Como el propio concepto griego de apokía significa, en contraste con la kleroukía más tardía, la aparición de una colonia implica la segregación de un grupo de individuos de la metrópolis, pero sobre todo la pérdida de sus derechos ciudadanos por el hecho de formar parte de una nueva polis. Desde este punto de vista, las fundaciones griegas del siglo VIII a.C. no conllevan la traslación de los sistemas políticos de las metrópolis a otros territorios. El caso de Tarento puede ser significativo, por cuanto en su ordenación político-administrativa no se calcó el modelo espartano de su metrópolis fundadora; esta indiscutible independencia se deja observar también cuando se analizan los productos manufacturados presentes en las colonias, y se comprueba que la cerámica corintia aparece por igual, tal y como señala Vallet, en Megara, Naxos, Tarento, Cumas y Siracusa, es decir, en colonias fundadas por corintios o no. En realidad, los viajeros comerciantes, portadores de objetos manufacturados, fueron ajenos a las particularidades étnicas de las diferentes colonias y se inscribieron en el marco de los monopolios de corintios, focenses, milesios o atenienses según el momento histórico vivido y su área de influencia; las mismas producciones cerámicas coloniales se hicieron en función de parámetros distintos a las de las antiguas metrópolis y, así, Gela produjo una cerámica más próxima al mundo corintio que al rodio, siendo frecuente que, en muchos casos, pronto definieran sus propios estilos coloniales. En todo caso, sólo se mantuvo una débil relación con la metrópolis en el campo religioso, aunque desarrollando otras creencias propias conforme el tiempo transcurría. El caso fenicio es también complejo, pues las fuentes literarias no llegan a definir el estatus concreto de cada fundación respecto a Tiro. Ahora bien, la metrópolis, indica Aubet, cimento su política económica sobre tres ejes: su papel de intermediario entre las grandes potencias, su producción especializada de bienes de lujo y su interés por ser el principal abastecedor de metales preciosos para los imperios asiáticos; esta estructura económica, que se hizo patente, sobre todo a partir del reinado de Ithobaal I, aunque ya estuviera planteada algunos siglos antes con Hiram I, según formula la corriente formalista, fue dando paso a compañías privadas, con las que incluso pudo llegar a competir el mismo Estado, que se definieron como empresas familiares; ello pudo provocar la existencia de estas firmas en las colonias mediterráneas, que actuaron interrelacionadas con las existentes en la metrópolis, si bien en el marco especialmente óptimo para el sistema que había creado el Estado y en general el modelo de mercado. Si se siguen estos parámetros, el caso podría implicar una semidependencia de las factorías respecto al Estado, ya que, por una parte y por la tradición privada, podían actuar de forma independiente, pero, por otra, eran muy débiles a los conflictos que desde el Próximo Oriente pusieran en cuestión la estabilidad del sistema, que siempre pasaba por la metrópolis. Como ejemplos de esta situación pueden servir dos situaciones coyunturales. A mediados del siglo VII a.C., cuando Tiro fue asediada por los reyes asirios Asarhadón y Assurbanipal que redujeron al mínimo su territorio y, sobre todo, a partir del 640 a.C. en que pasa a constituirse en provincia del Imperio Asirio, se observa la expansión cartaginesa en Occidente con la fundación de Ibiza, que las fuentes históricas localizan cronológicamente en el 654 a.C. Un segundo caso se sigue cuando se produce el asedio de Tiro por Nabucodonosor en el 580 a.C. y se relaciona el hecho con el abandono o la caída del esplendor de las factorías malagueñas. Cartago es especialmente interesante como caso a estudiar, porque, heredera de Tiro a partir del siglo VI a.C., terminará por convertirse en potencia militar del occidente mediterráneo. En términos generales, el ser un centro relativamente independiente desde su fundación, a lo que no es ajeno su carácter de fundación aristocrática, le llevo a definir ciertos factores políticos y culturales de modo muy diferente a como se expresaban en Tiro: su marcado militarismo y, en otro nivel, la presencia de los tofets, un recinto perfectamente delimitado donde se depositaban las urnas de los sacrificios humanos, generalmente niños y animales. Lo interesante del caso es que el tofet, que se documenta también en las fundaciones del Mediterráneo central, como en Motya en Sicilia o Sulcis en Cerdeña, se basa en un tipo de sacrificio infantil, el sacrificio molk, conocido de antiguo en el Próximo Oriente, pero que, sin embargo, sólo llegó a adquirir su forma de representación espacial a partir de Cartago, de aquí que