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Personaje Político
Estudió Jurisprudencia y Economía en la Universidad de Milán. Completó su formación en la London School Of Economics, donde presentó una tesis sobre "El proteccionismo en la industria italiana". En esta época ingresa en la Universidad de Ciencias Políticas de Bolonia, donde al lado de otros estudiantes, creó la Escuela de Bolonia. En esta época editó varias publicaciones y se dedicó a la enseñanza. Además de impartir clases en los principales centros universitarios de Europa, fue presidente de la editorial Il Mulino, que no tardó en transformar en un punto de encuentro para intelectuales cuya intención era potenciar el diálogo entre laicos y católicos. A finales de la década de los setenta se le empieza a relacionar con la política. Encabezó la democraciá-cristiana de izquierdas durante toda una década. Con Andreotti ocupó el Ministerio de Industria. Su valía como economista es reconocida en esta época por su capacidad como analista. Desde 1982 hasta 1988 fue presidente del Instituto para la Reconstrucción Industrial -IRI- (organismo que acoge a las empresas públicas italianas). Mientras estuvo en este puesto el IRI experimentó un balance positivo. En 1993 volvió a ocupar este cargo, pero la subida al poder de Berlusconi provocó su dimisión. En estos años pasa a liderar la fuerza llamada "El Olivo", una coalición de centro Izquierda. En las elecciones de 1996 Prodi obtuvo un destacado triunfo. Entonces Scalfaro le pidió que creara un nuevo gobierno y le nombró primer ministro. La coalición de "El Olivo" reunía a los excomunistas del Partido Demócrata de la izquierda, a los demócratas del Centro Cristiano-Demócrata y al grupo Renovación italiana. El 21 de Abril "El Olivo" logró superar al Polo de la Libertad que lideraba Berlusconi. Mientras duró el proceso electoral, Prodi contó con el apoyo del sector intelectual y sobre todo del pueblo. Sin embargo, las tendencias progresistas de Prodi no tenían nada que ver con el gobierno conservador por lo que en 1998 presenta su dimisión. A pesar de su dimisión continúa su actividad política y es propuesto para Presidir la Comisión Europea, en sustitución de Jacques Santer. Su nombramiento fue aprobado en 1999.
fuente
Explorador o lancero del ejército macedonio, que se distinguía de los demás por portar una sarissa.
termino
acepcion
Explorador o lancero del ejército macedonio que se distinguía de los demás por portar una sarissa.
contexto
La abundancia de mano de obra barata y de fácil conformar no alentaba, o más exactamente no hacía rentables, las innovaciones técnicas, lo que no impidió la realización de productos de excelente terminación durante el periodo mogol. Así se fabricaba un acero de alta calidad, que se exportaba a alto precio. Esta buena factura del metal permitía una industria militar, que abastecía las propias necesidades de armas de fuego. Los astilleros navales eran otro sector en auge, puesto que ya no sólo se construían navíos para las propias necesidades, sino para las de las compañías comerciales europeas. Pero era la industria textil la que absorbía mayor cantidad de mano de obra, y las telas de algodón la rama principal de su producción artesanal. Las indianas, con sus vistosos estampados, desconocidos por los occidentales hasta entonces, hicieron furor entre las europeas en cuanto los portugueses se las mostraron, como ya lo habían hecho en los mercados de Extremo Oriente. Bengala, Gujarat y Cachemira serán las grandes zonas productivas. La manufactura se desarrollaba en cualquier parte, en el campo, en las aldeas y, sobre todo, en el entorno de los puertos comerciales. En la India, a diferencia de Europa, el trabajo se realizaba en horizontal, por medio de redes productoras dedicadas a cada fase de la fabricación. Por ello, a los europeos les resultaba más fácil dirigirse a un solo proveedor, y utilizar los servicios de los comerciantes locales como intermediarios entre tan variadas ramas de la producción. El sistema de trabajo doméstico era el predominante, y, al contrario que en Europa, se remuneraba al trabajador antes y no después de realizado el encargo. Sin embargo, también existían concentraciones manufactureras, que generalmente trabajaban para un solo gran cliente, un noble o el mismo emperador, aunque les estaba permitida la exportación.
