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Desde que en 1859 José Amador de los Ríos utilizase por vez primera el término mudéjar aplicado a una manifestación artística, en su discurso de ingreso en la Real Academia de Nobles Artes de San Fernando de Madrid, pronunciado con el título de "El estilo mudéjar en arquitectura", no han cesado hasta nuestros días de producirse intentos de sustituir este término por otro, por considerarse poco afortunada su formulación. En efecto, etimológicamente mudéjar deriva del árabe mudayyan, que quiere decir aquel a quien se ha permitido quedarse; mudéjar es, pues, en este sentido sinónimo de moro, y este carácter étnico del término aplicado a una manifestación artística no ha dejado de provocar reacciones en contra y graves confusiones de interpretación hasta el momento actual. Ya en 1888, en una serie periodística sobre los estilos en las artes, Pedro de Madrazo, refiriéndose al arte mudéjar, exigía que las manifestaciones artísticas se designasen por sus características formales y no por la condición personal de sus artistas. Por esta razón y para evitar cualquier connotación étnica en el concepto artístico, Vicente Lampérez en su monumental "Historia de la arquitectura cristiana en la Edad Media", aparecida en 1906, define el arte mudéjar como el hecho no sólo por los moros sino también por los cristianos adoctrinados por aquéllos, eliminando así cualquier posible interés por la condición social del artista; todavía en 1933 Elie Lambert apuntilla más el tema al proponer como fenómeno habitual la realización de obras mudéjares sólo por maestros cristianos y la de obras cristianas por maestros moros. Con toda esta confusión no se ha conseguido más que minimizar e incluso borrar el importante papel que los maestros de obras moros han jugado en la creación del arte mudéjar y en la transmisión de un sistema de trabajo. Este desinterés por la condición social del artista, además, no ocurre con ninguna otra manifestación o estilo artístico. Es la maldición hispánica de los comportamientos pendulares. Tal vez el intento más decidido por sustituir el término mudéjar corresponda al marqués de Lozoya, quien en su monumental "Historia del arte hispánico", en 1934, utiliza el término morisco, como sinónimo de moruno o de moro, usado como adjetivo, y en este sentido es equivalente a mudéjar; para Lozoya morisco y mudéjar son equivalentes, pero prefiere el primer término por considerarlo más castizo y expresivo. La utilización del término morisco complica y confunde el problema tanto como el término mudéjar, ya que en castellano ambos, además de su significación como adjetivo, tienen otra como sustantivo; los moriscos son los moros convertidos forzosamente al cristianismo, también conocidos como cristianos nuevos, fenómeno que sucede en Castilla en 1502 y en Aragón en 1526. Alguna historiadora del arte, como Balbina Martínez Caviró, ha propuesto restringir el uso del término morisco para designar al arte mudéjar del siglo XVI, haciendo coincidir así el significado de adjetivo y sustantivo. Lo cierto es que en la actualidad el término mudéjar tiene para los historiadores un significado diferente al de su uso por los historiadores del arte; es decir, existe una historia de los mudéjares, la de las minorías étnicas musulmanas hasta su conversión forzosa, que cultivan los medievalistas, y una historia de los moriscos, de la de estas mismas minorías a partir de su conversión, que cultivan ya los historiadores de la edad moderna. Para los historiadores del arte el término mudéjar, utilizado como categoría de periodización artística, cubre por igual el período medieval y moderno, ya que el término está absolutamente vacío de connotación étnica, al contrario de lo que sucede en historia. Otro de los términos que ha provocado no poca confusión en la interpretación del arte mudéjar es el de mudejarismo, que desde el año 1975 da nombre a los Simposios Internacionales de Teruel; este término surge en el siglo XIX, con matiz peyorativo, para aludir al movimiento de entusiasmo provocado entre los seguidores de la formulación del arte mudéjar; ya en el siglo actual tanto el marqués de Lozoya como Diego Angulo utilizan el término mudejarismo, con otro significado, para designar de un modo más vago, difuso e inconcreto al fenómeno artístico mudéjar; se habla de mudejarismo para aludir a cualquier rasgo o aspecto aislado de influjo musulmán en el arte cristiano; el uso del término mudejarismo ha dañado notablemente la interpretación del arte mudéjar, al extenderlo inadecuadamente a monumentos que no son mudéjares, contribuyendo de este modo a la indefinición e imprecisión de esta manifestación artística. Hemos dejado para el final la consideración de otras terminologías inadecuadas, que se vienen arrastrando en la historia del arte mudéjar. Se trata de un lado de las expresiones románico de ladrillo o la más genérica de arquitectura de ladrillo, esta última retomada por José Antonio Ruiz en 1988 en su estudio sobre la provincia de Segovia. Son expresiones más radicales y alejadas de la valoración del mudéjar que las de románico-mudéjar o gótico-mudéjar, ya que ni siquiera consideran el mudéjar como un fenómeno ornamental, reduciendo todo a una simple versión en ladrillo del arte románico. La expresión "iglesias españolas de ladrillo" fue puesta en circulación por Vicente Lampérez en 1905, y un año después, con la expresión arquitectura románica de ladrillo el mismo autor se refería a las primeras manifestaciones del mudéjar leonés y castellano viejo; ya el marqués de Lozoya refutó de forma brillante y rotunda esta terminología de Lampérez, "pues parece designar una simple variedad del románico, siendo así que se trata de algo fundamentalmente distinto". El problema radica en si se valoran o no como algo fundamentalmente distinto del románico los primeros monumentos mudéjares del foco leonés y castellano viejo. Baste aquí decir que el sistema de trabajo mudéjar no utiliza el ladrillo solamente con función constructiva sino con función ornamental, por lo que la aparición de este material, cuando corresponde al sistema de trabajo mudéjar, comporta asimismo la aparición de ritmos compositivos y de series ornamentales que se adscriben a la tradición islámica. Por ello no cabe ni reducir la arquitectura mudéjar a arquitectura de ladrillo ni tampoco extender la denominación de mudéjar a la mera utilización arquitectónica del ladrillo, cuando no está presente el sistema de trabajo mudéjar. Más extendida está en libros y manuales la terminología de románico-mudéjar y gótico-mudéjar; fue también difundida por Vicente Lampérez y encierra no sólo una incorrecta valoración e interpretación de los aportes islámicos, al reducirlos a lo puramente ornamental, sino que no considera al mudéjar como nueva expresión artística, diferente de los componentes que la integran, y fundamentalmente distinto de los estilos del arte occidental europeo. La cuestión terminológica e interpretativa, tan estrechamente unidas, no parece cerrada aún, puesto que últimamente, en 1990, José María Azcárate ha propuesto la sustitución del término mudéjar por el de "arquitectura cristiana islamizada" en su manual sobre el arte gótico en España; hay que reconocer no sólo el intento conciliador de Azcárate en la gran falla interpretativa de la historiografía nacional sino que además esta expresión supera en acierto por sus connotaciones a los intentos anteriores, aunque no resuelve el problema del pro indiviso cultural del arte mudéjar al formular en primer término el aporte cristiano. Aquí estimamos que, desbordado ya ampliamente un siglo de intentos terminológicos e interpretativos, el mudéjar se ha ganado merecidamente la permanencia en el controvertido vocabulario de la periodización artística, debiéndose poner el énfasis en el futuro en la precisión e interpretación de sus contenidos artísticos.
