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El Principado de Augusto trajo consigo un sinnúmero de transformaciones que afectaron a todos los estamentos del Imperio. La Península Ibérica no permaneció ajena a estos cambios y así nadie discute que la época augústea abrió una nueva etapa en el proceso de urbanización y monumentalización de la Península, si bien es justo reconocer que, en buena medida, Augusto continuó con la planificación iniciada por César y, además, contó con la inestimable colaboración de M. Vipsanio Agripa, que ya había desarrollado una amplia labor organizadora en la Galia, con especial incidencia en la configuración urbana. A él se atribuye la creación de la infraestructura necesaria para la vertebración -militar, política, económica y administrativa- de la zona Noroeste, recién conquistada, con la creación de ciudades como Asturica Augusta (Astorga), Lucus Augusti (Lugo) o Bracara Augusta (Braga) y, asimismo, debió participar muy directamente en la reorganización administrativa general de la Península en virtud de la cual la antigua provincia Ulterior quedó dividida en dos circunscripciones distintas con el río Guadiana como límite común de ambas: al Sur del río la Baetica y al Norte la Lusitania, operación tradicionalmente fechada en la célebre reunión del Senado del año 27 a. C. y que recientes investigaciones se inclinan a trasladarla a un momento posterior a la definitiva pacificación de Hispania, entre el 16 y el 13 a. C., coincidiendo con la segunda presencia de Augusto en suelo peninsular. Quizás intervino Agripa directamente en la fundación de Caesaraugusta (Zaragoza) y nadie duda de la importancia de su actuación en Augusta Emerita (Mérida), la capital de la Lusitania.Ya fuera el propio Augusto o bien sus más directos colaboradores, lo cierto es que su labor de ordenamiento político-administrativo se articuló en una doble vertiente, por una parte la continuación del programa de desarrollo jurídico de las ciudades y, por otra, la fundación de nuevos núcleos de población, no sólo en los territorios recién conquistados, sino también como apoyo del plan de reorganización administrativa general de la Península. En cualquier caso, y con independencia de cada tipo de actuación, la consecuencia más inmediata fue la ampliación monumental de las ciudades que fueron equipadas con nuevos conjuntos arquitectónicos en perfecta consonancia con el rango detentado por cada una de ellas y en los que la influencia comenzada a ejercer por el fenómeno del culto al emperador fue cobrando una importancia cada vez más creciente. Por tanto, monumentalización y culto imperial son dos conceptos básicos para entender el desarrollo de la arquitectura en las ciudades en los albores del Principado y no solamente en las colonias ex novo como Augusta Emerita o Caesaraugusta, sino también en núcleos urbanos, exponentes de comunidades de población indígena, como Bilbilis (Zaragoza), Segóbriga (Cuenca) o Conimbriga (Condeixa-a-Velha, Portugal). Las dificultades impuestas por al accidentado relieve tan característico en extensas zonas de la geografía peninsular, lejos de representar un obstáculo insalvable, fueron solventadas mediante la adopción del sistema de construcción en terrazas, dotado de una amplia tradición en toda el área mediterránea, con planteamientos de tipo escenográfico y de gran espectacularidad, como el conjunto constituido por el foro y teatro en Bilbilis y Saguntum, el santuario en terrazas de Munigua (Sevilla) o el impresionante ninfeo de Valeria (Cuenca), concebido como una gran fachada arquitectónica.
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Entre los años 900 y 725 a.C., un lento crecimiento demográfico y económico consolida las nacientes poleis o ciudades-estado griegas. Atenas, Argos, Corinto y las ciudades de Eubea, entre otras, irrumpen en la escena del comercio mediterráneo, gracias a sus refinadas producciones cerámicas y de metal y a las exportaciones de aceite y vino. El siglo VIII, clave como punto de encuentro entre el final de la Edad Oscura y la época arcaica, renacimiento que continúa y se opone al período inmediatamente anterior, es también el punto de partida de un período rico en logros culturales, en transformaciones sociales y políticas y en situaciones conflictivas. Las ciudades, a través de la afirmación en el plano económico, militar y político, se implantan como lugares de actuación de los propietarios de las parcelas de la tierra cívica, los soldados defensores del territorio, los que se hallan en disposición de disfrutar de la politeia, de los derechos de ciudadanía. La comunidad se amplía considerablemente, pero para ello pasa a través de la stasis como conflicto interno y de la transformación del sistema aristocrático, heredero de la antigua realeza, en un sistema predominantemente oligárquico, en algunos casos tendencialmente democrático. Paralelamente, en íntima relación con todo lo anterior, el mundo griego amplía su escenario geográfico a través de la expansión colonial, fenómeno vinculado por medio de lazos diversos con los cambios económicos de la polis en formación, hasta el punto de que, al mismo tiempo que se produce como efecto del modo de desarrollarse ésta, se transforma en factor influyente sobre el modo en que se configura a lo largo del período. La expansión comercial de las ciudades de este periodo hizo que, hacia el siglo IX antes de nuestra Era, diera comienzo la fundación de colonias por todo el Mediterráneo, desde el Mar Negro hasta Iberia y desde el Norte de África hasta las costas francesas, buscando el beneficio del trasiego mercantil. El crecimiento demográfico y económico promueve el descontento, sin embargo, de buena parte de la población, que requiere cambios políticos y de las estructuras sociales. Frente a estos grupos reivindicativos, las elites aristocráticas se oponen a compartir el poder, lo que da lugar a crecientes fricciones internas. También se propone la fundación de colonias como medio para desactivar la tensión interna, evitando una expansión regional que llevaría a sangrientas y costosas guerras frente a las poleis vecinas. La Magna Grecia o Megále Hellas nace en la Italia meridional como una extensión de la Hélade, con fundaciones como Pithecussai, Cumas, Naxos o Siracusa. A lo largo del siglo VI, Grecia alcanza un poder hegemónico en el Mediterráneo. Sus productos surcan el mar de un extremo a otro, llegando a puertos muy alejados entre sí. Pero Grecia, las poleis griegas, no sólo exportan productos, también formas artísticas, estructuras políticas o ideológicas, cultura, en definitiva. Las colonias que se fundan en este momento, también las orientales, pronto se convierten en centros en plena ebullición intelectual, promovida por filósofos, artistas, científicos y literatos. El tráfico de ideas y personas entre Oriente y Occidente, ciertamente no siempre de modo pacífico, es constante y enriquece a ambas partes. Volviendo a la política, el sistema oligárquico acaba finalmente por colapsarse, dando lugar a la entrada en escena de los tiranos. Éstos no son otra cosa que personas notables que toman el poder con el apoyo de buena parte de la sociedad, cansada de un sistema de gobierno aristocrático que consideran perjudicial. Tyrannos, término de derivación Anatolia, quiere decir "señor". Los tiranos acceden al poder con el consenso de buena parte de la población, que busca en su persona alguien capaz de solucionar los problemas que la acosan. A pesar de las connotaciones despectivas con que el término ha llegado a nuestros días, hubo tiranos que gobernaron de manera despótica, mientras que otros buscaron la aceptación del pueblo promoviendo la economía o emprendiendo programas de obras públicas. En esta época una polis, Corinto, alcanza un gran desarrollo con la dinastía de los Cipsélidas, que promueve la fundación de colonias agrícolas y comerciales y fomenta el comercio potenciando los puertos de Kenchreai y Léchaion, además de emprender la construcción de una carretera sobre el istmo. En Atenas se ensaya una manera diferente de afrontar las tensiones sociales, mediante cambios legislativos en materia constitucional y fiscal, promovidas