En efecto, como afirma Alain Croix, otra dimensión fundamental en la situación de los campesinos era la de la propiedad. En muchos casos la libertad personal no sustituía las duras condiciones de existencia que implicaba el no disponer de tierra propia para cultivar y el depender por completo del trabajo asalariado. El grado de subordinación de los jornaleros andaluces a los grandes señores latifundistas del sur de España reflejaba unas condiciones de miseria que hacen olvidar cualquier consideración jurídica. El ejemplo puede calificarse de extremo, pero es sin duda elocuente. La propiedad de la tierra constituye el eje de la organización social de la producción agraria, así como un activo elemento diferenciador en el seno de la comunidad rural. Las formas de tenencia eran muy variadas. No todos los campesinos eran propietarios de las tierras que trabajaban; para ser más exactos: una buena parte no lo era. Es difícil fijar la proporción de tierras que estaban en manos de los campesinos, así como cuántos de ellos eran propietarios y cuántos no. Al considerar el primero de estos aspectos no debe olvidarse que una importante porción de la propiedad rústica estaba en poder de la nobleza, la Iglesia y la burguesía urbana. Como es lógico, las diferencias entre zonas eran notables. También lo eran las existentes entre las diversas modalidades de propiedad. Ciñéndose exclusivamente al campesinado y dejando a un lado el resto de propietarios de otras condiciones sociales, hay que destacar la existencia en el siglo XVI de un sector relativamente acomodado, por lo general propietarios de una suficiente extensión de tierras y de un buen número de cabezas de ganado. Se trataba de un sector minoritario, en ocasiones con suficiente capacidad económica como para tomar a su servicio a domésticos y campesinos asalariados. A veces estos elementos destacados de la sociedad campesina, a los que quizá un tanto impropiamente se ha catalogado como burguesía rural, no eran tanto propietarios como arrendatarios de parcelas de tierra pertenecientes a otros sectores rentistas. Los campesinos que encajan en esta definición eran llamados en Francia, con cierta ironía, "coqs de village" (gallos de aldea). En Castilla la definición del campesinado acomodado encaja con el tipo del labrador, al que la literatura clásica idealizó como compendio de honestas virtudes (respetabilidad, laboriosidad, austeridad, sentido del honor, reverencia a la legítima autoridad). Lejos de esta visión, las "Relaciones topográficas" ordenadas por Felipe II dibujan más bien un panorama de enfrentamiento entre los villanos ricos y los jornaleros pobres que convivían con ellos en la comunidad aldeana. Al lado de los hacendados ricos cabe reconocer un sector bastante numeroso de pequeños propietarios cuya situación se solía caracterizar por el padecimiento de dificultades económicas crónicas. A éstos, en mayor grado que a los primeros, afectó el inexorable proceso de deterioro de la propiedad campesina que se activó en el siglo XVI y culminó en el XVII. Dicho proceso se debió a varias causas. Una de las principales consistió probablemente en las onerosas exacciones impuestas sobre el producto agrario. A las habituales detracciones eclesiásticas (en los países católicos el diezmo de todo lo que se labraba y todo lo que se criaba pertenecía a la Iglesia) hay que unir los derechos señoriales cuando la propiedad se situaba en territorio bajo jurisdicción de señorío y, especialmente, la creciente presión de la fiscalidad estatal. Ésta no resultó igualmente agobiante en todos los países, pero se incrementó en los que la acción del Estado resultó progresivamente eficaz. En los territorios de la Corona de Castilla, por ejemplo, pueden percibirse con claridad los negativos efectos del fisco real sobre el campesinado, el cual representaba la base numérica de la población pechera, estando sujeto a contribuciones ordinarias y extraordinarias y a la enojosa obligación de alojar soldados en caso de presencia de tropas. Además de la obligación de hacer frente a pesadas cargas fiscales, el campesinado castellano se vio acuciado por la política de tasas de la Corona. El temor a las carestías propició la fijación de aranceles para el trigo, a cuyo precio máximo debía sujetarse la venta de este producto alimenticio básico, al que se dedicaba la mayor parte del terreno en cultivo. En la práctica, los revendedores lograban burlar esta medida, por lo que con frecuencia, y a pesar de las denuncias formuladas, el trigo alcanzaba un precio de mercado superior al de tasa. A los campesinos, sin embargo, les resultaba muy difícil eludir la tasa, lo que reducía notablemente sus ganancias. La plaga de los impuestos no hacía más que agravar las plagas naturales que los aldeanos cíclicamente padecían. La extrema dependencia de las cosechas respecto a las condiciones