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En octubre de 1763 muere Augusto III y, así, se abre otro proceso sucesorio en Polonia. Sin embargo, las relaciones internacionales habían modificado de manera sensible la situación con respecto a anteriores ocasiones: Francia y Austria compartían criterios similares, mientras que Prusia y Rusia, igual que antes, buscaban aumentar su radio de influencia con nuevos territorios. Desde los primeros años del Setecientos, Polonia había estado bajo la protección de San Petersburgo, lo que no había significado garantías para una sucesión sajona por las rivalidades con los Habsburgo. Debido a esta circunstancia, en Rusia se acordó que el nuevo monarca sería un polaco y, por tanto, evitaba la injerencia francesa y las presiones sajonas, molestas por su negativa a aceptar la ocupación del ducado de Curlandia. El aliado adecuado era Prusia, a pesar de la enemistad con Viena, y en abril de 1764 firmaron una alianza defensiva donde incluyeron la cláusula de mantener la Constitución sueca de 1720 y las libertades polacas. No cabía duda de los tres candidatos a la Corona polaca: Estanislao Poniatowski, propuesto por Catalina II; Javier de Sajonia, respaldado por Dresde, y el conde Banicki, representante polaco. Todas las potencias consideraban el asunto de su incumbencia y pasó a ser un tema central de la política internacional. Hasta Francia, con el único objetivo de oponerse a la zarina, apoyó al candidato sajón y quiso atraer a la causa a los turcos. Sin embargo, la habilidad de Vergennes no tuvo los resultados previstos porque el sultán no había olvidado los problemas derivados de la revolución diplomática. Con el argumento de las diferencias religiosas, los ejércitos rusos penetraron en Polonia y obligaron a la elección de Poniatowski, en septiembre de 1764, con el nombre de Estanislao Augusto, el último rey polaco. Una vez en el trono, se sintió incómodo por el intervencionismo de San Petersburgo e inició reformas constitucionales, neutralizadas por las conspiraciones de la zarina en favor de los privilegios nobiliarios. Descontentos los católicos por la igualdad de confesiones, se unieron en una liga activa, la Confederación de Radom, vencida por las fuerzas rusas. Los confederados reclamaron ayuda exterior en momentos de confusión diplomática por el pacifismo francés, los recelos entre Versalles y Viena y el temor turco al aumento de poder ruso en Polonia. También los acontecimientos internos se precipitaron con la votación, en la capital, de una nueva Constitución auspiciada por Catalina II, lo que no dejó impasible a Choiseul, que aceleró la participación turca con instrucciones urgentes militares tras las revueltas religiosas que desembocaron en la Confederación católica de Bar. Había estallado la guerra civil. Un incidente fronterizo con los rusos de Crimea provocó el inicio de las hostilidades contra los turcos. Era necesaria la colaboración ruso-prusiana y Federico II estaba dispuesto al reparto a pesar de la negativa de Catalina II. Las acciones bélicas rusas tuvieron como consecuencia la ocupación de Moldavia y Valaquia y la victoria de Tchemé, en julio de 1770, en el Mediterráneo. Tras los reveses en el campo de batalla, la Sublime Puerta propuso el armisticio al tiempo que se extendía el miedo en Berlín por el creciente poder de la zarina, que desestimó las ofertas de división prusianas y obligó al elector a aproximarse a Viena en un alarde de diplomacia. El argumento principal de la cancillería berlinesa consistió en defender que la fragmentación polaca distraería la atención de los rusos y no se abriría el frente rumano. Convencidos José II y Kaunitz, se reunieron en Neisse, en 1769, donde estrecharon su amistad, y al año siguiente firmaron el Tratado de Neustadt. Con la propuesta de mediación en las disputas con los otomanos, pues Rusia había entrado en Iassi y Bucarest, concentraron tropas en Transilvania y adelantaron las promesas relativas a la cesión a Austria de Serbia por el sultán. Ante el peligro del aislamiento diplomático, Catalina II consintió en iniciar negociaciones, pero María Teresa, católica, dudaba de la legalidad del reparto e insistió en una pacto secreto con Estambul, en junio de 1771, ya que los rusos habían penetrado en los Balcanes y su expansionismo amenazaba los Estados patrimoniales de los Habsburgo. Con la sorpresa de todas las potencias y a consecuencia de la inversión de alianzas, Viena prestaría ayuda militar y económica a los turcos para que recuperasen los territorios ocupados y los rusos se viesen obligados al consentimiento de una paz que acabase con los planes de desmembración polacos, junto con la desaparición de la influencia zarista; en contrapartida, recibiría parte de los ducados rumanos. La caída, en diciembre de 1770, de Choiseul y la ineptitud de los embajadores enviados por D´Aiguillon facilitaron ese acercamiento. Catalina, con buen juicio, hizo caso omiso del acuerdo y no abandonó las conversaciones para obstaculizar cualquier decisión con trascendencia. Por su parte, Gran Bretaña, molesta por la escalada rusa y la marcha general de los acontecimientos en el Este, que amenazaban el equilibrio en el Continente, retiró el respaldo naval a San Petersburgo, pero no desvió la atención de Hannover y las colonias y su gabinete se mantuvo al margen del juego diplomático. Rusia tomó Crimea y logró su independencia, al tiempo que Austria ocupaba el condado de Zips. Esta iniciativa de José II precipitó el reparto, porque Catalina, temerosa de un cambio de posturas, lo