El origen de esta villa se remonta a tiempos de los romanos, época en que era conocida como Pons Minei, Portus Minei o Paso del Miño.Ya en el siglo IX y X vuelve a aparecer citado como locum Portomarinai. En el año 1120 Pedro Peregrino ordenó la construcción de un puente de 150 metros para salvar el caudal del Miño. A partir de esta construcción se desarrolló el núcleo de población, con sus hospitales y hasta una leprosería. En el margen izquierdo del río se encontraba el monasterio templario de Santa Cruz de Loyo. El puente fue destruido tras las batallas mantenidas entre doña Urraca y su ex marido Alfonso el Batallador. En 1962 el destino quiso que esta villa jacobea quedara enterrada bajo las aguas del embalse de Belesar, del Miño, perdiéndose todos los monumentos que fueron testigos del tiempo de los peregrinos medievales. De esta circunstancia sólo se libraron algunos monumentos, que habían sido trasladados piedra a piedra hasta su ubicación actual. Castroviejo describe de esta forma la vieja villa: "Cuando el embalse baja se ven alucinantemente las casas del viejo pueblo, los muñones de las antiguas cepas, el roto arco implorante de un puente romano..."
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contexto
El panorama arquitectónico luso del siglo XVI, aparece dominado por el gótico manuelino, cuya frondosa decoración, en ocasiones, se ordena simétricamente en torno a un hipotético vástago central, a modo de los candelíeri, o permite que entre su exhaustivo desarrollo se incorporen algunos episodios del repertorio decorativo italiano. Esto es, de todos modos, muy limitado siempre, dominando los componentes propios de lo manuelino que, en clara resonancia de las empresas coloniales portuguesas, desarrolla una compleja amalgama de motivos marinos (fauna y flora) y marítimos (redes, sogueado o motivo funicular, instrumentos de navegación, etc.). De todo ello, ya en pleno siglo XVI, es un buen ejemplo el claustro del monasterio de los jerónimos de Belem. La actividad de los arquitectos Diego de Torralva (1500-1566) y Filippo Terzi (1520-1597), ya en el último tercio del quinientos, proporciona algunos ejemplos clasicistas, como el claustro "dos felipes" en Tomar, rotundo en este sentido, o la lisboeta iglesia de San Vicente de Fora que Terzi construye a partir de 1582. Estos y algún ejemplo más, son episodios clasicistas que no concretizan un desarrollo arquitectónico coherente en tal sentido. No existe tampoco una fundamentación o elaboración teórica válida y, en general, el interés por la tratadística es escaso en Portugal. La excepción, lógicamente, es Francisco de Holanda (1517-1584), pintor y miniaturista que, en contacto directo con los círculos de vanguardia en Roma, donde residió largo tiempo, escribió los "Dialogos em Roma" (1538) y "Dialogos da pintura antiga" (1548), en los que alardea de haber sido el primero que, en la Península Ibérica, "escribiese de pintura a imitación de los antiguos". Incorporando numerosos dibujos y proyectos, en 1549, escribe también "Da fabrica que feleçe a Qidade de Lisboa". Su aportación teórica tampoco tendrá consecuencias importantes para las artes figurativas lusas, de significación y alcance meramente locales. La interesantísima experiencia urbanística que, en la Lisboa del siglo XVI, supuso la concreción del Barrio Alto de San Roque, considerado en su momento como "una ciudad que se basta a sí misma", quedará reducida a la pura labor de parcelación de terrenos y trazado de la red viaria, dominados por criterios de regularidad, al no encontrar una respuesta arquitectónica adecuada. Esta sí se dará en Goa (India), base portuguesa del comercio asiático, donde será trasplantada la experiencia urbanística metropolitana que, hasta su abandono en el siglo XIX, estuvo en funcionamiento como organismo urbano válido.