climatológicas deparaba periódicas pérdidas cuando el tiempo no resultaba propicio. Todo ello condenaba al campesinado -y en especial a sus capas propietarias más débiles- a una situación de precariedad económica que con frecuencia lo arrastraba a endeudarse. No siempre el campesino obtenía de la tierra el producto suficiente para hacer frente a sus tres obligaciones elementales: alimentar a su familia, resembrar para garantizar la continuidad del ciclo agrícola y pagar sus impuestos. En ocasiones la necesidad determinó la aparición de ciertos mecanismos de previsión. Los pósitos castellanos, por ejemplo, fueron instituciones municipales que sirvieron, entre otras cosas, para adelantar trigo a los aldeanos para la sementera. Pero en otros casos, la necesidad obligó a los campesinos a pedir prestado a los burgueses de las ciudades, lo que no hizo sino agravar aún más su precaria situación. Al ofrecer como garantía sus tierras corrían el grave riesgo de perderlas cuando la adversidad les impedía satisfacer sus deudas con regularidad, viéndose abocados a la ruina. Mala climatología, impuestos y deudas constituyeron los enemigos más temibles de la población rural. Aunque las consecuencias más estridentes de esta situación endémica se podrán observar con mayor claridad en un siglo de crisis como el XVII que en un siglo de expansión como el XVI, su resultado seria un inevitable proceso de expropiación del pequeño campesinado y de polarizacion creciente de la sociedad rural. Además de la propiedad, es necesario contemplar otras formas de tenencia. El arrendamiento constituía una de las más frecuentes. En algunas regiones persistían ciertas formas de cesión del dominio útil de la tierra heredadas del pasado medieval. Los foros gallegos y ciertas formas tardías de enfiteusis representaban una especie de arrendamiento a muy largo plazo (por toda la vida, por tres generaciones) en el que el reconocimiento de la propiedad se efectuaba a través del pago de un censo o canon anual. Con el paso del tiempo el valor de tales censos se deterioró a causa de la inflación, lo que resulto ventajoso para los campesinos. Las favorables circunstancias de la coyuntura agraria iniciada a fines del siglo XV, que tuvo corno consecuencia la revalorización de la tierra y el incremento de su demanda, determinaron la presión de los propietarios para acortar el plazo de los contratos de arrendamiento y para subir su precio. Los campesinos arrendatarios quedaron así sujetos a unas peores condiciones. El precio del arrendamiento se satisfacía unas veces en especies y otras en dinero. En el primer caso la cantidad de frutos podía ser fija o proporcional a lo cosechado. Una modalidad del contrato agrario distinta del arrendamiento era la medianía, conocida en Castilla como aparcería, como "métayage" en Francia y como "mezzadria" en Italia. Se trataba de un acuerdo según el cual el propietario aportaba la tierra y el aparcero el trabajo, repartiéndose a partes iguales entre ambos el fruto de la cosecha. El trabajador solía aportar también los animales y aperos de labranza, aunque este aspecto quedaba también sujeto a variaciones. Se trataba, como puede comprobarse, de un sistema desfavorable al campesino aparcero, que debía ceder una alta proporción de su trabajo en beneficio del titular de la propiedad. Finalmente, un nada despreciable número de campesinos sin tierras y sin capacidad económica para acceder al mercado de arrendamientos trabajaban como asalariados por cuenta ajena. La proporción de estos jornaleros respecto al total de la fuerza de trabajo campesina era también muy variable. Su número era elevado en aquellas zonas en las que dominaban las propiedades latifundistas en régimen de explotación directa, y era por el contrario muy pequeño en las áreas de dominio de la pequeña propiedad. La mano de obra jornalera era numerosa, por ejemplo, en el centro y en el sur de España. En el caso de Castilla la Nueva la proporción respecto al total del campesinado ascendía para algunos autores al 50 por 100, aunque otros reducen esta proporción al 20 por 100. Las condiciones de trabajo y de vida de los jornaleros eran muy precarias. Su empleo era por lo general eventual. La demanda de trabajo era mayor en las épocas en que abundaban las faenas agrícolas, en especial la cosecha, pero descendía drásticamente en otros períodos del año, circunstancia que les obligaba a veces a itinerar en búsqueda de contratos estacionales. Ser jornalero equivalía a ser pobre. Los campesinos asalariados y sus familias sobrevivían en condiciones extremas; padecían una subalimentación crónica y dependían dramáticamente de jornales míseros y faltos de continuidad. "La vida de esta masa empobrecida -afirman C. Lis y H. Soly- fue, por lo tanto, una lucha diaria por la mera subsistencia, una lucha cuyo resultado era extremadamente incierto".