propuso a Federico II a principios de 1772, concluyéndose las conversaciones el 15 de julio con la firma del Tratado de San Petersburgo. Austria ganaba Galitzia oriental y la pequeña Polonia, excepto Cracovia, convertida en reino autónomo con capital en Lemberg. Rusia obtuvo la denominada Rusia Blanca. Prusia consiguió la Pomerania polaca, menos Dantzig y Thorn, que unía Brandeburgo con Prusia oriental; así, Federico II consolidaba su reino, afirmaba sus posesiones hasta el Vístula y se beneficiaba de un cierto control sobre el comercio de granos. Evidentemente, la Dieta no confirmó la desmembración de inmediato, pero, tras numerosos conflictos internos y la depuración por parte de los países extranjeros de los diputados reacios, ratificó el tratado y votó una nueva Constitución, auspiciada todavía por Rusia, que se ajustaba a la reciente situación provocada en Polonia por los manejos diplomáticos utilizados para disfrazar intereses particulares. Una vez utilizada la alianza con Turquía para los encuentros de julio de 1772, José II se presentó como mediador en el conflicto ruso-turco. Utilizados y sin aliados, tras la muerte del sultán Mustafá III, iniciaron, en 1773, las conferencias de Foksany y Bucarest, malogradas por las diferencias relativas a la independencia tártara. Además, Catalina exigía la investidura por el sultán de los nuevos reyes y las plazas fuertes de Kertch e Ienikale para dominar el mar Negro. No obstante, decidida a conseguir sus objetivos lanzó sus ejércitos contra la Sublime Puerta al año siguiente y conquistó Bulgaria. Los turcos no tuvieron otra opción nada más que la firma del Tratado de Kutchuk-Kainardji, en julio de 1774. Las principales cláusulas fueron las siguientes: - Declararon la independencia tártara bajo la soberanía del kan, investido por el sultán. - Kertch e Ienikale quedaron agregadas a Rusia, lo mismo que Azov y las riberas del mar Negro, menos Crimea y la plaza de Otchakov. - El Deniester se convertía en la frontera del Imperio otomano. - Pactaron la apertura de los estrechos a los barcos extranjeros, con la consiguiente libertad de navegación por el mar Negro. - Rusia aceptaba convertirse en la protectora de las Iglesias cristianas y única representante de la Cristiandad en los Balcanes. - Aunque se ponían bajo protección rusa, los principados rumanos continuaron como tributarios del sultán. - Se fijó a los turcos el pago de una indemnización de guerra de 4.500.000 rublos. Si bien la ratificación otomana se produjo en enero de 1775, existía la decidida intención de obstaculizar el cumplimiento y hasta se dieron compensaciones territoriales a Viena para que no interviniese en el asunto. Las primeras iniciativas fueron las intrigas turcas en Crimea y, como resultado, el deterioro de su situación interna. Bajo presión diplomática, se volvió a confirmar el tratado en 1779, pero no sirvió de nada por la oposición de Estambul. La incertidumbre en la zona se debía a la nula influencia francesa, siempre mediadora, ahora centrada en sus discrepancias con Gran Bretaña, y al resentimiento de muchos países que temían la conversión de Rusia en una potencia terrestre y naval con la formación de una gran flota en el mar Negro y la conquista de los extensos territorios del Imperio otomano. Sin embargo, nadie tomaba medidas ante la escalada de poder rusa y la apatía caracterizó las relaciones internacionales en estos momentos.
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Aunque los progresos realizados durante el último medio siglo en el conjunto del planeta son innegables, las enormes diferencias entre los países ricos (o desarrollados) y los países pobres (o subdesarrollados) siguen lamentablemente siendo hoy una de las características principales de la economía mundial. Las preocupaciones sobre la crisis económica y sus secuelas (desempleo, marginación, incremento de la desigualdad... ) han ocupado la agenda de las sociedades occidentales en los últimos años. Con una perspectiva global, los problemas más importantes a los que la Humanidad debe hacer frente no están, sin embargo, en los países desarrollados sino en el Tercer Mundo.Otro de los problemas ha que de hacer frente el Mundo actual, en especial los países occidentales, es que a partir de los primeros años 70 se observó un recrudecimiento generalizado de la violencia política. Se trata de la reaparición de ese fenómeno político, social e ideológico denominado terrorismo.La necesidad cada vez mayor de consumir energía para sostener un elevado nivel de vida -en las sociedades occidentales, que algunos llaman "sociedades del desperdicio"- representa un flanco débil y fuente de problemas de difícil solución. La energía que consumimos procede, en un 88 por 100, de los combustibles fósiles no renovables: el carbón, el petróleo y el gas natural. Estas fuentes de energía no renovables -su reposición, una vez gastadas, es imposible- fueron acumuladas bajo tierra en un lentísimo proceso de millones de años. El consumo que de ellas estamos haciendo en unos pocos decenios -un período casi instantáneo en la escala geológica de tiempos- está esquilmando esa riqueza y privando a las generaciones futuras de una eventual utilización más racional.Por otra parte, el SIDA es una enfermedad nueva y específica del mundo en las postrimerías del siglo XX. Ello no sólo en razón de las específicas condiciones biológicas y sociales que han posibilitado su irrupción, sino también porque su descripción y clasificación es inimaginable fuera del marco de la medicina occidental de nuestros días.
