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El hecho de que los indios hubieran descendido desde 65 a 5 millones en siglo y medio resulta escandaloso y constituye uno de los enigmas insuficientemente esclarecidos de la Historia de América. Los antihispanistas lo han calificado de etnocidio, equiparándolo a otras grandes matanzas de pueblos en la Historia, y ciertamente no les faltaría razón para tal argumentación, si los españoles hubieran realizado intencionalmente semejante exterminio, pero no hay que olvidar que ellos vivían a costa de los indios y que nadie mata la gallina de los huevos de oro. Si alguien estaba interesado en que no decreciera la mano de obra tributaria eran precisamente los españoles, que fueron los primeros sorprendidos por el fenómeno. La comprobación del número de indios desaparecidos entre 1492 y 1650 es realmente difícil, pues los cálculos sobre la población aborigen de América en el momento del descubrimiento son bastante discutibles. Se han realizado estudiando el decrecimiento del número de tributarios en años posteriores y en determinadas zonas, y extrapolando dichos datos al período para el cual carecemos de toda información. Estas tasas de decrecimiento resultan extremadamente peligrosas, por cuanto no eran iguales en todas las regiones y se refieren además a los tributarios (hombres de 15 a 50 años), siendo necesario establecer la tasa familiar que correspondería a cada uno de ellos: 3, 3,6, 3,8, 4, 4,2, etc. El sistema fiscal español no registraba las mujeres y los niños indígenas, llamados genéricamente la chusma, porque no pagaban tributo. Resulta así que la tasa familiar es un tema de amplia discusión, en el que una variación de un punto supone la desaparición o añadido de millones de naturales y crea, además, nuevos errores por acumulación. Las disparidades sobre el particular llegan a tal punto que los historiadores hispanistas defienden una población indígena de 11 a 13 millones en el momento del descubrimiento, cifra apuntada por Rosemblat (1954), y los indigenistas, sobre todo la escuela de Berkeley, de 90 a 112 millones. Nuevas ponderaciones y rectificaciones permiten hoy suponer que América tendría unos 80 millones de habitantes en 1492, cantidad que podemos aceptar aunque con las debidas reservas. De este total, sus tres cuartas partes, es decir, unos 65 millones, corresponderían al territorio que luego fue Hispanoamérica. Sus grandes hormigueros serían el imperio inca, con casi la mitad, y luego el azteca con unos 20 millones. Siglo y medio más tarde se había reducido a cinco millones, como señalamos, lo que viene a significar que habían desaparecido 60 millones de indios: 400.000 por año. Un hecho que supera lo realizado por los nazis con sus hornos crematorios para los judíos y por los estadounidenses con sus bombas atómicas para los japoneses. Las razones que se han aducido como explicación del problema son las siguientes: la conquista, el impacto psicológico producido por la dominación, la expansión ganadera, el trabajo indígena obligatorio, las epidemias, y el mestizaje. Ninguna de ellas es, por sí sola, suficientemente satisfactoria. La conquista fue la única etapa en la que los españoles mataron intencionalmente a los indios, pero cuesta trabajo pensar que los conquistadores, ocho o diez mil españoles y veinte o treinta mil indios aliados de ellos, llegaran a matar más de un millón de indios, lo que sólo representaría el 1,5% de la población aborigen entonces existente. El impacto psicológico de la dominación pudo producir mayor mortandad, ya que sabemos que algunos pueblos antillanos practicaron el infanticidio, utilizaron plantas anticonceptivas para restringir la natalidad y además dejaron de cultivar la tierra, padeciendo enormes hambrunas, pero este fenómeno no se reprodujo apenas en el continente, y menos aún en las regiones de mayor demografía indígena, que son las más significativas a estos efectos. La expansión ganadera amenazó igualmente la supervivencia del indio agricultor (las estancias ganaderas ocuparon las antiguas tierras de cultivo indígenas), pero no pudo exterminar masivamente la población amerindia, que además se benefició de ella (gallinas, puercos, ovejas). Nos quedamos, así, con las tres causas que conjuntadas pudieron incidir más en producir la gran catástrofe demográfica: las epidemias, el trabajo obligatorio y el mestizaje. Las epidemias del Viejo Mundo (Europa, Asia y África), introducidas por los primeros pobladores (también vinieron algunas con la ganadería), produjeron enormes mortandades entre los indígenas. Sabemos que la viruela exterminó gran parte de la primitiva población de Santo Domingo, frustrando el intento de los Jerónimos de reducirla a poblados (lo que facilitó más su propagación). La viruela (que portaba un negro de Pánfilo de Narváez), flageló a los aztecas sitiados por Cortés en Tenochtitlan y se extendió luego a Guatemala, Centroamérica y Suramérica. Llegó a Perú antes que los españoles (los incas la llamaban los granos de los dioses) y entre sus víctimas se contó la misma persona del Inca Huayna Cápac (1524), padre de Atahualpa y Huáscar. En 1529 se produjo una epidemia de sarampión que recorrió igualmente América, en 1545 de tifus o "influenza", en 1558 de gripe, en 1563 de viruela, en 1576 de tifus, y en 1588 y 1595 de viruela. La breve periodicidad epidémica impedía la recuperación de las enormes mortandades. Si pensamos en lo que las epidemias representaron en la Edad Media europea, podremos imaginar lo que pudo ser en América. El azote siguió diezmando a los indios hasta mediados del XVII, cuando perdieron eficacia, quizá porque los indios generaron ya sus propios anticuerpos a las extrañas enfermedades, o porque los españoles extremaron las condiciones de lucha contra ellas, ya que también las padecieron. El trabajo obligatorio originó otra gran matanza de naturales. Entre las culturas formativas precolombinas (que cubrían la mayor parte de lo que luego fue Hispanoamérica) se practicaba una economía de subsistencia de la que se pasó de pronto a una economía de producción de excedentes mediante el repartimiento de los aborígenes. Estos tuvieron que trabajar con calendarios laborales (de lunes a sábado y de sol a sol), muchas veces alejados de su familia. Peor fue el caso de los naturales que verdaderamente estaban acostumbrados a la agricultura intensiva (regiones mesoamericana y centroandina), pues fueron convertidos en improvisados mineros, laborando en lugares áridos y a veces situados a gran altura, donde morían exhaustos. Incluso el sistema de encomienda fue duro para ellos, pues el pago del tributo les exigía duplicar su esfuerzo. El hecho de que huyeran de las encomiendas desde finales del siglo XVI es bastante significativo. Finalmente tenemos el mestizaje. Españoles y negros se mezclaron con las indias (menos frecuente fue la mezcla con indios), dando origen a mestizos y zambos, grupos étnicos diferenciados de sus ancestros. El problema fue aumentando progresivamente, pues los mestizos volvían a unirse frecuentemente con las indias, mermando la descendencia auténticamente indígena. Los 400.000 mestizos que existían a mediados del siglo XVII eran prueba de ello. En cuanto a los indios de la época colonial, conviene señalar que no tienen nada que ver con los precolombinos, pese a lo que algunos creen. Los españoles les impusieron un proceso muy rápido de aculturación, obligándolos a tributar, a vivir en poblados y a abrazar, al menos aparentemente, la forma de vida de los católicos. Esto destrozó sus sistemas vitales y sus cuadros de valores y creencias. Hubo también una aculturación natural, ya que los naturales utilizaron instrumentos de hierro y acero, criaron animales domésticos y cultivaron alimentos antes desconocidos. El proceso terminó por hispanizarlos a medias, resultando unos indios diferentes a los de las zonas marginales (no cristianos, bárbaros o salvajes, que de todas estas formas se les llamaba), y diferentes también a los españoles. Muchos emigraron a las ciudades, constituyendo barrios periféricos (cercados) donde vivían miserablemente, representando un peligro cuando se producían hambrunas, como ocurrió en México a fines del siglo XVII. Otros huyeron de sus encomiendas para no pagar el tributo y se asentaron en otros lugares como forasteros, constituyendo una mano de obra barata contratable. Los más, siguieron en las encomiendas pechando para pagar tributos a cambio de la paternal legislación del rey, que les permitía vivir en las tierras donde habían nacido.