contexto
El paso de la Grecia clásica al mundo helenístico no se caracteriza por haberse producido una transformación revolucionaria de la capacidad productiva en el terreno de las manufacturas. Sólo cabe aludir a la especificidad de los modos de producción, integrados en el sistema dominante, el mismo de la explotación agraria, ya que el desarrollo de las cortes provocó un aumento de la demanda de objetos de lujo, que favoreció el auge de algunos talleres, generalmente vinculados asimismo a las cortes reales. Así, en la producción cerámica se generalizó la elaboración de vasos con relieves, a imitación de los metálicos, lo que servia para difundir entre las clases propietarias dentro de las ciudades los gustos refinados de la corte. Las terracotas y los vidrios se encuentran en el mismo terreno productivo. Más incidencia en el mundo económico tuvo la producción metalúrgica, creadora, junto con la fabricación de objetos de lujo, de instrumentos agrarios y de vehículos para el transporte. Ello se encuentra relacionado con la producción minera, que experimentó un importante progreso, no tanto por el refinamiento de las técnicas extractivas, como por el acceso a nuevas fuentes de riqueza minera en territorios lejanos, de Nubia y del Ponto, favorecido por el desarrollo de los nuevos sistemas políticos capaces de asegurar el control territorial. La actividad industrial más sobresaliente del mundo helenístico fue sin duda la relacionada con el urbanismo y la construcción. Los reyes y los ricos de las ciudades dedicaron un importante esfuerzo de inversión de sus rentas al fortalecimiento y al embellecimiento de las ciudades, a la construcción de puertos y faros que garantizaran la seguridad de los intercambios y de los viajes, de negocios y de placer, cada vez más frecuentes, así como a la edificación de lugares públicos y, sobre todo, de templos. Al aspecto utilitario se añade el aspecto ideológico, al promover la existencia de lugares de reunión, teatros, estadios, simbólicos de la unidad ciudadana apoyada habitualmente en la producción procedente de una chora cada vez más desligada de la polis. La nueva ciudad no simboliza, como la ciudad clásica, la unión de campo y urbe, sino, todo lo contrario, la exclusión del productor agrícola. Muy próxima a este campo constructivo se hallaba la labor de los ingenieros militares, destinada fundamentalmente a fortalecer la ciudad y a desarrollar las técnicas de la poliorcética, pues la defensa y la victoria se han consolidado, dentro de este mundo, como parte de la vida económica, método de subsistencia y de control de poblaciones y recursos. La actividad militar de Demetrio Poliorcetes, sitiador de ciudades, tenía su paralelo científico en el desarrollo de la ingeniería y en el protagonismo de figuras como Ctesibio, Filón o Arquímedes, que aplicaban a la guerra el progreso del conocimiento científico, poco útil para aplicarse en cambio al mundo productivo, distanciado y sólo conocido de cerca por sectores de la población alejados del acceso a la ciencia.
contexto
En las villas y ciudades de la Corona había multitud de familias dedicadas a los oficios más diversos, sin que apenas destacara otra industria que no fuera la de los tejidos. No había contratación de centros de producción especializada y automatizada y de dirección centralizada donde se organizara el trabajo en serie y se alcanzaran altas cotas de producción. Las innovaciones técnicas y organizativas fueron escasas, y, por tanto, no mejoró sensiblemente la productividad del trabajo. Si hubo un incremento del volumen de producción durante el siglo XIV, probablemente se debió a la multiplicación de talleres y al desplazamiento de fuerza de trabajo del sector primario al secundario. Los límites del sistema social feudal, que no favorecían la inversión, eran los principales responsables de la debilidad de la oferta y la escasez de la demanda. La producción era de tipo familiar, diversificada y de escaso volumen, atendiendo más a las necesidades cotidianas del mercado interior que a la exportación. Esta misma primacía de la demanda