El final de la etapa dorada de Klimt se produce hacia 1909, entrando en un breve periodo caracterizado por colores oscuros, como se pone de manifiesto en la Dama con sombrero y boa o esta triste escena protagonizada por una madre y sus dos hijos, uno de los trabajos más curiosos del pintor vienés al alejarse del decorativismo e interesarse por la crítica social. El estilo empleado por el maestro enlaza con Toulouse-Lautrec, aunque el tema no enlace con las divertidas escenas del París pintadas por el neo-impresionista francés.Las tres figuras aparecen adormiladas, cubiertas con una triste manta oscura, sobresaliendo sólo los tristes rostros de los protagonistas. Fondo y primer plano se funden en un todo cargado de melancolía.Podía tratarse de Mizzi Zimmermann, la amante del pintor, y sus dos hijos, utilizados como modelos para realizar Klimt esta imagen cargada de tristeza.
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El origen de Madrid, al igual que sucede con otras muchas ciudades, está envuelto en el misterio y la leyenda. Las investigaciones históricas han llegado a la conclusión de que el nombre "Madrid" nace con la fundación árabe de la ciudad y significaría "madre de agua abundante". Fue Alfonso VI quien logró tomar la ciudad, punto desde el que se controlaba, como si de una avanzadilla se tratara, la defensa de Toledo. Durante el reinado de Felipe II las modificaciones urbanísticas van a ser importantes. Dos razones las justifican; de una parte el traslado de la Corte a Madrid en 1561 con el consiguiente aparato burocrático que ello conllevaba; de otro lado, el incremento constante de la población que desbordaba sus posibilidades espaciales. El Madrid del siglo XVII es sede de la corte real española y centro artístico junto con Sevilla del barroco español, así como una ciudad en pleno crecimiento y desarrollo debido a su capitalidad. De los monarcas borbónicos, será Carlos III quien tenga mayor influencia sobre la fisonomía de la capital. Su consonancia con las ideas ilustradas imperantes en la época le llevan a promover la construcción de obras públicas, para uso y disfrute de los ciudadanos, a veces continuando la labor iniciada por sus predecesores. Durante el siglo XIX, la ciudad y la población de Madrid participaron activamente en los distintos hechos y acontecimientos que jalonaron la centuria. Madrid conoció el levantamiento contra los ocupantes franceses -el famoso 2 de mayo, inmortalizado por Goya-; sus calles y cafés fueron escenario privilegiado para la difusión de las distintas ideologías políticas, cuando no de pronunciamientos; su población creció, gracias a la inmigración, por encima de los 200.000 habitantes, al tiempo que su contorno urbano se ensanchaba con nuevos barrios como el de Salamanca. Durante el siglo XX, Madrid es el escenario en el que se desarrolla buena parte de la vida económica, política y social nacional, convirtiéndose además en un foco de atracción para una gran mayoría de los emigrantes de la España interior. A la muerte de Franco, en 1975, comienza una etapa apasionante, la transición, en la que poco a poco en Madrid y en España se van ganando las libertades democráticas. Restaurada la monarquía en la persona de Juan Carlos I, el 19 de abril de 1979 se constituye el primer Ayuntamiento de Madrid votado por los ciudadanos, siendo su alcalde Enrique Tierno Galván. Son estos unos años presididos por el ansia de libertad y ruptura con el pasado, espíritu de renovación que se plasma a todos los niveles, pero especialmente en el campo de las artes, la música y el cine. Son los años de la "movida", que significarán una apertura al exterior y a la modernidad.
