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Los carros cumplieron con gran celeridad su misión, a partir de un nuevo repliegue hasta posiciones situadas al norte de Florencia, sobre las ciudades de Lucca y Pistoia. Sin embargo, los aliados atacaban de nuevo con el VIII Ejército, y el día 20 la brigada griega de montaña liberaba la importante ciudad portuaria de Rímini. Una semana antes, el V Ejército comandado por el general Clark lanzaba en el oeste una ofensiva paralela. El 17, sus fuerzas habían ocupado un tramo de once kilómetros de longitud de la misma Línea Gótica. Esta progresión se vería momentáneamente detenida ante la presencia de cuatro divisiones alemanas, pero llegados los últimos días del mes de septiembre, las fuerzas de la Wehrmacht continuaban retirándose hacia el norte. Su principal preocupación estribaba en cortar el paso del enemigo hacia la ciudad de Bolonia, principal nudo de comunicaciones del país. Pero para entonces un nuevo elemento dificultó las operaciones: el mal tiempo otoñal favorecía la aparición del barro e impedía el avance de hombres y máquinas. A principios de octubre, los alemanes demostraron su voluntad de negarse a proseguir los sucesivos repliegues realizados. Mientras, la mejoría de las condiciones climatológicas había permitido a los aliados la utilización masiva de su aviación y artillería. Con todo, la situación no era buena para los angloamericanos, ya que se estaba poniendo de manifiesto de forma clara el hecho de que los alemanes habían tomado la decisión de resistir a toda costa en las posiciones en que se encontraban. Esto había quedado demostrado al observar el fuerte incremento en el volumen de su artillería, que ahora respondía eficazmente a los ataques del adversario. La ofensiva aliada quedaría de esta forma detenida a una distancia de solamente dieciséis kilómetros de la ciudad de Bolonia. Los atacantes ya no podían utilizar la aviación debido al mal tiempo reinante, por lo que sus posiciones se vieron debilitadas en gran medida. Además, las continuas peticiones hechas por los generales Alexander y Clark de nuevos refuerzos de tropas no fueron escuchadas por sus superiores, que tenían puesto todo su interés en las operaciones realizadas en el norte de Francia. Por el contrario, Kesselring se veía fuertemente reforzado en estos momentos con el envío de nuevos efectivos. Firme en su idea de contener en lo posible el avance soviético, Churchill insistía en la necesidad de efectuar un desembarco anfibio en la península adriática de Istria para alcanzar Viena lo antes posible. Mientras, un total estancamiento se demostraba en el escenario bélico italiano, que si animaba el optimismo de los alemanes actuaba en sentido contrario sobre los aliados. Para éstos resultaba ya evidente que era imposible una conclusión victoriosa del conflicto dentro de aquel mismo año de 1944. El aplazamiento de la ofensiva iniciada en el verano tenía varias causas diferentes y complementarias entre sí. Primeramente, la inesperada resistencia opuesta por los alemanes, que no se había previsto en absoluto. En segundo lugar, la necesidad de retirar tropas de este frente para enviarlas a territorio francés. Y, por fin, la necesidad del traslado de tropas británicas para pacificar a la ya liberada Grecia, donde se había iniciado un cruento enfrentamiento civil entre los sectores opuestos que habían integrado la resistencia antialemana. Todos estos motivos harían que, llegado ya el invierno, quedase olvidada ya toda posibilidad de adelantarse al avance soviético en Centroeuropa a través del norte de Italia. Para los meses siguientes, la conferencia de jefes de Estado Mayor reunida en Yalta había decidido que, dada la imposibilidad de lanzar un ofensiva a gran escala en la península, deberían realizarse de forma continua operaciones de desgaste del enemigo, manteniéndole siempre en jaque permanente. Mientras, la retirada de tropas con destino al frente occidental proseguía, y no se vio detenida hasta los últimos días de marzo de 1945. Pero para entonces, también los alemanes habían visto reducidas sus fuerzas. Parte de ellas había sido trasladada