El barroco español del siglo XVIII es un sistema, cualquiera que sea su medio de expresión, esencialmente decorativo. Despliega en numerosos casos todos los recursos de la imaginación, por lo que parece pretender igualar el estallido de los mosaicos y mármoles medievales o los grutescos de pleno renacimiento. No obstante, en el siglo XVIII se pretende matizar la exuberancia decorativa que se presenta en versiones originales, dispuesta bajo una retórica que alcanza con frecuencia un carácter apasionado. Las composiciones enlazan y prolongan el juego de la arquitectura y en ella se exige un esfuerzo de contenido casi equivalente a los cuadros de caballete.En el esfuerzo constante por dar a la representación pintada o esculpida una organización específica, la decoración ha dejado de oscilar hacia la exclusiva arbitrariedad de la fantasía y el repertorio religioso. Se inclina en el siglo XVIII a expresar un punto de vista de contenido más universal, el cual subraya el deseo de un idealismo intelectualista, que se reconoce en el gusto por las ficciones de la mitología, la predilección por la alegoría, por la historia, por la ciencia, etc., que pone en evidencia el carácter culto y moralizador de la época, así como la cultura del artista.Esta orientación fue vigorosamente definida en edificios de aspiración monumental, los cuales fueron, a través de un mensaje, afirmando y precisando los caracteres de la específica función de sus espacios, ofreciendo en su fachada principal el corolario de su destino. Los mensajes científicos, históricos y alegóricos constituyen una modalidad de expresión de la que careció el siglo XVII pues están destinados a poner en valor un arte que muestra sus preocupaciones por un excepcional liberalismo cultural, desligado de la piedad barroca obsesiva. Se franquea un umbral y se alcanza la idea del concepto de organismo arquitectónico magnificado, a través de la representación visual de lo profano.Un número destacado de monumentos testimonia la precisión de tales ejercicios de representación, para lo cual se rechazan los contenidos fáciles o los medios considerados como artificiosos o sin contenido. Destinados a poner en valor la calidad plástica de esculturas, pinturas o relieves, el genio intrépido y erudito del artista busca una nueva manera de expresión bajo el estímulo de un buen decorador que se siente poderosamente atraído por las inquietudes intelectualistas de su época.Debería ser suficientemente apreciado el valor documental que aparece en este diario de imágenes dotado de un encanto penetrante, que extrae toda su sustancia de la revisión al saber de aquel período. Convertido el artista en ese investigador que escudriña el pasado histórico, los ideales legendarios o el atractivo de lo empírico, nos muestra una experiencia nueva a través de la cual expresa en su obra su maduración política, social, intelectual y científica, entrando en el marco del mundo moderno, en el que se afirma la necesidad de una conciencia exacta de la correspondencia de las formas con la utilidad de los edificios, con los medios o con las funciones a las que se destinan.Tal perspectiva comienza a ser cuestionada en el giro, más libre, que buscaba la cultura barroca española desde los comienzos del siglo. Estas especulaciones de carácter nuevo quedaron reseñadas en determinadas iniciativas arquitectónicas, entre las cuales queremos resaltar algunas que consideramos del mayor interés.La fachada de la Universidad de Valladolid (1714) se traza con la pureza y aspiración de la mejor proyectiva retablística barroca. Es una feliz tentativa de ordenación monumental en la que el autor, F. P. de la Visitación, con habilidad y riqueza de temperamento, extrajo aquello que mejor podía servir a elevar el tono de su decoración. La fachada está compuesta por un orden gigante tetrástilo corintio, alzado sobre altos pedestales. El frente de piedra se corona por un potente edículo. Tres cuerpos, ordenados en esquema vertical, servirán de habitáculo a un programa iconográfico albergado en hornacinas y espaciado por los interejes, la calle central y el frontispicio del remate. La escultura corre a cargo de Antonio Tomé y de sus hijos Narciso y Diego. El espíritu de invención que en el programa aparece lo constituye la interpretación de la Sabiduría y de aquellos que la respetan y la impulsan. Las esculturas son alegorías de la Ciencia que se imparte en la Universidad; por ello aparecen en el primer cuerpo la Retórica y la Geometría, en el segundo la Teología, la Ciencia Canónica y la Ciencia Legal, y en la cumbre la Astrología, la Medicina y la Filosofía.Como colofón, en lo más alto, la Sabiduría. La versión brillante del saber se complementa con las imágenes de los reyes que protegieron la Universidad a lo largo de la Historia. Es la imagen simbólica de la protección de la ciencia que se encarna en la Monarquía y en nombres como Juan I, Alfonso VII, Enrique III y Felipe II, soberanos que aparecen sobre la balaustrada. Es una obra razonadora, que justifica cada detalle por puntuales razones históricas, científicas, académicas, y que ha quedado en la vanguardia del siglo XVIII como un testimonio de una nueva inquietud artística y semántica.En el Colegio de San Telmo de Sevilla (1734), obra de Leonardo de Figueroa y fundación para escuela de mareantes y formación de marinos para la flota española, la fachada principal se rige por los mismos principios. Articulada en vertical con potentes pilastras y dos cuerpos principales, también se corona por un edículo, trasladando al exterior el cuerpo de un retablo. Perfeccionada hasta en los efectos de detalle más mínimos, ofrece en su dinámica pujante un contrapeso a la horizontalidad del edificio. Son Atlantes los que sostienen la peana y los dinteles del balcón principal dominados por la mecánica expresiva del arte profano de la Antigüedad. En su engranaje barroco el artista se ha servido de un espectacular programa iconográfico renovador. El edificio desde el exterior pregona su propia función de preparar marinos para la flota de las Indias. Es este mundo geográfico el que se expresa en sus relieves. Se representan las Ciencias y las Artes que se enseñan en el recinto. Se muestran, hasta con ostentación, esculpiendo en las peanas su nombre, y así están presentes la Astronomía, la Náutica, la Geometría, la Pintura, la Aritmética, la Arquitectura, la Escultura y la Música. En lo alto, los protectores monárquicos, san Leandro y san Hermenegildo, a los que acompaña san Telmo como patrón de los navegantes. En el centro, un medallón con la imagen de Felipe V encarnando a la Monarquía como fiel protectora de la sabiduría de los hombres.Se ejecuta en la misma dirección el programa