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Entre el siglo VIII y mediados del XI, el Imperio atravesó sucesivamente una de sus peores crisis internas, marcada por la querella religiosa en torno al culto a las imágenes, y por un periodo de recuperación que llevaría a la gran época de la dinastía macedónica. El cambio de las circunstancias políticas es compatible con una gran estabilidad en las características de Bizancio como civilización, que en aquellos siglos logró también muchos de sus mejores frutos. El mundo en torno al Imperio se modificó también a lo largo de aquel tiempo pero los ámbitos de la acción militar y diplomática de éste no: por una parte, los Balcanes, donde se consiguió la conquista religiosa y cultural de eslavos y búlgaros pero no tanto la política. Más allá, Italia, donde los griegos lograron mantener su presencia con diversa intensidad. Y, sobre todo, Oriente, donde la defensa de Asia Menor y el control de las islas del Mar Egeo era vital. Los emperadores de Constantinopla tuvieron que aceptar, además, la realidad del nuevo imperio occidental -carolingio y después otónida- aunque iba en contra de su pretensión de universalidad, y hacer frente al problema del choque, cada vez más intenso, entre las concepciones eclesiásticas de griegos y latinos, manifestadas en enfrentamientos y en la construcción de sendas áreas de influencia y misión: en la bizantina entraron gran parte de los Balcanes eslavos y búlgaros, y también la naciente Rusia de Kiev. Más allá, el imperio procuró mantener buenas relaciones con los pueblos dominadores de las estepas al Norte del Mar Negro: sucesivamente, jázaros, pechenegos en el siglo X, uzos y cumanos desde mediados del XI. León III, iniciador de la dinastía Isaurica, había salvado Constantinopla del gran asedio del año 717 pero no pudo impedir la pérdida del exarcado de Ravena a manos de los lombardos, que provocó el definitivo alejamiento del papado y su alianza con los carolingios. Se esforzó en completar la organización de themas y mejorar la administración del imperio al publicar en el año 726 una nueva colección de leyes, la Eclogé, pero sus medidas políticas más trascendentes se refieren al ámbito religioso donde crecía un enfrentamiento radical -difícil de entender para una mente europea moderna- entre iconódulos, partidarios del culto a las imágenes, e iconoclastas, que querían suprimirlo. León III apoyó a estos últimos desde el año 725 y, desde el 730 ordenó destruir las imágenes, depuso a Germanos, patriarca de Constantinopla, por no secundar su actitud, pero, al mismo tiempo, él y sus sucesores completaron el control del patriarcado sobre todo el territorio imperial, lo que producía inevitablemente un alejamiento con respecto a la Iglesia latina, que siempre se opuso al radicalismo de los iconoclastas, secundada por otros grandes pensadores como Juan, obispo de Damasco.
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La primera fase de la reconstrucción de Europa, después de la caída de Napoleón, quedaba establecida por la paz de París. A pesar de que las grandes potencias que habían llevado el peso de la ofensiva estaban dispuestas a castigar a una Francia que había causado tantos desastres en el continente, una vez que decidieron restablecer en el trono de aquel país a la dinastía Borbón en la persona de Luis XVIII, se dieron cuenta de que podía no ser conveniente ensañarse con medidas excesivamente duras que podrían retrasar la seguridad y la tranquilidad que deseaban desde hacía tanto tiempo.Eso explica que los términos del Tratado de París no fuesen muy exigentes para los vencidos. Francia conservaba los límites que tenía en enero de 1792 e incluso ganaba algunos enclaves que no le habían pertenecido antes. Además, a pesar de la intención manifestada por Gran Bretaña de exigirle una indemnización para ayudar a financiar los costes de la guerra y la pretensión de Prusia de que devolviese ciertas cantidades que Napoleón había extraído de los Estados alemanes, el nuevo rey de Francia dejó desde el principio bien claro que no estaba dispuesto a que se le impusiesen indemnizaciones de guerra. Esta firmeza impresionó a los aliados de tal manera que renunciaron a cualquier reparación financiera por parte de Francia, e incluso dejaron de insistir siquiera en la necesidad de la devolución de los tesoros artísticos que sus ejércitos habían depredado en sus incursiones por los distintos países del continente.La firma del Tratado de París daba por terminada la primera fase de la reconstrucción europea, pero al mismo tiempo anunciaba en su propio texto, la apertura de una segunda fase que tendría lugar de forma inmediata: "Todas las potencias comprometidas en cualquiera de los bandos de esta guerra, enviarán plenipotenciarios a Viena en el espacio de dos meses con el propósito de regular, en un Congreso General, los acuerdos que deben completar las provisiones del presente Tratado". En efecto, se trataba de la convocatoria de un Congreso en la capital austriaca para que las potencias del continente se pusieran de acuerdo en un nuevo y definitivo ordenamiento de Europa después de las guerras napoleónicas. El propósito de los aliados era el de impedir que se reprodujese un nuevo caso de dominio de Europa por parte de una sola potencia, asegurando su división política en Estados dinásticos y al mismo tiempo el de encontrar los medios para resolver los conflictos entre ellos y para concertar conjuntamente sus acciones. Junto a este doble objetivo se planteó también el reparto territorial del continente que tenía la finalidad de dar forma y perpetuar la idea del Concierto de Europa. Se trataba del intento más importante, desde la paz de Westfalia a mediados del siglo XVII, de llegar a un entendimiento entre las naciones para construir una organización que garantizase la paz. Figura clave en este proceso fue el canciller austriaco Metternich.El príncipe Clemens Metternich había nacido en Coblenza el 15 de mayo de 1773 en el seno de una destacada familia de la nobleza renana. Su padre entró al servicio del Sacro Imperio Romano y el joven Clemens se educó en el ambiente aristocrático de la corte de los Habsburgo. Cuando a los dieciséis años estudiaba en Estrasburgo tuvo la primera visión de los sucesos de la Revolución francesa que le causaron una profunda aversión, aumentada más tarde con motivo de la confiscación que Napoleón ordenó de las tierras que poseía su familia. En 1795 casó con la nieta del veterano canciller austriaco Kaunitz y esa unión le proporcionó grandes posesiones en Austria y le situó en una buena posición para acceder al más alto puesto de la diplomacia imperial. Después de servir como representante del emperador Habsburgo en Dresde, Berlín, San Petersburgo y París, se convirtió en 1809 en el verdadero jefe del gobierno austriaco, puesto en el que permanecería durante cuarenta años. Sin embargo, por no haber nacido en Austria nunca pudo ocuparse de sus asuntos internos. Por eso se quejaba en sus últimos años de que "He gobernado Europa algunas veces, Austria nunca". Donde Metternich demostró su talla fue en la política exterior en la que jugó a contrarrestar su odio a Napoleón con el temor al engrandecimiento de la Rusia del zar Alejandro. Durante el enfrentamiento de ambos en 1812, se mantuvo a la expectativa para prestar en último término su ayuda a aquel contendiente que pudiera beneficiar más a Austria. Su intervención fue decisiva en la campaña de 1814, y como resultado de su política, Austria se convirtió en la potencia dominante de los aliados victoriosos. Aunque era acusado de reaccionario por los liberales europeos, en realidad Metternich era un conservador que quería preservar el equilibrio del gobierno y que veía como una amenaza las pretensiones de las clases medias jacobinas. Estaba convencido de que un Imperio austriaco fuerte sería el mejor baluarte contra el avance de las fuerzas revolucionarias y se mostró dispuesto a emplear su poder y su prestigio contra cualquier rebrote de perturbaciones análogas. Se convirtió en el mayor adalid de la paz y de la unidad en Europa y en esta línea hasta que tuvo que exiliarse en Londres con motivo de la Revolución de 1848.El prestigio y la personalidad de Metternich tuvieron una decisiva importancia para escoger Viena como sede del Congreso previsto en la Paz de París. En el otoño de 1814 se reunieron en la capital austriaca los dignatarios de los países que iban a participar en él. Asistieron seis soberanos: el zar Alejandro de Rusia, el emperador Francisco I de Austria, Federico Guillermo III de Prusia y los reyes de Dinamarca, Baviera y Württemberg. Alejandro fue acompañado de una delegación de importantes consejeros entre los que destacaban el ministro de Asuntos Exteriores, conde de Nesselrode, el alemán Stein y el corso Pozzo di Borgo. En la delegación prusiana estaba el príncipe de Hardenberg, quien por su avanzada edad y por su sordera se hallaba asistido por Wilhem von Humboldt, ministro de Cultura y fundador de la Universidad de Berlín. Gran Bretaña, por su parte, estaba representada por su ministro de Asuntos Exteriores Robert Stewart, conde de Castlereagh, cuyos intereses coincidían con los de Metternich en el sentido de conseguir la estabilidad de Europa creando un "balance of powers" que fuese la mejor garantía de su defensa. Francia estaba también representada, aunque sin voz, por su veterano ministro de Asuntos Exteriores Talleyrand. El príncipe de Talleyrand, que fue nombrado obispo en 1789, se había llegado a sentar con los revolucionarios en los Estados Generales, pero tuvo que exiliarse en América durante la etapa del Terror y no regresó a su país hasta que se estableció el Directorio. Había sido ministro de Asuntos Exteriores con Napoleón, pero al darse cuenta de la proximidad del desastre negoció con los aliados y gestionó la restauración de Luis XVIII. Poseía una especial habilidad para salir airoso en cualquier situación y un sentido del