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El éxito defensivo no deslumbró a Rommel, que apenas disponía de efectivos que oponer a otro asalto de Montgomery. Los italianos de las Divisiones Littorio y Trieste empezaban a retirarse del frente y la 164 División de infantería, perdido el saliente norte, escapaba del cerco a duras penas. Al acabarse ese día, le quedaban 187 tanques de los que sólo 35 eran alemanes y apenas contaba con combustible para otra jornada de operaciones. "Había llegado el momento de replegarse a la línea Fuka", escribió Rommel tras ordenar que minasen esa zona. Y en la madrugada del 3, envió a su ayudante a Berlín con una nota solicitando libertad para retirarse. Seguro de ser oído, ordenó el repliegue de la infantería y colocó al resto de sus tanques y anticarros como escudo para proteger la retirada. Entretanto, en el campo inglés cundía el nerviosismo. Pasados diez días, no se habían cumplido aún los objetivos previstos para el primero y las pérdidas eran enormes: más de 500 tanques y más de 12.000 hombres. Y, lo que es más grave, la confusión en sus líneas era tremenda. Sólo esto puede explicar que únicamente la RAF acosase al ejército del Eje en retirada. El desastre germano-italiano se produjo cuando Rommel recibió la respuesta de Hitler: resistir a ultranza, aguantar hasta que se hundiera el impulso enemigo. "En cuanto a sus tropas, demuéstreles que no existe otro camino que el de la victoria o la muerte", concluía el telegrama. Aunque furioso y desencantado con quien le ordenaba tal locura, Rommel obedeció y las consecuencias fueron tremendas: el XX Cuerpo de ejército italiano quedó pulverizado, los restos del Afrika Korps, desbordados y su jefe Von Thoma, capturado; las divisiones italianas Folgore, Pavía y Brescia, fueron cercadas y se rindieron. Las tropas inglesas penetraron a mediodía del día 4 en Sidi Abdel Rahman. Ese era el objetivo de Montgomery para el 24 de octubre. Rommel había perdido treinta y seis horas preciosas. Su ejército se retiró en desbandada. Unidades italianas y alemanas se mezclaban con los vehículos que, sin gasolina, eran empujados con la esperanza de hallar combustible más adelante. Los campos minados de Fuka no podían ser defendidos ya. Cualquier resistencia era inútil. Había terminado la batalla de El Alemein cuando llegó el segundo telegrama de Hítler autorizando la retirada. El balance era tremendo para ambas partes. Los británicos, en cifras del general Alexander, habían perdido 13.500 hombres, entre muertos y heridos y unos 600 tanques. Las tropas del Eje, en cifras de Rommel, 7.800 hombres (2.800 italianos) y 28.000 prisioneros (8.000 alemanes). Y sus fuerzas acorazadas apenas si salvaron 50 carros de combate. Según radio El Cairo, durante esos doce días se dispararon en El Alemein más de un millón de cañonazos y la RAF arrojó más de 100.000 bombas. De aquella batalla, que para muchos tratadistas supone un rotundo fracaso de la dirección militar británica, que sólo pudo imponerse por una inmensa superioridad en hombres y medios, surgió un mito efímero, Montgomery, premiado en Gran Bretaña con el vizcondado de El Alemein. Toda su imaginación como general podía resumirse en esta frase de sus Memorias: (Después de El Alemein), "la liquidación de las fuerzas del Eje de África era inminente, siempre que no volviéramos a cometer errores". Él, por si acaso, no se expuso a "cometer el error" de perseguir a las tropas de Rommel en retirada e impedir su consolidación más atrás. Probablemente, Montgomery tuvo la oportunidad de evitar la batalla de Túnez. En este caso, como en casi todas las situaciones controvertidas del pasado, el tiempo da la razón. El carisma del vencido se ha impuesto ampliamente al autobombo del vencedor. Hoy se sigue hablando de Rommel en todo el mundo, mientras que de Montgomery ya sólo se acuerdan en Inglaterra.
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Aunque se había conseguido un cierto éxito frenando el último ataque británico en las cercanías de Tel el Aqqaqir, Rommel era consciente de que existía una profunda desigualdad de fuerzas: muchos de sus carros, tras varios días de intensos combates, habían sido destruidos o se encontraban averiados -el Afrika Korps sólo tenía, a estas alturas, 35 carros-; los suministros de combustible, municiones y víveres apenas alcanzaban una cantidad mínima; la moral de las tropas, por último, se encontraba bajo mínimos, lo que se traducía en movimientos de retroceso y desplazamiento a posiciones de retaguardia. La posibilidad, estudiada anteriormente por Rommel, de resguardarse en la línea de Fuka, comienza a ser planteada en serio. Confiando en lograr el permiso de Hitler para retroceder, mandó el retroceso de parte de las divisiones italianas. Sin embargo, Hitler, por medio de Kesselring, denegó la posibilidad de que se produjese una retirada que ya se estaba empezando a realizar, lo que obligó a Rommel a paralizar la operación. Conocido por Montgomery el desplazamiento hacia el este de sus adversarios, éste ordenó a su aviación que comenzase a hostigar a las columnas en retirada, lo que se interpreta como un exceso de precaución, pues no ordenó a sus tropas en tierra que iniciasen el avance sino hasta las primeras horas de la noche del 3 de noviembre. El ataque de la 51 División y una brigada de la 4 División india se produjo a lo largo de un frente de 6,5 kilómetros, enfrentándose a los antitanque germanos. El éxito de la operación produjo una brecha en las defensas enemigas en la mañana del día 4, lo que permitió la entrada de tres divisiones blindadas. La entrada de los carros británicos produjo el descalabro de los blindados italianos del XX Cuerpo de Ejército y de la División Ariete. Más al norte, el Afrika Korps estaba siendo desbordada, cayendo apresado el mismo Von Thoma. El frente había quedado roto a lo