iconográfico de los lienzos principales de la Plaza Mayor de Salamanca (1720-1755), por obra de Alberto Churriguera y de Andrés García de Quiñones. En el frente del Pabellón Real y Casas Consistoriales se centralizan los contenidos más importantes. En el primero presiden las Armas Reales y san Fernando como protector de la Monarquía. Los pináculos terminan en flor de lis, atributo de la monarquía borbónica. Las efigies de los monarcas aparecen sobre medallones y abarcan la serie completa de monarcas castellanos, desde Alfonso XI a Fernando VI. Los Reyes Católicos y Felipe el Hermoso con Juana la Loca aparecen emparejados. Se incluyó al final el busto de Carlos III en uno de los medallones de las Casas Consistoriales. Felipe V aparece por tres veces y también figura la reina Isabel de Farnesio.Otra serie se dedica a los héroes de la historia nacional. Guerreros, capitanes, caudillos, descubridores y conquistadores. Así aparecen Bernardo del Carpio, el Cid Campeador, el portugués Pelayo García Correa, Guzmán el Bueno, el Marqués de Villena, el Gran Capitán, Ponce de León, Pizarro, etc. La escultura estuvo a cargo de Alejandro Carnicero. Los jalones decisivos de la historia patria quedaron corporeizados por los reyes y por los hombres insignes. En la fachada del Ayuntamiento, y bajo la protección del apóstol Santiago patrón de España, las alegorías de la Justicia, Prudencia, Fortaleza y Templanza, el fundamento ético de todo buen gobierno.También en la fachada del Hospicio madrileño de San Fernando (1720) Pedro de Ribera se muestra con la misma elocuencia. La fachada principal, pulida con la delicadeza de un material noble, se despliega en un formidable giro ascendente, desarrollando las formas o comprimiendo el gesto de las figuras sin faltar a la claridad absoluta, tanto en el conjunto como en el detalle. Logra la más completa articulación de los planos, lo cual asegura su armonía y la visión plástica integral que la caracteriza. Pero también se aprecia en su programa iconográfico escultórico, ejecutado por J. V. Ron, la heroización monárquica como protectora y benefactora de los hombres. Los encuadres de follaje, el cortinaje que le imprime el carácter de espectáculo a la representación, el poderoso encadenamiento figurativo, ondulante y lleno de vitalidad, descubriendo al espectador el poder de las formas gigantes, es un simbolismo explícito de imágenes dominadas por la vida.El riguroso marco escultural representa la aspiración de la monarquía como guía protectora y renovadora. Se mantiene la disposición de la fachada, libre del monumento en el aspecto físico, pero no de su función. Nos muestra con acento visible, casi furioso por la inquietud del genio del artista, el valor de las formas visuales como expresión de lo que representan. Ribera se inclina por la escenografía teatral donde triunfan tantas veces sus dotes de maestro de la perspectiva, y también por su gusto por una arquitectura visualizada desde un entorno al que potencia el edificio y decora, dando paso a sus dotes de gran urbanista. Pero en su organización compleja confiere un valor al mensaje alegórico, de raíz laica más que religiosa. Convierte su obra en telón donde se proclama el proteccionismo monárquico por la obra benéfica. Es un mensaje tras el cual se puede adivinar la función del edificio. La decoración barroca transmite el mensaje político de la monarquía.También la fachada del Palacio del Marqués de Dos Aguas en Valencia (1732), fruto de la colaboración de dos artífices, H. Rovira e I. Vergara, nos muestra a través de una bella y elegante disposición de estilo rococó, en la que se entrelazan rocallas y elementos vegetales, una exaltada alegoría al título nobiliario de los propietarios del edificio y un poema descriptivo de la fecundidad de las tierras de la comarca valenciana encarnada en dos corpulentas figuras masculinas que personifican a los dos importantes ríos, Júcar y Segura. A los pies, grandes odres vierten un abundante caudal de agua.Del mismo modo, en el Gabinete de Ciencias Naturales (actual Museo del Prado), edificio que condensa toda la poética artística de Juan de Villanueva (1786), no se elude su homenaje a la Ciencia y a las Artes, a la Sabiduría, a través de un repertorio iconográfico inspirado en la mitología clásica, como asimismo se enaltece a sus protectores. Bajo el mismo efecto ornamental se decora la fachada de la Universidad de Oñate, la Universidad de Cervera, el Palacio madrileño del Real Correo, etc. Articulándose siempre en la fachada principal de los edificios representativos del siglo XVIII, el ornamento arquitectónico se ha puesto al servicio incondicionado de ofrecer un mensaje explícito con una idea más clara de la historia humana española, en su progreso científico, en sus valores profanos. El arte vino a ser propaganda de la renovación cultural y científica de Felipe V, de sus disposiciones a favor de la creación de las Academias, de la Biblioteca Nacional, del Gabinete de Historia Natural y de Botánica, de la Escuela de Veterinarios, de la Dirección de Trabajos Hidrográficos, de la Escuela de Ingenieros de Caminos, del Gabinete de Máquinas del Buen Retiro, o la Escuela de Arquitectura Hidráulica. Toda esa gran empresa llegó a estar resumida en la "Instrucción reservada..." redactada por Floridablanca en 395 puntos que afectan a educación, administración, gobierno, academias, etc. Ya Amor de Soria puso en evidencia la "Enfermedad chronica de España... sus causas y sus remedios" en 1741, males que Maravall supo admirablemente analizar en su investigación puntual sobre "Tendencias de reforma política en el siglo XVIII".En el marco de la nueva cultura barroca del siglo XVIII, el control a los sistemas de residencias reales marca una posición directora. Se procede a una investigación en cuanto afecta a valores de utilidad y de funcionamiento, sin embargo, el proceso especulativo que aviva en el fondo, entrevé una clara emancipación de las formas convencionales, enfatizándose el diseño a través de una proyectiva rica, elocuente y ostentosa. De muy poco servían ya las recomendaciones de Lescot, ni aquellas que elaboraron Jacques Androet Du Cerceau el Viejo en su "Livre d´architecture" con novedoso acento, o Serlio en su "Libro Sexto". Tampoco "Le plus excellents bastiments de France" que había sido libro permanente de consulta a lo largo del siglo XVII, al igual que la aportación en este campo realizada por Louis Savot de la que haría un sustancioso comentario F. Blondel sobre la edición de 1685, y la reflexión llevada a cabo por Pierre Le Muet, tratados que en su conjunto habían sistematizado las formas de las viviendas de alto rango y de otras diversas categorías, en el curso de una larga etapa.
