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Una atmósfera silenciosa donde el símbolo mejor se deje oír. Tono distante y aristocrático. Encuentro entre dos seres a la vez turbio y sereno. La crítica de la época vio en el cuadro un símbolo de la lucha entre el deseo de la dominación terrestre y el del abandono a la voluptuosidad encarnado el primero por el joven y el segundo por la esfinge seductora. Parece ser el autorretrato del pintor junto al de su hermana. Ambos, rostros indefinidos, a un tiempo virginales y viriles. El cuerpo de la esfinge, ser destructor, completa la ambivalencia de la imagen femenina (virgen y femme fatale). La representación del andrógino, su asexualidad y autosuficiencia, viene a ser metáfora de la atemporalidad del creador y su narcisismo.
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Las Escuelas Técnicas Superiores no fueron holladas por el pie femenino hasta el curso académico 1923-24, cuando se matricularon en la Escuela de Ingenieros Industriales de Madrid María Teresa Usabiaga (hija de un profesor de la Escuela) y Pilar de Careaga, bilbaína, de origen noble. Más tarde, en el curso académico 1927-28 se matriculó la primera alumna en la Escuela de Ingenieros Agrónomos, otra más (la tercera) en Ingenieros Industriales y las dos primeras en la Escuela de Arquitectura. Evidentemente, apenas se puede hablar sino de presencia testimonial. Además, salvo Pilar de Careaga que consta que llegó a sexto curso e las hizo prácticas correspondientes, no tenemos evidencia de que las demás aspirantes a ingenieras terminaran sus estudios. Pilar de Careaga ocupó las páginas de los periódicos por lo muy excepcional de su elección de carrera, como queda de manifiesto en El Debate de 23 de noviembre de 1923. En 1929, siendo ya estudiante de sexto curso, otra publicación, La Voz de la Mujer (23 de febrero de 1929), recogía sus declaraciones afirmando que pensaba ampliar estudios en Alemania y América para después ejercer su carrera hasta que contrajera matrimonio. Gráfico Las chicas que comenzaron Arquitectura, ya en la década de los 30, finalizaron sus carreras en buen porcentaje (tres de cinco: Matilde Ucelay, María Cristina Gonzalo y Rita González), unas antes y otras después de la Guerra Civil.
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Más pasión que la lucha desataron en Roma las carreras de carros, llegando incluso a producir divisiones partidistas entre los asistentes. Era el fútbol del mundo antiguo. Originalmente las carreras se celebraban en honor de Consus, una deidad agraria, por lo que el evento se integró en las fiestas celebradas en abril para honrar a la diosa de la cosecha -Cerealia-. La carrera iba precedida también de un desfile -pompa- que partía del Capitolio, atravesaba el foro y llegaba al Circo Máximo. Tras el desfile se procedía al sorteo para determinar el lugar de salida de cada una de las facciones en liza: blancos, azules, rojos y verdes. Los carros estaban tirados generalmente por cuatro caballos y se situaban en su correspondiente calle -carcer-. El presidente daba la salida, momento en el que estallaba el delirio. La carrera no era una cuestión de rapidez, sino de táctica y técnica. Colocarse bien y obstaculizar los progresos del contrario era más importante que poseer caballos veloces. El equino fundamental era el de la izquierda, ya que debía realizar los giros, por lo que no iba atado al carro sino a su compañero. Su nombre eras funalis. Era bastante fácil volcar el carro, chocar contra la spina o contra otro carro, lo que en el argot se llamaba naufragar. La victoria se decidía en los últimos metros, cuando el público enloquecía apoyando a su color. Incluso existía cierta correspondencia cromática con las clases sociales. Los partidarios de los azules se reclutaban entre los miembros de la aristocracia, mientras los verdes eran más populares. El espíritu partidista llegó a provocar enfrentamientos entre los espectadores. Como ocurrió con los gladiadores, algunos aurigas y sus caballos también alcanzaron la fama, especialmente entre las damas, celebrándose sus victorias y sus gestas amorosas. Entre ellos destacó Dioclés, auriga procedente de la Lusitania, que venció en 1.462 carreras y ganó más de 35 millones de sestercios. Los espectáculos eran anunciados en carteles realizados en colores rojo y negro que se distribuían por toda la ciudad. Junto con las distribuciones gratuitas de alimentos, los juegos eran la manera más utilizada para ganarse la simpatía popular. Panem et circenses contentaban a la plebe, que de esta forma no se dedicaba a prestar atención a las cuestiones gubernamentales.
