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A finales de 1940 la situación comenzó a ser altamente inquietante en Gran Bretaña, que debía recibir diariamente 50.000 toneladas de víveres y vio cómo el suministro se recortaba en un 20 por ciento. Efectivamente, las cifras son elocuentes: a lo largo de 1940 el Reino Unido y el Canadá habían perdido 1059 barcos, con un registro bruto de 3.978.000 toneladas, por obra de los submarinos (2.186.074 toneladas), Luftwaffe ( 580.074 toneladas), Minas (517.000 toneladas) o buques de superficie y otras causas (694.000 toneladas). Pero los daños eran bastante mayores: muchos buques se salvaron del hundimiento, pero hubieron de lanzar su carga al mar para lograr salvar el barco; otros alcanzaron a duras penas un puerto en las islas, con las bodegas inundadas y las mercancías destruídas. En febrero de 1941 había en los astilleros británicos 2.600.000 toneladas de buques en espera de reparación, esto es, la capacidad anual de tales astilleros. Estas instalaciones fueron bastante visitadas por la aviación alemana en la primavera de 1941. Los días 13 y 14 de marzo fueron tremendamente bombardeadas Glasgow y Greenock; parte de sus astilleros permanecieron cerrados hasta 3 y 6 meses y algunos barcos que estaban en reparación hubieron de ser desguazados tras los bombardeos. Peor fue el caso de Liverpool y otros puertos del Mersey atacados por la Luftwaffe entre el 1 y el 7 de mayo. Más de 3.000 personas murieron bajo las bombas; la mitad de las plazas de amarre de aquellos puertos quedaron inutilizadas durante meses; las actividades portuarias descendieron a un 25 por ciento hasta el verano y la mitad de los astilleros sufrieron desperfectos notables. La situación británica comenzó a ser casi desesperada. En esos primeros cinco meses del año habían perdido más de dos millones y medio de toneladas de buques, superando algunos meses la alarmante cifra de 700.000 toneladas. Efectivamente, la cantidad era aterradora, pero no definitiva. Estimaban los alemanes que Gran Bretaña disponía al comienzo de la guerra de unos 20 millones de toneladas de buques y que de sus astilleros salían 1,6 millones de toneladas de barcos al año. Por tanto, susponían que su acoso surtiría efecto si lograban destruir un promedio mensual de 750.000 toneladas de mercantes durante un año, esto es, Londres debería tirar la toalla si se le destruían 9 millones de toneladas en un año, reduciendo su flota mercante a poco más de la mitad y limitando sus suministros a un 50 por ciento. Resulta evidente que las cifras eran lejanas a los deseos de Berlín, pero desastrosas para los intereses de Londres, que ya a mediados de 1940 tenía que pedir auxilio urgente al presidente de los Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt. Aunque está claro que éste no esquivaba la implicación de su país en la guerra, también es sabido que aún no había en Norteamérica el clima apropiado para ir a la guerra. Por tanto Roosevelt terminó entregando 50 destructores, de 1.092 toneladas, todos ellos provenientes de la primera guerra mundial, a cambio de bases en las Antillas, Bahamas, Bermudas, Guyana y -con el visto bueno canadiense-, en Terranova. Tales buques, modernizados y equipados con asdic y radar entraron mayoritariamente en servicio a comienzos de 1941. En ese primer tercio del tercer año de guerra, Londres comenzó a equipar también a todos sus buques militares, incluso los pequeños, con estos grandes avances en la detección. Los frutos no se harían esperar, a poco a dar sus frutos, tanto que las cifras de bajas descendieron considerablemente en la marina mercante británica durante el segundo semestre, a pesar de que Doenitz tuvo muchos más buques en el mar. Así en el primer tercio del año, aunque los alemanes lograron grandes cacerías, también lamentaron muchas bajas entre sus mejores submarinos. En ese primer trimestre perdió Doenitz el U-47 (teniente de navío Günther Prien, 28 buques hundidos, con 160.900 toneladas), al U-100 (teniente de navío Joackim Schepke, 39 victorias con 159.130 toneladas), al U-99 (Otto Kretschmer, también teniente de navío y récord entre los submarinistas alemanes: 44 hundimientos con 266.600 toneladas). Total 91 sumergibles, de los que sólo 55 combatían a las órdenes de Doenitz contra el tráfico marítimo de Gran Bretaña. Las medidas