largo de 20 kilómetros, y la ausencia de combustible y refuerzos hacía ya materialmente imposible obedecer la orden de Hitler de resistir a toda costa. Decidido a salvar la mayor cantidad de hombres posible, Rommel emprendió la retirada con los escasos medios a su disposición, cuando en la mañana del 5 de noviembre llegó el permiso del Führer para retroceder. En la noche del 4 al 5 se produjo la retirada alemana, facilitada por las excesivas precauciones de Montgomery -quien decidió reagrupar sus tropas, lo que dio una ventaja de 18 horas a las fuerzas del Eje- y la negativa de la RAF a castigar con vuelos rasantes y fuego de ametralladora a las columnas en retirada, en vez de los menos eficaces bombardeos a gran altura. Ya estaba claro que la diferencia de fuerzas, tras una larga batalla, permitía a los británicos emprender una operación de aniquilamiento de los restos del Ejército enemigo, pues el Octavo Ejército podía arrollar con sus 600 tanques a los 80 alemanes. La persecución del enemigo en retirada la encomendó Montgomery al X Cuerpo de Ejército, reorganizado ahora al integrar a las divisiones blindadas 1? y 7? y a la 2? neozelandesa. Por su parte, el XXX Cuerpo de Ejército quedaría en reserva entre El Alemein y Marsa Matruh y el XIII se mantendría sobre el campo de batalla para realizar labores de limpieza. A pesar del retraso con el que comenzó la persecución, las fuerzas del Eje a punto estuvieron de ser cercadas en Marsa Matruh, pero la operación finalmente no llegó a completarse debido a la detención de la 1? División blindada por falta de combustible. Este hecho permitió a Rommel organizar una retirada escalonada y bien defendida, facilitada por las excesivas precauciones de los británicos. A pesar de ello, cientos de vehículos y hombres a pie marchaban por la única carretera, dejando al lado vehículos averiados o sin combustible. Por si fuera poco, una fuerte lluvia producida el día 6 embarró la arena del desierto, circunstancia que, no obstante, favoreció a los perseguidos, pues paralizó durante un día entero los movimientos británicos. Llegado a Sollum bajo un constante hostigamiento aéreo, Rommel pudo hacerse con combustible suficiente para algo más de un centenar de kilómetros, dependiendo a partir de entonces de los suministros por aire. El 12 de noviembre pasó por Tobruk, mientras que el 19 lo hizo por Benghazi, encaminándose hacia Mersa el Brega. En plena retirada, Rommel tuvo conocimiento el 8 de noviembre de que se estaba produciendo la Operación Torch, el desembarco aliado en las costas norteafricanas. Aunque arrolladora, probablemente la ocupación aliada del norte de África hubiera sido mucho más fácil de haber aniquilado Montgomery al ejército de Rommel en retirada, lo que hubiera evitado los violentos combates que se producirán más tarde en Túnez y, con ello, miles de muertes. El fatal resultado de la batalla en cuanto a víctimas humanas difiere según las fuentes citadas (Fuller). Rommel afirma que, entre el 23 de octubre y el 19 de diciembre, las bajas del Eje se elevaron a 35.700 hombres, desglosados en 2.300 muertos (1.200 italianos), 3.900 heridos (1.600 italianos) y 27.900 prisioneros (20.000 italianos). Para Alexander, que ofrece cifras entre el 23 de octubre y el 7 de noviembre, en el Eje se produjeron 10.000 muertes, 15.000 heridos y más de 30.000 prisioneros. El mismo Alexander sitúa las bajas inglesas en 13.500, entre muertos, heridos y desaparecidos, y más de 500 tanques.
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Señala Blunt que "el gusto italiano lo barrió todo en la arquitectura, la escultura y la pintura decorativa durante el reinado de Francisco I, pero en el retrato perduraba una tradición distinta". Alude a la tradición flamenca, con las figuras de Jean Clouet (hacia 1475-1540 y su hijo François Clouet (hacia 1516-1572), cuyas producciones, en determinadas obras no discernible, representan la retratística de corte durante el siglo XVI en Francia. Con ellos, que expresamente ostentaban el título de pintores de cámara, parece haberse querido compensar, dado el creciente nacionalismo ya señalado, la presencia e influjo italianos dominantes en la corte; en el caso del sagaz Francisco I sería muy creíble. La razón básica parece similar a la que en España llevó a Felipe V, a inicios del siglo XVIII, a mantener una prudente política de formas, que no de fondo, hacia su casa española, frente a su casa francesa. Jean Clouet, flamenco de origen, mantiene los caracteres del retrato flamenco del siglo XV (realismo, minuciosidad detallista, empleo muy contrastado del claroscuro) en toda su producción, a la que incorpora algún rasgo de la retratística italiana -el retrato de Francisco I realizado por Tiziano, algo pudo sugerirle- en cuanto a valorar gestos y ademanes, así como el colorido y calidades de las vestimentas. Su versión de retrato ecuestre a lo italiano del mismo Francisco I, resulta algo rígida y pesada. Cotejada su producción con la de Jean Fouquet, del tercer tercio del cuatrocientos, nos evidencia que los avances y aportaciones son realmente escasos. La misma línea sigue su hijo François, casi sin otra variación que no sea la de insistir algo más, sin demasiado éxito, en el distanciamiento preconizado por el retrato manierista. El retrato de la reina Isabel de Austria, esposa de Carlos IX, realizado hacia 1560-65 y, por tanto, una de sus últimas obras, lo pone de manifiesto. Más interesante es la retratística -ahora fuera de los círculos cortesanos- de Corneille de Lyon (hacia 1500-hacia 1575), también oriundo de los Países Bajos, a base de cuadros de pequeño formato que asumen, de manera admirable, lo mejor de la tradición retratística flamenca. Sin los condicionamientos cortesanos y mediante una técnica que conoce, domina y emplea con libertad, sus retratados transmiten mediatez y veracidad.