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Pocas son las mujeres que consiguen acceder a la Universidad en los años 20. Gráfico
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Las Cartas de Relación de Hernán Cortés Evidentemente las Cartas de Relación de Hernán Cortés se inscriben de modo pleno en las crónicas de la conquista, integrándose en los condicionamientos de época a los que acabamos de referirnos. Pero de un modo muy peculiar. En primer lugar, por el propio autor. Cada día parece más necesario acometer desde nuevas perspectivas la dimensión cortesiana y lo que constituye su gran obra: la nueva modelación política del México indígena, que produjo el rescate de México de la frontera oriental, para producir su occidentalización. Es importante destacar la radical condición política de Cortés, afirmando la contingencia de su acción militar. Cortés fue un político, aunque no a la manera en lo que estudia Madariaga en su excelente biografía11 como modelo de astucia y habilidad para hacer frente a las situaciones con las que se iba enfrentando, pues ello supone, prácticamente, su caracterización como oportunista. Más bien, sus dotes de político se aprecian en la prudencia, la previsión, el sentido creador de anticipación, la valoración racional de cuantos detalles pudiesen ser importantes para la obtención del éxito, la acuciante preocupación por el bien de la comunidad a su cargo, la defensa de los intereses individuales, la firme voluntad de lealtad a la Corona, el orden como base para la convivencia; en una palabra, la idea de servicio como núcleo fundamental de la capacidad política cortesiana. Las Cartas de Relación presentan una estructura lógica que sigue la línea de la empresa cortesiana, pero que no se quedan en la descripción de la acción, sino que dejan ver, unas veces con mayor claridad, otras mucho más crípticamente, una intención, unos objetivos capaces de otorgar virtualidad a un conjunto estratégico de índole política. Por ello de las Cartas de Relación12 se desprende, en cada una de ellas, temas que constituyen el entramado de la argumentación de Cortés ante el destinario de las Cartas, que es el propio Rey Carlos I, ante el cual expone el conquistador un verdadero proyecto de Estado. Hernán Cortés es un hombre de frontera, desde el punto de vista territorial. Como extremeño, natural de Medellín, Cortés vivió una realidad social y territorial que dejó sobre él una honda huella, pues todavía a finales del siglo XV --él nació en 1485-- perviven en territorio extremeño las condiciones vitales impuestas por la larga tradición guerrera contra los musulmanes13 que otorgó a los hombres de aquel territorio un peculiar espíritu de cruzada, del cual el espíritu caballeresco es un reflejo. Pervive, en segundo lugar, la situación creada por el largo y acalorado antagonismo castellano-portugués14 y el aislacionismo que provenía de la burguesía comercial del litoral portugués y andaluz, que dejaba a Extremadura, como un territorio insularizado; por último, confluyen sobre todo el territorio los efectos de la larga guerra civil castellana desencadenada a la muerte de Enrique IV de Trastamara. De modo que, socialmente, pertenece Cortés a una región de disposición permanente de acceso a las armas y así se aprecia, efectivamente, en ciertas instituciones, como la de los caballeros de cuantía15, como ya antes la caballería villana16. Basta comparar estas instituciones con las que habría de establecer Cortés, modificando profundamente el sentido de la encomienda en el señorío para estar en disposición de apreciar la importancia que en los proyectos cortesianos tuvo la tradición territorial de la que provenía. Siempre se ha hablado de la condición social de Cortés como miembro de una familia de hidalgos pobres. La hacienda patrimonial de Cortés ha sido estudiada por Celestino Vega17, su fortuna mobiliaria obtenida en la conquista18, su sentido de la hacienda y del señorío indiano19 y, a la vista de ello debe modificarse el sentido significativo de aquella calificación. Su padre, Martín Cortés, por quien sentía una noble devoción filial como