adoptadas por sir Percy Noble, que se hizo cargo en enero de 1941 de la seguridad de los convoyes, comenzaron con pocos resultados. La más que discutible distribución de los "tiburones" alemanes fue una de las causas de las menores pérdidas británicas, pero no la única: convoyes mejor protegidos, vigilancia aérea de las rutas marítimas, buques de escolta mejor adiestrados para la caza submarina y, sobre todo, con medios de detección cada día más poderosos. Los submarinos alemanes, que perdieron 35 unidades, a lo largo de 1941 debían operar cada vez con mayores cautelas de modo que en el segundo semestre de 1941 sólo lograron 720.000 toneladas de hundimientos. Resumiendo el balance de 1941, los alemanes destruyeron o capturaron 1299 buques con un registro bruto de 4.328.558 toneladas, a cargo de submarinos (432 barcos, 2.171,754 toneladas), Luftwafe (371 barcos, 1.017.422 toneladas), buques de superficie (84 barcos, 428.350 toneladas) y minas y varios (412 barcos, 711.032 toneladas) En definitiva, Hitler había logrado destruir cerca del 15 por ciento de la flota mercante británica, menos de la mitad de lo que se juzgaba imprescindible para sentar al Reino Unido en la mesa de negociaciones. Pero vistas las cifras y las circunstancias hay que preguntarse de nuevo qué hubiese ocurrido si los programas de construcción de submarinos se hubieran respetado y, sobre todo, que hubiera pasado si Alemania hubiese vuelto toda su potencia industrial aplicada a la aviación contra el tráfico británico: las cifras de hundimientos son impresionantes y fueron logradas con muy escasos medios... Preguntas sin respuesta, porque el 22 de junio de 1941 Hitler atacó a la URSS. Y, sobre todo, vana especulación porque las cosas fueron como fueron y porque el 7 de diciembre de ese año Japón atacó a los Estados Unidos en Pearl Harbor y el coloso americano entró en guerra junto a Gran Bretaña. Si antes aún había alguna esperanza para Raeder y Doenitz de estrangular los suministros del Reino Unido, a partir de ese día se consumió la última posibilidad: Washington puso en la balanza la inmensa capacidad productiva de sus astilleros: 6 millones de toneladas al año, cifra susceptible de ser incrementada. La guerra en el mar estaba decidida, pero la lucha sería larga y terrible.
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Entre agosto de 1941 y el 31 de diciembre de 1944 los países occidentales, fundamentalmente USA, Gran Bretaña y Canadá entregaron a la Unión Soviética armas, municiones, materias primas y alimentos que fueron fundamentales para que la URSS pudiera resistir a Hitler. La ayuda se desglosa de la siguiente manera: ARMAS Blindados, 13.214 Aviones, 14.800 Cañones de campaña, 8.200 Cañones antiaéreos, 4.111 Ametralladoras, 135.000 TRANSPORTES Camiones, 434.000 Jeeps, 50.000 Motocicletas, 35.000 COMUNICACIONES Teléfonos, 415.000 Cable de compañía, 1.650.000 metros CARBURANTE Petróleo y derivados, 2.194.000 toneladas Gasolina para avión, 476.000 toneladas EQUIPO Calzado, 15.500.000 pares de botas Tela para uniformes, 23.000.000 metros MATERIAS PRIMAS Y OTROS MATERIALES ESTRATÉGICOS Explosivos, 345.000 toneladas Acero, 1.200.000 toneladas Aluminio, 170.000 toneladas Cobre, 217.000 toneladas Estaño, 29.000 toneladas Níquel, 6.500 toneladas Plomo, 48.000 toneladas Cinc, 42.000 toneladas Caucho, 103.000 toneladas Yute, 93.000 toneladas MATERIAL FERROVIARIO Locomotoras, 1.045 Vagones, 8.260 MOTORES Y HERRAMIENTAS Máquinas herramientas, 26.000 Motores, más de 1.000.000 ENTREGAS NAVALES Buques mercantes, 90 Cruceros, 1 Lanchas rápidas, 1 Otras aportaciones fueron una cantidad indeterminada de alimentos, que se puede cifrar por encima de 4,5 millones de toneladas y más de 15.000 toneladas de medicinas. En cuanto a los motores, aunque no existe una contabilidad fiable, se entregaron motores para aviones, tanques automóviles, camiones, máquinas, locomotoras, motocicletas, etc. La ayuda fue suministrada mediante transportes enviados por los aliados, lo que no sólo tuvo un coste material importante sino también en vidas humanas: más de 15.000 marinos fallecieron en las peligrosas rutas de Murmansk y Arkángel, y las marinas aliadas lamentaron los hundimientos de 96 cargueros, 2 cruceros, 7 destructores y 6 buques de menor porte, además de dos docenas de buques dañados en acciones militares.
