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La pluralidad de los centros difusores entorpece una caracterización sumaria de la Ilustración andaluza. Su arranque es temprano, como se demuestra con la creación de la Regia Sociedad de Medicina de Sevilla, de tan decisiva importancia en la configuración del movimiento de renovación científica de España. Sin embargo, el cultivo de la ciencia se refugiaría luego en las instituciones oficiales directamente promovidas por el gobierno y en relación, la mayoría de los casos, con los intereses militares de la Corona, pues si bien el Colegio de San Telmo se construye a fines del siglo XVII por iniciativa de la Universidad de Mareantes sevillana, las máximas creaciones del XVIII son la Escuela de Guardiamarinas y el Colegio de Cirugía de la Armada que, junto al Observatorio Astronómico, situado también en la bahía de Cádiz, completarían el equipamiento andaluz en este terreno. Así, si prescindimos de la obra de los novatores hispalenses, la Ilustración andaluza se orientó preferentemente hacia el ámbito de la creación literaria y la reflexión social. Granada conoció su momento de esplendor en la primera mitad de siglo, gracias al impulso del conde de Torrepalma, fundador, junto a Julián de Hermosilla, de la Academia de la Historia de Madrid, y patrocinador de la tertulia del Trípode en la ciudad granadina, antes de regresar a la capital para integrarse en la Academia del Buen Gusto. El conde de Torrepalma, un barroco del siglo XVIII, convirtió a su tertulia en una verdadera academia literaria, que acogía a hombres como José Antonio Porcel, el mejor ingenio granadino del siglo XVIII, y a sus amigos del Colegio del Sacromonte, o como Luis José Velázquez, marqués de Valdeflores, que recibiría de Ensenada el encargo de recoger noticias y documentos sobre la historia de España, convirtiéndose en uno de los pioneros de un nuevo género literario con la publicación de los resultados de sus indagaciones en su Noticia del viaje de España (1765). En este ambiente trabajaron los franciscanos cordobeses Pedro y Rafael Rodríguez Mohedano, eruditos autores de una Historia literaria de España (1766-1791), y se produjo asimismo la renovación del interés por el pasado musulmán de Andalucía, tan presente en la ciudad del Darro, que desembocaría, entre otros resultados, en la tardía publicación por la Academia de San Fernando del repertorio de Pedro Arnal, Antigüedades árabes de España, Granada y Córdoba, en 1804. El movimiento académico y la floración de tertulias se prolongó por otras ciudades andaluzas. Con más fuerza en Sevilla, que asiste en los años centrales de la centuria a la fundación de la Academia de Buenas Letras (1751) por iniciativa del presbítero Luis Germán, y de la Academia de Bellas Artes (1759), impulsada por el oidor Francisco de Bruna. La ciudad se benefició a continuación de la presencia de Pablo de Olavide, que pronto reunió en su torno una famosa tertulia, donde se debatían temas culturales y se potenciaban las nuevas corrientes artísticas, especialmente a partir de la creación de una Escuela Dramática, algunos de cuyos aventajados alumnos serían requeridos incluso por la Corte madrileña. La tertulia se honró con la presencia de notables intelectuales, como Cándido María Trigueros o Gaspar Melchor de Jovellanos, nombrado a la sazón alcalde del crimen de la Audiencia sevillana y cuya influencia se dejaría sentir en la ciudad a lo largo de los veinte años de su estancia. Más tardías fueron otras fundaciones. Cádiz, que además de sus institutos militares contaba con una nutrida colonia burguesa y extranjera, conoció en la segunda mitad del siglo una notable vitalización cultural, que se expresó a través de la proliferación de la prensa, de la expansión del teatro tanto neoclásico como popular, de la actividad de algunos intelectuales, como José Cadalso o José Vargas Ponce, o de la creación de la Academia de las Tres Nobles Artes, a punto de aceptar su destino como primera ciudad liberal de España. También fue tardío el movimiento académico de Córdoba, que se puso en marcha gracias a la estancia en la ciudad de Manuel María de Arjona, impulsor de la Academia de las Tres Nobles Artes, y a la iniciativa de la Sociedad Económica de Amigos del País, que fundaría la Academia de Buenas Letras y el Colegio de la Concepción. Precisamente el sector de la enseñanza sería uno de los más atendidos por la Ilustración andaluza. Señalado el papel pionero de la universidad hispalense en la reforma de los estudios, también es sabido que la universidad granadina se incorporó al proceso algo más tarde, formando en sus aulas a toda una generación de ilustrados e incluso a algunos destacados representantes de la política liberal, como Javier de Burgos y José Martínez de la Rosa, ya en las postrimerías del siglo. La enseñanza superior extrauniversitaria trató de potenciarse con el proyecto de creación de un Colegio de Nobles Americanos en Granada, que respondía a la necesidad de dar solución al problema de la educación de la aristocracia, que no había encontrado una alternativa a la desaparición de los centros jesuíticos, y también a la preocupación del gobierno de Carlos IV por la creación de colegios militares. La enseñanza en los niveles más elementales halló también respuestas originales en diversas ciudades andaluzas. Cádiz creó diversos centros inspirados en los modernos métodos educativos de Pestalozzi y Servadori, mientras Juan Antonio González Cañaveras, que publicaría más tarde un Plan de Educación para la reforma de los estudios secundarios, fundaba una prestigiosa Escuela de Idiomas en 1768. Otro teórico de la educación, el catalán Francisco Dalmau, autor de un Ensayo sobre el adelantamiento de la instrucción pública (1813), ponía en funcionamiento por su parte un centro para la formación de maestros, siguiendo las pautas del creado en Madrid por iniciativa gubernamental, mientras la Económica de Sevilla solicitaba autorización para establecer un Colegio Académico de Primeras Letras con el mismo fin. Las Sociedades Económicas de Amigos del País, que se difundieron espectacularmente por la región, siguiendo la entusiasta respuesta de Vera, hasta superar el número de treinta, protagonizaron muchas otras iniciativas en este campo. La de Sevilla estableció una cátedra de química, con la intención de investigar el ramo de los tintes, al tiempo que atendía a la formación profesional con la instalación de escuelas de hilado en Triana y San Lorenzo. Esta sería la línea más corriente: la Económica de Sanlúcar establecería una escuela de hilados, la de Jerez fundaría escuelas de dibujo y pasamanería, y así sucesivamente. Sólo los Amigos del País de Osuna dirigirían su atención a otros ámbitos, fundando, pese a su orientación decididamente agrarista, una Tertulia Matemática. A finales de siglo, Sevilla, que cuenta con la presencia del más tradicionalista de los ilustrados, Juan Pablo Forner, fiscal del crimen en su Audiencia desde 1790, conoce un nuevo periodo de esplendor gracias a la constitución en sus aulas universitarias de un núcleo de intelectuales excepcionalmente brillante. El principal animador del grupo fue Manuel María de Arjona, que establecería en Sevilla una Academia destinada a la renovación de la poesía y a la propagación del neoclasicismo, aunque sus miembros se dedicasen también a otras actividades, empezando por el propio Arjona, autor de tratados de historia eclesiástica y de temas políticos y sociales, y siguiendo por los restantes componentes del círculo, como Félix María Reinoso, que se ocupó en sus escritos de cuestiones éticas, penales e incluso municipales, o como Alberto Lista, quizás el más dotado, que colaboraría con el gobierno afrancesado en sus proyectos artísticos para la ciudad, o Manuel María del Mármol, abanderado de la cultura y del saber en la capital de Andalucía o, finalmente, José María Blanco White, exiliado voluntario en Inglaterra, y José Marchena, propagandista de la Revolución Francesa, desde su también voluntario destierro de Bayona. Su obra literaria pondría un brillante epílogo a un siglo de renovación cultural.
