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Tras su regreso, se abría una etapa en el reinado de Fernando VII en la que a las dificultades propias de una situación de enfrentamiento abierto entre los españoles por razones de ideología política, había que sumarle los problemas lógicos de un país recién salido de una larga guerra en la cual habían sido destruidos los resortes principales de la economía, así como algunas de sus principales fuentes de riqueza. La tarea que tenía por delante el monarca y su gobierno no era nada fácil, y eso explica -como ha señalado J. L. Comellas- el carácter efímero de los gobiernos que se sucedieron durante este periodo de seis años. En efecto, se produjeron frecuentes crisis ministeriales, que respondían tanto a la magnitud de los problemas que había que resolver, como a la incapacidad de los hombres que designó el monarca para afrontarlos. Nadie cree ya que esos cambios fuesen debidos a la caprichosa voluntad de Fernando que quitaba y ponía ministros por el solo hecho de ser cortos de vista o de caerles mal a alguno de los íntimos amigos que se reunían con él en la camarilla, esa salita aneja a la que utilizaba oficialmente para sus despachos en el Palacio Real, y entre los que había personajes tan curiosos como el aguador de la fuente del Berro, o el embajador ruso Tatischeff. No, las sustituciones ministeriales se producían porque ante el fracaso repetido había que probar nuevas fórmulas que fuesen eficaces. Comellas ha señalado cómo el ministerio que fue objeto de mayor número de sustituciones fue el de Hacienda, que era el que tenía que enfrentarse a los problemas más difíciles. El que menos cambió fue el de Marina: sencillamente porque no había apenas barcos después de los desastres de principios de siglo. En 6 años hubo 28 sustituciones, lo que indica -en un sistema político absolutista- la gravedad de la situación. La restauración de la Monarquía absoluta había significado el restablecimiento de las viejas instituciones, como el Consejo de Castilla, el de Indias, el de Hacienda, el de Ordenes, el de Guerra y el de la Inquisición. Sin embargo, lo que caracteriza al sistema de gobierno que se había restablecido es que no se advierte una línea política definida. Todas las decisiones son producto de bandazos sin rumbo que no responden a ningún proyecto concreto. El Estado ofrecía una situación de absoluta miseria y hasta en la política exterior se ponía de manifiesto la impotencia de España, cuando en las negociaciones por la Conferencia de Viena se le concedió a María Luisa, esposa de Napoleón, el estado de Parma, arrebatándoselo a una hermana de Fernando VII, o cuando se suprimió la trata de esclavos, que dañaba también los intereses de los españoles. La debilidad de España en estos momentos en el plano internacional la relegaba a una potencia de segundo orden. El ministro de Estado Cevallos fue sustituido por García de León y Pizarro y, en diciembre de 1816, fue nombrado como ministro de Hacienda Martín de Garay. El intento de reforma que Martín de Garay quiso sacar adelante es uno de los esfuerzos más interesantes que pueden destacarse de este periodo. Su reforma estaba desarrollada en la llamada Memoria de Garay y se basaba en tres puntos: 1) La propuesta de fijación de los gastos de cada ministerio. 2) La propuesta para cubrir el déficit con una contribución extraordinaria. 3) Abolición de las rentas provinciales y su sustitución por una contribución especial que se repartiría por todas las poblaciones del reino. Esta tercera propuesta era una alternativa a la segunda y fue en realidad la que prevaleció. De cualquier forma, tanto una como otra, lo que hacían era aumentar la presión sobre el ya maltrecho contribuyente. En cuanto al problema de la deuda pública, Garay propuso pagar una parte de los intereses en metálico y el resto en papel de crédito. Con ese procedimiento pretendía enjugar los más de once mil millones de deuda pública. Sin embargo, como ese papel de crédito sólo podría utilizarse para la compra de fincas que vendiese el gobierno y eso era en realidad una desamortización de bienes, tropezó con la oposición de los más conservadores y del mismo rey. Así pues, la reforma fracasó. Como afirma Fontana, el gobierno absolutista caía en una contradicción: por una parte quería mantener íntegra la estructura del Antiguo Régimen en una Europa que cambiaba rápidamente, pero por otra necesitaba obtener los recursos necesarios para solucionar sus graves problemas económicos y hacendísticos, y eso no podía hacerse sin que se viese afectada esa misma estructura.