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El largo reinado de Dionís I (1279-1325) representa el apogeo de la casa portuguesa de Borgoña. Su política de reforzamiento regio, común a otros reinos, y el ascenso de las burguesías comerciales atlánticas condujeron al enfrentamiento del rey con el alto clero portugués, secularmente poderoso, y con la alta nobleza. Para consolidar su autoridad, Dionís I llevó a cabo una serie de encuestas (Inquiriçoes) con el fin de conocer mejor el funcionamiento del aparato administrativo y delimitar sus derechos frente a la nobleza. También logró imponer la autoridad real como última instancia de apelación y reforzar la jurisdicción real respecto al alto clero en el Concordato de 1289. Para ejecutar esta política autoritaria contó con el apoyo del estado llano y de la incipiente burguesía, beneficiarias de una eficaz política económica de protección e impulso de las ferias, la minería, la agricultura y el comercio en el Atlántico. Los mercaderes portugueses se asentaron en Flandes, Francia e Inglaterra. En política exterior, Dionís I afianzó la independencia portuguesa respecto a Castilla logrando el nombramiento de un maestre portugués de la Orden de Santiago, fundando una universidad propia en Lisboa ajena a la tutela de Salamanca y creando una orden portuguesa, la Orden de Cristo, tras la disolución del Temple (1314). Desde 1295 intervino en la crisis castellana apoyando a Jaime II de Aragón y los infantes de la Cerda, pero quedó al margen tras lograr de María de Molina la resolución al conflicto fronterizo de los Algarves en el tratado de Alcañices (1297). Desde 1321 el heredero Alfonso se sublevó al frente de parte de la nobleza, lo que dividió al reino hasta la muerte de Dionís I en 1325. Alfonso IV (1325-1357) consolidó la política autoritaria de su padre fortaleciendo la justicia como germen de las futuras instituciones judiciales (Juizes da fora, corregedores, desembargadores do Paço, etc.). En el exterior apoyó las intrigas nobiliarias de don Juan Manuel, cuya hija casó con el heredero Pedro para contrarrestar la política antiseñorial de Alfonso XI. Superada esta crisis en 1338, Alfonso IV fue un eficaz colaborador de Alfonso XI durante la campaña del Salado (1340), en la que participó personalmente. Después tuvo que hacer frente a una compleja lucha contra las facciones nobiliarias, especialmente desde 1345, cuando se repitió lo ocurrido en 1321. En esta fecha, su hijo Pedro se rebeló con respaldo del linaje castellano de los Castro, provocando una nueva guerra civil que sólo terminó al morir Alfonso IV (1357).
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Llamado el Cruel como su homónimo castellano, Pedro I (1357-1367) realizó una política de pacificación interior y fomento de la economía (protección al comercio, construcción naval y acuñación de moneda). En el interior tuvo que ceder ante los concejos en las Cortes de Elvas (1361), aunque extendió y reformó la administración de justicia. Optó por la alianza con Pedro I de Castilla e Inglaterra, situación que se mantuvo hasta 1366. Como su predecesor, Fernando I (1367-1383) tuvo que afrontar la difícil posición internacional derivada de la doble configuración de la economía portuguesa: la nobleza terrateniente quería la alianza con Castilla y las burguesías urbanas atlánticas necesitaban la amistad inglesa para garantizar la seguridad de su comercio. En 1369 fue derrotado por Castilla y obligado a reconocer a los Trastámara en el tratado de Alcoutim (1371). Poco después buscó el apoyo de Inglaterra, lo que provocó una guerra con la nobleza procastellana que arruinó la eficaz gestión económica de Pedro I. Entre 1373 y 1382 siguió oscilando entre la alianza mercantil con Inglaterra y la necesidad de evitar la hegemonía castellana promovida desde el interior por la alta nobleza. Fernando I mantuvo e impulsó la agricultura y el comercio marítimo portugueses. Tras Aljubarrota, Juan de Avis (1385-1433) afianzó la alianza con Inglaterra al casar con Felipa de Lancaster, hija de Juan de Gante. Los enfrentamientos con Castilla no cesaron hasta la paz de Ayllón (1411), por la que Juan I logró consolidar su dinastía y comenzar el siglo XV libre de la hegemonía castellana. La solidez exterior respondía a la estabilidad interior de una dinastía nueva firmemente apoyada por sectores mercantiles burgueses, juristas universitarios y una nobleza segundona