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Si Aragón produce durante la primera mitad del siglo algunas figuras notables, como el médico Andrés Piquer o el preceptista Ignacio de Luzán, la creación de un verdadero movimiento ilustrado no puede datarse realmente con anterioridad a los años sesenta de la centuria. En su génesis cabe descartar a algunas de las personalidades más representativas de la Ilustración oficial, como es el conde de Aranda, que si bien aglutina en torno suyo al llamado partido aragonés y contribuye a la aceleración del impulso reformista en dos momentos cruciales (el que sigue al motín de Esquilache y el que quiebra la reacción conservadora de Floridablanca tras los acontecimientos revolucionarios franceses), sin embargo ejerció fundamentalmente su acción reformista fuera de las fronteras de su región natal. Algo parecido podría decirse de otros aragoneses ilustrados, como Manuel de Roda, secretario de Gracia y Justicia, o incluso como José Nicolás de Azara, protegido del anterior y uno de los hombres más inteligentes, cultos e ingeniosos del siglo, que, pese a su nombramiento como miembro de honor de la Academia de Bellas Artes de Zaragoza, permanecerá treinta años en su cargo de embajador en Roma, dando rienda suelta a su indesmayable anticlericalismo pero necesariamente desconectado de las realidades regionales. El núcleo fundamental de la Ilustración aragonesa es la Sociedad Económica de Amigos del País de Zaragoza, fundada en 1776 y con la que estuvieron relacionados la mayor parte de los intelectuales y de la que surgieron la mayor parte de las iniciativas reformistas en el terreno de la economía y de la cultura, que proporcionaron a la región casi un Siglo de Oro. La Económica Aragonesa, caracterizada por su obsesión pedagógica, creó escuelas de Matemáticas, de Química y de Botánica (que habría de ocuparse de formar el Jardín Botánico autorizado en 1798), promoviendo asimismo toda una serie de estudios y proyectos tendentes al fomento de nuevas técnicas agrícolas, a la renovación de las manufacturas, a la reorganización de los gremios o al aumento del tráfico mercantil. Una de sus creaciones alcanzó particular relieve, tanto por la trascendencia del hecho, como por la controversia levantada, la dotación de la primera cátedra de Economía Política, que recayó en Lorenzo Normante, dando lugar a una famosa intervención del predicador capuchino fray Diego José de Cádiz en un ambiente de enfervorizado reaccionarismo. La preocupación económica fue el verdadero motor de la sociedad zaragozana, que produjo un notable número de expedientes, informes y memorias sobre multitud de asuntos concernientes al desarrollo de la región, obra a veces de socios muy sobresalientes, como Antonio Arteta, autor de escritos en defensa de las artes mecánicas o del decreto de 1778, que abría para la región la posibilidad de comerciar directamente con Indias, o como Miguel Dámaso Generes, autor de unas Reflexiones políticas y económicas sobre la población, agricultura, artes, fábricas y comercio del reino de Aragón, que desde su mismo título constituye todo un símbolo de la orientación de los trabajos de los Amigos del País, o como Ignacio Jordán de Asso, erudito de amplio registro, que podía publicar en Madrid un tratado sobre Instituciones del derecho civil de Castilla (escrito en colaboración con Miguel de Manuel), o podía legar a sus coterráneos su monumental Historia de la economía política de Aragón, editada en Zaragoza en 1798. En el mismo horizonte pueden inscribirse algunas de las más importantes realizaciones prácticas de la época, como la fundación de la Casa de Misericordia, fruto de la atención dispensada por la Económica a la cuestión del pauperismo, o la puesta en práctica de los ambiciosos proyectos del Canal Real de Tauste y, sobre todo, del Canal Imperial de Aragón, cuyos trabajos fueron dirigidos por el canónigo Ramón Pignatelli, rector de la universidad y uno de los grandes ilustrados de la región. También habría que destacar en el campo de la reforma social la obra de Josefa Amar y Borbón (1743-1793), que había estado vinculada a la Económica Aragonesa, destacándose como traductora de la obra de Francisco Javier Llampillas, pero sobre todo como defensora de la necesaria promoción cultural de la mujer en sus dos escritos más importantes, el Discurso en defensa del talento de las mujeres y su aptitud para el gobierno (1786) y el Discurso sobre la educación física y moral de las mujeres (1790), que la convierten en la verdadera precursora del movimiento feminista en España. La erudición ocupó también su lugar en la Ilustración aragonesa. Si una relación pormenorizada puede resultar fatigosa, al menos se hace obligada la referencia a Ramón de Huesca y Lamberto de Zaragoza, autores de los nueve volúmenes del Teatro histórico de las iglesias del reino de Aragón, no menos que la debida a Joaquín Traggia, por los cinco tomos de su Aparato a la historia eclesiástica de Aragón, pero sobre todo es preciso recordar al más importante de todos, a Félix Latassa, que con sus dos Bibliotecas, antigua y nueva, emuló a nivel regional los esfuerzos bibliográficos de Nicolás Antonio y Juan Sempere y Guarinos. Si poco debemos añadir a lo expuesto sobre la Universidad de Zaragoza, es preciso llamar la atención sobre la figura científica de Félix de Azara, hermano del embajador en Roma, cuya fama se cimenta sobre sus observaciones de historia natural en América meridional, aunque su actividad se desarrollase fuera de sus lares, como ocurrió con otros ilustrados aragoneses, como los periodistas Mariano Francisco Nipho y Juan Martínez Salafranca, o el economista Eugenio Larruga, que dedicaría a su tierra natal su Relación o descripción de los Montes Pirineos. También el más importante de los científicos aragoneses de finales de siglo, el geógrafo Isidoro de Antillón, realizaría sus principales aportaciones fuera de su región (pese a su temprana vinculación con la Económica de Zaragoza ante la que expuso su trabajo sobre Albarracín), concretamente en Madrid, donde desempeñó la cátedra de Geografía, Cronología e Historia del Seminario de Nobles, ingresó en la Academia de Santa Bárbara y en la de la Historia y contribuyó a la puesta en marcha del Instituto Pestalozziano, al tiempo que colaboraba en la empresa de elaborar el Diccionario geográfico e histórico de España y redactaba sus obras mayores, las Lecciones de Geografía astronómica, natural y política (1804-1806) y los Elementos de la Geografía astronómico, física y natural de España y Portugal (1808). En definitiva, la Ilustración aragonesa destaca por su preocupación reformista en relación con el fomento de la economía regional y por su contribución humana a los cuadros dirigentes de la Monarquía a partir de algunas figuras significativas, aunque produjera también algunas notables obras científicas y eruditas y diese al país el más grande de los artistas de la época, Francisco de Goya, cuya formación se inicia precisamente con sus trabajos en la decoración del Pilar de Zaragoza.
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La Ilustración asturiana gira en torno a la figura de fray Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764), cuya relevancia en el despertar de las Luces nos obliga a citarlo en relación con muchos de los temas mayores del siglo XVIII. Aunque gallego de nacimiento, la vida del benedictino transcurrió en su mayor parte en Oviedo, donde escribió la totalidad de una obra ingente, que le convierte prácticamente en el creador del ensayismo español. Los ocho volúmenes del Teatro crítico universal (1726-1739) y los otros cinco de las Cartas eruditas y curiosas (1742-1760) alcanzaron los 400.000 ejemplares en el siglo XVIII, obteniendo los honores de su traducción a varios idiomas europeos y de su publicación completa en una nueva edición de 33 volúmenes preparada y costeada por otro asturiano, Pedro Rodríguez Campomanes, que la encargó a uno de los grandes impresores de la Ilustración, Joaquín Ibarra. Esta extraordinaria aceptación de sus escritos constituye la principal razón de la influencia de Feijoo en el movimiento ilustrado, ya que en otro plano su pensamiento no fue ni demasiado original ni demasiado avanzado. Su labor fue la de un excelente divulgador, centrado en tres cuestiones recurrentes: el combate contra la superstición, la difusión de información sobre las novedades científicas y la discusión de algunos temas filosóficos y doctrinales. Para su campaña en favor de la interpretación racional de la realidad (aceptando la menor dosis posible de elementos sobrenaturales), este "desengañador de España" se valió de fuentes extranjeras, como las Mémoires de Trévoux, el Journal des Sçavants, The Spectator y el Diccionario de Pierre Bayle. Feijoo fue también uno de los primeros en plantearse el problema de España, desde la perspectiva complementaria del amor a la patria y del reconocimiento del atraso intelectual, cuyas causas habían de buscarse esencialmente en la desidia nacional. Su popularidad fue inmensa, aunque no dejó de tener detractores, tanto entre los científicos más rigurosos, que le reprochaban discretamente la superficialidad de su espíritu crítico, como entre los sectores más reaccionarios, cuya presión obligó al propio Fernando VI a intervenir poniendo al benedictino y su obra al abrigo de los ataques de sus retrógrados contradictores. Esta semblanza de Feijoo pone de relieve la importancia de su actitud en el progreso de las Luces a través sobre todo de una sobresaliente capacidad de comunicación con el público. Su magisterio también se ejerció a nivel más íntimo en la tranquilidad de su celda, donde se desarrollaban las típicas veladas de discusión intelectual que tanto se prodigaron en tiempos de la Ilustración. Uno de los asistentes a estas veladas fue el médico gerundense Gaspar Casal, que desarrollaría su trabajo de nosografía en Oviedo, donde bajo la influencia de la obra de Sydenham se convertiría en el pionero de la patología de las enfermedades carenciales, gracias sobre todo a sus estudios sobre la pelagra. Casal, uno de los médicos más notables del siglo, se