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Durante el invierno de 1876-1877, Monet se lanza a la búsqueda de nuevos temas y pinta una serie de cuadros con la estación de Saint-Lazare vista en diferentes momentos y diferentes vistas. Él expondría ocho de estos cuadros en la tercera exposición de Impresionistas, en particular destacó el Puente de l'Europe perteneciente a la antigua colección de Bellio. La atmósfera de humo blanco y azulado, el movimiento de los trenes, el juego de los raíles y las locomotoras evocan una sensación de vida y de veracidad. En la serie de las catedrales que pinta en la década de los noventa, se puede advertir la influencia de Claude Lorrain, quien había investigado sobre los diversos comportamientos de la luz a diferentes horas del día.
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La luz y el color, éste con todas sus vibraciones cromáticas, son capaces de captar la atmósfera, el momento, tal y como afirmaban los pintores impresionistas. Se puede hablar de una especulación teórica y práctica en torno al color, eso sí, que mantiene como referencia la figuración. En consecuencia, las formas góticas de la catedral, con todas sus peculiaridades decorativas, ofrecen unas variaciones lumínicas ideales para el estudio de la atmósfera que genera a su alrededor. Como estamos diciendo, Monet no intenta tanto plasmar la imagen habitual de la catedral, sino que ésta le sirve de excusa, de argumento, para transmitir todo un mundo de sensaciones a través de los distintos tonos cromáticos que en los diferentes momentos del día se muestran ante los ojos del espectador.
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Durante sus viajes en los años 80, Monet se concentra sobre todo en los efectos cromáticos que son tratados con verdadero interés en sus composiciones. Para tomar los efectos de luz sobre el Mediterráneo adopta una paleta donde dominan el azul y el rosa. Esta paleta se va enriqueciendo, poco a poco, y será asimilada en cuadros posteriores de temas del norte de Francia. El suave cromatismo de sus campos de tulipanes en Holanda es seguido, en otoño, por otras obras de Belle-Île, cuyos tonos relativamente atenuados son el resultado de pinceladas con gran libertad de expresión que continuará en sus cuadros de Giverny. Sin embargo, cuando en 1893 inicia la serie de Rouen, el lenguaje que aplica es ya muy diferente, como podemos comprobar.
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Es curioso comprobar, en esta imagen, cómo en la elección de la gama de colores, Monet aplica la que será sin duda su más famosa: la armonía de tonos azules, malvas y rosas. Años después, como sabemos, esos colores triunfan en la serie de los Nenúfares, basada en las flores que crecían en su estanque privado de Giverny. Es tan importante el dominio del color en esta escena que amenaza con diluir los perfiles de la catedral y confundirlos en una masa informe, como la perfecta metáfora de la pintura no como representación literal de la realidad sino como traducción poética, espiritual, de las sensaciones que los estímulos externos producen en el artista. Por último, toda la composición produce la comparación con determinadas obras del Simbolismo francés - por el gusto hacia lo decorativo - movimiento que, al igual que el Impresionismo, surgiría en el siglo XIX pero continuaría en el siglo XX.
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Uno de los mejores amigos del pintor, Clemenceau, celebró el acierto de realizar esta serie cuando fue expuesta en París en 1895: "el pintor nos ha dado la sensación de que los lienzos hubieran podido ser cincuenta, cien, mil, tantos cuantos minutos comporta su vida". También se mostraron encantados con esta serie de la catedral de Rouen algunos de los pintores modernos más destacados del momento, como Degas, Cézanne o Renoir; otro de ellos, Pissarro, definía la serie como "la obra de un volitivo, ponderada, que persigue los más pequeños matices de efectos que no veo realizados por ningún otro artista. Alguien niega la necesidad de esa búsqueda cuando se prosigue hasta tal punto". Para pintarlas Monet eligió diversos emplazamientos elevados, desde donde poder contemplar con detenimiento la evolución de la catedral bajo distintas condiciones de luz y atmósfera.
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Entre las principales portadas de época protogótica en España destaca la de la Colegiata de Santa María en Toro. En el tímpano nos encontramos con el tema de la Coronación de la Virgen. Cristo coloca la corona en la cabeza de María, ocupando el espacio que queda libre en los laterales dos ángeles con candelabros, mientras que ángeles turiferarios se sitúan en el vértice. En el dintel se representa la muerte de la Virgen, reposando en el lecho. Dos ángeles llevan su alma hacia el cielo mientras a los pies y a la cabecera se ubican los apóstoles. En el parteluz hallamos a la Virgen con el Niño en actitud de bendecir, mientras María le ofrece una flor. En las arquivoltas se desarrolla una curiosa distribución. La interna se dedica a ángeles turiferarios; en la segunda aparecen san Pedro, santas y dos profetas; en la tercera se representan santos eclesiásticos; en la cuarta, obispos, abades y otros eclesiásticos; en la quinta se disponen santas mártires con su palma; la sexta está ocupada por músicos. En la arquivolta externa se desarrolla el Juicio Final con Cristo, Varón de Dolores, en el centro, rodeado de la Virgen, san Juan y los ángeles portadores de los instrumentos de la Pasión. En la zona de la izquierda aparece la representación del Cielo y en la derecha el Infierno. En las jambas se han situado ocho figuras: dos ángeles en los extremos y las otras no identificadas, a excepción de David y Salomón. Las figuras gozan de un ingenuo realismo, imprimiendo el escultor singular belleza a cada una de ellas, consiguiendo una obra cargada de armonía.