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La manifestación más representativa y monumental de la arquitectura arcaica es el templo. Se trata de una construcción muy elemental en origen, derivada del mégaron micénico, en la que el espacio se reparte entre un breve ámbito de acceso -pronaos- y una sala -naos-, en la que se deposita la estatua del dios. A estos espacios contiguos y comunicados se añadió un tercero -opistodomos- adosado al otro extremo de la cella o naos, pero incomunicado con ella. Una columnata exterior envuelve el conjunto, así como en el interior se pueden colocar columnas para ayudara sostener la techumbre. A un esquema tan sencillo correspondieron en un principio materiales asimismo humildes y deleznables, el adobe y la madera, de ahí que apenas conozcamos la apariencia de aquellos viejos santuarios, entre los cuales, los predecesores del Templo de Apolo en Thermos, el primitivo Heraion de Olimpia y su equivalente en Samos. Pronto se inicia, sin embargo, un período de reflexión y mejoría en las fórmulas constructivas, que desembocará en la sistematización de los órdenes arquitectónicos. Acuña entonces la arquitectura griega principios y soluciones susceptibles de ser perfeccionadas y embellecidas en el aspecto formal, como así ocurrió con el paso del tiempo, pero inamovibles en lo esencial. De hecho, un orden no es otra cosa que un canon razonado y orgánico de elementos imbricados entre sí y, una vez descubierto y aceptado, los griegos se atuvieron a sus normas durante siglos y sólo dieron al traste con algunas de ellas en el Helenismo.
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Zapateros, orfebres, alfareros, tejedores, etc. trabajaban en talleres, en los que solían también vender sus productos. Muchos de ellos eran muy pequeños, aunque otros podían llegar a reunir hasta 70 trabajadores. No debemos olvidar que también se realizaban trabajos domésticos como la panadería, confección, etc. elaborados en su mayoría por los esclavos en las grandes casas señoriales, alcanzando algunas a ser autosuficientes. Normalmente existían dos tipos de talleres: los destinados al consumo local, que producían objetos menos elaborados y más baratos, y los destinados a la exportación, que servían productos sofisticados y a precios elevados. Algunas ciudades solían especializarse en productos concretos, alcanzando fama la cerámica de Arezzo o los bronces de Mantua. Los talleres solían ser propiedad de hombres libres, mientras que la mano de obra era en su mayoría esclava. Tejidos, vidrio, calzados, monedas, cerámica,... todo tipo de productos podía encontrarse en la mayoría de las ciudades del Imperio, ciudades que debían su urbanismo y la edificación a un amplio número de artesanos que demostraron su buenas maneras. El trabajo en la construcción solía ser realizado por hombres libres, aunque también encontramos esclavos y asalariados. La mayoría de los artesanos se unían en "collegia" o agrupaciones para la defensa de sus intereses, germen de los gremios medievales.
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La aparición de especialistas artesanales va ligada a una mayor complejidad social, pues el incremento de la demanda de manufacturas hace que la fabricación de éstas salga del círculo familiar de autoconsumo en el que se circunscribe para recaer en personas exclusivamente dedicadas a ello o que, al menos, le dedican buena parte de su tiempo. Ya desde tiempo muy lejanos aparecen artesanos especializados en la producción de determinados objetos o servicios, que venden al resto de la población. Zapateros, posaderos, cocineros, panaderos, tejedores, etc. son oficios que surgen a partir del III milenio. En principio, estos oficios están ligados al ámbito público, controlados por el templo y el palacio. La actividad artesanal de ámbito privado no surge hasta mediado el II milenio. Los artesanos suelen organizarse en talleres familiares, en los que el conocimiento se transmite de generación en generación. Las manufacturas artesanales aportaron muchos recursos a la economía sumeria. El conocimiento de la fundición de metales les permitió trabajar el cobre y el bronce, éste en mayor medida, con los que fabricaron armas, carros militares, joyas, herramientas agrícolas, objetos suntuarios, etc. También trabajaron la cerámica, el textil y la peletería. Durante la III dinastía de Ur el artesanado estuvo controlado por el palacio, a través de diversos funcionarios que vigilaban a las cuadrillas de trabajadores libres o esclavos.