entre otros por figuras como Dracón y Solón. Sin embargo, las tentativas de reforma fracasan y promueven la instalación de la tiranía. Esparta, en cambio, desarrolla un sistema peculiar, un gobierno aristocrático basado en un cierto nacionalismo de etnia que le hará rechazar a lo largo de su historia la entrada de extranjeros. La expansión de Esparta en este periodo le llevará a apropiarse de mesenia y buena parte del Peloponeso, no pudiendo sin embargo con Argos. Otra característica de este periodo es el encumbramiento de dos lugares que van a ocupar un lugar significativo en la historia y la cultura griegas: Delfos y Olimpia. Ambos sitios se consolidan ahora como santuarios panhelénicos, lugares ajenos a los conflictos que enfrentan a las diferentes poleis y en los que resolver disputas. Sedes religiosas, en ellos se celebran competiciones deportivas y literario-teatrales, que sirven de válvula de escape para las tensiones del mundo helénico. La influencia de Delfos y Olimpia como sede diplomática se acrecienta con el paso del tiempo: sus sacerdotes, mediadores en conflictos o portadores de la voluntad de los dioses, incrementan su poder, al tiempo que crecen los edificios y las donaciones. Desde el año 561 a.C. la tiranía llega también a Atenas. Pisístrato toma el poder frente a la familia de los Alcmeónidas, a los que excluirá del gobierno. Durante su mandato, Atenas conocerá la paz social y emprenderá en lo exterior una política expansiva, armando una poderosa flota. Su política incluye también el favorecimiento de la pequeña propiedad y la pequeña empresa. Esta primera etapa de tiranía en Atenas finaliza en el año 510 a.C., tras un periodo de feroces luchas contra los hijos de Pisístrato. En ese año se inaugura la democracia con Clístenes. La relativa tranquilidad que vive el mundo griego pronto va a verse quebrada. El pujante Imperio persa, comandado por Ciro y Cambises, comienza a extenderse desde el oriente, amenazando primero a las ciudades más cercanas, las de Jonia. Mileto, Éfeso, Focea, Esmirna o Samos comienzan a caer en la órbita persa, en algunos casos debido a la actitud favorable a los persas que muestran sus tiranos. El enfrentamiento entre los mundos helénico y persa se manifestará con toda su crudeza en el periodo siguiente, la etapa clásica.
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Es ésta la etapa central de la historia de la Plaza Mayor, la que corresponde a la España barroca de los siglos XVII y XVIII, si bien lo que verdaderamente se expresa en términos propios de la mentalidad barroca es la fiesta misma, el espectáculo, el argumento y cuanto sucede dentro de la plaza, mientras que ésta se mantiene sin variar más que en lo secundario, en lo epitelial, en lo estilístico. La fórmula funcional de la Plaza Mayor se presta como escenario urbano a desarrollar en su interior todo tipo de representaciones sin importar su circunstancia cultural. Como teatro al aire libre que es, la Plaza Mayor permite cambiar la escenografía sin afectar a la estructura. Por ello no se producen los cambios que en otros aspectos de la creación artística cabe detectar al pasar del Renacimiento al Barroco. Así, la Plaza Mayor de Salamanca, obra marcadamente dieciochesca, lo es por las circunstancias temporales y materiales en las que tuvo lugar, pero ello no se traduce en un concepto verdaderamente nuevo de la Plaza Mayor. Sobre modelos anteriores se añadirán, ciertamente, detalles significativos como el de cerrar sus frentes ocultando las calles que a ella concluyen, mientras que los detalles de su arquitectura revelarán su pertenencia a una determinada escuela barroca, sin embargo, la plaza, en su planteamiento estático, y en el equilibrado reparto de su imagen, sigue fiel a un modelo que viene de tiempo atrás. Ello hace posible que la Plaza Mayor de Madrid por Gómez de Mora, se reconozca sin esfuerzo bajo la intervención neoclásica de Juan de Villanueva. En el reinado de Felipe III, y tras el regreso definitivo de la Corte, se inicia la construcción de la nueva Plaza Mayor de Madrid, según el proyecto trazado por Juan Gómez de Mora (1617). La obra se hizo en un tiempo muy breve si bien sufrió un primer incendio en 1631 que hizo necesarias nuevas obras, aunque no parece probable que hubiera modificación alguna sobre el estado anterior. De éste nos da una idea muy precisa un nuevo dibujo fechado en 1636 que, a su vez, coincide sustancialmente con la representación de la plaza en el plano de Teixeira (1656). En este último es posible ver cómo la primitiva plaza del Arrabal, formada delante de la antigua Puerta de Guadalajara, servía de encrucijada a varios caminos, luego calles, que ahora se cortan para formar la plaza, si bien la dirección de algunas de ellas no se interrumpe, como sucede en la calle de Atocha que entra oblicuamente como tal y sale en la misma línea por la que fue Calle Nueva, hoy de Ciudad Rodrigo. Su planta es un rectángulo de ciento veinte por noventa y cuatro metros, proporción que se ajusta a la medida cierta, es decir, su lado menor es a y el lado mayor es raíz cuadrada de dos, resultado de una sencilla operación de geometría de uso común entre los tracistas. Los lienzos de sus fachadas son continuos y sólo se interrumpen, de abajo a arriba, para dejar paso a las seis calles que a la plaza asoman. Sus cuatro lados o aceras llevaban el nombre de la Panadería, de Mercaderes de Paños, de la Carnicería y del Peso Real. Toda la planta baja lleva soportales sobre fuertes pilares de granito, en solución adintelada excepto el frente que corresponde a la Casa de la Panadería que lleva arcos, cuya fachada es también distinta al resto de las que forman la plaza. Estas alcanzan cuatro alturas más una última planta vividera bajo cubiertas, ligeramente retranqueada, sobrepasando con mucho en altura al modelo vallisoletano. La Real Casa de la Panadería, por el contrario, sólo tenía tres plantas en la línea de fachada pero su mayor jerarquía quedaba resaltada por dos torres de flanqueo con sus respectivos chapiteles, todo ello muy discreto. Aún habría de sufrir la Plaza Mayor de Madrid otros dos incendios que afectaron a su fisonomía, el de 1672, que supuso sobre todo la transformación de la Casa de la Panadería en términos lingüísticos propiamente barrocos debidos a José Donoso, y el decisivo de 1790 que supuso la intervención de Juan de Villanueva. Este hizo un proyecto de regularización total de la plaza, cerrando las calles aunque sin interrumpir el paso bajo arcos, creando una imagen similar a la de la Casa de la Panadería en la de las Carnicerías, e introduciendo leves toques de continuo equilibrio que afectó también a las calles inmediatas, prolongándose las obras hasta bien entrado el siglo XIX. En el reinado de Isabel II se alteró sustancialmente el sentido de la plaza, al colocar la magnífica estatua ecuestre de Felipe III en su centro, convirtiéndola en aparente plaza real a la francesa, cuando sabemos que dicha estatua formaba parte de los jardines privados del rey en la Real Casa de Campo. La Plaza Mayor de Madrid había supuesto el relevo del modelo vallisoletano, de ahí que las futuras Plazas Mayores citen a partir de ahora, como referencia, la madrileña. Así puede comprobarse en la Plaza Mayor de León, cuyos antecedentes ya se han señalado y que parece surgida tras un incendio en 1654 cuyo alcance real desconocemos, como si la secuencia plaza irregular-incendio-plaza ordenada hubiera sido el comportamiento habitual de nuestras Plazas Mayores. Tres años más tarde se iniciaban las obras de la nueva plaza de León y en 1677 se daba por terminada la obra, según se deduce de la inscripción de la fachada del Mirador. La maestría de la obra se debe fundamentalmente al trasmerano Francisco de la Lastra, quien dejó aquí una obra sobria, bien compuesta y proporcionada a la escala de la ciudad. Los soportales son en arco sobre pilares de piedra y lleva encima dos plantas de viviendas, la primera unida por un balcón corrido y la segunda planta con balcones independientes. Sólo en la acera del Mirador se interrumpe esta ordenación, siendo en este lado occidental de la plaza donde las calles entran abiertas. A mi juicio, la Plaza