insertaría plenamente en el marco ilustrado regional con su Historia Natural y Médica del Principado de Asturias, escrita antes de su marcha a Castilla, donde pasaría los últimos años de su vida. Otros destacados miembros de la Ilustración asturiana desarrollarían gran parte de su obra fuera de los límites del Principado. Este es el caso de Pedro Rodríguez Campomanes (1723-1803), uno de los máximos representantes del reformismo oficial, afincado en Madrid, o el de Gaspar Melchor de Jovellanos (1744-1811), la figura intelectual más importante del siglo XVIII en España, cuya actividad quedaría vinculada a las diversas ciudades donde residiera a lo largo de su vida. En efecto, Jovellanos, tras una etapa de formación seguida en Oviedo, Avila y Alcalá, se instala durante veinte años en Sevilla, entrando en contacto con la tertulia de Pablo de Olavide y animando los cenáculos ilustrados hispalenses, mientras en Asturias el movimiento reformista se acelera con las incitaciones gubernamentales, que promueven la renovación de los estudios en la Universidad de Oviedo y la creación de una Sociedad Económica también en la capital. El período dorado de los años ochenta lleva a Jovellanos a Madrid, donde multiplica sus intervenciones en todas las instituciones académicas (Academia de la Lengua, de la Historia, de Bellas Artes), vinculándose sobre todo a la Sociedad Económica Matritense, en cuyo seno promueve iniciativas o recibe estímulos para algunos de sus escritos más destacados e influyentes, como la Memoria para la admisión de las señoras (previa a la creación de la Junta de Damas) o el Elogio de Carlos III, donde resume la obra reformista del monarca y declara su adscripción a la política ilustrada de la Corona. Su primera, aunque disfrazada, caída en desgracia le permite el regreso a Asturias, donde lleva a cabo una investigación oficial sobre la posible explotación de minas de carbón en la zona. La momentánea recuperación del favor regio le llevará a un breve paso por la Secretaría de Gracia y Justicia, hasta su definitiva caída, destierro y encarcelamiento en Mallorca, de donde no saldrá sino para enfrentarse con los dramáticos problemas de la guerra de la Independencia y con la obligada toma de decisión que le inserta en el bando de los patriotas enfrentados al régimen de José Bonaparte. En Asturias vive, pues, Jovellanos más de diez años, entregado a sus tareas intelectuales, entre las que destacan la redacción de su importante Memoria sobre el arreglo de la policía de espectáculos y diversiones públicas (1790), la preparación del texto final del Informe sobre el expediente de Ley Agraria (1795), que le había sido encargado por la Económica Matritense y que es quizá el más significativo documento del siglo, y el comienzo de su Diario, un testimonio de primer orden para rehacer la biografía de su autor y para captar admirablemente el espíritu de la época. La tarea que absorbió, sin embargo, la mayor parte de sus energías fue la fundación del Instituto Asturiano de Gijón (1794), consagrado a la enseñanza técnica de la minería y la náutica, y para el que contrató profesores, dispuso métodos y redactó libros de texto, sin escatimar esfuerzos por considerarlo la plasmación concreta de sus sueños de educador. La figura de Jovellanos desborda en cualquier caso el marco regional, que presenció y se benefició de su actividad durante la década final del siglo. Hombre de impresionante cultura, aceptó el sensismo de Condillac y de Locke como fundamentación filosófica de su pensamiento, convirtió a la reflexión histórica en fuente de inspiración de su campaña reformista, ajustó su comportamiento religioso a las pautas del catolicismo progresista del momento y buscó el progreso de España en una cruzada pedagógica a favor de las ciencias útiles, que eran aquellas directamente vinculadas al desarrollo económico. Representante del optimismo ilustrado, y también de los límites de la concepción política de la Ilustración (creyó firmemente en la sinceridad de un régimen que le encarceló por sus ideas progresistas), mantuvo una exquisita ortodoxia religiosa pese a la persecución de que fue objeto a causa de sus opiniones jansenistas; atacó a los privilegiados y criticó los principios básicos que sustentaban la organización social, pero no encontró una fórmula de recambio; llegó a la conclusión de que el sistema de vinculaciones constituía el impedimento último para el progreso de la agricultura, pero no se atrevió a proponer una transformación radical de las estructuras feudales de la economía; creyó en el poder de la educación para superar el atraso, pero no en la universalización de un saber que debía ser compatible con la ordenación tradicional de la sociedad. En definitiva, su pensamiento reformista tenía como límite el respeto al orden establecido, lo que convierte a su actitud intelectual en un símbolo de las contradicciones de la Ilustración.
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La Ilustración alcanzó también los territorios extrapeninsulares, como en el caso de Canarias, donde arraigaría con notable vigor. También aquí la expansión de las corrientes ilustradas ha de ponerse en relación con las tertulias, particularmente con la celebrada en casa de Tomás Lino de Nava, quinto marqués de Villanueva del Prado, en su palacio de La Laguna, o con la desarrollada en casa de los Iriarte en Puerto de la Cruz, a la que concurrían hombres como el periodista José Clavijo y Fajardo y el científico Agustín de Betancourt, aunque todos ellos abandonarían pronto el archipiélago para instalarse en la Corte. José Viera y Clavijo también dejaría Canarias para acompañar al joven marqués de Santa Cruz por Europa (legándonos como testimonio su crónica Viajes a Francia, Flandes, Italia y Alemania por los años de 1777 a 1781, publicados en 1849), pero más tarde se reintegraría a su tierra natal para hacerla objeto de estudio en su Historia Natural de las Islas Canarias (1772-1783). La llama de la Ilustración, pese a tanta ausencia, sería mantenida por los socios de las Sociedades Económicas de Las Palmas (fundada por el obispo Juan Bautista Servera y cuyo principal impulsor sería el propio Viera y Clavijo) y La Laguna, fundada por el mencionado marqués de Villanueva del Prado y seguida posteriormente por su hijo, Alonso de Nava, quien además se ocuparía de dejar por escrito sus ideas agronómicas y de fundar y dirigir durante más de cuarenta años el Jardín Botánico de la Orotava, centro de aclimatación de plantas tropicales.
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La Ilustración castellana desplegó sus actividades a lo largo del siglo, pero sobre todo en su segunda mitad, en una multitud de direcciones, a partir de los dos principales focos de irradiación que fueron las Universidades y las Sociedades Económicas de Amigos del País. Así como la Universidad de Valladolid se vio alcanzada por el proceso de renovación de los planes de estudios en 1771, la Universidad de Salamanca, que sólo a regañadientes aceptó la reforma impuesta desde las instancias gubernamentales, reunió en cambio en su seno a un grupo bien cohesionado de reformistas que ha merecido el apelativo de escuela iluminista salmantina y que incluía a nombres tan representativos del movimiento ilustrado como el ensayista José Cadalso, el polemista Juan Pablo Forner o el poeta Juan Meléndez Valdés. Vinculados a la universidad salmanticense estuvieron además, en la primera mitad del siglo, Diego de Torres Villarroel, catedrático en sus aulas, y en sus postrimerías algunos de los nombres capitales del liberalismo español, como Manuel José Quintana, Diego Muñoz Torrero, que fue rector y más tarde presidente de las Cortes de Cádiz, y Ramón de Salas, también rector y más tarde escritor constitucionalista, autor de unas Lecciones de Derecho público constitucional (1823) de gran influjo tanto en España como en Hispanoamérica. Valladolid, por su parte, impulsaría, al margen de la Universidad, un importante movimiento académico, que llevaría a la fundación de diversas instituciones, como la Academia Geográfico-Histórica de Caballeros Voluntarios, la Academia de Medicina, la Academia de San Carlos de Jurisprudencia Nacional Teórico-Práctica y la Academia de Nobles Artes de la Purísima Concepción. Contaría Valladolid asimismo con una Sociedad Económica de Amigos del País, que sería una de las más activas de Castilla, como demuestra la creación de sendas cátedras de economía civil y agricultura, la constitución siguiendo el modelo de la Sociedad Matritense de una Asociación de Damas, o la elaboración de interesantes memorias por parte de sus socios, uno de los cuales, el mexicano José Mariano de Beristain, publicaría entre 1787 y 1788 el Diario Pinciano, como medio de difusión de la ideología de las Luces. No todas las sociedades patrióticas castellanas alcanzaron, en todo caso, el nivel de la vallisoletana. En su conjunto dirigieron sus esfuerzos al fomento de la industria popular creando numerosas escuelas de hilados y otras labores artesanales, al desarrollo de la nueva agricultura mediante el impulso de nuevos cultivos (como la rubia o el azafrán en Valladolid) o la información sobre nuevas técnicas de labranza, y a la promoción de la enseñanza tanto profesional como de primeras letras. Algunas trataron de crear instituciones de enseñanza superior, como la de Talavera de la Reina, que obtuvo la aprobación de una Academia de Matemáticas, o la de Yepes, que fundó un Seminario de Gramática de breve trayectoria. Otras se beneficiaron del trabajo de enérgicas personalidades ilustradas, como la de Segovia, que contó con la infatigable actividad de Vicente Alcalá Galiano, empeñado en la difusión de las teorías económicas de Adam Smith. Otras, en cambio, como la de Avila, hubieron de contentarse con combatir el problema de la desoladora pobreza de su entorno a partir de medios tan rudimentarios como el reparto de sopas económicas. Otras, finalmente, como la de Vara del Rey, no llegaron a constituirse pese a los esfuerzos de su prestigioso promotor, el conocido ilustrado León de Arroyal, que vio denegada su solicitud por la poca entidad de la población.