oportunismo político que explican su larga carrera en situaciones tan diversas. No estaba dispuesto a asumir en el Congreso el simple papel de víctima muda de las conversaciones entre los aliados.El Congreso de Viena nunca reunió a todos los representantes como un cuerpo deliberativo. En las únicas ocasiones en las que las delegaciones participantes se reunieron conjuntamente fue en las numerosas recepciones oficiales, festejos y ceremonias que tuvieron lugar durante los días que duraron las sesiones. En efecto, el Congreso de Viena ha sido calificado como un gran desfile en el que los soberanos europeos con sus nutridos y elegantes cortejos disimulaban sus asuntos en Viena ante una cortina de banquetes suntuosos, solemnes bailes y marciales desfiles. La idea de Metternich era la de que las cuatro grandes potencias aliadas resolvieran entre sí todos sus asuntos y que después presentasen esas resoluciones a los demás participantes para que fuesen ratificadas de manera formal. Sin embargo, el viejo zorro de la diplomacia, Talleyrand, se negó a que Francia fuese excluida, invocando primero el Tratado de París mediante el que se convocaba un Congreso libre y completo de todas las potencias y más tarde aprovechando las diferencias entre los cuatro grandes para mediar entre ellos.Para tener ocupadas a las otras naciones participantes y para no herir susceptibilidades, se crearon diez comisiones especiales (en asuntos alemanes, en ríos internacionales, etc.), mientras que tres de ellas (España, Portugal y Suecia) fueron admitidas con las grandes potencias en el Comité de los Ocho. No obstante, este comité se reunió pocas veces y apenas trató asuntos importantes.Los acuerdos a los que se llegó en Viena estaban basados en tres principios: compensación por las victorias, legitimidad y equilibrio de poder. Ya que no había podido conseguir una reparación económica por parte de Francia para compensar los gastos de la guerra, las grandes potencias esperaban al menos obtener alguna compensación territorial.Gran Bretaña había conseguido ya, en el curso del conflicto, una serie de posiciones estratégicas -Helgoland en el Mar del Norte, la isla de Malta, las islas Jónicas, la Colonia del Cabo, Ceilán, Isla de Francia, Demerara, Santa Lucía, Trinidad y Tobago- que explican que mostrase menos interés en el Congreso que los otros aliados. Austria aprovechó la ocasión para desembarazarse de algunos territorios cuyo control era siempre problemático y cuya administración podía seguir planteando problemas a causa de la distancia. Tal era el caso de Bélgica y de los territorios al sur de Alemania. Pero a cambio consiguió el reconocimiento de las ricas provincias del norte de Italia, Venecia y Lombardía, que se hallaban mejor situadas. Asimismo, Metternich obtuvo la recuperación para Austria de sus antiguas posesiones en Polonia y nuevos territorios en Tyrol y en Iliria, en la costa oeste del Adriático.En cuanto a Prusia y Rusia, se enfrentaron en agrias discusiones a la hora de plantear sus reclamaciones territoriales. Rusia se había asegurado ya la posesión de Finlandia, al conquistarla a Suecia, y de Besarabia, que la había conquistado a los turcos, pero el zar reclamaba más. Quería aparecer ante Europa como el restaurador del antiguo reino de Polonia para ponerlo, naturalmente, bajo su control- y por eso pidió que el Gran Ducado de Varsovia napoleónico, con los territorios que habían pertenecido a Austria y a Prusia, le fuesen devueltos. Prusia no ponía graves objeciones si a cambio se le entregaba el rico reino de Sajonia, que había permanecido fiel a Napoleón hasta la batalla de Leipzig. Ambas naciones llegaron a un acuerdo finalmente sobre estas bases que, sin embargo, no satisfacían mucho ni a Austria ni a Gran Bretaña, las cuales no se fiaban de las ambiciones territoriales de una y otra y, sobre todo, no querían ver a una Rusia entrometida en la Europa central. Esta situación fue aprovechada por Talleyrand, quien estaba ansioso por sacar a Francia del aislamiento a la que se hallaba sometida por parte de todos los aliados. Así, propuso a Austria y a Gran Bretaña la firma de un pacto secreto mediante el cual los tres socios se comprometían a resistir a las pretensiones ruso-prusianas por la fuerza de las armas si ello era necesario. Ese tratado tripartito se firmó el 3 de enero de 1815.El tratado secreto -que pronto fue conocido ampliamente- contribuyó a deshacer la crisis y a llegar a un acuerdo que contentó a todos, excepto a los prusianos. Se le permitió al zar apoderarse de la mayor parte del Gran Ducado de Varsovia, pero Prusia y Austria conservaban parte de sus antiguos territorios en él y Cracovia era declarada ciudad libre. El rey de Sajonia permanecía en el trono, aunque casi la mitad de aquel reino se le entregaba a Prusia, junto con la Pomerania sueca y algunas posesiones en Renania, todo lo cual no fue obstáculo para que los diplomáticos prusianos fueran acusados por sus conciudadanos militares de que no habían sabido defender los frutos de su victoria.Una vez que las potencias participantes en el Congreso vieron satisfechas sus ambiciones territoriales, la atención se volvió hacia las otras áreas liberadas. Aquí fue donde Talleyrand consiguió que se aplicase el principio de legitimidad para significar que los derechos de los gobernantes europeos existentes antes de Napoleón debían ser respetados y éstos restablecidos en el poder si habían sido desalojados como consecuencia de las guerras. De acuerdo con ese principio, los tratados de Viena aceptaron la restauración de los Borbones en España y las Dos Sicilias, de la casa de Orange en Holanda, de la de Saboya en Cerdeña y el Piamonte, del Papa en sus dominios temporales de la Italia central. Sin embargo, en los arreglos territoriales de Alemania no hubo mucho interés por parte de Austria ni de Prusia en insistir sobre el principio de legitimidad para no resucitar los numerosos estados eclesiásticos y principados diminutos suprimidos en 1803.En lo que hubo unanimidad fue en la aplicación de otro principio: el del equilibrio de poderes. Metternich, Castlereagh y Talleyrand tuvieron muy presente este principio cuando se pusieron en la tarea de diseñar el mapa de la nueva Europa que salió del Congreso de Viena. Con frecuencia se ha acusado a estos hombres de haber dado marcha atrás al reloj de la Historia y de hacer caso omiso de los movimientos nacionalistas. Y en efecto, la principal crítica que puede hacérsele a estos acuerdos es la de no haber tenido en cuenta la fuerza emergente de los nacionalismos, de tal manera que territorios como Noruega, Finlandia y Bélgica fueron utilizados como peones para contentar a los firmantes de los tratados, sin atender para nada los deseos de sus habitantes. Las consideraciones estratégicas, de poder o de conveniencias dinásticas se pusieron por delante de los intereses nacionales o económicos. No obstante, hay que reconocerles a los protagonistas del Congreso de Viena, además de las enormes dificultades con las que tuvieron que enfrentarse para buscar unas vías de acuerdo entre intereses tan contrapuestos, la importancia de sus aciertos. Y entre ellos conviene recordar el establecimiento de asambleas en todos los miembros de la Confederación Germánica, la garantía de la independencia y de la neutralidad de Suiza, o su condena de la esclavitud. Además, no se mostraron insensibles ante los cambios que se habían producido desde el comienzo de la Revolución francesa, y los acuerdos a los que se llegó en Alemania y en Italia eran buena prueba de ello. Si no aplicaron el principio de nacionalidad en estos dos territorios fue por el temor a que se produjera el caos. El balance final de aquel importante encuentro no es despreciable: se logró verdaderamente un equilibrio europeo y se consiguió contentar a todos sin que se produjeran grandes agravios. Y ante todo, Viena tuvo el mérito de proporcionar a Europa casi medio siglo de relativa paz, que era en realidad lo que toda Europa deseaba en 1815.Sin embargo, cuando aún no se habían ultimado todos los detalles de las firmas de los acuerdos, llegaron noticias a Viena de que Napoleón se había escapado de su exilio de la isla de Elba y había desembarcado en Francia. En efecto, el 1 de marzo había llegado a las costas mediterráneas dispuesto a desplazar a Luis XVIII, uno de los hermanos menores de Luis XVI, a quienes las potencias habían colocado en el trono de Francia. Así daban comienzo los Cien Días, que eran el último estertor de Napoleón por recuperar el poder. Durante su recorrido hacia París, pudo comprobar cómo su reputación y su popularidad todavía permanecían intactas en muchas de las regiones por donde atravesó y, además, el revanchismo y el Terror Blanco que habían impuesto los realistas con el restablecimiento de los Borbones contribuyeron a levantar algunos entusiasmos por este retorno. El mariscal Ney, uno de sus antiguos hombres de confianza, se le unió en Auxerre cuando había sido enviado por la Monarquía para detener su avance. Napoleón consiguió entrar en París el 20 de marzo, pero las potencias, que ya habían dirimido sus diferencias en Viena, se pusieron de acuerdo para reunir un ejército con la aportación de 180.000 hombres cada una, que al mando de Wellington dispuso a acabar definitivamente con la amenaza del corso. Napoleón no pudo contar con más de 150.000 soldados, lo que lo situaba en franca inferioridad con respecto a los aliados. Sólo las tropas napolitanas de Murat le dieron su apoyo desde Italia, pero no pudieron mantenerlo durante mucho tiempo, pues fueron derrotadas por los austriacos en los primeros días de mayo. Su mayor peligro estaba situado en Bélgica, donde se hallaba el grueso de las fuerzas de los aliados. Allí se dirigió Napoleón el 12 de junio y cuatro días más tarde obtuvo en Ligny un triunfo táctico ante las tropas prusianas del general Blücher. No obstante, el 18 de ese mismo mes, en las alturas de Waterloo, a pocos kilómetros al sur