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Dino Grandi había solicitado del Duce la reunión del Gran Consejo Fascista, el más alto órgano colegiado del Estado, que desde el inicio de la guerra no había celebrado sesión alguna. Pretende presentar ante el mismo un orden del día para su aprobación, en el que la persona de Mussolini, sería despojada de sus atribuciones dictatoriales.Para evitar acusaciones de traición, el mismo Grandi había mostrado con antelación, tanto a Mussolini como a los demás componentes del Consejo, su proyecto. Con más o menos calor, la mayor parte de los jerarcas habían dado su conformidad al mismo.A las cinco de la tarde del sábado 24 de julio se inicia la reunión. Tras las formalidades de rigor y fuertes amagos de discusión, Grandi presenta su plan, basado en puntos muy concretos. Son éstos la restauración de todas las funciones estatales y básicamente la restitución a la Corona, al mismo Gran Consejo, al Gobierno, al Parlamento y las corporaciones, de todas las misiones y responsabilidades establecidas por la ley.Se le pide, en definitiva, a Mussolini la renuncia a su acaparamiento de funciones, pero conservando el ordenamiento legal por él instituido. La discusión se encona entre los fieles e incapaces partidarios del Duce, que se encuentran en franca minoría y los demás, que apoyan la propuesta de Grandi.Mussolini, sorprendentemente, no reacciona con energía ante este acto de insubordinación. Abrumado por la enfermedad que le aflige en esos días así como por el peso de los hechos externos, ofrece una impresión de completa dejadez y aun de desinterés.No imagina, pues, la manipulación de fondo de que está siendo víctima por parte de quienes supone sus mayores apoyos. La votación es realizada y arroja un resultado netamente favorable a la propuesta presentada: diecinueve votos a favor, ocho en contra y una abstención.Esa misma noche, la Casa Real será informada de los hechos acaecidos en el Gran Consejo. El rey ya tiene lo que deseaba para poner en marcha su acción. Las fuerzas que habrán de intervenir en ella ya están dispuestas.Los carabineros se encargarán de ocupar los puntos vitales de la ciudad y de detener a los personajes más destacados del régimen, entre ellos a quienes acaban de representar sin saberlo el papel de útiles instrumentos. Las tropas ayudarán en la tarea, y actuarán en todo lo concerniente a la defensa de la capital.Badoglio ya tiene en su poder el texto de la proclama que será leída por radio al pueblo italiano, ignorante por el momento de unos hechos que van a conmocionar su existencia durante los dos años siguientes.Al utilizar a los notables del régimen como peones para sus propios designios, el conservadurismo dominante ha dado una prueba más de su sagacidad para sortear dificultades en gran medida por él mismo provocadas.Mussolini, por su parte, ha dado muestras de la ciega seguridad en sí mismos que caracteriza a todos los dictadores convencidos plenamente de su papel.Imaginar, por tanto, que el Gran Consejo, que únicamente había servido como centro de recompensas y prebendas, podría tener capacidad para destituirle legalmente, no entraba en su mente. Esta más que justificada falta de reacción terminaría por perderle.
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En 1976 fue elegidoCarter como presidente de los Estados Unidos, en 1977 por primera vez ocupó el puesto de primer ministro elegido israelí una persona no perteneciente al laborismo sino a un partido religioso, en 1978 salió del cónclave como Papa Juan Pablo II y en 1979 regresó Jomeini a Irán. Si todos estos acontecimientos tienen un elemento común que los identifica, todavía es posible multiplicar los ejemplos para cubrir la totalidad del mundo e, incluso, hasta cierto punto la totalidad de las religiones. En fechas parecidas la aparición de los evangelismos en Hispanoamérica hicieron nacer un protestantismo de raíz carismática como competidor del catolicismo predominante en la región. En India, movido por una especie de complejo de inferioridad ante el activismo de la minoría musulmana, el hinduismo también adquiría un nuevo talante más competitivo e incluso agresivo. Los teleevangelistas norteamericanos, durante mucho tiempo un fenómeno anecdótico, aparecieron pronto asociados a la regeneración moral que necesitaba una sociedad. En Israel el movimiento Gush Emunim promovió la repoblación con colonos de nuevos asentamientos en zonas de población palestina por motivos fundamentalmente religiosos mientras que en la propia Jerusalén casi un tercio de los votos iban a los partidos religiosos fundamentalistas. Todos estos ejemplos aparecen en un libro de Gilles Kepel significativamente titulado "La revancha de Dios". La tesis principal del mismo es que, a mediados de los setenta, para sorpresa de muchos observadores, se hizo presente en todo el mundo una nueva y más estrecha relación entre religión y vida política. Los hechos citados responderían, por tanto, a una ola de fondo consistente en la reaparición de la religión como elemento vertebrador de la vida social. No cabe, por tanto, atribuirlos a una casualidad aunque también hay que constatar que en ellos se encerraban realidades muy plurales. Así sucedió en cada una de las religiones. Tomemos el caso del catolicismo presente en una sociedad que parecía estar más secularizada que nunca. Como afirmó el cardenal Lustiger, arzobispo de París, los católicos del fin de siglo eran conscientes de vivir en el inicio de la era cristiana en cuanto que el olvido de Dios sería, según él, culpable de los males de la sociedad de esta época. Lo significativo es que Lustiger procede del mundo judío polaco y se educó en la burguesía liberal parisina, es decir de medios poco tradicionalmente vinculados al catolicismo. Para él el ansia de recristianización se presentaba como una superación de la modernidad o un desencanto de lo laico. Pero fenómenos concomitantes se podían encontrar en el cardenal Ratzinger, siempre insistente a la hora de subrayar la especificidad de lo católico, en el grupo "Comunión y liberación", proclive a ver como ideal una recristianización directa de la acción política sin las mediaciones de la democracia cristiana, e incluso en el Papa Juan Pablo II, que parece haber considerado a Polonia como modelo de resistencia de una sociedad cristiana frente a una ideología atea o como laboratorio de recristianización. La idea de Juan Pablo II sobre la "nueva evangelización" no puede desligarse de una mentalidad generalizada en este último cuarto de siglo. En el cónclave de 1978 los cardenales decidieron un viraje histórico porque pensaron que los tiempos estaban maduros para ello. De esta manera se rompió con la norma secular que presuponía la necesidad perpetua de un Papa italiano eligiendo un Papa de una procedencia particularmente inesperada hasta parecer inconcebible. Pero lo más importante reside en que el largo pontificado de Juan Pablo II ha tenido unos rasgos muy marcados y significativos. Ha sido un pontificado polifacético que, por ello mismo, se encuentra, desde el punto de vista históriográfico, con el problema de recibir un enfoque adecuado. Ha resultado, además, muy controvertido de modo que si para el Dalai Lama Juan Pablo II ha sido un gran hombre para el