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La Ilustración catalana estuvo a la altura de la sobresaliente expansión económica del Principado, que condicionó de modo muy particular la fisonomía de sus creaciones en el plano de la enseñanza y de la cultura en general. Los primeros impulsos reformistas procedieron, sin embargo, de la Corona y se concretaron en la Universidad de Cervera, llamada a ser un centro modélico erigido de nueva planta al margen de los vicios de las instituciones universitarias tradicionales, una auténtica Atenas borbónica, pero que no llegó a alcanzar el alto grado de eficacia al que se apuntaba, ni antes ni después de la expulsión de los jesuitas, que habían conformado su trayectoria durante el primer medio siglo de su existencia. También tienen origen oficial la Academia Militar de Matemáticas y el Colegio de Cirugía del Ejército. La enseñanza superior dirigida por los jesuitas contaba con otro centro prestigioso, el Colegio de Cordelles, entre, cuyas aulas y las cerverinas dividieron su docencia hombres de la talla de Mateo Aymeric, filósofo conectado con el círculo de Mayans y autor de una Historia Geográfica y Natural de Cataluña; de Antonio Nicolau, moralista y contradictor de Feijoo y el Barbadiño; y sobre todo de Tomás Cerdá, matemático y astrónomo, colaborador en la modernización de las escuelas militares y autor de un tratado de artillería destinado a su uso en aquellos establecimientos. También en medios eclesiásticos se desenvuelve la labor del grupo de eruditos del monasterio de Bellpuig de las Avellanas, presididos por Jaime Caresmar, interesado especialmente por temas históricos y económicos, autor de un Discurso sobre la Agricultura, Comercio e Industria, colaborador de Antonio de Capmany y cuya obra sería continuada por sus discípulos José Martí y Jaime Pascual, socio de los Amigos del País de Tárrega. Y eclesiásticos fueron también Félix Amat, arzobispo de Palmira, cuyos intereses se dividen entre el fomento de la industria catalana y el estudio de inspiración jansenista de la historia eclesiástica, y su sobrino Félix Torres Amat, el historiador de la literatura catalana, cuya obra erudita se desarrolla ya en el siglo siguiente. El movimiento académico alcanzó en Cataluña un alto grado de desarrollo, con la fundación de la Academia de Buenas Letras, la Academia de Ciencias y Artes (erigida en 1764 bajo la denominación de Conferencia Físico-Matemática Experimental), la Academia de Jurisprudencia (1777) y, sobre todo, la Academia de Medicina que, creada en 1770, contribuiría a hacer del siglo XVIII la edad de oro de la medicina catalana. Baste citar a este efecto la labor de las instituciones docentes como la Cátedra de Clínica (embrión de la futura Facultad de Medicina) o el Colegio de Cirugía ya mencionado, así como la obra de hombres como Pedro Virgili y Antonio Gimbernat, o como Francisco Salvá y Campillo, miembro de la Academia de Ciencias y Letras, titular de la Cátedra de Clínica, defensor de la vacuna e investigador infatigable en todos los campos, incluyendo el del transporte marítimo y aéreo con sus experiencias aerostáticas, realizadas junto con el célebre médico y físico Francisco Santponts, igualmente integrante de la Academia de Ciencias y Artes, profesor de la Junta de Comercio e investigador denodado de cuestiones agrarias e industriales. Las Sociedades Económicas de Amigos del País no encontraron un terreno abonado en Cataluña, pese al papel pionero representado en este campo por la temprana Academia de Agricultura de Lérida. Así, junto a los fallidos proyectos de constitución de institutos de este tipo en Barcelona, Gerona, Vic y Puigcerdá, sólo cabe contabilizar la labor de los Amigos del País de Tárrega, volcados esencialmente en el establecimiento del canal de Urgel para el regadío de las comarcas de poniente, y, sobre todo, de la Económica de Tarragona, promovida por el obispo Francisco Armañá y que contaría con la colaboración del ya citado Félix Amat y del destacado hombre de ciencia Antonio Martí Franqués, botánico y químico, autor de importantes trabajos sobre el sexo y la reproducción de las plantas. Sin embargo, la gran institución del reformismo ilustrado catalán fue la Junta Particular de Comercio de Barcelona, corporación creada para la defensa de los intereses de la burguesía mercantil e industrial de la capital, pero también organismo preocupado por el fomento de la economía del Principado. Una de sus iniciativas más significativas fue la fundación de establecimientos de formación profesional con el fin de proporcionar los conocimientos técnicos precisos al personal destinado a garantizar el buen funcionamiento de los sectores estratégicos de la vida económica. Así, la Escuela de Química se dedicó esencialmente al dominio de los colorantes, mientras la de Nobles Artes dirigía a sus estudiantes hacia el diseño textil en conexión con las necesidades de la industria del estampado, y la de Comercio trataba de formar a los empleados subalternos que precisaban las casas mercantiles. El mayor éxito se consiguió con la Escuela de Náutica, que formaría nuevas generaciones de pilotos de altura capaces de afrontar con garantías la navegación atlántica y que serviría de acicate a otras instituciones similares igualmente activas en otras poblaciones de tradición marinera, como la Escuela de Pilotos de Arenys y la Escuela Naval dirigida por los escolapios en Mataró. Precisamente para la Junta de Comercio compondría su obra fundamental, las Memorias históricas sobre la Marina, Comercio y Artes de la ciudad de Barcelona (1779), quien puede ser considerado el hombre más representativo de la Ilustración catalana, Antonio de Capmany (1742-1813). Político en activo, que intervino de manera destacada en el proyecto de repoblación de Sierra Morena y más tarde en las sesiones de las Cortes de Cádiz, nos ha dejado además una importante obra escrita en la que subyace un ambicioso proyecto de regeneración nacional a partir de los valores tradicionales catalanes y que constituye el trasunto del clima de confianza suscitado por el Despotismo Ilustrado en muchos de los mejores intelectuales de la época. El mismo sentido práctico presenta buena parte de la producción líteraria catalana de la época, que se expresa a través de las memorias científicas, los trabajos históricos (como el ya citado de Capmany o los Anales de Cataluña de Narciso Feliu de la Peña, de primeros de siglo, 1709), las reflexiones geográficas o económicas (como el ya citado discurso de Caresmar o, también a primeros de siglo, la Descripción geográfica del Principado, de José Aparici) o los artículos de prensa, difundidos en los precoces Diario Curioso y Diario Erudito (editados ambos por Pedro Angel de Tarazona, el máximo promotor de periódicos de la Cataluña setecentista) o en el más maduro Diario de Barcelona, de Pedro Pablo Ussón. Esta literatura se escribe generalmente en castellano, aunque no falten testimonios de obras considerables que emplean el catalán (como la crónica diaria vertida por el barón de Maldá en su Calaix de sastre) y aunque algunos autores sostengan encendidamente la reivindicación de la lengua vernácula, como ocurre con Baldiri Reixach en sus Instruccions per a l'ensenyança de minyons. En este sentido es paradigmática la actitud de Capmany, tránsfuga al castellano pese al amor manifiesto por su tierra natal, que escribió, entre otras obras, unos Discursos analíticos sobre la formación y perfección de las lenguas y sobre la castellano en particular (1776), Formación de la lengua castellana (1776) y un Diccionario francés-español (1801), además de publicar un Teatro histórico-crítico de la elocuencia castellana, en realidad una antología de textos clásicos en cinco volúmenes que ha sido considerada la obra más importante de la filología nacional en el siglo XVIII. Idéntico sentido utilitario al manifestado por la literatura advertimos en las creaciones artísticas, especialmente en la arquitectura, impulsada por los proyectos ofíciales de construcción de la Ciudadela (de cuyos edificios quedan aún hoy en pie el arsenal, la capilla y el palacio del gobernador), la Universidad de Cervera o el Colegio de Cirugía, o la urbanización del barrio de la Barceloneta, frente al puerto de la capital. Otros edificios se relacionan directamente con la expansión de la economía, como la remodelación en estilo neoclásico de la Lonja de Mar (cuyas alegorías del comercio y la industria ejecutaría el escultor Salvador Gurri), la construcción de la Aduana Nueva (cuya decoración pictórica sería encargada a Pedro Pablo Montaña, director de la Escuela de Dibujo de la Junta de Comercio) y también los palacios que la burguesía enriquecida se construye en la capital, como los de March, Larrard o Moja, decorado este último por Francisco Pla, el Vigatá, otro de los representantes de la renovación pictórica de la Cataluña ilustrada.