a la ya acosada Alemania, mientras que otras habían sido empleadas en las operaciones de ocupación del territorio húngaro, que habían sido realizadas ante los deseos de Budapest de pactar con la amenazadora Unión Soviética. Gran parte de la actividad de las fuerzas aliadas durante el inicio de la primavera de 1945 estuvo dedicada a la construcción de los denominados puentes Bailey, hasta un total de más de 2.500. Estos servirían tanto para suplir los volados por el enemigo como para facilitar los movimientos de las fuerzas en todos los posibles frentes. Al mismo tiempo, el escenario bélico se veía equipado por una serie de armas y pertrechos cada vez más perfeccionados en todos los aspectos. La obligada tregua había permitido además llevar a cabo un vasto plan de adiestramiento general de las tropas, en previsión de las actividades a realizar tras la reanudación de la ofensiva.
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Este dibujo, que procede de la colección del Cardenal Massimi, fue realizado por Poussin para el Cardenal Rospigliosi, otro de sus mecenas habituales, para quien realizó otra escena de tipo alegórico, La danza de la Vida humana. El lienzo, con todo, se ha perdido, y sólo se conoce su existencia por un grabado de Dughet. El tema, como era costumbre en él, había sido elegido por el propio prelado. Representa a la Caridad, una de las virtudes teologales, opuesta a la envidia, representada habitualmente como una mujer dando limosna o, como en este caso, a una mujer alimentando a unos niños. A pesar de tratarse de un tema específicamente cristiano, la representación no puede ser más clásica, más cercana a los modelos griegos y romanos.
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Desde la mitad de la década de los setenta hasta los años centrales de los ochenta el mundo pasó por una nueva fase de tensión internacional. Como hemos podido comprobar, el papel de la crisis económica en este contexto fue puramente ambiental porque la coyuntura política y el papel de los principales líderes resultó el factor más decisivo en relación con esta cuestión. La gestación de todos estos acontecimientos se produjo a finales de los sesenta. La profunda crisis de conciencia interna provocada por el asunto Watergate, con la dimisión del presidente Nixon y la caída final de Vietnam, tuvo como consecuencia todo un replanteamiento de la política exterior norteamericana. El legislativo puso serias trabas al comportamiento del ejecutivo y, además, a continuación, la tentación del aislacionismo, combinada por un purismo alejado de la realidad, resultó una permanente tentación de la política exterior norteamericana a partir de este momento. Desde un principio, los principales responsables de la política exterior durante los años precedentes -el propio Kissinger, por ejemplo- previeron que el resultado de la distensión no sería una estrecha amistad con los soviéticos sino una relación complicada con ellos pero estable y capaz de tener como consecuencia ajustes mutuos. Esa política, bipartidista y basada en el realismo, entró en crisis a la vez por un doble tipo de críticas. En primer lugar, se reprochó a quienes la habían llevado a cabo falta de principios, argumento que el propio Kissinger justifica por su virtual desinterés en las transiciones democráticas que se iniciaban y por su deseo más bien de limitar las violaciones de los derechos humanos en el Chile de Pinochet que de empujar al cambio. En los años de la presidencia de Ford la autocrítica de la política exterior norteamericana se refirió, sobre todo, a la utilización de procedimientos ilegales por parte de la CIA, incluyendo asesinatos de adversarios exteriores o espionaje a ciudadanos norteamericanos. La mayor parte de estos casos se referían al pasado pero contribuyeron a que el legislativo siguiera poniendo serios obstáculos a cualquier tipo de operación encubierta. La crítica por parte de la derecha consistió en acusar a la política de la distensión de haber sido demasiado acomodaticia con los soviéticos. Esta actitud, como asegura Kissinger en sus memorias, era de principios y no parecía tener en cuenta