Este boceto completa la cúpula de la basílica del Pilar de Zaragoza, acompañando a la Regina Martyrum. En él nos encontramos con un grupo de ángeles portando palmas que simbolizan el martirio, envueltos en pesados y plegados mantos. Junto a ellos apreciamos a dos angelitos que sujetan una filacteria en la que se puede leer "Regina Martirum". En la zona baja contemplamos a diversos Mártires encabezados por San Sebastián junto a San Jorge y la Justicia. En la zona de la izquierda se sitúa un nuevo grupo con los Santos Niños Justo y Pastor. Tras ellos, San Lamberto con la cabeza en la mano. Todas las figuras se asientan sobre las esponjosas nubes coloreadas, realizando un excelente ejercicio de perspectiva al situar diferentes planos en profundidad. La maestría de Goya en esta escena y en su compañera están demostradas siguiendo los aires neoclasicistas imperantes en Madrid al inspirarse en modelos renacentistas, a pesar de existir cierta reminiscencia barroca en la ampulosidad y el recargamiento.
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Francisco Bayeu fue el encargado por el cabildo zaragozano para asegurar la unidad del conjunto de bóvedas y cúpulas que rodean a la pintada por González Velázquez sobre la Santa Capilla de la basílica del Pilar de Zaragoza. Bayeu pensó en su cuñado Goya para realizar parte de la decoración, confiando también en su hermano Ramón, atendiendo siempre a su dirección. El 5 de octubre de 1780 el cabildo recibe todos los bocetos de la decoración, incluyendo los que Goya había realizado para su cúpula representando a la "Santísima Virgen María Reina de los Mártires". El maestro buscó la inspiración en los grandes decoradores del Renacimiento y Barroco, presentando dos bocetos marcados por la planitud del lienzo, comprendiendo la dificultad que conllevaría trasladar esas figuras a la superficie curva de la cúpula. Otro de los inspiradores de Goya sería Giovanni Battista Tiepolo cuyas decoraciones en el Palacio Real de Madrid habían provocado la admiración del aragonés. La Virgen María aparece rodeada de ángeles, Santas y Santos Mártires; la escena se desarrolla en un espacio celestial, repleto de nubes, empleando una iluminación anaranjada que refuerza la visión sobrenatural del conjunto. La idea que preside la obra de Goya es la eliminación de la arquitectura para que el espectador, al elevar su mirada hacia la cúpula, contemple el Cielo, presidido por la Madre de Dios. Hasta este punto no existe ningún problema con el cabildo, surgiendo las tensiones por la ejecución de la obra. Goya hace un planteamiento novedoso, otorgando escasa importancia a las formas, más interesado por las luces y los reflejos, anticipando una técnica pre-impresionista que repetirá en la ermita de San Antonio de la Florida. Las largas y empastadas pinceladas conforman unas abocetadas figuras, creando un atractivo juego de colores, luces y sombras difícilmente superable. Sin embargo, el cabildo no admiró la obra y se enteró de las desavenencias entre los cuñados por el asunto de la cúpula. El canónigo Allué es el encargado de apaciguar los revueltos ánimos que se exaltarán de nuevo con el asunto de las pechinas, en las que Goya se tiene que atener a la dirección de Bayeu, lo que provocó su reacción y su inmediata queja, contestada en similares términos por el cabildo; Bayeu debe aprobar los bocetos de Goya. La mediación del cartujo fray Félix Salcedo -que escribe una carta a Goya en la que le invita a calmarse- soluciona el asunto temporalmente hasta que Goya, harto de su inferioridad respecto a su cuñado, regresa a Madrid, escribiendo desde la capital del reino a su amigo Zapater en los siguientes términos: "en acordarme de Zaragoza y pintura me quemo vivo". La tensa relación con Bayeu durará al menos varios años.