sea indicio de su área de influencia, ya que no se constata ni en el territorio de la metrópolis, ni en las fundaciones del extremo occidente; también el tofet es un factor cultural que sólo se hace presente cuando la fundación adquiere visos de colonia urbana, por lo que es un elemento vinculado a las oligarquías coloniales de los asentamientos fenicios. Hay que constatar que los sacrificios de la primera etapa del tofet de Cartago sólo se practican entre los colonos aristocráticos, es decir, entre el sector más directamente ligado al Estado. Cartago, tal y como se perfila en la estrategia mercantil de Tiro, pudo ser entendida desde su fundación más como centro político que como sitio comercial, porque su función parece pensada para frenar el desarrollo del comercio griego; de hecho, en Cartago, hay más preocupación por la problemática agraria que por la estrictamente comercial. Históricamente, hacia fines del siglo VIII a.C., el asentamiento ya estaba en condiciones de ser un gran centro urbano. Hacia mediados del siglo VII a.C., coincidiendo con el refuerzo político de Cartago, se produce el desarrollo de la llamada segunda oleada de la colonización griega occidental. Se trata de la fase reconocida tradicionalmente, desde el lado griego, como la más mercantil y, en efecto, hay un cambio significativo en ella, si nos atenemos a la actuación de algunas metrópolis. Es el caso de los milesios y sus fundaciones del mar Negro que, a diferencia de la relación de independencia que hasta ese momento había existido entre metrópolis y colonia, ahora hacen que las nuevas fundaciones saquen al mercado los productos manufacturados por Mileto. Un caso especial es el que protagonizan los focenses, porque tanto las legendarias relaciones con el tartesio Argantonios, hoy refrendadas por los hallazgos de cerámica griega en Huelva, como la fundación de Massalia implican la búsqueda de un punto de comercio en el extremo occidental mediterráneo. No obstante el carácter mercantil del primer proyecto focense, el caso se complicó cuando se produjo la caída de la metrópolis algún tiempo después, a consecuencia de la presión persa; ello motivó un desplazamiento demográfico muy fuerte, primero hacia Massalia y después del rechazo de ésta, sucesivamente a Alalia en Córcega y a Elea en la costa tirrénica italiana. Los efectos de esta expansión focense hacia Occidente se dejan sentir primero en una confrontación comercial y después en el enfrentamiento militar contra los cartagineses en la batalla de Alalia. En realidad, en ese momento se abre un proceso competitivo de control de áreas de influencia política, del que son buenos ejemplos los sucesivos tratados firmados ya no por los griegos, sino por su sucesora Roma y por Cartago en el año 509, es decir, escasamente tres décadas después de la victoria pírrica de los focenses en Alalia, en el 348 a.C., donde de nuevo parecen determinarse las áreas de intervención de cada potencia y, por fin, en una nueva y doble confrontación militar: las Guerras Púnicas.
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El proceso histórico de Tartessos está en relación con un proceso de transformaciones estructurales que dan como resultado una diferencia clara entre las comunidades autóctonas meridionales del denominado Bronce Final de la Península, en el que no existen todavía estímulos coloniales, y las poblaciones de época posterior en las que la influencia mediterránea conduce a una realidad cultural nueva. En este proceso ha tenido lugar el contacto entre dos culturas distintas, la fenicio-oriental, de tradición urbana, economía desarrollada y diversificada y sociedad compleja y estratificada, con una estructura política avanzada en el marco de la ciudad-estado, y la autóctona del Bronce Final del Suroeste, rural de carácter preurbano, con una organización social simple y poco diferenciada, una economía agrícola y ganadera con muy poco peso de las prácticas artesanales y metalúrgicas y sin una clara especialización. Este panorama debió sufrir una profunda modificación por la demanda fenicia de metales, de lo que es un claro indicio la aparición y desarrollo de la industria de bronces tartésicos, el aumento de los yacimientos mineros explotados y de las cantidades de metal producidas, así como de nuevas técnicas (Río Tinto y Quebrantahuesos). El eje del motor económico se desplaza hacia las prácticas mineras y metalúrgicas, siendo los fenicios los agentes de esta transformación socioeconómica al aportar innovaciones en la minería y la metalurgia, así como el conocimiento del torno de alfarero y el hierro. Todo esto conduce a una diversificación de las prácticas económicas de las poblaciones locales, lo que favorece la tendencia hacia una