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contexto
El resultado de todas las decisiones desamortizadoras no logró sacar de la situación desesperada a una Hacienda hundida y agotada. A partir de 1806, los titulares de vales reales cobraban sus intereses con mucho retraso, que llegaba a superar una anualidad en 1808, los funcionarios percibían sus sueldos con meses de demora y las pensiones de viudez y jubilación se encontraban atrasadas en más de un año. La situación de la Hacienda española en las fechas anteriores a la Guerra de la Independencia era realmente crítica. Sus ingresos ordinarios no alcanzaban los 500 millones de reales, mientras que los gastos estaban próximos a los 900 millones, a lo que había que sumar los 200 millones en réditos que devengaba la enorme deuda con interés acumulada. Josep Fontana es de la opinión de que el endeudamiento irreparable a que había llegado el Estado fue lo que decisivamente contribuyó a llevar a la monarquía absoluta por la senda de su quiebra definitiva.
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El siglo ilustrado señala un momento de inflexión fundamental en el terreno de la química. A lo largo de él conseguirá nacer como ciencia independiente, emancipada definitivamente de la alquimia, uno de los saberes más antiguos y que aún conservará su prestigio. Beneficiándose de la preocupación que sienten los gobernantes por la salud de sus súbditos, la investigación química, sensu stricto, se va a ver impulsada y dentro de ella pueden distinguirse varias líneas. Una es ya tradicional, el estudio de la transformación de los sólidos, otras aparecen ahora: la de los gases y la de la combustión. El punto de vista del químico se mantiene bastante simple hasta los años cincuenta. Su mundo seguía constituido por cuatro elementos -aire, agua, fuego, tierra- y tres principios -sal, azufre, mercurio-; su pensamiento, dominado por la teoría del flogiston, enunciada por el alemán Stahl (1668-1734) nada más empezar el siglo y que suponía la existencia en todos los cuerpos combustibles de un principio inflamable liberado en forma de fuego o llama al quemarse. Principios y teoría no tardarán en conmoverse. Cruzado el meridiano del siglo ya no son médicos o profesores de medicina quienes monopolizan los estudios químicos, ahora son mayoritarios quienes trabajan en farmacia, tecnología o enseñan la propia materia. En la universidad de Upsala se crean sendas cátedras de Química y Física (1750); en 1778 aparece la primera revista especializada en el tema, y mientras tanto los descubrimientos se suceden. Black encontró el aire fijo, al que Lavoisier denominaría ácido carbónico; Cavendish habló de la existencia de tres aires: inflamable (hidrógeno), fijo y común o atmosférico. Priestley (1733-1804) reconoció siete aires nuevos o gases, de los que el más importante sería el que denominó desflogistizado, por carecer de flogistón, y al que Lavoisier renombró como oxígeno. Poco antes de su hallazgo, había descubierto que la purificación del aire se debe a las plantas, si bien no sospechó la acción del sol en el proceso, puesta de relieve ocho años después por Ingen-Housz (1730-1799). Junto a todos ellos, Rutherford (1749-1819) aisló el aire nocivo (nitrógeno) y Scheele (17421786), además de considerar que aquél compone el aire atmosférico al lado del aire fuego (oxigeno), descubrió el cloro, el glicerol y un gran número de ácidos. Gran parte de todos estos avances los encontraremos en la base de la obra de Lavoisier (1743-1794), considerado padre de la química moderna. Comenzó por refutar una antigua creencia química gracias a sus preocupaciones por la pureza del agua potable de París. Observó que nunca tal elemento podía convertirse en tierra. La aplicación de un método semejante al estudio del proceso de calcinación le llevó a contradecir la teoría del flogistón en sus principios y explicaciones, pues encontró que los metales calcinados aumentaban de peso en proporción igual a la cantidad de aire con que se combinaban. Tal punto de vista no sería aceptado en mucho tiempo. Se interesó también por la investigación sobre el aire. Siguiendo a Priestley, lo consideró mezcla de dos gases: uno respirable (oxígeno) y otro asfixiante (ácido carbónico), mientras que la continuación de los experimentos de Cavendish con el aire inflamable le llevaron a demostrar su teoría de que el agua era una combinación de aquél con el oxígeno. Por ello le dio el nombre de hidrógeno (formador de agua). Sus estudios sobre gases y combustión le hicieron adentrarse en el terreno de la fisiología, donde su labor fue, como veremos, trascendental. En 1789 aparecerá publicado su Tratado elemental de química, obra básica para el desarrollo posterior de esta ciencia y en la que expresa la ley de la indestructibilidad de la materia, introduce la ecuación química e incluye una lista de 33 elementos. No pararon aquí las aportaciones de Lavoisier. Como resultado de las investigaciones anteriores el mundo químico se había ampliado para finales de siglo. Los cuatro elementos tradicionales estaban desdoblados en sus componentes; el número de sustancias conocidas, multiplicado hasta el punto de hacer necesaria una denominación exacta. La tarea fue abordada por el sabio francés junto a Guyton, Berthollet y Fourcroy, quienes consideraron como el método más adecuado la designación de la sustancia por sus componentes. Los trabajos quedaron recogidos en el Método de nomenclatura química (1787). Según él, las sustancias se clasifican primero en simples, las que no pueden descomponerse, y compuestas, de gran número y variedad. Dentro de éstas, las hay con dos componentes: ácidos y óxidos, o con tres: sales. Aquéllos se clasifican atendiendo al nombre del segundo cuerpo que los integra; éstas, por el del ácido del que derivan y la sustancia con que se combinan. También se hicieron experimentos a fin de resolver el problema de la afinidad o atracciones químicas entre sustancias reactivas, buscándose una ley cuantitativa de la fuerza química. En este sentido, Fischer (1754-1831), siguiendo la obra de Richter, elabora una tabla fijando el peso de sustancias químicamente equivalentes.