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Después de la independencia, los gobiernos de las jóvenes repúblicas se encontraron con que los límites fronterizos heredados de la colonia aparecían en algunas ocasiones trazados de forma defectuosa o que dado el desconocimiento de las zonas marginales los mapas que se utilizaban tenían bastantes incorrecciones. Estas situaciones conducirían a serias disputas entre países vecinos, que en algunos casos llegaron al enfrentamiento armado. La zona andina y más especialmente la cuenca amazónica son claros ejemplos de esto. En las décadas que nos ocupan se produjeron importantes cambios fronterizos, como los que afectaron a Chile, Perú y Bolivia tras la Guerra del Pacífico. Algunos conflictos se resolvieron pacíficamente, bien por acuerdos políticos o arbitrales, o bien por compra, como en el caso de Acre. Otro caso importante fue el de Panamá, surgido como un desprendimiento de Colombia. Bolivia, por ejemplo, tuvo problemas con todos sus vecinos: Perú, Chile, Brasil, Argentina y Paraguay. Con Brasil fue muy difícil el conflicto por el control de la zona de Acre, el principal centro cauchero del país. La definitiva cesión de Acre, a cambio de 2.500.000 libras esterlinas, fue la mayor pérdida territorial sufrida por Bolivia. Los problemas con Chile, que siguieron a la Guerra del Pacífico, tuvieron un principio de solución en 1904, con la firma de un tratado de paz entre ambos países, producto de largas negociaciones. Según el tratado Chile lograba el dominio absoluto sobre todos los territorios costeros ocupados a Bolivia en la guerra a cambio de una indemnización de 300.000 libras, el compromiso formal de construir un ferrocarril de Arica a La Paz y algunas cosas más, lo que en definitiva significó aceptar para siempre la pérdida de su salida al mar. Los problemas con Perú se sometieron al arbitraje argentino y el laudo se conoció en 1909. Dado su desacuerdo, Bolivia rompió relaciones diplomáticas con Argentina y fue necesario esperar a 1912 para solucionar el conflicto. Perú estuvo a punto de llegar a la guerra con el Ecuador, en varias oportunidades, por las cuestiones fronterizas. En 1904, la Argentina invitó a Chile a resolver el problema del trazado de la frontera en el Canal de Beagle, cuestionando la titularidad chilena sobre las islas Picton, Lennox y Nueva, que sólo se resolvió en fechas muy recientes. En Brasil, la colonización de tierras nuevas y la expansión fronteriza, intensificada notablemente en las últimas décadas, responden a una estrategia aún vigente, que fue planteada a principios de siglo por José María da Silva Paranhos Filho, barón de Rio Branco, que en 1902 ocupó el cargo de ministro de Asuntos Exteriores. Durante quince años de hábiles y permanentes negociaciones, Rio Branco definió las actuales fronteras del Brasil, que habían sido causa de permanentes conflictos con sus vecinos, y que en algunos casos se habían extendido a lo largo de siglos. La gestión de Río Branco fue refrendada en 1905, cuando el Vaticano creó un cardenalato en Brasil, el único existente en aquel entonces en América del Sur, lo que fue todo un triunfo diplomático. El resultado más espectacular de su actuación fue la incorporación de más de medio millón de kilómetros cuadrados al territorio nacional. En 1903 firmó el acuerdo de Petrópolis con el gobierno boliviano, por el cual el territorio de Acre se integró al Brasil. El 12 de junio firmó otro tratado con Perú, que involucraba a los territorios de la cuenca del Alto Jurúa, desde el nacimiento hasta la boca y la margen izquierda del río Breu y de la cuenca del Alto Purús, desde el paralelo de los once grados hasta Catai.
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Mayor trascendencia para el futuro del Imperio Proto-Bizantino tendrían los llamados problemas religiosos surgidos en este siglo V. Desde un punto de vista teológico dichos problemas nacían de la misma indefinición y dificultades de la doctrina cristiana de aunar su fundamental monoteísmo de tradición judía, representado en la figura de Dios Padre, con las otras dos Personas Divinas de la Santísima Trinidad, el Hijo y el Espíritu Santo, exigidas tanto por la misma realidad histórica del Cristianismo como por el fundamental Neoplatonismo que desde muy temprano informó a su teología. Pero con una óptica intraeclesial los problemas religiosos de la época hundían sus raíces en la existencia de tres grandes regiones eclesiásticas en Oriente, cada una de ellas basada en una poderosa sede episcopal y en una antigua y prestigiosa escuela teológica: Grecia y Asia Menor, con la importancia creciente del obispo de Constantinopla; Siria, con una iglesia muy singularizada, con su literatura en lengua siriaca, con la escuela de Antioquía y el influjo social de sus santones o estilitas; y Egipto, también una iglesia muy personal con su literatura en lengua copta, con su prestigiosa sede y escuela de Alejandría, y la fuerza social de sus fanáticos monjes del desierto. Desde un punto de vista dogmático la confrontación y rivalidad entre las escuelas de Antioquía y de Alejandría hundía sus raíces en los tiempos de Luciano de Samosata y Orígenes, respectivamente. Por su parte, los obispos representantes de cada una de esas importantes sedes episcopales buscaban afanosamente hacerse con el mayor número de obispos e iglesias clientelares, tanto desde un punto de vista teológico como personal. Las masas populares veían en las discusiones teológicas -que difícilmente comprenderían- la puesta en tela de juicio de la capacidad de liderazgo y patrocinio de sus líderes religiosos, en cuya intermediación salvífica y sociopolítica y caridad confiaban, y hasta el mismo sentimiento de dignidad personal transferida a la colectividad por parte de unas gentes abrumadas por las miserias y dificultades del siglo. Ya en el siglo IV Apolinar de Laodicea (Siria) había sostenido que el alma humana de Cristo carecía de voluntad propia, siendo preponderante la divina; pero que sin embargo la carne había sido tomada por la naturaleza divina (del logos), y por tanto Cristo habría sufrido realmente los padecimientos de la carne. Contra dicha doctrina habría escrito después Teodoro de Mopsuestia (Siria), sosteniendo la perfecta diferenciación entre las