La tradición nos ha dejado de este conflicto un relato bastante confuso y en ocasiones sospechosamente parcial. El movimiento plebeyo aparece en cualquier caso eficazmente organizado y dirigido por sus tribunos. Entre ellos, destacan sobre todo el tribuno Icilio, que promulgo el plebiscito del 492 a.C, en virtud del cual se garantizaban las prerrogativas de los tribunos, y el tribuno Publio Volerón que, en el 471 a.C., reglamentó mediante plebiscito la organización de la asamblea plebeya o Concilia plebis, en virtud del cual las decisiones aprobadas por esta asamblea eran aceptadas y válidas para los plebeyos al margen del Estado romano. También Canuleyo, que consiguió que el gobierno patricio aceptara en el 445 a.C. el derecho de connubiam, la validez legal de los matrimonios entre patricios y plebeyos. Licinio Estolon y Lucio Sextio que, en virtud de las leyes Licinias, lograron el reparto del consulado entre ambos órdenes: un cónsul patricio y otro plebeyo. Todos ellos aparecen como avisados políticos y excelentes estrategas que supieron explotar las coyunturas en beneficio de la plebe a la que representaban. La tradición sitúa el comienzo de esta revuelta de la plebe en los primeros años de la República y su conclusión en tomo al 287 a.C. Así pues, se prolongo durante más de dos siglos. Se observa significativamente una mayor facilidad del gobierno patricio en aceptar las exigencias plebeyas que implicaran paridad de derechos políticos más que las reivindicaciones económicas. El movimiento plebeyo no era una masa homogénea, sino una agrupación de hombres ricos privados de poder político e individuos privados de poder político y medios de vida. Parece evidente que dentro de la plebe fueron los primeros quienes utilizaron la fuerza del conjunto en beneficio propio y quienes a lo largo del proceso fueron coaligándose con el sector patricio más flexible. La nueva etapa republicana del siglo III a.C., la llamada República patricio-plebeya, define claramente quiénes fueron los ganadores. Se logró la paridad política, pero no se soluciono totalmente el problema del reparto de tierras ni, pese a la constante acumulación de leyes y plebiscitos, el problema de los deudores insolventes. Hay que distinguir dos etapas durante el conflicto: la primera abarcaría la primera mitad del siglo V, época en la que el movimiento plebeyo se constituyó en un Estado dentro de otro Estado; la segunda a partir de mediados del siglo V, cuando ya se había conseguido introducir a plebeyos en algunas magistraturas -como la cuestura- y, sobre todo, se había logrado la validez de los matrimonios. Desde este momento se desencadenó un proceso durante el cual las instituciones plebeyas perdieron su inicial carácter revolucionario y fueron asimilándose a las estructuras republicanas. Los jefes de la plebe pasaron a formar parte del gobierno de la ciudad y el matrimonio con los patricios formó una red de parentescos e intereses comunes entre ambos órdenes. Esta victoria plebeya lograda por el plebiscito Canuleyo es sumamente significativa y, en cierto modo, sentencia ya anticipadamente la victoria de la plebe o, para ser más exactos, de un sector de la plebe. El patriciado ya desde el más antiguo período monárquico, se consideraba único depositario de los auspicios, o los ritos que permitían conocer e interpretar la voluntad de los dioses a los que consultaban, tanto al comienzo del desempeño de una magistratura como ante una guerra o cualquier otra decisión importante. Por consiguiente, quien no poseyera el poder de cumplir estos ritos o ceremonias estaba totalmente incapacitado para desempeñar la suprema magistratura. Pero los auspicios se transmitían de padres a hijos, de modo que, después del plebiscito Canuleyo, resultaba muy difícil negar que los hijos de estos matrimonios habían heredado la capacidad de tomar los auspicios y, por tanto, de poder ocupar las supremas magistraturas. La base ideológica sobre la que se asentaba el