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En un libro que parecía apocalíptico y que resultó profético, el disidente Andrei Amalrik había previsto para 1984, fecha de la obra de Orwell, la descomposición de la URSS. Se equivocó, pero tan sólo en dos años, pues en 1986 comenzó ese proceso, que resultaría imparable. Vino facilitado por unos antecedentes históricos que constituían una mezcla de brutalidad, heterogeneidad efectiva, apariencia de vertebración plural y realidad centralista. Baste con recordar, respecto a la brutalidad, que el conglomerado humano de una de las naciones enviadas hacia el Este por Stalin cuando se produjo la invasión alemana fue expulsado en tan sólo tres días. La estructura territorial de la URSS había sido la consecuencia convergente de las sospechas del dictador soviético con respecto al federalismo y de sus necesidades tácticas de dar una apariencia de satisfacción a las reivindicaciones de pluralidad. En la práctica, las decisiones federalistas que fueron tomadas tuvieron escasa eficacia, porque Stalin no hizo otra cosa que nombrar desde arriba a los responsables políticos. Pero la existencia de pasaportes internos con mención de la nacionalidad y del principio constitucional de autodeterminación acabó por revelarse de una considerable importancia, a pesar de que, hasta el momento, el centralismo del Partido Comunista se hubiera impuesto de modo abrumador. Cuando se produjo una liberalización, aunque fuera inicial, todo el complicado sistema de organización territorial de la URSS -en el que las repúblicas podían tener 147 millones de habitantes o tan sólo dos y en el que existía, además, un mosaico caleidoscópico de unidades políticas menores- acabó quebrando. Característico de Gorbachov fue no haber ofrecido absolutamente nada respecto a esta cuestión, que muy pronto se convirtió en la más importante de la política soviética. Da la sensación, por tanto, de que ni siquiera la clase dirigente la consideraba como un peligro en el más remoto horizonte. La primera explosión nacionalista apareció en 1986, en Kazajstan, cuando elementos dirigentes comunistas locales se rebelaron ante la intromisión de las autoridades centrales. A continuación y de forma inmediata, en el Cáucaso se produjo un fenómeno de pura y simple "libanización", entendiendo por tal una extremada fragmentación unida al empleo generalizado de la violencia. El primer conflicto fue el que, en 1987, enfrentó a Armenia y Azerbaiyán por el territorio de Nagorno-Karabaj. Pero pronto la conflictividad se incrementó de forma incontenible: cerca de medio millón de armenios vivían en Azerbaiyán, mientras que 200.000 azeríes lo hacían en Armenia. Los armenios, que recordaban el exterminio de 1915 y por ello tendieron a solicitar la protección soviética, no la consiguieron de forma efectiva, demostrándose la imposibilidad de convivencia entre dos culturas nacionales distintas incluso en materia religiosa. Pero no se detuvo ahí la confrontación. En abril de 1989, hubo matanzas en Georgia, donde dos repúblicas autónomas -Osetia y Abjacia- reivindicaban un mayor grado de autonomía. Si la violencia y la fragmentación protagonizaron los sucesos del Cáucaso, la unanimidad y la actuación pacífica fueron los rasgos distintivos de la reivindicación nacionalista en los Países Bálticos. Articulados los nacionalismos respectivos en frentes populares, donde se integraron inicialmente los partidarios de la Perestroika, en sólo cuatro meses a partir de la celebración de las elecciones de junio de 1988 triunfaron por completo, adquiriendo una hegemonía que sería irreversible. De noviembre de 1988 a julio de 1989, los tres Estados bálticos -Estonia, Letonia y Lituania- proclamaron su soberanía; en 1989, la reivindicación se extendió a Moldavia, en la frontera meridional con Rumania. En agosto de 1989, una cadena humana en la que participó el 40% de la población -cinco millones de personas- testimonió la decidida voluntad de los habitantes de los Países Bálticos por desligarse de la URSS. Gorbachov que, a trancas y barrancas, fue consiguiendo pacificar temporalmente el Cáucaso -hubo nuevos incidentes en Azerbaiyán por estas mismas fechas- cuando visitó Lituania no logró los éxitos personales que obtenía en sus desplazamientos al extranjero. A comienzos de 1990 inició presiones más serias. Lo más probable es que quisiera amenazar, pero no llegar nunca a utilizar la violencia. Para ello, disponía de un arma esencial: la interrupción de los suministros de petróleo. Sin embargo, no habiendo reconocido hasta el momento los Estados Unidos la incorporación de los Países Bálticos a la URSS, lo que sucediera en ellos podía suponer un serio peligro para la política exterior de Gorbachov. Los meses finales de 1989 y los iniciales de 1990, cuando se estaban autodestruyendo ya las democracias populares de la Europa del Este, constituyeron una etapa cardinal en los planteamientos de Gorbachov. En el mismo hubo una auténtica revolución de carácter personal. Por vez primera, según luego contó, leyendo a Solzhenitsin se dio cuenta de que no ya Stalin sino el propio Lenin podían haber cometido errores de bulto en la manera de organizar la URSS. Esto, sin dotarle de mayor claridad, le hizo enfrentarse ya a los más conservadores, incluso aquellos que habían colaborado con él. En marzo de 1990, de un plumazo desapareció en la URSS el papel dirigente del PCUS, al que nadie utilizó como una especie de maquinaria política oficial o de partido autónomo. Ello le sumió en la impotencia, para indignación de los más ortodoxos. Además, desde 1987 los problemas económicos se multiplicaban y, en 1990, el nivel de vida se desplomó. El intento de encauzar la economía por parte de Rizkov se sumió pronto en un mar de contradicciones con los sucesivos consejeros económicos de Gorbachov, siempre tenaz en aplazar sine die las inevitables elevaciones de precios. Abalkin presentó a continuación un nuevo plan económico, pero el propio Gorbachov lo rechazó. Petryakov, su nuevo consejero, acabó por enfrentarse a Rizkov y, cuando Shatalin propuso un plan de 500 días, que pretendía en tan sólo 100 llegar a la privatización y monetarización total, arreciaron las protestas de los conservadores. Además, en este mismo momento se estaba planteando la nueva organización territorial del Estado y fue esta urgencia política la que evitó que pudiera ponerse en práctica programa económico viable alguno. En efecto, dados los problemas existentes con los Países Bálticos, Gorbachov promovió en abril de 1990 la aprobación de una ley que serviría para los casos en que fuera intentada una escisión. En realidad, hubiera sido más bien una ley para impedir la secesión, puesto que establecía un plazo de seis años con un referéndum previo que exigía una mayoría de dos tercios y todo tipo de aprobaciones previas por parte de la URSS en cualquier momento. Ni los problemas económicos ni los territoriales encontraron solución, mientras que un hecho de carácter político sentó las bases para el posterior desarrollo de los acontecimientos. Las elecciones celebradas en Rusia en mayo de 1990 por primera vez establecieron una representación en estricto acuerdo con la población y sin un componente corporativo, como las celebradas anteriormente en el conjunto de la URSS; no hubo, además, distritos sin candidatos y la censura prácticamente desapareció a partir de este momento. El Congreso elegido fue más bien moderado: de los diputados unos 423 estaban con Yeltsin, 327 en contra de él y unos 250 oscilaron entre ambos sectores. Pero Yeltsin ganó la presidencia, aunque sólo por cuatro votos, a otro candidato y esto le hizo titular de un poder político excepcional porque no sólo se refería a la mayor parte del territorio de la antigua URSS sino que, además, a diferencia del de Gorbachov, tenía un carácter netamente democrático. Eso obliga a tratar de quién habría de ser el personaje político del futuro con alguna mayor detención. A diferencia de otros dirigentes soviéticos de la época, su abuelo había sido un rico agricultor. También su familia pasó por los padecimientos del estalinismo: su padre y su tío fueron condenados a tres años de cárcel por criticar al régimen. Su carrera política personal tuvo alguna peculiaridad. Nunca fue un miembro del aparato del partido sino más bien una especie de director de empresa que utilizaba la política para actuar con mayor eficacia. Eso, no obstante, no quiere decir que se permitiera heterodoxia alguna, pues todavía en junio de 1988 hablaba contra el multipartidismo. A partir de la Perestroika, Yeltsin prosperó merced principalmente a su crítica de la nomenklatura; tuvo también más claro que Gorbachov el hecho de que el final del proceso llevaba al mercado y a la desaparición del partido único, aunque dudara en los medios a emplear para esos resultados. Su sentido teatral e histriónico ayudó a que Gorbachov y tantos otros le subestimaran, pero, además, les resultaba imposible situarle en un extremo para él mismo ubicarse en el centro porque cambiaba siempre de posición de forma imprevisible. La reunión del Congreso, en marzo de 1990, permitió a Gorbachov convertirse en presidente de la URSS, un cargo ahora mucho más importante y semejante en la amplitud de sus funciones a la Secretaría General de antaño. Al mismo tiempo, hizo patente su giro hacia una posición conservadora, coincidente con la disminución de su popularidad interior, en la que mucho tenía que ver la acumulación de problemas de todo tipo. En diciembre de 1989, conservaba todavía el apoyo del 52% de la población, pero un año después a Yeltsin le apoyaba el 32% y a él tan sólo le quedaba el 19%. Al embajador norteamericano, Mattlock, sorprendido por sus bruscos cambios de actitud, le contó que se veía obligado a una política de "zigzag" porque el país estaba al borde de una guerra civil. La realidad era que se veía obligado a mostrar una constante separación tanto de la derecha como de la