historiador Le Goff ha significado una síntesis entre el medioevo y la televisión. Lo que parece evidente es que el Papa es un personaje poco conformista: a partir de él los Papas pueden hacer alpinismo o nadar, e incluso haber tenido novia y haber escrito poesía. Papa de una época individualista, Juan Pablo II utiliza el yo personal incluso en las encíclicas. A la hora de establecer un balance de urgencia sobre su persona hay que decir que se ha tratado de un Papa viajero que había realizado a fines de 1998 ochenta y cuatro viajes internacionales y que, en consecuencia, casi un año y medio de su pontificado lo había pasado fuera de Roma. Eso quiere decir que los asuntos ordinarios han quedado, quizá, en una proporción superior a épocas anteriores, en manos de la Curia. Los viajes, por otro lado, no tienen el contenido político de otros tiempos sino que son en mucho mayor grado evangelizadores. Pero eso no quiere decir que hayan carecido de trascendencia en aquel aspecto. Como se verá en capítulos posteriores, el pontífice ha jugado un papel de decisiva importancia en la caída del comunismo. La persecución religiosa en los países comunistas sirvió para descubrir los valores de la libertad e identificar con ella a la Iglesia católica. Pero, al mismo tiempo, el pontífice ha visto en los países salidos de la dictadura comunista muchos peligros como, por ejemplo, los derivados de la secularización galopante de una sociedad vinculada con valores cristianos en momentos de resistencia. Juan Pablo II ha proseguido, por otra parte, los esfuerzos ecuménicos pero encontrando respuestas muy variadas. Han sido más frías en el Norte de Europa y, en cambio, más dialogantes en la anglicana, hasta que han surgido problemas con el sacerdocio femenino. Ha tenido, por otra parte, una visión de Europa más completa que la de sus predecesores al nombrar copatronos de Europa a los santos Cirilo y Metodio, pero las relaciones con los países de religión ortodoxa por la vinculación con los nuevos regímenes políticos salidos del comunismo y por las dificultades puestas al apostolado católico. En lo que atañe más directamente a la vida social y política, la actitud Papal de fondo ha implicado una frecuente actitud crítica contra el capitalismo y el socialismo. Ambos, en efecto, fueron condenados en la Laborem exercens, quizá el documento más definitorio del pontificado. Esta encíclica insiste en la exigencia de justicia social y señala como objetivo la solidaridad que debe ser entendida como un compromiso de responsabilidad colectiva para el bien común. Pero si bien el Papa considera que la religión debe tener impacto en la vida social, además tiene la idea clara de que debe reorientar a la propia Iglesia. Juan Pablo II es un intelectual; no puede extrañar, por tanto, que una parte de sus preocupaciones se hayan dirigido a poner en relación la ciencia y la religión. Pero es también un pastor cuya labor no se dirige tanto a los paganos o los pertenecientes a otras religiones como a los que, siendo católicos, muestran un comportamiento cada vez más cercano a los indiferentes. El esfuerzo mayor de su pontificado quizá haya sido el dirigido a reconquistarlos. En este sentido su visión respecto a la familia se fundamenta en la moral tradicional. Considera, por ejemplo, a las uniones de hecho con un "desorden" y una de sus más decididas batallas ha sido en contra de la legalización del aborto en las sociedades avanzadas. Al mismo tiempo, ha canonizado y beatificado a más personas que todos los Papas de este siglo -280 canonizaciones y 800 beatificaciones- estableciendo unos modelos a imitar que remiten al pasado. La Iglesia católica de Juan Pablo II es, en definitiva, más homogénea, articulada y dirigida desde arriba que la del pasado. Esta unidad la convierte en más autoritaria y centralista, más desacomplejada, más directamente activa en la vida social o política y, al mismo tiempo, más tendente a situar en sordina algunas instituciones urgidas del Concilio Vaticano II. Por un lado, se muestra más próxima que nunca a autofinanciarse y capaz de aceptar la paridad de derechos con la mujer pero, al mismo tiempo, muy rígida a la hora de condenar al sacerdocio femenino o el matrimonio de los sacerdotes. La Iglesia católica, por otro lado, es cada vez menos occidental y europea y lo seguirá siendo gracias a que las vocaciones crecen sobre todo en África y Asia. En Occidente, en cambio, frente a una Iglesia que parece primar la catequesis y el sacramento de la confirmación, abundan los cristianos sin Iglesia o aquellos que hacen poco caso de las directrices eclesiales. Con respecto a esta propensión, es relativamente poco lo que ha logrado el pontificado de Juan Pablo II. Si nos trasladamos a Medio Oriente encontraremos un panorama muy distinto pero coincidente, en la manifestación del creciente papel de lo religioso en la vida política y en la organización y en el restablecimiento de valores tradicionales junto con el empleo de medios modernos para lograrlo. En el fundamentalismo religioso islámico han jugado un papel muy importante la "intelligentsia" y los jóvenes. Significa, a menudo, una ruptura con la tradición religiosa inmediata expresada de forma institucional y una descalificación de los fundamentos del orden social heredado considerado en realidad como un desorden ilegítimo por poco respetuoso con la tradición auténtica. En este sentido, supone también el fracaso político, económico y social de quienes han ejercido el poder hasta el momento. Su personificación no es tanto el salvaje primitivo como la mujer con velo que utiliza ordenador. Su tiempo histórico no es el de un retorno al pasado como el de las consecuencias de una modernización rápida. En todo ello existe una diferencia esencial de grado con el mundo occidental cristiano. No es posible imaginar un equivalente de la República islámica fuera de Medio Oriente o en el Norte de África. El fundamentalismo propiamente dicho no ha nacido hoy sino que sucedió al final del XIX. Su propósito inicial fue reconciliar al Islam con la ciencia y, además, lograr la unificación de todos los ritos musulmanes. Los primeros y los más influyentes movimientos integristas nacieron en zonas de colonización británica como Egipto y Pakistán. Pero todos estos no fueron más que antecedentes. Los años setenta constituyeron una década bisagra para todo lo relativo a las relaciones entre religión y política, pues si hasta entonces había dado la sensación de que triunfaba la secularización de las sociedades islámicas, en 1975 la situación empezó a cambiar y se volvió a los valores religiosos como fundamentadores de la organización de la sociedad. No se entiende el proceso sin tener en cuenta que los movimientos de reislamización tomaron el relevo de los grupos marxistas muy influyentes en el mundo árabe en torno a finales de los sesenta. Ese relevo era, entre otros motivos, posible porque el Corán contiene doctrinas directamente referentes a la organización social y política de la comunidad de creyentes. La visión fundamentalista del Islam consiste en considerar que al avance técnico occidental se puede contraponer la superioridad moral propia. Los escenarios sociales con los que siempre se encuentra el fundamentalismo remiten a un crecimiento demográfico