de Bruselas, el ejército aliado encabezado por Wellington consiguió vencer a Napoleón en una batalla que ha quedado para la Historia como símbolo de la derrota sin paliativos.El 22 de junio Napoleón abdicaba por segunda vez y el 15 de julio se entregaba al comandante del navío inglés Bellerophon en el puerto de Rochefort, escapando así a una segura ejecución por parte de las tropas prusianas que lo perseguían a muerte. En octubre fue conducido por los británicos a un nuevo exilio, esta vez más seguro, en la isla de Santa Elena, en al Atlántico sur. Allí, como afirma su biógrafo Lefèbvre, "mediante un último destello de su genio, y no el menor, olvidó, al dictar sus Memorias, todo lo que de personal tuvo su política para quedarse únicamente como el jefe de la Revolución armada, liberadora del hombre y de las naciones, que por sus manos, había rendido su espada".Luis XVIII fue repuesto en el trono, en lo que se llamó la Segunda Restauración, pero en esta ocasión iba a reinar sobre un reino más reducido. La Segunda Paz de París, firmada el 20 de noviembre de 1815, privaba a Francia de una serie de posiciones estratégicas en el norte y en el este y reducía su población en casi 500.000 habitantes. Además, ahora tenía que pagar una indemnización de 700.000.000 de francos y aceptar un ejército de ocupación durante tres años al menos. Francia se veía así humillada y aislada, a pesar de los esfuerzos de Talleyrand en Viena por mantenerla entre las grandes potencias europeas.Al mismo tiempo que se firmaba el tratado de París de 1815, las cuatro potencias aliadas -Austria, Rusia, Prusia y Gran Bretaña- firmaban otro tratado que perpetuaba la Cuádruple Alianza y se comprometían a convocar en el futuro otros congresos diplomáticos para el mantenimiento de la paz y del statu quo que se había conseguido en Chaumont, Viena y París. El zar Alejandro fue todavía más lejos y, dando rienda suelta a su inspiración personal, quiso que los grandes principios de paz, clemencia y buena voluntad recíproca que debían constituir los fundamentos espirituales para la conservación tanto de la sociedad moderna como de las fronteras y de los gobiernos, fueran suscritos por todos los soberanos europeos. Así pues, indujo al rey de Prusia y al emperador austriaco a formar con él la Santa Alianza, mediante la cual, como rezaba el texto firmado el 26 de septiembre de 1815, los tres soberanos "Declaran solemnemente que el acta presente no tiene más objeto que el de manifestar frente al Universo su determinación inquebrantable de no tomar como regla de conducta, tanto en la administración de sus Estados respectivos como en sus relaciones políticas con todos los demás gobiernos, más que los preceptos de esta religión santa, preceptos de justicia, de caridad y de paz, que lejos de ser únicamente aplicables a la vida privada, deben por el contrario influir directamente en las resoluciones de los príncipes, y guiar todos sus pasos como único medio de consolidar las instituciones humanas y de remediar sus imperfecciones".La Santa Alianza ha sido considerada a veces por la historiografía como un instrumento maléfico para poner en práctica una política fanáticamente reaccionaria, dispuesta a mantener a toda costa los principios del Antiguo Régimen. Pero en realidad, como ha puesto claramente de manifiesto G. Bertier de Sauvigny, el documento fue firmado por Austria y Prusia únicamente por razones de cortesía y la Santa Alianza nunca funcionó como instrumento operativo porque, sencillamente, nadie se lo tomó en serio. Es más, el nombre de la Santa Alianza no apareció en ningún documento diplomático, por lo que habría que concluir con Friedrich von Gentz, el íntimo colaborador de Metternich, que se quedó en una "nullité politique".La Santa Alianza no funcionó porque apelaba a la antigua noción de la unidad de la Cristiandad que, a su vez, presuponía la existencia de una comunidad de Estados basados en unos principios idénticos y organizados como monarquías legitimistas. En cambio, la Cuádruple Alianza se basaba en el establecimiento de un equilibrio de poder entre los Estados, asumiendo las rivalidades que pudiesen existir entre ellos independientemente de sus respectivos sistemas de gobierno. Su propósito de que las grandes potencias se reunieran periódicamente en congresos para controlar ese equilibrio de poderes y resolver las posibles disputas entre ellos, resultaba más viable. Eso explica que Gran Bretaña firmase el tratado de la Cuádruple Alianza y no el de la Santa Alianza. El sistema de Congresos de 1815 pudo proporcionar a las naciones europeas un mecanismo realista y eficaz para seguir y controlar los cambios pacíficos mediante las consultas periódicas entre las grandes potencias. Su desgracia fue que se convirtió en un instrumento en las manos de Metternich, el cual con propósitos claramente conservadores, trató de utilizarlo para impedir los cambios en una época en la que éstos pugnaban con gran ímpetu para imponerse a las fuerzas conservadoras.
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Al brillo de la dinastía Tang le sucedió la desintegración del imperio, esta vez por un breve período de tiempo, apenas setenta años. Las Cinco Dinastías (Wu Dai) y los Diez Estados (Shi Guo), hacen referencia a los reinos formados tanto en el norte, Wu Dai, como en el sur, Shi Guo. La historiografía china ignora el sur, denominando este período sólo por las casas reinantes del norte: Liang, Tang, Jin, Han y Zhou, que conforman las Cinco Dinastías. Precisamente fue a partir de la caída de la dinastía Tang cuando se inició un movimiento basculante, en el que el sur va a sustituir al norte desde un punto de vista no sólo económico sino también político y artístico. El norte, eternamente amenazado por las invasiones, empujó a sus habitantes al sur del Yangzi, donde se sentían protegidos de los bárbaros y donde pudieron desarrollarse económicamente a través de la agricultura o el comercio. Entre los pueblos invasores los kitanes impusieron su impronta sobre el resto con la instauración de la dinastía Liao (907-1125). Geográficamente se extendieron desde la actual Manchuria a la provincia de Hebei, conquistando la ciudad de Yu (hoy, Beijing); su poder fue tan grande que les permitió exigir un tributo a la dinastía Jin (936-943) y continuar sus conquistas hacia el sur. Su fama se extendió por toda Asia, de tal manera que su territorio fue conocido como Katay, tal y como el viajero veneciano Marco Polo nos narra en su libro de viajes. Junto a los kitanes, con una menor fuerza y presencia, se estableció un pueblo procedente del Tíbet: los Shato, que por medio de su poderío militar impusieron sus formas de gobierno y costumbres a los Han, residiendo su valor en su poderío militar, en vez de en la razón y la fuerza de su cultura. Mientras en el norte se fueron creando estructuras políticas más o menos sólidas que dejaban entrever la posibilidad de una reunificación, los Diez Estados del Sur (Shi Guo) se debilitaron en pequeñas guerras de conquista, lo que facilitó la invasión de los reinos del norte. En el año 960, Chao Kuangyin (Emperador Daizu, 960-976), inició el proceso de unificación del país, inaugurando una nueva dinastía, la Song, que a su vez y por razones de política exterior tuvo dos capitales. La primera de ellas fue Pian (hoy Kaifeng) en la provincia de Henan, donde la dinastía Song del Norte reinó del 960 a 1127. El avance de los kitanes y mongoles hacia el sur aconsejó trasladar la capital a Linan (hoy Hangzhou) en la provincia de Zhejiang, iniciándose un segundo período denominado Song del Sur (1127-1279), que finalizó con la victoria militar de los mongoles y el inicio de la dinastía Yuang. Las dinastías Song del Norte y Song del Sur marcaron el paso de la edad antigua a la edad moderna, poniendo fin a la época clasicista del arte y el pensamiento chinos. Cuatro siglos contemplaron el genio creador, tanto en su forma filosófica como tecnológica y artística, especialmente en el ejercicio crítico de apreciación y disfrute de los objetos materiales al servicio de una vida de ocio y placer. El renacimiento intelectual y artístico Song fue posible gracias al desarrollo del comercio interior y exterior, así como a medidas políticas encauzadas hacia la coexistencia con los pueblos del norte mediante el pago de tributos. Wang An-Shih (102-1086), ministro del emperador Shenzhong (1068-1085) fue el artífice de estas reformas con el "Memorándum de las diez mil palabras" o articulación del cambio social adecuado a los nuevos tiempos. La ausencia de movilidad social debida al asentamiento de una clase ilustrada (shih) sobre el rígido sistema de exámenes fue una de las causas por las que las innovaciones tecnológicas y económicas no constituyeron el motor del cambio social tal y como sucedió en Europa. Wang An-Shih, con sus reformas, intentó dotar a la clase mercantil (shang) de suficiente poder para contrarrestar el inmovilismo de los shih. Introdujo en las materias de examen al Estado el conocimiento técnico y científico, ignorados hasta esa fecha. Favoreció el desarrollo del papel moneda y las letras de cambio, medidas encaminadas a agilizar el comercio entre las diferentes regiones, así como proteger a los pequeños propietarios y campesinos equilibrando la presión fiscal. El sistema de graneros, como despensa del Estado, el desarrollo de las comunicaciones interiores y la navegación costera favorecieron el desarrollo económico, pero no fueron eficaces para frenar el avance militar de los pueblos del norte. En el año 1127, tras capturar al emperador Huizong y a la emperatriz regente, la corte huyó a Nanjing y de ahí a Hangzhou, donde se estableció provisionalmente. Hangzhou se convirtió con la dinastía Song en la ciudad más rica y poblada del mundo, con un modo de vida absolutamente diferente al del norte, marcado por el desarrollo de la economía monetaria, el comercio exterior del té y la porcelana, así como por la especialización regional.