izquierda, pero conservando cada vez menos espacio -y menos confortable- de actuación. Habiendo prescindido ya de Ligachov a fines de 1990, Gorbachov reemplazó también a Rizkov al frente del Gobierno. En el nuevo que se formó, Pavlov actuó por libre, como si no dependiera de quien le había nombrado, pero sin tampoco demostrar sus propias capacidades. El invierno 1990-91 transcurrió en medio de una histeria política que explica acontecimientos posteriores. En el momento más dramático, en diciembre de 1990, se produjo la dimisión de Shevardnadze, que había sido co-protagonista de la política exterior soviética desde 1985. No se lo anunció previamente a Gorbachov quien, a estas alturas, quizá quisiera que pasara al puesto decorativo de vicepresidente o sacrificarlo ante las quejas de los sectores más conservadores por la unificación alemana. Lo importante es que en el momento de informar de su dimisión, el ministro denunció también la inminencia de una dictadura. Datos objetivos para considerar que se iba a producir un endurecimiento no faltaban. A comienzos de 1991, las fuerzas soviéticas ocuparon el edificio de la televisión lituana, con el resultado de catorce muertos. Gorbachov negó su responsabilidad en esta acción, pero de esta eventualidad se había tratado en su presencia y nunca pensó en castigar a los culpables de los hechos. Ni siquiera dijo quién había dado la orden, aunque asegurara que él no había sido. En esos primeros meses de 1991, hizo, además, patrullar tropas por el centro de las principales ciudades, quizá por una reacción desproporcionada ante un posible desorden público. En la fase final de su mandato, dio la sensación de que Gorbachov permanecía al frente del Estado resistiendo a unas tendencias que él mismo había provocado y que cada día eran más independientes de su voluntad. El principal protagonismo de la política en la URSS se centraba ya en la nueva organización territorial. En marzo de 1991, Gorbachov ganó, con el 70% del voto, un referéndum acerca del mantenimiento de la URSS, pero la victoria resultó tan pírrica que en nueve meses había desaparecido no sólo la URSS sino también el puesto que desempeñaba el líder soviético. En abril, se llegó al acuerdo de Novo-Ogarevo, destinado a hacer posible esa nueva vertebración. Gorbachov quería una nueva unión pero quiso imponerla a la población y a Yeltsin, y ambos no la aceptaron. Fue, por tanto, la propia Rusia quien acabó con la URSS. Pero nada de esto se entiende sin tener en cuenta el conjunto de la evolución política del momento. Debe tenerse en cuenta, en primer lugar, el creciente poder político de Yeltsin quien, como sabemos, había conseguido en 1990 una victoria parlamentaria muy justa pero a quien favorecían crecientemente las encuestas de opinión. Un año después consiguió ratificarla y ampliarla mediante una elección directa su puesto de presidente de Rusia. Yeltsin logró la victoria gracias a su alianza con Rutskoi, un personaje más joven, más nacionalista y militar, que había organizado un grupo autodefinido como "comunistas por la democracia". La campaña duró sólo tres semanas entre mayo y junio de 1991 y Yeltsin venció con el 57.3% del voto mientras que Rizkov, el antiguo primer ministro, sólo logró el 16.9. A partir de este momento, Yeltsin eligió el camino de la confrontación con Gorbachov y con la estructura central de la URSS. Impidió que el PCUS tuviera organizaciones en los lugares de trabajo y pretendió quedarse con los campos petrolíferos que venían a ser lo mismo que las divisas. Frente a esta situación Gorbachov no fue capaz de reaccionar. El malestar contra él era creciente y nacía de sectores antagónicos. Si la elección de Yeltsin testimonió la existencia de un sector radical que le superaba por la izquierda en abril de 1991, 32 de los 72 secretarios del Comité del partido en la Federación Rusa afirmaron que había que pedir responsabilidades a Gorbachov. En estas circunstancias ha de entenderse el intento de golpe de Estado de agosto de 1991. Lo primero que llama la atención al respecto es la participación en él del círculo político más íntimo del propio Gorbachov. "¿Cómo podían tomar el poder quienes ya estaban en el poder?", se preguntó el general Lebed, una figura política de importancia creciente. Fue algo así -interpretó un analista norteamericano- como si el secretario de Defensa y el de Estado, junto con los directores de la CIA y del FBI, se dirigieran al Congreso para dar un golpe de Estado contra el presidente norteamericano. Los conspiradores, principalmente el ministro de Defensa y el responsable del KGB, tuvieron una relación ambigua con Gorbachov, de vacaciones en Crimea, en la que le aseguraron que harían el trabajo sucio por él, pero también le mantuvieron aislado. Por su parte, el líder soviético no estuvo involucrado en el golpe, pero es posible que deseara que se diera y que no hizo nada con antelación para evitarlo. El propio embajador norteamericano tenía noticias de que podía suceder algo parecido: el alcalde de Moscú, Popov, le había informado de ello, incluso con los nombres de las personas implicadas y, posteriormente, Bush llegó a decirle a Gorbachov quién había sido su informante. Pero, por fortuna, los conspiradores fueron también extremadamente incompetentes e indecisos: ni se ocuparon de las autoridades ni tuvieron al frente a un líder popular e hicieron depender su éxito en exclusiva de la posición de Gorbachov. Cuando trataron de dar una rueda de prensa lo hicieron en un indescriptible estado de confusión provocado por una borrachera. Más que un golpe, lo sucedido pareció realmente un espectáculo. Con el intento, cuya peligrosidad fue mayor de lo que podía esperarse de su dirección, terminó la decisión de una persona, Yeltsin, y la actitud de fondo de los militares más jóvenes. Se ha podido calcular que el 40% de los soviéticos simpatizaba de un modo u otro con los sublevados. Muchos de los dirigentes de las repúblicas adoptaron, además, actitudes pasivas y entre quienes hicieron lo propio fuera de la URSS estuvo el propio presidente francés, Mitterrand. La huelga general declarada para enfrentarse con los golpistas no llegó a triunfar. El momento decisivo tuvo lugar en la noche del 20 al 21 de agosto, cuando las unidades militares acabaron obedeciendo a Yeltsin en mayor medida que a los golpistas. La interpretación que Gorbachov -cuya esposa sufrió dos años de enfermedad como consecuencia de los hechos- hizo de lo sucedido es que "si el golpe se hubiera producido un año y medio o dos años antes, presumiblemente habría podido triunfar". Esta afirmación parece cierta, pero el propio Gorbachov, en un artículo publicado días antes del golpe, citaba dos veces a Lenin y consideraba que la adulteración del régimen había tenido lugar a causa de Stalin. Esto demostraba que si había desempeñado un papel decisivo en el comienzo del fin del sistema soviético ahora ya estaba desplazado por los acontecimientos. Las consecuencias de la derrota del golpe de Estado fueron decisivas para el destino de la URSS. La ruptura de la unión se produjo porque Yeltsin no concibió otro modo de acabar con Gorbachov y porque éste y los militares se negaron a actuar por la fuerza o ni siquiera concibieron la posibilidad de hacerlo. Fue Yeltsin quien llevó la iniciativa de los acontecimientos: suspendió al Partido Comunista mientras que Gorbachov dio la sensación de seguir considerándolo reformable. Además, no nombró nuevo primer ministro y aceptó de forma pasiva lo dispuesto por Yeltsin. Resulta muy posible que si en septiembre Gorbachov hubiera dimitido Yeltsin hubiera mantenido la URSS. Ya en noviembre, las cosas habían cambiado. En un momento inicial estaba dispuesto a aceptar alguna fórmula de Estado federal pero en realidad los visitantes extranjeros parecieron siempre más preocupados por la descomposición de la URSS que los propios políticos que la habían dirigido. A la separación de los Países Bálticos le siguió la de Georgia, Moldavia, Azerbaiyán..., etc. Nada decisivo sucedió hasta que en diciembre de 1991 Ucrania decidió no entrar en una organización federal que tuviera un sistema de dirección en forma de organismo común. En realidad, sólo con la presencia de Ucrania podía tener sentido una unidad política semejante a la antigua URSS. A comienzos de ese mismo mes, Rusia, Ucrania y Bielorrusia decidieron crear una Comunidad de Estados Independientes (CEI), a la que se sumaron las otras repúblicas, pero que habría de ser una especie de cascarón vacío de contenido al estar ligada por unos vínculos muy laxos. Rusia heredó el puesto de la URSS en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y la disposición sobre las armas nucleares aunque debió negociar con otras repúblicas (por ejemplo, Ucrania, Kazajstán...) sobre este punto. La CEI condenó a la desaparición de la magistratura ocupada hasta entonces por Gorbachov y, por lo tanto, de su relevante papel en el primer plano de la política interna. A fines de ese mismo mes, hizo su última intervención pública desde el poder. Había sido "una especie de Moisés", que pudo conducir a su pueblo a la tierra prometida pero sin entrar en ella. Ni la liberalización del régimen ni la misma revolución final fueron causadas por la política de Reagan sino por la impregnación de los "valores humanos" auspiciados merced al protagonismo de quien había sido el séptimo secretario general del PCUS, cuya relevancia histórica difícilmente puede ser, por tanto, exagerada. Le esperaba, no obstante, un destino poco prometedor. Nobel de la Paz en 1990, cuando abandonó la política de su país, Yeltsin le prometió que podía seguir ejerciendo un papel en ella gracias a la creación de una Fundación. Pero cuando ésta o quien la presidía actuó de forma crítica frente al nuevo dueño del Kremlin, perdió el apoyo estatal. Todo sucedió -asegura Gorbachov en sus memorias- de una forma muy característica de Yeltsin, es decir con ruido, con rudeza y sin habilidad alguna.