Mayor de León es una de las plazas españolas que mejor conservan su carácter al no haber sufrido modificaciones sustanciales, salvo en el lado oriental (1951), hasta el punto de ser la más representativa de las plazas del siglo XVII aunque no sea la más famosa. Antes de cerrarse el siglo, la plaza de la Corredera de Córdoba añadiría novedad a los ejemplos citados anteriormente. El nombre de la plaza, la Corredera, ya nos indica en parte su uso más significativo pues allí, efectivamente, se corrían y lidiaban los toros -una estrecha calle que a ella sale, todavía conserva el nombre de Toril-, además de haber tenido siempre uso como mercado. En 1668, Cosme de Médicis decía que con motivo de los festejos "todo el aspecto de la plaza es como el de un gran teatro de abajo arriba" y, cuatro años más tarde, el francés Jouvin recogía en "Le Voyageur de l'Europe" que, de lo visto en Córdoba, lo más notable resultaba ser aquella "Plaza Mayor, cerrada por casas hermosas, semejantes a las de la Plaza de Madrid, sostenidas de pórticos y arcadas, donde están establecidos los más ricos mercaderes de la ciudad y en los días de las grandes fiestas del año se dan corridas de toros, como vimos en Madrid". La referencia a Madrid es comparación obligada para quienes conocían su plaza si bien los rasgos de la cordobesa debían de ser muy distintos. Decimos debían de ser porque la actual plaza de la Corredera, Mayor o del Mercado, se debe a una reconstrucción total llevada a cabo sobre la anterior en 1683. Su planta general responde a un rectángulo bastante regular, pese a que no tengan las mismas medidas sus frentes, sumando ciento trece metros el lado mayor y cincuenta y cinco el menor, con lo que prácticamente resulta una proporción dupla. Su traza se debe al maestro salmantino Antonio Ramos Valdés, cuya presencia en la ciudad sólo se justifica por esta obra. El debía conocer las plazas castellanas, pero aquí realizó otra cosa muy distinta y de acusada personalidad, creando un módulo de fachada que se repite sin variación, esto es, un arco de medio punto sobre pilares al que corresponden dos ejes de huecos abalconados, frente a la fórmula empleada por Valladolid, Madrid y León de un solo eje de balcones por cada tramo porticado. Ello da como resultado una fachada porosa en extremo y de muy acelerado ritmo compositivo. Este último efecto aumenta al ser la plaza cerrada, excepto en el lado de la antigua Cárcel, de tal manera que sus fachadas ofrecen una continuidad que en aquel momento no tenía la propia Plaza Mayor de Madrid. Resulta interesante comprobar en la Corredera cordobesa la solución del gran arco, a modo de monumental entrada, para resolver el cerramiento de la plaza sin interrumpir el paso de las calles, con una fórmula que, años después, volverá a emplear Juan de Villanueva en la reconstrucción de la plaza madrileña. Distintos son también los materiales empleados por Antonio Ramos, pues con ladrillo levantó los pilares cajeados, hizo los arcos de medio punto de doble rosca y cercó los huecos de balcones, no creyendo, sin embargo, que el ladrillo fuera visto como ahora está. El color en la arquitectura de las Plazas Mayores está documentado de varios modos y cabe mencionar aquí, entre otros testimonios, cómo en la construcción de la Plaza Mayor de León se contemplan unas ayudas de costa para los dueños de las casas "por cada arco que luciesen o almazarronasen al modo que está la de Madrid" (1677). Tras la reconstrucción efectuada por Villanueva, volvieron a presentarse en la Plaza Mayor de Madrid los problemas de reboque y pintura. La Plaza Mayor por excelencia de nuestro siglo XVIII y una de las más hermosas que pudiéramos encontrar, alabada por propios y extraños ayer y hoy, es la de Salamanca. La minuciosa y compleja historia de su construcción nos es conocida merced al ejemplar análisis de A. Ceballos, que nos permite seguir el proceso desde el comienzo de las obras, en 1729, hasta su culminación, en 1755, si bien el tiempo real de ejecución fue de ocho años con un largo período intermedio de inactividad. El proyecto, cuyo principal impulsor fue el corregidor don Rodrigo Caballero, se debe al arquitecto Alberto de Churriguera quien habiéndose ausentado de la ciudad, después de terminar los dos primeros lienzos, los del Pabellón Real y de San Martín, fue sustituido en la dirección de la obra por su sobrino Manuel de Larra Churriguera. Hubo después intentos de modificar el proyecto inicial, debiendo intervenir el Consejo de Castilla que resolvió el pleito al exigir la reanudación de las obras conforme a lo ejecutado. No obstante, el edificio del Ayuntamiento, que preside la plaza desde el lado norte, se separa del resto de las fachadas con un tratamiento absolutamente diverso debido a su autor, el arquitecto Andrés García de Quiñones. Los antecedentes de la plaza salmantina nos llevarían a considerar la existencia de un extenso mercado en el que se incluía la parroquia de San Martín, fuera del núcleo viejo de la ciudad pero dentro de la nueva cerca que protegía su crecimiento en dirección norte, sobre los dos ejes importantes de los caminos de Zamora y Toro. La plaza fue conociendo varios estadios, siempre de desmañada configuración, pero muy activa y, sobre todo, de imponente superficie, contando desde la Edad Media con la presencia de las casas del Concejo. Esto, unido al hecho de celebrarse en la plaza de San Martín toros y cañas, así como el ajusticiamiento de los condenados en la horca allí colocada, según testimonio de Rosmithal (1465), va completando la serie de funciones características que desempeñaron habitualmente las Plazas Mayores. No estando en consonancia aquel lugar con la imagen de la ciudad, se pensó en la construcción de la nueva plaza atendiendo a considerandos funcionales y estéticos. Se argumentó la necesidad de proteger el comercio con soportales, de eliminar los puestos que impedían el paso de "los coches, carros y caballerías", pero sobre todo pesaba grandemente su pobre aspecto. La declaración del Deán de la catedral, como uno de los que emitieron informe positivo acerca del proyecto, resume la actitud generalizada de la ciudad: "El decoro y ornato público de que tanto carece la primera oficina de la ciudad, especialmente en las dos líneas de la Torre y de San Martín, por ser ambas indecentísimas para una ciudad tan famosa en el mundo y donde resplandecen tan insignes edificios, a cuya vista se hace muy reparable a los naturales y extranjeros lo indecoroso de su principal plaza". Para paliarlo se propone una plaza casi cuadrada, de poco más o menos de 80 metros de lado, y absolutamente cerrada en sus cuatro frentes. Las calles entran con su correspondiente dirección pero pasan bajo los arcos que componen los soportales, en todo caso con algo más de luz pero guardando la misma altura. El módulo de fachada es de un eje de huecos, es decir, arco del soportal y tres alturas encima, a excepción del arco de San Fernando en el Pabellón Real y del edificio del Ayuntamiento que guarda otra escala y composición bien distinta y más barroca en su ornamentación. Todas las fachadas son en piedra, con el balconaje muy volado y antepechos de hierro, desarrollando una original iconografía en los medallones de las enjutas de los arcos, con las efigies de monarcas españoles. Ello supone, sin duda, una evidente presencia real en esta plaza municipal, que unido al citado Pabellón en cuyo centro figura el escudo regio, la efigie del rey San Fernando y una inscripción que recuerda a Felipe V el Animoso, hace pensar en lo que este programa iconográfico entraña de pleitesía hacia el monarca que encabezaba la nueva dinastía de los Borbones, presentada aquí como continuidad y no como ruptura. Finalmente cabe añadir que consta documentalmente que los artífices e impulsores de la Plaza Mayor de Salamanca barajaron los modelos de las Plazas del Ochavo de Valladolid, que ciertamente nada tiene que ver con el tipo señalado en estas páginas, la Mayor de Madrid y la Corredera de Córdoba, poniendo de manifiesto, una vez más, la coherente genealogía de las Plazas Mayores españolas donde la anterior experiencia sirvió de punto de partida para la siguiente realización.