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El afán ilustrado de reforma y de modernización alcanzó también a la Iglesia española. Los partidarios de introducir elementos de racionalización en las estructuras eclesiásticas y de promover una depuración del sentimiento y de la práctica religiosa en el seno del catolicismo español fueron llamados jansenistas, término que, aplicado en este caso, poco tiene que ver con la acepción dogmática relativa a los postulados contenidos en la obra de Jansenio y condenados por la Iglesia, a no ser en lo que se refiere a la exigencia de un mayor rigorismo moral y de una mayor interiorización de la vivencia religiosa. Frente a Emile Appolis, que defendía la existencia de un tercer partido situado entre las posiciones ideológicas tradicionales y las declaradamente jansenistas y caracterizado por su voluntad reformista de inspiración meramente jansenizante, la realidad no avala tales distinciones y señala a los jansenistas españoles como la vanguardia reformista del catolicismo ilustrado. El contenido doctrinal del jansenismo hispano incluye algunos elementos de revisión dogmática (que patentizan la herencia erasmista presente en la literatura piadosa clásica), pero se define sobre todo por el regalismo, el episcopalismo y la reforma institucional y disciplinar. Estos fermentos de renovación no invalidan en absoluto, sino que refuerzan sin duda el profundo carácter católico del movimiento, que aparece como la encarnación de la Ilustración cristiana, que se propone la perfecta conciliación entre las verdades dogmáticas, aseveradas por la fe y la revelación, y los conocimientos nuevos que se abren al hombre moderno, avalados por la razón o la observación de la naturaleza, y que está íntimamente convencida de la compatibilidad entre la piedad y las Luces. Uno de los componentes del jansenismo hispano es el regalismo, es decir, el reconocimiento del derecho y la conveniencia de la intervención del poder político en el ámbito eclesiástico. Esta tradición intervencionista, arraigada en la práctica de la Monarquía española desde los albores de la constitución del Estado moderno, encontró una formulación teórica tajante desde los primeros años de la entronización de la nueva dinastía, gracias al famoso Pedimento redactado por Melchor de Macanaz, que constituye un verdadero tratado de regalismo para uso del joven Felipe V y que valió al autor la persecución eclesiástica y uno de los más notables empapelamientos de la época moderna. La práctica regalista no es tema a desarrollar con detalle, aunque también en este caso las medidas políticas estuvieron muy relacionadas con un estado de opinión creado a partir de la producción teórica. El Concordato de 1753, el régimen de exequatur, la imposición de la voluntad real en el caso Noris (cuando el rey respaldó frente a Roma la decisión inquisitorial de incluir su obra en el Índice), la propia limitación de los poderes del Santo Oficio por parte del soberano (como puso de manifiesto el caso Mésenguy, cuando el Inquisidor General se atrevió a condenar el catecismo del abate francés en contra del deseo expreso del monarca) y la expulsión de los jesuitas (considerados los depositarios de la intransigencia ultramontana), todas ellas son decisiones de la Corona que encontraron eco favorable cuando no incitación directa en los medios ilustrados. Del mismo modo, el episcopalismo puede ser considerado como la vertiente espiritual del Despotismo Ilustrado, por cuanto delega en el obispo, monarca absoluto de su diócesis, como por otra parte había pretendido el contrarreformismo tridentino, la responsabilidad de la reforma en su área de jurisdicción. En este terreno, el hecho más resonante fue el impropiamente llamado cisma de Urquijo, que no fue en realidad sino la devolución provisional al episcopado español de algunas atribuciones históricas que habían pasado a Roma, como era la facultad de otorgar dispensas matrimoniales, en un momento en que la administración pontificia se hallaba paralizada por la invasión napoleónica. Flor de un día, la medida de Urquijo, que sería defendida por el jansenista Antonio Tavira, a la sazón obispo de Salamanca, como un instrumento para el retorno a la prístina pureza de la Iglesia, revelaba los efectos de la difusión en España de obras como las de Van Espen, el famoso episcopalista holandés, o de documentos como los elaborados por el sínodo de Pistoia (1786) o como la Constitución Civil del Clero promulgada por la Francia revolucionaria. El jansenismo tuvo también una dimensión espiritual y dogmática, que se reclamaba asimismo de una lejana tradición. Por un lado, los ilustrados encontraron en las posiciones erasmistas presentes en la literatura religiosa española del Siglo de Oro un manantial inagotable de inspiración, de donde el interés en reeditar a los nombres clásicos de esa corriente, tarea en la que destacaría Gregorio Mayans, admirador de Luis Vives y precursor también en este campo. Del mismo modo, y en la misma línea, los jansenistas reclamaron la lectura de la Biblia en lengua vulgar, como se desprende del prólogo del rector de Valencia, Vicente Blasco, a la reedición de Los nombres de Cristo de fray Luis de León, o de la polémica desatada tras la publicación de la obra de su discípulo, el también valenciano Joaquín Lorenzo Villanueva, De la lección de la Sagrada Escritura en lengua vulgar, que precedió al edicto de 1782 autorizando dicha lectura, a un nuevo escrito de Villanueva, Recomendación de la lectura de la Biblia (que aunque de fecha tardía circuló probablemente antes en versión manuscrita), y a la versión castellana de la Escrituras redactada por el jansenista catalán Félix Torres Amat en 1823-1824. Otro frente fue la crítica a los textos que se empleaban para la formación de los fieles y, en especial, al catecismo de Ripalda. En este campo destaca la obra de José Yeregui, el Catecismo de Madrid, que introduce pautas más rigoristas en la valoración de los actos, privilegiando la caridad y la contricción frente al temor y la atrición como los motores que han de impulsar la voluntad de los fieles. Le siguieron los escritos de fray Pedro Centeno, que consideraba que el catecismo de Ripalda era un arsenal de embustes y patrañas y que el Misal contenía multitud de erratas, solecismos y disparates que era preciso corregir. La línea puede cerrarse con el Catecismo de Estado según los principios de la religión, redactado en 1793 dentro del espíritu regalista por Joaquín Lorenzo Villanueva, la figura más relevante del jansenismo tardío, que había de pasar del moderantismo ilustrado al liberalismo convencido, evolución que habría de valerle su exilio tras la segunda restauración del absolutismo fernandino. La crítica de las costumbres fue otro de los temas centrales de la publicística jansenista, que atacó la baja instrucción del clero, la excesiva riqueza de los institutos eclesiásticos o la relajación de la vida monacal, cuya reforma se abordaba extensamente en obras como la del valenciano Basilio Tomás Rosell, El monacato o tardes monásticas, publicada en 1787 en forma de diálogo, forma en que se vierten otras obras del mismo género, como El Filoteo en conversaciones del tiempo, de Antonio José Rodríguez (1786), o El jansenismo dedicado al Filósofo Rancio, publicada bajo seudónimo por Joaquín Lorenzo Villanueva. El púlpito y la prensa fueron también vehículos de difusión de las ideas jansenistas. El Censor ha podido ser considerado como el periódico portavoz del sector jansenista del clero español, ya que, en efecto, los temas eclesiásticos, como vimos al tratar de la utopía de los Ayparcontes, figuraron entre los más tratados en sus páginas. También un diario oficial, como el Mercurio Histórico y Político, contribuyó a divulgar las nuevas tendencias, publicando por ejemplo la instrucción pastoral del obispo de Pistoia sobre el Sagrado Corazón, o las conclusiones obtenidas en el sínodo celebrado en 1786 en aquella ciudad italiana, que constituyen uno de los documentos más significativos del movimiento reformista europeo en la esfera eclesiástica. El jansenismo, en su sentido de corriente reformista en el ámbito eclesiástico, impregna el pensamiento de la mayoría de los intelectuales ilustrados. En algunas figuras estas preocupaciones son las que dominan el primer plano de su contribución teórica o de su actuación pública, como ocurre en el caso del grupo valenciano, que cuenta en sus filas con Francisco Pérez Bayer, el reformador de los colegios mayores, con el rector Vicente Blasco y con Joaquín Lorenzo Villanueva, junto a algunos obispos, como Felipe Bertrán y José Climent. También en determinados círculos madrileños, como el de los canónigos de San Felipe el Real o el de los profesores de los Reales Estudios de San Isidro, que habían sustituido a los jesuitas en la docencia impartida en el centro, o el del salón de la condesa de Montijo, el cenáculo más importante del jansenismo de finales de siglo. Naturalmente, algunos obispos trataron de favorecer la difusión del pensamiento ilustrado y de introducir cambios en la ordenación de sus diócesis, convirtiéndose en verdaderos adalides del reformismo eclesiástico. Entre los nombres más destacados hay que mencionar a Francisco Armañá, obispo de Lugo y de Tarragona, fundador de la Sociedad de Amigos del País en esta última ciudad; a José Tormo, obispo de Orihuela, miembro de la comisión para disponer de los bienes de los jesuitas expulsos y protector de Villanueva; a Manuel Rubín de Celis, obispo de Cartagena, reformador del Seminario de San Fulgencio de Murcia; a Felipe Bertrán, obispo de Salamanca, inquisidor general y promotor de la reordenación de los colegios mayores; a Miguel de Santander, obispo de Huesca, reformador eclesiástico y escritor político influido por los independentistas norteamericanos; a Francisco Fabián y Fuero, que tras su experiencia reformista en tierras americanas renunciaría a su diócesis valenciana antes que intervenir en la movilización contra la Francia revolucionaria; a Antonio Tavira, catedrático de Salamanca, capellán y predicador real, miembro destacado de la tertulia de la condesa de Montijo, introductor de Jovellanos en la sociedad madrileña y obispo de Canarias y de Burgo de Osma, en discreta represalia tras la crisis de 1791, que es sin duda uno de los nombres imprescindibles del jansenismo español. No hay que olvidar, por último, la labor reformista de José Climent, obispo de Barcelona, preocupado por el restablecimiento de la antigua disciplina de la Iglesia y por el retorno a las fuentes (las Escrituras, la patrística y los concilios), abierto a la teología extranjera (como transparenta la influencia de Claude Fleury sobre sus posiciones) y a la literatura religiosa española (en especial, la mística y la erasmista del siglo XVI), penetrado del elevado sentido de la misión parroquial y de la vocación pedagógica de la Iglesia, de lo que dio ejemplo tratando de organizar un sínodo diocesano, creando escuelas para la instrucción elemental y utilizando constantemente el púlpito como vehículo para orientar a las conciencias. José Climent es uno de los más claros ejemplos de la diversidad de la corriente jansenista, pues su reformismo, que incluye tantos elementos característicos de la postura ilustrada en materia religiosa, se halla en buena medida al margen de los planteamientos regalistas e incluso respira escasa animosidad contra los jesuitas, pese a ser considerados por el obispo como principales responsables de la relajación de la disciplina en el seno de la Iglesia. La nómina del reformismo episcopal, si bien no parece admitir otras personalidades tan representativas del movimiento jansenista, podría incrementarse con otros nombres, cuya influencia no trascendió el ámbito de su diócesis, donde hay que descubrir los efectos de su gobierno, como ocurre, por citar un solo ejemplo, con Agustín González Pisador, obispo de Oviedo, que dejó en las actas del sínodo que patrocinara un verdadero programa de actuación en la dirección de las Luces. La Ilustración cristiana se revela así como una de las creaciones originales del Setecientos español. El moderantismo manifestado en otros terrenos por los intelectuales ilustrados vuelve a aparecer en la esfera de las cuestiones religiosas. Frente a la expansión de ideas heterodoxas, deístas o sencillamente antirreligiosas, que se produce en otros ámbitos nacionales, la práctica totalidad de los pensadores españoles del momento mantuvo su fidelidad a la Iglesia católica y su convencimiento de que la razón no podía contradecir la verdad revelada. En este sentido, la conciencia de que el reformismo de las Luces no minaba los cimientos de la religión, sino que contribuía a reforzarlos mediante su depuración, es una constante entre los escritores avanzados de la época, que no ofrecieron argumentos que justificasen la feroz arremetida de que fueron objeto por parte del cerrilismo conservador, especialmente a partir de los años conflictivos de la última década del siglo. Sin embargo, antes de desencadenarse abiertamente la reacción, los ilustrados habían andado mucho trecho en el camino de la conciliación entre el catolicismo y los tiempos modernos.