de nuevo cuño. Así, la revolución burguesa de 1383-85 acabó configurando un sistema muy similar al trastamarista creado en Castilla. A la estabilidad interior correspondió la trascendente expansión atlántica de Portugal, consecuencia de la fachada marítima del país, la paz con Castilla (salvo en 1448-49, 1474-77 y 1481-84), la necesidad de liberar tensiones nobiliarias y sociales internas, las innovaciones tecnológicas, la búsqueda de una alternativa mercantil para la burguesía y territorial para la nobleza frente al sur peninsular bloqueado por Castilla y la conjunción de la idea de conquista-cruzada peninsular y el espíritu mercantil de origen hanseático (desarrollo de las "feitorias" -factorias~, sistema de explotación mercantil inspirado en la Hansa germánica). Juan I supo aunar esta empresa bajo la órbita de la nueva monarquía mercantil portuguesa surgida de la revolución de 1383-1385, inaugurando una expansión portuguesa que fue punta de lanza de una Europa decidida a romper el cerco de intermediarios y rivales insalvables que encarecían o bloqueaban el intercambio con India, China y los mercados distribuidores indochinos. La exitosa conquista de Ceuta (1415) abrió la carrera expansiva de Portugal en tres direcciones: el Mediterráneo frente a castellanos, catalanes e italianos; Marruecos, objetivo de la alta nobleza; y el Atlántico, objetivo de las burguesías urbanas y parte de la nobleza. Esta primera etapa expansiva supuso la ocupación portuguesa de Madeira (1418-1420) y de las Azores (1427-1432), el paso del Cabo Bogador (1434) y los fracasos en los intentos sobre las islas Canarias.
obra
Michael Wolgemut no viajó a Portugal, aunque sin embargo sí que se atrevió a dar su imagen en la Crónica de Nüremberg, un libro publicado en 1493. El artista ha realizado una reconstrucción ideal de un país desconocido al que ve con el mismo aspecto que su Alemania natal. El paisaje se halla dividido por un eje axial que constituye el árbol sin hojas del centro. A ambos lados, un castillo en lo alto de una roca, y dos ciudades amuralladas, una con puerto y otra de interior, proporcionan el aspecto civilizado del país. Los tejados son muy apuntados, tal y como se construyen en Alemania por las abundantes lluvias y heladas de la región. En la zona mediterránea los techos tienden a ser más planos y aterrazados, para aprovechar el sol.
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Al iniciarse el siglo XVIII se encontraba reinando Pedro II (1683-1706), que continuaría a lo largo de su reinado las directrices políticas marcadas por su padre, Juan IV, y su hermano Alfonso VI (1656-1683) conservación, mantenimiento y defensa del imperio ultramarino, ahora con más fuerza, ya que en los años ochenta se han descubierto importantes yacimientos auríferos en Brasil, en las llamadas Minas Gerais; por otro lado, prosigue la vinculación estrecha con Inglaterra, reforzada en 1703 al firmarse los denominados Tratados de Methuen, que significarían una alianza duradera entre ambos países; a nivel político el tratado tenia un marcado carácter defensivo ya que se estipulaba la ayuda inglesa para defender los territorios portugueses y sus colonias, al tiempo que Portugal permitía la apertura de sus puertos a buques de guerra ingleses; a nivel económico concedía exenciones aduaneras a los productos ingleses al tiempo que les permitía el comercio directo con las colonias portuguesas; como contrapartida, también Inglaterra concedería tarifas aduaneras privilegiadas para la importación del vino de Oporto. Las consecuencias derivadas de esta alianza serán la ruptura del monopolio portugués sobre su imperio y la inserción del reino de Portugal en la órbita británica, lo que situaba a la economía portuguesa en clara desventaja al tener un saldo permanentemente desfavorable; al mismo tiempo le procuró un puntual abastecimiento de todo tipo de mercancías que de otro modo no habría podido obtener, y que mientras se pagara con el oro brasileño, no revelaba las frágiles bases sobre las que se había construido. En tercer lugar, el recelo hacia la Monarquía vecina continuaba muy vivo en la sociedad portuguesa, y cuando estalló la Guerra de Sucesión española, Pedro II se orientó hacia la Gran Alianza, instigado por Inglaterra, poniendo su territorio a disposición de los aliados, lo que provocaría el desembarco del archiduque Carlos en Lisboa, en 1704, acompañado de tropas británicas.