poder patricio, había sido derrumbada. A Tito Livio esta cuestión le planteaba problemas y concluye que, ciertamente, esos hijos nacidos de un patricio y una plebeya o viceversa "no habrían sabido decir a qué sangre pertenecen, ni de qué ritos eran titulares". Otro triunfo decisivo fue la promulgación, entre el 451 y el 449 a.C. de las Leyes de las XII Tablas. A partir de entonces, se puede afirmar que, pese a los todavía frecuentes espasmos de violencia y compromisos sucesivos, la existencia y la integridad del Estado romano estaba salvaguardada. Desde el 494 a.C. los plebeyos se reunían en asambleas (Concilia) distintas a las constitucionales (los Comicios). En estas asambleas adoptaban decisiones, plebiscitos (de plebei scita = resoluciones de la plebe) que, aún careciendo de valor legal, tenían para los plebeyos un valor decisivo. Por lo mismo, los jefes que ellos elegían, los tribunos, aun cuando fuesen simples ciudadanos sin otra consideración legal, en la práctica eran respetados y defendidos por sus electores. Los plebeyos les habían conferido un carácter de inviolabilidad, otorgado por un procedimiento arcaico (la lex sacrata) que declaraba sacer, maldito, a quien ofendiera a un tribuno. Además, pronto poseyeron dos instrumentos de actuación: el auxilium, derecho a defender a la plebe frente a los magistrados, y la intercessio, derecho de veto frente a cualquier poder estatal. Así, tanto las asambleas de la plebe como sus tribunos fueron adquiriendo un poder sustancial, aunque no legal, en virtud de su importancia en el seno de la ciudad. Las acciones judiciales de esta asamblea plebeya debían ser en ocasiones temibles, ya que en las leyes de las XII Tablas se prohibía que se hicieran juicios capitales fuera de los Comicios Centuriados, lo que equivalía a prohibir que los Concilia plebis pronunciasen tales sentencias. La primera secesión de la plebe tuvo lugar en el año 493 a.C. La tradición presenta los hechos de esta manera: como Roma se encontraba en grave peligro a raíz de las agresiones de los pueblos vecinos, el gobierno patricio prometió a los plebeyos reducciones sobre sus deudas, a fin de incorporarlos al ejército y defender la ciudad. Los invasores son rechazados y los plebeyos esperan lo prometido, pero el patriciado no cumple sus promesas. Guiados por los tribunos, abandonan la ciudad y declaran solemnemente que van a fundar una ciudad propia sobre el Monte Sagrado -el Aventino tal vez-. Esta secesión planteaba a los patricios dos problemas que ponían directamente en peligro su existencia y la de la propia ciudad. El primero, la indefensión de Roma frente a los enemigos, el segundo, el peligro de que se creara una comunidad independiente a las puertas de Roma, lo que habría conducido inevitablemente a la guerra civil. Que la plebe hubiera tenido realmente esta intención no parece muy probable. Más bien podemos suponer que se trató de un arma de presión que, por cierto, utilizó en varias ocasiones. De esta primera secesión, los plebeyos consiguieron que el patriciado reconociera a los tribunos de la plebe las dos importantes facultades a las que antes nos referimos: el auxilium o derecho a defender a la plebe frente a los magistrados y el derecho de intercessio o derecho de veto a cualquier acción emprendida por un magistrado contra un plebeyo. Posteriormente, en el año 471 a.C., se logró mediante nuevas presiones el reconocimiento de los plebiscitos: las deliberaciones de las asambleas plebeyas tenían la consideración de leyes para todo el Estado, aunque con una utilización muy restrictiva. Este reconocimiento estaba subordinado al previo dictamen del Senado, al cual correspondería declarar si éstas eran constitucionalmente admisibles o no. Ciertamente esta intervención suprimía a priori buena parte del éxito, pero implicaba, en contrapartida, el reconocimiento de otra asamblea -la de los plebeyos- distinta a los Comicios Centuriados, que poseía igualmente facultades de deliberación.