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El principado de Adriano (117-138) propicia otro clasicismo, pero no de signo romano como el de su predecesor, sino griego como el de Augusto. Un renacimiento clásico de este signo resultaba, sin embargo, mucho más difícil de conseguir en tiempos de Adriano que en los de Augusto. No en vano había transcurrido más de un siglo entre uno y otro, y un siglo en que Roma había creado una gran cultura, la única que podía entonces considerarse moderna, no estancada en la contemplación de las glorias del pasado. Adriano, dejándose llevar de su vena romántica, quiso dar ejemplo de filohelenismo: mostró un amor y una devoción por la lengua y la cultura griega que ya en su juventud le granjeó el apodo de graeculus; se inició en los misterios de Eleusis; terminó -¡por fin!- el Olympieion de Atenas, y construyó en derredor una Atenas suya, dotada de la mejor biblioteca de la Grecia propia, al lado de la Atenas de Teseo. Así lo recuerda hoy la inscripción de la hermosa Puerta de Adriano, que señala por dónde pasaba la linde de las dos ciudades; su generosidad no tuvo límites. Grecia le correspondió aceptando todo lo que viniera de él como si procediese de un dios, incluso el culto religioso a su favorito, Antinoo. Pero el empeño era vano. Ni él mismo podía tirar por la borda, aunque lo hubiese querido, todo el legado romano -sobre todo el rico y tan próximo legado flavio-. Roma y el Occidente estaban ya tan lejos de Grecia como habían de estarlo en el Renacimiento. Nunca se copiaron tantas estatuas griegas de época clásica y helenística como entonces. Y sólo en época de Nerón, en que aún quedaba algo vivo del espíritu griego, se hicieron copias mejores. Pero ni aún estas copias pueden eludir ciertas peculiaridades del clasicismo romano, por ejemplo, la tendencia a enriquecer los soportes que necesitan las copias en mármol de estatuas de bronce, sobre todo las desnudas. Y así vemos esos soportes cargados de flautas, de címbalos, de carcajs, de aljabas. Otro concepto romano de la escultura es el de considerarla complemento de la arquitectura, incluso en estatuas exentas y transportables. Por contar siempre con la pared que había de respaldarlas, o con el nicho que había de cobijarlas, los dorsos se tratan con descuido y a veces quedan en boceto. Del palacete llamado Academia de la Villa Adriana, de Tívoli, proceden cuatro estatuas, dos de ellas centauros, y las otras dos, faunos, de un mismo taller y probablemente de dos escultores de la escuela de Adrodisias de Caria que trabajaban en colaboración: Aristeas y Papías. Las cuatro copian originales helenísticos de bronce, como se echa de ver en las calidades metálicas que aún la piedra conserva. Los centauros, uno joven y otro viejo, formaban evidentemente pareja y ambos estaban heridos de amor, el joven con alegría, el viejo con pesadumbre, manifiesta en un rostro que recuerda un poco al de Laoconte. Por eso se ha pensado en un original rodio de comienzos del siglo II a.C. Ambas estatuas están labradas en un mármol grisáceo que los italianos llaman bigio morato. La elección de este material se debería al deseo de imitar el color del bronce de los originales, pero también a su exotismo. Otras copias de los mismos centauros revelan que Aristeas y Papías, escultores de nota que firmaron sus obras, se permitieron añadir a los originales ciertas notas de su cosecha, no sólo los soportes que eran necesarios, sino también la nebrís (piel de ciervo) y la párdalis (piel de pantera) de que son portadores los centauros; también acentuaron la representación de los músculos y los tendones, demostrando con ello que aun siendo griegos estaban perfectamente adaptados al gusto romano. Lo mismo el más delicado de los faunos, el Fauno Rosso, llamado así por el color del precioso mármol; aparte del soporte habitual, lleva otro que lo enriquece, formado por un cesto de fruta y un cabrito acompañante. Al tratar de la arquitectura no tendremos más remedio que reconocer en Adriano un entusiasta continuador de los Flavios, sobre todo de Domiciano. Es más, en estas y otras muestras de la escultura de su propio palacio íntimo, revela que en esta parcela también su gusto llegaba a los mismos materiales de las estatuas del aula regia de la Domus Flavia.