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acepcion
En la arquitectura griega, entrada monumental cubierta. Consta de dos muros paralelos y en su interior, otros muros soportan las puertas. El tejado es sostenido por columnas.
obra
Aunque Klenze fue también propagador del Rundbogenstil, sus estudios arqueológicos, su amplio conocimiento de Grecia y la fuerza de sus construcciones antiquizantes lo caracterizaron, aún tardíamente, como arquitecto neogriego. Los Propileos son la puerta que abre a la Königsplatz, en la que levantó la Gliptoteca, y figuran como monumento emblemático de la grecomanía romántica. Frente al colosalismo de las arquitecturas visionarias con las que está indirectamente emparentada esta severa construcción, en la idea de Klenze priman las dimensiones más serenas y accesibles y menos impositivas, aunque busque una plasticidad masiva de efecto mayestático. Las columnas con éntasis recuerdan su compromiso historicista.
monumento
Sobre los restos de los propíleos levantados en época de Pisístrato, Pericles le encarga al arquitecto Mnesiklés la construcción de un nuevo acceso a la Acrópolis. Mnesiklés supo resolver magistralmente el problema de la topografía. Dos terrazas superpuestas, divididas por un corredor transversal con columnas jónicas, daban lugar a cuatro estancias rectangulares (uno de ellos, corresponde a la famosa pinacoteca).
obra
De los estudios anatómicos de Leonardo, la mayoría alrededor del 1500, tenemos esta descripción de las proporciones de la cabeza humana. Leonardo comienza por inscribirla en un cuadrado que luego subdivide en las diferentes regiones, todas ellas proporcionales entre sí y con el resto del cuerpo (ver el Homo Cuadratus). Al lado de la figura, Leonardo apunta en su italiano escrito al revés la relación de estas partes y el tamaño correcto que deben tener para construir una figura proporcionada. Estas reglas pueden luego variarse para conseguir las caricaturas y deformaciones que usó en otros dibujos.