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Los bocetos preparatorios para la cúpula de la basílica del Pilar de Zaragoza fueron presentados por Goya al Cabildo en el mes de octubre de 1780 lo que indica que serían ejecutados algunos meses antes. La junta responsable de las obras prefería a Francisco Bayeu - nombrado director artístico del proyecto - pero los compromisos de éste en Madrid y Toledo le impedían dedicar tiempo a la decoración zaragozana. Por eso fue Goya el encargado de realizar el trabajo, provocando la libertad creativa del maestro el enfado con su cuñado durante muchos años y la negativa del Cabildo a continuar con los trabajos. Esta tensión motivará en Goya una desgana vital y pictórica que le llevará a decir "en oyendo hablar de Zaragoza y de pintura me quemo vivo".Este lienzo que contemplamos recoge la escena principal presidida por María como Reina de los Mártires. Sentada sobre nubes, viste túnica roja - simbolizando el martirio - y manto azul - símbolo de eternidad -, elevando su mirada hacia Dios Padre y abriendo los brazos en actitud de sumisión. Junto a ella, ángeles de amplias alas y pesados ropajes, y a sus pies los Santos Mártires aragoneses acompañados de los apóstoles San Pedro y San Pablo. Entre los mártires destaca San Lorenzo acompañado de su parrilla o Santa Engracia. Tras estas figuras de primer plano encontramos más Mártires, difuminados por las nubes y el efecto atmosférico sobrenatural. La composición se organiza a través de un triángulo, siguiendo los dictados del Neoclasicismo de igual manera que hacía en los cartones para tapiz. Los colores empleados son muy intensos, especialmente el rojo y el azul. La luz dorada y anaranjada es muy similar a la utilizada en La Gloria, aunque aquí encontramos algunos espacios en los que se observa el colorido azul del cielo.
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Francisco Bayeu había sido elegido por el cabildo zaragozano director de las obras de decoración de la Basílica del Pilar. El mismo pintó dos cúpulas -véase Regina Angelorum- y encargó parte del proyecto a su cuñado Goya. El de Fuendetodos se entusiasmo tanto con este encargo -véase Regina Martirium- que intentó trabajar de manera independiente, alejándose de las directrices de su cuñado lo que provocó el enfrentamiento entre ambos. Ramón Bayeu saldrá beneficiado de esta disputa, siendo el encargado de completar la decoración pictórica del templo. Este boceto fue realizado en 1780; representa la parte superior del fresco y en él encontramos a la Virgen bajo un palio sostenido por ángeles y querubines en las más forzadas posturas. Varios de esos ángeles sostienen la filacteria en la que leemos "Regina Patriarcharum". En su trono de nubes, María preside la escena, iluminada su cabeza con un potente foco de luz, símbolo del Bien. También entre nubes encontramos las figuras de los Santos, cada uno con sus atributos, en diferentes posturas y actitudes, elevando su mirada hacia la Madre de Dios. La influencia de Antón Rafael Mengs y Francisco Bayeu esta presente en la obra al emplear una composición triangular, dotar de monumentalidad a las figuras y emplear colores clásicos. Ramón trabajó con algo más de independencia en el fresco, pero siempre con el estigma neoclásico en sus pinceles. También podemos apreciar la parte inferior del fresco.
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En este boceto Ramón Bayeu nos ofrece la parte inferior del fresco que decoraba una de las cúpulas de la Basílica del Pilar en Zaragoza. Es la zona ocupada por los Santos entre los que encontramos a san Romualdo, san Francisco, san Pascual Bailón o santa Teresa, la única mujer presente junto a María, que se encuentra en la parte superior recogida en otro boceto. Las figuras se distribuyen entre las nubes, configurando una composición triangular muy del gusto neoclásico, poniendo de manifiesto las influencias de Mengs y de Francisco Bayeu que pesaban como una losa sobre la manera de trabajar del pobre Ramón.