la necesidad de las tácticas. En realidad, los Estados Unidos estuvieron muy lejos de desarmarse en estos años, sino que pasaron de tener 1.700 ojivas nucleares a unas 7.000. La propia emigración judía de la URSS se multiplicó por cinco en los últimos años, prueba de que se obtenían contrapartidas de los soviéticos. En estas condiciones sólo en una región de Medio Oriente -en el conflicto entre Egipto e Israel- dio la sensación de que los norteamericanos conservaban la iniciativa diplomática e incluso en este caso el buen resultado final pareció la consecuencia de iniciativas locales mucho más que suyas. De todos modos, aun así ese proceso de paz tuvo lugar tan sólo en la presidencia de Carter, un político que desorientó a los soviéticos con una política de promoción de los derechos humanos que ellos consideraban agresiva. Al mismo tiempo, la conciencia de una posible desventaja estratégica occidental le hizo aparecer como un político alejado de la distensión de cara a la izquierda europea o a los movimientos pacifistas. La revolución en Irán supuso una derrota norteamericana en términos estratégicos y la crisis de los rehenes norteamericanos en la Embajada de Teherán constituyó una humillación, sobre todo en el momento en que fracasó el intento de rescatarlos (abril de 1980), hecho que también tuvo como consecuencia la división del ejecutivo norteamericano, con la dimisión del secretario de Estado Cyrus Vance. Los Estados Unidos dieron la sensación de mantener una política llena de incertidumbre durante esta presidencia pero ya durante su último año quedó clara una reacción tendente a impedir que la URSS adquiriera la hegemonía en zonas consideradas como cruciales desde el punto de vista estratégico. Reagan con su abundancia de declaraciones de alto voltaje verbal incrementó el abismo de la distancia entre las dos superpotencias. El comportamiento soviético durante la segunda mitad de la década de los años setenta testimonia, sin lugar a dudas, que la distensión era exactamente como sus dirigentes la presentaban en términos ideológicos, es decir un procedimiento para evitar la confrontación militar directa entre las dos superpotencias, pero que no evitaba la competición entre ellas y que, además, sabía aprovechar cualquier circunstancia de debilidad del adversario para incrementar la influencia propia. En los años finales de Breznev, hasta finales de 1982, al mismo tiempo que la relación entre los dirigentes de las superpotencias se hacía cada vez más distante la URSS llevó a cabo una expansión extraordinaria de su influencia en el mundo, bajo el paraguas de la distensión, por el procedimiento de intervenir en lugares y de formas infrecuentes hasta el momento. Lo hizo, en efecto, en África (Angola, Etiopía) por el procedimiento de utilizar a los cubanos como fuerzas interpuestas. Utilizó, además, a países del Este (RDA, por ejemplo) para prestar ayuda a movimientos revolucionarios de otras latitudes o para reconstruir Vietnam, pero también se aproximó a otros regímenes semejantes como pudieron ser Libia o Argelia; del primero logró, por ejemplo, que no condenara la invasión de Afganistán. Mientras que incrementaba su presencia en el mundo por el procedimiento de suscribir numerosos tratados internacionales, incluso con países muy alejados de sus fronteras, consiguió incorporar a su área de influencia a países, como Vietnam, que hasta el momento se habían mantenido en la duda acerca de cuál debía ser la opción comunista que les resultaba más atractiva (China o la URSS). Finalmente los soviéticos no sólo mantuvieron de forma férrea en sus manos el glacis defensivo que durante la Segunda Guerra Mundial se habían construido en la Europa del Este sino que en Afganistán demostraron estar dispuestos a ampliar la frontera de su Imperio aunque fuera con la consolidación como propio de un país que ya consideraban sometido a su influencia. Hasta países que tenían una estructura social puramente tribal, como Yemen del Sur, se decían "de orientación socialista" después de haber pactado con la URSS. Ésta parecía ser muy consciente de que ya Lenin había afirmado que la guerra y los