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Tres años de guerra habían afectado la vida de los italianos en todos los aspectos. Junto a las crecientes dificultades materiales, se situaba la larga serie de desastrosas actuaciones de las fuerzas enviadas al frente.Italia, era ya evidente, no actuaba más que como un apéndice del poderío alemán, repetida y abrumadoramente puesto de manifiesto. Ante la opinión italiana, el descrédito del partido y su jefe crecían ayudados por estas circunstancias que ni siquiera la propaganda del régimen era capaz de ocultar.La tendencia hacia una salida de la guerra, con la voluntad de Mussolini o sin ella, iba cobrando adeptos. Pero la capacidad de actuación de forma efectiva estaría, en definitiva, en manos de los detentadores del poder. Estos sectores, previendo un hundimiento general producido por la derrota bélica, preferían actuar antes de que las circunstancias llegasen a desbordarles.En el interior del partido, las fricciones y diferencias se agravaban ante el deterioro de la situación, que ya amenazaba con hacerse peligrosa para quienes estaban acostumbrados a ejercer la dominación sobre el país sin ningún género de control ni oposición.Mientras, los miembros más jóvenes y combativos, en cierto sentido todavía ilusionados con la ideología sustentada por el régimen, acusaban a los más antiguos fascistas de aburguesamiento; éstos, situados en la misma cúpula del poder, iban adoptando actitudes verdaderamente críticas hacia la actividad de su jefe natural.La decisión terminante de Mussolini de continuar la guerra al lado de Alemania se presentaba a la vista de los jerarcas del partido como el mayor peligro para la conservación de sus posiciones y prebendas. Pretendían salvar al descompuesto y anquilosado régimen aun a costa de olvidar la fidelidad al hombre que los había elevado hasta sus actuales posiciones.El tantas veces utilizado justificativo del interés del pueblo y el Estado serviría también ahora para arropar actividades e intereses estrictamente corporativos por parte de una minoría amenazada y temerosa. El partido había perdido -era bien evidente- la mayor parte de los apoyos sociales con que innegablemente había contado hasta entonces.La promulgación de leyes rechazadas por una gran mayoría, como las de carácter antisemita, había contribuido a este rechazo. La aceptación, resignada o entusiasta, según los casos, de la dictadura había pasado a transformarse en oposición y hostilidad. Con el transcurso de los últimos meses del año 1942, el peligro de una invasión aliada, junto con las deficiencias en el aprovisionamiento, había hecho aumentar el malestar general.Finalmente, un hecho de especial significado venía a probar la evidente debilidad del régimen fascista. El despertar público y violento de las organizaciones de izquierda, partidos y sindicatos, hasta entonces en la clandestinidad, ponía la nota dominante en la sombría coyuntura.Las grandes huelgas -las primeras bajo el fascismo- iniciadas en las factorías Fiat de Turín, se extenderán rápidamente por el país. En los primeros meses del año 1943, el movimiento huelguístico de protesta contra la guerra y las dificultades materiales dominará el norte industrial. Las iniciales reivindicaciones pacifistas y económicas no tardarán en adquirir un tono político.Es la primera ocasión en que el régimen se encuentra enfrentado a esta clase de manifestaciones de oposición. La carencia de capacidad suficiente de reacción será la mejor muestra de su verdadero estado de postración.Con este amenazador telón de fondo, los más altos jerarcas fascistas, los más beneficiados en todos los sentidos por la dictadura, comienzan a articular su acción común. La supervivencia o derrumbamiento de Italia en la guerra es, para ellos, sinónimo de la del partido y de la suya propia. La porfiada actitud del Duce en mantener la alianza con el temible asociado alemán habrá de decidir para estos "fieles" su apartamiento del poder.En las primeras semanas de 1943, la conjuración es conocida por los servicios de información de Mussolini. En consecuencia, éste procederá en el mes de febrero a un reajuste del personal más destacado. Desde el cargo de jefe superior de la Policía hasta el de secretario general del partido, la remoción de algunas de las personas que ocupaban las más altas instancias parece suficiente al dictador para desarticular la operación organizada a sus espaldas y contra él mismo.Pero la expulsión de sus cargos de algunos de los más viejos fascistas, figuras ya legendarias de la conquista del poder, obra un efecto contrario al pretendido. Los que hasta entonces habían sostenido actitudes no del todo decididas a la toma de medidas en contra de Mussolini, acaban uniéndose a los conspiradores iniciales. La crítica, en un principio temerosa, comienza a fortalecerse y a sustituir gradualmente a una devoción y lealtad al jefe hasta entonces nunca puestas en cuestión, riesgo de toda dictadura.Una renovación, parcial pero profunda, de los cuadros locales del partido, ilustra la voluntad de Mussolini de mantener bajo su propia mano una organización que comienza a abandonarle. Pero es ya demasiado tarde, y los notables, alertados por estas medidas, deciden la necesidad de reaccionar para salvarse del desastre que se presiente. En el mes de mayo, un informe secreto de la policía anota: "El partido ha perdido la confianza y la estima incluso de sus propios seguidores..."
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El propio Urquijo sufriría la dependencia de Francia en sus propias carnes. Primero en febrero de 1799 cuando, por deseo de Carlos IV, intentó salvar la negociación de paz con Portugal y fue acusado de anglófilo por el Directorio, que solicitó formalmente al monarca español, a través del embajador francés en Madrid, Guillemardet, que Urquijo fuera cesado y sustituido por José Nicolás de Azara. Urquijo fue, en esa ocasión, respaldado por Carlos IV, que protestó por lo que consideraba una injerencia del gobierno francés en la política interior española. La segunda ocasión fue, sin embargo, decisiva para la suerte política de Urquijo, y tuvo lugar a partir de noviembre de 1799, cuando el golpe de Estado del 18 de Brumario puso fin al Directorio e inauguró el Consulado, con Napoleón como primer cónsul. Se trataba de estabilizar el régimen burgués para que las viejas clases dominantes pudieran reconciliarse con los cambios sociales logrados por la Revolución. La llegada de Napoleón al poder dio al traste con los éxitos de la Segunda Coalición, pues en 1800 Italia fue recuperada para Francia tras la deslumbrante victoria de Marengo, y los austríacos fueron derrotados en el Rin. Los intentos de Urquijo de congraciarse con el Consulado no fueron suficientes para evitar su caída. El 1 de octubre de 1800, el todavía secretario de Estado español firmó con Berthier los preliminares de San Ildefonso. A cambio del compromiso francés por engrandecer territorialmente el ducado de Parma, España se comprometía a ceder a los franceses, en un futuro inmediato, el territorio de La Luisiana, una parte de la isla de Elba y seis navíos de guerra. Pese a ese esfuerzo de última hora, Bonaparte impuso el 13 de diciembre de aquel año el cambio de Urquijo por Godoy, quien regresó al poder no ya como secretario de Estado, sino con los entorchados de generalísimo, con autoridad máxima en el ejército. Pero en la realidad, el superministro Godoy era dependiente en todo de Napoleón, convertido en árbitro de la política española hasta la crisis definitiva de 1808.