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Lucía Miranda y La Maldonada Se ha dicho que en la crónica de Díaz de Guzmán hay dos novelas: la de Lucía Miranda y la de La Maldonada. Por conocidas, las sintetizamos brevemente. En la expedición de Caboto, de 1526, una mujer casada, Lucía Miranda, despertó las ansias de un cacique. Este, por poseerla, incendió el fuerte de Corpus Christi, raptó a Lucía y vivió con ella; pero Lucía no abandonó a su marido y se veía con él a escondidas. Una concubina del cacique, celosa, descubrió el hecho y lo reveló al cacique. Este aprisionó a Lucía y a su marido y los quemó vivos. Este es el novelón o la posible verdad. Algo se ha discutido sobre la tragedia. El sabio Manuel Domínguez, paraguayo, quiso acumular algunas posibilidades para justificar su autenticidad. No lo consiguió. El hecho de que Félix de Azara, en el siglo XVIII, haya mencionado el suceso, no significa que haya sido auténtico. Sólo repitió la tradición de lo referido por Díaz de Guzmán. La indiscutible realidad de que el fuerte de Caboto haya sido quemado tampoco prueba que el drama haya existido. La crítica unánime considera falso el relato, por la sencilla razón de que en la expedición de Caboto no embarcaron mujeres. Lo demostró Eduardo Madero, en su Historia del Puerto de Buenos Aires, en 189230, y José Toribio Medina, años después, en su monumental estudio sobre El veneciano Sebastián Caboto al servicio de España31. Sin mujeres, ni ninguna mención documental de Luca y demás dramatis personae, no hay historia que valga. Díaz de Guzmán, en consecuencia, inventó la novela o la tragedia nunca existida. El argumento sirvió de ejemplo a una de nuestras primeras escritoras y, más tarde, a otros novelistas, como Hugo Wast, poetas y cuentistas. Sin embargo, un instante de reflexión es necesario. Díaz de Guzmán no era novelista ni cuentista. No tenía imaginación ni necesidad de crear semejante episodio. De algún lado debió salir ese argumento. Lo más probable, como en otros casos, es una posible confusión de fechas. Nosotros, hace tiempo, elaboramos una reconstrucción del hecho que puede aclarar algunas dudas. En la expedición de Caboto, de 1526, no había mujeres. Es algo que no se discute. En cambio, en 1536, diez años más tarde --un 36 en lugar de un 26--, en la expedición de don Pedro de Mendoza, había mujeres. Es algo que tampoco se discute. Hemos hallado los nombres de algunas de ellas, entre las cuales había enamoradas, o sea, muy amplias en sus atenciones. El fuerte de Caboto fue destruido, quemado por los indios. El fuerte de Corpus Christi, fundado por orden de Mendoza, también fue quemado. El enamoramiento del indio por Lucía pudo haber existido en la tragedia de 1536 que, andando setenta años, cuando escribió Díaz de Guzmán, pudo ser ubicado, por un simple error de fechas, no en 1536, en la expedición de Mendoza, en que había mujeres y Corpus Christi fue quemado, sino en 1526, en que también fue quemado Sancti Spíritus. En otras palabras: un acontecimiento de 1536, posiblemente real, fue ubicado en 1526, en que no era posible por la ausencia de mujeres. En cuanto a los nombres de los personajes, los de los indios todos pudieron ser reales, y los de los españoles no se hallaron en documentos porque las listas de los acompañantes de Mendoza son sumamente incompletas. Sólo los hay parecidos. He aquí una explicación que quita a Díaz Guzmán la probabilidad de ser el primer novelista de Paraguay y Río de la Plata. En el caso de La Maldonada, el argumento es muy distinto. Francisco Ruiz Galán, representante de don Pedro de Mendoza, como su segundo, cuando el adelantado partió a España, quedó en Buenos Aires y se hizo famoso por su crueldad. Díaz de Guzmán relata que, una vez, condenó a una mujer, conocida como La Maldonada, a estar atada a un árbol para que la comiesen las fieras. La Maldonada vio acercarse a una leona, la cual, en vez de devorarla, la protegió de otros animales. El hecho se debió a que La Maldonada, tiempo antes, había hallado a la leona en el momento de dar a luz y la había ayudado. La leona la habría reconocido, etcétera. Groussac dijo que era una reminiscencia de Las noches éticas, de Aulio Gelio, en que un episodio semejante ocurrió con un cristiano en el circo de Roma. El esclavo había sacado una espina a un león, en África, y éste lo habría reconocido en el circo y, por tanto, no devorado. La semejanza es indudable. Lo que no sabemos es si ejemplares de Aulio Gelio había en Paraguay y si Díaz de Guzmán disfrutó de su lectura. En cambio, lo que muy bien sabemos es que Francisco Ruiz Galán tenía la costumbre de condenar a los conquistadores a ser atados a un árbol para que los comiesen las fieras. El conquistador Antonio de la Trinidad, a su regreso a España, levantó un expediente para acusar a Ruiz Galán de haberlo hecho atar con un árbol con una cadena y echarlo en el campo a los tigres que lo comiesen. Lo mismo que sucedió a La Maldonada. El episodio referido por Díaz de Guzmán no difiere mucho de este hecho bien documentado de la Trinidad. En cuanto a la influencia de Aulio Gelio hay que notar que éste habla de una espina y Díaz de Guzmán del parto de una leona. La Maldonada pudo ser la mujer de un Maldonado cuyo nombre es el de una ciudad de la costa uruguaya próxima a Punta del Este. La Argentina de Díaz de Guzmán, crónica o anales del descubrimiento, conquista y colonización del Río de la Plata y Paraguay, es la mejor historia de esta parte de América antes de que los investigadores modernos acudiesen a los archivos. Ya dijimos que fue glosada y plagiada por sus sucesores en el campo de nuestra historia. Fue una guía y un modelo, un rumbo del cual nadie se apartó. Su mayor crítico y comentarista, el franco-argentino Paul Groussac --más franco que argentino--, antiespañol y anticriollo, le dedicó un ensayo que, en su época, fue considerado insuperable por la precisión de sus anotaciones. Una revisión de su crítica, hecha por nosotros, demostró la endeblez de muchas de sus correcciones y censuras. Creemos haber reivindicado a Díaz de Guzmán de todo lo malo que se le achacó. Aún queda mucho por hacer. Lo historiadores que nos sucedan deben volver a las páginas de Díaz de Guzmán con nuevos aportes documentales y nuevas concepciones críticas.
