No cabe duda de que los distintos aspectos de las ciencias del número, las fuerzas, el espacio y la Tierra atraen de manera especial a los hombres de ciencia de la época, siendo dos de estos campos, mecánica y astronomía, los que alcanzan un desarrollo mayor durante el período. Dentro de las matemáticas las investigaciones se dirigen hacia la geometría, el álgebra y el cálculo infinitesimal, establecido al unísono por Newton y Leibniz. El aristócrata francés Monge (1746-1818) puso las bases de la geometría descriptiva y enunció los teoremas más importantes de la analítica, mientras el suizo Euler (1707-1783), al profundizar en el nuevo cálculo, inicia los caminos futuros de la matemática y el también francés Le Gendre (1752-1833) amplia los estudios sobre cálculo de variaciones, de gran importancia en el terreno de la mecánica. Hacia la síntesis del saber mecánico y matemático avanza Laplace (1749-1827) con el sistema dinámico que construye y, sobre todo, el conde de Lagrange (1736-1813), fundador de la Sociedad Científica de Turín, cuyos trabajos se centran en el terreno del cálculo, el análisis matemático y la teoría de las ecuaciones. Su obra principal, Mecánica analítica, aparecida en 1788, es, sin duda, la más importante después de los Principia newtonianos. Fue el creador de las ecuaciones y la función que llevan su nombre y que son aplicables en la mecánica. Otro ámbito que atrajo la atención de los investigadores en las ciencias que nos ocupan fue el de los fluidos. El abate Bossut (1730-1841), que realizó sus experimentos con D'Alembert y Condorcet, formuló la primera teoría sobre la resistencia de aquéllos al movimiento de sólidos en su seno. Por su parte, D'Alembert, en su Tratado de dinámica (1743), estudia la circulación de fluidos y expone los principios de estática y dinámica del aire y los líquidos. Las inquietudes científicas no pararon aquí, realizándose, asimismo, durante el período experimentos sobre la elasticidad de los cabellos, la seda y los alambres metálicos e intentos de medir una importante constante gravitatoria.
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obra
Mateo Landuaer fue un importante personaje de la élite nuremburguesa. Era uno de los más ricos comerciantes y de noble familia. Encargó a Durero diversos trabajos y mantuvo amistad con el artista hasta el final de sus días. Mateo y su amigo Erasmus Schiltkrot decidieron fundar un hospital de acogida para los indigentes de la ciudad, que se llamaba la "Casa de los doce hermanos", que contaba con una iglesia propia, la Capilla de Todos los Santos. Esta capilla fue decorada por Durero (retablo Landauer o de la Santísima Trinidad, croquis para las vidrieras, etc.). Durero retrató a Mateo en el retablo y para este retrato preparó el dibujo que ahora podemos ver. Se trata de una aproximación intimista y muy cercana a la efigie del anciano Landauer. Durero no oculta ningún rasgo físico de la decadencia de su amigo, a quien dota de una melancólica mirada hacia arriba, llena de tristeza y cansancio. Esta intimidad, la captación psicológica que pone de manifiesto, lo convierte en uno de los retratos más extraordinarios del artista alemán.
Personaje
Arquitecto
Licenciado en 1974, Mateo obtuvo el doctorado en la Escuela Superior Técnica de Arquitectura de Barcelona veinte años después. Durante 1981-90 dirige la galardonada revista "Quaderns de Arquitectura i Urbanismo" y al año siguiente funda el estudio MAP Arquitectos, junto a Marta Cervelló. Combina la labor docente con su actividad profesional, siendo profesor de proyectos en la Escuela Superior Técnica de Arquitectura de Barcelona y Catedrático de Arquitectura y proyectos de la ETH de Zurich. En sus obras se aprecia el interés del arquitecto por aunar arquitectura y su entorno. Entre sus trabajos más importantes destacan el Centro Cívico Can Felipa de Barcelona ( 1989), las viviendas Isla de Borneo en Amsterdam (2000) o el Centro de Convenciones del Fórum 2004.