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La Iglesia americana vivió también las corrientes de fondo que agitaron las aguas del catolicismo europeo durante la centuria de la Ilustración. También aquí las posiciones ideológicas mantenidas por eclesiásticos y seglares fueron de una extremada complejidad, ya que si el pensamiento más progresista (el llamado jansenista en la metrópoli) coincidía en la aceptación del regalismo, en la necesidad del reformismo, en la exigencia de depuración de la práctica religiosa y en la obligación de perfeccionar la obra de la Iglesia a través de la predicación, la enseñanza y la asistencia, muchos obispos fueron celosos defensores de sus prerrogativas de monarcas absolutos (aunque pudieran ser ilustrados) en sus diócesis, frente a las ingerencias de otros poderes y manifestaron su espíritu de independencia frente a algunas iniciativas oficiales, por ejemplo en los concilios convocados tras la expulsión de los jesuitas, cuyas conclusiones no siempre fueron aprobadas por el gobierno metropolitano. Este fue precisamente uno de los hechos centrales de la historia de la Iglesia americana de la centuria, ya que la salida de los miembros de la Compañía (motivada por razones que van desde su independencia respecto del episcopado a su resistencia frente a la autoridad civil) abrió un profundo foso en terrenos tan sensibles como la enseñanza (con la pérdida de dos mil quinientos educadores en colegios y universidades) o la evangelización, especialmente en las famosas misiones del Paraguay, sin duda uno de los episodios más sobresalientes de toda la historia de la colonización española en el Nuevo Mundo. Mario Góngora estableció como característica identificativa del clero ilustrado hispanoamericano la defensa del origen divino de la autoridad real y la promoción de los estudios de Historia de la Iglesia, de los Concilios y de la Disciplina Antigua. Estos elementos distintivos permitieron individualizar, por un lado, los nombres del obispo carmelita de Córdoba de Tucumán y de Charcas José Antonio de San Alberto (autor de un Catecismo real, 1786), del eclesiástico rioplatense Lázaro de Ribera (autor asimismo de una breve Cartilla real) o del vicario general de la diócesis de Buenos Aires, Juan Baltasar Maciel. Y, por otro, los de los prelados Francisco Fabián y Fuero (introductor de las tres enseñanzas en su Seminario de San Pedro y San Pablo de Puebla), Antonio Caballero y Góngora (cuyo plan de estudios de 1787 incluye una cátedra de Historia y Disciplina Eclesiástica), Santiago José de Echevarría (que impuso las materias de Historia Eclesiástica y Disciplina en sus Seminarios de La Habana y Santiago de Cuba) o Alonso Núñez de Haro (que introdujo las mismas enseñanzas en los Seminarios de México y Tepozotlán). Sin embargo, tales actitudes no rebasan el marco de la reforma estrictamente eclesiástica. En efecto, sólo en algunos casos, estos obispos dan un paso más para insertarse en el movimiento de renovación cultural de la Ilustración. Si Francisco Fabián y Fuero impulsó una Academia de Bellas Artes, con los fines estrictamente instrumentales de promover el mejor conocimiento del latín y la retórica, Baltasar Jaime Martínez Compañón se preocupó de la creación de más de cincuenta internados y dirigió la amplia encuesta ya mencionada en su diócesis trujillana, mientras otros, como el obispo de Manila, Basilio Sancho, o el obispo de Quito, José Pérez Calama, llegaron a impulsar las sociedades patrióticas enclavadas en sus respectivas diócesis. Y, por el contrario, muchos jesuitas, pese a sus posiciones antirregalistas, pudieron adoptar actitudes claramente ilustradas. Por citar un ejemplo conocido, es el caso de Francisco Javier Clavijero, que en Valladolid de Michoacán inicia el movimiento de renovación, al pronunciar su Oratio Latina en la inauguración de curso de su Colegio, mucho antes de escribir en el exilio italiano su famosa historia de México, dentro del famoso debate ya aludido. Y aun podrían sumarse otros ejemplos, como el del ya citado Juan de Hospital, que en Quito fue capaz de proponer en, 1759-1762, la enseñanza de Copérnico, Descartes y Newton. Debiendo tenerse presente, además, que la expulsión de la sociedad se decretó en el momento en que iba a producirse el florecimiento de la plena Ilustración. El clero ilustrado contó con personalidades de tanta talla como algunas de las metropolitanas. Es el caso, además de los prelados ya señalados, de Toribio Rodríguez de Mendoza en Lima, de Juan Baltasar Maciel en Buenos Aires, de Gregorio de Funes en Córdoba. Sin embargo, el manto de la Ilustración cubrió posiciones muy diversas y hasta encontradas. Así, si José Antonio de San Alberto fue un regalista convencido y un pastor preocupado por la asistencia pública, su posición extremadamente moderada como visitador de la Universidad de Córdoba de Tucumán le condujo al enfrentamiento con el clero criollo que trataba de impulsar la reforma de los estudios. Del mismo modo, el arzobispo y virrey de Nueva Granada, Antonio Caballero y Góngora, que impulsó el estudio de la historia y la disciplina eclesiásticas y creó sendas cátedras de Medicina y Matemáticas en el Colegio del Rosario y en el Seminario de San Bartolomé, fue al mismo tiempo el responsable de la revisión conservadora en los planes de estudios de la Universidad Pública después de la reforma de Moreno y Escandón. Más complejos fueron aún los planteamientos de Manuel Abad y Queipo, que tras ejercer de abogado en la Audiencia de Guatemala, se instalaría en Valladolid de Michoacán entre 1784 y 1815, llegando a ser preconizado obispo de la diócesis. Allí, su espíritu combativo le llevó a expresar públicamente su opinión sobre los más diversos aspectos de la realidad circundante, que pudieron ir desde el estado moral y político de la población novohispana en 1799 hasta el espinoso asunto de la consolidación de vales de 1804. Ambas intervenciones estaban conectadas, sin embargo, con cuestiones que afectaban al clero, ya que el primer texto se incluía incidentalmente dentro de una famosa Representación sobre la inmunidad personal del clero (donde el autor, aun manifestando su pleno acuerdo con la política regalista de la Corona, se oponía a unas medidas que recortaban ciertos privilegios del estamento eclesiástico), mientras que la asunción de la defensa de los intereses de los hacendados y los comerciantes de Valladolid de Michoacán permitía, al mismo tiempo, la salvaguarda de los intereses particulares de la Iglesia como principal institución de crédito de la región. Así, si ya ambos escritos aparecen como sendas muestras de los límites del reformismo de Abad y Queipo, por otro lado, la lealtad profunda hacia la Monarquía ilustrada se manifiesta tanto en la condena sin paliativos del grito de Dolores con la excomunión del cura Hidalgo, como en la declaración explícita de la alianza entre el Altar y el Trono como instrumento para la preservación de la Monarquía contra el contagio revolucionario, ya que no existe otro medio que pueda conservar estas clases en la subordinación a las leyes y al gobierno que el de la religión. Abad y Queipo se constituía en un perfecto representante del despotismo ilustrado como preventivo de la revolución, en un cualificado defensor de la política reformista como único medio de conservar las estructuras esenciales sobre las que se basaba el Antiguo Régimen. En el extremo opuesto del horizonte ilustrado aparece la figura de José Pérez Calama. Gobernador diocesano de Valladolid de Michoacán, aprovechó el ambiente favorable a las reformas preparado por Clavijero, para lanzarse, ayudado por una serie de sacerdotes pertenecientes a la Sociedad Bascongada de Amigos del País, a la movilización cultural de su territorio. Así, dentro de su propósito de erradicar el ocio antiliterario e inacción político-literaria, intentó establecer en el Seminario una Academia de Bellas Letras Político-Cristianas, al tiempo que convocaba oposiciones para proveer las cátedras de dicho centro y ponía de paso su biblioteca a disposición de los candidatos. Del mismo modo, la crisis agraria de 1785 le urgió a poner en marcha una teología político-caritiatiun basada doctrinalmente en un texto de Alzate, al tiempo que para prevenir contingencias similares escribía en la Gazeta de México una Carta histórica sobre siembras extemporáneas de maíz y otras precauciones para el futuro contra la escasez (1786). Nombrado obispo de Quito en 1789, diseñaría un plan de estudios (1791) para la restaurada Universidad de Santo Tomás de Aquino, donde defendería la necesidad de incorporar la historia (sagrada y nacional) y la economía política, mientras desde su cargo de director impulsaba la Sociedad Patriótica de Amigos del País de la ciudad, después de haber sido socio consultor de la Sociedad de Amantes de País de Lima. Su distancia respecto de Abad y Queipo puede quedar simbolizada por la diferente actitud frente a Miguel Hidalgo: Pérez Calama le otorgó doce medallas de plata por su texto Disertación sobre el verdadero método de estudiar teología escolástica. Y también por su apartamiento de la diócesis quiteña cuando las Luces estaban dejando sentir los primeros efectos indeseados a los ojos de los partidarios del Antiguo Régimen. Sin embargo, el episcopado, reclutado en España, tanto el más tradicionalista como el declaradamente reformista, se mantuvo fiel a la Corona en la prueba de fuego del estallido insurgente. Por el contrario, muchos otros clérigos fueron pronto ganados a la causa de la independencia y participaron activamente en el proceso de la emancipación. Así ocurrió en Quito (donde tres sacerdotes, uno de ellos Juan Pablo Espejo, estuvieron entre los insurrectos que proclamaron la independencia en 1809), en Nueva Granada (donde el canónigo Andrés Rosillo asumió la dirección política de la insurrección y el dominico Ignacio Mariño se convirtió en uno de los jefes de la guerrilla de los Llanos, mientras el párroco de Mompox, Juan Fernández de Sotomayor, hacía méritos para ser nombrado arzobispo de Cartagena de Indias tras la independencia) y en México, donde Miguel Hidalgo y José María Morelos asumieron el papel protagonista de todos conocido. También en el campo de la Iglesia, la Ilustración, que había pretendido reformar el sistema para preservarlo, ayudó a la formación de un pensamiento revolucionario que acabaría por contestar el Antiguo Régimen y por romper amarras con la metrópoli. La nueva Iglesia de la América independiente habría de desempeñar sus funciones en un marco liberal y republicano.