puede advertirse a cada paso en sus Cartas, era originario de Salamanca; su madre, Doña Catalina, era hija del mayordomo de la condesa de Medellín, Diego Altamirano, y de Leonor Sánchez Pizarro. Comparando la renta familiar, con la renta obtenida en la conquista de México, se aprecia un horizonte social, que cristaliza en la titulación concedida a Cortés de marqués del Valle de Oaxaca, con veintitrés mil vasallos. Existe un hecho evidente que prueba el aserto social al que nos referimos. Cuando los Reyes Católicos deciden nombrar, como funcionario de la Corona, gobernador de la isla Española al comendador de Lares Fray Nicolás de Ovando y éste propuso en aquella región enganche para acompañarle en la empresa, ¿quiénes son los que se apuntan entre los vecinos de Medellín? No los mayorazgos poderosos como los Mexia de Prado, los Calderón, los Contreras; sí, en cambio, los Diego Dolarte, Alonso Portocarrero, Hernán Cortés, Gonzalo Sandoval, Andrés de Tapia, Rodrigo de Paz, Pedro Melgarejo, Juan de Sanabria y tantos más. Son aquéllos que se encuentran en necesidad de ascenso y mejora en su condición social y en sus posibilidades económicas; que son, también, los que se encuentran en mejor disposición de comprender los principios rectores de una concreta y específica situación social en cuanto forman parte de una organización institucional que les otorga una concreta formación. En el caso de Hernán Cortés, además, como consecuencia de sus dos años de estancia en Salamanca, advertimos una formación intelectual universitaria. Los dos años de estancia en esa Universidad que, por entonces, era la luminaria de España, dejaron en Cortés una profunda huella. Cronistas y biógrafos destacan el excelente dominio del latín y el perfecto conocimiento de la técnica jurídica, que revela en sus escritos; la precisión con que cita fórmulas jurídicas, la correcta e inteligente interpretación que hace de ellas, constituyen pruebas evidentes de que aquellos dos años universitarios fueron muy bien aprovechados por su inteligencia despierta y bien formada, su espíritu abierto y sus excepcionales dotes de captación. En tercer lugar, existe otro aspecto importante en la formación de Hernán Cortés: sus años previos a la conquista de México, de estancia en la isla Española y en la de Cuba. En sus escritos insiste con harta razón en establecer las diferencias que era necesario tener en cuenta, en cuantas instancias políticas y pobladores se estableciesen, entre las islas y la Nueva España. Insiste en evitar caer en los mismos males producidos en los ensayos colonizadores insulares. Se trata de una verdadera obsesión por parte de Cortés, que vivió ciertas experiencias --como las del gobierno impuesto por el gobernador de Cuba Diego Velázquez-- que en modo alguno quiso que se reprodujesen en los territorios del Anahuac. La Nueva España, expresa, es cabalmente nueva porque en ella se intenta llevar a cabo una experiencia absolutamente diferente: la convivencia de españoles e indígenas. Por esa razón fue un decidido partidario y defensor de los derechos de los primeros pobladores, educándolos en el sentido de la convivencia con la sociedad indígena. Esta experiencia americana que, con profundo sentido critico, tuvo viabilidad permanente en el ánimo de Cortés, ya fue vista por el gran historiador mexicano Carlos Pereyra20, puede apreciarse en los distintos tratamientos de la realidad geográfica y cristaliza en lo que ha sido denominado la transformación del conquistador al convertirse en poblador21, fuertemente unido a la tierra y al hombre. Sin duda, la experiencia antillana resultó sumamente importante para Cortés y muy fructífera en la aplicación de sus disposiciones de gobierno. Pero existe, una cuarta influencia sobre el ánimo y la formación de Cortés, que fue la propia realidad mexicana. En sus Cartas de relación puede apreciarse la reiteración con que expresa su admiración por la ciudad de Tenochtitlan, capital política de la confederación mexicana, así como por la organización social y política del Estado, del que pudo apreciar la maiestas de Moctezuma Xocoyotzin, y la organización del