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Entre los años 30 y 50, a la vez que el Movimiento Moderno alcanza su mayor difusión internacional, comienzan a plantearse las primeras críticas a sus soluciones, aunque en muchas ocasiones procedían desde el interior del mismo. Justo cuando parecía que la Torre de Babel alcanzaba su culminación, de cada una de sus plantas y cuartos, y también desde el exterior, comienza una operación generalizada de desmontaje que, sin negar en todos los casos el valor de lo conseguido, sí plantea una revisión profunda sobre la pertinencia de la nueva arquitectura.Unas veces las críticas proceden de la tradición académica, de la arquitectura de siempre, otras de un cuestionamiento del nuevo estilo planteado por sus propios protagonistas, sin olvidar las propuestas que persiguen continuar adelante, haciendo de la utopía tecnológica el único valor de progreso mensurable científicamente. Mientras tanto, algunos maestros repiten lo ya dicho, como si en ese ejercicio residiese el argumento de la modernidad. Repetición que, en otras ocasiones, constituye un simple atentado especulativo en la gran ciudad, en la metrópoli capitalista.Lo que en las artes figurativas ha sido denominado como un regreso al orden, en la arquitectura parece un momento de calma, de reflexión. Es más, al racionalismo del Movimiento Moderno comienza a exigírsele la necesidad de representar monumentalmente al poder, algo que no es exclusivo de los regímenes fascistas o excepcionales de esos años.La imagen de una arquitectura apoyada en la proporción, el equilibrio y la calma figurativa estuvo en la base de muchas propuestas. También la cita de elementos aislados en contextos nuevos, ya fuera como último lamento por una pérdida irreparable, o como sublime ironía, tuvo otros adeptos. Por otro lado, son numerosos los proyectos y realizaciones que retoman la idea del repertorio clásico para hacer un discurso intelectual sobre la especificidad de la arquitectura en dialéctica con la revolución figurativa y tecnológica de las vanguardias, especialmente en polémica con el constructivismo soviético y con el futurismo italiano.Podría decirse que, en realidad, no se estaba sino actuando provocadoramente sobre algunas secretas aspiraciones clasicistas del Movimiento Moderno. Si es cierto que muchas de esas arquitecturas respondían a la voluntad ideológica de construir espacios jerárquicos y monumentales que expresasen simbólicamente la imposición del poder fascista o estalinista, también hay que advertir que muchos de los problemas planteados desde esa perspectiva habrían de resultar revulsivos en el debate arquitectónico.En la Unión Soviética, el socialismo real impidió las utopías, ya que éstas estaban construyéndose cotidianamente, según entendían los dirigentes políticos. Es más, muchos de los arquitectos de la vanguardia constructivista no olvidaron la lección del clasicismo, entendido no sólo como cita aislada. Golosov, por ejemplo, había proyectado un crematorio en 1919 con el lenguaje arquitectónico de los templos de Paestum. Los hermanos Vesnin proyectaron el Narkomtjazprom para Moscú, en 1934, como una síntesis de tipologías y lenguajes de origen clasicista. Esa relación con la historia del clasicismo se enriquece constantemente recurriendo a motivos y tipos que han sido siempre objeto de meditación. En este sentido, es interesante recordar la galería de columnas del proyecto, realizado por V. F. Krinski, en 1948, para una ciudad de artistas, o el tema ilustrado del túnel, tal como lo entiende Fomin en algunas estaciones del metro de Moscú, o, por último, la singular idea de citar el templo romano de Baalbek para una estación del mismo metro en un proyecto de L. Teplickj, de 1934.En Italia, como en España, el debate es complejo. Más rico en el país vecino, podría señalarse que un nuevo espíritu clásico parecía comprometer los lenguajes, las ciudades y las tipologías, desde el silencio metafísico de las arquitecturas pintadas de De Chirico o Savinio, que entendían el arte como memoria, a la casi inverosímil polémica entre M. Piacentini y U. Ojetti sobre el uso del arco y la columna.
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En contraste con los procesos de crisis y, en ocasiones, de disgregación que afectaron a los mundos griego y musulmán desde la segunda mitad del siglo XI, la posición de los occidentales en el Mediterráneo se consolidó considerablemente. Por una parte, hubo un control y dominio cada vez mejores de las rutas marítimas y de las escalas útiles para el comercio. Por otra, las empresas políticas y militares dan lugar a sendos hechos, en los dos extremos del Mediterráneo, tan dispares entre sí, en su significación y en sus resultados, a pesar de ciertas semejanzas, como son las Cruzadas en Palestina y Siria, y la reconquista efectuada por los reyes de la España cristiana.