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Las crónicas de Alfonso III contienen amplias referencias a los edificios construidos en Oviedo y en el Naranco por sus predecesores, y aunque le atribuyen a él una intensa acción edilicia, ésta sería más de conservación y consolidación de lo existente. Puede decirse que las residencias regias y los edificios emblemáticos de la monarquía se consideraban acabados y que se les otorgaba una cierta veneración como reliquias históricas que no debían ser alteradas. Por ello, se ejecutan restauraciones en todas las iglesias de Oviedo, y se hacen obras menores como el casetón que cubre la Foncalada, cuya técnica de sillería revela una época de buenos recursos técnicos y económicos. La inscripción de la Foncalada de Oviedo repite la invocación protectora a la Cruz que había colocado Alfonso II en el reverso de la Cruz de los Angeles, pero el dibujo que preside el monumento es el de una cruz levemente distinta, con discos en los extremos de los brazos, el alfa y el omega pendientes de los tramos horizontales y un vástago para soporte, que coinciden con el modelo de la Cruz de la Victoria; esta nueva Cruz fue dedicada por Alfonso III a la catedral de Oviedo en el año 908, como si se tratara de celebrar el centenario de la dedicación de la Cruz de los Angeles y de la consolidación de la monarquía asturiana por Alfonso II el Casto, cuando inició la edificación de la ciudad regia. La afortunada conservación de este símbolo de Asturias, reproducido como enseña en los monumentos de su época, permite conocer el nivel de evolución obtenido en cien años por la orfebrería asturiana; la mayor innovación es el empleo de esmaltes, en los que se dibujan con trazos sencillos, cuadrúpedos, aves y peces, el conjunto de los "tria genera animalium", que aparecen en otras obras del cristianismo antiguo como representación de los seres vivientes; la técnica de los esmaltes llegaría hasta Asturias desde Francia y el Norte de Italia, primero con el encargo a los talleres de estas regiones de piezas excepcionales, como la corona adquirida en Tours por Alfonso III; y más adelante, por la contratación de artesanos extranjeros, que serían los maestros del taller formado por el monarca en el castillo de Gauzón. Otras piezas de orfebrería sirven de testimonio de la importancia representativa que se otorgaba a este arte. En el año 874, Alfonso III encargó una reproducción de la Cruz de los Angeles para la nueva basílica de Santiago de Compostela; sólo se diferenciaba del original en la sustitución del camafeo central por un disco con esmaltes, que parece una pieza extraída de otra joya. También es una reutilización la placa superior de la Caja de las Agatas de la catedral de Oviedo, encargada por el príncipe Fruela II en el año 910, ya que por su estilo se relaciona con el arte europeo del siglo anterior; en todos estos casos, como en la reutilización de entalles romanos, debían tener un peso especial las indicaciones de los propios monarcas, que encargarían la transformación o adaptación de las piezas de la colección real, en la que se incluirían objetos antiguos y exóticos, como los mencionados. Como término final de la arquitectura áulica asturiana, debe tomarse en consideración la iglesia de San Salvador de Valdediós, dedicada por Alfonso III en el año 893, y a la que se retiró después el propio monarca, destituido por sus hijos. Es el monumento en el que se pueden observar mejor las consecuencias del arte anterior y el posible camino que hubiera seguido la arquitectura española por sus solas iniciativas. Se trata de una basílica con tribuna sobre el pórtico de los pies, naves estrechas con bóveda de cañón y tres capillas en la cabecera. En el lado sur se le adosa un pórtico bajo y alargado, cubierto con una bóveda de arcos fajones como las ramirenses; en su construcción se emplean con largueza los sillares de piedra, que también forman las esquinas y los contrafuertes del edificio, poniendo de relieve el progreso en la explotación de canteras. La ornamentación de los capiteles y la existencia de alfices en las ventanas, pueden relacionarse con influencias islámicas, pero ambos elementos eran ya conocidos en el arte asturiano anterior. En cualquier caso, ni los sistemas arquitectónicos ni las formas decorativas del arte asturiano trascendieron fuera de los límites del actual Principado, si se exceptúa a las primeras basílicas compostelanas, de las que no quedan restos apreciables. Ya por iniciativa regia, ya por impulsos monásticos o nobiliarios, se levantaron durante el siglo IX y los inicios del X otras iglesias en Asturias que toman los mismos principios artísticos en escalas más modestas. San Pedro de Nora es una basílica con tres capillas en la cabecera, que suprime el crucero, la tribuna y las cámaras laterales de las iglesias reales, aunque en las modernas restauraciones se les suponen innecesariamente. Algo similar ocurre en el templo de Santa María de Bendones, en el que mucho de lo que hoy existe corresponde a restauraciones sobre los modelos ovetenses, pero queda sin explicar la organización de las naves interiores, que hoy se presentan como sala corrida. Ambos edificios pueden ser del siglo IX. En el año 891, dedicó Alfonso III la iglesia de la abadía de San Adriano de Tuñón, que es un mero esquema del tipo basilical asturiano, con triple cabecera y naves laterales estrechas separadas por arquerías de medio punto, pero sin ningún alarde decorativo. Ya de comienzos del siglo X debe ser la iglesia de Santiago de Gobiendes, muy reformada en el XIX, con pérdida de la capilla mayor, y en el año 921 se dedicó la iglesia de San Salvador de Priesca, sencilla imitación de las anteriores con temas ornamentales tomados de Valdediós. Algunas celosías, arquillos pareados y cruces labradas a imitación de la de la Victoria, indican que en muchos otros lugares hubo edificios del mismo estilo, a los que la investigación arqueológica añade datos complementarios, en los que sigue manifestándose que la iniciativa artística de la monarquía asturiana fue la línea matriz en los territorios cristianos de la España occidental, hasta que la expansión hacia el Valle del Duero estableció la vía de penetración a los influjos islámicos y el desarrollo de la ruta jacobea provocó la fusión con el románico europeo.
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Así como Bismarck había pensado que sólo mediante una guerra con Francia podía realizarse la unidad alemana -porque sólo la agresión francesa impulsaría a los Estados alemanes del sur a buscar la protección de los del norte-, una vez realizada la unificación, pensó que el mayor peligro para la misma provenía del sentimiento de revancha de una Francia humillada por la derrota y por las concesiones que se había visto obligada a hacer. En consecuencia, orientó toda su política a mantener aislada a Francia, objetivo que logró plenamente, mientras estuvo al frente del Imperio, controlando en cierta medida la política exterior de las demás potencias. A la altura de 1890, parecía claro que Bismarck había detenido su política agresiva en 1871 y que, a partir de esta fecha, trató de consolidar la hegemonía alemana mediante la paz. Más consciente de la debilidad estratégica de Alemania que de su fuerza humana y económica, buscó el mantenimiento del "statu quo" territorial favorable a su país. Durante las dos décadas siguientes a la unificación, sin embargo, esto no pareció tan evidente, entre otras cosas, porque Bismarck nunca lo manifestó -escribió al emperador que le parecía un grave error político hacer declaraciones pacifistas- y porque en varias ocasiones dejó entrever la posibilidad de una nueva guerra -"preventiva", en su terminología- contra Francia o contra Rusia. La valoración de la política exterior de Bismarck ha sido muy diferente; desde la muy positiva de W. Langer, que la consideró un ejemplo inigualable de "gran moderación y de un sano sentido político de lo posible y de lo deseable", hasta la de historiadores más críticos, como A. J. P. Taylor o G. Craig, que han acentuado los aspectos oportunistas y pragmáticos de la misma. En último término, según G. Kennan, el fracaso de Bismarck al no conseguir un orden internacional estable se debió fundamentalmente a la dificultad inherente a los objetivos que persiguió: impedir una guerra entre Austria-Hungría y Rusia en los Balcanes, y conseguir que ninguna de estas potencias se aliara con Francia en contra de Alemania. El conjunto de alianzas que se fraguaron en estos años suelen agruparse en dos sistemas consecutivos, un primero, de 1873 a 1878, y un segundo, entre esta última fecha y su dimisión en 1890.