sistema tributario, que le llevó incluso a solicitar el uso de los libros indígenas de tributación para tomarlo como modelo en su propia idea de dominio. También puede apreciarse la reiteración con que, en las Cartas de relación, insiste acerca del modelo político de integración entre la comunidad indígena y la española. En las Cartas de relación, se encuentra una importante arquitectura de construcción que ofrece un diseño extraordinariamente lógico en relación con el supuesto personal de Hernán Cortés: Carta Primera: es la carta de la Justicia y Regimiento de la Villa de Veracruz, se trata de una carta de Estado, pues va dirigida a la Reina Doña Juana y al Emperador Carlos V, su hijo, fechada el lo de julio de 1519. No deja de extrañar el título de Emperador que se otorga al Rey por parte del Cabildo de la Villa de Veracruz. El contenido de esta carta es informativo y de justificación político-jurídica respecto a la ruptura con el gobernador de Cuba, Diego Velázquez. Pero tiene un carácter muy importante de sentido comunitario, de defensa de la comunidad actora de los hechos que, en efecto, se constituye como un agente común, bajo la fórmula tradicional castellana del municipio. Carta Segunda: fechada en Segura de la Frontera el 30 de octubre de 1520, ya no tiene un significado tan oficial, sino que es, más bien, como ocurre con todas las demás, exposición personal y privada de...muy humilde siervo y vasallo que los muy reales pies y manos de vuestra alteza besa. Fernán Cortés. El contenido de esta carta es enormemente denso, se hace el relato sistemático de la formulación de la base de resistencia costera, primeras alianzas con indígenas, primeros contactos con embajadas enviadas por Moctezuma. Se aprecia el juego de diplomacia respectivamente desplegada por el tlacatecuhtli y el capitán Cortés; se describe toda la ruta hasta la gran recepción en Tenochtitlan y se plantea el primer gran tema político, el problema de la transmisión de la soberanía, revelador de un eminente sentido de modernidad. Carta Tercera: Fechada en Coyoacan --uno de los barrios de Tenochtitlan-- el 15 de mayo de 1522, enviada por Cortés como Capitán y justicia Mayor del Yucatán, llamada la Nueva España del mar Océano al muy alto y potentísimo César e invictísimo Señor don Carlos, Emperador Semper Augusto y Rey de España, nuestro señor y refrendada en posdata por los oficiales reales Julián Alderete, Alonso de Grado y Bernardino Vázquez de Tapia. El relato se refiere a las operaciones militares para la conquista violenta de la ciudad de Tenochtitlan, decidida desde el momento de la expulsión de los españoles de dicha ciudad. Toda la operación de sitio, construcción de bergantines, afianzamiento de relaciones y alianzas con tribus y ciudades indígenas, ataque y la heroica defensa de los indígenas bajo la dirección del nuevo tlacatecuhtli, Cuauhtemoc, convierte esta Carta en una verdadera novela de caballerías, encontrándose, incluso, fórmulas estructurales muy características de tal modelo literario. Carta Cuarta: Fechada en la ciudad de Tenochtitlan el 15 de octubre de 1524. De nuevo conviene resaltar el registro diplomático empleado en ella por Cortés, quien ya en ese momento ha recibido y confirmado sus títulos por parte del Rey pero ello no altera la esencial devoción de relación personal con el monarca. El encabezamiento de la carta es al Muy alto, muy poderoso y excelentísimo príncipe; muy católico invictísimo Emperador, rey y señor; la despedida: De vuestra sacra majestad muy humilde siervo y vasallo, que los reales pies y manos de vuestra majestad besa. El contenido de esta carta es sumamente interesante y se refiere a la organización de la expansión hacia los tres sectores geográficos que constituyen la esencia del territorio de México: Tehuantepec, es decir, el istmo, que integraba, entre otros, los territorios de Guatemala y Honduras; la costa del golfo de México, centrado sobre la región del Pánuco y, por último, los territorios costeros del Mar del Sur, con la primera importante percepción geohistórica del Pacífico en relación con el continente mexicano. El otro gran