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El ascenso de nuevos grupos que prosperaban económicamente aprovechando las posibilidades que se abrían en el comercio, en las actividades mineras y agrarias, en la industria, en las finanzas, en la asociación con el capital extranjero o en la mera especulación generó tantas nuevas burguesías -que controlaron simultáneamente el mundo de los negocios y el mundo de la política- como países. Pero el crecimiento de las clases medias urbanas constituidas por quienes ejercían el comercio o una profesión liberal, los burócratas, los militares, los funcionarios fue sobre todo urbano; en cambio en las regiones con predominio de los enclaves agrícola o minero se producía una mayor desigualdad social. Los sectores populares también se expandieron en relación con las nuevas posibilidades que ofreció el crecimiento de las ciudades: el servicio doméstico, el empleo en el pequeño comercio y los servicios de orden público. El proletariado industrial, surgido en las barriadas obreras especialmente en los países que procuraron la expansión del mercado interno y la industrialización. Por eso los años finales del siglo XIX y los comienzos del XX fueron la época de la articulación del movimiento obrero por un lado y la de los Radicalismos en el gobierno por otro. Las mujeres tuvieron en ambos procesos su papel y su acción. Gráfico El éxodo rural y la llegada de inmigrantes conformaron verdaderos cinturones marginales en las áreas urbanas. Las tremendas condiciones de vida y de trabajo, la escasez de recursos -sanidad, educación, seguridad- y la rapidez del fenómeno exigían una respuesta por parte de la sociedad. Y la hubo desde diversos ángulos, muy especialmente desde las posibilidades de acción de las mujeres entonces. Algunas siguieron las directrices de la Doctrina Social de La Iglesia, emanadas desde la Encíclica Rerum novarum de León XIII, como las argentinas Luisa Luque y M? del Pilar Spano; tras la creación de la Liga Democrática Cristiana y la Liga Social Argentina (1908) en 1923 se fundó la Unión Popular Católica Argentina, que tenía una rama femenina, la Liga de Damas. Otras mujeres plantaron el sindicalismo desde la ideología socialista, anarquista y marxista o desde la justicia social sin carga ideológica: fueron las pioneras Eloísa Zurita, en el Chile de finales del XIX y principios del XX, Fenia Chertkoff, ucraniana activista en Argentina, y su hija Victoria Gucovsky, además de Alicia Moreau; las uruguayas Virginia Bolten, María Collazo, y Juana Rouco ; las colombianas Betsabé Espinosa y M? Ángeles Cano; las mexicanas María Malar, maestra, y Esther Chapa; las peruanas Manuela Díez Chaflojo e Irene Salvador, y la hondureña Visitación Padilla.
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Todos los autores coinciden en que la obra de municipalización de Augusto en Hispania fue continuadora de la de César. Se pueden contabilizar una treintena de ciudades privilegiadas atribuibles con certeza al periodo augusteo entre colonias, municipios y núcleos con el apelativo Augusta. Muchas de estas ciudades que Roma había creado u ocupado a lo largo de la conquista, sufrirán ahora una intensa renovación en sus estructuras urbanas como bien ha demostrado la reciente investigación arqueológica. Además de la promoción municipal y de la reurbanización de viejas urbes, con Augusto se produjo lo que podríamos llamar la articulación conjunta del territorio hispano. El mapa de la red de calzadas de la Hispania altoimperial nos permite observar el entramado viario de unas ciudades con otras, a la vez que nos indica una jerarquización más estricta, según la cual se potenciaron los núcleos ubicados en nudos de comunicación, al servicio de una reforma administrativa de carácter totalizador. Se podría decir, en suma, que con Augusto finaliza el respeto romano por la situación heredada, y se inicia un cambio estructural en profundidad tanto en el urbanismo como en la organización territorial. Durante el Principado, como es sabido, se procedió también a rematar la conquista de la Península con el sometimiento de cántabros y astures. Este hecho trajo como consecuencia la creación, en el NO, de centros urbanos con funciones administrativas y económicas precisas. Es decir, aquellos territorios hispanos con un nivel de urbanización más escaso, iniciaron a partir de este momento su entrada en el sistema de articulación urbana fomentado por Roma en Hispania.