fuerte y a un proceso acelerado de modernización con decisivo impacto en la urbanización de la sociedad. En 1976 el 70% de los iraníes tenían menos de 30 años mientras que los países del Magreb en el año 2025 tendrán más de cien millones de personas en esa edad. El fundamentalismo no es, por otro lado, una realidad característica del mundo tradicional sino de una modernización a ultranza acompañada de un régimen autoritario sea de mayoritario componente conservador (Irán) o revolucionario (Argelia). De cualquier modo actúa como un mecanismo de rechazo frente a una situación de desagregación de una sociedad provocada por esa rápida transformación. En el fondo ésta ya se ha secularizado -o, al menos, ha empezado a hacerlo- pero en ella queda un poso del pasado que es recordado de forma nostálgica y en buena parte reconstruido. La solidaridad en esta sociedad descompuesta es reconstruida gracias a un componente comunitario que nace de lo religioso. Los fundamentalistas han obtenido su éxito en buena medida gracias a sus organizaciones de apoyo, beneficencia social y solidaridad. El fundamentalismo ha logrado su impacto a través de dos procesos sucesivos: la islamización desde arriba mediante un proceso revolucionario pero también desde abajo gracias a la conversión de unas masas que actúan en una estructura política que no aceptan. La revolución de Irán ejemplifica la primera y el caso del escritor Rushdie, perseguido por sus escritos, es un buen testimonio de lo segundo con la peculiaridad de que en este caso el origen del fundamentalismo estuvo en la población emigrada en Gran Bretaña. No es un fenómeno que resulte excepcional porque también se han producido conflictos parecidos en el caso, por ejemplo, de la población musulmana residente en Francia y el empleo del velo en las escuelas públicas, juzgado como denigrante o, alternativamente, como signo de identidad. El fundamentalismo islámico hizo una aparición espectacular con la revolución en Irán (1979) pero, frente a los temores iniciales, pronto se demostró inexportable. Con posterioridad fue legalizado en Jordania y en Argelia; en Sudán se organizó en dos partidos distintos. No siempre, sin embargo ha sido aceptado en Medio Oriente. Siria se convirtió muy pronto en el bastión por excelencia de la laicización y fue el que protagonizó una más decidida represión del integrismo con decenas de miles de víctimas; Argelia, otro régimen nacionalista y de inspiración socialista, tuvo también una relación muy conflictiva con el fundamentalismo, que allí tuvo gran éxito porque implicaba un encuadramiento de la vida social cotidiana. Algo parecido sucedió en Egipto. De cualquier manera, en Medio Oriente el fundamentalismo, su aceptación o su rechazo, ha estado desde los setenta hasta la actualidad, con muchas oscilaciones, omnipresente. La "intifada", por ejemplo, nacida de un incidente laboral a fines de 1987, convertida en una realidad persistente que causó bastante más de mil muertos y definida por el rey Hussein de Jordania como "un estado de rabia en el que nadie puede controlar nada", no puede entenderse sin el caldo de cultivo del fundamentalismo aunque no coincida con él. Pero, descrito el ambiente en que ha nacido este fenómeno, es ahora preciso tratar de él en sus diversos escenarios.
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<p><strong>Historia:&nbsp;</strong></p><p>Los orígenes del Japón.&nbsp;</p><p>Epoca Nara.&nbsp;</p><p>Eras Heian y Fujiwara.&nbsp;</p><p>El Japón feudal.&nbsp;</p><p>Shogunato Ashikaga.&nbsp;</p><p>Shogunato Tokugawa.&nbsp;</p><p>De la apertura a la clausura.&nbsp;</p><p>Época Meiji.&nbsp;</p><p>Modernización del Japón.&nbsp;</p><p>Época del militarismo nacionalista.&nbsp;</p><p>Japón y la II Guerra Mundial.&nbsp;</p><p>La derrota japonesa.&nbsp;</p><p>Japón bajo la ocupación norteamericana.&nbsp;</p><p>El "milagro" japonés.&nbsp;</p><p>El Japón moderno.&nbsp;</p><p><strong>Sociedad: Medios de subsistencia&nbsp;</strong></p><p>La estructura económica Tokugawa.&nbsp;</p><p>La agricultura.&nbsp;</p><p>El comercio.&nbsp;</p><p>Aumento de la producción.&nbsp;</p><p>La importancia del mar.&nbsp;</p><p>Crecimiento urbano.&nbsp;</p><p><strong>Organización política&nbsp;</strong></p><p>La administración Tokugawa.&nbsp;</p><p>El emperador.&nbsp;</p><p>Los daimyos.&nbsp;</p><p>El shogun.&nbsp;</p><p>Las reformas Kansei.&nbsp;</p><p>El bushido.&nbsp;</p><p><strong>Estructura social</strong>&nbsp;</p><p>Sociedad en el Japón medieval.&nbsp;</p><p>División social.&nbsp;</p><p>Los samurais.&nbsp;</p><p>Los campesinos.&nbsp;</p><p>Los artesanos.&nbsp;</p><p>Los comerciantes.&nbsp;</p><p>Los banqueros.&nbsp;</p><p>El ritual del té.&nbsp;</p><p>El suicidio ritual.&nbsp;</p><p>La casa japonesa.&nbsp;</p><p>El placer del baño.&nbsp;</p><p><strong>Creencias y religión&nbsp;</strong></p><p>Las religiones del Japón.&nbsp;</p><p>El sintoísmo.&nbsp;</p><p>El mito imperial.&nbsp;</p><p>Los santuarios.&nbsp;</p><p>Fuji Yama, el monte sagrado.&nbsp;</p><p>El budismo zen.&nbsp;</p><p>Religión en el periodo Tokugawa.&nbsp;</p><p>Los mandalas y el arte Shingon.&nbsp;</p><p>El cristianismo en Japón.&nbsp;</p><p>Veneración a los antepasados.&nbsp;</p><p><strong>Arte y conocimientos&nbsp;</strong></p><p>La estética y el arte.&nbsp;</p><p>La arquitectura japonesa.&nbsp;</p><p>La escultura y la pintura.&nbsp;</p><p>Los castillos japoneses.&nbsp;</p><p>El jardín japonés.&nbsp;</p><p>Las estampas Ukiyo-e.&nbsp;</p><p>El teatro Noh.&nbsp;</p><p>El teatro Kabuki.&nbsp;</p><p>Cultura en el periodo Tokugawa.&nbsp;</p><p>El sable samurai.</p>
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Ya en la década de los 70, Salvador Sanpere hace un viaje a Inglaterra enviado por la Diputación de Barcelona y allí reconoce como propia la preocupación de que el binomio calidad/belleza estuviera presente en los productos industriales. Cuando vuelve a Barcelona lo hace convencido de la necesidad de que el artesano/industrial catalán adquiera una sólida formación y para ello fundar, siguiendo el modelo inglés, escuelas y museos y organizar periódicamente exposiciones de objetos de arte industrial. En 1894 se crea el Centro de Artes Decorativas junto a la revista "El Arte Decorativo". Intentos y esfuerzos que culminarán en la Exposición de Bellas Artes e Industrias artísticas en 1896, en la que por primera vez aparecen juntas las dos actividades. En el Castell dels Tres Dragons, concretamente en el restaurante de la Exposición, y bajo la dirección de Lluis Domènech i Montaner y Antoni M. Gallisà se reúne un grupo importante de artistas (ya reconocemos esa idea del trabajo en común). Muchos de ellos habían colaborado con Francesc Vidal i Javellí (1848-1914), un auténtico promotor de las artes plásticas. Así, las figuras de Frederic Masriera, Eusebi Arnau, Antoni Rigalt, Jaume Pujol contribuirán al auge de las artes decorativas. Buena parte de la imagen del modernisme la configuran las artes aplicadas. Las industrias promueven el consumo de manufacturas; en sus catálogos seriados se pueden encontrar estos nuevos elementos ornamentales: los pavimentos, la cerámica decorativa, los estucados, la forja, las vidrieras. El diseño modernista también interviene en su imagen de marca: el cartel publicitario, los envoltorios, las