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En Portugal, sin antecedentes que lo presagien, pero también sin herederos que lo continúen, aparece un artista excepcional, Nuno Gonçalves. Desde 1450 hay datos que lo presentan relacionado con la casa real portuguesa. La referencia final es de 1471, al menos mientras estaba vivo, porque más adelante hay alusiones que llegan hasta Francisco de Holanda, que lo nombra. Su obra documentada abarca tres retablos de los que el de mayores dimensiones correspondía a la catedral de Lisboa. Pero la única obra que tenemos sobre la que asienta su fama es el retablo o políptico de San Vicente (Museo de Lisboa).Se ha discutido mucho sobre su autor y sobre si estamos ante una sola obra o dos, al repetirse la figura del titular en dos tablas distintas. De lo que nadie duda es de que es una obra profundamente original estética e iconográficamente. Portugal, en un momento de expansión comercial y de descubrimiento de nuevas tierras, encuentra al artista que deja memoria de ello en una obra inolvidable. La monarquía portuguesa, el infante Manuel el Navegante y la corte se mezclan con los santos y con diversos estamentos del pueblo portugués. Nuno Gonçalves hubo de conocer la pintura flamenca. Se han citado maestros como Bouts que le han influido, pero no son suficientes para explicarlo. En el resto de la Península, apenas Bermejo puede comparársele.
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La independencia portuguesa tiene precedentes lejanos en los movimientos registrados en Galicia y en el Norte de Portugal durante el siglo X, y precedentes próximos en la creación por Fernando I del reino de Galicia así como en la concesión por Alfonso VI del condado portugalense al conde Enrique de Borgoña, casado con su hija Teresa. La concesión, aunque hereditaria, no suponía la independencia del territorio, que sería conseguida, de hecho, durante la guerra civil provocada por el matrimonio de Urraca y Alfonso el Batallador. En la guerra civil Enrique apoya a Urraca o a su hijo Alfonso, según su conveniencia, y se hace pagar los servicios prestados con la entrega de plazas que amplían el territorio del condado. La misma política siguen Teresa y su hijo Alfonso Enríquez tras la muerte del conde (1114), hasta 1127, momento en el que Alfonso VII recordó militarmente la dependencia portuguesa. Desde este año Alfonso Enríquez utiliza el título de infante o de príncipe, que cambia en 1139 por el de rey. Alfonso VII reconocería la validez del título en 1143, aunque con las limitaciones y obligaciones propias de un vasallo feudal. Portugal sigue formando parte de León, aunque tenga a su frente a un rey pues éste es vasallo del emperador. Librarse de la dependencia feudal será el objetivo de Alfonso I de Portugal, que seguirá el sistema empleado por otros reyes y condes: frente al señorío de León elegirá el de la Santa Sede, a la que encomienda el reino y a la que se compromete a pagar un tributo anual; treinta y cinco años más tarde, Roma dará validez legal a la situación de hecho y concederá al monarca portugués el título real (1179), que éste utiliza libremente desde la separación de Castilla y León tras la muerte de Alfonso VII en 1157, pues el monarca portugués considera que su dependencia feudal termina con la vida de su señor. La independencia política fue reforzada con la eclesiástica al unir todos los obispados portugueses bajo la dirección del metropolitano de Braga. La vinculación de Portugal a Roma facilitó su independencia y, al mismo tiempo, la puso en peligro. Obtenido el título real y desaparecido el peligro castellano, el rey portugués descuidó sus obligaciones como vasallo de Roma y se atrajo las iras de Inocencio III, convencido defensor de la teocracia pontificia, que exigió en 1198 el pago de los censos debidos desde 1179 y amenazó en caso de no ser obedecido con estimular la alianza de castellanos y leoneses contra Portugal. Por otra parte, obligado por la necesidad política o movido por la piedad, Alfonso I hizo amplias donaciones al clero, que se convirtió en la mayor potencia económica de Portugal; la inmunidad de los señoríos eclesiásticos y la excesiva riqueza de sus propietarios lesionaba los intereses de la monarquía que, con Sancho I (1185-1211), intentó reducir el poder del clero. Los enfrentamientos entre el monarca y el obispo de Porto tienen como objetivo último el control de la ciudad cuyos habitantes, dependientes del señorío eclesiástico desde comienzos del siglo XI, aprovecharon, con la ayuda de los oficiales reales, las dificultades del obispo para poner fin a su autoridad y declararse súbditos directos del rey del mismo modo que habían hecho cien años antes los burgueses de Sahagún y Santiago. Roma, en la cumbre de su prestigio, no podía tolerar el despojo de la sede y obligó a Sancho y a sus partidarios a volver a la situación anterior y a hacer nuevas concesiones al clero portugués, lo que daría lugar a nuevos enfrentamientos entre los eclesiásticos y la monarquía durante los reinados de Alfonso II (1211-1223) y Sancho II (1223-1247). Este último será depuesto por los clérigos portugueses y sustituido por su hermano Alfonso III conde de Boulogne. La candidatura fue abiertamente apoyada por Roma, interesada en hacer una demostración pública de fuerza y conseguir a través del ejemplo portugués la sumisión del emperador alemán Federico II. Como señor de Portugal y dirigente de la Cristiandad, Inocencio IV depuso a Sancho y aceptó el nombramiento de Alfonso después de que éste se comprometiera a guardar los fueros, usos y costumbres del tiempo de su abuelo y a suprimir las modificaciones introducidas por su padre Alfonso II y por su hermano Sancho, quien, abandonado por sus partidarios, tuvo que refugiarse en Castilla.