naturalezas humana y divina de Cristo, siendo en sí cada una una persona, por lo que sólo habría sufrido el hombre Cristo. Pero al ser elevado en el 428 a la sede de Constantinopla, de creciente importancia, el sirio Nestorio había atacado frontalmente las doctrinas apolinaristas. Celoso de dicha preponderancia y seguro del apoyo de sus monjes, el patriarca Cirilo de Alejandría, hombre de vigoroso carácter y brillante pluma teológica, se opuso radicalmente a dichas enseñanzas, llegando a afirmar que las dos naturalezas de Cristo se encontraban unidas en una unión indisoluble, siendo sólo independiente la sustancia humana de la divina. Aunque las diferencias entre Nestorio y Cirilo se basaban en su distinta concepción de la naturaleza de dicha unión y en la diferente interpretación que cada uno de ellos daba a los términos filosóficos de hypostasis y ousia, la personalidad de ambos y las razones sociológicas y eclesiales antes señaladas hicieron imposible toda solución de compromiso. Habiendo conseguido Cirilo el apoyo del papa romano Celestino, poco ducho en estas sutilidades teológicas de la lengua griega y mal informado, lograría la reunión de un concilio ecuménico en Efeso en el 431. Aunque la reunión no careció de irregularidades -no asistieron obispos sirios, supuestos partidarios de Nestorio- el alejandrino logró su objetivo: la condena como herejía del Nestorianismo y la expulsión de su sede de Nestorio. Desgraciadamente esta victoria ensoberbeció a la sede de Alejandría, y el sucesor de Cirilo, el mucho menos escrupuloso Dióscuro, pretendió con el favor de la emperatriz asentar su total predominio y el de su sede en la Cristiandad oriental en un nuevo concilio ecuménico a reunirse en Efeso en el 449. El llamado por la tradición ortodoxa y católica Latrocinio de Efeso significó el paroxismo de las ambiciones alejandrinas: deposición del contemporizador obispo capitalino Flaviano y rebajamiento jerárquico del patriarcado de Constantinopla, y aceptación de una versión radicalizada de las doctrinas de Cirilo que suponía ya un evidente Monofisismo (existencia de una sola naturaleza, la divina, en Cristo). Sin duda, tanto en el terreno dogmático como en el eclesial, Alejandría y Dióscuro habían ido demasiado lejos, la mayoritaria oposición de las Iglesias orientales y del Papado aconsejarían al poder imperial convocar en el 451 un nuevo concilio ecuménico, esta vez en Calcedonia en la proximidad del propio gobierno imperial. El sínodo de Calcedonia significó la total ruptura entre la ortodoxia y el Monofisismo, al tiempo que puso la primera piedra del futuro cisma entre las iglesias de Roma y de Constantinopla. En el plano teológico se buscó una solución intermedia, aunque sin demasiado éxito, definiéndose a Cristo como existente en dos naturalezas, y no compuesto indisolublemente de dos, como había pretendido Cirilo. En el terreno eclesial su famoso canon 28, que el papa León el Grande se negó a reconocer, establecía la suprema igualdad jerárquica entre las sedes de Roma y Constantinopla, al tiempo que se recompensaba al obispo de Jerusalén, Juvenal, con la conversión de su sede en patriarcado, por haber abandonado la causa de Dióscuro de Alejandría. A partir de ese momento los enconos entre los diversos conjuntos eclesiales de Oriente se hicieron más agudos, mezclándose con la misma política imperial, en cuya Corte había partidarios de las más varias soluciones. Mientras en Siria y en Egipto, las principales regiones donde prendió la herejía monofisita, a las causas tradicionales antes citadas se unió un cierto orgullo nacionalista en sus Iglesias y un claro deseo de descentralización política por parte de sus grupos dirigentes. En Egipto, tras el 451, la mayoría de los patriarcas ortodoxos de Alejandría tendrían que ser impuestos por las armas imperiales. Por el contrario la situación en la Iglesia siria sería algo más compleja, dominando sólo el sector monofisita a partir del patriarcado de Severo de Antioquía (512-518) y mediante la labor de dos destacados teólogos como fueron Filoxeno de Mabog y Severo de Pisidia. La revuelta de Basilisco en el 475, que se apoyó en los sectores monofisitas de la corte y de las provincias orientales, puso al gobierno de Constantinopla ante la necesidad de llegar a algún tipo de solución pactada. Cosa que intentaría conseguir en el 482 el emperador Zenón con la proclamación del "Henotikon", o edicto de unión en el que se intentaba soslayar la principal dificultad dogmática evitando aludir a la existencia de una o dos naturalezas en Cristo. Pero como todas las soluciones intermedias impuestas desde el poder el Henotikon no convenció a casi nadie, provocando si cabe mayor confusión con el cisma de las Iglesias occidentales y Roma (Acacianismo, 471-489), al que se uniría el patriarca de la capital, Eufemio, que tuvo que ser desterrado en el 497. Dificultades que no fueron sino la consecuencia de la decisión extrema adoptada por el nuevo emperador Anastasio, que apostó decididamente por el Monofisismo buscando el apoyo de los sectores urbanos de las provincias orientales. Posicionamiento que acabó por provocar la oposición abierta de sectores mayoritarios de la capital. Tras la deposición del patriarca Macedonio en el 511 se produjo la peligrosa rebelión de Vitaliano (513-515), que contó en su teórica defensa de la ortodoxia con el apoyo de las tropas bárbaras y regulares estacionadas en Tracia, de las que era comandante, así como de una gran multitud de campesinos balcánicos. Al final, pues, la intervención del poder imperial en las querellas teológicas no habría conseguido más que enconar los ánimos, radicalizando las diferencias existentes. El enconamiento de las posturas religiosas en Bizancio a lo largo del siglo V se veía favorecido, y en buena parte se explica, por un acelerado proceso de reestructuración sociopolítica en todo el Imperio. En esencia dicho proceso se resumía en los intentos de diversos grupos e individualidades dirigentes por constituir agrupamientos sociales verticales jerarquizados, y en los deseos de las masas populares de unirse a aquellos agrupamientos verticales que les ofrecieran mayores ventajas materiales y un mayor sentimiento de seguridad. Proceso de reestructuración sociopolítica en el que por lo tanto resultaba