tarjetas... En Cataluña, como ocurre en el Art Nouveau Internacional, también se atiende al concepto de decoración integral, al proyecto decorativo unitario. El diseñador de interiores será el responsable de ordenar el caos de formas, el mal gusto, la acumulación de estilos. Su intervención decidida en un nuevo estilo debe configurar una imagen de conjunto. La burguesía catalana se moderniza y este nuevo ambiente estimula también el hábito de consumo de objetos de calidad, de objetos únicos: muebles, joyas, cerámicas, porcelanas... Las firmas comerciales están al tanto de lo que se está realizando en Europa. Los mueblistas como Gaspar Homar (1870-1953) o Joan Busquets (1874-1949) conocen la obra de la escuela de Glasgow y de la Sezession vienesa a través de las revistas ilustradas. Pero la técnica y el material, las marqueterías sobre todo, darán al mueble del modernisme catalán una impronta muy personal. Ello sin mencionar la singularísima aportación de Gaudí. Lluís Masriera (1872-1958) conoce la obra del francés Lalique, su amor por la línea sinuosa y la naturaleza, las flores y los insectos y la técnica del esmalte de Limoges. Al mismo tiempo utiliza la fundición para obtener piezas seriadas y el conocido esmalte de Barcelona. Auge también para la bibliofilia y la producción de ex-libris, pero sobre todo con los nuevos sistemas de reproducción de la imagen (los avances cromolitográficos y la investigación tipográfica) se consigue que las revistas ilustradas -"La Ilustración Artística", "Luz", "Joventut", "Pél & Ploma", "Els Quatre Gats", "Hispania"- sean muy cuidadas y de considerable difusión. El gusto, los modos de sentir y expresarse de la burguesía catalana estaban casi con la misma fuerza que ahora en manos del disseny.
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Después de más de un siglo de venta de oficios, a comienzos del XVIII la mayor parte de la administración colonial estaba en manos de la elite criolla, de manera que las Indias habían alcanzado un nivel de autonomía que se ha descrito como de autogobierno a la orden del rey (Elliott). El programa reformista borbóníco, que en América pretendió esencialmente aumentar la productividad económica para revertir los beneficios en lograr la prosperidad de la metrópoli, necesitaba por lo tanto reconstruir la máquina del Estado y controlar la administración colonial. Para ello se utilizarían dos instrumentos: una burocracia profesional y un ejército permanente. Los cambios comenzaron por los organismos metropolitanos, buscando una gestión más ágil: las secretarías o ministerios asumen las funciones políticas y administrativas del Consejo de Indias, mientras la Casa de la Contratación va también perdiendo atribuciones y autonomía. Pero en las Indias las reformas más importantes irán precedidas de la creación de una verdadera fuerza militar, que si por un lado reforzaría la defensa frente a ataques extranjeros (evitando humillaciones como la que representó la captura de La Habana por los ingleses en 1762), por el otro permitiría afrontar la previsible resistencia interna ante lo que sería toda una reconquista de América. En la década de 1760 se establece el ejército regular en distintos lugares de las Indias (Cuba, Nueva España, Puerto Rico, Buenos Aires, Caracas), completándose el proceso en Nueva Granada y Perú tras las rebeliones de 1780-81. El envío de regimientos completos de tropas peninsulares, con un sistema de relevos cada cierto tiempo, junto con la formación de regimientos locales permanentes, permitió dotar a América, por primera vez, de un ejército profesional, que fue reforzado con la organización de numerosas unidades de milicias ciudadanas. Para fines del siglo XVIII ya la inmensa mayoría de los soldados era de americanos (mestizos, mulatos, miembros de las castas en general, para quienes el ejército significó una posibilidad de ascenso social) igual que buena parte de la oficialidad, aunque en este caso eran, más específicamente, criollos. No se trataba, en consecuencia, de un ejército de ocupación. Otro paso previo fue la realización de una serie de visitas generales para estudiar sobre el terreno la viabilidad de las reformas, comenzando por la de Nueva España (1765-1771) realizada por José de Gálvez, quien tras su nombramiento como secretario de Indias (1776-1787) ordenará hacer otras visitas, como las de José Antonio Areche (1776-1781) y Jorge Escobedo (1782-1785) en Perú, Juan Francisco Gutiérrez de Píñeres (1778-1781) en Nueva Granada, José García de León y Pizarro (1778-1783) en Quito. Todas ellas supusieron importantes mejoras en la administración colonial, especialmente en materia hacendística mediante el reforzamiento y modernización de la burocracia fiscal, que permitieron recaudar directamente los impuestos y los nuevos monopolios estatales (tabaco, aguardiente), lográndose un espectacular incremento de los ingresos fiscales. Por otro lado, con una política de traslados, jubilaciones o promociones Gálvez logró reducir el número de criollos en las audiencias, de forma que al acabar su mandato representaban menos de una tercera parte, cuando hacia 1760 eran ampliamente mayoritarios. Pero la reforma más importante fue la introducción del sistema de intendencias, que debía suponer el golpe definitivo a la venta de oficios y la corrupción y la creación de una estructura administrativa más funcional. Ya introducidas en España en 1749 y en Cuba en 1764, Gálvez las implantó en casi toda América entre 1782 y 1790, dotándolas de una minuciosa reglamentación que se recoge en las Ordenanzas de 1782 y 1786. Toda la América española (con excepción de Nueva Granada y Quito donde no se implantó el sistema) fue redistribuida en 42 intendencias: 12 en Nueva España, 8 en Perú, 8 en el Río de la Plata, 5 en Centroamérica, 3 en Cuba, 2 en Chile, 1 en Caracas, 1 en Florida y 1 en Luisiana. En cada capital virreinal se estableció un superintendente general, cargo que acabó siendo asumido por los virreyes en 1787. Con las intendencias desaparecieron las antiguas gobernaciones, corregimientos y alcaldías mayores, siendo muchos de estos cargos sustituidos por subdelegados. Las atribuciones del intendente, muy amplias, eran gubernativas, judiciales, militares y fiscales, debiendo además asumir el fomento económico y desarrollo de su provincia. Los intendentes fueron peninsulares en su inmensa mayoría, muchos de ellos militares y oficiales de Hacienda, se les señaló un sueldo adecuado y en general cumplieron bien su labor. No ocurrió lo mismo con los subdelegados, a los que no se señaló sueldo y teóricamente deberían vivir del 5 por 100 de los tributos y las rentas derivadas de sus actuaciones judiciales, por lo que reaparecieron enseguida las viejas corruptelas que habían hecho odiosos a los corregidores (incluso reapareció una forma de reparto de mercancías ahora denominada socorros). La "revolución administrativa" logró aumentar los ingresos fiscales, modernizar la administración, acabar con algunos abusos, pero no logró ninguna reforma sustancial y esto se suele considerar como señal de fracaso de la política borbónica. Sin embargo, por lo que se refiere a América el programa reformista fue un éxito en cuanto que logró hacer más productivas a las colonias, y eso era lo que se pretendía.