Personaje
Político
Los cuatro matrimonios de Felipe II se llevaron a cabo por cuestiones políticas, intentando con ellos estrechar relaciones diplomáticas. Continuando la dirección de su padre, Felipe casó en primeras nupcias, siendo aún príncipe, con una joven portuguesa de nombre María Manuela. La princesa portuguesa había nacido en Coimbra el 15 de octubre de 1527; sus padres eran el rey Juan III, hermano de la emperatriz Isabel, y la infanta Catalina, hermana de Carlos I, por lo que los cónyuges eran primos hermanos por partida doble, necesitando para la boda una dispensa papal. El enlace se realizó por poderes en la localidad portuguesa de Almeirim el 12 de mayo de 1543, partiendo la princesa inmediatamente a Salamanca para encontrarse con su marido. La misa de velaciones se celebró en la ciudad castellana el 15 de noviembre del mismo año, recibiendo los novios la bendición del arzobispo de Toledo, Juan Pardo de Tavera. La joven pareja se trasladó pronto a Valladolid, donde Felipe dio muestras de su preocupación por la obesidad de su mujer, a pesar de que nos la describen como mujer atractiva, "en palacio, donde hay damas de buenos gestos, ninguna está mejor que ella". El padre del joven esposo estaba muy preocupado por evitar excesos en las relaciones sexuales de la pareja, abusos que se creían habían causado la muerte al príncipe Juan, hijo mayor de los Reyes Católicos. Para evitar dichos excesos, Carlos dio las pertinentes recomendaciones a su hijo y al ayo de Felipe para evitar frecuentes visitas del príncipe a su esposa e incluso que durmiesen juntos. Por eso se cuenta que en la noche de bodas, sobre las tres de la madrugada, don Juan de Zúñiga entró en la alcoba nupcial y separó a los jóvenes. La recomendación de Zúñiga es que el príncipe no mantenga continuas relaciones con su esposa para que "cada vez que llegue a su mujer lo haría con tanto deseo que sería muchas veces novio al año". La madre de María aconseja a su hija sobre la obesidad que disgusta a Felipe y la advierte sobre los celos: "Pon todos los sentidos en el propósito de no dar jamás a tu marido una impresión de celos, porque ello significaría el final de vuestra paz y contento". Tras un año de matrimonio el deseado sucesor no llegaba por lo que se decidió aplicar a la joven frecuentes sangrías en las piernas, con el fin de quedar embarazada, lo que ocurrió en los primeros días de septiembre de 1544, seguramente que no debido a las sangrías. En la medianoche del 8 de julio de 1545 nacía, tras un complicado parto, un niño que recibiría el nombre de Carlos. A los cuatro días del alumbramiento fallecía la princesa María Manuela, posiblemente debido a las temidas fiebres puerperales. En su momento se alegaron cuestiones peregrinas para justificar la muerte de la princesa como el haber comido un limón - otros cronistas apuntan a un melón - demasiado pronto tras dar a luz. A los 18 años Felipe quedaba viudo y con un hijo legítimo ya que se apunta a una posible relación por estas fechas con doña Isabel de Osorio, hermana del marqués de Astorga, con quien tendría dos hijos llamados Pedro y Bernardino.