Personaje
Literato
Religioso
Natural de Medellín, ingresó en la orden de los dominicos donde cambió su verdadero nombre -Baltasar de Obando- por el de Reginaldo de Lizárraga. Su carrera eclesiástica le llevará a ser obispo de la Imperial de Chile y de Asunción (Paraguay). Escribió una crónica titulada "Descripción breve de toda la tierra del Perú, Tucumán, Río de la Plata y Chile" en la que trata sobre los virrreinatos de Andrés Hurtado de Mendoza, su hijo don García y el de Toledo, así como la actuación ante los indios chiriguanos. También tiene una amplia información geográfica y de las actividades económicas de las diversas poblaciones que habitaban los territorios descritos.
contexto
Si las informaciones de que disponemos acerca de numerosas regiones africanas son claramente insuficientes o poco seguras, la situación es aún más delicada en lo que concierne a África central en general. En efecto, la tradición oral, casi la única fuente de información para el interior del Continente, es muy escasa desde el siglo XVIII. Las genealogías dinásticas, conservadas por los historiadores de las cortes, eran modificadas según las sucesivas crisis, y la tradición oral, aunque destinada a conservar la historia, debía también legitimar los poderes usurpadores. Sin embargo, los datos existentes permiten señalar la diferencia que había entre las regiones costeras y la región de los Grandes Lagos en cuanto a la organización del poder; mientras que aquéllas, respondiendo a la presión de las potencias extranjeras y del comercio a larga distancia, tendían a disgregar las organizaciones políticas en jefaturas e incluso en aldeas bastante autónomas, en la región de los Grandes Lagos se constituían unidades políticas más extensas, principalmente reinos. El motor principal en esta región es el grupo Lwo. Los Lwo formaban el grupo meridional de los nilotas, cuya cuna se encontraba al parecer en la región pantanosa del Sudán meridional, donde los Lwo constituían un elemento preponderante. Este pueblo comenzó a fragmentarse por oleadas sucesivas de emigrantes que partieron en dirección Norte, Nordeste y Sur. Los que se dirigieron hacia el Sur se instalaron en las inmediaciones del lago Alberto, en Pubungu; desde allí un grupo bordeó el lago Kyoga y alcanzó la región del monte Elgon, éstos fueron los antepasados de los Lwo y de los padhola actuales de Kenia. Otro grupo, bajo las órdenes de Labongo, continuó más hacia el Sur, invadió la región de Uganda occidental y puso fin al poder del reino de Kitara, instalados allí desde el siglo XV. Esta rama de los Lwo, los babito, creó la dinastía bito, que en el siglo XVII irradió su influencia sobre casi toda la Uganda actual y efectuó incursiones hasta Ruanda y el sur del Kagera; sin embargo, una derrota sufrida en Ruanda a fines del siglo XVII y la consiguiente crisis dinástica provocaron el repliegue en el siglo XVIII. Ahora bien, los autóctonos eran bantúes y los últimos descubrimientos nos dicen que se hallaban organizados ya en jefaturas, que utilizaban una tecnología metalúrgica desarrollada por ellos mismos. Éstos impusieron a los recién llegados no sólo los productos agrícolas sino también su lengua e incluso las estructuras políticas y las representaciones ideológicas. Pero también es cierto que los recién llegados traen su propia organización social que los presenta como árbitros y creadores de compensaciones en lugar de venganzas, así como hacedores de lluvia. Aquí, como en otros lugares, el paso de los clanes a los reinos es el fruto no de la llegada de una raza superior importadora de un corpus de instituciones perfectas, sino del desafío resultante de la oposición dialéctica en el seno de una sociedad plural, y a las necesidades a que da lugar: necesidad de defenderse o de atacar oponiendo una organización superior a una técnica o una