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En julio de 1789 se encargó a una comisión de la Asamblea Constituyente la preparación de un borrador sobre los principios fundamentales en los que debía basarse la Constitución. Esa comisión, después de amplios debates en los que se cuestionó su oportunidad, decidió encabezar la Constitución con una declaración de derechos. La Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano se terminó el 26 de agosto y con ella se puede decir que quedaron codificadas las ideas fundamentales de la filosofía política del siglo XVIII. La influencia en ese texto del ejemplo americano es reconocida por todos los tratadistas. El hecho de que fuera La Fayette, uno de los héroes de la independencia americana, el primero que propusiese un proyecto, resulta significativo. Otros participantes en la Guerra de la Independencia norteamericana, como Mathieu de Montmorency, intervinieron fervientemente en la defensa del proyecto. Sin embargo, a pesar de esta influencia la declaración francesa es de carácter más universalista que la norteamericana y sus redactores la aprobaron con el propósito de que pudiese ser aplicada a todos los tiempos, a todos los países y a todos los regímenes.La Declaración de los derechos del hombre contiene una serie de artículos sin un orden preciso, lo cual refleja la enorme cantidad de proyectos y la amalgama de enmiendas a que dio lugar la aprobación del texto definitivo. Pero por encima de todo, destaca la defensa de la libertad, descrita como "el derecho a hacer todo lo que no moleste a los demás". El documento establece con claridad las bases jurídicas de la libertad individual. Sin embargo, aunque se describen con detalle la libertad de opinión y la libertad de prensa, nada se dice de la libertad de cultos, ni de asociación, ni de enseñanza. En cuanto a la igualdad, el primer artículo especifica que "todos los hombres nacen iguales" y más adelante, en el artículo 6 se precisa que la ley es igual para todos. También se establece expresamente la igualdad judicial y la igualdad fiscal. Entre los derechos naturales imprescriptibles se menciona el derecho de propiedad y al final se repite que la propiedad es "sagrada e inviolable".La Declaración de derechos define la soberanía, que reside -según se dice- en la Nación (art. 3). Establece también el principio de la separación de poderes y aparece la idea de que el poder legislativo emana de todos los ciudadanos que lo expresan directamente o a través de sus representantes (art. 10).En definitiva, el texto aprobado el 26 de agosto puso las bases del Derecho público francés y constituye, en razón de su exaltación de los derechos del individuo, el primer documento solemne del liberalismo político. Se trata, como afirma Godechot, de la obra de una clase, la burguesía, aunque también es producto de las circunstancias. Al mismo tiempo que condena al Antiguo Régimen, debía constituir la base del nuevo orden. Pronto se convirtió en el dogma de la revolución y de la libertad. Por eso el gran historiador Michelet la calificó de "credo de la nueva era".Luis XVI consideraba la Declaración como un texto revolucionario y se negó a sancionarlo, como tampoco sancionó otros decretos aprobados el 4 de agosto. Sólo una nueva revuelta popular podía obligar al rey a asumir estos documentos, y la revuelta se produjo, alentada por la escasez de alimentos y por el alza de precios. El 5 de octubre, una manifestación de mujeres seguida por la Guardia Nacional se presentó en Versalles, arrancó al rey la sanción de los decretos y al día siguiente obligó a la familia real a trasladarse a París. La Asamblea la siguió a la capital e hizo suya la teoría de Sieyès sobre el poder constituyente: es decir, que la Asamblea estaba por encima del rey y que por consiguiente éste no podía rechazar las disposiciones constitucionales. Durante los dos años siguientes, la Asamblea iba a disfrutar de unos verdaderos poderes dictatoriales e iba a gobernar soberanamente en Francia mediante la elaboración de todo un nuevo régimen.Sobre todos estos acontecimientos actuaba el peso de la crisis financiera, que había sido en realidad el objeto de la reunión de los Estados Generales. Hubo que abandonar los debates constituyentes para abordar el problema económico. Desde mayo de 1789 existía la conciencia de que era necesario vender los bienes del clero para poder amortizar la deuda y así se manifestó en la Asamblea Constituyente el 6 de agosto. Después de largas discusiones, Mirabeau propuso la fórmula para llevar a cabo la operación: había que nacionalizar los bienes de la Iglesia a cambio de que el Estado corriese con los gastos de sostenimiento del culto y del clero, de tal manera que se eliminasen la escandalosas diferencias entre los medios de que disfrutaban los obispos y los de los simples curas. Otros diputados propusieron que se les quitasen sus bienes a los eclesiásticos para que éstos desapareciesen como orden. En todo caso, se justificaba la desposesión con el argumento de que la Iglesia no tenía la propiedad de esos bienes, sino solamente su usufructo para cumplir sus tareas tradicionales de asistencia y de educación. En fin, el 2 de noviembre fueron nacionalizados los bienes de la Iglesia. Con la garantía de su valor fue lanzada una emisión de papel moneda, los asignados (assignats), que servirían para pagar la deuda del Estado. Con esos asignados podrían comprarse bienes nacionales y a medida que fuese recuperándolos, el Estado debería quemarlos.La venta de los bienes nacionales no comenzó hasta el mes de mayo de 1790 y se dieron facilidades de pago a los compradores, de tal manera que sólo debían hacer efectiva en el momento de la compra del 12 al 15 por 100 del valor total y el resto podían pagarlo en doce años al 5 por 100 de interés. El propósito de la Asamblea, al establecer esta forma de pago, era el de dar facilidades a los campesinos para acceder a la propiedad de estos bienes. Pero el problema era que muchos campesinos no disponían ni