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La ocupación de los Santos Lugares de Palestina por los musulmanes provocó que, a partir del siglo XI, la Cristiandad organice sucesivas expediciones, llamadas Cruzadas, y que se creen las órdenes militares para recuperarlos y defenderlos. Estas expediciones se iniciaron con el llamamiento hecho a la Cristiandad por el papa Urbano II en el año 1095 para conquistar Jerusalén. En total, entre 1095 y 1270 se organizaron ocho Cruzadas oficiales. Los puntos de partida fueron ciudades como Toulouse, Tours, Londres, París, Verdún, Ratisbona, Venecia o Roma. Todas las expediciones tenían como objetivo llegar, bien por tierra o por mar, a Palestina. El fervor cristiano de las poblaciones hacía que al llamamiento de Cruzada respondieran ricos y pobres, incluso niños. Las expediciones estaban formadas por miles de personas, caballeros y soldados de a pie, cuyo camino estaba lleno de penalidades, llegando muchos a perecer durante el trayecto. Todos ellos llevaban cosida a sus ropas la señal de la cruz. Los caballeros e infantes cruzados presentaban equipamientos distintos, debido a su diferente procedencia y origen social. El caballero cruzado vestía, en general, una cota de malla, siendo el arma más usual la espada, aunque también utilizaban otras robadas al enemigo. Por su parte, los escudos evolucionaron haciéndose más pequeños y ligeros. La Primera Cruzada fue un éxito sorprendente. La desunión de los musulmanes permitió tomar Antioquía y Jerusalén y formar varios estados latinos en Oriente Medio. La defensa de estos pequeños estados se basó en las numerosas fortalezas levantadas por los Cruzados. Sin embargo, presionados los estados latinos por los musulmanes, los reinos cristianos enviaron nuevas expediciones, que no resultaron tan fáciles. La desunión de los ejércitos cristianos, la falta de efectivos y la superior organización de los musulmanes hizo que una tras otra las cruzadas se saldaran en fracaso, perdiendo finalmente sus conquistas a manos del enemigo. Después de la caída de Acre, en 1291, la victoria de las tropas musulmanas fue total y definitiva.
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<p>Jerusalén y los Santos Lugares están en el centro de la disputa entre cristianos y musulmanes en la época medieval. Éste fue el primer gran enfrentamiento entre el Islam y la Cristiandad, dando lugar a sucesivas expediciones de conquista llamadas cruzadas.&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>ÉPOCA&nbsp;</p><p>1.Cristianos y musulmanes.&nbsp;</p><p>Musulmanes.</p><p>Califato y sultanes silyuquíes.&nbsp;</p><p>Turcomanos de Asia Menor.&nbsp;</p><p>El Islam y las Cruzadas.&nbsp;</p><p>Pérdida cultural y económica.</p><p>Imperio Bizantino.&nbsp;</p><p>Bizancio en la segunda mitad del siglo XI.&nbsp;</p><p>Bizancio en el siglo XII.&nbsp;</p><p>Bizancio en el siglo XIII.</p><p>Monarquías occidentales.&nbsp;</p><p>Bases ideológicas.</p><p>Poder temporal y espiritual.&nbsp;</p><p>Características de la monarquía feudal.</p><p>Aspiraciones de las monarquías feudales.</p><p>Mística y racionalización del poder real.</p><p>Reliquias y peregrinaciones.</p><p>Cruzada y misión.&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>BATALLAS&nbsp;</p><p>1.Las Cruzadas.</p><p>Idea y realidad.</p><p>Organización del reino de Jerusalén.&nbsp;</p><p>Intentos de reconstrucción.&nbsp;</p><p>2.Las Ordenes Militares.&nbsp;</p><p>3.Ordenes hospitalarias.&nbsp;</p><p>4.La guerra en el medievo.&nbsp;</p><p>El armamento.</p><p>La lanza, reina de las batallas.</p><p>Protección de la cabeza.</p><p>Los ballesteros.&nbsp;</p><p>Heridas más frecuentes.</p><p>Salarios ajustados.&nbsp;</p><p>5.Las máquinas de asedio.</p><p>Rendidos por hambre.</p><p>El gato y la torre.</p><p>Inventiva y tecnología.</p><p>La muerte llegaba del cielo.&nbsp;</p><p>6.La batalla de Hattin.&nbsp;</p><p>7.Batalla de Arsuf.&nbsp;</p><p>8.Cruzadas, magia y caballería.</p>