contexto
En julio de 1942, las sugerencias norteamericanas llegaron a Londres, donde Keynes había estado pensando, desde una perspectiva diferente, en los problemas monetarios de la posguerra. Sus reflexiones se materializaron en una primera versión de septiembre de 1941, que fue rápidamente difundida en el Tesoro británico. Tras varios retoques, se llegó a un cuarto borrador en febrero del año siguiente. Se tituló entonces Sugerencias para una unión de clearing internacional, que mantendría cuentas abiertas a los bancos centrales de la misma forma que éstos las abren a los comerciales. Se expresarían en una unidad internacional (el bancor) a definir en relación con el oro, aunque no de forma inalterable, que los países miembros podrían obtener a cambio de oro, pero no a la inversa. La Unión era, esencialmente, un banco central de bancos centrales. Sus ayudas adoptarían la forma de descubiertos y no de préstamos específicos. Al conocer el proyecto de White, Keynes esbozó un quinto borrador en agosto de 1942 con las necesidades que, en su opinión, debían cumplirse. Se trataba de establecer una moneda aceptable internacionalmente que eliminase la necesidad de "clearings" bilaterales; de fijar un método ordenado para determinar los tipos de cambio; de disponer de un cierto volumen de liquidez que no dependiera de la producción de oro o del manejo de las políticas de reservas, pero susceptible de expansión y contracción; de introducir un mecanismo de estabilización que presionara sobre los países con desequilibrios de balanza de pagos; de emplear los excedentes de éstas no utilizados con fines de planeamiento internacional, y de dar seguridades a los países que desarrollaran una política económica prudente para que resultasen superfluas las restricciones y discriminaciones practicadas hasta entonces con fines de autoprotección. Este borrador se transmitió a Washington, donde rápidamente se determinaron las muy importantes diferencias que lo separaban del proyecto de White. Tres puntos esenciales subrayaron el atractivo de este último: la necesidad de limitar el acceso a los recursos de los Estados Unidos, que ya aparecían como el futuro acreedor del mundo de la posguerra; la conveniencia de que, en la organización que se crease, los acreedores no pudieran verse sobrepasados por el voto conjunto de los países deudores, y la mayor aceptabilidad de los conceptos esenciales del proyecto de White para el Congreso norteamericano, en lugar de las disposiciones exóticas británicas, que trasponían la noción de los descubiertos al plano financiero internacional. Desde un viaje de White a Londres, en octubre de 1942, se multiplicaron los contactos entre británicos y norteamericanos. La redacción de ambos planes sufrió varios retoques hasta su publicación en abril de 1943. Para entonces ya se habían eliminado los aspectos más ambiciosos de White. En las elecciones al Congreso norteamericano, el Partido Demócrata había sufrido pérdidas de consideración y el equilibrio legislativo sobre temas económicos se desplazaba hacia una coalición más conservadora de republicanos y demócratas sureños. Muchos defensores del New Deal en la Administración habían sido sustituidos por conservadores, procedentes del mundo de la industria y de las finanzas. No es de extrañar que en este clima las funciones del proyectado Banco se recortasen drásticamente. Por lo demás, en lo que se refería al futuro Fondo, cuyo planteamiento fue el primero que se dio a conocer públicamente, el Gobierno norteamericano invitó con rapidez a que lo discutieran representantes de 46 países. La reacción que los planes despertaron fue intensa y en cada país se criticó duramente el del otro. Se reprochó al proyecto de White su ortodoxia, la escasez de recursos en que se basaba y la ausencia de sanciones previstas contra los países acreedores. No faltó quien afirmara que, de aceptarse, difícilmente podrían lograrse los objetivos de recuperación económica y de pleno empleo a los que Inglaterra aspiraba. En Estados Unidos la reacción pública tampoco fue positiva con respecto al proyecto de Keynes, pero pronto se vio que este último no tenía posibilidad de ser adoptado. Todavía se sugirieron otros planes. En la primavera de 1943, dos economistas franceses, André Istel y Hervé Alphand, propusieron una alternativa a los anteriores que se aproximaba en alguno de sus planteamientos al acuerdo tripartito de la anteguerra. En mayo del mismo año, el Gobierno canadiense sugirió otro que se parecía al norteamericano, pero que incorporaba rasgos de la Unión de Clearing keynesiana. A