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Parece aceptado que el arte bizantino no tuvo la irradiación que podía esperarse de su gran y continuado prestigio, de su innegable superioridad durante siglos y de su vigorosa personalidad. Sobre Occidente, con excepción de algunas provincias italianas, ejerció cierta influencia gracias a las artes suntuarias, cuyos productos eran de fácil transporte; pero la arquitectura y la pintura mural resultaron poco accesibles a los países hispanos, francos o germánicos. La arquitectura bizantina se afianzó en Italia en dos baluartes, cada uno con carácter distinto. En Venecia y sus cercanías, está representada por un pequeño número de iglesias y palacios. De traza monumental y lujosa realización, aparecen ligados por una parte al arte de Constantinopla y de algunos centros importantes de Grecia y, por otra, a los estilos del románico europeo. En el sur de Italia y Sicilia se han conservado un número relativamente grande de iglesias, pero significan poco en el panorama de la arquitectura bizantina de los siglos XI y XII. Su ejecución es pobre y su decoración, salvo el caso de la Martorana de Palermo, de calidad irregular. Aunque Santa Fosca de Torcello constituye, por sí misma, un bello ejemplo del modo de construir bizantino, la iglesia metropolitana de San Marcos es el monumento más relevante. Su aspecto actual es el fruto de distintas etapas y gustos arquitectónicos, dado que fue consagrada en 1073 pero se trabajó en ella hasta el siglo XVII. Los revestimientos interiores datan de fines del siglo XI y comienzos del XII, los nichos del XIII, que es probablemente cuando se dio el perfil acampanado exterior a las cúpulas, acercándolas así al gusto islámico; los gabletes góticos de la fachada son del XV. De fecha posterior son los grandes mosaicos de la parte alta. Si pudiéramos despojarla de todos estos añadidos, descubriríamos una iglesia cruciforme que tomó como modelo la de los Santos Apóstoles de Constantinopla: ambas tenían pilares cuatripartitos, ambas tenían galerías apoyadas sobre columnas y ambas debían ser del mismo tamaño. También había diferencias: en la de los Santos Apóstoles había dos filas superpuestas de columnas y en San Marcos solamente una. Pero se mostró bastante similar a su modelo. Llama la atención que se imitase una iglesia que tenía entonces quinientos años de antigüedad. Así lo hicieron porque querían albergar las reliquias de San Marcos, utilizando el modelo de un edificio tan prestigioso como el Apostoleion de Constantinopla que contenía los huesos de San Andrés, de San Lucas y quizá, también, los de San Mateo. Por esta razón Venecia se convertiría en un núcleo de renacimiento del arte de la época de Justiniano. Baste mencionar el ejemplo de los capiteles. Un gran número de los de las columnatas del interior y otras partes han sido tan cuidadosamente hechos que sólo la mayor dureza del acabado los distingue de los capiteles de los siglos V y VI. En cuanto a los famosos mosaicos de la nave, hay que precisar que son de gusto bizantino pero de ejecución local -al igual que ocurre en Murano o Trieste- por lo que, en puridad, no cabe considerarlos como una obra propiamente bizantina -Grabar-. Una excepción puede estar representada por los mosaicos del nártex norte, inspirados en miniaturas del siglo VI y que desarrollan un arte descriptivo que remite a artistas griegos y serbios contemporáneos. Una segunda excepción remite a la basílica de Torcello. La célebre imagen de la Virgen -del siglo XII- parece planear en una atmósfera dorada por encima de los apóstoles. Ningún otro arte habría utilizado el vacío como medio de expresión estética con tanta maestría; para ello fue necesario suprimir las figuras de ángeles o santos y conferir a la esbelta Theotokos una silueta muy por encima de las exigencias ópticas de la superficie curva en donde está representada. Frente a esta evocación del cielo, sobre el muro oeste se halla representado un inmenso Juicio Final. La composición ha sido equilibrada con cuidado y la postura y expresión de cada figura ha sido tratada de manera individualizada, a tono con el gusto de la época que exigía una humanidad más realista. Las construcciones bizantinas del sur de Italia, están relacionadas en planta no con Constantinopla sino con las provincias más atrasadas de la cuenca del Egeo. De factura tosca, llaman la atención por el atractivo de su arquitectura popular o su adecuación al paisaje, como el caso de la Católica de Stilo -siglo XI (?)- en Calabria; pero su importancia reside, fundamentalmente, en la prueba que proporcionan de los vínculos existentes entre una provincia distante y otras situadas en las rutas marítimas del Imperio -Krautheimer-. Este es el caso de la iglesia citada que presenta una serie de rasgos -cinco cimborrios sobre los tejados, anchas bandas de ajedrezado, frisos de dientes y esquinillas...- que remiten a las iglesias de las pequeñas ciudades portuarias de la península griega. La Koimesis de Togea o la Pantanassa de Monemvasia, pueden servir de referencia.
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A la muerte de Alfonso V la situación política del Reino leonés no es demasiado estable, tanto en el orden interno como en la relación con otros reinos, incluido el navarro. El matrimonio de doña Sancha, infanta leonesa, con Fernando, hijo de Sancho el Mayor de Navarra y heredero del trono de Castilla, fue sólo el comienzo de un período de cierta estabilidad. Tras la muerte de Bermudo III sin descendencia, en la batalla de Tamarón (1037), Fernando toma posesión del Reino de León en nombre de su esposa, uniendo reinos e instaurando una nueva dinastía, la navarra, en el viejo territorio astur-leonés. Sin embargo, lo que parecía podía ser un buen principio y un reinado fácil, se vio ensombrecido por largas peleas contra los navarros y por serias disputas contra los propios señores del Reino, quienes no aceptaron, de buen grado, su presencia. Solventadas éstas dificultades de orden interno, dirigió el monarca sus miras contra los musulmanes, lo que le permitió obtener pingües beneficios económicos con el cobro de las parias de los reinos de Al-Andalus. Por otro lado, consiguió cierta pujanza económica, lo que redundó favorablemente en el campo artístico. Pero a esta situación generalizada que, en el ámbito político y económico, se vivía en esos años en el Reino castellano-leonés, hay que añadir otros hechos polifacéticos que señalarán cambios profundos en todos los órdenes. Cambios que, desde los inicios de la undécima centuria, ya estaban dejando la huella en el territorio navarro de donde, precisamente, procedía el soberano. Una palabra -apertura- es la clave para comprender, en parte, la situación que describimos. Se favorece la apertura ultrapirenaica en planes muy diversos y se aceptan las influencias foráneas, especialmente francesas. Así, desde el punto de vista religioso y, a pesar de las reticencias del clero peninsular, y muy apegado a la vieja liturgia visigoda hispana, se apoyará la romana y la reforma benedictina. Los estudios efectuados por Bishko en relación con Fernando I y Cluny aportan luces esclarecedoras al respecto. Esa política de amistad por la que el monarca enviaba a la abadía borgoñona cuantiosas donaciones le valió, en agradecimiento por los beneficios otorgados, que solemnemente se conmemorase su óbito en la abacial de Cluny. Fueron relaciones que, iniciadas por Fernando I y continuadas por sus sucesores -como bien han expuesto en sus trabajos J. Williams y S. Moralejo- impulsaron los orígenes del Románico en el Reino de Castilla y León. Al mismo tiempo se intensifica el comercio y todo tipo de conexiones, incluida la peregrinación jacobea y la vía por la que se desplegaron esas actividades, aquí aducidas, fue el Camino de Santiago. Es posible que, tras su victoria en Atapuerca (1054), pacificado el territorio y saneadas las arcas, Fernando I y doña Sancha se hayan interesado por los asuntos artísticos que aquí nos ocupan. Construyen en piedra, como se grabó en el epitafio del monarca: "facit ecclesiam hanc lapideam quae olim fuit lutea", un nuevo templo de San Juan Bautista. Además, deciden disponer en León su Panteón Real y traen desde Sevilla las reliquias de san Isidoro, para reemplazar las perdidas de san Pelayo. Desde entonces, el santo visigodo se convertirá en protector de la casa real y defensor del Reino. El viejo templo fue consagrado solemnemente el 21 de diciembre de 1063 con la nueva advocación de san Isidoro. Aunque no conocemos, de forma tangible, su disposición, podemos intuir lo que debió ser. Las primeras noticias que tenemos sobre su planimetría se debieron a las excavaciones del arquitecto J. C. Torbado, a comienzos del siglo XX. Sin embargo, a través de las llevadas a cabo por J. Williams en dos campañas sucesivas, durante los años 1969 y 1971, todo parece indicar que se trataba de una construcción inspirada en los modelos comunes de la monarquía asturiana y, más concretamente, de San Salvador de Valdedios. Tenía tres naves, estrechas y altas, tres capillas cuadrangulares y escalonadas en la cabecera y, al parecer, se cubría con bóvedas. Aunque resulte difícil afirmar cómo sería la parte occidental, es evidente, por los caracteres descritos, que las reminiscencias áulicas de la arquitectura asturiana son evidentes. En esa órbita se podía citar además la fábrica de San Pedro de Teverga y otros edificios gallegos, como sugiere el profesor I. Bango. Carácter áulico que vendría también a subrayar el hecho de que, según se narra en la "Crónica Silense", cuando el rey, muy enfermo, regresó del campo de batalla, desde Paterna a León, asistió al culto en el templo isidoriano. Aconteció el hecho en la Navidad de 1063 y en la iglesia hizo penitencia, despojado de los vestidos regios y con la cabeza cubierta de ceniza. Y en León murió días más tarde y recibió sepultura. De esa fábrica sólo se conserva, actualmente, parte del muro norte y del occidental. Con motivo de la solemne dedicación en honor de san Isidoro, los reyes dotaron a la iglesia, como era habitual en ese tiempo, de preciosos y ricos objetos sagrados así como de extensas posesiones, hecho que se irá repitiendo, con sus sucesores, a lo largo de los siglos. Es curioso señalar, no obstante, y por lo que a la arquitectura se refiere, cómo a pesar del afán demostrado por el soberano hacia los avances europeos del momento, vuelve los ojos al pasado, tratando de buscar, sin duda, hasta en ese aspecto lo que fueron las raíces de su Reino y el lejano recuerdo del imperium que los soberanos asturianos mantuvieron en la desaparecida corte ovetense.