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El 5 de agosto se presentó el mariscal Antonescu, conducator de Rumania (15), en el cuartel general de Hitler en Rastenberg con un puñado de protestas y reivindicaciones que hacer a su amigo el Führer. Antonescu no se sentía nada seguro respecto a los soviéticos, que habían guardado una tensa calma ante el sector del grupo de Ejércitos Ucrania Sur mientras zarandeaban a los alemanes en los restantes frentes del Este. El dictador rumano protestaba porque al jefe del Grupo de Ejércitos Ucrania Sur se le habían retirado 10 divisiones para reforzar otros frentes. También se quejaba el Conducator de la ineficacia de la Luftwaffe ante la creciente actividad de la aviación soviética, cuyos bombardeos causaban graves pérdidas económicas a su país. Finalmente proponía un sacrificio territorial por su parte para acortar el frente y mejorar sus posiciones defensivas, retrasándolas a una línea, dispuesta en los años treinta por ingenieros belgas, que iba desde las bocas del Danubio hasta la ciudad de Galatz, se resguardaba tras el curso del Siret y alcanzaba los Cárpatos. Según David Irving, Hitler habló a Antonescu durante horas y horas; minimizó los problemas de Alemania, restó importancia al atentado de la quincena anterior y fantaseó sobre sus nuevas armas: nuevos y formidables tanques y cañones, un nuevo explosivo "en fase de experimentación" capaz de no dejar títere con cabeza en un radio de dos millas..., de bombarderos que volaban más rápidos que cualquier caza conocido, de cohetes-bomba infinitamente más poderosos que las V-1... Antonescu se fue, al fin, sin insistir más sobre aquella prudente retirada que recomendaba. Cuando la comitiva de automóviles se puso en marcha, Hitler corrió hasta la ventanilla del dictador rumano y le gritó: "¡Antonescu!, ¡Antonescu! ¡bajo pretexto alguno acuda al palacio del rey!" Antonescu hizo parar su coche porque no entendía y Hitler volvió a decirle: "¡No vaya al castillo del rey!" Antonescu no vería jamás las prodigiosas armas prometidas por Hitler, pero pronto pudo comprobar que la premonición de su amigo respecto al palacio real se cumplía fatalmente para él y para el Grupo de Ejércitos Ucrania Sur. En ese frente, que iba desde los Cárpatos al Mar Negro, se concentraban los Grupos de Ejércitos de Malinovsky (Segundo Frente de Ucrania) y Tolbukhin, (Tercer Frente de Ucrania), con cerca de un centenar de divisiones de infantería y siete cuerpos blindados, -no menos de 1.500 tanques- una formidable artillería y el control del aire. Enfrente Friessner disponía de 27 divisiones alemanas y 20 rumanas para guarnecer una línea de 654 kilómetros en la tremenda desventaja de 1 a 1,5 en infantería, 1 a 5 en carros, 1 a 2 en artillería, 1 a 3 en aviones... El 20 de agosto, de madrugada, Malinovsky atacó frente a Iasi, haciendo tronar más de 4.000 cañones, morteros y lanzacohetes sobre un sector de apenas 20 kilómetros; 150 kilómetros más al este, en Tiraspol, Tolbukhin aún pretendió una destrucción mayor y sobre una zona de 30 kilómetros volcó el fuego de unos 8.000 tubos. Resistieron bien los alemanes los mazazos de Malinovsky, pero Tolbukhin abrió en canal al III Ejército rumano, avanzando rápidamente y girando hacia su derecha, amenazando al VI Ejército alemán. Friessner debió meter en el combate a todos sus reservas para evitar el desbordamiento y al finalizar el día debía batirse en retirada sin poder romper el contacto con los soviéticos. Justo entonces le permitió Hitler replegarse a la Línea Danubio-Galatz-Siret-Cárpatos... Pero ya era tarde (16). Ante la gravísima situación, el rey Miguel llamó a Antonescu y a su ministro de Exteriores y les pidió que gestionasen un armisticio con los soviéticos a la mayor rapidez. Ante las dilaciones del Conducator, el rey le hizo arrestar: eran las cinco de la tarde del 23 de agosto. A las 22 horas, por medio de la radio, el rey ordenó a las fuerzas rumanas que depusieran las armas. Hitler tomaba el té con sus colaboradores a media tarde de ese día. Una llamada directa desde Bucarest le interrumpió: su embajador Killinger y su representante militar ante Antonescu, general Hansen, le comunicaban la detención del dictador y que la policía cercaba la delegación alemana: "..Hitler colgando el teléfono exclamó lleno de indignación ¿Por qué no me hizo caso? ¡Yo sabia que pasaría esto!" Esa tarde tomó, junto con sus asesores militares, una serie de medidas precipitadas que le acarrearon la declaración de guerra por parte de Rumania... Efectivamente, hizo intervenir a la Luftwaffe contra el palacio real y la presidencia del Gobierno y ordenó que un grupo de antiaéreos sacados de Ploesti avanzase hacia Bucarest y tomase la ciudad... Lo único que logró es que los soldados rumanos se enfrentasen a los alemanes -con mayor entusiasmo que a los soviéticos, según parece- y que el nuevo jefe de Gobierno, general Sanatesco, declarara la guerra a Alemania el 25 de agosto. La situación militar de Friessner se hizo desesperada. Todo el frente se convirtió en un colador y sus unidades quedaban cercadas ante el veloz avance soviético y las obstrucciones que en su repliegue pusieron los rumanos. La carrera hacia la retaguardia concluyó en la primera semana de septiembre. El día 5 de ese mes, Moscú aseguraba haber ocasionado a los alemanes 150.000 muertos y haberles hecho 106.000 prisioneros. Las cifras son verídicas, pues en el cuartel general de Hitler se consideraron totalmente perdidas 18 divisiones.
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El final de la Segunda Guerra Mundial en el escenario europeo está plagado de situaciones aún hoy controvertidas: la inmensa miopía del jefe de los ejércitos aliados, Eisenhower, al ceder la capital alemana a las tropas soviéticas y su enorme ceguera al no acoger a los ejércitos alemanes que huían del Este, ni -sobre todo- a las poblaciones civiles, empavorecidas por el Ejército soviético. La crueldad o la sangrienta indiferencia en las entregas de poblaciones desplazadas o de prisioneros de guerra que no deseaban volver o de ejércitos guerrilleros entregados a manos de sus verdugos: los terribles casos ocurridos en Yugoslavia y la URSS ¿quién puede hablar plácidamente de las atrocidades nazis, olvidando las de Stalin o las de Tito? El tribunal de Nüremberg puso ante la balanza de la justicia una serie de crímenes y culpables, pero se guardó otros tras la venda de sus ojos: las atrocidades del vencedor nunca son delitos. Pero volvamos al terreno de las grandes incógnitas sobre Hitler ¿estaba loco? ¿desde cuándo sabía que Alemania estaba derrotada? ¿por qué no aplicó la política de un solo frente -el Este- concentrando sobre él todas sus fuerzas? Creemos que tales interrogantes y otros quedan aquí aclarados en medio de la tensa y sofocante atmósfera que se respiraba durante el último mes de guerra en el búnker de la Cancillería... Con menor furia bélica, con menos sangre, como una tragedia de provincia, fue ejecutado Mussolini. Algo que careció de grandiosidad y cuyo único morbo fue la presencia de Claretta Petacci, la fiel amante hasta la muerte. Hitler y Mussolini eran diferentes, tanto como el III Reich y la Italia fascista. Los respectivos finales estuvieron acordes con esas premisas. Y, para concluir el tomo: las tres grandes conferencias internacionales. Se ha incluido aquí este tema porque lógica y cronológicamente es donde más encaja si se ha de tratar unido todo el entresijo internacional que presidió la última fase de la guerra. Teherán, Yalta y Potsdam van a canalizar el final de conflicto y los años -muchos- posteriores. Teherán se nos ha quedado ya lejos en el tiempo al llegar a este volumen, las otras dos magnas reuniones están plenamente insertas en él: Yalta a comienzos del año 1945; Potsdam, después de la rendición alemana. El conjunto tiene unidad en si mismo y el único inconveniente es que alguna consecuencia de la cumbre de Teherán se haya venido constatando sin conocer su origen. Vaya lo uno por lo otro.