mitad del año, la Reserva Federal norteamericana dio a conocer un tercer proyecto, rápidamente desechado por el Tesoro. En septiembre y octubre, Keynes y White, al frente de dos delegaciones nacionales, iniciaron una larga ronda de conversaciones (parte de otras mucho más amplias) que concluyó en un borrador transaccional, pero con claro predominio norteamericano. Este borrador desembocó finalmente, en abril de 1944, en un informe conjunto de expertos sobre el establecimiento de un Fondo Monetario Internacional, denominación que había sido sugerida por parte británica en enero. El Gobierno de Londres publicó un Libro Blanco en el que se comparaba el informe con el plan de Keynes y se enumeraban las diferencias. El propio economista inglés defendió aquél ante la Cámara de los Lores en mayo del mismo año y el camino para su adopción por los demás países aliados quedó expedito, una vez logrado el necesario acuerdo previo anglonorteamericano. Desde el primer momento, los planes para la posguerra fueron mucho más deprisa en el ámbito financiero que en el comercial, pero es evidente que los dos estaban unidos. De hecho, durante el conflicto, norteamericanos e ingleses intercambiaron ideas que no llegaron a prosperar. Los protagonistas fueron diferentes y el soporte organizativo e institucional de los mismos también. Era inevitable que en Estados Unidos la responsabilidad de generar nuevas ideas para el futuro dependiera, en el plano comercial, del Departamento de Estado. No en vano, Hull había venido realizando una cruzada contra los males del bilateralismo y los altos aranceles desde los años treinta. Harry Hawkins, director de Política Comercial, fue el encargado de concretar los deseos de Hull, de conseguir que cristalizara un código de conducta internacional que regulase las actividades comerciales. Su homólogo británico fue el famoso economista (y Premio Nobel en 1977) James Meade, al frente de la sección económica del Secretariado del Gobierno de Guerra, que desarrolló sus proyectos con los funcionarios del Ministerio de Comercio. Por vías diferentes, en los dos lados del Atlántico se llegaron a conclusiones muy similares. Los norteamericanos pensaban que las relaciones comerciales internacionales del futuro habían de gobernarse por un convenio multilateral al que se asociara el mayor número posibles de países. Dicho convenio debía incorporar estipulaciones precisas en materia de aranceles, preferencias, restricciones cuantitativas, subvenciones, comercio de Estado, etcétera. Por su parte, Meade y sus colaboradores desarrollaron sugerencias para una Unión Comercial con capacidad para interpretar el arreglo multilateral y resolver las disputas entre sus miembros. A comienzos de 1943, ingleses y norteamericanos pensaban que las ideas estaban lo suficientemente maduras como para iniciar conversaciones entre expertos. Estas comenzaron en otoño del mismo año. Los participantes coincidieron en la necesidad de crear una organización para el comercio internacional y en diseñar un-acuerdo multilateral sobre política comercial con reglas tan exactas como fuera posible. Tres cuestiones sobresalieron en las conversaciones: la relación entre el empleo y la política comercial, la eliminación de las restricciones cuantitativas y la reducción de aranceles más la eliminación de preferencias. Aunque muchas posturas se aproximaron, no siempre fue posible descender del plano de las generalidades. Todos mostraron interés en que las restricciones cuantitativas -que tanto habían contraído el comercio de los años treinta- fuesen abolidas. Ni siquiera por motivos de seguridad nacional -o para proteger a industrias nacientes- debían aceptarse excepciones a la regla. Únicamente en los casos de protección de la balanza de pagos, en condiciones muy definidas y con la aprobación de la organización internacional, podrían introducirse, siempre y cuando no fueran discriminatorias. Los temas más controvertidos fueron, ¡cómo no!, los relacionados con los aranceles y las preferencias imperiales. La postura norteamericana siempre fue clara en este aspecto: las preferencias representaban un trato a favor de la Commonwealth que discriminaba a los productos estadounidenses. En consecuencia, no cabía proceder a reducciones arancelarias mientras tales sistemas subsistieran. Los expertos británicos se centraron en alcanzar una fórmula que permitiera reducir los elevados niveles arancelarios: por ejemplo, mediante la aplicación de un porcentaje de reducción entre limites mínimos y máximos convenidos. Las conversaciones sirvieron para determinar las áreas