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Diversos textos hablan de tiempos turbulentos para referirse a la situación en que se encontraba la Corona de Castilla en los años finales del siglo XIII e iniciales del XIV. En efecto, los cuarenta años que transcurren entre el acceso al trono de Sancho IV, en 1284, y la proclamación de la mayoría de edad de Alfonso XI, en 1325, se caracterizan por la sucesión de conflictos bélicos de orden interno, pero también por la presencia de las primeras manifestaciones de la crisis. La debilidad de la monarquía, particularmente puesta de manifiesto en los períodos de minorías, fue hábilmente aprovechada por la nobleza, que se mostró sumamente agresiva. En ese contexto la actuación de los concejos, claramente favorables a la defensa del realengo, resultó decisiva. Sancho IV (1284-1295) había ceñido la corona de Castilla después de una violenta pugna con su padre, Alfonso X. Los infantes de la Cerda, hijos del primogénito de Alfonso el Sabio, que reclamaban el trono, encontraron el apoyo de los reyes de Aragón a sus pretensiones. No obstante, gracias a su alianza con Felipe IV de Francia, plasmada en el tratado de Lyon de 1288, pudo Sancho IV contrarrestar a sus rivales. Años después, el monarca castellano se sintió con fuerzas para poner en marcha una campaña contra los musulmanes. La ofensiva se saldó con la ocupación, por parte de las tropas castellanas, de la importante plaza de Tarifa (1292), heroicamente defendida en los años siguientes por Alonso Pérez de Guzmán. De todas formas, planeaba en el fondo el creciente poder de la nobleza. Un representante típico de la misma fue Lope Díaz de Haro, señor de Vizcaya y favorito del rey de Castilla, en cuya corte campó a sus anchas hasta 1288. La prematura muerte de Sancho IV, en 1295, dejó como sucesor a un menor, Fernando IV (1295-1312). María de Molina, la reina madre, quedó encargada de la regencia de su hijo. La ocasión fue aprovechada por los infantes de la Cerda para reivindicar nuevamente el trono. Una vez más les apoyaba el rey de Aragón Jaime II, el cual, si el plan previsto salía adelante, recibiría en compensación el reino de Murcia. Por si fuera poco, la trama fue apoyada por el infante don Juan, hermano del anterior monarca, Sancho IV, que sería premiado con los reinos de Galicia y de León, y por los grandes magnates Juan Núñez de Lara y Diego López de Haro. Pero la heterogeneidad de los coaligados, así como el temple demostrado por María de Molina, que encontró el apoyo total de los concejos de sus reinos, hicieron posible que la crisis fuera superada. En 1301 Fernando IV accedió a la mayoría de edad. Su primer logro fue poner fin al conflicto con Aragón, lo que fue posible gracias al acuerdo de Agreda (1304). Aragón renunciaba a Murcia, aunque incorporaba a sus dominios la zona alicantina. Por su parte Alfonso de la Cerda desistía, a cambio de diversas concesiones, de sus presuntos derechos a la corona de Castilla. La amistad castellana con los aragoneses hizo posible, unos años después, planear una ofensiva conjunta contra los nazaríes (Vistas de Campillo, de 1308), que a la postre no dio más frutos que la toma de la plaza de Gibraltar. En otro orden de cosas es necesario señalar que en la corte se iniciaba una áspera disputa entre los grandes de la nobleza, deseosos de controlar la privanza regia. La muerte, en 1312, de Fernando IV, dejaba como sucesor a un niño de apenas un año, Alfonso XI (1312-1350). Fue preciso organizar nuevamente una regencia. La figura principal de la corte seguía siendo María de Molina, abuela del joven Alfonso. En la Concordia de Palazuelos, del año 1314, se encomendó la regencia a los infantes don Juan y don Pedro, otorgándose a María de Molina la custodia del rey-niño. Mas las desavenencias surgidas entre los propios tutores se hicieron manifiestas desde el primer momento. La sensación que había en la Corona de Castilla era de desgobierno. En ese clima se entiende la actitud adoptada por el tercer estado en las Cortes de Burgos del año 1315 de constituir una Hermandad general. Los fines por los que se constituía la institución citada eran, según el texto presentado por los procuradores de las ciudades y villas del reino, "para guardar sennorio e serviçio del Rey e todos sus derechos que á e deve aver, e para guarda... de todos nuestros fueros e ffranquezas e libertades ... et para que se cunpla e se faga justiçia en la tierra ... por que quando nuestro sennor el Rey ffuere de hedat ffalle la tierra meior parada e mas rrica e meior poblada para su serviçio". El texto es suficientemente expresivo de los propósitos que movían a los hermanados: defensa de los derechos regios y municipales y garantía del cumplimiento de la justicia. Ante el panorama existente, los concejos tomaban las riendas de la defensa de los reinos, actitud que algunos autores han interpretado como una especie de golpe de Estado. La muerte de los infantes don Pedro y don Juan, acaecida en 1319 en una campaña llevada a cabo en tierras próximas a la vega de Granada, posibilitó que María de Molina volviera al primer plano de la escena política, posición que mantuvo hasta que, en 1321, se produjo su muerte. Mientras tanto hicieron acto de presencia en la escena política castellana nuevos personajes, tales como el infante don Felipe, el brillante escritor don Juan Manuel y don Juan el Tuerto, un personaje sumamente turbio. La situación, a raíz del fallecimiento de María de Molina, se degradó hasta límites inconcebibles, debido a las luchas internas entre los propios miembros del consejo de regencia. Las tensiones políticas y sociales estallaban por doquier: Segovia, Soria, Valladolid, etcétera. En las villas, nos dice la Crónica de Alfonso XI, "los que mas podian apremiaban a los otros" y en aquellos lugares que no habían reconocido a ningún tutor "los que avian el poder tomaban las rentas del Rey... et apremiaban los que poco podian", para concluir señalando que "en algunas villas levantabanse por esta razon algunas gentes de labradores á voz de comun". Como se ve, los sectores populares no permanecían impasibles ante el deterioro de la situación. Mas sólo la proclamación de la mayoría de edad de Alfonso XI, efectuada en unas Cortes reunidas en Valladolid en el año 1325, puso fin al caos reinante.