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El emperador Napoleón tuvo que abandonar España precipitadamente a comienzos de 1809 a causa de la reanudación de la guerra por parte de Austria. El archiduque Carlos, hermano del emperador, que había reorganizado su ejército y se mostraba dispuesto a oponerse a la reciente extensión del dominio francés en Italia, lanzó en abril una ofensiva sobre Baviera. Napoleón, a pesar de que tuvo que recurrir a un ejército en el que abundaban ya los extranjeros y los contingentes más jóvenes, dio de nuevo muestras de su superioridad militar. En el mes de abril marchó sobre el Danubio e hizo retroceder a los austriacos hacia sus propias fronteras. El 13 de mayo entró en Viena y después de una larga y dificultosa persecución del archiduque Carlos hacia Bohemia, consiguió derrotarlo en Wagram el 5 de julio. El tratado de Schoenbrünn, firmado el 14 de octubre de 1809, volvía a imponer a Austria nuevos recortes territoriales que favorecían a Baviera, Varsovia y al propio zar, mientras que Francia se adjudicaba los territorios de Trieste y Dalmacia que recibían el nombre de Provincias Ilíricas. En abril de 1810, habiéndose divorciado de la estéril emperatriz Josefina, Napoleón se casó con la hija de Francisco I, la archiduquesa María Luisa, con lo que entroncaba así con la casa Habsburgo. Al año siguiente nacería el hijo y heredero de Napoleón al que se le otorgó el título de rey de Roma. Durante estos años se afirmó más el despotismo imperial y se fueron perdiendo aquellas características revolucionarias que estaban en los orígenes mismos del ascenso al poder de Napoleón. Ese despotismo lo sufrió en primer lugar la Iglesia católica, y una muestra de ello fue la detención del papa Pío VII el 6 de julio de 1909 y su reclusión en el palacio episcopal de Savona. Los cardenales que se negaron a asistir a su boda con la archiduquesa María Luisa fueron despojados de sus bienes y desterrados a provincias. En general, los católicos mostraron su desacuerdo con las medidas de Napoleón y se organizaron asociaciones religiosas secretas. El despotismo imperial se manifestó también en la represión policial contra todos aquellos que podían ser objeto de sospecha. Hubo muchos encarcelamientos sin intervención de la justicia en las prisiones del Estado de Vincennes, Mont Saint Michel, Joux y otras. La censura no sólo afectó a los periódicos, que quedaron reducidos a cuatro y que fueron obligados a reproducir los artículos del diario oficial Moniteur, sino a los escritores como Mme. de Staël, cuyo libro De l'Allemagne fue confiscado y destruido en 1810. La policía se convirtió, como decía una circular de 1805, en "el poder regulador que, sensible en todas partes sin que sea percibida, detenta en el Estado el lugar que tiene en el Universo el poder que sostiene la armonía de los cuerpos celestes cuya regularidad nos llama la atención sin que podamos adivinar la causa... Cada una de las ramas de la administración posee una parte que la subordina a la policía". Esa policía no estaba en manos de una sola persona, ya que eso hubiese sido demasiado peligroso. Fouché había sido apartado y junto al ministerio de la Policía, regido por Savary, se organizó una policía particular para cada ministerio y para el mismo Napoleón.La gran política de expansión y el mantenimiento de un gran ejército repartido por toda Europa exigía, por otra parte, un considerable esfuerzo económico que comenzó a recaer fundamentalmente sobre los bolsillos de los contribuyentes franceses a medida que disminuían los fondos de la Caja del Extraordinario, alimentada por los beneficios de las guerras. Los prefectos de los diferentes departamentos eran apremiados para recaudar más impuestos en unos momentos en que se iniciaba precisamente una crisis económica. La producción de riqueza en Francia había sido estimulada por la especulación, por el restablecimiento del orden y de la seguridad, por la intervención del Estado que había regulado las relaciones laborales, y por el propio bloqueo continental que había promovido la industria nacional. Sin embargo, las dificultades comenzaron a aparecer en 1811 a causa de la incapacidad del Imperio de abastecer a una Europa continental aislada del resto del mundo. Tanto en los puertos mediterráneos como en los hanseáticos y atlánticos, se registraba una paralización del comercio y las redes de comunicación interiores que tuvieron que abrirse no fueron suficientes para mantener las corrientes de intercambio existentes hasta entonces. Además, los países aliados y vasallos tenían la impresión de que los intereses franceses prevalecían sobre todos los demás, pues se impusieron unas tarifas aduaneras preferenciales para los productos industriales franceses. Las quejas contra el sistema continental se hacían más intensas en los países del oriente europeo. La dominación napoleónica no solamente imponía un régimen económico desventajoso para todos estos territorios, sino que ejercía una dictadura militar que anulaba las diversas nacionalidades existentes en ellos. Tarde o temprano, estos sentimientos iban a convertirse en revuelta contra aquella dominación. Sólo hacía falta una coyuntura favorable y esa coyuntura iba a facilitarla la campaña de Rusia. Desde la paz de Tilsit en 1807 se había venido aceptando la existencia de dos imperios en Europa: el de Napoleón en Occidente y el del zar Alejandro I en Oriente. Dicho equilibrio aparecía sellado por la amistad entre los dos mandatarios, aunque ni la ambición sin limites del emperador francés ni la disposición del zar ruso, reacia a dejar de participar en la política europea, hacían extremadamente sólido su acuerdo. El segundo matrimonio de Napoleón con María Luisa de Austria dio lugar al estrechamiento de la amistad franco-austriaca y con ella a la aparición de un nuevo reparto de influencias en Europa. Los motivos de fricción con Rusia no escaseaban y entre ellos podían contarse el asunto del gran ducado alemán de Oldenbourg, que pertenecía al cuñado de Alejandro y que había sido ocupado por Francia; la cuestión de Prusia, donde Napoleón se negaba a abandonar la línea del Oder; y el propio bloqueo continental cuya estricta aplicación estaba arruinando a Rusia que mostraba una actitud flexible ante el creciente contrabando y se negaba a aceptar la imposición de las mercancías francesas. Pero la chispa que hizo saltar el conflicto se produjo en el gran ducado de Varsovia, al que Alejandro consideraba como una amenaza. El 8 de abril de 1812, Alejandro conminó a Napoleón a que retirase todas sus tropas a la orilla izquierda del Elba, pero éste, lejos de hacerle caso, preparó un formidable ejército de alrededor de 700.000 hombres, de los cuales sólo un tercio eran franceses y cuyas vanguardias atravesaron el río Niemen a finales del mes de junio. Daba inicio así la última y la más terrible de las grandes campañas de Napoleón. Durante los años de 1811 y 1812, la tensión creciente entre los dos aliados de Tilsit había favorecido el reforzamiento de sus respectivas alianzas. Napoleón había obligado a Prusia a asegurarle el paso por su territorio y además había obtenido de ella aprovisionamientos a cuenta de la indemnización de guerra que aún no había sido satisfecha, y un contingente de 20.000 hombres. Austria se había comprometido a ofrecer a Napoleón un ejército de 30.000 soldados a cambio de la restitución de las Provincias Ilíricas. Por su parte, el zar había obtenido el apoyo de Suecia mediante un acuerdo con Bernadotte por el que a cambio debía ayudar a éste a conquistar Noruega a los daneses. Sus diferencias con los turcos quedaron también resueltas por el tratado de Bucarest (mayo 1812), con lo quedaba con sus espaldas libres de preocupaciones. La campaña de Rusia, a pesar del impresionante ejército que reunió en aquella ocasión, fue desastrosa para Napoleón. El problema no estaba en el ejército rival, que se hallaba formado por unos contingentes que no llegaban a la mitad de las tropas francesas, sino en las enormes distancias que éstas se vieron obligadas a recorrer en unas condiciones verdaderamente precarias a causa de la táctica de "tierra quemada" que practicaron los rusos. No era fácil asegurar el abastecimiento de aquellas masas humanas que se pusieron en marcha para atravesar un territorio devastado voluntariamente por sus habitantes para dificultar el avance del enemigo. El duro invierno de aquellas latitudes fue otro factor que jugó en contra del ejército napoleónico, y el historiador ruso Tarlé ha puesto de manifiesto también en el mismo sentido la importancia de la acción de la guerrilla surgida de entre los campesinos rusos. Sin duda, las condiciones en las que se vio obligado a desenvolverse aquel ejército eran muy distintas de aquellas otras de las tierras italianas en las que Napoleón había demostrado su pericia y su eficacia. Por otra parte, el ejército napoleónico no había evolucionado mucho desde la época revolucionaria. Como señala Georges Lefèbvre, "era una improvisación continua, cuyo poder reside en la exaltación del valor individual y en el genio de su jefe. En la organización de las diferentes armas, las innovaciones fueron de una importancia mediocre". Su principio de que "la guerra debe abastecer a la guerra", que había funcionado en campañas anteriores a causa de la brevedad de su duración y de la posibilidad de vivir sobre el terreno, no iba a servir en un país en el que todos los recursos habían sido destruidos. Napoleón organizó la campaña de Rusia dividiendo a su