de posible acuerdo y otras en que había más dificultades, pero no tuvieron consecuencias durante la guerra. En enero de 1945, el Departamento de Estado anunció su intención de llegar a un arreglo con los países más importantes en el comercio internacional para limitar los obstáculos con que éste topaba. Poco más tarde, el presidente Roosevelt afirmó que la creación del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial debía ser completada con la elaboración de un acuerdo internacional sobre dicha reducción. Nuevas conversaciones anglonorteamericanas abrieron el camino. A finales de 1945, los dos países convinieron en una serie de sugerencias a considerar por una conferencia internacional de comercio y empleo. La expansión de ambos se basaría en cuatro liberaciones: con respecto a las restricciones impuestas por los Gobiernos (lo que implicaba rebajar sustancialmente los aranceles, eliminar las preferencias y controlar las subvenciones a la exportación), frente a las restricciones derivadas de los convenios y carteles privados (lo que significaba que los Gobiernos habrían de combatir las prácticas comerciales restrictivas), ante el temor al desorden en los mercados de productos básicos y de cara a las inflexiones de la producción y del empleo. Estas liberaciones debían representar en el plano comercial algo similar a lo que en el político había supuesto la liberación de Europa del yugo fascista. El acuerdo futuro se realizaría en el marco de la Carta de las Naciones Unidas, adoptada en San Francisco el 26 de junio. Este tercer pilar de la planeación económica para la posguerra no llegó a fructificar; es cierto que, después de una larga negociación, se firmó en 1948 la Carta de La Habana, que establecía la denominada Organización Internacional de Comercio, pero tal documento no fue ratificado y en su lugar la cooperación comercial internacional hubo de centrarse a partir de 1947 en un acuerdo provisional previo que todavía subsiste: el GATT. Desaparecido el élan de la comunidad de esfuerzos durante la guerra, los constreñimientos económicos del período inmediato abortaron esta parte de la planeación prevista durante el conflicto. Más éxito se había alcanzado en otros campos. Por ejemplo, en mayo de 1943 se celebró, en Hot Springs (Estados Unidos), la primera de una serie de conferencias interaliadas sobre los problemas a largo plazo de la política económica internacional. En ella se abordaron el abastecimiento alimenticio, "para todos los hombres, en todos los países", a los niveles adecuados, y los principios que debían regular la producción y distribución de alimentos para llegar a una "economía de la abundancia". Frente a los acuciantes problemas de la escasez a corto plazo, la conferencia recomendó una intensificación de la actividad productiva, concentrándose en aquellas cosechas que se destinaran directamente al consumo humano. No se olvidaron las cuestiones del transporte y de los mecanismos de distribución internacional de productos. Frente a los acuciantes problemas de la escasez a corto plazo, la conferencia recomendó una intensificación de la actividad productiva, concentrándose en aquellas cosechas que se destinaran directamente al consumo humano. No se olvidaron las cuestiones del transporte y de los mecanismos de distribución internacional de productos alimenticios. Para afrontar a más largo plazo estos y otros problemas habría de establecerse una agencia especializada: a finales de 1944, tal proyecto se vio realizado con la constitución de la FAO (Food and Agriculture Organisation). En noviembre de 1943 se creó en Washington la UNRRA (United Nations Relief and Rehabilitation Administration) para abordar los problemas de escasez en los países devastados por la guerra. El 25 de mayo de 1944 se cursaron invitaciones a 44 Gobiernos (incluido el Comité Francés de Liberación Nacional) para enviar delegados a una conferencia monetaria y financiera en Bretton Woods, New Hampshire, e inmediatamente se solicitó a un pequeño grupo de países que participasen en una reunión preparatoria que se encargaría de redactar un borrador de convenio. El 16 de junio comenzó en Atlantic City esta reunión con representantes de 16 países, además de Estados Unidos. Se plantearon unas setenta sugerencias, aunque no afectaron a las cuestiones básicas sobre las que ya había recaído un acuerdo previo anglonorteamericano. Sin embargo, el camino estaba ya tan trillado que la conferenció de Bretton Woods duró tan sólo del 1 al 22 de julio. Acudieron representantes de 44 países. Se consideraron los 500 documentos adicionales y