países africanos y asiáticos eran la mejor garantía de la expansión de la revolución. Incluso los soviéticos tuvieron la esperanza de que China acabara dejando de ser un problema para ellos con la ayuda de los Estados Unidos. La progresiva conciencia, primero norteamericana y luego occidental, de esta actitud del adversario ideológico no supuso una vuelta hacia atrás en lo ya pactado, salvo contadas excepciones. En cambio, a partir de mediada la década de los setenta hubo un nuevo lenguaje de dureza entre las superpotencias que ya se había consolidado y definido a comienzos de los ochenta, mientras que se congelaban los acuerdos comerciales, escaseaban las reuniones en la cumbre y acuerdos que se habían puesto en marcha con antelación no llegaban a plasmarse en la realidad concreta. Ya a fines de 1974 el Congreso norteamericano había vinculado la concesión de la condición de nación más favorecida a la URSS desde el punto de vista comercial a las facilidades a los judíos para que emigraran a Israel. La Cumbre de Vladivostok entre Breznev y Ford (noviembre de 1974) fue irrelevante por decisión del legislativo norteamericano y desde 1979 hasta 1985 no hubo reuniones en la cumbre. Si los norteamericanos se negaron a participar en los Juegos Olímpicos de Moscú en 1980, la URSS y sus países más próximos hicieron lo propio en los de Los Ángeles en 1984. Si la Conferencia de Helsinki, que fue obra de la diplomacia europea y no de Kissinger, había sido el momento cumbre de la distensión, muy pronto fue objeto de un doble repudio por parte de un sector de los expertos en sovietología del mundo occidental y de los disidentes soviéticos (Solzhenitsin dijo que había sido "el funeral de la Europa del Este"). La Conferencia de Belgrado destinada a prolongarla concluyó en un fracaso absoluto. En el mundo occidental se multiplicaron las quejas en contra de los soviéticos por tratar de obtener ventajas unilaterales, al mismo tiempo que pretendían mantener los beneficios que habían obtenido en el pasado en lo que respecta al comercio de cereales y a las transferencias tecnológicas. Aunque la opinión pública occidental no llegó a ser por completo consciente de ello, el mayor peligro en relación con la URSS derivó del incremento de su potencia nuclear. El acuerdo SALT había supuesto la limitación del número de los misiles intercontinentales, pero con posterioridad a él los soviéticos se lanzaron a una modernización a marchas forzadas de sus armas por el procedimiento de servirse de los misiles con cabezas múltiples (MIRV): de este modo llegaron a triplicar el número de las ojivas nucleares de que disponían. Pero más grave fue el hecho de que pudieron disponer de un misil intermedio que escapaba a las limitaciones de los acuerdos SALT. El llamado SS 20 podía alcanzar toda Europa y fue ensayado por vez primera durante el año mismo de la Conferencia de Helsinki. En 1977, 330 misiles de este tipo estaban instalados en Europa oriental. Existía la posibilidad teórica de que la superioridad convencional soviética, unida a esta fuerza nuclear, produjera una división de la alianza occidental de tal modo que los países europeos se desligaran de los Estados Unidos y se plegaran a la contemporización e incluso mediatización con la URSS. A esta posibilidad teórica se la denominó "decoupling" (literalmente "desdoblamiento"). De cualquier manera, algo muy característico de estos momentos fue la multiplicación exponencial de los recursos armamentísticos del mundo de tal modo que la capacidad de destrucción del adversario se fue multiplicando hasta suponer que el número de ojivas era superior varias veces a los potenciales blancos. A pesar de que desde 1975 se fue percibiendo un manifiesto deterioro de la distensión, en junio de 1979 Carter y Breznev llegaron a un nuevo acuerdo en Viena sobre la limitación de armamentos, conocido como SALT II. Su contenido preveía la limitación del número de misiles intercontinentales (ICBM), de cabezas múltiples (MIRV) y de localizaciones en el subsuelo de cada una de las grandes superpotencias en 2.250, 1.320 y 820, respectivamente. Como en el caso anterior, el tratado no