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En el largo período que va de comienzos del V a mediados del IV milenio, Anatolia experimenta un gradual desplazamiento demográfico hacia la franja norte -donde abundan metales y madera-, y un lento proceso de maduración urbana. A fines del milenio comenzará la utilización masiva del bronce y entonces, precisamente, se experimentarán los primeros contactos con la poderosa cultura urbana de la Mesopotamia Meridional. No obstante, no parece que las colonias y los puestos comerciales avanzados de Uruk en el Eúfrates -como el de Hassekhöyük-, ejercieran un influjo decisivo en la creación de las primeras ciudades. La Malatya de en torno al 3200, por ejemplo, situada en un lugar de paso privilegiado hacia la meseta interior, manifiesta en sus restos, conjuntamente, el perfeccionamiento del urbanismo indígena por un lado y la incorporación de técnicas -como el torno- y de experiencias meridionales complejas por otro -como la racionalización y el ordenamiento administrativos sugeridos por los almacenes y las abundantes "cretuallae" halladas en edificios públicos- que, sin embargo, no llegarían a introducir la primera escritura. Poco a poco, la economía del metal y los intercambios que de él se derivan ayudaron a realizar los avances decisivos que convertirían a la región, en la segunda mitad del III milenio, en el país de pequeñas ciudades-estado que las excavaciones nos permiten conocer. Desde sus ciudadelas fortificadas como la de Troya II, los reyes gobernaban sobre ciudades que repetían la tradición anatolia de la piedra, el adobe y la madera. Y aunque su economía estuviera aún basada en la agricultura, desde sus tumbas nos hablan de sus riquezas y su pertenencia a un horizonte peculiar y distinto, el de Anatolia. A comienzos del año 1935, un grupo de estudiosos de la Sociedad Histórica Turca, dirigido por Hamit Zübeyr Kosay, descubrió en el corazón de la meseta, en Alacahöyük, las hoy famosas 13 tumbas reales cuyos ajuares, en opinión del exigente H. Frankfort, anuncian la aparición de las artes plásticas en Anatolia. Aunque entiendo que los orígenes del arte en la región se hunden mucho más atrás, no deja de ser cierto que las armas, joyas, recipientes, adornos, cerámicas o fragmentos de tejidos hallados en Alaca, nos hacen evidentes la madurez y el profundo sentido artístico de los artesanos de aquella ciudad. Según los datos estratigráficos, la necrópolis real de Alaca estuvo en uso durante dos siglos, entre los años 2300 y 2100 a. C.: pero la tipología de sus ajuares -salvo quizás en el caso de las estatuillas femeninas-, la técnica de construcción de las tumbas y los ritos funerarios resultan muy similares entre sí. Dobles o sencillas, las tumbas consistían en una gran fosa rectangular, de poca profundidad y paredes de piedra, que se cubría con una especie de tapa o cubierta de troncos. Sobre ésta y como víctimas rituales o del banquete funerario, se depositaban los cráneos y las patas de algunos bueyes. Una sencilla cubrición de tierra lo cerraba todo. En cierto modo, el aspecto final, era el de una especie de túmulo muy peculiar. Entre los ajuares hallados por los arqueólogos turcos destacan recipientes de oro como jarritas, orzas, copas, cálices, jarros, tazones y cuencos. Su manufactura en oro -considerado ya entonces el príncipe de los metales nobles-, no parece tener secretos para los artesanos de Alaca. La decoración demuestra que poseían un conocimiento profundo de las técnicas más exigentes, como el batido de la lámina y su trabajo, el repujado, el acanalado por martilleo de la lámina y el grabado a cincel entre otras. Gracias a este buen saber, los recipientes aparecen con sorprendentes adornos de temas geométricos, círculos, cruces gamadas, líneas onduladas o con piedras más o menos valiosas engastadas, como la cornalina. Se trata de una artesanía muy distintiva en la que -salvo raros ecos del sur Mesopotámico y de la Transcaucasia rusa- resalta la personalidad anatolia. Del mismo modo, las joyas que adornaban a los príncipes difuntos, como las diademas caladas con o sin cintas de oro, los broches de alfiler para sujetar el manto, los collares, adornos para el cabello y, en fin, los cetros y las armas diversas encontradas como el célebre puñal de oro y hierro meteórico o el hacha de bronce y oro sugieren unas cortes de cuantiosos recursos económicos y, simultáneamente, culturas guerreras y sofisticadas. Entre los hallazgos habidos en las tumbas de Alaca merecen mención expresa cierta figuritas de animales -toros y ciervos especialmente-, y unos llamados estandartes o insignias con imágenes de supuestos discos solares, discos calados con animales, grupos de éstos en combinaciones diversas y una especie de sistros. Realizados en bronce fundamentalmente, estas obras denuncian amplios conocimientos técnicos como el uso del molde y el fundido a la cera, el chapado en plata y la ataujía. Pero más que por su técnica -que como dice A. Blanco, denota una metalurgia tan desarrollada como la sumeria-, estas pequeñas piezas de bronce nos llaman la atención por su extraña apariencia. Fundidas con su peana en un solo bloque, figuritas y estandartes parecían haber estado fijados en su día a un soporte perdido. ¿Qué significado tenían esos ciervos estilizados de grandes cornamentas, osos, toros de necesario paralelo en el Kurgan de Maykop, esas abigarradas insignias que mezclan el sol con el toro, los ciervos, los felinos, el onagro, las esvásticas y sauvásticas intencionadamente alternadas en la misma pieza o las aves? Algunos paralelos con las mismas y otras épocas y regiones, en especial al otro lado del Cáucaso, sugieren que podrían haber coronado baldaquinos, lechos rituales y funerarios, carros o, quizás, incluso figurar en el extremo de largas pértigas como símbolos de algo o alguien. Para un estudioso de la decoración animalística en toda Asia y la Europa del Este, Burchard Brentjes, los estandartes -de difícil significado en todo caso-, podrían haber servido como enseñas guerreras o tribales, sin excluir que ciertos temas como las esvásticas y las aves de presa, cabría vincularlos a un culto solar. En tal línea y en su estudio sobre el motivo del ciervo en el arte anatolio, P. Crepon destaca que la mayoría de las figuras de los cérvidos de Alaca aparecen asociados con temas solares, como el famoso de la tumba Al 658 decorado con ataujía de plata, que traduce símbolos de evidente significado solar. Pero las tumbas de Alaca proporcionaron, también, objetos más sencillos de su cultura, entre los que cabe destacar la cerámica. Estudiada exhaustivamente por W. Orthmann, como toda la del bronce en la península, la céramica se inscribe en la corriente propia de Anatolia por su amor a las superficies de engobe rojizo pulimentado, la decoración incisa que recuerda a las acanaladuras de los vasos de oro, los jarros de pico muy particular -los eternos Schnabelkanne de Anatolia- y, en menor número, la cerámica pintada con dibujos en rojo o marrón sobre fondo claro. Alaca y las tumbas de otro yacimiento no lejano, Horoztepe, con sus figuritas femeninas en bronce decoradas con plata u oro a veces, o el arte de lugares como Mahmatlar, Korucutepe, Eskiyapar, el Kültepe preasirio y Hasanoglu entre muchos posibles, nos hablan de los reyes y los pueblos de esta época, pero ¿quiénes eran en realidad? La población de la meseta parece haber estado entonces constituida, en lo fundamental, por el pueblo hatti, gentes a las que podemos llamar autóctonos -con toda la lasitud que se quiera, claro está-, que hablaba una lengua asiánica, y que, mezclados a los indoeuropeos, les prestaron mitos, creencias y nombre a su mejor realización, el imperio hitita. Los reyes hattis y su cultura no estuvieron aislados, sino que recibieron influencias muy dispares. De hecho, el túmulo o ciertos ritos y temas de sus tumbas los enlazan con la tradición de los kurganes de la estepa. Y es manifiesto el contacto con Siria y Mesopotamia. Pero la personalidad anatolia y las raíces en la vieja tradición no fueron anuladas, ni siquiera debilitadas. Y pese a sus relaciones lejanas, el arte de Alaca no es una derivación, ni su sentimiento religioso manifestado en las necrópolis tampoco. En las tumbas de sus reyes, como H. Zübeyr Kosay pudo comprobar, Anatolia vivía su pasado remoto, el agitado presente y su futuro esplendoroso. Los monarcas hattis y sus pueblos mantuvieron un cierto contacto comercial con las gentes de la Mesopotamia Meridional, porque las materias primas anatólicas eran esenciales para las culturas del sur. Algunos textos tardíos hablan de comerciantes enviados por los reyes de Acad a la ciudad de Burushattum y, de hecho, en el Tell Brak acadio se encontrarían objetos y pruebas de intercambio con Anatolia. Pero el roce no decidió una evolución determinada, ya que desde siglos atrás Anatolia avanzaba por sí misma.
