicto fueron mediocres mientras estuvo en vigor y, años después, el decreto fue abolido ya que -al no conseguir frenar la devaluación de la moneda de bronce- se dio la situación de que los productos se ofrecían a un valor muy inferior al que marcaba la demanda, ya que éstos tendían a subir de precio a medida que la moneda perdía valor. Sin embargo, el Edicto de Precios es un documento valiosísimo para reconstruir la vida económica y comercial de esta época pues contiene en torno a 1.300 referencias a productos y bienes de todo tipo con indicación de precios y salarios. En lo referente al sistema impositivo dioclecianeo, el llamado impuesto de capitación creó para varios siglos la legislación fiscal del Imperio, sobreviviendo incluso a la desaparición de éste. El impuesto de capitación es, en esencia, el impuesto anonario preexistente desde la época de los Severos, pero sometido a una reorganización y convertido en el principal impuesto mantenedor de la maquinaria estatal. En la base de este impuesto está el censo del 297, actualizado cada cinco años. En la elaboración de este censo catastral se contemplaba, en primer lugar, el número de unidades territoriales, iuga, sometidas a impuesto. Un iugum venía a ser la extensión de tierra susceptible de ser trabajada por un hombre (caput) y suficiente para su sustento, por consiguiente no debe confundirse con la yugada como medida. La valoración de los iuga contemplaba tanto la calidad de las tierras (una yugada de tierra buena equivalía a varias de tierra mediocre) como los cultivos. Así, un iugum equivalía a cinco yugadas de viñas, a 225 olivos antiguos en terreno llano, a 450 olivos en terreno montañoso, etc. Para establecer un iugum era preciso tener en cuenta la capacidad del trabajador, puesto que este sistema suponía que el hombre (trabajador agrícola) y la tierra debían ser considerados como un todo inseparable. Esta fuerza de trabajo individual, era el caput. También en lo referente a la capitación se determinaron unidades del mismo valor: un hombre adulto equivalía a tantas mujeres... El caput era, por definición, el trabajador agrícola y la iugatio-capitatio era la base imponible que resultaba de la equivalencia entre la unidad de capitación (caput) y la unidad territorial (iugum). Así cada provincia o cada distrito podía ser definido por determinado número de unidades fiscales y se sabía de antemano el importe global que se recaudaría, ya que la suma a pagar por cada uno de los iuga era idéntica. Este impuesto (en el que el hombre y la tierra aparecen como factores inseparables) no recayó sobre los habitantes de las ciudades, que carecían de tierra, ni sobre los mendigos e indigentes, pero no admitía la huida de los campesinos inscritos en el censo (adscripti censibus). Si los fugitivos no eran encontrados, los que quedaban pagarían por ellos. Este impuesto se percibía generalmente en especie (annona) y su recaudación correspondía a los oficiales de los gobernadores, llamados más frecuentemente exactores. Ciertamente, con este sistema que adscribía al campesino a la tierra se sometió el suelo a un cultivo mucho más intensivo, y muchas tierras antes baldías volvieron a ser explotadas por campesinos a los que se les había convertido en propietarios y cultivadores forzosos de las mismas. Pero al mismo tiempo se consolidaron las bases del colonato y, desde finales del siglo IV, el surgimiento de los patrocinia vicorum (cuya razón de ser fue el agobio impositivo de los pequeños propietarios) contribuyó al desmembramiento económico y jurídico el Imperio. Muchos pequeños propietarios pasaron a convertirse en colonos de los grandes terratenientes ante la imposibilidad de hacer frente a las cargas tributarias. El dominus se hacía responsable del impuesto de éstos que, a cambio, perdían la propiedad de sus tierras y seguían cultivándolas en precario. Además, se comprometían a trabajar, mediante prestaciones personales, las tierras domaniales. Ciertamente, las grandes propiedades estaban también sujetas al impuesto básico de capitación, pero el régimen de colonato representaba un sistema ventajoso para los posessores. Puesto que el dominio presentaba un desequilibrio en cuanto al número de iuga y de capita (los siervos residirían en el dominio, pero los colonos no) las cargas fiscales resultantes de la iugatio-capitatio eran menores proporcionalmente. No siempre los domini declaraban al fisco el número de colonos que poseían. Las leyes insertas en el Código Teodosiano, instando a que estos posessores declarasen a sus colonos, son tan reiterativas que evidencian que este acto se establecía a veces mediante un contrato privado. Por otra parte, los grandes propietarios disfrutaron de una serie de privilegios que permitían que su contribución fiscal se redujese sensiblemente: desde comienzos del siglo IV se aceptó que pagasen en bloque los impuestos de sus propiedades, generalmente dispersas en distintas provincias, lo que suponía que el control sobre ellas resultaba mucho más difícil. Desde el 360 pasan a ser ellos mismos, con frecuencia, los propios recaudadores y se convierten en intermediarios entre sus propios cultivadores y el Estado. Por último, las exenciones o rebajas fiscales a muchos de estos posessores relacionados con el emperador son frecuentes, principalmente en la época de Constantino. Exenciones que se extienden también a los dominios eclesiásticos.