esencial la búsqueda de cualquier elemento que pudiera fortalecer el sentimiento de identidad interna al grupo y de diferenciación frente a los demás. Naturalmente frente a estos movimientos centrífugos se encontraba siempre ubicado el poder imperial, defensor del centralismo y uniformidad en beneficio propio. Para ello los gobiernos imperiales contaban con dos principales instrumentos: la política legislativa y la fiscal. Esta última, basada en el mantenimiento y mejora del sistema creado por Diocleciano y Constantino a principios del siglo IV, suponía para el Estado poder contar con unos ingresos regulares y cuantiosos de numerario, único medio de costear los principales instrumentos de poder como eran el poder coactivo de un ejército de maniobra, más o menos al margen de dichos agrupamientos sociales verticales, y una propia clientela sociopolítica compuesta por los agentes de la burocracia, de la población beneficiada asistencialmente de la capital y por grandes comerciantes, todos ellos interesados en el mantenimiento del Estado centralizado y de una fiscalidad que les alimentaban o facilitaban una producción y tráfico sectoriales de mercancías en el Mediterráneo. El marco jurídico legislativo del poder central para el siglo V quedó definido en el 438 con la publicación en este año del llamado Codex Theodosianus. Con valor para ambas partes del Imperio -se publicó también bajo la autoridad del emperador Valentiniano III- el Código de Teodosio reunía constituciones imperiales del siglo IV y algunas anteriores, a partir del precedente y modelo de anteriores colecciones privadas, como la Hermogeniana y Gregoriana. La labor de la comisión encargada de redactar el código consistió en la recopilación, ordenación temática en libros y capítulos y en la eliminación, en la medida de lo posible, de incoherencias y contradicciones. Valores que la convirtieron en base principal para mantener un cuerpo de doctrina y aplicación jurídica uniforme en todo el ámbito del antiguo Imperio Romano, en un momento precisamente en que éste estaba a punto de disgregarse en Occidente, pues su formato y muchos de sus principios servirían para redactar los nuevos códigos legales de los Estados romano-germánicos, especialmente a partir del llamado "Breviario" del rey visigodo Alarico II en el 506. El otro instrumento ideológico de unidad imperial constituido en tiempos de Teodosio II sería la fundación de la llamada Universidad (Auditorium) de Constantinopla en el 425. Se creó con 31 cátedras (16 griegas y 15 latinas) de Gramática, Retórica y Filosofía, cuyos titulares eran seleccionados por una comisión examinadora del Senado, obteniendo la importante dignidad de condes de primer orden tras un servicio de veinte años. Su importancia para el futuro sería muy considerable, pues se constituiría en un elemento esencial para la preservación de la herencia literaria de la cultura clásica durante toda la vida del Imperio Bizantino. Las menores necesidades de numerario por parte del Estado como consecuencia del final de los tributos al Imperio húnico de Atila permitieron a Marciano aligerar la presión fiscal, especialmente en beneficio de los senadores al abolir el impuesto a pagar por la propiedad fundiaria de éstos, suprimir el gravoso donativo a dar a la multitud por los cónsules al entrar en su cargo, y librar a los pretores de los gastos por los espectáculos circenses. Marciano, además, pudo condonar las deudas fiscales contraídas por los ejercicios del 437 al 447. Y a pesar de ello la Hacienda imperial contaba a la muerte de Marciano con un fondo de 100.000 libras de oro, al decir de Juan de Lydo. Más problemático desde el punto de vista hacendístico fue el reinado de León I, como consecuencia de los cuantiosos gastos ocasionados por la fracasada expedición contra el Reino vándalo del 468, habiendo tenido entonces que equilibrar el presupuesto mediante procedimientos confiscatorios. Innovadoras fueron ciertas reformas administativo-militares de León, que supusieron el comienzo de la destrucción de la sistemática diferenciación entre administración civil y militar en las provincias introducida por Diocleciano; que de momento se concretaron en la creación de los gobiernos militares (comitivae) de Pamfilia, Pisidia y Licaonia. El reinado de Zenón se caracterizó desde el punto de vista de política interior por sus endémicas dificultades presupuestarias, ocasionadas por el déficit recibido y por los gastos militares causados por las frecuentes rebeliones que tuvo que enfrentar. Por eso el reinado de su sucesor Anastasio se caracterizaría por una política de austeridad y una serie de importantes reformas fiscales y monetarias destinadas a elevar los ingresos estatales por la vía del aumento del PIB del Imperio y no de la presión tributaria. Para dichas reformas Anastasio pudo contar con la inestimable ayuda del prefecto del Pretorio oriental Policarpo, de Juan de Paflagonia (Conde de las sagradas larguezas), y muy especialmente de Marino, un oficial de la Prefectura del Pretorio de Oriente. Anastasio procedió a una nueva regulación de los fundamentales impuestos directos sobre la productividad de la tierra (capitatio-iugatio), generalizando su pago en dinero (adaeratio) mediante la fijación de una tasa de conversión más favorable para los sujetos pasivos, y reduciendo al mínimo imprescindible la obligación de vender al Estado determinados bienes de consumo a un precio de tasa (coemptio), que había sido causa de frecuentes abusos y corruptelas por parte de la Administración. A partir de entonces en el Imperio Bizantino los impuestos sobre la tierra quedaron asimilados a una contribución en dinero. Con el fin de controlar la corrupta administración fiscal en sus fases impositivas y recaudatorias Anastasio creó también la figura de los vindices, como supervisores de la Administración central sobre los gobernadores provinciales y los funcionarios municipales. Con todas estas medidas Anastasio pudo conseguir un claro saneamiento de las finanzas estatales y aumentar las disponibilidades en numerario; y en el momento de su muerte la Hacienda contaba con unas extraordinarias reservas de 320.000 libras de oro. Lo que permitió al emperador realizar dos medidas especialmente juzgadas por los contemporáneos como favorables