contexto
Otro de los ideales del Antiguo Régimen fue el de la viuda como madre. La práctica de la castidad de la viuda, unido a su rol materno, le otorgó un papel especialmente positivo en la sociedad moderna: el de "mater et virgo". La madre no sólo tenía la tarea de nutrir a sus hijos, también era la responsable de la moralidad de éstos -sobre todo en el caso de las hijas: "talis mater, talis filia", rezaba el refrán-. Por ello, en estos siglos se intensificó un culto y una iconografía particularmente volcada en los aspectos maternales de la imagen de María: como la escena en la que Santa Ana enseña a leer la Virgen María, o la famosa obra de Alonso Cano de la Virgen con el niño Jesús. Esta cuestión cobró especial relevancia en el caso de las viudas, convertidas por la fuerza de las circunstancias en madres y padres de sus hijos. Estas mujeres que decidían permanecer junto a sus hijos rechazando las segundas nupcias, castas y entregadas a su imagen de 'mater et virgo', lograron que su posición en la sociedad fuese muy valorada. Gráfico Claro está que el papel materno de una viuda conllevaba también esfuerzo y dificultad: debía sacar adelante a sus hijos sin el aporte económico del cabeza de familia, tomar sola -a veces con la ayuda de los familiares- las decisiones respecto al futuro de sus vástagos (matrimonio, educación) y educarlos para ser hombres y mujeres de provecho. Para afrontar este duro deber, los tratadistas exigían a las viudas que fueran firmes y disciplinadas. De otra forma su tendencia blanda y amorosa perjudicaría a sus hijos, sobre todo cuando eran varones. En este sentido, decía Vives, era casi refrán común que cuando se veía a un niño desobediente se le llamase 'criado de viuda', por culpa del "mucho regalo con que los crían, o el poco saberlos criar". Este 'exceso' de amor era, en otras ocasiones, considerado como una ventaja. Gracias al sincero afecto materno, las viudas fueron consideradas las tutoras ideales para sus hijos. Nadie mejor que ellas podía garantizar el cuidado físico y afectivo de los pequeños. De hecho, al discernir la tutela de un menor, los tribunales de la Edad Moderna tuvieron muy en cuenta este aspecto favoreciendo, por lo general, a las madres frente a otros parientes. Además, puesto que las madres no podían acceder a la sucesión de bienes de sus pequeños, quedaban exentas de la sospecha que afectó a tíos y abuelos paternos. La siguiente ley decretada por Pedro II de Aragón muestra este recelo: Con frecuencia se lleva a la Real audiencia que algunos, movidos por la codicia o por voluntad diabólica, procuran por sí mismos o por otros la muerte de aquellos a quienes pueden suceder en sus bienes inmuebles y sus otros bienes. Por otro lado, el nombramiento de las esposas como tutoras en los testamentos de sus maridos se enmarcaba a menudo en la estrategia del padre por mantener la dote de la madre dentro de su linaje, incentivándola con una serie de ventajas para que permaneciese junto a sus retoños: así, la viudedad foral navarra, por ejemplo, mantenía según algunos autores la unidad familiar, pues otorgaba a la viuda el derecho de usufructuar los bienes de su esposo y vivir con sus hijos en la casa conyugal siempre y cuando no optase por contraer segundas nupcias; mientras que en Castilla, al morir el marido, si los hijos eran pequeños, la madre podía ser su tutora usufructuando los bienes de su esposo y, tras pasar algunos años dedicados al cuidado de los hijos, realizar la partición de bienes con ellos para casarse nuevamente; finalmente, la viuda valenciana tenía el derecho de optatio, es decir, podía elegir entre vivir con los hijos y con el usufructo de todos los bienes del marido premuerto mientras los hijos fueran menores de edad, o vivir independientemente con una cuota. Las madres podían aceptar este cargo o, si la administración de los bienes conllevaba más dificultades que beneficios, podían optar por rechazar dicho nombramiento para contraer segundas nupcias. Al fin y al cabo, la mayoría de los cuerpos jurídicos europeos condenaron con la pérdida de la tutela a aquellas viudas que decidiesen buscar un nuevo marido.