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No obstante, lo que ha dado verdadera fama a los Beatos es su rica ilustración. De los 34 códices y fragmentos que conservamos entre los siglos a al XIII, 24 tienen miniaturas. Estas ilustran fundamentalmente el Comentario extenso y el Comentario de Daniel. En el primero las miniaturas se sitúan generalmente entre el texto bíblico apocalíptico (Storia) y el comienzo del Comentario (Explanatio), respondiendo su iconografía, en su gran mayoría, al contenido del texto escriturístico. Algunas, muy pocas, se explican por el Comentario -la palmera, la zorra y el gallo, etc.-, y otros textos intercalados, como la imagen del arca de Noé que ilustra el correspondiente tratado de Gregorio de Elvira al que hemos aludido. Es excepcional la representación del Bautismo de Cristo, que únicamente figura en los códices de Gerona y Turín. Algunos manuscritos integran además algunas ilustraciones preliminares como son la Dedicatoria, la Cruz de Oviedo, la Maiestas Domini, los Cuatro Evangelistas, las tablas genealógicas, varias escenas de la vida de Jesús, el pájaro y la serpiente, los autores que Beato enumera como fuentes -el Alfa y la Omega y por último el cielo, que sólo aparece en el manuscrito de Gerona y su copia de Turín. Llama la atención en todo este conjunto de ilustraciones el gran número de miniaturas que ilustran el texto bíblico apocalíptico si tenemos en cuenta que los Apocalipsis hispanos de la época carecen de ilustraciones, lo mismo que las Biblias coetáneas cuyos Apocalipsis se nos presentan también desprovistos de figuraciones. Incluso si tomamos como ejemplo las Biblias más ricamente ilustradas de nuestra Alta Edad Media (excluyendo las catalanas) como son la Biblia de Florencio y Sancho del año 960, la Biblia leonesa de 1162 y la Biblia de San Millán de la Cogolla de principios del siglo XIII, observamos que frente al gran número de miniaturas que presentan los textos veterotestamentarios contrasta la escasez de las mismas en los libros del Nuevo Testamento y la ausencia de ilustraciones, en concreto, en el Apocalipsis. Los Comentarios de Beato se nos presentan de este modo con la novedad de su ilustración apocalíptica. Ello lleva a plantearse el problema mismo de la ilustración del Comentario: ¿fue concebida esta ilustración por Beato? Es ésta una cuestión difícil de resolver, ya que no conservamos ningún manuscrito contemporáneo del supuesto autor. No obstante, es opinión generalizada entre los autores que Beato concibió su obra para ser ilustrada. Ahora bien, ¿qué forma tuvo el arquetipo pictórico de los Beatos, cuáles son los arquetipos que mejor reflejan este prototipo y cuáles remiten ya a versiones posteriores? Hoy los estudios de P. Klein han renovado profundamente las teorías de Neuss y Sanders, que a pesar de no coincidir en sus genealogías de los Beatos, clasificaron los manuscritos en los tres mismos grupos (las familias I, IIa y IIb de Neuss), haciendo un paralelismo entre la tradición textual y la tradición pictórica. Klein, partiendo del principio establecido por Weitzmann de la necesidad de investigar por separado la tradición textual y la tradición pictórica de los códices ilustrados, ha llegado a la conclusión de que ambas no se superponen exactamente. Así, por ejemplo, la ilustración del Beato de Saint-Sever perteneciente textualmente a la familia I, no solamente se desvía de la de su hermano textual, el Beato de la Biblioteca Nacional de Madrid vitr. 14-1, sino también de las de otros manuscritos de la familia I, por lo que la tradición textual y la tradición pictórica del Beato de Saint-Sever no coinciden. El autor ha podido distinguir las versiones ilustradas más antiguas de las más recientes a través de ciertos elementos pictóricos que fueron introducidos en las fases más tardías de aquélla. Un ejemplo ilustrativo podemos seguirlo en la miniatura de la retención de los cuatro vientos. Los cuatro ángeles frenando los cuatro vientos ilustran el pasaje del Apocalipsis VII, 13. El texto los sitúa sobre los "cuatro ángulos de la tierra, deteniendo los cuatro vientos de la tierra para que no soplasen sobre la tierra, ni sobre la mar, ni sobre árbol alguno hasta que los Elegidos no hayan sido señalados". La Storia incluye además la visión del ángel procedente del sol, pero esta imagen parece ser que no figuró en la versión más antigua de la tradición pictórica I, introduciéndose más tardíamente. Así parece reflejarlo el Beato de Lorvao, en el que esta figura está ausente. En cambio, en el Beato de Burgo de Osma ya se ha añadido el ángel del sol colocándose encima de la miniatura y encuadrado separadamente. La ilustración de esta rama I muestra una forma esquemática y conceptual: los cuatro ángeles situados en los ángulos mantienen las personificaciones de los cuatro vientos. En el centro se ha situado la tierra sugerida por un círculo que en el de Lorvao encierra cuatro de los Elegidos en forma de bustos. La tierra está rodeada por cuatro plantas estilizadas colocadas en los puntos cardinales, que simbolizan los árboles. En el Beato de Osma, las figuras de los Elegidos han sido reemplazadas por el signo de la cruz. El último estadio de la evolución nos lo proporcionan los manuscritos de la familia IIab en los que el ángel del Sol está completamente integrado en la miniatura, situándose arriba en el centro, volando hacia abajo. La ilustración es mucho más compleja: la tierra está indicada por un sector rectangular rodeado por el mar. Los Elegidos aparecen con sus cuerpos enteros en dos filas y los árboles son menos esquemáticos. La fase de transición, entre la rama I y II, estaría reflejada por una de las miniaturas de estilo románico del Beato de San Millán que textualmente pertenece al grupo I. El ángel del sol aparece incorporado a la imagen, pero esta adición ha forzado al miniaturista a desplazar a la izquierda al ángel que ocupaba el ángulo derecho superior, destruyendo el orden simétrico de los cuatro ángeles. Otros detalles que refleja también esta fase transicional entre la rama I y II que representa este Beato, es el haber figurado la tierra por medio de un sector rectangular rodeado por el mar, aunque éste no se nos muestre todavía como una banda continua tal como aparece en la rama II, sino a modo de segmentos de distintos tamaños en los ángulos y otra banda horizontal en el centro surcada de peces. Los resultados de su investigación han llevado a P. Klein a concluir que la familia I representa la más antigua versión pictórica de los Beatos. Puesto que los códices que reflejan la fase más antigua de esta versión pertenecen a la segunda edición textual del año 784, ésta es la fecha más probable de la primera redacción pictórica. Es posible también que la primera edición textual no hubiera tenido ninguna ilustración -habiéndose ilustrado su texto más tarde-, ya que los dos códices que la transmiten, los Beatos de la Biblioteca Nacional de Madrid vitr. 14-1 y de Saint-Sever reflejan, respectivamente, el primero una fase más tardía de la primera redacción pictórica y el segundo una combinación de dos modelos pictóricos diferentes: uno de la fase más reciente de la primera redacción pictórica, y el otro, un modelo pictórico de la familia II. La fase de transición entre la familia I y II estaría representada por la ilustración románica del Beato de San Millán. Respecto a la familia II que representa la segunda tradición pictórica, más tardía, tenemos un término post quem para su datación, la influencia islámica típica de esta familia, que se deja sentir también en otros aspectos del arte figurativo hispano desde fines del siglo IX. De ahí que esta tradición pictórica pueda datarse probablemente en el siglo X. El estilo de esta segunda tradición pictórica, más óptico y plástico, frente a las formas planas y lineales de la primera tradición pictórica, se explica también por la influencia islámica, a la que se añade además la proporcionada por la tradición del arte carolingio. Finalmente, el modelo del arquetipo pictórico de los Beatos es de origen hispano o norteafricano, ya que los ciclos apocalípticos de Italia y Europa Central son diferentes al de los Beatos. Tampoco el modelo pudo proporcionarlo el Oriente bizantino sirio y copto, como alguna vez se ha sugerido, porque en estas regiones durante los primeros siglos cristianos el Apocalipsis no estaba reconocido unánimemente como libro canónico y, por tanto, su ilustración comenzó más tarde que en el Occidente latino.
