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La introducción de sendos profetas en la Leyenda de la Vera Cruz tiene una difícil justificación; algunos especialistas aluden al carácter profético de la historia como referencia directa a Cristo, de la misma manera que se sintoniza la Anunciación y el Sueño de Constantino. Se considera que esta figura situada a la izquierda de la capilla sería de la mano de Giovanni di Piamonte, uno de los colaboradores conocidos de Piero en la ejecución de los frescos, identificado como Isaías. El acertado lenguaje del maestro es perfectamente interpretado por el discípulo, que sigue fielmente los cartones que Piero puso a su disposición.
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Mientras que el profeta que le acompaña se considera obra de Giovanni di Piamonte, esta bella figura es interpretada como de mano de Piero. El profeta se recorta sobre un fondo neutro de tonalidad oscura, obteniendo una sensacional volumetría gracias a la iluminación que procede de la izquierda, resbalando por el reverso del manto rojizo con el que se cubre. La anatomía del personaje está sabiamente interpretada, continuando Piero el estilo iniciado por Masaccio en la Capilla Brancacci
termino
acepcion
Hombres inspirados por Dios, capaces de predecir en futuro. El Antiguo Testamento recoge las profecías realizadas por los profetas mayores -Isaías, Jeremías, Ezequiel y Daniel- y por los profetas menores -Oseas, Joel, Amós, Abdías, Miqueas, Jonás, Nahúm. Habacuc, Sofonías, Ageo, Zacarías y Malaquías.
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En esta escena juvenil de Rembrandt se recoge una historia del Antiguo Testamento (Números, 22; 21-36) protagonizada por Ballam, adivino de Mesopotamia llamado por el rey moabita Balac para maldecir al pueblo de Israel. Balaam corrió presto a la llamada del monarca lo que encendió la cólera de Dios, enviando a un ángel para que cortara el paso del adivino y su burra. El animal, al contemplar al ángel con la espada desenvainada, abandonó el camino varias veces, siempre perseguida por el ángel. Balaam fustigaba con su vara a la burra cada vez que tomaba un camino diferente hasta que Dios habló por boca del animal diciendo: "¿Que te he hecho yo para que me hayas pegado por tres veces?". Balaam respondió al asna: "Porque te burlas de mí. Si tuviera a mano una espada, ahora mismo te mataba". Tras el diálogo, Dios abrió los ojos de Balaam y vio al ángel apostado en el camino con la espada desenvainada; tras explicarle el ángel lo que había ocurrido, el profeta reconoció sus pecados y admitió decir a Balac lo que el ángel quisiera. En lugar de maldecir a los israelitas, les bendice y presagia victorias futuras.La obra de Rembrandt está inspirada en su maestro Pieter Lastman, aportando una expresividad más acentuada. Los gestos resultan casi forzados y las figuras ocupan todo el espacio. Balaam alza su brazo para fustigar a la burra mientras ella se retuerce para hablar con su dueño; el ángel se acerca a ambas figuras mientras los príncipes de Balac observan la escena subidos a sus caballos. Un paje oculto por la sombra en la zona de la derecha completa la nómina de personajes. La iluminación dorada será ya una característica de Rembrandt, destacando los detalles de los vestidos del profeta, ataviado a la moda oriental. En primer plano encontramos referencias a la vegetación, creándose una perfecta distribución del espacio en planos paralelos para crear la sensación de profundidad. El colorido es ligeramente monótono, abundando los ocres, amarillos, sienas y marrones, animados por el rojo y el blanco. Tratándose de una obra juvenil, se pone de manifiesto la genialidad del artista a lo largo de toda su carrera.
