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Tal y como habían hecho en Italia los Macchiaioli, los impresionistas ansían captar de forma científica los efectos de la luz sobre los objetos. En realidad, ésta llegó a ser la principal obsesión del grupo - liderado por Pissarro, Sisley, Renoir y, en especial, por Monet - que desde los años sesenta del siglo XIX aspiran a plasmar la impresión inmediata que produce la visión del natural, generalmente al aire libre, por medio de una técnica rápida y directa de pinceladas sueltas y de colores puros. Sólo en un sentido amplio puede calificarse de impresionista aquella obra pictórica que demuestre una preocupación por los valores de la luz y de la atmósfera más que por el tema. El impresionismo es una experiencia que, pese a que tenga sus precedentes, no puede ser asimilada a ninguna otra sino que sólo encuentra explicación dentro de su propia evolución.
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El Impresionismo debe ser analizado desde múltiples puntos de vista, dentro de unas precisas circunstancias históricas (la crisis del II Imperio y la Revolución de 1871), filosóficas (se comienzan a cuestionar los conceptos tradicionales sobre el espacio y el tiempo), técnicas (las leyes del color de Chevreul, la fotografía) e incluso estéticas (la influencia de la estampa japonesa) que le acompañaron. Temáticamente, se caracteriza por la preferencia del paisaje, la utilización de la luz - natural o artificial - las actitudes cotidianas, los argumentos intrascendentes, así como todo aquello que varía en función del tiempo, tales como el agua, las nubes, la nieve o el humo. Estilísticamente, los impresionistas se definen por la pincelada suelta y la preferencia del color frente a la línea.
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Incluso hoy en día cuesta trabajo llegar a comprender hasta qué punto Monet concedió importancia a la producción de esta espléndida serie dedicada a la catedral de Rouen. Escapando al que era sin duda el principal peligro de un proyecto de este tipo, caer en la repetición y la monotonía, el pintor logra descubrir nuevos matices a cada momento, de modo que su mirada es la misma que tiene el niño que se acerca por primera vez al mundo. Verlo todo, experimentarlo todo para conocerlo en su verdadera dimensión es el objetivo evidente de serie como ésta. Y es que hay enormes diferencias entre la imagen que observamos y, por ejemplo, otra como la Portada de la catedral de Rouen y la torre de Albane al alba, donde las gamas de azules amenazan con invadir todo el espacio del cuadro. Sin embargo, en la imagen que tenemos delante existe una mayor sutileza en la recreación de la atmósfera; casi podemos sentir la humedad del aire y la intensa luz que recorre la portada hasta convertirla en una aparición o un recuerdo.
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Con paciencia casi obsesiva, el pintor esperaba cada día a que llegase el momento idóneo para continuar con su tarea. Ese momento era a veces realmente efímero, apenas podía durar algunos minutos, por lo que es sabido que Monet pintaba varios cuadros de forma simultánea. Como una perfecta metáfora del paso del tiempo y la vida, sus cuadros crecían, maduraban y llegaban a un término. En esta ocasión, la imagen que contemplamos pone el énfasis en los aspectos más monumentales del edificio, resaltando la sensación de solidez de esos muros, que lo consigue principalmente con el punto de vista elegido. La catedral ocupa casi todo el espacio, se acerca mucho al espectador, que se siente oprimido por esa masa pétrea. Para incidir aún más en este sentimiento, la gama de colores que Monet ha elegido es la más cercana a la tierra, marrones y ocres que aportan, además, ciertos aires de antigüedad a la imagen.
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La imagen representa la portada de la catedral y la torre de Albane a pleno sol. Nunca Monet pintó tanto, se entregó tanto como en el transcurso de las dos campañas que dedicó a viajar a la ciudad de Rouen con el objeto de estudiar a fondo la catedral gótica. Sus cartas hablan del agotamiento físico y mental al que le estaba llevando ese magno proyecto: "estoy destrozado, no puedo más, he pasado una noche repleta de pesadillas: la catedral me caía encima". Las mismas notas de impotencia y desesperación se pueden apreciar en su correspondencia de 1903, fecha de su segunda estancia en Rouen. Quería apresar el instante en lo que tenía de fugaz, y el efecto de la luz sobre la vieja fachada gótica cambiaba continuamente. En las treinta obras que consagra a este tema, la catedral está vista de frente o, en ocasiones, en un ligero escorzo. La mayoría de las obras fueron ejecutadas desde el primer piso de los dos almacenes de lencería y confección en los que trabajó sucesivamente.