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El Surrealismo en el núcleo madrileño, en el que confluyen personajes procedentes del resto de España, se halla indefectiblemente ligado a la Residencia de Estudiantes. En dicha institución se dieron cita, a comienzos de los años veinte, Federico García Lorca, Luis Buñuel, Salvador Dalí, José Bello, Emilio Prados y José Moreno Villa, convirtiéndose además en punto de referencia obligado para cuantos poetas y pintores, fuera de ella, se aventuraban por derroteros artísticos similares. En aquel ambiente juvenil en el que se rendía culto a la imaginación más desaforada y se potenciaban toda clase de juegos mentales, se gestaron imágenes, bromas y conceptos que luego, a través de Dalí y Buñuel, se incorporarían al acervo del Surrealismo internacional. Tampoco faltaron en este medio los contactos con el núcleo parisino, bien por la estancia de alguno de sus componentes en Madrid, como fue el caso de Louis Aragon, que pronunció el 18 de abril de 1925 una conferencia en la residencia de la calle del Pinar, o bien por los viajes de los pintores a la capital francesa. Benjamín Palencia, Maruja Mallo, Ponce de León o Alfonso Olivares, por citar sólo unos ejemplos, fueron testigos directos, a mediados de los años veinte, de la eclosión del Surrealismo francés. Federico García Lorca (1899-1936) fue el primero en elaborar una obra gráfica de carácter surreal, hecho en el que sin duda influyó su estrecha relación con Dalí y el grupo catalán de L'Amic de les Arts. De 1927 datan sus primeros dibujos automáticos, dados a conocer en las GaleríaS Dalmau de Barcelona en ese mismo año, pero será a partir de 1929 cuando, al igual que acontece en su producción literaria con "Poeta en Nueva York", el Surrealismo estalle de forma violenta en una serie de dibujos de resonancias letales y abundante iconografía sexual. José Caballero (1916-1991), el mejor ilustrador de la poesía lorquiana, y al que se deben también notables escenografías de carácter surreal, como la realizada para "Bodas de sangre" y otras montadas por el teatro universitario La Barraca, es uno de nuestros más caracterizados surrealistas. Dibujante extraordinario, Caballero puso entre 1932 y 1936 a disposición de la imaginación más arrebatada todos sus recursos técnicos, creando una serie espléndida de dibujos, en los que el absurdo, la ironía y la provocación concitan constantemente la aparición de lo maravilloso. En el contexto madrileño y a partir de las experiencias desarrolladas por Alberto (1895-1962) y Benjamín Palencia (1894-1980), en el seno de la Escuela de Vallecas, se configuró un surrealismo peculiar de carácter telúrico y rural. Al parecer fue el escultor el inspirador de un nuevo concepto del paisaje, el impulsor de una nueva sensibilidad ante los elementos atmosféricos y la dura orografía del páramo castellano, rápidamente asimilada por los pintores. Este surrealismo bronco de obras realizadas con abundante materia, en sobria gama de ocres, que en Maruja Mallo (1909) se ensombrece aún más y en los que predominan las referencias vegetales y minerales, es una de las formulaciones más originales de la pintura surreal española. Alberto, Maruja Mallo, Palencia y Rodríguez Luna abandonaron en estas obras la exploración de los ámbitos personales para profundizar en el trasmundo de un subconsciente de resonancias colectivas. Espantapájaros, uno de los cuadros de Maruja Mallo que responde a esta inspiración, fue adquirido por André Breton en 1932, durante la estancia de la pintora gallega en la capital francesa. En la nómina de pintores surrealistas deben ser incluidos además Alfonso Ponce de León (1906-1936); el poeta ultraísta y creador del collage Adriano del Valle (1895-1957); Nicolás Lekuona (1913-1937), una de las figuras mas prometedoras de la vanguardia, muerto durante la guerra civil; el poeta José Moreno Villa (1887-1955), autor de una estimable producción gráfica y pictórica; Alfonso Olivares (1898-1936); Luis Castellanos (1915-1946); Luis Fernández (1900-1973), que realizó la casi totalidad de su obra en Francia y Eugenio Granell (1912), entre otros. Granell, que une a su condición de pintor infatigable una espléndida obra literaria y escultórica, es uno de los surrealistas españoles de mayor proyección internacional, al haber realizado la mayor parte de su obra en Centroamérica.
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En el centro de la meseta castellana se alza la ciudad de Madrid, fundada por el emir Muhamad I en el siglo IX dentro del eje fronterizo del norte de al-Andalus. Alfonso VI conquistará la villa dos siglos más tarde, pero la importancia de Madrid en la Edad Media será muy limitada. Su suerte cambió cuando en 1561 Felipe II la eligió como lugar permanente de su corte, convirtiéndola en capital de la monarquía hispánica. Desde ese momento, Madrid inició su crecimiento, tanto urbanístico como demográfico, sólo detenido cuando, en el año 1603, Felipe III trasladó la corte durante una breve temporada a Valladolid. El caos urbanístico de los Austrias dejará paso en el siglo XVIII a la ordenación y a la planificación del mejor alcalde de Madrid, Carlos III. Las grandes arterias de la ciudad fueron trazadas en estas fechas. En la centuria siguiente, Madrid verá incrementar su población con la construcción de los ordenados barrios periféricos de Salamanca y Argüelles. A principios del siglo XX se abrió y urbanizó la Gran Vía, enlazando la calle Alcalá con la Plaza de España, germen de la fiebre de la altura que se empezó a vivir a mediados del siglo. En estas décadas se levantarán, en la ampliación del paseo de la Castellana, modernos edificios con los que Madrid quiere emular a las ciudades más cosmopolitas del mundo.