diversificación y estratificación social, a la vez que se debilitan paralelamente los vínculos internos de parentesco de las poblaciones autóctonas, al orientar hacia el exterior a las unidades, que son a la vez productivas. El proceso de diversificación económico-social favoreció la aparición de sectores productivos especializados (minería, metalurgia, orfebrería y cerámica), con una mayor productividad que propicia la aparición de un excedente, del que se apropia una aristocracia militar, y el desplazamiento de la vida rural hacia formas de poblamiento de carácter netamente urbano, como puede verse en Cabezos de Huelva, Colina de los Quemados, Ategua y el Castro de Medellín. Pero estas transformaciones estructurales no sólo tienen lugar localmente, sino a nivel regional. Como consecuencia de la demanda fenicia se hace preciso un control efectivo sobre las zonas de producción metalífera y sobre las vías internas de comunicación hacia la costa. Esta unificación de la estructura económica favorecía el desarrollo de tendencias hacia alguna forma de unificación política. Las fuentes literarias (Heródoto, Anacreonte y el viaje de Coleo de Samos) hacen referencia a un basileus Argantonio, que gobernaba sobre Tartessos en la segunda mitad del siglo VII a.C. y cuyas características eran gran longevidad, pacifismo y hospitalidad. No obstante, el término basileus no debe ser usado como testimonio inequívoco de la existencia de una monarquía tartésica, dado que los griegos lo utilizaban para referirse a los gobernantes de los pueblos bárbaros y por oposición a sus propios sistemas de gobierno. Hay que tener en cuenta, también, la posible falsedad histórica de las fuentes literarias que dan noticia de unas pretendidas dinastías mitológicas (Gerión, Gárgoris y Habis) para sustentar la existencia real de una monarquía tartésica de la cual Argantonio podría considerarse como descendiente. Además, arqueológicamente el Bronce Final del Suroeste únicamente nos permite hablar de unas sociedades incipientemente jerarquizadas sin traspasar la estructura de grupos familiares gentilicios con jefes de carácter guerrero. Por otra parte, hay que tener en cuenta las propias diferencias regionales y las particularidades culturales, con las diferencias socio-políticas y socioeconómicas derivadas. En el Suroeste, Huelva parece ser la zona que recibió un mayor impacto de la presencia fenicia con transformaciones más intensas. De este modo, según González Wagner, debemos considerar la muy probable existencia de un proceso de unificación política en torno al núcleo más avanzado, la región de Huelva. Tal proceso no se manifiesta en la aparición de un estado territorial con una estructura política monárquica, sino en una especie de confederación tartésica en la que los distintos caudillos locales reconocerían la autoridad de un jefe común, Argantonio. En todo el Mediterráneo y no sólo en Tartessos se conoce la existencia de un período orientalizante, que al parecer se debe más a un proceso de difusión cultural de técnicas y modelos de raíces orientalizantes que a una transformación profunda de las estructuras culturales propias de cada una de estas áreas, que siguen conservando su fondo original. Por otro lado, gran parte de estos restos materiales orientalizantes de carácter suntuario (marfiles, bronces y joyas) sólo son representativos de las elites locales y no del conjunto de la población tartésica. Con frecuencia estos objetos materiales tomados del exterior se superponen sobre las prácticas locales sin modificarlas. En otro orden de cosas, a partir del siglo VII a.C. la arqueología documenta un repentino crecimiento demográfico de los asentamientos fenicios del Mediterráneo Central y Occidental, a la vez que el establecimiento de otros nuevos, debido, al parecer, a la presión asiria sobre los territorios agrícolas fenicios del interior. Nos encontramos de este modo con un proceso en dos etapas: en un primer momento se producen transformaciones estructurales en el ámbito económico, social y político, debidas a la demanda comercial de los semitas y que aceleran la evolución del mundo autóctono, para pasar después a la implantación de comunidades agrícolas semitas en las tierras tartésicas del interior (Sevilla, Extremadura y quizá Córdoba). Se produce, de este modo, una asimilación de los indígenas, bien como mano de obra agrícola en los asentamientos coloniales fenicios, bien como fuerza de trabajo industrial en las factorías, que se convierten en elementos directos de aculturación.
Personaje
Literato
Educado en Licia dentro de la escuela neoplatónica, Procio se instaló en Atenas atraído por la cultura helénica. En esta ciudad realizó sus escritos y difundió las últimas ideas del neoplatonismo.