ejército en tres columnas: la primera debía marchar sobre Riga, en el norte; la segunda debía dirigirse hacia el sur para invadir Ucrania; la tercera, y la más importante, se encaminaría hacia Moscú bajo el mando directo del propio emperador. A pesar de su rápido avance, Napoleón no acertó a librar una batalla decisiva con su enemigo que no cesaba de retroceder. El 26 de junio llegó a Vilna, el 24 de julio a Vitebsk y a Smolenko el 16 de agosto. El comandante de las fuerzas rusas, Kutusov, decidió librar batalla ante Moscú y se estableció en Borodino con 120.000 hombres. Desde el día 5 al 7 de septiembre tuvo lugar un sangriento combate que dio un resultado indeciso. Napoleón no se atrevió a utilizar su Guardia Imperial para mantenerla en la reserva y eso permitió que los rusos pudiesen batirse en retirada ordenadamente. El 14 de septiembre los franceses entraron en Moscú que fue prácticamente destruida por un voraz incendio. ¿Fueron los soldados franceses o fueron los propios vencidos, los culpables de aquella catástrofe? Para algunos historiadores, el incendio fue causado por la falta de precaución de algunos soldados de Napoleón al encender fuego para calentarse en las casas de madera. Otros acusan al gobernador de Moscú, Rostopchin, quien, aunque siempre lo negó, se había llevado en su retirada las bombas contra incendios. Napoleón esperó vanamente durante unas semanas a que el zar le hiciese una oferta de paz, pero el 19 de octubre, temiendo que se le echara encima el invierno, ordenó la retirada. La vuelta fue terrible. El hambre, la fatiga, la falta de provisiones, el continuo hostigamiento de los cosacos y, sobre todo, el frío que hizo su aparición con unas temperaturas que alcanzaban los -20° , diezmaron a aquel ejército que daba una imagen bien distinta de la que había ofrecido al comienzo de la campaña. Después de innumerables penalidades, los supervivientes llegaban a Vilna el 9 de diciembre. De los 700.000 hombres que habían partido seis meses antes, sólo quedaban 100.000. De resto, unos habían muerto en los campos de batalla, pero la mayoría había perdido la vida en el camino y otros habían sido hecho prisioneros.Napoleón se había adelantado a su ejército para volver a París el 18 de diciembre, al enterarse de que el general republicano Malet había urdido una conspiración para hacerse con el poder el 23 de octubre, haciendo correr el rumor de la muerte del emperador. Aunque el golpe había fracasado y Malet había sido ejecutado, Napoleón quiso averiar personalmente cuál era la situación en la capital de Francia y hasta qué punto había peligrado el trono. Al volver a París, cedió el mando de las tropas al general Murat, pero la Grande Arrnée había dejado prácticamente de existir, con lo que faltaba el principal sostén del Gran Imperio. Con el desastre de Rusia surgieron por todas partes nuevos intentos de librarse del yugo napoleónico. A la resistencia nacionalista se unían el fracaso del bloqueo y las agitaciones en el interior de Francia de aquella oposición contraria al Imperio que ahora recobraba nuevo aliento. En 1813, el todopoderoso Napoleón se hallaba ya en una franca fase de declive. Paradójicamente, donde con más fuerza surgió ese movimiento nacionalista fue en Prusia, la única potencia europea que no había pactado hasta entonces con Bonaparte. El levantamiento de Prusia arrastró a toda Alemania, donde sus escritores habían llamado a los patriotas a la "guerra de liberación". Fichte, con sus Discursos a la nación alemana; Arndt, con su Catecismo a los soldados alemanes, y numerosos poetas, con sus panfletos y escritos, contribuyeron a despertar el sentimiento nacional. Presionado por esta opinión, Federico Guillermo firmó la paz con el zar Alejandro el 28 de febrero de 1813 (tratado de Kalich), y declaró disuelta la Confederación del Rin, conminando a los príncipes a abandonar a Napoléón. El barón de Stein, que se hizo cargo del gobierno prusiano después de la paz de Tilsit, había emprendido una importante labor de modernización administrativa, social y política que fue continuada por su sucesor Hardemberg. En el aspecto militar, también se había llevado a cabo en los últimos años una profunda reorganización, con el asesoramiento de uno de los más grandes teóricos de la guerra, Clausewitz, hasta convertir al ejército prusiano en una moderna máquina de guerra que nada tenía que envidiarle al ejército de Napoleón. De esta forma, en 1813 Prusia estaba perfectamente preparada para hacer frente a un Bonaparte en declive. Austria se mantenía expectante porque trataba de conseguir algunas ventajas de la situación de Francia, pero al darse cuenta de que Napoleón no accedería a sus deseos mediante la negociación, declaró rota la alianza con Francia el 14 de abril de 1813. Suecia, con el príncipe Bernadotte a la cabeza, entró también en escena, y Gran Bretaña y España no hicieron más que continuar la lucha que mantenían desde hacía varios años. Así es que todas las grandes potencias europeas acudían por primera vez unidas y simultáneamente a acabar de forma definitiva con el Imperio napoleónico. A pesar de las dificultades por las que había atravesado en la campaña de Rusia, Napoleón había sacado fuerzas para organizar un nuevo ejército, una buena parte de cuyos integrantes habían sido reunidos de entre las tropas que ocupaban España. Según Godechot, en la primavera de 1813, el ejército francés tenía de nuevo en pie de guerra alrededor de 1.000.000 de soldados, lo que le daba una aplastante superioridad sobre rusos y prusianos, cuyas tropas no superaban conjuntamente mucho más de los 100.000 hombres. Pero la moral de los franceses ya no era la misma y el propio Napoleón mostraba ya claros síntomas de cansancio y de agotamiento y no tenía esa claridad de visión de estratega de la que había hecho gala en los primeros años del Imperio.La campaña comenzó a finales de abril, cuando las tropas francesas entraron en Sajonia. En Lutzen fueron atacadas por los prusianos, pero pudieron seguir adelante hasta llegar a Bautzen el 21 de mayo, donde batieron a los rusos. Sin embargo, los ejércitos ruso y prusiano pudieron retirarse a tiempo y comenzaron a maniobrar en la frontera austriaca con el objeto de arrastrar al canciller austriaco Metternich a su campo. Éste se limitó a mediar y, a sugerencia del mismo Napoleón, presentó un plan de armisticio a los contendientes que fue aceptado el 4 de junio (Pleiswitz). Estaba claro que unos y otros necesitaban ganar tiempo para reorganizarse y recuperar fuerzas. Napoleón rechazó las condiciones de los aliados que le pidieron la supresión del ducado de Varsovia y de la Confederación del Rin, la autonomía de las ciudades hanseáticas, la restitución de las Provincias Ilíricas y la independencia de Holanda. En agosto se reanudó la guerra y el 26-27 de ese mes obtuvo Napoleón la última de sus grandes victorias en Dresde. No obstante, tuvo que replegarse hasta Leipzig para evitar quedar encerrado y allí se libró la "batalla de las naciones" entre el 16 y el 18 de octubre. Fue un encuentro encarnizado en el que los franceses perdieron a 60.000 hombres. En la retirada, una epidemia de tifus hizo aún más dramático el repliegue hacia el otro lado del Rin. Alemania recuperaba sus fronteras de 1804 y Francia se veía amenazada por una invasión de los aliados. El último asalto de esta guerra contra Napoleón se iba a desarrollar en suelo francés. Lo único que hacía falta es que los aliados se pusieran de acuerdo en los objetivos. Alejandro de Rusia quería entrar en París para desquitarse del incendio de Moscú y dictar desde allí sus condiciones de paz. Prusia quería también una victoria total, pero desconfiaba de una hegemonía rusa. Gran Bretaña quería separar la acción de Napoleón con la de Francia, a la que no quería aniquilar para poder mantener el equilibrio en Europa. Era partidaria de la independencia de Bélgica y por consiguiente no aceptaba el mantenimiento de las fronteras del Rin. Austria quería también el mantenimiento del equilibrio, pero no le importaba que Napoleón siguiese al frente de una Francia inofensiva y que se mantuviesen las fronteras del Rin. Por eso Metternich intentó hacer un ofrecimiento de paz a Napoleón sobre la base de un retroceso a las "fronteras naturales" de Francia que no fue aceptada.Los aliados iniciaron la ofensiva el 21 de diciembre de 1813 cogiendo por sorpresa a Napoleón, que no esperaba el ataque hasta la primavera. El avance se efectuó por las cuencas de los afluentes del Sena en un movimiento convergente que tenía como meta la capital francesa: Bülow, con los anglo-prusianos, descendió por el valle del río Oise; el viejo general Blücher, con los prusianos, lo hizo por el valle del Marne; Schwarzenberg, al mando de las tropas austriacas y rusas, por el del río Marne. Pero Napoleón, en un esfuerzo de recuperación que sorprendió a sus enemigos, consiguió hacerles frente por separado y detener su avance. Los aliados, ante este imprevisto, quisieron negociar y a este propósito se convocó una reunión en Chatillon-sur-Seine el 7 de febrero de 1814, a la que Napoleón envió como su representante a Caulaincourt. Pero las conversaciones se interrumpieron ante las exigencias de los franceses que entrevieron la posibilidad de batir por separado a los austriacos y a los prusianos. El 9 de marzo, Gran Bretaña, a través de su ministro Castlereagh, exhortó a los aliados a reforzar la coalición mediante la firma del tratado de Chaumont, por el cual las cuatro principales potencias: Inglaterra, Rusia, Austria