suponía la reducción de los armamentos sino el freno a la progresión de los mismos. Pero muy pronto el propio Senado norteamericano se opuso a ratificar este tratado cuando definitivamente quebró la distensión de otros tiempos; tampoco Carter y menos aún su sucesor hicieron mucho por mantenerla. A este fracaso en llegar a un acuerdo pronto hubo que sumar dos más. En primer lugar, las conversaciones que desde 1973 estaban teniendo lugar en Viena sobre la reducción de fuerzas convencionales en Europa concluyeron en un fracaso. En cuanto a las relativas a las fuerzas nucleares intermedias que se llevaron a cabo a partir de noviembre de 1981 en Ginebra, tampoco llegaron a ningún resultado positivo. Denominadas START ("Strategic Arms Reduction Talks") no sólo no supusieron un acuerdo sino que, además, con su fracaso, produjeron de forma indirecta un incremento en el armamento en Europa. En efecto, el despliegue de los SS 20 soviéticos requería una respuesta de las potencias europeas democráticas a pesar de la protesta de las organizaciones pacifistas que creían -o fingían creer- que la simple multiplicación de las armas producía un mayor peligro de que se desencadenara el holocausto nuclear. Tras numerosas discusiones en el seno de la OTAN, que por ejemplo tuvieron como consecuencia que no llegara a desarrollarse un arma -la llamada bomba de neutrones- de la que en un principio se había pensado como medio para compensar la desventaja aludida, finalmente se llegó a la llamada "doble decisión" en diciembre de 1979. Consistió ésta en ofrecer a la URSS el acuerdo sobre el desmantelamiento de sus nuevas armas desplegadas en el teatro europeo o, por el contrario, modernizar el armamento nuclear de la Europa democrática. Hasta este momento las armas nucleares desplegadas en Europa occidental no podían alcanzar la Unión Soviética pero ahora la instalación de 108 missiles Pershing con un radio de acción de algo menos de 2.000 kilómetros y de 467 misiles de crucero con un alcance de 2. 500 kilómetros supuso una equiparación entre los países occidentales y sus adversarios. Al comienzo de la década de los ochenta hubo una fuerte polémica en los medios de comunicación y en la política europea en torno a esta cuestión con posturas muy contrastadas que tuvieron como resultado la división de los partidos políticos (Schmidt, partidario del despliegue de los euromisiles, quedó en minoría absoluta en la socialdemocracia alemana). La victoria electoral de los democristianos de la CDU en 1983 permitió el despliegue de los euromisiles en Alemania a partir de fines de este año. Pero este hecho tuvo como consecuencia la negativa de la Unión Soviética a participar en cualquier tipo de conversaciones acerca del armamento nuclear. De hecho, durante la primera mitad de los años ochenta la aspereza de las relaciones entre las superpotencias fue tal que una y otra no tuvieron inconveniente en romper algunas de las reglas no escritas que existían en las relaciones entre ambas. De este modo, los soviéticos intervinieron ayudando a la revolución sandinista nicaragüense cuando en el pasado, ni siquiera después de la Revolución cubana, se habían interferido seriamente en América Central, mientras que los norteamericanos se alineaban de forma nítida al lado de los disidentes soviéticos. El paso siguiente en la confrontación entre las superpotencias consistió en la IDS ("Iniciativa de Defensa Estratégica") de Reagan. Se trataba de un sistema para evitar ser alcanzados por los misiles adversarios. Lo que nos interesa es que este proyecto, al desechar la idea de la disuasión nuclear, hasta entonces base esencial de la relación entre aquéllas, creaba una incertidumbre doble tanto en el adversario soviético como también en el aliado europeo. En efecto, los soviéticos se enfrentaban a la eventualidad de quedar superados por los norteamericanos en un terreno como el de la tecnología en el que partían con manifiesta desventaja o de asumir unos enormes costes de una nueva carrera de armamento. Por su parte, los países de Europa occidental veían crecer el temor al "decoupling", pues en definitiva sólo los Estados Unidos