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Durante el siglo XX, Madrid es el escenario en el que se desarrolla buena parte de la vida económica, política y social nacional, convirtiéndose además en un foco de atracción para una gran mayoría de los emigrantes de la España interior. Algunos datos sirven para ejemplificar su pujanza, como que, en el primer tercio de siglo, por vez primera su tasa de natalidad fue superior a la de mortalidad, o que desde principios de siglo hasta 1930, Madrid y su provincia arrojaron un saldo positivo de 449.493 inmigrantes, prácticamente duplicando su población hasta llegar a los 952.832 habitantes. En lo político, en estas primeras décadas del siglo XX Madrid vivó la muerte de Alfonso XII y, tras un periodo de regencia, la llegada al tono de Alfonso XIII. La convulsión social y política de esos años dio lugar a la dictadura de Primo de Rivera y a la proclamación, el 14 de abril de 1931, de la II República. Son estos años de efervescencia: Madrid crece físicamente, los cafés se convierten en el centro de la vida intelectual y cultural y en sus calles y foros, como en tantas otras partes de España, se dirimirán las disputas políticas entre anarquistas, marxistas, monárquicos y fascistas, muchas veces de manera violenta. La sublevación de una parte del Ejército contra la República no triunfará en Madrid, que a partir de entonces se convertirá en un símbolo de la resistencia contra el avance de las tropas de Franco. Los bombardeos y el asedio serán constantes, siendo una de las ciudades más dañadas por la Guerra Civil. La posguerra dejará un paisaje de hambre y miseria, muy bien plasmado en novelas como "La Colmena", de Cela. Los míseros años 40 dejan paso a una década de los 50 caracterizada por un incipiente despegue, en el que poco a poco van siendo superados los destrozos de la guerra. Madrid, no obstante, continúa recibiendo emigrantes, que buscan un trabajo en su industria, haciendo surgir nuevos barrios e incorporando poblaciones limítrofes. Esta tendencia continúa, acentuada, durante la década de los 60, en la que el llamado "desarrollismo" afecta de lleno a Madrid: la población accede a un mayor nivel de vida, crecen los servicios públicos o surgen nuevos edificios, más altos y modernos -Torre de Madrid, Complejo AZCA, etc. Los convulsos años 70 son el comienzo del postfranquismo: la oposición democrática sale a la calle, la Universidad es el escenario de la agitación estudiantil y en los barrios obreros los movimientos opositores continúan con su labor frente a la Dictadura. En 1973, un atentado de ETA acaba con la vida del presidente del gobierno franquista, Carrero Blanco. A la muerte de Franco, en 1975, comienza una etapa apasionante, la transición, en la que poco a poco en Madrid y en España se van ganando las libertades democráticas. Restaurada la monarquía en la persona de Juan Carlos I, el 19 de abril de 1979 se constituye el primer Ayuntamiento de Madrid votado por los ciudadanos, siendo su alcalde Enrique Tierno Galván. Son estos unos años presididos por el ansia de libertad y ruptura con el pasado, espíritu de renovación que se plasma a todos los niveles, pero especialmente en el campo de las artes, la música y el cine. Son los años de la "movida", que significarán una apertura al exterior y a la modernidad. En 1983 Madrid se convierte en la capital de una nueva comunidad autónoma, la Comunidad de Madrid, viéndose incrementadas sus funciones políticas y administrativas. En 1992 fue nombrada Capital Cultural de Europa. Lamentablemente, a día de hoy Madrid todavía no se ha repuesto de los atentados sufridos el pasado 11 de marzo, donde casi 200 personas fallecieron por las explosiones de varias bombas introducidas en trenes de Cercanías.