interior, unida a la necesidad de aproximarse a las zonas productoras de primeras materias, explica también la dispersión de los centros manufactureros. Podría hablarse, no obstante, de una cierta concentración y especialización en Barcelona, donde C. Carrére piensa que sólo en el sector textil debía trabajar un tercio de las familias de la ciudad, una situación quizá comparable únicamente a la de Valencia a finales del siglo XV. El sector básico de la producción artesanal era el destinado a cubrir necesidades cotidianas de la población. En este campo trabajaban carpinteros, zapateros, cordeleros, menestrales del vestido (sastres, calceteros, guanteros), tejedores de lino, jaboneros, vidrieros, especialistas en el trabajo del algodón, artesanos del metal (herreros, cuchilleros, caldereros, cerrajeros), alfareros, etc. El trabajo de la madera, procedente de bosques aragoneses y valencianos, adquirió singular importancia en Valencia durante el siglo XV, cuando se hicieron famosos los artesonados y muebles obrados por artesanos de esta ciudad, que exportaban una parte de su producción. Algo parecido sucedió con la industria barcelonesa del vidrio, que progresó cualitativamente y pasó, de alimentar únicamente la clientela local, a constituir una manufactura rica que, a finales del siglo XV, celebraba dos ferias anuales y exportaba. Entre las artesanías de lujo, destinadas sobre todo a satisfacer la demanda de una clientela selecta de la Corona, destaca la argentería, la orfebrería y el esmalte, actividades que prosperaron en las principales ciudades de la Corona a partir del siglo XIV, quizá introducidas por maestros originarios de tierras ultrapirenaicas. En este grupo podría incluirse también la construcción, referida a obras patrocinadas por la clase dominante y las instituciones civiles y religiosas. Es una actividad que, junto a la textil, requería una infraestructura técnica y económica algo compleja, la movilización de un número elevado de trabajadores y una cierta especialización en áreas y utillaje. Otras producciones artesanales cubrían necesidades de la demanda interior, al tiempo que alimentaban corrientes de exportación importantes. Es el caso de la producción de cuchilleros, armeros, curtidores, ceramistas, coraleros y, sobre todo, fabricantes de paños. Aunque la Corona, y en especial Cataluña, no se desarrolló una producción metalúrgica de alto tecnicismo, y tuvieron que importar del extranjero productos de la metalurgia diferenciada, cuchilleros y armeros aragoneses (sobre todo de la zona del Moncayo), catalanes y valencianos exportaron una gran parte de su producción (cuchillos, espadas, lanzas, corazas, ballestas, puñales) hacia Castilla, Sicilia y los países del Mediterráneo oriental. Uno de los sectores más importantes, por el número de trabajadores, los capitales movilizados y el volumen de producción, fue el de los curtidores, que transformaban las pieles en cuero apto para su trabajo. Artesanos del cuero los había en todas las ciudades de la Corona, pero la producción valenciana era especialmente apreciada en Barcelona en el siglo XV, como también lo era la zaragozana, que aprovechaba la tradición mudéjar. Artesanía peculiar, estrechamente controlada por los mercaderes, era la del coral, recogido en diferentes puntos del Mediterráneo occidental, trabajado en Barcelona y exportado (en mayor cantidad que la producción de cuchilleros y menestrales del cuero) a Alemania, Saboya, Flandes y los países musulmanes. Réplica del coral barcelonés era la cerámica mudéjar valenciana, de Paterna, Cárcer y Manises, que desde mediados del siglo XIV desplazó a recipientes de madera y cerámica de más pobre manufactura en muchos hogares de la Corona, en rivalidad a veces con la cerámica también mudéjar de Teruel. La cerámica de Cárcer y Paterna, de esmalte blanco y decoración a base de ornamentaciones, figuras zoomórficas y figuraciones humanas, pintadas en verde y morado, era la de uso más común. La cerámica de Manises, dorada, con barniz blanco y de reflejos metálicos, gozó de gran reputación en los ambientes más refinados de Europa.