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Rey de Castilla desde 1217 y de León en 1230, Fernando III ampliará considerablemente a costa de los musulmanes la extensión de los dominios recibidos. Las campañas, en las que tuvieron un papel destacado las órdenes militares hispánicas, creadas hacia 1170 y a las que se debió la conquista y repoblación de la mayor parte de La Mancha y de Extremadura, siguen el modelo de Fernando I-Alfonso VI o de Alfonso VII: el monarca interviene en ayuda de señores sublevados contra los almohades o en apoyo de reyes taifas enfrentados entre sí, y cuando las circunstancias son favorables ocupa plazas y reinos. La primera expedición, en apoyo del señor de Baza, tuvo lugar en 1224 y dio lugar a la ocupación y saqueo de Quesada; nuevas campañas serían pagadas, con cuantioso botín y con la entrega de Martos, Andújar, Salvatierra y Capilla al monarca castellano como pago por su ayuda a Muhammad al-Bayasí para ocupar la ciudad de Córdoba. Los almohades no tardarían en firmar treguas y pagar parias a Fernando III a cambio de ayuda contra los musulmanes sublevados en Murcia y Valencia. El dinero almohade y taifa serviría para comprar la renuncia al trono de León de las infantas portuguesas hijas de Alfonso IX. La unificación de las fuerzas castellano-leonesas y el acuerdo logrado poco después con los reyes de Portugal y Aragón para atacar unidos a los musulmanes obligó a Ibn Hud -que había logrado unificar al-Andalus tras la disgregación del imperio almohade en 1227- a comprar la paz, lo que no impediría a Fernando III unirse al rey de Granada y ocupar Córdoba en 1236 mientras el aliado musulmán extendía su autoridad a Málaga y Almería e intentaba ocupar Murcia; este reino, amenazado en el Sur y en el Oeste por Granada y en el Norte por los catalano-aragoneses, buscó y obtuvo la protección castellana (1238) y aceptó el establecimiento de guarniciones militares en los centros más importantes del reino, en el que sólo Mula, Lorca y Cartagena opusieron alguna resistencia a las tropas castellanas dirigidas por el heredero, Alfonso Xel Sabio. Poco después se revisarían los tratados de Tudillén y Cazola por los que castellanos y aragoneses se repartían los reinos de Murcia y Valencia, con fronteras en constante movimiento, y en Almizra (1244) se fijarán de manera definitiva los límites de ambos reinos.Aseguradas las fronteras en la zona oriental, Fernando III concentró sus fuerzas en la ocupación de Jaén, importante centro cuyo dominio garantizaba el paso hacia Andalucía occidental, donde los ejércitos portugueses obtenían importantes victorias y amenazaban con invadir tierras castellano-leonesas. Sitiada Jaén por hambre, Muhammad de Granada -el antiguo aliado y vasallo de Castilla- no pudo socorrerla, aceptó la rendición (1246) y con ella renovó el vasallaje respecto a Fernando III para salvar el resto de sus dominios. Como vasallo, el granadino colaboró con Castilla en los ataques a Sevilla por tierra mientras una flota procedente del Cantábrico impedía la llegada de refuerzos norteafricanos. La ciudad se rindió en 1248 y con su ocupación finaliza el período expansivo del reino castellano-leonés que en menos de veinte años, aprovechando la debilidad islámica, redujo a los musulmanes al reino granadino y limitó la expansión de aragoneses y portugueses hacia el Sur, convirtiéndose de este modo en el reino de mayor importancia de la Península.
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Cuando se produjeron las grandes invasiones de principios del siglo V en el Occidente romano hacía ya tiempo que el Cristianismo y la Iglesia habían dejado de ser ideología e institución hostiles al orden establecido del Imperio. Para aquel entonces Cristianismo e Iglesia habían ganado la batalla en un Imperio que se confesaba tanto cristiano como romano. El grupo hegemónico de la nobleza occidental que se escondía tras la dinastía de Valentiniano-Teodosio se había decidido radicalmente por el Cristianismo, en su versión nicena, como bandera ideológica de su legitimidad. Ciertamente, las invasiones bárbaras y los horrores del saqueo de la Urbe pudieron hacer renacer las esperanzas en algunos nostálgicos intelectuales paganos, tras el desastre de la batalla del Frígido de 394. Pero pronto éstas se desvanecerían con la recuperación de Honorio merced a los éxitos militares de Constancio, ayudado también por federados bárbaros. Para entonces la intelectualidad cristiana había encontrado ya los medios de comprender en la obra providencial de Dios el mismo hecho de las invasiones y asentamiento de los bárbaros. Por un lado éstos podían ser las consecuencias de un iudicium Dei por causa de los pecados de los romanos, y en especial de sus gobernantes. Además, los bárbaros habían sido desde remotos tiempos vistos con ojos benévolos, como el buen salvaje incontaminado por los crímenes de la civilización. Y así, a mediados del siglo V, Salviano de Marsella podría explicar las terribles invasiones de la Galia y de las Españas como un beneficio para muchos provinciales, que optaban por los bárbaros en pos de la libertad y de la virtud de una vida primigenia. Pero por otro lado las mismas penetraciones bárbaras estaban permitiendo la conversión al Cristianismo de anteriores pueblos gentiles. Siguiendo con la hipostación creada por Rufino de Aquileya, al traducir al latín la "Historia eclesiástica" de Eusebio de Cesarea, la conversión cristiana constituía ahora el auténtico test del carácter civilizado o no de un pueblo o una persona, de forma tal que la antigua ekoumene grecorromana se trasmutaba en otra cristiana, y los antiguos cives romani en otros christiani... Algunos años después Agustín de Hipona en su "Civitas Dei", zanjaría la antañona cuestión de la aeternitas Romae en el sentido de que dicha Roma no debería identificarse con el Imperio terrenal, sino con la Roma celestial que no era otra cosa que la Iglesia, o congregación de los fieles en el Cuerpo místico de Cristo. Si desde mediados del siglo V los intelectuales del Occidente tenían ya el bagaje conceptual y doctrinal para explicar en términos cristianos la compleja historia contemporánea, la misma desaparición del poder imperial y su sustitución por los nuevos Reinos romano-germánicos, hacía ya tiempo también que las aristocracias occidentales venían empleando conceptos y formas cristianas para explicar sus relaciones de poder y de dominación política. Por un lado la nueva religión de Estado se acomodó a la ideología secular dominante, abandonando para grupos marginales y heréticos (donatistas, etc.) ciertas tendencias favorables a una vuelta a una supuesta Iglesia apostólica, más o menos igualitarista, escasamente clerical y expectante de un cercano Reino cristiano destructor del Estado opresor romano. Pero, por otro lado, la paulatina desaparición del Imperio trajo consigo la imposibilidad para dichas aristocracias occidentales de obtener puestos de poder en provincias o en la Administración central, mediante su influencia en la Corte de Ravena. Además, las invasiones, la fragmentación política subsiguiente del Occidente, habían destruido los patrimonios transregionales y transprovinciales, y a la misma "Reichsadel" que sustentaban. En consecuencia, las apetencias de poder y protagonismo político de dichas aristocracias se contrajeron a horizontes regionales y locales, con una clara tendencia a residenciar en los viejos núcleos urbanos, pues ofrecían poderosas defensas y la posibilidad de continuar con un cierto tenor de vida civilizada. Durante los primeros tiempos de los nuevos Estados romano-germanos el acceso a los puestos de gobierno de los mismos no siempre fue fácil para esos mismos aristócratas. Por un lado el número de oportunidades era menor, al tener que compartir el poder con miembros de la nobleza bárbara. Y por otro a muchos aristócratas provinciales, orgullosos de la superioridad de su civitas romana, de su cultura literaria cristiana, les repugnaba esa misma participación, tal y como en la segunda mitad del siglo V señalaría el culto senador galo Sidonio Apolinar. En tal situación la entrada masiva de tales aristocracias en la jerarquía eclesiástica -episcopal o monástica- parecía la única salida digna y auténtica salvaguardadora de su propia identidad cultural y de su predominio socioeconómico en el seno de sus comunidades. Además, el patrimonio eclesiástico no había dejado de crecer, con frecuencia como consecuencia de las donaciones de esa misma aristocracia laica. Además se encontraba exento de los peligros de fragmentación en virtud de las leyes de la herencia, y de los de confiscación por motivos de la lábil política contemporánea. Nada extraña que en los siglos V y VI en Occidente se constituyesen auténticas dinastías episcopales y la patrimonialización familiar de algunas sedes episcopales. Tan sólo la vieja gran aristocracia senatorial con asiento en la ciudad de Roma se mantuvo durante bastante tiempo fuera de esta tentación, consciente de su orgullo de estirpe; aunque sin duda dominaría episcopados y hasta el Papado a través de clientes y protegidos suyos. Sin duda que para aquellos tiempos la Iglesia occidental tenía una ideología por completo adaptada al tradicional lenguaje del poder en el ámbito local. Para ello fue fundamental que la jerarquía eclesiástica lograse ver reconocido su total monopolio sobre el control de la Ciencia revelada, acabando con el elemento perturbador que en el siglo IV había supuesto la presencia de otras personas a las que la comunidad también prestaba tal capacidad de control: desde magos y médicos a doctores laicos de las Escrituras. Especialmente peligrosos estos últimos por pertenecer también a la misma nobleza senatorial o local. La solución del conflicto priscilianista, y su condena como herejía, a fines del siglo IV había venido a solucionar tales incoherencias y a eliminar dichos puntos de fricción. Mientras que por otro lado la figura y la obra de Martín de Tours en las Galias de finales del siglo IV habían venido también a eliminar incoherencias entre los diversos poderes eclesiásticos, -obispos y monjes, laicos y clérigos- a crear una nueva relación campo-ciudad y fundamentar sobre bases cristianas las tradicionales