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El siglo XIX se inició con la invasión napoleónica. El primer tercio del siglo constituye un parón en la evolución de Madrid. Durante el siglo XIX, la ciudad y la población de Madrid participaron activamente en los distintos hechos y acontecimientos que jalonaron la centuria. Madrid conoció el levantamiento contra los ocupantes franceses -el famoso 2 de mayo, inmortalizado por Goya-; sus calles y cafés fueron escenario privilegiado para la difusión de las distintas ideologías políticas, cuando no de pronunciamientos; su población creció, gracias a la inmigración, por encima de los 200.000 habitantes, al tiempo que su contorno urbano se ensanchaba con nuevos barrios como el de Salamanca; recibe, en 1836, a la Universidad de Alcalá de Henares, que, en 1850, sería llamada Universidad Central, la única universidad que podría conferir el título de Doctor; se funda, en 1835, su Ateneo Científico, Literario y Artístico, desde cuyas cátedras se difundieron todas las ramas del saber entre las elites culturales y los políticos liberales que, desde toda España, acudían a Madrid; y así hasta un largo etcétera. La concentración de buena parte de la burguesía comercial y financiera en la capital política de España hizo que Madrid se embelleciera con notables edificios. Una de las primeras grandes construcciones del siglo es el Palacio de Villahermosa, actual sede del Museo Thyssen-Bornemisza, edificado en 1805. Cronológicamente le sigue la Plaza de Oriente, proyectada por José Bonaparte para embellecer el entorno del Palacio Real. Comenzada a construir en 1816, su trazado definitivo lo realizó Narciso Pascual Colomer en 1850. En 1818 comienza a levantarse el Teatro Real, cuyas obras, terminadas en 1850, fueron dirigidas por Antonio López Aguado. El Palacio del Senado, de 1820, fue edificado como salón de corte sobre un primitivo convento. En 1827 se erige la Puerta de Toledo, conmemorando el regreso de Fernando VII tras la Guerra de la Independencia. El Congreso de los Diputados, de 1843, fue edificado según un modelo renacentista, al que más tarde se le añadió el gran pórtico neoclásico que hoy podemos apreciar. El Palacio de Gaviria, de 1846, fue construido también en este estilo, añadiéndosele más tarde una cuarta planta. La Estación de Atocha, inaugurada en 1851 por la Reina Isabel II, fue destruida completamente por un incendio y reinaugurada en 1892. Pocos años más tarde, en 1856, fue construido el Teatro de la Zarzuela, obra de Jerónimo de la Gándara. Francisco Jareño y Alarcón fue autor del proyecto de la Biblioteca Nacional, edificio neoclásico cuyas obras comenzaron en 1866 y terminaron en 1892. Detrás de este edificio se construyó otro de excelente factura, que alberga al Museo Arqueológico Nacional. En 1872 se construye el Palacio de Linares, palacete de reminiscencias francesas obra de Carlos Colubi. El Palacio de Cristal del Retiro, de 1877, fue edificado para celebrar en él la Exposición de Filipinas, y presenta una grácil arquitectura en hierro y cristal. También en el parque del Retiro y para una exposición, en este caso de minería, fue construido en 1883 el Palacio de la Minería, hoy llamado de Velázquez por su autor Ricardo Velázquez Bosco. En 1879 comenzó la construcción de la Catedral de Santa María la Real de la Almudena, según un proyecto inicial a cargo del marqués de Cubas. Paralizadas las obras, éstas no se reanudaron hasta 1946, finalizando en 1993. El Banco de España, proyectado por Eduardo Alaró y Severiano Sainz de Lastra, fue inaugurado en 1891 y construido imitando los palacios renacentistas venecianos. También en 1891 comienza a construirse el edificio de la Real Academia Española de la Lengua, obra de Miguel Aguado de la Sierra. De estilo neogriego, presenta una gran fachada principal, con pórtico adosado. Por último, a finales de siglo se construye el edificio de la Bolsa de Comercio, obra de Enrique María Repullés.