para el desarrollo de las actividades mercantiles y artesanales: la supresión del Crisargiron y la creación de una nueva moneda fraccionaria de bronce. El primero era un pesado impuesto a pagar en moneda de oro y plata por parte de todos los afectos a alguna actividad comercial, profesional o artesanal, y calculado sobre una tasa elevada en razón del capital del sujeto pasivo y no sobre su auténtica productividad. Suprimido en el 498 su pérdida para la Hacienda pudo ser compensada mediante una administración más ajustada del patrimonio inmobiliario imperial (Res privata), creándose un nuevo Ministerio (Sacra Patrimonium) a tal fin. Por su parte la creación de una moneda de bronce con un valor estable frente al oro se hizo a imitación de intentos anteriores por parte de Odoacro y del Reino vándalo: sin duda favoreció el desarrollo del pequeño comercio y supuso ganancias suplementarias para la Hacienda imperial, al cambiarse por oro a una tasa algo mayor que el coste real de acuñación.
contexto
El arte ibérico empezó a ser conocido hace relativamente poco tiempo y en circunstancias poco afortunadas que enturbiaron su acertada comprensión en los inicios de su recuperación, con consecuencias muy duraderas. Cuando, a partir de 1830, se descubrieron en gran número las esculturas del Cerro de los Santos, en el término de Montealegre del Castillo (Albacete), causaron un estupor considerable, porque nadie sabía qué significaban ni a qué cultura pertenecían. En la primera publicación científica que las dio a conocer, fechada en 1862 y debida a R. Amador de los Ríos, director del Museo Arqueológico Nacional, las esculturas fueron consideradas visigóticas, y el santuario un centro de culto cristiano, un martíyrium. Ante el enigma menudearon las especulaciones, que llevaron a pensar que fuera el Cerro la sede de un santuario dedicado a los dioses egipcios u otras hipótesis más o menos verosímiles. Por si faltaba algo, un falsario de Yecla, visto el interés que las esculturas suscitaban, decidió ensanchar el filón de las ganancias que con su venta obtenía haciendo por su cuenta más esculturas y, lo que es peor, retocando con estrambóticos añadidos otras, lo que elevó el grado de confusión. Pese a lo superado o trasnochado que hoy nos parece este primer capítulo de la recuperación del arte ibérico, lo que sucedió era bastante lógico en un momento en el que no se sabía nada de la cultura a la que el santuario y las estatuas pertenecían. Por entonces, las cerámicas ibéricas eran equiparadas a las micénicas, y todo era navegar sin rumbo en una época en que la Arqueología, la ciencia que pondrá orden definitivo en el conocimiento de las culturas antiguas, andaba en España en el escalón de los primeros balbuceos. El siglo se cerraba con la aparición, en 1897, de la Dama de Elche, un acontecimiento excepcional por la calidad de la escultura, su capacidad de sugestión y su significado como alerta definitiva de la existencia de un arte antiguo en España de altísimo nivel y rasgos singulares. El interés por la cultura ibérica se incrementaba, al tiempo que se multiplicaban los hallazgos. Pero el conjunto de las piezas que iban perfilando lo que se distinguía paso a paso como arte ibérico aparecía descontextualizado, no sólo porque en su gran mayoría procedía de hallazgos fortuitos, sino también porque aún habría que esperar hasta bien entrado el siglo XX para obtener un cuadro cultural más o menos coherente al que ir incorporando las manifestaciones artísticas conocidas. Mientras tanto, en ensayos que alcanzan casi nuestros días, poco podía hacerse que no fuera más allá de comparaciones más o menos afortunadas con el arte feniciopúnico, el egipcio, el mesopotámico, el griego, el etrusco o el romano, que a todo ello y más se ha recurrido. Los vaivenes, con un punto de partida así, han sido enormes, desde el apoyo a una considerable antigüedad para el arte ibérico, hasta su valoración como arte romano provincial. Sólo en los últimos años, el progreso creciente de la investigación arqueológica, la sistematización de las excavaciones, han ido obteniendo el armazón histórico y cultural en el que encajar el arte ibérico, proceso acompañado de importantes hallazgos, fortuitos unos, pero resultados otros de la sistematización misma de las excavaciones. Fue el caso del hallazgo en 1971 de la Dama de Baza (Granada), en la excavación que dirigía F. Presedo en la necrópolis bastetana del centro principal de Basti, descubrimiento que señala un hito en la recuperación moderna y con nuevas posibilidades científicas del arte ibérico. Después han seguido hallazgos calificables de revolucionarios para el arte ibérico, en particular, y en general para la valoración y el entendimiento del arte de las culturas mediterráneas antiguas: me refiero al excepcional monumento funerario de Pozo Moro, en Chinchilla (Albacete), y al extraordinario conjunto de esculturas recuperado en el Cerrillo Blanco de Porcuna (Jaén). El armazón del arte ibérico, en definitiva, ha ido adquiriendo consistencia pero sin que falten problemas, ni que, precisamente por el progreso en bastantes cosas, se hagan muy visibles determinadas lagunas. Una de éstas es la que origina un deficiente conocimiento de aspectos tan principales como la urbanística y la arquitectura. Sobre todo en comparación con la relevancia que iban mostrando con el progreso del conocimiento la escultura o incluso las llamadas artes menores, la arquitectura seguía resultando muy pobre o muy escasamente documentada. Las investigaciones más recientes apuntan también a un enriquecimiento en el panorama de la arquitectura. Tanto en el terreno de la arquitectura civil, como se revela en numerosos poblados, cuanto en monumentos de especial valor simbólico o religioso, entre ellos los de carácter funerario, la arquitectura ibérica muestra ya una apariencia menos alejada del nivel que la escultura y otras artes hacían presumible. En esto, también el monumento de Pozo Moro, con su compleja arquitectura y su antigüedad, es buena señal de la existencia de una arquitectura evolucionada en la cultura ibérica desde muy pronto, aunque siga siendo verdad la configuración de un panorama comparativamente pobre. Veamos en qué medida se presenta en el marco de la visión más actual del arte ibérico.