obra
Lucien Bonaparte, el personaje retratado en este dibujo de Ingres, era hermano de Napoleón, seis años menor. Pasaba largas temporadas en Roma, aprovechando el gobierno imperial impuesto por su hermano y regido por su hermana, Carolina Bonaparte. Esta corte artificial creada por el emperador francés se mantuvo durante varios años. Los aristócratas y altos funcionarios que allí se encontraban encargaron sus retratos a Ingres. Así, el artista retrató a Lucien Bonaparte, príncipe de Canino, coleccionista de antigüedades y mecenas del arte. Tal vez en alusión a esta afición le retrata frente a una vista del monte Quirinal.
acepcion
Sarcófago de piedra adosado al muro y colocado en un nicho cobijado por un arcosolio.
Personaje
Literato
Cayo Lucilo (180-102 a.C.) fue un escritor romano de origen noble, viajó a Grecia para formarse en una cultura filosófica. En el año 133 a.C. fue compañero de Escipión Emiliano en la guerra celtibérica, durante el asedio a Numancia. Creó el género de la sátira romana. Fue protegido de los Escipiones, y se opuso a las reformas de los Gracos. Fue autor de 30 sátiras, de las que han llegado hasta nosotros aproximadamente 1300 fragmentos de diferente extensión. Los libros I a XXI estaban en hexámetros, quizá en su última forma. Los libros XXII a XXV se añaden al corpus póstumo y en ellos prevalece el verso elegíaco. Y los libros XXVI a XXX contenían septenarios trocaicos y senarios yámbico, y en la parte final, hexámetros dactílicos. En cuanto a los temas tratados, Lucilo articula sus sátiras en torno a tres temas: Autobiográfico, en donde cuenta pequeños incidentes y anécdotas de su vida; la polémica política y literaria, hablando contra senadores y literatos, así como haciendo análisis gramaticales y retóricos; y los vicios humanos, condenándolos, prestando atención en especial a la Roma helenizada. Aunque condenaba algunas costumbres griegas, tuvo interés por los comediógrafos, así como por la filosofía estoica. Para escribir hacía uso de registros lingüísticos de gran variedad, empleando desde lenguaje de la calle hasta vocablos poéticos, y mezclándolos con groserías y obscenidades, pero siempre con un estilo enmarcado lejos de una inspiración fácil.
Personaje
Político
Hija de Teodosio II, Lucinia Eudoxia se casó en el año 437 con Valentiniano III. A la muerte del emperador fue obligada a contraer matrimonio con Petronio Máximo, el asesino de su esposo. Para vengar esta afrenta, avisó a los vándalos liderados por Genserico que saquearon Roma, capturando a la emperatriz y sus hijas. En el año 462 recobraba la libertad.
Personaje
Religioso
Nacido en Bolonia, su nombre civil era Gerardo Caccianemici. Ocupó el solio pontificio entre 1144 y 1155 y murió atacado por una multitud.
Personaje
Religioso
Nacido en Lucca, su nombre civil era Ubaldo Allucingoli. Alcanzó el trono pontificio en 1181recibiendo el apoyo de Federico Barbarroja. Su formación como monje cisterciense se complementaba con una sólida creencia en la ortodoxia del rito católico, por lo que durante su mandato combatió intensamente todas las herejías vigentes.