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Nos encontramos a mediados del siglo XI. En Europa, las comunidades cristianas viven un momento de profundo sentimiento religioso y en un estado de vigor militar. Aunque dividida política y culturalmente, Europa occidental estaba unida por su pertenencia a la Iglesia católica bajo la autoridad del papado. Entre el 950 y el 1100 se produjo un renacer religioso, encabezado por grandes monasterios como el de Cluny, mientras que las peregrinaciones a los lugares santos, como Roma, Santiago o Jerusalén, comienzan a ser habituales. Jerusalén era una ciudad sagrada para los cristianos, como lugar en el que sucedieron los hechos fundamentales de la vida de Jesús. Ciudad santa también para los musulmanes, allí fueron levantados el santuario de la Cúpula de la Roca y la mezquita de al-Aqsa. Jerusalén había sido conquistada en el año 638 por el califa Omar. Los musulmanes concedieron una cierta tolerancia a los cristianos. Sin embargo, a mediados del siglo XI se produce la penetración de tribus turcas, que arrebatan Jerusalén y Siria a los fatimíes de Egipto y aniquilan al ejército bizantino en Manzikerta. La amenaza sobre Bizancio y la intolerancia religiosa de estos turcos selyúcidas provocará la ruptura de relaciones con el occidente cristiano. Será el papa Urbano II quien ponga en marcha definitivamente el plan para conquistar Tierra Santa, haciendo un llamamiento a participar en ella a todos los caballeros cristianos. Estas expediciones, hechas en nombre de la Cruz, serán llamadas Cruzadas. La Primera Cruzada se realizará entre 1096 y 1099 y en ella participarán los más importantes caballeros cristianos. Partiendo de Verdún, Toulouse o Génova, los cristianos se dirigirán hacia el sur por distintos medios hasta llegar a Constantinopla, punto de encuentro de los caballeros. La ciudad de Nicea es asediada y conquistada y desde allí se dirigen a Antioquía, que será tomada tras siete meses de asedio. El 15 de julio de 1099 cae Jerusalén. La presencia de los cruzados en el Próximo Oriente favorecerá el nacimiento de nuevos Estados. Los reinos de Jerusalén y de Chipre, el principado de Antioquía, los Condados de Trípoli y Edesa y la Pequeña Armenia forman los llamados Estados Latinos de Oriente. La reconquista de Edesa en el año 1144 provocará la Segunda Cruzada, entre 1148 y 1151. Desde París, las tropas cruzadas se dirigirán a Constantinopla, donde se separan para encaminarse a Tierra Santa. Ambos ejércitos serán derrotados, en Dorileo y Laodicea. Unificadas sus fuerzas en Jerusalén en 1148, desde allí organizaron sendas campañas contra Ascalón y Damasco, que acabaron en fracaso. Cuatro décadas más tarde se produjo un nuevo enfrentamiento. Un poderoso soberano musulmán ha surgido en la zona, Saladino. Éste reunifica el Islam bajo el sultanato de Bagdad y domina un área que va desde Damasco hasta El Cairo. La gran batalla con los cristianos se producirá en 1187, en los campos de Hattin. Saladino había conseguido reunir un formidable ejército compuesto por más de 30.000 hombres, 12.000 de ellos de caballería, más un número indeterminado de voluntarios. El 2 de julio tomó la ciudad de Tiberias. Ante este hecho, los cristianos enviaron desde Acre a sus mejores guerreros en dirección a Tiberias. Tan pronto Saladino se enteró de la marcha de los cristianos, mandó al grueso de su ejército al campamento de Cafarsset para cortarles el paso. Una vez que el ejército cristiano avanzó, los musulmanes lanzaron su ataque. Acosados, los cristianos se encaminaron a los altos de Hattin. El ejército musulmán cercó entonces a las fuerzas cristianas, dejándoles montar su campamento defensivo, pues el lugar carecía totalmente de agua. Al día siguiente, los cristianos, agotados y sedientos, intentaron desesperadamente llegar a Hattin, pero Saladino les rodeó, bloqueando el apoyo de la caballería. La infantería, presa de pánico, intentó regresar a los Altos de Hattin pero, nuevamente, Saladino les cortó la retirada. La caballería templaria, encargada de la retaguardia, cayó tras una resistencia encarnizada. Todos fueron muertos o esclavizados, salvo un pequeño grupo de soldados, quienes pudieron cruzar las líneas enemigas y escapar. La derrota de Hattin dejó a Saladino libre el camino de Jerusalén. Rodeada la ciudad, cayó