tema que destaca en esta cuarta Carta, es el diseño de las disposiciones del gobierno, donde, verdaderamente, destaca el genio político de Cortés. Carta Quinta: Fechada también en Tenochtitlan el 3 de septiembre de 1526. Registra, también, variantes el registro de encabezamiento y despedida. Es muy lacónico el primero: Sacra Católica Cesárea Majestad y, en cambio extraordinariamente cálida, dentro del gran respeto, la despedida de Cortés: Invictísimo César, Dios Nuestro Señor la vida y muy poderoso estado de vuestra sacra majestad conserve y aumente por largos tiempos, como vuestra majestad desea. El contenido de esta Carta se refiere fundamentalmente a la descripción del terrible viaje a las Hibueras (Honduras) cuyo motivo es de amargura para Cortés, pues resultó impuesto por la traición y levantamiento contra él del capitán Olid, al que había confiado la expedición. Su amargura se multiplicó cuando tuvo noticias de los graves desórdenes ocurridos en México, como consecuencia de su ausencia y la incapacidad de acuerdo entre Audiencia y oficiales reales, así como consecuencia de la desinformación que en la Corte tenían sobre lo que estaba ocurriendo en México, lo cual fue debidamente aprovechado por los enemigos de Cortés para levantar algunas calumnias. Ello produjo el envío, como juez de residencia, del licenciado Luis Ponce de León.
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El Palacio Imperial y los templos eran los modelos a imitar por los ricos propietarios de las mansiones. El número de recintos era proporcional al nivel económico y social del propietario. El edificio principal se levantaba en un espacio cerrado, orientado hacia el sur y situado en el extremo septentrional del eje norte-sur. El cabeza de familia ocupaba este edificio, mientras que sus parientes vivían en los edificios y las dependencias laterales. En las cercanías de la entrada, en el muro sur, habitaba la servidumbre, mientras que en el lado interior del muro de entrada se alzaba el llamado "muro del espíritu", que servía para asegurar la intimidad de los moradores. Un solo patio con un único edificio orientado hacia el norte era la casa de los menos acomodados, empleando los edificios laterales como talleres. Las viviendas populares varian en función de la región. En la zona sur, las casas son habitualmente de adobe, cubiertas con techumbre de tejas, encontrándose agrupadas. En la región de Shanxi las casas se construyen excavando en la tierra arcillosa, mientras que en las zonas montañosas las viviendas están enjabelgadas, destacando sus aleros decorados. El adobe también se emplea en el Tibet, blanqueado y pintado de ocre. En las regiones rurales el tejado es de madera y liso, por lo que se emplea para almacenar paja y forraje para las bestias, forraje que también sirve como techumbre. En el piso bajo se encuentran los establos, aportando así los animales el calor necesario a los propietarios que viven en la planta superior. En las regiones de Mongolia y Xinjiang, los pastores nómadas emplean tiendas circulares sobre estructuras enrejadas plegables, cubiertas de pieles, forrando también el interior de alfombras.
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Nuestro conocimiento de las casas emporitanas se halla reducido a la existencia de tres grandes domus situadas en el lado este de la ciudad, sobre el puerto. Se trata de grandes mansiones que siguen fielmente el esquema itálico de la casa de atrio complementada con peristilo y hortus. Tienen estas mansiones un origen republicano que remonta a la primera mitad del siglo I a. C., cuando los primeros habitantes recibieron sus lotes de terreno en los que construir sus viviendas, las cuales, ya en época imperial, experimentaron unas importantes ampliaciones, sobre todo en lo referente a los peristilos y a los jardines, acondicionados cuando la desafectación del tramo levantino de la muralla permitió ganar unos espacios suplementarios en el hasta entonces "no man's land" situado entre la aglomeración griega y la ciudad romana propiamente dicha. Todas estas casas han sido bastante pródigas en lo que atañe a la obtención