siquiera de esa cantidad que había que pagar al contado, ya que habían gastado todos sus ahorros en la compra de subsistencias en la difícil primavera de 1789.En realidad, los que más se aprovecharon de esta operación fueron los campesinos ya propietarios, los burgueses, los nobles e incluso algunos eclesiásticos. Sólo mediante la formación de algunos grupos pudieron los campesinos pobres hacerse con la propiedad de algunos de estos bienes.Como consecuencia de la venta de los bienes nacionales, la estructura de la propiedad de la tierra se modificó sustancialmente, aunque fue la propiedad burguesa la que más se incrementó. Los pequeños campesinos y los jornaleros no disminuyeron apenas en número en los años sucesivos.Por otra parte, la incautación de los bienes eclesiásticos contribuyó a deteriorar las relaciones de la Iglesia con la Revolución. En realidad, muchos eclesiásticos habían mostrado su apoyo al cambio de régimen y se habían sumado al estado llano cuando se planteó el asunto de la reunión de los tres órdenes en una sola cámara. A su vez, la Asamblea había mostrado su confesionalidad católica. Sin embargo, las relaciones fueron enfriándose y, además de la nacionalización de los bienes de la Iglesia, contribuyeron a ello la supresión de los diezmos y una política regalista que tenía como propósito la creación de una iglesia nacional. Sin embargo, la ruptura definitiva no sobrevendría hasta el 13 de febrero de 1790, cuando se aprobó la ley de reforma religiosa que determinaba la supresión de los votos canónicos, la supresión de las órdenes mendicantes y de aquellos conventos que tuviesen menos de veinte profesos. Meses más tarde, el conflicto adquirió su auténtica dimensión cuando la Asamblea Constituyente votó el 12 de julio de ese año la Constitución civil del clero, que fue promulgada el 24 de agosto. En ella se adscribía la organización eclesiástica a las circunscripciones administrativas, de tal forma que habría un obispado por departamento. Los obispos y los curas serían elegidos como los demás funcionarios y todos ellos quedaban sometidos a la jurisdicción civil. Tanto unos como otros, debían prestar juramento de ser fieles a la nación, a la ley y al rey, y mantener con todas sus fuerzas la Constitución.La Constitución civil del clero fue bien acogida por la mayor parte del clero bajo, pero fue rechazada por los obispos. No obstante, todos esperaban el pronunciamento del papa Pío VI que tardó ocho meses en hacer conocer su sentencia negativa. Luis XVI, que hubiese deseado conocer antes esta decisión, no pudo evitar la presión a la que estaba sometido y no tuvo más remedio que sancionarla sin conocer el criterio de Roma. De esta forma, a partir del verano de 1790, todo el clero se vio obligado a prestar el juramento. Desde ese momento, se produce en Francia la existencia de dos tipos de clérigos: los juramentados y los refractarios (se calcula que estos últimos constituían el 45 por 100). Parece ser, de acuerdo con los estudios de Timoty Tackett, que la situación económica era determinante a la hora de aceptar, o no, la Constitución, aunque el entorno social y religioso influyó también en cada caso.Lo cierto es que la Constituyente contribuyó a acentuar la división que ya existía en la sociedad francesa. El mismo monarca, profundamente católico y fiel a la Santa Sede, se negó a aceptar un capellán que no fuese refractario. El pueblo parisino, furioso ante esta actitud, trató de disuadirlo, pero Luis XVI, que no estaba dispuesto a ceder en este terreno, tomó la decisión de huir de París para reunirse con el ejército de Lorena en el mes de junio de 1791. Fuese esa la verdadera causa de su huida, o el temor a ver cada vez más limitado su poder en general, lo cierto es que a los pocos días -el 21 de ese mes- fue arrestado en Varennes y devuelto a París.La Constitución fue votada el 3 de septiembre de 1791 y promulgada oficialmente el 14 de dicho mes. Con la Declaración de los derechos del hombre como preámbulo, consagraba el principio de la soberanía nacional y aseguraba el dominio de la burguesía. Se respetaba a la Monarquía como sistema político, pero se restringían las prerrogativas del rey, que quedaba supeditado a la Constitución. Dentro del esquema de la división de poderes, el rey disponía del poder ejecutivo y se le ofrecían medios para ejercerlo: nombraba y destituía a sus ministros, que no debían ser miembros de la Asamblea; conservaba un poder importante en la diplomacia y en el ejército. Se le reconocía el derecho al veto suspensivo, por el que podía retrasar durante cuatro años la aplicación de un decreto votado por la Asamblea, mientras que la sanción real transformaba un decreto en una ley aplicable inmediatamente. El poder legislativo residía en una Cámara única la Asamblea Legislativa- cuyos miembros debían ser renovados mediante elección cada dos años. Sólo aquellos ciudadanos que reunían una serie de requisitos, como el de pagar un impuesto directo equivalente como mínimo a tres días de jornal, podían ejercer el derecho al voto, y solamente los contribuyentes por un importe mínimo de un marco de plata (52 libras) podían ser elegidos diputados. En lo que respecta al poder judicial, se reconocía su independencia y se establecía el Tribunal Supremo como institución con la más alta responsabilidad en la administración de justicia.La Asamblea Constituyente elaboró también una legislación económica basada en el principio de la libertad: libertad de comercio, libertad de propiedad, libertad de cultivos, libertad de producción y libertad de trabajo. De esa forma se cambiaba totalmente el orden económico tradicional. Como muy bien afirma Soboul, la burguesía era antes de 1789 dueña de la producción y del intercambio. La producción capitalista había nacido y había comenzado a desarrollarse en el cuadro del régimen todavía feudal de la propiedad: el cuadro estaba ahora roto. La burguesía constituyente aceleraba la evolución liberando la economía.En cuanto a la administración, se tendió a la