en 1187. Lo que quedaba del reino se trasladó a la franja costera, instalándose en Acre la capital y la corte de un rey cada vez más débil. La caída de Jerusalén motivará la Tercera Cruzada, que tiene lugar entre 1189 y 1192. Dirigida por Federico I Barbarroja, partirá desde Ratisbona en dirección a Asia Menor, donde se vencerá en Iconio. Pese a la muerte del rey cristiano, los cruzados llegaron a las puertas de San Juan de Acre. Como refuerzo salieron desde Inglaterra Ricardo Corazón de León y desde Francia Felipe II. Acre es conquistada y los cruzados se dirigen hacia Jerusalén, montando su campamento en Jaffa. El gran combate se producirá muy cerca, en las colinas de Arsuf. Al amanecer del 7 de septiembre de 1191 los cruzados levantaron su campamento y cruzaron el río Rachetaillee, encontrándose con un gran ejército sarraceno que bloqueaba su avance. Saladino contaba con unos 20.000 hombres, de los cuales 10.000 eran caballeros, mientras que los cruzados sólo disponían de 1.200 caballeros y 10.000 infantes. La caballería turca de Saladino, apoyada por lanceros árabes y arqueros nubios, lanzó su ataque por el flanco izquierdo, pero Ricardo aguantó y pudo contener el ataque. A media tarde, los caballeros hospitalarios y franceses no resistieron la presión y se lanzaron a la carga contra el ala derecha de la caballería musulmana. Ante el éxito inicial, Ricardo envió a los templarios en una segunda carga hacia el flanco izquierdo sarraceno. Viendo los resultados del contraataque cruzado, Saladino envió a su guardia personal a la lucha. Los cruzados aguantaron una vez más el empuje y continuaron con su ataque, lo que provocó la derrota de buena parte de las tropas sarracenas, mientras que el resto se dispersó hacia las colinas cercanas a Arsuf. Las bajas de Saladino se cifraron en unos 7.000 soldados. Jerusalén, sin embargo, no pudo ser tomada, debiendo los cristianos retirarse a Ascalón. Gracias a su victoria, la franja costera entre Tiro y Jaffa pasó a manos cristianas, al igual que Chipre. La tercera Cruzada finalizó con el pacto entre Saladino y Ricardo, por el que se garantizaba a comerciantes y peregrinos el libre acceso a Jerusalén. Las posteriores Cruzadas no obtuvieron los éxitos militares que había tenido la tercera. La Cuarta Cruzada se lleva a cabo entre 1202 y 1204, y se propondrá no sólo conquistar Tierra Santa, sino tomar el Imperio bizantino, siguiendo intereses comerciales. Las tropas cruzadas, partiendo de Venecia, tomarán Constantinopla en 1203, formando un reino que resultará efímero. Una Cruzada peculiar se produce en 1212, la llamada Cruzada de los Niños. Miles de adolescentes de ambos sexos, arrebatados por el fervor religioso y combativo de las Cruzadas, son embarcados en Marsella, desde donde los armadores los conducen a Alejandría y los venden como esclavos. La Quinta Cruzada tendrá lugar entre 1217 y 1221. Las tropas cristianas capturarán el puerto egipcio de Damieta. Fracasado un ataque contra El Cairo, los cruzados hubieron de rendir Damieta y dispersarse. La Sexta Cruzada, entre 1228 y 1229, será organizada por el emperador Federico II. Sus tropas salen de Italia y llegan hasta San Juan de Acre, haciéndose con el control de Belén, Jerusalén y Nazareth gracias a un tratado con el sultán. Luis IX de Francia será el organizador de las dos últimas Cruzadas. La Séptima se lleva a cabo entre 1248 y 1254. Tras salir de Vézelay, el objetivo será Egipto y la plaza de Damieta resulta ocupada, pero el francés sufre una contundente derrota en Mansura, siendo apresado por sus enemigos. Al ser liberado, san Luis se dirige a Tierra Santa para fortificar San Juan de Acre y regresa a Francia en 1254. Dieciséis años más tarde, en 1270, el mismo Luis IX dirige la que será Octava y última Cruzada, acogida con poco entusiasmo por los nobles franceses. Nuevamente la expedición se inicia en Vézelay, embarcando en Aigües Mortes con destino a Túnez, territorio que se piensa recristianizar. Sin embargo, el mismo monarca muere en Túnez en el verano de 1270, y con él acaba definitivamente el sueño cruzado de dominar Palestina. En 1291 los mamelucos reconquistan