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Aunque se han mencionado los "Libros de Horas" como propios de entonces y en manos de todos los grandes señores, no son los únicos temas que se iluminan. Precisamente Carlos V había querido que se tradujeran textos de otras lenguas, que luego se editaban en ejemplares con miniaturas. Esta política fue continuada por sus sucesores. Se tradujeron obras del griego y el latín, así como del italiano. Bocaccio, Aristóteles, Terencio, Tito Livio, fueron ilustrados. También se hizo lo propio con los autores en lengua francesa. El antiguo "Roman de la Rose" conoció una nueva popularidad y fue objeto de una polémica en la que intervinieron diversas personas y fue también copiado. Cristina de Pizan que participó en ello fue una escritora que dirigió la ilustración de sus propias obras. Libros considerados casi científicos, como los de la caza, recibieron idéntico trato, destacando el de Gastón Phebus, varias veces copiado e iluminado. Los libros de Viajes, tanto reales como ficticios, conocieron un gran auge, y en la ilustración de uno espléndido intervinieron el duque de Borgoña, como promotor, el de Berry, como receptor y varios miniaturistas, como el Maestro de las Horas Boucicaut.Cuando se reanude la guerra con resultados desastrosos para los franceses, y los ingleses ocupen París, se dispersarán los miniaturistas por lugares próximos. Pero siguen quedando algunos, como el anónimo Maestro de Bedford, denominado así por las obras que realizó para el duque de Bedford, gobernador inglés de la ciudad. Tanto este pintor como otros anónimos trabajan después que los Limbourg. Contemporáneamente, otro desconocido y expresivo maestro dirige la ilustración de las llamadas "Horas de Rohan". Al contrario que en los otros manuscritos, el nombre no indica origen, sino que con posterioridad a su ejecución pasó a manos de la familia Rohan. Se discute el origen de la obra y del artista. Se tiende a creer que las fechas de realización son próximas a 1420 y el lugar podría ser Bourges, donde estaba el rey en el exilio y su madre Yolanda de Anjou que estaría detrás del proyecto. Marca la manera de hacer el artista un cierto descuido en el detalle sin precedentes en los grandes miniaturistas anteriores. Sobre todo, un estilo expresionista y desmesurado, despreocupado por los problemas de ambientación y capaz de crear escenas de una inquietante emotividad. El Oficio de difuntos, tan destacado en todos los "Libros de Horas", está compuesto originalmente: El hombre muerto y desnudo, extendido sobre un suelo plagado de huesos y calaveras humanas, se dirige en su miseria a un Dios armado con una espada que le contempla, mientras un cielo azul se puebla de un ejército angélico etéreo, materializándose únicamente el ángel que lucha contra el demonio por el alma del muerto.Bohemia se consolida como gran centro ya con Carlos IV y aún más a partir de su muerte (1378) con su hijo Wenceslao, emperador hasta 1400 y rey de Bohemia exclusivamente a partir de entonces. Las empresas artísticas no sólo surgen del ámbito real. La llegada de artistas franceses y quizás italianos, la tradición propia, un misterioso recuerdo lejano de lo bizantino, determinan un arte original y propio. El primer gran pintor en que esto se manifiesta es el llamado Maestro de Trebon, por el retablo de Trebon o Wittingau, hacia 1380. Siguiendo un camino ya iniciado por el autor del retablo de Hohenfurth, hacia 1350, usa una paleta de tonos sombríos, con un dibujo de fuerte expresividad, donde una cierta tensión nerviosa se entremezcla con detalles de dinámica expresión internacional. También algo más tarde comienzan a aparecer como iconos de la Virgen, imágenes amables, donde estas características son más acusadas y tienen su correlato en la escultura. La Virgen de Roudnice (Galería Nacional, Praga) sería un buen ejemplo, hacia 1390.El libro ilustrado había gozado de un aprecio especial en los años de gobierno de Carlos IV. El "Lider Viaticus" de Jan de Streda (Biblioteca Nacional, Praga) es una obra extraordinaria (1360-1364), donde se funden armoniosamente las fórmulas francesas y las italianas y se crean imágenes inolvidables que, a su vez, incidirán sobre la miniatura lombarda italiana inmediata, como las grandes iniciales. Mucho más italiano es el "Laus Mariae" de Conrado de Hamburgo, hacia 1364.Del período internacional es el "Misal" del arzobispo Zbynek Zajic (Biblioteca Nacional, Viena). Pero en esto destacan los talleres que trabajan para la corte de Wenceslao. El rey encarga una Biblia gigantesca en muchos volúmenes. Naturalmente ha de ser obra de muchas manos. Algunas miniaturas como la del Génesis hipertrofian una vieja fórmula: una gran I que atraviesa de arriba abajo el folio, donde en círculos se despliega la creación, la caída y el anuncio redentor. Aquí falta este último, pero flanquean la línea narrativa rectángulos con multitud de profetas y figuras del Antiguo Testamento, mientras desborda por todas partes una amplia decoración marginal, en gran parte significativa. Se han bautizado los miniaturistas bajo apelativos tales como Maestro de Balaam, Maestro de Salomón, Maestro de Sansón, etc. En él están presentes diversas tendencias del arte bohemio (Biblioteca Nacional, Viena)."La Bula de Oro de Carlos IV" era un documento emitido por la cancillería imperial del padre de Wenceslao, por el que se regulaba la sucesión imperial. Cuando éste encarga una copia de lujo, el documento había perdido parte de su valor, porque poco después será depuesto, dado que todo se sitúa en 1400. Es una de estas obras en las que el arte apoya las intenciones y no las realidades. Es un reflejo de lo que se quisiera que fuesen, no de lo que es. El folio inicial (Biblioteca Nacional, Viena), es un prodigio en que lo ornamental está cargado de signos de identidad del rey, mientras la figuración más directamente relacionada con el texto alude a la invocación a Dios, con una Maiestas. Signos heráldicos, marcas y emblemas imperiales, las famosas bañistas cuyo significado ha ocupado a historiadores, la enorme W del rey, aprisionado en ella, mientras contempla a las muchachas semidesnudas, etc., pueblan un mundo personal, buscadamente esotérico, alejado de la realidad política.La Biblioteca de la catedral de Gerona conserva otra obra espléndida, un "Martirologio" en el que las ilustraciones se desplazan a los márgenes, donde en círculos se cuentan los martirios. Es tan exquisito como los otros, obra de varios artistas, aunque se destaca el calificado de miniaturista de Gerona. Los intereses astrológicos del rey le llevan a procurarse textos interesantes, como el "Quadripartitus" de Ptolomeo y las "Tablas astronómicas" de Alfonso X, que encarga en copias con grandes miniaturas iniciales (Galería Nacional, Viena).Jean de Mandeville es el falso nombre de un burdo falsario que inventa un viaje a Oriente que nunca hizo. Sin embargo, obtiene un éxito inmenso. Se traduce a varias lenguas. Se incorpora el magnífico "Libro de las Maravillas" que poseyó Jean de Berry, junto al más veraz Marco Polo, se hace una edición aragonesa, etc. También se traduce al checo. Después de 1400 se copia en un manuscrito sin paralelo (British Library, Londres) que, bien se conserva incompleto, bien no se terminó de copiar. Todas las miniaturas ocupan el folio y están dibujadas con líneas sutiles que se manchan delicadamente con tenues colores.Esta producción masiva y la crisis posterior, unida a los contactos que se mantienen con la Lombardía de los Visconti o la Inglaterra contemporánea permiten la difusión de lo bohemio por Europa. La miniatura milanesa e inglesa, la pintura mural en Trento, son signos de esta difusión.