las controversias no fueron grandes. En Bretton Woods se debatió no sólo el establecimiento del Fondo Monetario Internacional, sino también el del Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento, cuyo proyecto había sido publicado en noviembre de 1943, pero que hasta pocas semanas antes de la reunión no había generado respuesta británica. Cuando Keynes lo defendió, no fue difícil llegar a un acuerdo. Sería misión del FMI vigilar la aplicación de las normas a que habrían de atenerse las relaciones monetarias internacionales. Le guiaba el deseo de promover la estabilidad de los tipos de cambio y de favorecer un sistema multilateral de pagos, para lo cual prestaría asistencia a los países miembros, con respecto a los cuales actuaría también como órgano consultor. El FMI terminaría convirtiéndose en el centro institucionalizado del sistema monetario del mundo capitalista, que se estructuró de tal suerte que convirtió a Estados Unidos en una nación monetariamente privilegiada. El Banco tenía como finalidad ayudar a la reconstrucción facilitando la inversión de capital para restaurar las economías destruidas o desarticuladas por la guerra, favorecer la reconversión de los medios de producción a las necesidades de la época de paz y estimular el desarrollo de los países atrasados. Para ello prestaría parte de su capital a las naciones que lo necesitasen. Tal capital era el aportado por los países miembros o el conseguido en los mercados internacionales. En un principio, dedicó todos sus esfuerzos a la reconstrucción europea, pero su capacidad financiera resultó claramente insuficiente, como ya se había previsto, y desde 1948 se centró en operaciones a crédito para los países subdesarrollados. Las nuevas instituciones fueron criticadas en los propios Estados Unidos y al principio no funcionaron como se preveía. No es exagerado afirmar, sin embargo, que de no haber sido por el orden económico internacional establecido en la posguerra, la evolución de las relaciones internacionales después de ésta, e incluso el mundo posterior, hubieran sido muy diferentes.
contexto
En la obra de Alberti hay referencias a la Antigüedad, sobre todo a Vitruvio, cuyo modelo de ciudad ideal con una forma próxima al círculo, tendrá gran repercusión en la tratadística renacentista. Alberti no concebía la ciudad como una acumulación de episodios, sino que proponía una ciudad regular y unitaria, concebida casi como un gran escenario, en el que las rectas calles principales y la plaza estarían porticadas, siguiendo el modelo de los foros romanos. Siempre se ha resaltado, al estudiar el tratado de Alberti, el que éste defienda las calles curvas, pues parece un contrasentido cuando, por un lado, alaba también las calles rectas con pórticos y, por otro, nos encontramos en la cuna del urbanismo clásico de los siglos XVI y XVII, que hizo de las calles rectas uno de sus principios. Sin embargo, hay una razón estética en sus argumentos, pues escribe que las calles curvas -con curvas suaves, aclara- hacen que la ciudad parezca más grande y los efectos visuales más ricos, por lo cual son muy adecuadas para las pequeñas ciudades, siendo en cambio las rectas mejores para las grandes. Es de reseñar también la zonificación que propone de la ciudad. En algunos aspectos no rompe con lo que había sido la ciudad medieval, puesto que por ejemplo se refiere a una zona cultivable dentro de las murallas y a barrios para residencia de nobles, como en la Edad Media. En la creación de zonas que respondieran a distintas funciones en la ciudad, proponía que las tiendas estuvieran cerca del foro, con mercados distintos para los distintos productos, dándose un progresivo alejamiento del centro en función de la suciedad y olores que produjeran, pues el tema de la higiene, lo mismo que el del abastecimiento de agua o el de las comunicaciones eran también tenidos en cuenta en el diseño de la nueva ciudad. Si para Alberti determinadas formas urbanas podían corresponderse a formas políticas, Antonio Averlino, llamado Filarete, consagró el papel del mecenas al llamar Sforzinda a la ciudad de su tratado en honor de Francesco Sforza. Filarete, escultor y arquitecto que realizó obras en Milán al servicio de los Sforza, redactó en esa corte su tratado entre los años 1458 y 1464, pero esta obra no se publicó hasta fines del siglo XIX. A pesar de ello fue un texto conocido y el hecho de que por ejemplo Vasari considerara absurdas las propuestas de Filarete nos puede indicar tanto una evolución del gusto arquitectónico como el hecho de la difusión y conocimiento por parte de