contexto
Según Bartolomé Bennassar, en Valladolid, que había alcanzado un buen promedio anual de 7,12 libros de 1544 a 1559, se observa un declive tras la marcha de la Corte en 1559, pero el crecimiento es continuo de 1570 a 1605 y a comienzos del siglo XVII la ciudad produce cada año una veintena de títulos. En Sevilla, la producción desciende ligeramente de 1550 a 1590, después sube vertiginosamente hasta alcanzar unos treinta títulos anuales hacia 1620. En Madrid, donde la imprenta no comienza hasta 1566, el ritmo de las publicaciones aumenta sin cesar hasta los años 1621-1626. En cambio, las producciones de Toledo y de Medina del Campo, que habían sido débiles siempre, descienden considerablemente en los años 1600, mientras la de Valladolid no alcanza ya a mantenerse, después de 1605, en el elevado nivel que había sido el suyo anteriormente. Después de 1625 el declive es general y continuo. La imprenta castellana fue perjudicada también por los monopolios. Un buen ejemplo fue la exclusividad concedida en los años 1661-1670 al importante impresor de Amberes Christophe Plantin para el aprovisionamiento de los Estados del rey de España en breviarios, misales, libros de horas y otras obras litúrgicas. La evolución en la Corona de Aragón la conocemos a través de la producción de sus centros principales: Barcelona y Valencia. En Barcelona, a través de los registros de Millares Carlo, se adivinan tres fases en la producción de los 817 libros impresos en esta ciudad en el siglo XVI. La primera, de 1480 a 1513, de débil crecimiento; la segunda, de 1513 a 1550, de inflexión negativa; y la tercera, de 1550 a 1600, de claro crecimiento, salvo el pequeño paréntesis de 1570-79. La debilidad de la primera mitad del siglo, según M. Peña, parece estar ligada a las propias estrategias de los libreros barceloneses, que quieren rentabilizar al máximo sus inversiones a corto plazo prefiriendo la importación desde las prensas de Lyon o Venecia. La escasez de capital entre los impresores sería la causa. Los libreros-editores de Barcelona actuaron ocasionalmente como socios-capitalistas de los impresores, en obras cuyo riesgo era poco elevado y en unos años, sobre todo a partir de 1570, en que la inversión era semejante a la que se necesitaba para editar en Lyon (guerras de religión francesas) o en Venecia. El desarrollo de los estudios universitarios en la segunda mitad del XVI en Barcelona contribuyó a este auge del número de publicaciones. En Valencia se observa que los niveles de producción impresa a comienzos del siglo XVI eran muy modestos. A partir de estas fechas, el crecimiento de Valencia es mucho más elevado que el de Barcelona. La presencia del libro impreso parece haberse producido entre aquellos grupos que ya de por sí estaban familiarizados con la literatura escrita, y muy especialmente entre aquellos grupos que observaron en él criterios de utilidad práctica: profesiones liberales como los juristas o médicos, clero... Los fines económicos que se perseguían y la inercia con que éstos condicionan siempre la actividad comercial obligaban a imprimir libros de venta segura, destinados a quienes tuvieran la necesidad de la lectura o del estudio, profesionales o aprendices de la casta intelectual que además pudiesen pagar los libros impresos, cuyo precio solía ser realmente alto. Estos productos de la primera imprenta no eran otros que los que ya estaban asentados en los ambientes intelectuales, los de mayor difusión y que más reconocimiento tenían: libros para el aprendizaje en ámbitos universitarios, en sus facetas jurídicas o teológicas, propios de una cultura escolástica en relación umbilical con las aulas universitarias. Frente a lo que ocurre con la literatura profesional, en sus vertientes jurídica, teológica o litúrgica, que tiene un público seguro y uniforme, la edición de los textos literarios está condicionada por su aceptación. También es evidente que la imprenta no supuso inicialmente un desplazamiento del mundo del manuscrito. Como ha subrayado R. Chartier (observación del libro como un sucedáneo: apreciación del manuscrito por su mayor consideración estética...), la persistencia del manuscrito fue bien patente. Incluso puede decirse que