San Juan de Acre, el último baluarte cristiano y los cruzados deben evacuar Tiro, Sidón y Beirut. Las islas de Chipre y Rodas se mantendrán bajo dominio de los cruzados hasta el siglo XVI. La expulsión de los cruzados de Tierra Santa no puso fin a los esfuerzos cristianos por tomar Palestina, pero poco a poco decayó el interés de los reyes europeos y la nobleza europea, resultando sin ningún éxito las posteriores expediciones. Tras dos siglos de Cruzadas, la huella dejada en Siria y Palestina era escasa, excepto numerosas iglesias, fortificaciones y varios impresionantes castillos, como los de Marqab, en la costa de Siria, Montreal, en la Transjordania, el krak de los Caballeros, cerca de Trípoli y Monfort, cerca de Haifa. Las consecuencias de las Cruzadas fueron más notables para Europa que para Oriente. Las ciudades italianas salieron beneficiadas, pues se había generado un interés por la exploración del Oriente y se habían establecido mercados comerciales de duradera importancia. También floreció la economía monetaria y surgió una burguesía rica. Finalmente, el contacto con árabes y bizantinos contribuyó a elevar el nivel cultural de Occidente, aunque habrán de venir siglos de incomprensión.
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Galería de imágenes de la época. Entrada de los cruzados en Constantinopla. Cruzados asediando una ciudad. Asedio de Antioquía durante la Primera Cruzada. Cabeza de un cruzado. Un monje entrega el símbolo del cruzado a un caballero. Mapa de Jerusalén. Los cruzados de Bohemundo de Tarento asaltan Antioquía. Cristianos y musulmanes luchan durante las cruzadas. El regreso de la cruzada. Pedro el Ermitaño predica la cruzada.
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Cuando el 27 de noviembre del año 1095 el papa Urbano II predicó su sermón de cruzada, puso en marcha un movimiento que afectaría profundamente a la sociedad occidental durante medio milenio. Las cruzadas formaron parte de la constante guerra entre las potencias cristianas y musulmanas por el control del Mediterráneo, una pugna que había comenzado con el ascenso del Islam en el siglo VII, y que ha continuado hasta el presente. La clave de todo el movimiento cruzado fue el control de Jerusalén. Ciudad santa tanto para cristianos como para musulmanes, en su conquista se sucedieron expediciones y batallas durante dos largos siglos. Pero, en realidad, las Cruzadas nacieron más bien como peregrinación armada, pronto convertidas en una sucesión de expediciones militares muy pronto llevadas más allá de sus primeros objetivos. De este modo, aun cuando la Tierra Santa siguió siendo el fin último, se reorientaron hacia otras metas: tierras islámicas alejadas de Palestina, como España o Africa septentrional; regiones periférica de Europa aún pobladas por paganos, como Lituania, Prusia o Estonia; e incluso tierras cristianas en manos de cismásticos, como Bizancio. Fracasadas en lo militar, el resultado de las Cruzadas fue, a grandes rasgos, un extraordinario auge económico para las ciudades marítimas del norte de Italia y sur de Francia, así como el florecimiento de la economía monetaria y el trasvase cultural entre Oriente y Occidente.
obra
En otoño de 1876 Monet es invitado por Ernest Hoschedé y su esposa Alice a su palacio de Montgeron. Durante el verano ya había estado en el palacio Manet y su familia, lo que indica la vinculación del magnate Hoschedé con los artistas de su tiempo. Camille se quedó en Argenteuil y Ernest Hoschedé se trasladó a París para ocuparse de sus asuntos financieros por lo que Monet se quedó en Montgeron con Alice y sus hijos. Durante este tiempo se fraguó la relación que más tarde se oficializará cuando ambos queden viudos. Durante este tiempo el artista realizó algunas obras protagonizadas por los Hoschedé como en este magnífico pastel, donde aparecen representadas Jacques, Suzanne, Blanche y Germaine, mostrando Monet su faceta como retratista, interesándose por captar el gesto de cada una de las jóvenes. El dibujo es certero, especialmente en los delicados rostros, mientras que los vestidos están resueltos con largos trazos de color.