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Durante la primera mitad del siglo XVI, poco antes de convertirse en capital, Madrid apoyó el Movimiento Comunero (1518), al igual que habían hecho otras ciudades castellanas. Sin embargo, la derrota de éstos dos años después, en la batalla de Villalar, la obligó a rendirse. En esta primera mitad del XVI, se continuó con la construcción de monasterios, como el de San Felipe Neri, el de la Trinidad Descalza o la ermita de San Isidro. El reinado de Felipe II marcó un hito trascendental en la historia de la ciudad, ya que fue él quien decidió el traslado definitivo de la Corte, sólo interrumpido en contadas ocasiones, a Madrid (1561). En esos momentos, la urbe estaba habitada por unas veinte mil personas aproximadamente, extendiéndose hasta las Puertas de Santo Domingo, Sol y Antón Martín. La reciente capitalidad atrajo especialmente a la nobleza, junto con numerosos hidalgos, pícaros, soldados o licenciados, entre otros, que buscaban hacer fortuna. Fue a partir de este momento cuando se inició el verdadero crecimiento, bastante caótico y desordenado, de la capital. El aumento brusco de la inmigración triplicó la población, produciéndose una enorme escasez de viviendas, que se pretendió solucionar con la "Ley de Regalía y Aposento" y "el Bando de Policía y Ornato", de 1591, creada con el cometido de que "aya limpieza, ornato y policía que conviene" a la Villa de Madrid. Nombróse a Francisco de Mora Maestro Mayor de Obras, apareciendo así, por primera vez, la figura del arquitecto municipal. De esta época es también la aparición de la conocida "Regalía de Aposento y casas a la malicia" que, como señala José del Corral, son genuinamente madrileñas. La referida regalía fue una de las cargas, y no la única, que ha tenido que soportar Madrid a cambio de la muy discutible ventaja de ser Corte. Era ésta la obligación que tenían todos los madrileños de dar la mitad de su casa para que sirviera de aposento a los miembros de la Corte. La consecuencia fue construir edificios que no sirvieran fácilmente a este doble fin, casas que se llamaron "de incómoda repartición", y a las que el pueblo llamó "casas de malicia". Se estima que a comienzos del siglo XVII existían unas seis mil viviendas de estas características. Lo anterior explica que nuestra ciudad fuera la capital europea de la época con menos ornato y monumentos públicos. La belleza e interés arquitectónico de sus edificios eran mínimos. Las calles y plazas eran estrechas, asimétricas, tortuosas y carentes de racionalidad. No era mejor la salubridad y el alcantarillado que brillaba por su ausencia. La actuación de la Junta se va a centrar prioritariamente en la mejora de los accesos a la capital. En este sentido, el arquitecto real Juan de Herrera construyó el Puente de Segovia sobre el río Manzanares, el cual facilitaba las comunicaciones con el Escorial y la Real Casa de Campo. Las antiguas calles de la Almudena y las Platerías se unificaron en una sola llamada Mayor, que se convirtió así en la arteria principal de la ciudad. Se conservaron las Puertas de Atocha, Toledo, Segovia, San Luis y Santo Domingo. En 1566 el monarca ordenó la construcción de una muralla, la tercera de su historia, y otra serie de edificaciones, como la Casa de la Panadería (1590), el Convento de los Agustinos Recoletos (1592) o el primer Hospital General de la Villa (1596); un año después de la muerte del monarca se iniciaron las obras de la primera Puerta de Alcalá. Fuera de la capital, la obra más espectacular mandada edificar durante su reinado fue el Monasterio de El Escorial, cuyo arquitecto fue Juan de Herrera. Para una mejor comprensión del Madrid de los Austrias en el siglo XVI, seguimos a Teodoro Martín Martín: "Escasas son las modificaciones urbanísticas que Madrid experimenta bajo el reinado del primer Austria. Carlos I visita a menudo la Villa, a causa de su afición a la caza. Estas estancias le llevan a modificar y reformar el Alcázar, renovando su fachada y construyendo en las inmediaciones una plaza. El conjunto adoptó una fisonomía de palacio-residencia que antes no tenía. A imitación del Emperador los estamentos privilegiados construyen sus propias residencias o edificios de culto. Tal es el caso de la Casa de Cisneros o el palacio del tesorero del Rey Alonso Gutiérrez, que sirvió de base para el actual monasterio de las Descalzas Reales. De esta época es también la Capilla del Obispo en estilo gótico tardío. Durante el reinado de Felipe II las modificaciones urbanísticas van a ser importantes. Dos razones las justifican; de una parte el traslado de la Corte a Madrid en 1561 con el consiguiente aparato burocrático que ello conllevaba; de otro lado, el incremento constante de la población que desbordaba sus posibilidades espaciales. La ciudad pasa de 20.000 a cerca de 60.000 habitantes en 1598. En este espacio urbano se situaron innumerables iglesias y conventos como fueron los de Carmelitas Calzados, la iglesia de San Ginés, el Colegio Imperial de los jesuitas, que se inicia en este reinado, y el Monasterio de las Descalzas Reales, que se concluye ahora. Como ejemplo de palacio civil merece citarse la Casa de las Siete Chimeneas, construida en 1577, de cuyo original edificio resta la parte que mira a la plaza del Rey".