inicialmente el libro suscitó recelos ante la belleza reconocida de la artesanía de los productos salidos de los scriptoria. Por eso, los libros impresos, los incunables, procuran imitar e incluso parecer manuscritos, con el mantenimiento del tamaño pequeño folio, y de la riqueza de la encuadernación, que contribuyó posiblemente a vencer las primeras resistencias a incorporar el impreso a las bibliotecas. El manuscrito siguió desempeñando utilísimas funciones como difusor de todo tipo de escritos. Hay libros que casi exclusivamente circulan en manuscrito: crónicas, libros de linajes, manuales de artes aplicadas se mueven en gran cantidad durante los siglos XVI y XVII. Hay géneros, como la lírica, que han llegado hasta nosotros gracias a las copias manuscritas. También numerosísimas obras de teatro han podido sobrevivir a través de este medio de difusión, al igual que bastantes obras comprometidas, que por su carácter satírico, político o religioso circulaban entre grupos reducidos, pues no cabía más posibilidad que la circulación clandestina de estos manuscritos que corren de mano en mano. Sólo con examinar los procesos inquisitoriales de algunos de los tribunales castellanos o de la Corona de Aragón pueden verse en ellos cosidos libros o folletos incautados a los acusados: así, las Clavículas de Salomón, los compendios de Picatrix. Hoy sabemos (A. Rojo Vega) que determinadas obras científicas de médicos españoles redactadas en latín circulaban en forma manuscrita por las dificultades de ser impresas en España en tal lengua. Algunas alcanzaban finalmente la luz si hallaban financiación: por ejemplo, la literatura de tratados de peste, muy favorecida por el mecenazgo municipal por sus fines prácticos, regímenes de salud, manuales de cirugía. Como ha señalado acertadamente F. Bouza, frente a la idea general de que la tipografía sirvió a la causa de la moderna revolución en el conocimiento en contra de la medieval oscuridad manuscrita, bien expresada en el tópico que hace de Gutenberg un padre de la modernidad, hay que decir que la imprenta de los primeros tiempos publicó, ante todo, textos de las autoridades clásicas y medievales más que obras de nuevos creadores, y que éstos por el contrario eligieron muchas veces la vía del manuscrito para la transmisión de sus descubrimientos (Copérnico se niega a la impresión de su De revolutionibus orbium coelestium hasta el mismo año de su muerte). Conviene recordar que buena parte de la subsistencia inicial de las primeras imprentas se logró, en algunos casos, a la demanda eclesiástica y, fundamentalmente, estatal (literatura gris). Por ejemplo, como han destacado P. Cátedra y M. V. López Vidrieros, resulta indudable el papel que en este sentido tuvo la política emprendida por los Reyes Católicos. El Estado difunde y fija en el reino la legislación nacional o municipal, mediante impresos que suelen ser de una hoja o un pliego, como máximo. La literatura gris parece guardar una cierta relación con el tipo de ciudad en la que se edita; no es infrecuente que la legislación sobre una determinada materia salga de una concreta imprenta de un núcleo urbano vinculado directamente a ella. Así, la imprenta burgalesa edita algunas de estas piezas legislativas, íntimamente unidas a su definición de urbe comercial, evidentemente en relación con el tráfico de la lana hacia puertos del Norte, una vez que queda establecido el Consulado en 1494. Igualmente, en la década de 1480, la enorme demanda de impresiones de la bula de cruzada para la campaña de Granada no resulta en nada intrascendente en la supervivencia y en la pugna de algunos impresores por hacerse con su privilegio de impresión, constituyéndose en un aliciente económico indudable entre las ciudades de Valladolid y Toledo. Para la Corona, las colaboraciones cobradas a la Iglesia se convirtieron en una importante fuente de financiación: sus ingresos proceden de las tercias reales y del impuesto de cruzada, recaudado a partir de la venta de esas bulas. Valladolid y Toledo reciben el privilegio de su impresión. En la primera, la orden de los jerónimos del monasterio del Prado. En Toledo, los dominicos de San Pedro Mártir, que mantienen su privilegio para todo el siglo XVI.
