Hacia 1240 se realiza en la catedral de Burgos una de las portadas más interesantes del Gótico peninsular: la portada del Sarmental. En el tímpano se representa a Cristo sentado, bendiciendo con su mano derecha y sosteniendo en la izquierda el Libro de la Vida. Se rodea de los símbolos de los Evangelistas: el ángel de san Mateo, el león de san Marcos, el toro de san Lucas y el águila de san Juan. Estos símbolos se acompañan de los propios evangelistas sentados en sus pupitres, una escena cargada de realismo. En las tres arquivoltas se representan los veinticuatro ancianos del Apocalipsis y los coros angélicos, junto con algunas figuras de difícil identificación. El dintel está ocupado por los apóstoles sentados, realizados de manera naturalista, cargados de belleza. Las figuras de las jambas pertenecen a siglos posteriores, concretamente al XVIII. El parteluz tiene una figura identificada tradicionalmente con el obispo Mauricio, fundador de la catedral, aunque ahora se piensa que se trata de san Indalecio, fundador de la diócesis de Burgos. Sobre el dintel aparece la representación del Cordero. Constituye esta portada una obra de gran interés, tanto por su estilo, directamente relacionado con Francia, como por ser un trabajo aislado en la región burgalesa.
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Durante la XII dinastía son frecuentes las figuras de sirvientas o esclavas en los ajuares funerarios de grandes señores. En esta ocasión se trata de la representación de una mujer que porta un recipiente sobre la cabeza sujeto por el brazo izquierdo. En el derecho soporta otra ofrenda. El apogeo de este género de figuras tendrá lugar durante el Imperio Nuevo.
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Figura de calidad excepcional entre las estatuas de sirvientes realizadas en el Primer Periodo Intermedio. Lleva a su amo, el canciller Meketre, una caja de frascos de vino con tapones de corcho y un pato vivo. Como era costumbre en los relieves de las mastabas, estas portadoras de ofrendas personifican a las diversas fincas del gran señor.
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Quizá sea esta escena la que tenga un mayor efecto de paisaje en toda la serie del Triunfo de César. La parte más suculenta del botín es llevada por los más veteranos soldados, acompañados por trompeteros que indican la llegada del desfile. Al fondo contemplamos varios edificios, alguno de ellos en ruinas, demostrando el conocimiento de Andrea de la arquitectura antigua. Las tonalidades del cielo indicando el atardecer crean un efecto atmosférico de gran belleza. El punto de vista bajo que utiliza Mantegna refuerza el efecto escultórico de las figuras y la sensación de movimiento.
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El Realismo supuso una tremenda subversión de las que hasta entonces habían sido consideradas las correctas leyes de representación en el arte. Esa revolución fue tanto técnica como temática. En lo primero, todos los recursos del Realismo estuvieron encaminados a destruir el Romanticismo; así, la pincelada es menos impulsiva y más sistemática, precisando cada contorno para mostrar la verdadera forma de los objetos. Lo mismo sucede con la aplicación de los colores: se abandonan los tonos subjetivos, emocionales, y se eligen sólo aquéllos que se creen son "los" colores de cada objeto. También en lo que a la composición hace referencia, el Realismo se mostró innovador. En esta obra de Monet, tan preñada de realismo, todas las características que hemos comentado están presentes, a las que añade un ritmo musical en la ondulación de las colinas y del bosque, nada desdeñable tratándose de un aprendiz.
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Las armaduras, cascos, lanzas, escudos y demás trofeos obtenidos por César en las campañas contra los galos eran portados por las tropas en el desfile que efectuaban al entrar en Roma de manera triunfal. Mantegna presenta estos trofeos sobre un carro tirado por bueyes en la zona de la izquierda mientras que varios jóvenes cubiertos con mantos sujetan los objetos más valiosos en unas parihuelas. La figura de aspecto femenino que viste un manto rojo tiene las telas pegadas a su cuerpo, mostrándonos la anatomía, siguiendo la técnica de paños mojados tan habitual en la escultura clásica. La sensación de dinamismo que se ha creado es soberbia, empleando el maestro un punto de vista bajo para dotar de mayor grandiosidad a las figuras, reforzando su monumentalidad.
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El estado de conservación de este lienzo de la serie del Triunfo de César es bastante aceptable, sirviendo como referente para contemplar el colorido empleado por Mantegna, que le acerca a su cuñado Giovanni Bellini. Tras los portadores apreciamos una muralla sobre la que se encuentran algunas figuras femeninas que contemplan el desfile que entra en Roma. Las armaduras y los trofeos obtenidos en el campo de batalla han sido realizados por Mantegna con una erudición arqueológica digna de elogio, integrando a los espectadores en el mundo antiguo. Las figuras de los portadores están tomadas desde un punto de vista bajo, ofreciéndonos distintas posturas para crear el movimiento que define todo el conjunto. La volumetría y los escorzos conseguidos serán frecuentes en la serie, ofreciendo un mayor dinamismo.
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Fragmento de uno de los relieves que cubren las paredes del palacio de Senaquerib, rey neoasirio, que constituyen una obra de gran interés artístico e histórico. En esta escena se representan el difícil transporte de los lamassu destinados a la construcción del mismo palacio.
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Esta escena corresponde al Díptico Consular de Flavius Anastasius, donde se representa en la escena central el momento en que el cónsul da comienzo a los juegos del circo. Esta escena, aparece en la parte inferior de la tabla, en un registro independiente a muy pequeña escala. El tratamiento escultórico que se da a estos dípticos en marfil, es tipicamente bizantino. La Bailarina es su compañera.