obra
Nos encontramos ante el primer cuadro de temática histórica de los realizados por Turner, teniendo el paisaje en todos ellos un papel determinante al seguir los dictados de Claudio de Lorena. Quizá la quinta plaga que sufrió Egipto, la peste, que aparece en el título del lienzo esté representada por los caballos muertos en primer plano mientras que en el fondo podemos apreciar la séptima de las plagas sufridas, la lluvia de granizo y fuego, cuyos versos del "Exodo" acompañaban a la escena en el momento de su presentación. Era habitual que Turner y los pintores que exhibían sus cuadros en la Royal Academy acompañaran sus trabajos con poesías, realizadas por ellos mismos o sacadas de los trabajos de los grandes poetas de la antigüedad o contemporáneos. Muy interesado por los fenómenos de la naturaleza, el maestro británico presenta el cielo amenazante, con unas nubes amarillentas y grises, iluminando la corte egipcia en la que destaca una pirámide para que identifiquemos el entorno con mayor facilidad. El efecto dramático que tanto gustaba a los primeros románticos está también presente en la composición, igual que esos colores oscuros que tanto eran del agrado de Turner en sus primeras obras -véase Claro de luna-. Las influencias en las que se inspira Turner para realizar esta obra habría que buscarlas en los paisajes de Poussin y Piranesi. Este lienzo fue colgado por su propietario, William Beckford, entre dos cuadros de Claudio de Lorena, poniéndose de moda el encargar cuadros a Turner para hacer juego con los trabajos de los maestros clásicos.
Personaje
Es difícil separar los límites entre la leyenda y la historia en el caso de "La Quintrala", nombre popular con el que es conocida Catalina de los Ríos y Lísperguer. En realidad su vida era casi desconocida hasta que el escritor Benjamín Mackenna Vicuña sacó su historia a la luz en 1877, con el libro "Los Lísperguer y la Quintrala". Desde entonces la imagen de La Quintrala es símbolo de mujer cruel, pero también para muchos su historia es la de una mujer rebelde, autónoma, que supo mantener su independencia en un mundo de hombres. Su familia era una de las más poderosas de Chile como consecuencia de la suma de muchas herencias, pues sus antepasados estaban entre los primeros conquistadores del Perú por ambas líneas. Los abuelos maternos de Catalina eran Pedro de Lísperguer, de origen bávaro, que había venido con las huestes de Pedro de Valdivia, y Águeda Flores, hija a su vez de Bartolomé Flores (según Vicuña Mackenna éste era también de ascendencia alemana) y de la cacica Elvira de Talagante, india araucana. La madre de Catalina, Catalina Lísperguer se casó con Gonzalo de los Ríos, un español emparentado también con los primeros conquistadores del Perú y pobladores de la provincia de Chile. Por tanto, la familia de los Ríos y Lísperguer poseía un gran número de tierras que recayeron sobre Catalina pues su única hermana, Águeda, murió joven. El carácter y personalidad de La Quintrala se forjaron en un ambiente tenso y violento. Su padre, antiguo alcalde de Santiago y poderoso propietario de haciendas, era muy odiado. Sobre su madre pendía la sospecha de haber intentado envenenar al gobernador Alonso de Ribera. Catalina se refugió en su abuela Águeda, quien según las leyendas la educó en las antiguas prácticas y hechicerías araucanas. Desde muy pronto se vertieron sobre ella numerosas acusaciones de las que siempre salió bien parada, favorecida por su fortuna y las influyentes relaciones familiares y sociales. Uno de los primeros crímenes que se le imputan, teniendo dieciocho años, es el asesinato de su propio padre, al envenenarlo con una cena preparada por ella misma. Alta, bella, de ojos verdes, se le atribuyen numerosos amantes a los que supuestamente asesinaba, haciendo recaer luego la culpa en sus criados o esclavos. Según estas mismas tradiciones, su abuela Águeda consiguió casarla en 1622 con un soldado de escasa fortuna, Alonso de Campofrío, con la esperanza de que el matrimonio la "domara". Sin embargo, su marido se hizo cómplice de sus crímenes. Por otra parte, Catalina prefirió vivir la mayor parte de su vida en el campo. Era habitual verla recorrer sus tierras a caballo junto a su marido, dirigiendo personalmente los trabajos agrícolas. Haciéndose eco de los innumerables rumores y sospechas sobre sus supuestos crímenes, la Real Audiencia inició una investigación secreta que tuvo como resultado el apresamiento de Catalina para ser juzgada en Santiago. El proceso tuvo lugar en 1660, pero como ya había ocurrido con su madre, finalmente quedó libre de cargos. Según opinión de muchos la sentencia favorable fue consecuencia de su fortuna y de las influencias familiares. En 1654 murió su marido y ella se retiró definitivamente a su hacienda. Murió allí en 1665 a la edad de 61 años, completamente sola. Fue enterrada con gran fasto en la catedral de Santiago de Chile, aunque no se sabe dónde está su tumba. En su testamento dejó una importante cantidad de dinero para que se ofrecieran 20.000 misas por la salvación de su alma, otra suma importante para celebrar misas por las almas de los esclavos muertos en sus propiedades, además de una fundación para el Cristo de Mayo con el objeto de que nunca dejara de celebrarse la procesión expiatoria cada 13 de mayo.