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Tras el rico período del Renacimiento, durante el cual Europa entró en contacto con la ciencia de la Antigüedad, la primera mitad del siglo XVII es de una importancia capital en la historia del pensamiento científico pues ve nacer una nueva ciencia, moderna, experimental y cuantitativa, que se desarrollará en los siglos siguientes. Los progresos realizados en las matemáticas son importantísimos: nacen o se renuevan el álgebra, la teoría de los números, el cálculo de probabilidades, la geometría proyectiva y el cálculo infinitesimal. Las matemáticas se aplicarán a las diversas ramas de las ciencias físicas: a la dinámica, constituida en ciencia autónoma desde Galileo a Newton; a la mecánica celeste, cuyos principios fundamentales formularon Kepler y Newton con los precedentes copernicanos, y a la óptica. En el campo experimental se produjeron también enormes progresos gracias a la invención de las lentes y del microscopio, al descubrimiento de las leyes de la óptica geométrica y al estudio de fenómenos magnéticos y eléctricos. En medicina se descubre la circulación mayor de la sangre y se desarrolla la anatomía microscópica. Durante el siglo XVII se sustituyó la física de las cualidades por la física cuantitativa, el cosmos jerarquizado y cerrado por un Universo indefinido y el mundo sentido de la percepción inmediata por el mundo pensado del matemático. Todo eso era nuevo entonces y para descubrirlo era necesario que se produjera una verdadera revolución, mirar el mundo con ojos nuevos. En efecto, estos progresos no se entenderían sin la profunda transformación de las mentalidades y los métodos científicos y sin la participación de investigadores audaces, todos ellos creadores de la ciencia moderna: Kepler, Galileo, Malebranche, Fermat, Leibniz, Newton, Bacon, Harvey, Napier, Pascal, Descartes, Gassendi, Torricelli y otros. El gran mérito de esos científicos fue que descubrieron y establecieron los principios y las bases de la ciencia moderna. En el terreno de los descubrimientos su aportación fue impresionante: las leyes de Kepler, la mecánica de Galileo, el sistema circulatorio de Harvey, la geometría de Descartes, la geología de Stenon, la óptica astronómica de Newton, etc. ¿Cómo se lograron esos resultados? La solución consistía en derrocar la idea de investigación y de ciencia que reinaba desde Aristóteles, atacar directamente su doctrina, sustituir el milagro griego por una nueva forma de contemplar la Naturaleza. La nueva ciencia fue instaurada al margen de la enseñanza oficial. Esto puede apreciarse, en primer lugar, en la diversidad de ocupaciones y en el origen social de los científicos y, en segundo lugar, en las condiciones en que llevaron a cabo su labor científica. Los críticos de la situación en que se encontraba la enseñanza científica a principios del siglo XVII coinciden en gran medida en el diagnóstico de sus dolencias. El crítico más sistemático fue Francis Bacon. En su obra "Advancement of learning" (1605) y más tarde en su "Novum organum" (1620), así como en el prefacio de la "Instauratio magna" (1620), ofrecía un diagnóstico mediante la interpretación de la historia del movimiento científico. En su opinión, sólo habían existido tres sociedades en las cuales, durante un corto espacio de tiempo, las ciencias progresasen: Grecia, Roma y la Europa de su tiempo. Pero aún en esos períodos favorables los avances habían sido vacilantes. Propugnaba como método de investigación una indagación de la naturaleza de tipo experimental. El fracaso de las ciencias teóricas para acrecentar sus conocimientos mediante la investigación lo comparaba Bacon al fracaso del sistema universitario de su época. Científicos como Descartes y Torricelli urgían, por su parte, a que se procediese a una mayor extensión de los estudios científicos en las universidades y a una mayor dotación económica a los investigadores. Sin embargo, y pese a los críticos del sistema educativo universitario, los grandes hombres de ciencia fueron, sin excepción, graduados universitarios. Fueron las instituciones educativas tradicionales las que formaban a los hombres. De los estudios obligatorios de la lógica de Aristóteles y su física aprendieron los elementos de un sistema teórico científico, adquirieron una experiencia técnica y desembocaron en una nueva filosofía. Si es verdad que los graduados universitarios adquirieron una formación técnica fuera de la universidad, fue la formación universitaria recibida la que les hizo comprender la importancia de crear no sólo una tecnología científica, sino una nueva filosofía experimental. La ciencia teórica mantenía aún su estructura tradicional en el "quadrivium" (aritmética, música, geometría y astronomía) para formar a la juventud en la virtud por medio de las humanidades, que se enriquecían con algo de óptica. Se estudiaba también medicina y física. La enseñanza tradicional de estos contenidos se reducía a la lectura y comentario de las obras de Euclides, Tolomeo, Aristóteles, Galeno y, cuando las circunstancias eran propicias, de autores más recientes. En 1650 ninguna universidad se había reorganizado conforme a los deseos de los innovadores. Las aportaciones oficiales se redujeron a la creación de nuevas cátedras y de algún material (físico, astronómico o botánico).