descentralización. El poder central perderá importancia frente a las autoridades locales, ahora bajo la influencia de la burguesía. El rey poseería el derecho a suspenderlas, pero la Asamblea podía restablecerlas en sus puestos. Ahora bien, ni el rey ni la Asamblea tenían los medios para hacer pagar el impuesto a los ciudadanos o hacer respetar las leyes. La crisis política se agravaba y la descentralización administrativa puso en serio peligro la unidad de la nación. En todas partes los poderes estaban en manos de los cuerpos elegidos: si caían en manos de los adversarios del nuevo orden, la Revolución se vería seriamente comprometida. Para defenderla, hubo que volver más tarde a la centralización.La reforma de la administración judicial fue efectuada con el mismo espíritu de la reforma administrativa. Las numerosas jurisdicciones especializadas del Antiguo Régimen fueron abolidas y en su lugar se creó una nueva jerarquía de tribunales emanados de la soberanía nacional, iguales para todos y destinados a salvaguardar la libertad individual.La obra legislativa de la Asamblea Constituyente fue, pues, inmensa. Abarcaba todos los dominios: político, administrativo, religioso y económico y judicial. Francia, como nación, era regenerada y se ponían los fundamentos de una nueva sociedad. Herederos de la Razón y de la Ilustración, los diputados habían construido todo un armazón para esa nueva sociedad, lógico, claro y uniforme. Pero, hijos también de la burguesía, le habían inculcado los principios de libertad e igualdad solemnemente proclamados en el sentido de los intereses de su clase y al hacerlo, descontentaban a las clases populares, por un lado, y a la aristocracia y antiguos privilegiados, por otra. Así pues, al edificar la nueva nación sobre la estrecha base de la burguesía censitaria -afirma Soboul- la Asamblea Constituyente llevaba su obra a múltiples contradicciones. La liberalización de la economía, por ejemplo, con la desaparición de los mecanismos protectores de los artesanos que hasta entonces se habían sentido seguros dentro de los gremios, o de las tasas del grano que protegían a los consumidores de los abusos de precios, provocó la hostilidad de las clases populares, tanto en el campo como en la ciudad. En realidad, se había concebido una patria en los limites estrechos de los intereses de una clase: la burguesía, pues hasta se había excluido a las masas de la vida política mediante el establecimiento de un sistema de sufragio censitario.Al mismo tiempo que la Asamblea Constituyente desarrollaba su labor legislativa, se iban perfilando los distintos grupos en la vida política francesa. Por una parte estaban aquellos que habían defendido la limitación del poder real y un cuerpo legislativo de una sola cámara frente a los elementos aristócratas, más conservadores: eran los patriotas. Su verdadero núcleo era la burguesía, pero entre sus filas había nombres ilustres procedentes de la aristocracia, como La Fayette, La Rochefoucauld, Montmorency, Talleyrand o Mirabeau. Se sentaban a la izquierda del presidente de la Asamblea y de ahí que comenzase a surgir la denominación para expresar su tendencia política. La Sociedad de los Amigos de la Constitución, que había sido fundada por los diputados bretones en Versalles en 1789, parece que fue uno de los focos de sus reuniones. Sin embargo, no alcanzaría verdadera resonancia hasta finales de ese año, cuando la Sociedad se instaló en la rue Saint Honoré, en el convento de los jacobinos. El famoso Club de los jacobinos, que acogía a lo más selecto de la burguesía revolucionaria, acabó por controlar a las sociedades del mismo tipo que se habían ido creado por toda Francia. No hay que pensar, sin embargo, que este grupo era compacto. En él había diferencias entre los más radicales, encabezados por una élite procedente del antiguo Tercer Estado y entre los que podían contarse los abogados y hombres de leyes como Lanjuinais, Merlin de Douai o Le Chapelet, y los más moderados o constitucionales que reunían en su seno a la fracción más aristocrática de los antiguos privilegiados, entre los que se encontraba La Fayette.Opuestos a los patriotas estaban los aristócratas conservadores, o los negros como también se les llamaba, entre los que a su vez había numerosos elementos de origen plebeyo, como el abate Maury, que fue el que dirigió todos los debates parlamentarios de este grupo. Rechazaban en bloque la Revolución y por eso libraron una dura batalla en defensa de las prerrogativas reales y los privilegios del Antiguo Régimen. Se acomodaban a la derecha en relación con la tribuna del presidente. No están claros sus lugares de reunión, pero sí se sabe que en abril de 1790 fundaron en la rue Royale el Salón Francés, que terminó convirtiéndose en un foco de insurrección monárquica.Un tanto al margen de estos grupos se hallaban, por un lado, el petit peuple -en expresión de Marat, el periodista amigo del pueblo-, que había vivido la Revolución hasta esos momentos como un espectador activo, pero sin un papel definido en el proceso de cambio legislativo que se había llevado a cabo en la Asamblea, y la oposición contrarrevolucionaria. Ésta se hallaba integrada por los aristócratas y el clero que no habían admitido las reformas y habían abandonado Francia. En 1789 se habían producido dos oleadas de emigración. La primera de ellas a raíz de los sucesos del 14 de julio y con motivo de la Grande Peur, y que se había dirigido preferentemente a Italia, donde comenzó a intrigar recabando ayuda de los gobiernos extranjeros. El Conde de Artois, el Príncipe de Condé, los Polignac y el Duque de Borbón, fueron los integrantes más destacados de esta primera oleada. La segunda oleada de emigración había tenido lugar después de los sucesos de octubre y estaba integrada por los grupos monárquicos que habían tentado una solución de compromiso, como el mismo Mounier, que había sido uno de los elementos más destacados en la defensa del establecimiento en Francia de una monarquía a la inglesa.