dependencias y jerarquías sociales. Esta solución se asentó en la afirmación de la superioridad indiscutible de la primacía episcopal, como intermediario fundamental entre la comunidad terrenal y la celestial, compuesta por los santos. Carácter intermediador que se explicitaba en tres fenómenos: a) su capacidad exorcista, obligando a los demonios a rebelarse, lo que hacía de los obispos similares a Dios; b) la custodia de las reliquias de los santos, y c) la dirección de la ceremonia colectiva de la misa y demás rituales litúrgicos mediante los cuales se producía una sincronía entre el tiempo terrestre y el celestial. Desde los tiempos de Martín de Tours el control de las reliquias, la construcción de basílicas y oratorios sobre las tumbas de los mártires y santos locales, considerados patronos de la comunidad, se habían constituido en palancas de poder y prestigio personal del obispo introductor del culto, y un medio para perpetuar la función episcopal en el seno de una misma familia o linaje aristocrático. Los santos y el culto de las reliquias con sus basílicas y altares eran los puentes entre el cielo y la tierra, cuyos tiempos se sincronizaban con la liturgia. Por eso el interés de las diversas iglesias por unificar sus usos litúrgicos, y muy en especial la fijación de la axial fecha de la Pascua. La misa, además de un reflejo de la jornada celestial, era el momento propicio para entrar en comunión con los patronos celestiales de cada comunidad. La misa, controlada por el obispo en su catedral y por el presbítero en las restantes basílicas, jugaba un papel primordial en pro de la cohesión entre los miembros de la comunidad cristiana. Pues el único colectivo social que se diferenciaba en las ceremonias litúrgicas y en el supremo momento de la comunión era el estamento clerical, que realzaba así su supremacía social. Por ello se explica el interés de algunos de los nuevos soberanos germánicos en mantener su fe arriana. Más que una cuestión dogmática era una cuestión de control político y social, de legitimar una supremacía contestada por muchos, en especial por la arrogante aristocracia provincial. Pues en las Iglesias arrianas germanas los obispos eran nombrados directamente por el rey, y éste recibía antes que nadie, y en una ceremonia diversa, la comunión. La defensa de la ortodoxia del Arrianismo era también una defensa de la rectitud de sus gobernantes, de la misma justicia providencial de su nuevo poder político sobre la antigua del Imperio romano. Pero en esta época el Cristianismo había venido a reinterpretar las nuevas relaciones campo-ciudad. La cristianización de los campos y campesinos de Occidente siguió las pautas creadas por Martín de Tours en el siglo IV para las tierras centrales de las Galias. Así pues se trató de un Cristianismo que había sabido desviar en su favor las tradiciones y referencias espaciales y temporales de la antiquísima religiosidad campesina: solapamiento de festividades cristianas con otras paganas fundamentales del ciclo agrícola, y advocación de anteriores lugares de culto a los santos y mártires. Lo que en bastantes casos no va más allá de una superficial apariencia cristiana de anteriores prácticas mágicas y fetichistas. Sólo en la medida en que dichas prácticas se pretendiesen seguir realizando al margen de los representantes de la jerarquía eclesiástica, y con una apariencia en exceso pagana -aspecto lascivo de ciertas fiestas que eran continuación de ritos de fecundidad, o continuidad de espacios y objetos religiosos sin la presencia de un recinto cristiano- ésta tenía que denunciarlo y pedir al brazo secular su erradicación. Y éste seria el sentido de más de un escrito de la época sobre la cristianización campesina, como el famoso "De correctione rusticorum" de Martín de Dumio en la Galicia de la segunda mitad del siglo VI. Dichas prácticas paganas además de como superstición eran visionadas como manifestaciones del poder del Diablo. Al arrogarse el clero el monopolio del exorcismo la misma presencia de tales prácticas se convertía en un elemento más del lenguaje cristiano del poder y la dominación, estando la misma Iglesia, más o menos inconscientemente, interesada en su mantenimiento. El hecho de que algunos señores laicos -como denunciará el XII Concilio de Toledo del 681- estuvieran interesados en defender esas prácticas de sus campesinos, habla también de un conflicto entre nobleza laica y jerarquía eclesiástica por controlar ese lenguaje de dominación que era la religión. En un plano más material dicho conflicto también se daría entre basílicas urbanas, controladas totalmente por el obispo, y las rurales y monasterios de fundación privada, cuyos fundadores pretendieron seguir ejerciendo un derecho de control sobre las rentas derivados de su patrimonio, o del diezmo eclesiástico, y de su gobierno. También en este caso la obra de Martín de Tours había señalado una vía de solución, propugnando la figura del monje obispo. Cosa que por motivos diversos también sería una situación normal en la Iglesia irlandesa y en el movimiento monástico que se dio en el noroeste hispano en la segunda mitad del siglo VII por obra de Fructuoso de Braga.
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En este siglo VIII se produce en Esparta, como en la mayor parte de Grecia, aunque con caracteres específicos, el renacimiento. En las tradiciones espartanas, el fenómeno se identificaba con la figura de Licurgo, al que se asigna no sólo una legislación constitucional integradora de todas las instituciones espartanas, fuera cual fuese su procedencia y su cronología real, sino también algunos otros rasgos que sirven para señalar el momento histórico en el plano cultural. Licurgo había participado como fundador de los Juegos Olímpicos en el año 776 y había sido el introductor de los poemas homéricos en Laconia. Así se representaban los espartanos la conciencia de participar en la corriente cultural que arqueológicamente también aparece señalada con la aparición de figuras con casco de origen oriental y escudos decorados que responden al mismo ambiente. Ya hacia el año 700 se define el santuario de Menelao, sobre un antiguo lugar sagrado de época micénica, hecho indicativo de la difusión de los conocimientos sobre tradiciones épicas, adaptados a los nuevos intereses. De este modo se forma también la tradición que define a Orestes como antepasado de los espartanos y se buscarán por ello sus huesos en Tegea. Esta tradición se usará como motivo del ataque a Tegea, en Arcadia, pues la Pitia, según Heródoto, les prometió la victoria si los encontraban. La tradición admite que hallaron huesos de gran tamaño, propios de los héroes gigantescos a que aluden los poemas homéricos. Según un papiro publicado en 1979, los Heráclidas tuvieron que luchar con los hijos de Orestes, y en ocasiones los espartanos justificaban el privilegio de mandar sobre confederaciones de ciudades griegas en el hecho de que de este modo aparecían como descendientes de Agamenón, que había dirigido a todos los griegos en la guerra de Troya. Esparta salía, pues, de su aislamiento al recibir influencias del exterior y acogerse a los movimientos culturales del momento y al comprometerse en intensos movimientos expansivos debidos a su propia dinámica interna, que aprovechaban igualmente los fenómenos culturales para tejer un entramado ideológico. Las figurillas de bronce laconias halladas en Olimpia, procedentes de esta época, resultan indicativas del uso precoz del santuario panhelénico, elemento reforzador de la presencia en el exterior. Paralelamente, en el reino de Arquelao y Carilo, que la tradición atribuye a los anos 775-760, los espartanos conquistaban la zona noroeste de Laconia, tras una consulta al oráculo de Delfos que estaba entonces en su época de mayor prestigio. Es posible que se trate de los primeros reyes que desempeñaron juntos su función en esa peculiar institución de los espartanos que es la diarquía y que no ha llegado a explicarse con satisfacción. Sólo un pacto de realezas con sus pueblos dependientes en el proceso de unión territorial puede explicar esa especie de sinecismo en que en lugar de desaparecer la basilea, se multiplica. Al mismo período se atribuye arqueológicamente la configuración de sistemas centralizados que incorporan las aldeas, la última de las cuales fue la de Amiclas, centro de tradiciones religiosas de gran prestigio, que se remontaban a tiempos micénicos. La organización colectiva queda configurada en cinco obas, pero tal vez la última unificación tuviera lugar sólo entre el conjunto de la primera agrupación y la que se reunía en torno a Amiclas, capaz de conservar su propia basileia.
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ÍNDICE DEL CAPÍTULO Paleolítico y Arcaico. El Paleolítico americano. El origen del hombre americano. Los paisajes de Beringia hace 40000 años. Los más antiguos pobladores de América. El Paleolítico Superior. El arte rupestre. El Arcaico. La domesticación de plantas y animales. América del Norte. Ártico y Subártico. Los bosques orientales. Las grandes llanuras. Gran Cuenca y Meseta. Jefaturas de la Costa Noroeste. California y el Suroeste. Mesoamérica. Terminología y cronología. El periodo Formativo. El Formativo Temprano. El Formativo Medio y la civilización Olmeca. Subsistencia y patrón de asentamiento. Arte e ideología olmecas. Los olmecas y Mesoamérica. El Formativo Tardío. La herencia olmeca. El valle de Oaxaca. Monte Albán y los orígenes del estado zapoteco. El centro de México. Las culturas del Occidente de México. Las tierras bajas mayas. El periodo Clásico. La civilización maya. Subsistencia y patrón de asentamiento. La estructura social y política. Ideología y conocimientos científicos. La decadencia de la civilización maya clásica. Teotihuacan. La evolución de la ciudad. La estructura de la sociedad. La ideología religiosa. La decadencia de Teotihuacan. El Clásico en Veracruz. El estilo escultórico veracruzano. Zapotecas del valle de Oaxaca. Estructura social y religión. La decadencia de la capital zapoteca. Zapotecas del valle de Oaxaca. El Occidente y Norte de México. Epiclásico y Clásico Terminal. Xochicalco y Cacaxtla. La cultura tolteca. La arqueología de Tula. Comercio y relaciones con el exterior. Tula y Chichén-Itzá. Decadencia de Tula y Chichén-Itzá. El periodo Postclásico. Los mayas. Zapotecos y mixtecos del valle de Oaxaca. El estilo mixteca-puebla. El Postclásico en la costa del Golfo. Los tarascos y el Occidente de México. La cuenca de México y el Imperio mexica. La cultura azteca. La formación del Imperio mexica. El sistema productivo. La estructura de la sociedad. Comercio, mercado y tributo. La organización política. México-Tenochtitlan. Religión y ritual. Area Intermedia y Sudamérica. Las jefaturas de América Central. El Formativo. El Clásico. El Postclásico. Las tierras bajas de América del Sur. Las culturas de América del Sur. 3000-2000 a. C.. 2000-1000 a. C.. 1000-0 d. C.. 0-500 d. C.. 500-1000 d. C.. 1000-1500 d. C.. Area cultural andina. Ecología cultural de los paises andinos. Periodificación y terminología. El Precerámico Tardío (...1800 a. C.). El orígen de la cerámica. Los centros tempranos del Precerámico. El Cerámico Inicial (1800-900 a. C). El Horizonte Temprano (900-200 a. C.). Los centros periféricos. El Intermedio Temprano (200 a. C.