masa demográfica superior; necesidad de obtener de una técnica superior, una organización más evolucionada. En realidad, los reinos interlacustres son reinos negro-africanos como los demás, con las únicas diferencias impuestas por una ecología particular o por el carácter personal de cada soberano. La cría de ganado bovino va a servir aquí de elemento de clasificación social básico, para alimentar determinados ritos especiales y quizá para introducir una veta de autocracia que hallamos menos frecuentemente en las sociedades agrícolas. Tal jerarquía social varía además según los diferentes reinos. En Buganda es casi inexistente. En este reino, durante el mandato del kabaka Taterega, Buganda avanza hacia el Oeste, a expensas de los pastos de Bunyoro, pero también se abre ampliamente hacia el Este. En la corte del kabaka Kyabazu, a finales del siglo XVIII hallamos vajillas de porcelana y vasos, y su hijo Semahokiro poseía cazadores reales, como los ashanti, encargados, en el marco del monopolio regio, de reunir remesas de marfil a orillas del lago Victoria, con vistas a su comercialización. Rwanda, reino del sudoeste del lago Victoria, va a conocer una política dinámica análoga. Aquí la división social era extremadamente neta, aunque debemos evitar simplificar demasiado, pues la aculturación fue intensiva, especialmente en el centro del reino, siendo además recíproca, no unilateral, entre todas las partes presentes. Las relaciones y casamientos entre castas, aunque no frecuentes, no estaban prohibidos expresamente. Y el monarca, aami, como un ser sagrado, trascendía todas las castas. Pese a todo su administración se basaba en la división de la sociedad en castas y en los dos principales medios de producción, la tierra y el ganado. En la cúspide de la sociedad se hallaban los tutsi, batutsi, pastores a quienes repugnaban los trabajos del campo, dedicando sus largos ocios a la elocuencia, a la poesía, a los sutiles trabajos de la inteligencia mientras bebían hidromiel con sus amigos. También la guerra era otra de sus preocupaciones; en caso de peligro grave para el reino eran designados como liberadores y encargados de morir o suicidarse en territorio enemigo, con el fin de que la sangre de esta muerte atrajese la desgracia sobre el enemigo. Los máximos valores de la sociedad eran el dominio sobre sí mismo, la devoción a la persona del monarca y el ganado. Los hutu, bahutu, que componían la mayoría de la población, eran campesinos que sufrían a menudo las arbitrariedades de los aristócratas y se hallaban englobados en un sistema de clientela respecto de los tutsi, que les ofrecían a cambio de determinados cánones y prestaciones, protección y una o varias cabezas de ganado mayor, sobre el que el hutu poseía el usufructo temporal o vitalicio. El valor cardinal de los hutu era el trabajo duro. Al sur de los países interlacustres, los pueblos viven en unidades clánicas muy restringidas hasta 1750. Algunos de tales pueblos se dicen provenientes del Norte, al menos en lo que respecta al origen de sus gobernantes, amalgamados profundamente con las poblaciones locales. Se trata de pueblos establecidos al sur del lago Victoria, e incluso al oeste y suroeste del lago Tanganika: nyamwezi, sukuma, nyakyusa. Son pueblos que combinaban la agricultura con la ganadería, son patrilineales y sus jefes llevan el título de nitemi. Otros pueblos, cuyos jefes llevan el título de mwene y que son matrilineales, habitan la cuenca del río Zaire. A medida que vamos hacia el Sur (Zimbabwe), vemos cómo la determinación de las líneas de penetración seguidas por estos pueblos se presenta difícil. Efectivamente, el origen de sus establecimientos actuales se halla en desmembramientos más bien recientes, en ocasiones localizados a finales del siglo XIX; aunque hay que decir que la mezcla comenzó hace siglos.