contexto
Las diferencias estructurales observadas entre los sectores agropecuarios de Aragón, Cataluña, Mallorca y Valencia también estaban presentes en la producción de minerales y materias primas: en este campo Cataluña era más importadora, mientras que Valencia y Aragón eran más exportadores. Todos importaban estaño (de Inglaterra), cobre (de Castilla, Oriente Medio y Alemania) y oro (del norte de Africa). Cataluña poseía mineral de hierro suficiente para alimentar su industria metalúrgica (la fragua), que producía objetos de uso corriente y calidad media, y exportaba mercurio, antimonio y plata. Aragón, en cambio, aprovisionaba sus ferrerías con mineral de hierro del Cantábrico. Valencia exportaba cera y sebo, materias con las que los menestrales barceloneses fabricaban velas. La artesanía del cuero, que era una manufactura importante en Aragón, Cataluña y Valencia, trabajaba con pieles de la ganadería castellana, navarra, aragonesa y valenciana. La particular industria barcelonesa del coral trabajaba con el coral recogido en aguas de Cataluña, Berbería, Sicilia y Cerdeña. Mención aparte merecen las fibras vegetales y animales, que constituían la materia primera de la industria más importante de las ciudades medievales: la textil. De las tierras de Alicante procedían generalmente el esparto, los juncos y las palmas con las que en muchas ciudades de la Corona trabajaban los menestrales especializados en la fabricación de cuerdas, cestos, esteras, etc. La producción catalana de lino y cáñamo era insuficiente para las necesidades de su manufactura de cordajes, velas de navío y tejidos gruesos, mientras que la valenciana era excedentaria y abastecía parcialmente al Principado. Cataluña no cultivaba algodón pero lo trabajaba activamente; sus proveedores eran Sicilia, Malta y los países del Mediterráneo oriental. Los fabricantes de tejidos de seda de la Corona trabajaban con seda bruta valenciana, aunque los catalanes, que no la producían, también tenían que comprarla en otros países. Entre las industrias medievales, la más importante y especializada era la pañería, cuyos artesanos trabajaban la lana. En todas las ciudades y villas importantes de la Corona había gente dedicada a la producción de paños, lo que suponía una demanda de lana en bruto muy elevada. En este terreno, Aragón y Valencia cubrían las necesidades de su industria y exportaban, mientras que Cataluña, deficitaria, compraba lana aragonesa y valenciana. La aragonesa, con una salida superior a los dos millones y medio de kilogramos, era el artículo más importante del comercio aragonés en los siglos XIV y XV (J. A. Sesma). Se exportaba a Cataluña, Francia e Italia. Los datos reunidos llevan a una serie de conclusiones: 1) la producción de minerales y materias primas de Cataluña fue insuficiente para alimentar una fuerte exportación de estos productos y cubrir las necesidades de la manufactura propia; 2) el sector primario catalán no resiste la comparación con el valenciano y el aragonés; 3) la industria catalana fue, por tanto, tributaria de las materias primas que le proporcionaban Aragón y Valencia, además de otros países; y 4) la manufactura valenciana, menos dependiente del exterior, podía llegar a ser un serio competidor de la catalana. Entre tanto (antes de la crisis), la fortuna de Cataluña reposaba en la exportación de productos manufacturados de mediana calidad y de algún producto agrícola concreto (azafrán), además del papel de intermediario que ejercía en el gran comercio internacional.
contexto
El tipo de intercambio mejor documentado es el del sílex, en torno al IV-III milenios: tenemos un buen registro en las minas de Grimes Graves (Inglaterra), Grand Pressigny (Francia) y Krzemionki (Polonia), entre otras. Se trata de explotaciones mineras complejas, con un sistema de extracción basado en la construcción de pozos y galerías interconectadas; los productos se distribuyen a larga distancia. Algunos autores han relacionado esta circulación de materia prima con el aumento de la deforestación (hachas de sílex), así como también con la elaboración de un instrumental especializado como es el caso de las grandes hojas (equiparables o sustitutorias de los puñales de cobre, más escasos), que se documentan hasta finales del III milenio a.C. Otros materiales, quizás una mayoría que nos es desconocida, también deberían formar parte de la circulación de bienes, ya sea como materia bruta o como productos manufacturados; en todo caso podemos pensar en objetos más bien de carácter social, y no tanto de tipo utilitario, como, por ejemplo, los primeros metales. La metalurgia empieza a extenderse hacia el IV milenio, cuando llegan los primeros ítems a Dinamarca, ya fuera del foco originario del sudeste europeo; en el III milenio se documentan las primeras explotaciones locales en Alemania, Austria y Checoslovaquia occidental. Principalmente, se elaboran productos de ornamentación sobre láminas de cobre, hachas de combate asociadas a las cerámicas cordadas, etc. Con el horizonte campaniforme se produce un gran crecimiento de las producciones metalúrgicas: por el norte de Francia, las costas nordoccidentales y Gran Bretaña.