-600 d. C.) . Evolución cultural de los Andes Septentrionales. Los Andes Centrales. La cultura moche. Virú. Recuay. La cultura Lima. La cultura nazca. El Intermedio Temprano en la Sierra. Huarpa. La cultura Tiahuanaco. Las culturas de los Andes meridionales. El Horizonte Medio (600-1000 d. C.). El Intermedio Tardío (1000-1476 d. C.). El reino Chimú. Chancay. Pachacamac. El Horizonte Tardío (1476-1525 d. C.). La historia de los incas. La organización económica. Organización social y política. La organización del territorio. La religión inca. La España del Descubrimiento. Castilla, centro de los dominios de Isabel y Fernando. Cortes y ciudades. Nobleza, linajes nobiliarios y mayorazgos. La economía del Reino. La economía del Rey. Pacificación interna y medidas unificadoras. Paz interior y proyección externa. Restablecimiento del orden y saneamiento económico. Hacia la unificación. Los viajes de Colón. El gran ciclo colombino. Avances técnicos y científicos. Portugueses y castellanos en el Atlántico. Colón: su vida y proyecto. Las Capitulaciones de Santa fe y sus preparativos. El gran viaje. Primeras impresiones de América y tornaviaje. El segundo viaje y el inicio de la colonización. Las bulas y el Tratado de Tordesillas. El tercer viaje y el hallazgo del continente. Otros viajes de descubrimiento. Las exploraciones hasta el cuarto viaje colombino. América estrena nombre. La Casa de Contratación. La búsqueda del paso. El Darién y el descubrimiento del Pacífico. Fin de la regencia cisneriana y gobierno de los jerónimos. La conquista de Iberoamérica. Aproximaciones al fenómeno de la conquista. La guerra justa y el requerimiento. La empresa conquistadora. Vocación, aprendizaje y oficio del conquistador. Funcionamiento de la hueste. Los conquistados. Esquema de la dominación española. Desarrollo histórico de la conquista. Inicio de la época imperial y creación del Consejo de Indias. La conquista de México. La primera vuelta al mundo. Exploraciones por el Pacífico. La expansión desde Nueva España. Centroamérica. Exploraciones al sur de Estados Unidos. Venezuela y el Reino de Nueva Granada. El país de los incas. Quito, La Canela y el Amazonas. Chile. El mítico Río de la Plata. Las conquistas tardías. El régimen de las Capitanías en Brasil. América entre 1550 y 1700. La sociedad estamental, feudal y esclavista. Cálculos demográficos. La caída de la población indígena. Españoles y criollos. Los esclavos negros. Los mestizos y las castas. La ciudad y la vida urbana. Familia y poder criollos. La economía de las colonias. La hacienda del Rey. Los impuestos personales. Las cargas a la minería. Los impuestos al comercio. Otras imposiciones. La agricultura. Cultivos autóctonos y aclimatados. La tenencia de la tierra. Repartimiento, encomienda y concertaje. La hacienda y la plantación. La ganadería. Los obrajes y el artesanado. Las minas de plata y oro. Las técnicas extractivas. La mano de obra. La producción. El comercio: flotas e intercambios regionales. ¿Crisis del siglo XVII?. Administración y defensa. La organización administrativa indiana. La administración de justicia. La defensa de las colonias. La Iglesia de Indias. La organización eclesiástica. El clero regular y el secular. La cultura en la América Hispana. El enriquecimiento del castellano. Colegios y universidades. Libros e imprentas. Nueva España durante los Austrias. México. Guatemala. Las Antillas. Venezuela. Filipinas. Virreinato del Perú bajo los Asutrias. Panamá. Nuevo Reino de Granada. Quito. Perú. El Alto Perú. Chile. La región rioplatense. Brasil. Colonización de otras potencias europeas. Ingleses en América siglos XVI y XVII. Las trece colonias de Norteamérica. Características de la colonización inglesa. América borbónica. Política, guerras y rebeliones. La administración reformadora. Población y sociedad ilustrada. La población blanca. La población india. Los esclavos negros. Mestizos y mulatos. El desarrollo económico. La Real Hacienda. La agricultura. La ganadería. La minería. El comercio. La industria. La Iglesia del regalismo. La cultura pre-revolucionaria. Colegios y universidades. El progreso científico. Imprentas, libros y bibliotecas. Prensa y propaganda revolucionaria. Desarrollo de las colonias. La Nueva España. El Perú. Santa Fe. El Río de la Plata. Guatemala. Cuba. Venezuela. Chile. Filipinas. Santo Domingo. Puerto Rico. Florida. Luisiana. Otras colonias europeas. Brasil. Las colonias francesas. Auge y fin de Nueva Francia. La Louisiana. La Guyana. Las islas azucareras. Las colonias inglesas. Las trece colonias. Canadá. Posesiones en el Caribe. Las colonias holandesas. Las colonias danesas. La colonia rusa de Alaska. ÍNDICE POR REGIONES ESPAÑA Y PORTUGAL ·La España del Descubrimiento. ·Los Viajes de Colón. ·La Conquista de Iberoamérica. NORTEAMERICA ·Artico y Subártico. ·Los Bosques Orientales. ·Las Grandes Llanuras. ·Gran Cuenca y Meseta. ·Jefaturas de la Costa Noroeste. ·California y el Suroeste. MESOAMERICA ·Terminología y Cronología. ·El Periodo Formativo. ·El Periodo Clásico. ·Epiclásico y Clásico Terminal. ·El Periodo Postclásico. INTERMEDIA Y SUDAMERICA ·Las Jefaturas de América Central. ·Las Tierras Bajas de América del Sur. AREA ANDINA ·Ecología Cultural de los Países Andinos. ·Periodificación y Terminología. ·El Precerámico Tardío. ·El Cerámico Inicial. ·El Horizonte Temprano. ·El Intermedio Temprano. ·El Horizonte Medio. ·El Intermedio Tardío. ·El Horizonte Tardío. VIDA COTIDIANA El conquistador. Señores y vasallos mexica. El misionero. El sacerdote inca. Cazadores y recolectores. El esclavo negro.
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Cuenta el "Han Shu", en su capítulo 96A, que el emperador chino Wu-ti (140-86 a. C.), de la dinastía Han, remitió una embajada al lejano país de An-hsi. Para recibir con el honor debido a aquellos primeros emisarios, el rey de An-hsi destacó en su frontera a un general al frente de 20.000 jinetes, a pesar de que -como destaca cuidadosamente el autor del "Han Shu"-, los límites de su reino distaban muchos li de la capital. Una vez en el interior de An-hsi y en el curso de su larga marcha, los embajadores chinos se asombrarían por el gran número de ciudades y aldeas que cruzaban, tantas que el territorio de An-hsi les parecía habitado sin solución de continuidad. Satisfecho con los regalos y el mensaje amistoso del emperador Wu-ti, el monarca de An-hsi resolvió enviar su propia embajada de respuesta, que viajaría acompañando el retorno de los emisarios chinos. Los de An-hsi eran portadores de curiosos presentes: huevos de grandes pájaros y magos de Likan. Y pese a la distancia, alcanzaron su objetivo, pues como recuerda el "Han Shu", el Hijo del Cielo se deleitó con los regalos enviados por el rey de An-hsi. Con el escueto lenguaje que es propio de la historiografía china, el "Han Shu" dejaría así recuerdo de un hecho maravilloso, el primer intercambio de embajadas entre un rey del Irán parto, Mitrídates II (123-87 a. C.), y el emperador chino, el sabio y poderoso Wu-ti (110-86 a. C.). A partir de entonces, los contactos entre ambos mundos mantendrían una amistosa e intensa continuidad, que se prolongaría en la época sasánida. Y de aquella amistad risueña nació el tramo iranio de la ruta de la seda, que pronto vestiría a los nobles y grandes de Irán. Muchos años después, en el desastre de Carras (53 a. C.), las tropas del monarca Orodes II levantaron estandartes de seda y oro. Entre el polvo y la imagen de la muerte, los legionarios romanos conocieron por vez primera la sutil belleza de la seda. Así al menos lo cuenta P. Anneo Floro. Pero la ruta de la seda nunca les sería abierta. Porque nunca llegarían a quebrar la fuerza del Irán parto. Dice R. N. Frye que la memoria de los partos hubo de sufrir tanto la hostilidad de sus inmediatos sucesores, los sasánidas, como la de sus enemigos occidentales, los romanos. Por eso quizá su fortuna histórica es poco apreciada por los historiadores europeos, quienes tienden a utilizar exclusivamente las fuentes clásicas, por lo común y como no podía ser menos, negativas para los partos. Se maravilla J. Wolski de la negligencia mostrada por la historiografía ante este problema, que ha omitido cualquier tipo de crítica textual, evidentemente necesaria, si tenemos en cuenta que la historia del Irán parto se ha escrito por la literatura exterior de su enemigo, Roma. Cierto que al principio era la única posibilidad, habida cuenta de la inexistencia de literatura o historiografía parta original. Pero no tanto el método cuanto una presunción inexcusable empujaría a dos cosas: a la incomprensión real de la historia y la cultura de los partos y a la limitación de su vida a un área restringida, el Occidente, que se convirtió así en lo que nunca fue, el eje en torno al cual habría girado el mundo parto. Y eso es, naturalmente, una europeización de la historia, siempre sin sentido pero profundamente errónea además si se aplica a la antigüedad. Un bien conocido especialista de la historia irania, J. Wolski, ha reiterado con frecuencia la necesidad de volver a escribir la historia de los partos. Porque cada vez