quedarían protegidos por ese procedimiento. De este modo, la URSS puso siempre como condición esencial para cualquier acuerdo de desarme la desaparición de la IDS al mismo tiempo que los países europeos se daban cuenta de la necesidad de aumentar su arsenal. Finalmente, tiene su lógica que en tiempos de inseguridad en las relaciones internacionales se produjera también un incremento del gasto militar. Pero éste en gran medida no afectó tan sólo a las superpotencias sino también a determinados países situados en teatros de la conflictividad mundial. Si el mundo gastaba dos millones de dólares por minuto en armas, de las compras de ellas por países no productores el 57% iban a parar a Medio Oriente. Las dos superpotencias concentraban el 72% de las ventas, seguidas por Gran Bretaña y Francia. El final de la distensión había contribuido, por tanto, a la proliferación del armamento en todo el mundo.
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Los hermanos Le Nain trabajaron en grupo por lo que resulta difícil atribuir un cuadro a algunos de ellos, aunque éste se considera de Louis. Los hermanos trabajaron un tema que tuvo un éxito singular en su momento: campesinos en medio de su ambiente rural. Pese al aspecto general de pobreza y sencillez, las figuras de los Nain parecen serenas, casi idílicas, en una supuesta paz ideal que no compartían aquéllos que compraban los lienzos. Estos cuadros adornaban casas de ricos comerciantes que se complacían en pensar en los placeres de la vida sencilla sin jamás acercarse a ella.
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La primera finalidad del plan norteamericano fue conquistar el archipiélago de las Bismarck, para llegar a la base japonesa de Rabaul, clave de la zona. La campaña se planeó con un calendario muy cauto: ocho meses desde los primeros ataques hasta la toma de Rabaul. Una fuerza naval (Halsey) con cuatro divisiones americanas, una neozelandesa y dos de marines debía marchar desde Guadalcanal, por el rosario de las islas Salomon, para acercarse a Rabaul por el este. Otras cuatro divisiones americanas y tres australiana (MacArthur) se aproximarían por el oeste, a través de Nueva Guinea y la isla de Nueva Bretaña, donde está Rabaul. Un conjunto de casi 3.000 aparatos americanos y australianos cubriría las operaciones. Las operaciones en Nueva Guinea fueron muy costosas por la dificultad de adaptación a la jungla. Cuando el 2 de enero se conquistó Buna, tras una lucha cuerpo a cuerpo, los americanos y australianos habían perdido 8.000 hombres a causa de las enfermedades tropicales y los suicidios. En este compás de espera, la diplomacia soviética procuró mantener sus equívocos sobre Japón. Desde 1874 existía un contencioso respecto a la isla de Sajalin. En 1925, un tratado ruso-japonés concertó las prospecciones y explotaciones petrolíferas, y en 1941 se firmó un pacto de neutralidad y no agresión, en caso de que uno de los dos países entrara en guerra. Tenía validez de cinco años prorrogables, pero, en marzo de 1941, URSS y Japón declararon su prórroga, lo que aguaba las intenciones de Roosevelt. Los intentos japoneses para conservar sus posiciones en Nueva Guinea tropezaban con la supremacía americana en el mar. El 2 de marzo un convoy de ocho transportes, que había zarpado de Rabaul, fue interceptado por aviones americanos que hundieron todos los barcos y remataron a los náufragos que intentaban ganar la costa. La lucha adquirió una dureza terrible. La superioridad norteamericana fue contrarrestada por los japoneses, que consiguieron desembarcar refuerzos. Desde antes de la guerra, el almirante Yamamoto había sido el alma del poder naval japonés. Para equilibrar la situación, desplazó los portaaviones que tenía en Truk, a la base de Rabaul. Los bombarderos Mitsubishi y Toryu, protegidos por cazas Cero, hostigaron las bases americanas desde el 1 de abril. Pero la perfeccionada defensa antiaérea orientada por radar destruyó más de la mitad de los aparatos atacantes. En plena ofensiva, la escucha norteamericana captó un mensaje vital: el almirante Yamamoto realizaría un viaje aéreo para revisar las instalaciones