contexto
Los territorios comprendidos entre Mesopotamia y el Mediterráneo se vieron profundamente afectados por las transformaciones étnicas, políticas y culturales que tuvieron lugar en el Próximo Oriente hacia mediados del II Milenio. Como efecto del movimiento de pueblos se produce un reajuste en las formaciones estatales, de manera que los pequeños reinos de Siria y Palestina cambian sus dinastas semitas, en gran medida amorreos, por hurritas o indoeuropeos, pero al mismo tiempo los grandes estados de la época orientan sus intereses económicos hacia esta zona de intenso tráfico comercial. Las interminables disputas entre ellos y con los príncipes locales se dirimen con el empleo de la fuerza militar, de modo que la intensidad de las operaciones bélicas parece desviar el objetivo real, que no es precisamente el de la conquista por prurito. Desde épocas anteriores las grandes potencias se han disputado este espacio económico. Egipto, desde la época de Tutmosis III adquiere la hegemonía sobre Siria y Palestina, posición que mantendrá con altibajos hasta el siglo XII. Mitanni logra controlar Siria septentrional desde mediados del siglo XVI hasta que, a mediados del XIV, le es arrebatada por Hatti. Los hititas heredan la confrontación con Egipto, pero pronto alcanzan una paz que persiste hasta la destrucción del Imperio Hitita hacia 1200. Las rivalidades imperialistas no son más que una parte de las tensiones, pues junto a ellas hay otras generadas por la política que desde el interior realizan los grupos locales dominantes para alcanzar cotas de autogobierno. El enfrentamiento de los estados entre sí y de los príncipes locales contra los estados no hace sino redundar en perjuicio de los productores que ven cómo paulatinamente se intensifica su explotación y se deterioran sus precarias condiciones de existencia. En gran medida son ellos los que componen los ejércitos capitaneados por maryanni y su presencia casi permanente en la milicia hace imposible el cultivo de los campos. Grandes extensiones antes trabajadas con agricultura de secano se convierten ahora en pastizales. Por otra parte, seguramente el aumento de las imposiciones tributarias obligó a muchos habitantes de ciudades a buscar una nueva forma de vida como seminómadas, al tiempo que numerosos prisioneros de guerra dejaban de ser elementos productivos en sus lugares de origen. Este decrecimiento demográfico no fue soportado por algunos centros urbanos que dejaron de existir, como Qatna o Ebla. Pero, en contrapartida, las grandes potencias estaban interesadas en mantener las estructuras productivas de los territorios que conquistaban, para garantizar el éxito económico de sus costosas campañas. A ello responde el afán de Tutmosis III por proteger las ciudades cananeas de la costa de Siria, verdaderas bases logísticas de sus operaciones militares, y por organizar un sólido aparato administrativo entretejido en las propias comunidades asiáticas, que conservaban sus dinastías locales si habían tenido la habilidad de someterse a tiempo, según se desprende de la documentación proporcionada por los palacios locales, como el de Ugarit, que es de formidable riqueza informativa. De este modo, por la vía de la persuasión o de la fuerza, Egipto ejerce una influencia decisiva en la historia de este período. Y gracias a su potencia militar puede recaudar los tributos anuales, fundamentalmente ganado, aunque una carta de Ugarit recientemente publicada señala la exportación de trigo a Egipto. No obstante, la productividad de los campos no era demasiado elevada, por lo que sabemos de los archivos de Emar, de Alalakh o de Ugarit. El suelo cultivable se dividía entre propiedades reales, que rentan al palacio un cincuenta por ciento de la producción, y las tierras de las comunidades aldeanas, que entregan un diezmo como tributo al monarca. Y puesto que la economía agropecuaria de la región no es demasiado rica, la actividad artesanal participa de forma activa en la renta, de hecho entre los tributos entregados por los estados sirio-palestinos a las grandes potencias frecuentemente encontramos tejidos y armas de bronce. Pero no se trata más que de unos ejemplos de la diversificada artesanía de la región que requiere, para su producción, importar materias primas, lo cual contribuye, a su vez, al desarrollo de la actividad comercial, por vía terrestre -de ahí la importancia del control de ciudades como Karkemish, Alalakh, Alepo, Qadesh, etc. estratégicas para los estados imperialistas-, como por vía marítima, lo que justifica el desarrollo de las ciudades costeras como