de datos sobre el nivel artístico de la Emporiae romana, por cuanto, al haber conservado sus mosaicos y estucos, así como una relativamente abundante escultura de tipo doméstico, nos permiten una aproximación bastante precisa al respecto. En lo que atañe a la musivaria destacan los pavimentos de opus signinum, correspondientes a la primera fase republicana de estas casas, frecuentemente adornados con un emblema central de opus vermiculatum, entre los que sobresale el llamado Sacrificio de Ifigenia, hallado de forma clandestina en 1849 en una casa situada al noroeste del foro. A la época julio-claudia y flavia pertenece una buena serie de los mosaicos geométricos en blanco y negro, faltando casi completamente hasta ahora los mosaicos policromos posteriores al siglo I, de los que sólo conocemos un ejemplar ubicado en uno de los locales situados al este del foro. La pintura mural, dada la forma como estas casas fueron excavadas, la conocemos muy fragmentariamente, si bien ha sido posible determinar la existencia de unos interesantes conjuntos del Segundo Estilo, fechables en la primera mitad del siglo I a. C., asociados a pavimentos de signinum. A las ampliaciones de época julio-claudia pertenecen algunas pinturas del Tercer Estilo, sitas en estancias pavimentadas con mosaicos en blanco y negro. En cuanto a la escultura, hemos de recordar el retrato en mármol de una anciana en la que ciertos autores creen reconocer a la emperatriz Livia en sus años provectos, así como la magnífica testa en bronce de la antigua Colección Güell que representa a una matrona de época flavia. De menor calidad pero no por ello menos interesantes son, entre otros, el cuerpo de una ninfa acostada, la cabeza de un fauno, dos pilastras en forma de Hermes y varios oscilla, ejemplares todos ellos labrados en mármol.
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El conocimiento de la casa romana emeritense es en la actualidad muy fragmentario. Es verdad que en el conjunto urbano se han podido descubrir restos de mansiones que proporcionaron pavimentos de mosaico, algunos de los cuales se exponen en el Museo, pero no es menos cierto que lo conocido de esas estructuras domésticas es mínimo. No obstante, los ejemplos conservados, sobre todo los de las mansiones suburbanas, nos proporcionan una aceptable panorámica de la evolución de la arquitectura doméstica de la ciudad emeritense desde el siglo I d. C. hasta ya bien entrada la cuarta centuria. En líneas generales, se estructuran en torno a un patio porticado o peristilo, al que se abrían sus más relevantes estancias. Algunas alcanzan dimensiones ciertamente espectaculares, como es el caso de la existente junto al Anfiteatro. Todas proporcionaron considerables muestras de su arquitectura y de las decoraciones que ornaban sus paredes y suelos: pinturas al fresco y mosaicos, fundamentalmente. Además de la existente en el recinto de la Alcazaba, las descubiertas en la calle de Suárez Somonte y en la Huerta de Otero, hoy no visibles, y la del Teatro, las más importantes son la Casa del Anfiteatro y la Casa del Mitreo. La primera, llamada así por su proximidad al monumento, conserva un peristilo ajardinado y una serie de habitaciones distribuidas en torno a él con interesantes pavimentos musivos, entre ellos uno con figuración de Venus y Cupido y escenas de vendimia y otros con motivos ornamentales y cuadros con especies marinas. Su cronología corresponde a finales del siglo III d. C. En cuanto a la del Mitreo, resulta un ejemplo interesante de la arquitectura doméstica de fines del siglo I d. C. o comienzos del siglo II d. C., con dos peristilos y un pequeño atrio (atriolum). En torno a ellos se disponen las distintas dependencias de la mansión. Destaca la habitación (oecus ?) situada en el atrio, con un pavimento musivo de gran interés, el llamado Mosaico Cósmico, con completa representación de los elementos de la Naturaleza a la manera alegórica: El Tiempo, el Cielo, el Caos, los Vientos, las Nubes, la Aurora, los ríos, el Océano, las Estaciones y la figura de Aion entre otras. Toda la representación ofrece un magnífico colorido.