resulta más evidente que, tanto para ellos como para los sasánidas, las regiones más atendidas y que mayor significado tenían resultaban ser las del nordeste, y no el occidente. Defendiéndolas murieron dos reyes partos, Fraates II (ca. 129 a. C.) y Artabano I (ca. 124 d. C.) algo inconcebible en la frontera occidental. Y ello porque en Asia Central tenían su patria y su santuario. Y porque en el Irán septentrional y del nordeste se asentaba la mayoría de la población y la riqueza del imperio, como testimoniaron los embajadores chinos. Algo que los romanos no llegaron a entender jamás, creyendo que Ctesifonte, una capital de verano, era el centro vital del mundo arsácida. La historia parta se merece una lectura distinta a la que solemos hacer. Y deseuropeizada. Poco a poco se van descubriendo nuevos materiales que, como los hallazgos epigráficos de Nisa o Hung-i Naúruzi, nos van permitiendo contemplar su pasado desde otra perspectiva. Porque vemos cómo desde la conquista de la Parthava, los monarcas partos quisieron renovar los modelos de la cancillería aqueménida al usar la escritura aramea en sus miles de documentos hallados en Nisa. Porque la economía real manifestada en esa ciudad era, como indica J. Wolski, heredera de modelos persas antiguos y no helenísticos. Algo pues comienza a cambiar. En una línea semejante, R. N. Frye dice que los partos ni fueron enemigos del helenismo -que murió poco a poco-, ni traicionaron las raíces iranias. Pues por su lengua materna y su cultura eran iranios, y al Irán estaban ligados por la sangre. Siglos después, el poeta Firdúsí recogería en su "Libro de los Reyes" las hazañas de los héroes partos que, como los sasánidas, recordaban la grandeza pasada del Irán. A la espera de que la investigación nos depare un número mayor de textos nacionales, la imagen de la historia parta debería trazarse no sólo con las fuentes clásicas como Estrabón, Plutarco, Plinio, Tácito o Isidoro de Carax entre otros, sino también con las chinas, como el "Shi-ji" de Sima Qian o el "Han Shu" de Pan Ku y, sobre todo, con los ostraka de Nisa, los pergaminos de Avroman-Dagh y Dura Europos, las inscripciones arameas de Assur y Hatra o las monedas acuñadas por los reyes partos. De todos modos, el cuadro resultaría todavía insatisfactorio. Según la tradición unánimemente admitida, a comienzos del siglo III a. C. una de las tribus escitas o sakkas del Asia Central, llamada Parni, emigró hacia la antigua región aqueménida de la Parthava y la ocupó en torno al 250 a. C. La necesidad de enfrentarse a los reinos seléucida y greco-bactriano llevaría a su jefe, Arsaces, a aglutinar junto a sí a los iranios sedentarios y, tomando la corona en el 247 a. C., iniciar la era de los arsácidas. Desde el comienzo resulta pues manifiesta una voluntad integradora. Ni los intentos de Seleuco II (246-225 a. C.) ni los de Antíoco III (223-187 a. C.) ni el formidable plan de Antíoco IV Epiphanes (175-164 a. C.) -conscientes todos del verdadero peligro, capacidades y objetivos de los partos- pudieron frenar el ascenso de la monarquía arsácida que, poco a poco, iba ampliando su radio de acción y soberanía a costa de Margiana, Bactriana, Sargatia e Hircania hasta los pasos del Elburz, que abrieron el camino de Media y Mesopotamia. Sólo faltaba un gran príncipe y éste llegó. El año 171 subía al trono Mitrídates I (171-138 a. C.) que, como Ciro en su época, se convertiría en el inteligente reunificador de los iranios. Mitrídates I, príncipe valeroso, buen estratega y mejor político, sería el iniciador de la renovada grandeza del Irán. Y la primera guerra en dos frentes -situación habitual del imperio en lo sucesivo- se abriría ahora contra los seléucidas. Pero los resultados finales no pudieron ser más halagüeños. Con él, como dice K. Schippmann, el reino parto se convertiría en imperio mundial. Las primeras luchas contra los grecobactrianos las depararon las provincias de Tapuria y Troxiana. Bactria no representaba ya un peligro, pero Mitrídates debió juzgar más útil conservar su existencia porque más allá de sus fronteras, los nómadas Yü-echi parecían representar una amenaza mucho más grave para Irán. En el 148 a. C. lo vemos conquistando Media. Si bien poco después, en el remoto este, alcanza la India tras dominar las regiones de Gedrosia, Drangiana y Arachosia. Tan sólo dos años más tarde ocuparía la mayor parte de Mesopotamia. Sus caballos entraron en Babilonia, Uruk, Seleucia y todas las viejas ciudades que aún vivían. Y como Ciro -del que con toda seguridad, Mitrídates se sentía continuador-, el rey de los partos deseó integrar, reunir bajo su mano las distintas naciones. Por eso renovó los títulos reales aqueménidas y por eso también acuñó monedas con la leyenda de Filoheleno. Una reacción de Demetrio II en los alrededores de Seleucia fracasó, pero las consecuencias irían en la línea del viejo Ciro. Mitrídates casaría a su hija con Demetrio, al que daría el gobierno de la Hircania. Como prolongación de su campaña en el Suroeste, el Gran Rey conquistaría en fin el reino de Elymaida cuya capital, Susa, volvió así a la órbita de un imperio iranio. Una vez más, los ataques en el este le obligaron a partir. Pero los sakkas, que presionaban las fronteras del Asia Central, serían batidos. Acaso fue ésta su última victoria, pues el año 139 a. C. moría el fundador del imperio, aquel que en palabras de K. Schippmann, inició los 350 años que alcanzó a existir como gran potencia. Sus inmediatos sucesores, Fraates I y Artabano I, hubieron de volcarse en la defensa del núcleo parto del Irán, amenazado por los nómadas, en lucha contra los cuales perecerían ambos monarcas. Pero al menos consiguieron desviar la fuerza mayor, los Yü-echi, que caerían sobre el reino greco-bactriano ocupándolo y fundando poco después el imperio de Kushan. Por el Oeste las cosas fueron peor. Antioco VII recuperó Babilonia y Media, más por poco tiempo. Pues el año 123 a. C. era coronado Mitrídates II (123-87 a. C.). Dice R. Ghirshman que si Mitrídates I fue el Ciro de los partos, Mitrídates II se convertiría en el nuevo Darío, el autor de la madurez. Cuando la situación parecía crítica, muerto el rey Artabano a consecuencia de las heridas sufridas en la batalla, Mitrídates supo reorganizar e inyectar un nuevo entusiasmo a sus gentes. Los nómadas fueron derrotados y empujados en toda la línea. Merv y Herat fueron reconquistadas, el Amur-Darya volvió a ser la frontera del imperio y el Sistán y la Arachosia reconvertidos en reinos vasallos. En Mesopotamia, la llegada del rey fue el fin de la rebelión. Toda la Baja, Media y Alta región volvieron a su mano, convirtiendo en monarquías vasallas las regiones de Adiabene, Gorduene y Osrhoene. De nuevo, Mesopotamia e Irán se integraban, como en la época aqueménida, en un solo imperio. Mitrídates pudo por fin entregarse a la labor de dar estabilidad y cohesión al imperio. Su prosperidad fue señalada por los embajadores del emperador Wu-ti, que en el 115 a. C. le visitaron. Y la ruta de la seda quedaba abierta en el Irán a partir de entonces. Por supuesto ello beneficiaría a los iranios y cooperaría al desarrollo de las relaciones económicas distantes. Y en el año 109 a. C. Mitrídates recuperaba el título de Rey de Reyes, un hecho que habla por sí mismo de las convicciones iranias de los partos. Una cosa que Sulla, gobernador de Cilicia, no parece entender cuando en el 92 a. C. los embajadores del gran Rey se entrevistaron con él junto al Éufrates, para acordarlo como frontera. A partir de entonces, las regiones del oeste se verían siempre en disputa. La larga lista de guerras, avances y retrocesos de ambos imperios es bien conocida, por lo que cabe resumirlas con brevedad. En el año 53 a. C. Craso sufrió una derrota total en Carras frente a las tropas de Orodes II, dirigidas por Surena. En los años 51 y 40 a. C., sendas expediciones de Pacoro y del mismo en unión con Labieno -un ex embajador romano- estuvieron a punto de restaurar el imperio aqueménida en su totalidad. Luego la situación se mantendría inestable hasta la firma de un tratado de paz con Augusto. Roma hubo de reconocer al imperio parto su condición de gran potencia. El siglo II d. C. subía al trono Artabano II y, poco después, Vologeses I, que acuñaría monedas con leyendas en pahievi-arsácida y en cuya época, según una tradición bien extendida, se redactó por escrito el "Avesta". Durante el siglo II, Ctesifonte caería varias veces en manos romanas -con Trajano (115), Marco Aurelio (165) y Septimio Severo (198)-, pero la misma reiteración es indicio de la inutilidad de la conquista. Vologeses IV (148-191) invadió toda Siria y las ciudades le aclamaron como libertador. Y un emperador, Macrino, que perdió varias batallas ante Artabano IV, tendría que firmar una paz con él. Mientras tanto, en el este, el imperio Kushan había llegado a su máximo esplendor. Las buenas relaciones con el Irán de los partos se habían debilitado y el peligro parecía cernirse otra vez. Pero la reacción irania sería dirigida por nuevos jefes, porque en torno al 224 d. C. los arsácidas dejaban de reinar. En la región de la antigua Persia un señor local, Ardasir, se levantó y venció a su rey. Con él nacería el último de los imperios iranios, el de la casa de Sasán. El Imperio parto duró 475 años. Con razón K. Schippmann se pregunta dónde está la larga agonía que se le atribuye si, citando a K. H. Ziegler, resulta evidente que los romanos no la vieron. Pues ni Caracalla ni Macrino la percibieron según los documentos que Herodiano nos transmitió (IV, 10-2: V, 1-4). La convicción de sentirse iranios y herederos del mundo aqueménida resulta manifiesta en muchos de sus rasgos culturales y políticos. Sólo cuando recuperaron la mayor parte del antiguo imperio restauraron la vieja titulatura: Gran Rey y Rey de Reyes. J. Wolski acentúa que los arsácidas poseían el iranismo como centro de su ideología política. El filohelenismo no era más que un acercamiento integrador a un sector importante del imperio, lo mismo que Ciro se llamó a sí mismo devoto de Marduk. La carta de Artabano II (Tácito, "Anales" VI, 31), tantas veces citada, es más que elocuente: pide la devolución de todos los territorios que habían pertenecido a los aqueménidas.