Personaje Militar Político
Cuando Tácito murió en Asia Menor, las tropas sirias eligieron emperador a Marco Aurelio Probo mientras que en Italia era nombrado el prefecto del pretorio, Annio Floriano. Los dos ejércitos se enfrentaron en Asia, resultando vencedor Probo. Eficiente militar y buen político, el gobierno de Probo pretendió continuar la política de Aureliano, siendo su objetivo principal la lucha contra los bárbaros. Francos y alamanes habían penetrado en la Galia pero Probo consiguió, tras duras y sangrientas batallas, expulsarlos a la orilla del Rin, recuperando el territorio entre el Danubio y el curso superior del Rin. Posteriormente se trasladó a Asia Menor para luchar contra los isaurios mientras que en Egipto era sofocada una revuelta. De nuevo la Galia fue víctima de nuevas rebeliones que serían sofocadas por el emperador. Los movimientos rebeldes parecían acabados en el año 281 por lo que Probo festejó sus triunfos en Roma. Desde ese momento se dedicó a restaurar la economía, favoreciendo el comercio y la agricultura, especialmente la viticultura en las provincias. El ejército fue utilizado para estos trabajos lo que motivó su revuelta y el nombramiento de Marco Aurelio Caro como emperador. Probo fue asesinado por sus soldados.
contexto
Entre estos grandes herbívoros sólo el elefante africano del género Loxodonta no aparece fuera de su territorio actual. Durante el Plioceno el Deinotherium, un elefante cuyos colmillos le salían de la mandíbula inferior y que estaban girados hacia abajo, se encontraba disperso por el Viejo Mundo, aunque durante el Cuaternario sólo subsiste en Africa. Entre los mastodontes el género terciario Gomphotherium sobrevivió en Asia hasta el final del Plioceno, siendo reemplazado en Africa y Europa durante el Pleistoceno Inferior cuando se extinguen los últimos mastodontes ante los cambios climáticos del Cuaternario y la extensión de los auténticos elefantes. Aunque los elefantes llegan a Eurasia durante el Plioceno, se producen cambios faunísticos durante el Pleistoceno. La primera especie conocida es E. meridionalis. Ésta no es una especie de gran tamaño sino cercana al actual elefante indio, pero con mayores colmillos; su hábitat debió de ser la sabana mixta. Durante el Pleistoceno Medio se encuentra el E. antiquus; físicamente se pareció al E. meridionalis, aunque era más grande. Un ejemplar procedente de Inglaterra alcanza los 3,7 metros. Su medio ambiente debió de ser el bosque o los parques de períodos interglaciares. Su dispersión en Europa fue muy amplia, ocupando todo el centro y sur durante los interglaciares. Su evolución se vio cortada por los glaciares. Algunos ejemplares se quedaron aislados en las islas del Mediterráneo, donde el carácter insular de Sicilia o Córcega permitieron la evolución hacia especies enanas como el E. falconeri. Éste sólo alcanzaba los 90 centímetros de alzada pero mantuvo sus proporciones. Aunque parece que nunca fueron conocidos por los seres humanos, sí lo fueron sus esqueletos. La especial configuración del cráneo con un gran orificio que se corresponde con la trompa hizo pensar a los pobladores de estas islas que se trataba del cráneo de un gigante con un solo ojo, dando lugar al nacimiento de la leyenda de Polifemo, recogida por Homero en la Odisea. También durante el Pleistoceno Medio tenemos otra forma, el E. (Mammonteus) trogonterii, a quien se considera intermedio entre el E. meridionalis y el mamut. El mamut no se reconoce en el norte de Asia hasta el Pleistoceno Medio, cuando las condiciones esteparias perduraron durante varios períodos glaciares. El género Elephas se extiende desde Africa, como dijimos, durante el Plioceno, aunque la especie E. namadicus de la India parece ser el resultado de una segunda emigración.
Personaje Pintor
Andrea Procaccini muestra en su obra las últimas grandezas del Barroco Italiano. Nace en Roma en 1671, siendo discípulo de Carlo Maratta. En 1719 es nombrado director de la Fábrica de Tapices del Vaticano y profesor de la Academia de San Lucas en Roma. Viene recomendado a Madrid un año más tarde como pintor de Felipe V, quien le otorga un sueldo de 5.000 reales anuales y le hace sus primeros encargos, llamando Procaccini a sus ayudantes italianos. Supo ganarse a los monarcas y se convirtió en su consejero artístico. Falleció en La Granja de San Ildefonso en 1734.
Personaje Escultor Pintor
Como escultor trabajó en la fábrica del Duomo de Milán. De su actividad como pintor se sabe que es autor de la decoración de la capilla de la Piedad de Santa María presso San Celso y otras obras religiosas donde se repite el tema de la Sagrada Familia.