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Entre los profetas pintados por Miguel Ángel en la bóveda de la Capilla Sixtina destaca la figura de Daniel quien se nos presenta en su libro bíblico como un joven deportado en Babilonia durante el siglo VII a. C. y residente en la corte de Nabucodonosor bajo el nombre de Baltasar, revelándose como intérprete de sueños y revelaciones debido a la extraordinaria sabiduría con que fue dotado por Dios. La influencia de su libro es fundamental al ser considerado como una síntesis de la Teología de la historia. Su profecía puede considerarse como el momento final de la intervención divina en la historia precedente, abriendo nuevos horizontes para la historia futura considerando que el Reino de Dios se extenderá a todas las gentes y será el Reino del Hijo del hombre, el Reino de los Santos.Como el resto de sus compañeros, Daniel aparece sentado en un trono, leyendo un libro que sostiene con gran esfuerzo un joven amorcillo mientras apunta sus revelaciones en un atril situado a la izquierda, considerándose una referencia a la comparación de dos textos sobre el Juicio Universal que más tarde pintaría Buonarroti en la pared del altar. La figura del profeta es potente y maciza, absolutamente relacionada con la escultura, situándose en un escorzo que otorga una mayor fuerza a la escena. Su volumetría se refuerza por los numerosos paños que cubren el escultural cuerpo, sirviendo al artista para ofrecernos el alto contenido cromático de la figura al jugar con tonalidades amarillas, verdes, azules y lilas. Si la Sibila Délfica se considera paradigma de las sibilas pintadas en la Sixtina, Daniel lo es de los profetas.
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Se trata de una pequeña tabla que pertenecería, originalmente, a una subpredela -nuevo ámbito, resultado del desarrollo del retablo, en el que era frecuente la representación de figuras en busto de Profetas o Apóstoles-. Pese a los repintes del fondo y las vestiduras, la cabeza del profeta muestra aún un sorprendente naturalismo, conseguido mediante un perfecto dominio de recursos dibujísticos que permiten incluso crear delicadas texturas. Aunque no está documentada, un análisis detallado de la obra nos lleva a determinar ciertas analogías con los estilemas huguetianos. En cualquier caso, y dada la nebulosa que envuelve a la primera etapa del pintor catalán, podemos también situarla en el contexto de síntesis entre fórmulas innovadoras y tradicionales que tiene lugar en gran parte de la Corona a mediados del siglo XV.
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En los monasterios alemanes del siglo XVIII se produce la paradójica contradicción de enlazar el alegre espíritu rococó con la tradición de la expresiva escultura gótica alemana. En esta figura del púlpito de la iglesia del monasterio benedictino de Zwiefalten se pone de manifiesto como junto a los encantadores angelitos y los estucos de colores atractivos, se representa de manera teatral la resurrección de la carne, según la visión de Ezequiel.
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Isaías, profeta de la Pasión, interrumpe la lectura del libro - que mantiene abierto con la mano derecha - al ser solicitada su atención por un angelote situado tras él, iluminándole el futuro. Este gesto provoca un acentuado escorzo en la figura del profeta, aunque sus ojos no se dirijan a su objetivo, contrastando la tensión de su cuerpo con su relajación interior. Como todos sus compañeros, aparece sentado en un trono de mármol, desafiando la ley de la gravedad al dotar Miguel Ángel de soberbia volumetría a todos sus personajes, considerando el espectador que en cualquier momento pueden descender al suelo. La potente estructura anatómica queda cubierta con pesados y plegados paños de brillante colorido que intentan ceñirse al máximo para ofrecernos la masa muscular y ósea de la figura como observamos en el gesto de cruzar las piernas. La tensión y la fuerza de sus personajes caracteriza la pintura de Buonarroti, un convencido escultor que se dedica a la pintura por capricho del papa Julio II, especulándose que el artífice indirecto de este cambio de actividad fueron Bramante y Rafael quienes, celosos del éxito que estaba cosechando Miguel Ángel, recomendaron al pontífice que Buonarroti realizara una decoración al fresco, pensando que el resultado iba a ser el fracaso. Los dos artistas salieron perdiendo con su reto al afianzar Miguel Ángel su fama en la corte papal debido a su éxito en la Sixtina.