militares de las Salomon. Con la autorización de Roosevelt, los cazas de Nimitz le tendieron una emboscada y le derribaron. Fue la pérdida del mejor estratega naval japonés. Le sucedió Mineichi Koga, que jamás estuvo a su altura. Pero la guerra se decidía más por la potencia industrial que por las brillantes ideas de los almirantes. Y una nueva generación de materiales entraba en la batalla. Tanques anfibios, lanchas de desembarco, para material y para infantería, nuevos portaaviones tipo Essex, los acorazados y cruceros averiados en Pearl Harbor fueron enviados al teatro de operaciones del Pacífico, mientras Japón reponía dificultosamente sus pérdidas. Con ese material sería posible la campaña del Pacífico central, bautizado por la Marina norteamericana como "la carretera de Tokio". El mojón cero de aquella compleja y ensangrentada ruta fue Guadalcanal y Nimitz aprestaba sus fuerzas para cubrir su primer objetivo a comienzos del verano. Pero MacArthur se anticipó. El 20 de junio inició su conquista de la Melanesia con desembarcos en algunas islas del archipiélago de Trobriand -al este de Nueva Guinea- de las fuerzas de Kreuger. Este no halló grandes resistencias e inmediatamente comenzó a construir aeropuertos. Mientras tanto, otra fuerza, a las órdenes de Herring, desembarcó en Nueva Guinea para ayudar a las desgastadas tropas australianas. Aunque no halló resistencias importantes, se le ordenó mantenerse en la costa, pues los japoneses no parecían dispuestos a replegarse sin lucha, y en la cabeza de todos estaba la sangrienta campaña del invierno anterior. El otro brazo de la ofensiva debía progresar en el este, a caballo de la isla Salomon, partiendo de Guadalcanal. El objetivo serio era la isla de Nueva Georgia, donde 10.000 japoneses parecían dispuestos a defenderse en el habitual escenario montañoso de junglas y fiebres.
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Dado el carácter claramente agresivo y ofensivo de la marina británica, no es de extrañar que hacia 1779 se adoptara un nuevo tipo de cañón, la carronada, con la que los ingleses obtendrían grandes éxitos en combates ofensivos a corta distancia. Fue inventada por R. Melville, Ch. Gascoigne y P. Miller en la Carron Ironworks Company, cerca de Falkirk, en Escocia. Se trata de un cañón de tubo muy corto en hierro colado, de aspecto rechoncho. Se fabricaron modelos de entre 6 y 68 libras, pero las más populares fueron las de 24 en adelante. Los modelos más antiguos tenían muñones para su montaje, pero desde fines del s. XVIII se sustituyeron por un grueso anillo vertical con pasador en la parte inferior del tubo. Más importante aún, las carronadas tenían otro anillo horizontal en su extremo para recibir un gran tornillo, que permitía ajustar con precisión la elevación de la pieza. En lugar de la cureña con ruedas empleada en los cañones, la carronada se montaba sobre una plataforma especialmente diseñada que tenía dos partes: una cama móvil de madera, a la que se sujetaba la pieza, y una base sobre la que se deslizaba la cama para absorber el retroceso y permitir la carga por la boca; dicha base tenía una rueda bajo su parte posterior para facilitar la orientación de la pieza a lo largo de un arco amplio. La combinación de ambos sistemas (tornillo y plataforma rotatoria) permitía apuntar la carronada, en orientación y en elevación, con mucha más facilidad que un cañón normal, levantado con cuñas y palancas y girado a brazo. Al principio, las carronadas, destinadas a sustituir a los cañones de 9 libras del alcázar y el castillo, se emplazaban a petición expresa del capitán, pero desde 1794 se hicieron obligatorias en la mayoría de los tipos de barcos. Como regla, cuanto menor el barco, mayor la proporción de carronadas en su dotación, que se colocaban en la parte más alta del casco. Las fragatas en particular, de entre 30 y 44 cañones, empleadas a menudo en acciones independientes, llevaban una dotación especialmente alta de carronadas, que, a corta distancia, proporcionaban una potencia de fuego mucho mayor que la de los cañones tradicionales, relativamente pequeños, que podía admitir su estructura.