algunos artistas de la Sforzinda de Filarete. Comenzando por la planta, la ciudad combina las dos formas perfectas del círculo y el cuadrado, pues un círculo envuelve una planta estrellada fruto de la rotación de dos cuadrados. La elucubración sobre si se trataría de un doble perímetro amurallado no impide la consideración de que quizás Filarete quiso que la racionalización que la geometría introduce en el proyecto fuera precisamente la que generara desde su origen la ciudad de Storzinda. Es una ciudad perfectamente realizable si nos atenemos a la planta y la zonificación funcional, pues lo que ha convertido a Fílarete para muchos en un soñador bastante extravagante es más bien el alzado que propone de los distintos edificios: en ellos podemos ver una arquitectura fantástica, que combina paramentos lisos con zonas profusamente decoradas y que a veces puede parecer sacada de un sueño nórdico, extraño a la serenidad clásica. Sin embargo, en otras ocasiones, como en su proyecto de palacio veneciano, la arquitectura responde a una realidad, lo mismo que el proyecto de hospital, o los canales de la ciudad, como los que existían en el ducado de Milán y, sobre todo, en Venecia. Concretando ya en qué consistía, en tanto que propuesta urbana, la ciudad de Sforzinda, encontramos que la plaza es el elemento que articula el entramado urbano. Propone una plaza principal, con la catedral y el palacio como centro cívico y una serie de plazas secundarias en lomo a la principal dedicadas al comercio, que recuerdan sistemas urbanos medievales. En las calles que acabarían en las torres irían iglesias parroquiales y en las que se dirigían a las puertas, mercados especializados. De hecho se ha apuntado que un tema no resuelto por Filarete es el de cómo insertar en un sistema radial de calles el trazado ortogonal de las plazas. Al igual que Alberti, de quien hace grandes alabanzas -"in geometría e in altre scienze intendentissimo", dice de él- se plantea las funciones de la ciudad y de sus edificios. Así por ejemplo, como hemos visto, diferencia las zonas comerciales del centro representativo, que es la plaza mayor, sitúa el teatro y el hospital en un extremo de la ciudad, se refiere a la prisión, a la casa de la moneda, al prostíbulo... y, al indicar los edificios de las plazas y su función, nos aproxima a la realidad de una ciudad pensada a la medida del hombre. El tercer artista que emprendió la tarea de elaborar un proyecto de ciudad fue el sienés Francesco di Giorgio Martini, cuya obra -Trattati di architettura, ingegneria e arte militare- escrita probablemente después de 1482, no fue publicada tampoco hasta el siglo XIX. Además de arquitecto e ingeniero, fue también pintor y escultor, y a él se ha atribuido la perspectiva urbana que se conserva en Urbino, en la que se aprecian arquetipos urbanos de lo que fue la ciudad ideal en el Quattrocento: el templo de planta central y la plaza con pórticos alrededor. En su tratado, la plaza se convierte otra vez en protagonista de la nueva ciudad. Al ser un tratado imbuido de antropomorfismo -en palabras del autor, teniendo la ciudad razón, medida y forma del cuerpo humano la plaza resultaría ser el ombligo de la ciudad. Incluso en algunos estudios para edificios, como el que hace de una basílica, se plantea todo el desarrollo tomando como punto de partida el cuerpo humano. También se plantea una cierta zonificación de la ciudad según las funciones y así, además de la plaza principal con soportales, en la que se colocaría el palacio (de la catedral dice que se debe poder ver bien desde toda la ciudad) habría una plaza para mercado y otra para aduana, almacenes, etc., por otra parte indica que el prostíbulo y las tabernas deben estar alejados del centro. Quizá lo más novedoso de este tratado sea la importancia que adquiere en el diseño de la ciudad el tema de la fortificación. No es extraño esto en un técnico militar e ingeniero como fue Francesco di Giorgio que, además de asesorar a príncipes en la materia, construyó obras de fortificación en distintos lugares. Con su tratado inició una trayectoria que se desarrollaría plenamente en el XVI con las tipologías urbanas de las ciudades fortificadas.
obra
De 28 cm, procede de la cueva de Bruniquel, en Tarnet-Garonne y se conserva en el Museo de Saint-Germain-en-Laye, Francia, fechada en el Magdaleniense IV. Cuidadosa talla que destaca especialmente en la crin del caballo. La técnica empleada en esta obra ha facilitado la ordenación cronológica de algunas pinturas parietales encontradas en la misma zona ya que presenta las mismas características.