contexto
Antes de su ascenso al pontificado Honorio III (cardenal Censio Savelli) había destacado como preceptor de Federico II y como buen gestor del patrimonio papal. Era, sin duda, la persona mas indicada para proseguir la tarea de Inocencio III. La reanudación de la cruzada fue uno de los objetivos del nuevo Pontífice. En este tema, tanto él como su sucesor, mantendrían graves fricciones con Federico II. En 1216, el monarca logró un aplazamiento de su promesa de ir a Tierra Santa so pretexto de pacificar Alemania. Las operaciones militares en Oriente fueron conducidas por el rey de Jerusalén, Juan de Brienne, y el de Hungría, Andrés II. En el lenguaje académico se habla de Quinta Cruzada. Se inició con buenas perspectivas con la toma de Damieta en el delta del Nilo (noviembre de 1218) pero concluyó con un fracaso tres años más tarde (junio de 1221) al tener los cruzados que devolver la plaza. Entretanto, Federico II había trabajado activamente para consolidar sus posiciones. En la solemne Dieta de Francfort (abril de 1220) convirtió a su hijo Enrique -coronado rey de Sicilia- en rey de romanos, titulo que, automáticamente, le reconocía como potencial heredero al Imperio. Federico II tranquilizó a Honorio III asegurándole que ambos territorios (Italia y Alemania) se administrarían con absoluta independencia. Garantías que al Pontífice le parecieron suficientes ya que transigió (noviembre de 1220) por coronar solemnemente como emperador en Roma al monarca Staufen. En los años siguientes, y amparándose en la debilidad del Pontífice, Federico II impuso su autoridad tanto en Sicilia como en las ciudades de Lombardía. La promesa de tomar la cruz fue reiteradamente burlada hasta el momento mismo de la muerte de Honorio III. El nuevo Pontífice (cardenal Hugolino) Gregorio IX era un anciano que, a diferencia de su predecesor, no eludió el choque frontal con el emperador. Uno de sus primeros actos de gobierno fue instar a Federico a que no demorara más su marcha a Tierra Santa. La oportunidad parecía excelente ya que un elevado número de caballeros se habían concentrado en el Sur de Italia con la finalidad de pasar a Ultramar. El 8 de septiembre de 1227 el emperador partía de Brindisi... para retornar a los pocos días so pretexto de enfermedad. El ejército expedicionario empezó a disolverse y Gregorio IX mandó el anatema contra el Staufen. La familia Frangipani, aliados romanos del emperador, replicó provocando en la capital de la Cristiandad un motín que forzó al Papa a huir. La guerra abierta entre los dos poderes quedaba de nuevo abierta. Federico, en un gesto sorprendente, volvió a hacerse a la mar con un reducido contingente de caballeros. Hablamos, a este respecto, de Sexta Cruzada. Una extraña operación conducida por un monarca excomulgado y cuya finalidad última no era combatir con el poder islamita en el Próximo Oriente, sino llegar a un acuerdo honorable. En efecto, por el Tratado de Jafa (4 de febrero de 1229) Federico II y el sultán Al-Kamil otorgaban a las ciudades de Jerusalén, Belén y Nazaret un estatuto de condominio confesional. Algo que escandalizó a Gregorio IX que, inmediatamente, renovó su excomunión contra el emperador. Este no perdió la calma ya que, a su retorno a Italia, no sólo recuperó algunas plazas que se habían perdido en su ausencia, sino que, en un alarde de habilidad diplomática, logró una reconciliación con el Papa. Fue el acuerdo de San Germano (julio de 1230) por el que -a cambio del levantamiento de la excomunión- el monarca se comprometía a devolver a la Iglesia todos los bienes que le habían sido arrebatados. Fue el respiro necesario para tomar nuevas fuerzas y afrontar los distintos problemas que se acumulaban en Alemania e Italia. En la primera, Federico reprimió la rebelión de su hijo Enrique que acabó muriendo en prisión. En el norte de Italia, el emperador obtuvo una rotunda victoria (1237) sobre las ciudades lombardas en Cortenuova. El podestá imperial Ezelino de Romano se convirtió en el feroz represor de las libertades ciudadanas. Al año siguiente, Federico dio un paso mas: la designación de su hijo natural Enzio como rey de Cerdeña. El dogal de los Staufen se estrechaba más aun sobre Roma. Gregorio IX no dudó en esta tesitura en lanzar una nueva excomunión contra Federico (marzo de 1239). La guerra en los campos de batalla entre güelfos y gibelinos se dobló con otra en el terreno de la propaganda. Por primera vez en la historia, los máximos representantes del poder político y el poder eclesiástico abogaban por una misma solución para resolver los problemas: la convocatoria de un concilio universal. Ambas partes, también, se acusaban recíprocamente del mismo delito: la herejía. Se trataba de una imputación que, en ninguno de los dos casos, tenía fundamento pero que, en el terreno de la propaganda política, podía surtir efectos demoledores. Federico II basaba su acusación en la protección pontificia a ciudades del Norte de Italia, alguna de las cuales -especialmente Milán- tenían cumplida fama de inclinaciones heterodoxas. Federico, a su vez, en los escritos denigratorios del Papa aparecía como "tocado por la magia y suscitador de sectas heréticas". En 1240 la situación parecía madura para poner en práctica el expediente del concilio. Sin embargo, en los meses siguientes un grave acontecimiento tuvo lugar: la escuadra siciliana, al mando de Enzio de Cerdeña, hacía prisionero a un elevado número de eclesiásticos que acudían a Roma a lo que se suponía iba a ser la apertura de la magna asamblea. Unas semanas más tarde (agosto de 1241) moría Gregorio IX. El sucesor será Inocencio IV.
obra
Nos encontramos ante uno de los lienzos más atractivos de la serie pintada por Tintoretto para la Sala Superior de la Scuola Grande di San Rocco. La búsqueda de efectos luministas alcanza su momento álgido en esta tela, sin sacrificar la energía de las gamas cromáticas ni renunciar al naturalismo. Cristo asciende a los cielos rodeado de ángeles con las alas extendidas, portando ramos de palma y de olivo, dando la impresión de salirse del lienzo por su parte superior. Su vigorosa figura parece avanzar hacia el espectador mientras que el apóstol, en la zona inferior de primer plano, parece echarse hacia atrás ante la inesperada aparición, creando el efecto de reunirse con los compañeros que rodean la mesa, en un plano medio. Moisés y Elías hablando en la lejanía, en la soleada llanura, completan la escena. Como ocurre en el resto de escenas de la serie, la luz y el color dominan un conjunto en el que Tintoretto no renuncia a los escorzos ni a la monumentalidad de sus figuras, aportando una intensidad dramática a los asuntos bíblicos sólo superada por la siguiente generación de pintores barrocos.