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El viaje a la corte se convirtió en algo deseado por los pintores de la periferia, no sólo para conseguir encargos importantes sino también para completar y ampliar su formación, sustituyendo así el viaje a Italia, tan frecuente en la centuria anterior, que las circunstancias sociales y económicas del país y de los propios pintores hacían muy difícil en el XVII. Además, parece que los artistas tampoco mostraron excesivo interés en él, quizás porque su vinculación a los ambientes eclesiásticos, más preocupados pictóricamente por el contenido que por la forma, restó inquietud estética a su actividad. No obstante, lucharon a lo largo del siglo por elevar su categoría social de artesanos a artistas, rechazando la consideración mecánica que la sociedad de la época otorgaba a su trabajo. Pero su formación en un régimen patriarcal de taller, que no había cambiado desde el siglo XV, y su sometimiento a las normas corporativas del gremio y a las exigencias del clero, que supervisaba su obra y determinaba los programas iconográficos, les restó libertad y posibilidades para abandonar la calificación de artesanos y demostrar que su labor era una actividad mental.Los intentos de crear una Academia llevados a cabo en los primeros años del siglo por los pintores madrileños, y el logro en Sevilla de un empeño semejante en 1660, respondían a estas intenciones, pero salvo raras excepciones como los pintores tratadistas Pacheco y Carducho y el caso único de Velázquez, muy pocos alcanzaron su propósito, en un país donde a los artistas se les pagaba con dinero, nunca con honores ni reconocimientos a sus méritos creativos.Desde el punto de vista estilístico, el desarrollo y la evolución de la pintura barroca española coincide en líneas generales con los reinados de los tres últimos Austrias. Durante el mandato de Felipe III (1598-1621) se gestó el nacimiento y la formación de la escuela, que cristalizó y definió su personalidad bajo su sucesor Felipe IV (1621-1665), etapa en la que tuvieron un papel extraordinariamente significativo los grandes maestros del centro del siglo: Ribera, Zurbarán, Velázquez y Alonso Cano. Y, finalmente, en las últimas décadas de la centuria regidas por Carlos II (1665-1700), se alcanzó la plenitud barroca, incorporando el lenguaje europeo a las particulares cualidades hispanas.Estas cualidades determinaron una diversa aceptación de las tres corrientes pictóricas del Barroco -naturalismo, clasicismo y barroco decorativo-. El naturalismo fue el que alcanzó mayor auge y difusión, al coincidir plenamente con la tradicional sensibilidad estética española, inclinada a lo real, y con las intenciones de la clientela religiosa. Por el contrario el carácter reflexivo del clasicismo y el recargamiento aparatoso del decorativismo encontraron escasas posibilidades para desarrollarse, a causa del desinterés intelectual de los comitentes y la austeridad propiciada por la severa corte de los Austrias y por la rigidez contrarreformista. Sólo en la personalidad extraordinaria de Velázquez y en ciertos aspectos de la obra de Alonso Cano se puede hallar un alejamiento del realismo concreto que imperó en la pintura española, sobre todo en la primera mitad del siglo, ya que posteriormente la influencia flamenca por un lado, y por otro el espíritu triunfalista de la Iglesia y el deseo de la monarquía de ocultar el derrumbamiento del Imperio impulsaron un estilo más dinámico, colorista y opulento, que alcanzó su mejor expresión en las últimas décadas de la centuria, etapa en la que se atemperó aunque sin desaparecer el interés por el natural.Los principales focos de actividad pictórica fueron Madrid, sede de la corte y núcleo aglutinador de presencias e influencias artísticas y Sevilla, debido a la pervivencia del auge cultural del siglo anterior y también, aunque mermada, de su pujanza económica. Toledo y Valencia, que tan importante papel habían desempeñado en la etapa renacentista, iniciaron la centuria con una aportación relevante, pero fueron decayendo paulatinamente a partir de la tercera década del siglo, la primera absorbida por la proximidad de la corte, y la segunda alejada de la capacidad creadora por el hundimiento de su economía. En el resto de la geografía española la producción pictórica fue irrelevante o dependió en gran medida de los centros hegemónicos, es decir, de Madrid y de Sevilla. No obstante, y a pesar de este reparto geográfico, la escuela española del XVII fue bastante unitaria, no existiendo grandes diferencias estilísticas entre los distintos focos de actividad a partir de la consolidación del lenguaje barroco, que se expresó a lo largo del siglo partiendo de impulsos, circunstancias y planteamientos comunes.