Ugarit, Biblos, Tiro, etc. Mitanni intenta obtener los beneficios de esta situación durante su período de hegemonía, a lo largo del siglo XVI. En la primera mitad del siglo XV será Egipto quien intervenga más activamente en la región para obtener un consenso mediante el cual Mitanni conserva Alepo, Alalakh y el territorio de Nukhashe, mientras que la XVIII dinastía se ampara de Ugarit, Amurru, Qadesh y, naturalmente, los estados palestinos. No obstante, los avatares de las relaciones de las grandes potencias hizo cambiar frecuentemente las alianzas, de las que por obra parte estamos bien informados por las tablillas de las cancillerías. La etapa final de este período está marcada por la profunda transformación que acarreará el movimiento de pueblos, arqueológicamente simbolizado en el paso de la Edad del Bronce a la del Hierro. En primer lugar habría que mencionar el proceso de instalación de los hebreos en Canaán, que conocemos con cierto detalle -magnificado por la fuente- gracias al relato bíblico. Seguramente en la época de Ramsés II ciertos trabajadores abandonaron Egipto y deambularon por el Sinaí y la zona septentrional de Canaán, hasta lograr un acceso por la milenaria ciudad de Jericó. Una vez allí establecidos llevarán a cabo un reparto del territorio, que han de compartir con los habitantes precedentes, de donde surgirá el germen del proceso de estatalización. Por obro lado, la mayor parte de los asentamientos costeros ve interrumpida definitiva o transitoriamente su vida como consecuencia de la denominada invasión de los Pueblos del Mar. En realidad se trata de un movimiento migratorio y pirático al mismo tiempo, conformado por una amalgama de desarraigados entre los que mayoritariamente habría micénicos. Entre los lugares que desaparecen, al margen del Imperio Hitita, se puede destacar Ugarit, el importante centro comercial que unía el Mediterráneo oriental con el Próximo Oriente y que había sido presa de las ambiciones de las grandes potencias por su caudal económico. Esta es la única ciudad de los cananeos marítimos, es decir, los fenicios del II Milenio, que no logra sobreponerse al golpe recibido, ya que fue abandonada por sus habitantes, indefensos al hallarse su ejército combatiendo con el de Tudhaliya IV. Algo más al sur, se asentarán los peleset, el contingente mejor conocido de los Pueblos del Mar, mencionado en la Biblia como filisteos, que mantienen relaciones hostiles con los hebreos. También en la costa palestina se asientan los tjeker y los denyen, que aparecen citados en el "Cuento de Uenamón", un relato egipcio fechado hacia mediados del siglo XI. Otros grupos participantes en estas oleadas darían nombre a Sicilia (shekelesh), a Cerdeña (sherden), e incluso otras propuestas más discutibles aún intentarían demostrar el gran alcance del movimiento de población. No obstante, para la historia próximo-oriental resulta más importante atender a otro proceso demográfico de trascendencia indiscutible, como es el de la instalación de los arameos. Políticamente juegan un papel decisivo en el desfondamiento de los estados del Bronce Final y participan en la construcción del nuevo mapa del I Milenio. Pero desde el punto de vista cultural resultan quizá aún más destacables por el profundo proceso de arameización, que hará de su lengua el vehículo de comunicación predominante en el Próximo Oriente hasta el cambio de era. Además, la popularización de la escritura alfabética irá vinculada a la representación del arameo, mientras que las lenguas del II Milenio aún en uso, conservarán el cuneiforme como instrumento de representación; de ahí que el arameo encuentre un apoyo añadido a su éxito como lengua franca a lo largo del I Milenio. En cualquier caso, los arameos constituyen un elemento étnico nuevo en el Próximo Oriente, aunque está emparentado con las poblaciones nómadas conocidas por las fuentes del II Milenio como suteos, en la zona de Siria, y akhalamu en Mesopotamia septentrional. Su asentamiento no se produce sistemáticamente de forma violenta, pues conservamos referencias de tributos pagados a los monarcas asirios e incluso de su contratación como mercenarios. A partir de ahí comienzan procesos de mestizaje que varían en intensidad y efectos según las áreas, aunque su personalidad prevalecerá en la mayor parte de los territorios en los que se asientan. Hacia el 1100 los hallamos ya establecidos en el curso medio del Éufrates y a lo largo de los siglos IX y VIII se han expandido hasta Babilonia meridional y Elam, además de haber instalado sólidas dinastías en importantes ciudades de Siria.