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Desde 1898 la vida política cubana estuvo marcada por su peculiar relación con los Estados Unidos, y la misma Constitución recogía la tutela política norteamericana. Si bien la derogación de la enmienda Platt, en 1933, eliminaba del texto constitucional una cláusula que atentaba claramente contra la soberanía cubana, el protectorado de Washington se siguió ejerciendo de hecho. Fue la presión del embajador norteamericano la que obligó a Fulgencio Batista a implementar una apertura electoral, ante el temor norteamericano de que la situación política degenerara. En 1944, por primera vez en la historia, hubo elecciones completamente libres, en las que triunfó el antiguo líder revolucionario y ahora dirigente del Partido Revolucionario Auténtico, Ramón Grau San Martín, cuyo derrocamiento había sido propiciado por la administración norteamericana en 1933. La presidencia de Grau tuvo lugar bajo la bonanza azucarera de la posguerra. Gracias a la corrupción existente amplió la base electoral y consolidó su situación política. En las elecciones de 1948 fue elegido presidente Carlos Prío Socarrás, ministro de Trabajo de Grau, quien de la mano de los Estados Unidos condujo a Cuba a la guerra fría. Los sindicatos paraoficiales tuvieron el apoyo gubernamental en la lucha contra los militantes del Partido Comunista o aquellos que podían ser acusados de filo-comunistas. La retracción de la producción azucarera y el aumento de la competencia internacional reforzaron el papel del turismo, un sector con fuerte presencia norteamericana. Eduardo Chibás, del Partido Ortodoxo, aparecía como el gran ganador de las elecciones de 1952, pero su suicidio abrió un vacío político, llenado por sus seguidores ante el desprestigio del oficialismo. El tercero en discordia era Batista, que había militado por algún tiempo en el Movimiento de la Paz y había desarrollado otras actividades vinculadas al comunismo y que para agradar a los norteamericanos terminó adoptando una clara postura anticomunista. Las elecciones no se celebraron debido a la intervención norteamericana y el poder se entregó a Batista, que aumentó la represión. Fidel Castro, que ya había sido candidato parlamentario por el Partido Ortodoxo, encabezó el asalto al cuartel de Moncada, la segunda guarnición militar ubicada en Santiago de Cuba, el 26 de julio de 1953. Este hecho marcaría el comienzo de una vasta insurrección popular, cuyo principal objetivo era la caída de la dictadura, pero el fracaso de la empresa disminuyó el número de los rebeldes. Pese a ello, el aumento de la represión aisló todavía más a Batista y sus seguidores. En 1954 Batista fue designado presidente en unas elecciones autoconvocadas y sin competencia, que abrieron un paréntesis de distensión en la vida política, que entre otros resultados permitió la salida de Castro de la cárcel y su partida al exilio mexicano. El abandono del populismo por Batista aumentó el malestar entre la población y el incremento de la conflictividad política y de la represión. Las elecciones de 1958, en plena guerra civil, no solucionaron absolutamente nada. El candidato oficialista, Andrés Rivera Agüero, ni siquiera fue reconocido por Washington. En su exilio mexicano, Castro organizó una pequeña expedición que penetró en Cuba tras el desembarco del yate Gramma en noviembre de 1956. Castro y su Movimiento 26 de julio (M-26) crearon un foco guerrillero en Sierra Maestra, provincia de Oriente, que al poco tiempo se convirtió en el Ejército Rebelde. El M-26 era un desprendimiento del ala izquierda del Partido Ortodoxo, con una ideología igualitaria, socializante, nacionalista y antinorteamericana. La oposición urbana se endureció y en algunos casos se desarrollaron acciones armadas en las ciudades. La represión contra los activistas antidictatoriales creció y la espiral acción-represión no dejó de aumentar, dando lugar a un clima de gran agobio en la población. A partir de 1957 la guerrilla castrista logró una cierta entidad, pero no logró impulsar la insurrección. La huelga general lanzada por Castro fracasó, ante la indiferencia de la población y la falta de apoyo de los sindicatos oficialistas y de los comunistas (en ese momento el Partido Comunista, que actuaba como Partido Socialista Popular -PSP-, rechazaba la táctica insurreccional de los seguidores de Castro). Lentamente la guerrilla salió de su aislamiento y comenzó una ofensiva en los llanos (quema de cañaverales, destrucción de cosechas, etc.). La apertura de dos nuevos frentes guerrilleros, a cargo de Raúl Castro y Juan Almeida, y la coordinación de las acciones militares por parte de Camilo Cienfuegos y del Che Guevara, consolidaron el avance revolucionario. La integración de los militantes del PSP en el M-26 permitió un aumento de la agitación urbana. Gracias a su mayor protagonismo, los comunistas ocuparon puestos claves en el M-26 y en poco tiempo su control se extendió al Ejército Rebelde, lo cual explicaría el rápido giro prosoviético de la revolución tras la conquista del poder. La coalición anti-Batista se consolidó con la firma del Pacto de Caracas, en julio de 1958, que aceleró el desmoronamiento del régimen. La dictadura perdió el apoyo de Washington, que desde abril no le proveía más armamentos. En agosto de 1958 comenzó la ofensiva final y el 1 de enero de 1959 los seguidores de Castro tomaron La Habana, en medio del delirio popular y bajo las banderas de la moralización, del nacionalismo y del antiimperialismo. Castro y el M-26 gozaban de un amplio respaldo popular, que les permitió controlar totalmente la situación e impulsar un profundo proceso de transformaciones políticas, sociales y económicas. La toma de La Habana fue el comienzo de un proceso revolucionario caracterizado por la presencia de un régimen autoritario de un fuerte contenido personalista, marcado por el liderazgo y el carisma de Fidel Castro; el antiimperialismo y el nacionalismo a ultranza que acompañó el discurso revolucionario hasta nuestros días (Patria o muerte es la principal consigna del régimen); la adopción del marxismo-leninismo, y la integración en el bloque soviético y la puesta en marcha de políticas igualitarias en un intento de construir el socialismo, objetivo éste del que todavía no se ha renunciado pese al desmoronamiento del bloque del Este y al retiro de la masiva ayuda soviética.