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Pocos son los datos de los que disponemos para hablar de la arquitectura privada tarraconense y de las zonas en las que se levantaban las domos en las que residían los habitantes de la ciudad. Sin duda alguna, éstas se ubicaban en el área intramuros al sur del tramo urbano de la Via Augusta, como lo demuestran los restos excavados por Serra Vilaró junto a la basílica forense. Se trata de muros correspondientes a una casa con un patio porticado y algunas dependencias anexas cuya fachada se abre a una calle de acceso al foro. Esta calle enlosada, decumanus, y otras dos perpendiculares, cardines, constituyen los mejores restos conservados de la red viaria de la ciudad y permiten afirmar que ésta estaba estructurada siguiendo una retícula de tipo ortogonal. En la parte baja de la ciudad, en la zona relativamente cercana al foro, se hallaba un gran conjunto termal, muy mal conocido, cuyos restos -corredores inferiores de servicio, dos grandes salas cubiertas con cúpula rebajada y parte del hipocaustum- se conservan todavía bajo las edificaciones actuales; quizás pueda identificarse este conjunto con las thermae Montanae documentadas en una inscripción procedente de este sector urbano. Cerca de éstas se hallaba la schola del collegium fabrum, la sede de la corporación de los obreros de la construcción, cuyos restos han sido identificados gracias al hallazgo de diversos elementos epigráficos y esculturas (una cabeza de Minerva y un busto thoracado, entre otras), fechables en el siglo II d. C. Las características de éstos y de otros hallazgos esporádicos (epigrafía, mosaicos, escultura) nos permiten deducir que este sector de la ciudad era el ocupado por las viviendas de los tarraconenses acomodados -ya en época republicana-, por las sedes de diversas corporaciones y, también, por los templos, como el de Tutela o el de Minerva, de los que sólo algunas inscripciones nos recuerdan su existencia. El estudio de los mosaicos tarraconenses, la mayor parte de los cuales procede de las domus de este sector de la ciudad, documenta unas fuertes influencias itálicas en los pavimentos de opus signinum con teselas, de época republicana, y en las producciones de época altoimperial. Para la época severiana se observa una mayor variedad temática, reflejo de influencias norteafricanas, orientales y también de las provincias gálicas, mientras que en el siglo IV d. C. se puede hablar de un taller establecido en la ciudad, cuyos mosaicos evidencian fuertes contactos con el oriente mediterráneo. El suministro de agua a este sector residencial estaba garantizado por dos acueductos procedentes de los ríos Francolí y Gaiá. Las aguas del río Francolí llegaban a Tarraco a través de una larga conducción a la que corresponde el llamado Pont del Diable o Acueducto de les Ferreres, obra con dos órdenes de arcos de mampostería levantada para salvar el desnivel de un barranco, llamado dels Arcs, próximo a la ciudad. Esta obra de ingeniería ha sido tradicionalmente fechada en época de Augusto. La conducción procedente del río Gaiá, semienterrada o en superficie, accedía a diversos puntos del núcleo urbano a partir de un castellum acquae, distribuidor, situado a occidente del mismo.
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En su mayor parte las casas sumerias estaban hechas de gruesas paredes de ladrillos de barro, con ventanas muy pequeñas que dejaban pasar poco calor en verano y escapar poco frío en invierno. Las viviendas no seguían un plano determinado, dependiendo su distribución del espacio disponible para edificar. Las casas de los ricos eran mayores y más espaciosas, estando algunas de ellas bien amuebladas, hasta el punto que podían disponer de bañeras y retretes que desaguaban en el río. En todas las viviendas se solían disponer bancos de obra en algunas habitaciones, aunque también podían usarse camas, mesas y sillas de madera. Las ventanas se cubrían de rejas de madera y el paso de una habitación a otra se hacía por unas puertas muy bajas, que obligaban a agacharse. Se ignora si el mobiliario incluía alfombras, mantas o sábanas, pues no se ha conservado ninguna, aunque sí se han hallado elementos de ajuar doméstico como pulseras, espejos, pendientes o barras de labios, en algunas casas urbanas. Las casas, ciertamente pequeñas y mal iluminadas, tenían una estructura endeble y era frecuente que se cayeran. En este sentido, una ley obligó a los constructores a mejorar la factura de las viviendas, haciéndole pagar con su vida si el derrumbe de la casa producía alguna muerte. Cuando una corría peligro de derrumbarse, era demolida para construir otra en su lugar. Por último, era común que los techos de las casas fueran recorridos por serpientes en busca de ratones y ratas.