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A pesar de haberse reservado el derecho a nombrar su sucesor, Pedro I no tuvo tiempo de elegirlo ni tampoco de establecer un sistema sucesorio determinado, lo que genera un largo período histórico caracterizado por las conspiraciones palaciegas y la ausencia de personalidades relevantes, a excepción de la zarina Isabel, que terminan siendo meros instrumentos de dominación de la nobleza, que recupera y amplia sus tradicionales privilegios en detrimento de la Monarquía absoluta y centralizada. El primer problema se planteó a la muerte del zar: en la corte se forman dos grupos: uno, alrededor de la guardia imperial y liderado por Menchikov que guarda fidelidad a la zarina Catalina, segunda esposa de Pedro, y otro, compuesto de las grandes familias aristocráticas de la nación, que apoya al nieto del rey difunto, Pedro, un niño de apenas diez años, que les dejaría absoluta libertad para gobernar. Al fin, Catalina I (1725-1727) logra imponerse y como primera medida recorta las atribuciones del Sínodo y del Senado, controlado por la vieja nobleza. Nombra a Menchikov como primer ministro, inaugurando la época de los validos, y poco después (1726) crea un Consejo Superior Secreto como principal órgano de gobierno. Su corto reinado se caracteriza por la inoperancia administrativa, la dilapidación del erario público y la corrupción de la corte provocando que, a su muerte, el sistema burocrático creado por su marido hubiera desaparecido. Le sucede Pedro II (1727-1730), nieto de su marido, que en su breve mandato habría de caracterizarse por la arbitrariedad gubernamental, el abandono y desatención del Ejército y la Marina y el aumento del gasto público. Tras afianzar su posición, abolió el Consejo Secreto y destituyó a Menchikov, rodeándose de individuos similares. Trasladó la capitalidad a Moscú y otorgó absoluta autonomía, política y económica, a los vaivodas de la administración provincial. Ana (1730-1740), sobrina de Pedro I, fue nombrada zarina por un Consejo privado de nobles que se reserva el control del Ejército y de la guardia imperial, así como las decisiones gubernativas más importantes: iniciativa diplomática y firma de la paz, elección del sucesor, nombramiento de cargos importantes y protección judicial a los nobles. Sin embargo, tras su coronación, dio un verdadero golpe de Estado contra los nobles: deshace el Consejo y pretende gobernar como una autócrata. Se acompañó de políticos oriundos de la nobleza germana del Báltico, destacando su valido Biron, Osterman, Golowkin y Tscherkaskij, y de una especie de cancillería personal, llamado Gabinete de ministros, que llegó a ser el verdadero gobierno, y con el que logró una cierta estabilidad. Aunque la nobleza no ocupaba los órganos de dirección, no fue desatendida. Al contrario, desde 1730 Ana comienza a dictar una serie de medidas que ampliaron sus derechos: creación de un cuerpo de cadetes, exclusivamente para sus miembros, con categoría de oficiales; reducción del tiempo obligatorio del servicio al Estado, estableciéndose en veinticinco años como máximo (1736); exención del servicio a un hijo de cada familia noble para atender la hacienda familiar; autorización a la nobleza de servicio para transmitir sus tierras, y vuelta al sistema de herencia basado en la igualdad y no en la primogenitura. La percepción de los impuestos fue regulada para obtener mayores rentas, se abolieron las tarifas proteccionistas de 1724 y se estableció un acuerdo comercial con Gran Bretaña cediendo a ésta el derecho a comerciar seda con Persia. Por último, continuó el trasvase de campesinos adscritos hacia la manufactura, con respaldo oficial. La política germanófila de la zarina propició una estrecha colaboración con Austria, como quedó de manifiesto en 1733 al estallar la Guerra de Sucesión polaca y apoyar Rusia a Augusto de Sajonia, y diez años más tarde, al reconocer la Pragmática Sanción que legitimaba a María Teresa y alinearse a su lado en la contienda por el trono austriaco. Ana nombró y eligió como heredero a su sobrino Iván IV (1740-1741), que sólo pudo mantenerse en el poder unos cuantos meses al ser depuesto por una conjura palaciega en noviembre de 1741. Gracias a esta conspiración, Isabel (1741-1762), la única hija viva de Pedro I, asume el poder con el apoyo de la guardia y el beneplácito de Francia, para devolver a Rusia el esplendor de los tiempos de su padre. De hecho, protagonizó un largo período donde revitalizó las estructuras socio-económicas, preparando el camino a Catalina la Grande. Una de sus primeras medidas fue suprimir el Gabinete de ministros heredado y devolver al Senado sus antiguas competencias; realizó una reforma del código penal suavizando las condenas y aboliendo la pena de muerte y puso de nuevo en vigor el Reglamento de 1716 para la milicia y la marina. Continuó la concesión de privilegios a la nobleza repartiendo grandes extensiones de tierras del Estado entre ellos, endureciendo la servidumbre, amparando el poder de los nobles (1747) y de los terratenientes (1760) sobre los campesinos, en su vida personal y en los castigos (deportación a Siberia), permitiéndoles la venta de vasallos como reclutas (1747) y autorizándoles a comerciar con los productos obtenidos en sus explotaciones agrarias. La zarina siempre mantuvo una enorme preocupación por la economía, lo que redundó en la consolidación del mercado nacional; ya en 1753 se abolieron las aduanas internas y se establecieron aranceles proteccionistas con el exterior. La agricultura aumentó su producción al crearse una cierta especialización de cultivos en el territorio nacional y generalizarse el de tres hojas en el interior del país. A pesar de la constante falta de mano de obra, hubo progresos notables en la manufactura pues prosiguió la transformación de campesinos en obreros y aquéllos fueron autorizados a ingresar en el gremio de mercaderes (1758); la industria que alcanzó más desarrollo fue la metalúrgica, aumentando su producción un 250 por 100. Para canalizar dinero público hacia inversiones económicas privadas se creó el Banco Nacional de Crédito (1754). Se elevaron los impuestos y se mejoró el sistema de percepción, sobre todo el de capitación; aun así, el déficit público en 1762 era considerable. En los años cincuenta hubo una enorme preocupación pedagógica por parte del Estado, entonces se creó la Universidad de Moscú, con tres Facultades (Filosofía, Derecho y Medicina) y un liceo anejo, como instituciones académicas superiores. A su muerte, sube al poder Pedro III (1762), nieto del zar, que sólo gobernaría seis meses. Su intervención filoprusiana en la Guerra de los Siete Años, a la que devolvió todos los territorios conquistados en el curso de las operaciones, y su intento de gobernar por encima del Senado, desató una enorme oposición que se plasmó en un golpe de Estado que acabó con su vida. No obstante, en su efímero reinado promulgó el Manifiesto de la libertad de la nobleza, que confirmó legalmente los poderes de los nobles hasta unos límites insospechados, reafirmando con ello los caracteres estamentales de la sociedad rusa.