y Prusia, se comprometían a permanecer unidas durante veinte años y a impedir que Napoleón se mantuviera en el poder. No obstante, Napoleón no cedía, pero sus maniobras no consiguieron detener la marcha de los aliados que se presentaron ante París el día 30 de marzo, obligando a capitular a la capital de Francia que carecía de defensa. Todavía intentó Napoleón lanzar a lo que quedaba de su ejército para recuperar París, pero sus mariscales más ilustres, entre los que estaban Ney, Lefèbvre, Moncey Oudinot, se negaron a seguirle y le pidieron que abdicase. Bertier de Sauvigny cree que la Francia de 1814 había seguido a Napoleón más por miedo o por inercia que por entusiasmo o confianza. El pueblo, cansado de una guerra constante, deseaba la paz, no importaba a qué precio. El día 6 de abril, en Fontainebleau, el emperador firmaba su renuncia cuando en París el Senado había ya instituido ante los aliados un gobierno provisional presidido por Talleyrand hasta que llegase el rey Luis XVIII con el que había de restaurarse la Monarquía de los Borbones en Francia. Unos días más tarde, el 10 de abril, Wellington culminaba su avance desde la Península derrotando al general Soult en Toulouse, sin que ninguno de los contendientes supiese aún que Napoleón había ya capitulado.Los vencedores habían acordado enviar a Napoleón a la isla de Elba, frente a la costa meridional de Italia, donde recibiría una dotación anual por parte del gobierno francés. A María Luisa y a su hijo se les concedía el ducado de Parma así como unas rentas a la familia Bonaparte.El Tratado de París, firmado el 30 de mayo de 1814, obligaba a Francia a volver a sus fronteras de 1792, aunque se le respetaban algunos pequeños territorios como Mulhouse, Montbéliard, Chambéry, Annecy, Avignon y el condado Venasino, así como las colonias de Martinica, Guadalupe, Guayana, la isla de la Reunión y las factorías del Senegal y de la India.De esta forma, y aunque Napoleón tuviera que volver todavía a materializar un nuevo intento de recuperar el poder en aquel episodio conocido como los "Cien Días", terminaba todo un ciclo en la historia de Europa que había situado a todo el continente bajo la égida de uno de los personajes más sobresalientes de todo el siglo XIX y del que se han escrito incontables obras y estudios de carácter muy diverso, hasta convertirlo en un auténtico mito. Pero no sólo en el terreno historiográfico, la figura de Napoleón ha suscitado una gran atención, también los grandes músicos -Beethoven, Schumann, Schönberg, Prokofiev-, el cine, la literatura, y hasta la sociedad de consumo, se han sentido atraídos por la personalidad y por la obra de aquel petit caporal corso que llegó a emperador.Con motivo del bicentenario de la Revolución francesa se planteó entre algunos historiadores la polémica de si el hecho revolucionario en sí y, consiguientemente la obra napoleónica, eran, o no, un fenómeno inevitable para dar paso a una Europa profundamente cambiada y en expansión como fue aquella que nació en los albores del siglo XIX. Y aunque hay que reconocer que las corrientes de cambio profundo que movieron el mundo hacia adelante en aquellos tiempos habían comenzado antes de 1789, con la Revolución americana, con la impetuosa revolución industrial y con las revoluciones científica y cultural y con las transformaciones económicas que se estaban operando en todas partes, resulta difícil pensar que sin los acontecimientos que se produjeron en Francia a partir de 1789 y sin la participación de los genios individuales que le dieron impulso, la historia hubiera transcurrido por donde transcurrió. Quizá la clave de este cuarto de siglo con el que se abre la Historia Contemporánea sea -como ha afirmado David Thompson- en que fue demasiada la historia que se desarrolló en tan poco tiempo. El viejo orden hubiese desaparecido de cualquier forma, pero podría haber desaparecido más lenta y pacíficamente. Y de cualquier forma, "aquellos tiempos -como afirma el historiador inglés- fueron superabundantes de energías, extraordinariamente ricos en incidentes épicos y ejercieron un extraño atractivo y fascinación para las generaciones posteriores".
obra
Otro tema de la historia de Moisés, pintado para Paul Fréart de Chantelou, entre 1637 y marzo de 1639, y remitido a París al mes siguiente. Se trata de la primera obra dirigida a este mecenas francés, que se convertirá en uno de sus más fieles clientes. Es una de las obras de más éxito de Poussin, y ha gozado de larga fama entre los pintores franceses, en especial Delacroix y Degas, quienes realizaron sendas copias. El asunto procede del Éxodo: acosados por el hambre en su travesía por el desierto, los israelitas murmuran contra Moisés. Yahvé entonces comunica al profeta que hará llover pan cada día desde el cielo. Por la mañana, al evaporarse el rocío, quedó en el suelo una cosa menuda, parecida a la escarcha, como granos. Los israelitas, asombrados, se preguntaban: "¿Qué es esto?", es decir, lo que en hebreo significa "maná". Estos granos fueron su sustento. La obra mereció el estudio del propio Le Brun, quien destacó la mezcla de mujeres, hombres y niños en edad y temperamento diferentes; el estudio definido y separado de cada grupo, uno de los cuales, la mujer a la izquierda, es la alegoría de la caridad; en segundo plano, la figura de Moisés, intercesor ante Dios, tomado, significativamente de la estatua de la Séneca, el estoico, en la Villa Borghese de Roma. En fin, Le Brun admirará este lienzo por la resolución de dos problemas que atenazaban a los pintores barrocos: la verdad y la fidelidad histórica y la unidad de lugar, acción y tiempo, que serán las normas máximas de la Academia y el clasicismo francés.
contexto
En la frontera occidental del reino, la resistencia musulmana se extinguió una vez tomadas Ronda y su Serranía en 1485. La intervención de los Reyes Católicos favoreció la discordia en el interior del reino y favoreció decisivamente los planes castellanos. Granada, dividida en bandos, apoyaba en parte a Boabdil y en parte a Muhammad b. Sa'd. Finalmente, Boabdil reconoció a su tío, tras sangrientas batallas entre partidarios de una y otra facción en el interior de la ciudad. Los Reyes Católicos acordaron adueñarse de las fortalezas de Granada y de Loja; en este último lugar, todo el esfuerzo granadino por defender la plaza fue inútil: los castellanos entraron el 29 de mayo de 1486. A continuación cayeron los castillos de Moclín, Colomera y Montefrío y en poco tiempo los castellanos dominaban la Vega. Los musulmanes fueron conscientes, entonces, de la absoluta vulnerabilidad de Granada. Los Reyes Católicos exigieron un nuevo juramento de vasallaje a Boabdil y, a cambio, le dejaron el gobierno de la zona que iba de Guadix y Baza a Vélez-Rubio, Vélez-Blanco y Mojácar. Con ello simulaban crear un emirato autónomo que en realidad estaba bajo su control, y por otra parte contribuían, una vez más, al proceso de desunión entre los granadinos. La guerra tuvo un respiro en el año 1488, mientras los nazaríes pedían ayuda a los musulmanes de Fez y Tremecén quienes, a su vez, habían entablado conversaciones con los Reyes Católicos. Éstos prometieron mantener la paz con la corte de Fez a cambio de su abstención en el conflicto granadino. Mientras en Granada Boabdil ganaba impopularidad, los Reyes Católicos hacían ver que no respetarían los compromisos adquiridos. Conocida es la crónica que describe las actividades llevadas a cabo en la toma de Granada por los castellanos: Isabel edificó en 1491 el campamento de Santa Fe en el valle del Genil. Los granadinos, impotentes, apenas intentaron algunas salidas en los seis meses siguientes a dicha edificación. La situación de Granada se hizo precaria, abatida por el frío y la escasez de víveres. Boabdil entabló en secreto negociaciones con los Reyes Católicos para rendir la ciudad. No está clara su actitud, si actuó impulsado por un cierto sentido realista ante la imposibilidad de mantener viva la Granada de los nazaríes, o por abandono y falta de fuerzas. En cualquier caso, la noche del 25 de noviembre de ese año Abu I-Qasim al-Mulih, uno de los colaboradores del monarca granadino en las negociaciones con los castellanos, firmó en Santa Fe los documentos que contenían las cláusulas de la capitulación de Granada. Los musulmanes prometieron entregar la ciudad a finales de marzo de 1492, pero los castellanos exigieron rendición inmediata desde diciembre de 1491. Guiado por Ibn Kumasha y al-Mulih, el comendador de León, don Gutierre de Cárdenas y otros oficiales entraron en Granada sin ser vistos la madrugada del 1 al 2 de enero; por la mañana, Muhammad XII, Boabdil, hacía el acto simbólico de entrega de las llaves de la fortaleza a don Gutierre, en la Torre de Comares. El conde de Tendilla y sus tropas entraron en la Alhambra y el pendón de Castilla se izó en una de las torres, la que aún hoy se denomina Torre de la Vela. Boabdil abandonó la ciudad sin que sus súbditos lo supiesen. Rindió homenaje a los Reyes Católicos a las puertas de la ciudad, antes de salir en dirección a las Alpujarras, cuyo dominio se le concedió. A sus familiares y visires se les atribuyeron tierras y bienes en metálico. Boabdil se instaló con su familia en Andarax, hoy Laujar. En 1493 murió su mujer, Moraima, y el sultán decidió abandonar la Península. Los allegados a Boabdil vendieron sus bienes y, en octubre de ese año el monarca granadino se embarcó en Adra, junto con sus familiares, con destino a Melilla y Fez. La guerra de Granada había terminado.