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El terrorismo alemán de los años setenta constituye un ejemplo aleccionador del despliegue desaforado de medios represivos que algunos Estados occidentales han empleado contra una amenaza que fue magnificada por unos medios de comunicación ansiosos de emociones fuertes. La tradición magnicida del anarquismo en la época guillermina y la amplia experiencia violenta de la República de Weimar pesaron lo suficiente en el ánimo de los fundadores de la República Federal como para disponer con especial cuidado las medidas de defensa del nuevo régimen. La Policía fue equipada con material altamente sofisticado y adiestrada para luchar contra bandas de insurgentes armados a un nivel paramilitar, pero no para vérselas con las complejidades del moderno terrorismo, como se pudo comprobar en la malhadada crisis olímpica de septiembre de 1972. Casi veinte años después de la creación de la República Federal de Alemania, la revuelta estudiantil de 1968 fue la punta de lanza de una serie de nuevos movimientos sociales -antinucleares, feministas, squatters, pacifistas- que criticaban la partitocracia en el gobierno y buscaban nuevos canales de expresión y participación políticas. Aunque a la larga el sistema logró asimilar buena parte de estas reivindicaciones, el disentimiento se manifestó con una violencia política de intensidad creciente. El 2 de junio de 1967, la muerte de un estudiante a manos de la Policía conmovió profundamente al movimiento escolar.La "lucha armada" comenzó al año siguiente con la tentativa de quema de un gran almacén en Frankfurt, tras de lo cual fueron detenidos Andreas Baader y Gudrun Ensslin, precursores de este nuevo activismo armado. El atentado contra el dirigente universitario Rudi Dutschke, dos semanas después, radicalizó aún más a un sector estudiantil que decidió ejecutar acciones francamente terroristas. La espectacular liberación de Baader de una prisión de Berlín el 14 de mayo de 1970 marca la aparición oficial de la Fracción del Ejército Rojo (RAF). Tras una breve pero intensa carrera terrorista jalonada de ataques incendiarios a sedes oficiales y periódicos, Baader y Meinhof fueron definitivamente capturados en junio de 1972 junto a otros miembros destacados de la banda. Desde entonces, la RAF libraría un extraño duelo singular con las autoridades, cuyo objetivo principal era presionar para la liberación de sus miembros más conspicuos, mientras que políticamente asumía posiciones crecientemente defensivas.Los primeros activistas de la RAF creían en el "primado de la acción" y en la lucha global en favor de la liberación del Tercer Mundo. El origen socioeconómico de su militancia (que nunca sobrepasó los 15-20 activistas, unos 200 elementos de apoyo y de 2.000 a 3.000 simpatizantes) era más bien acomodado: brillantes estudiantes universitarios hijos de profesores, teólogos o comerciantes, con una media de edad de treinta y un años. La segunda generación de terroristas alemanes, que actuó a mediados de los años setenta, era menos proclive a realizar complejos análisis ideológicos y estratégicos, tenía una extracción social menos privilegiada y buscó refugio en asociaciones alternativas y de ayuda social. La violencia se mantuvo, empero, mediante la colocación de artefactos explosivos en centros oficiales, la agresión a funcionarios públicos y sedes estatales, el secuestro de políticos, el asalto a bancos, etcétera.En paralelo a estos hechos, el Estado desplegó una panoplia de medidas desproporcionadas con la entidad real de la amenaza terrorista, comenzando con una serie de enmiendas a la Ley Fundamental de Bonn (18 y 24-VI-1968), que facultaban a las autoridades para tomar medidas excepcionales que incluían la limitación de derechos cívicos en caso de ataque a la RFA. El 28-V-1972, la Conferencia de los Presidentes de los Lánder y el canciller Brandt firmaron un decreto que obligaba a los funcionarios públicos a prestar fidelidad a la Constitución (Verfassungtreue). El 1-I-1975 se promulgó la denominada Baader-Meinhof Gesetz, que redujo los derechos de los acusados (limitados aún más con la Ley de Interrupción de Contactos de 30-IX-1977, que condenó al total aislamiento penitenciario aun centenar de terroristas) y coartó sensiblemente las posibilidades de defensa de sus abogados. El 18-VII-1971 el Bundestag aprobaba la Anti-Terror Gesetz, ley sobre medidas preventivas y represivas a la constitución de asociaciones terroristas. La respuesta policial no fue menos espectacular. Desde 1973, el BKA (Oficina Criminal Federal) actuó como una oficina de investigación especializada en cuestiones antiterroristas, desarrollando complejas redes de información computerizada y programas de investigación como INPOL. Este sofisticado sistema de vigilancia y rastreo informático, unido al programa de la Oficina para la Protección de la Constitución (VSA), a la estrecha relación con las Oficinas Criminales de cada Land, a los acuerdos con otros Gobiernos europeos y a la mayor colaboración ciudadana, permitió que en 1976 fuese localizada y detenida la mayor parte de los activistas de la RAF y del Movimiento 2 de Junio (BZJ), organización armada creada en 1971 como elemento de apoyo del grupo Baader-Meinhof.En los años 1976-77 se recrudeció la dinámica violenta. Ulrike Meinhof se ahorcó en su celda el 9-V-1976. El 7-IV-1977, la RAF asesinó en Karlsruhe al fiscal Siegfried Buback, poco antes de que la Sala de lo Penal de Baden-Wurtemberg sentenciara a cadena perpetua a Baader, Ensslin y Jan-Carl Raspe. El pulso con el Gobierno llegó a su paroxismo ese verano: a fines de julio era asesinado el banquero Jürgen Ponto, y la tensión alcanza su punto culminante el 5-IX con el secuestro de Hans Martin Schleyer, presidente de la Federación de Industrias Alemanas. El día 13 de octubre un grupo palestino desviaba un avión de la Lufthansa a Somalia, proponiendo la liberación de sus 86 ocupantes a cambio de la de los terroristas presos en las cárceles alemanas. El Gobierno federal, sin embargo, había optado por la línea dura: el secuestro de Mogadiscio terminaba felizmente pocos días después con una espectacular acción del Grupo Especial de la Policía alemana de Fronteras (GSG-9). Pocas horas después Shleyer fue asesinado, y Baader, Ensslin y Raspe aparecieron muertos en sus celdas di la cárcel de alta seguridad de Stammheirr (Stuttgart) el 18 de octubre.La RAF, el BZJ y las RZ (Células Revolucionarias) continuaron su ciclo terrorista hasta inicios de los ochenta, muy probablemente con apoyo exterior y con objetivo: centrados en las instalaciones y personal de la OTAN. Pero la táctica de guerrilla urbana sin apoyo popular fue derivando a fines de la década en un activismo sectario, vacío de contenido teórico y de escasa potencialidad subversiva. La caída del muro de Berlín, en noviembre de 1989, dejó a los activistas de la RAF refugiados en la RDA inermes ante la justicia federal, que condenó a los más recalcitrantes a largas penas de prisión.
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Después del siglo XIX a.C. se instalan en Babilonia -que había sido un centro de escasa importancia en el país de Akkad- una tribu de los amorritas, procedente de los confines de Siria, conducida por Sumuabum. Este gobernante, según los textos, prefirió abandonar la vida nómada para "conocer las casas", esto es, asentar a su pueblo en una ciudad. Sus sucesores, aprovechando la compleja situación suscitada por la caída del reino neosumerio, se beneficiaron de las rivalidades entre las distintas ciudades para imponerse en el conjunto regional. La ocasión se presentó cuando Rim-Sim, rey elamita de Larsa, tras haber tomado Mari e Isin, dispersó a sus fuerzas. Entonces los semitas de Babilonia aprovecharon esta debilidad de su rival para vencerle, convirtiéndose en dominadores de Mesopotamia. Con Hammurabi, el artífice de la hegemonía de Babilonia, la ciudad alcanzó una gran expansión, sometiendo el resto de territorios gracias a su empuje militar y su hábil diplomacia, que supo aprovechar la fragmentación local y las rivalidades entre potencias. Hammurabi dota a Babilonia de una red de canales para traer las aguas del Tigris y el Éufrates, mediante una vasta campaña de obras públicas con la que logra también unir algunas ciudades mediante canales. Además, Hammurabi dota a su estado de un conjunto legal unificado, que plasma en un código del que nos ha quedado constancia en una estela de diorita, mundialmente conocida. Durante el gobierno de Samsuiluna, hijo de Hammurabi, comienza la presión cassita sobre Babilonia. Este pueblo, procedente de las zonas montañosas de Irán, atacó Babilonia durante más de un siglo, aunque ésta resistió los embates. Sin embargo, mediante una emigración pacífica, por medio de pequeños grupos que se iban asentando en territorio babilonio y asimilando su cultura, los cassitas acabaron por instalarse en Babilonia, sobre la que establecieron su dominio. No obstante, quienes pusieron fin definitivamente a la dinastía de Hammurabi fueron los hititas, poderoso pueblo establecido en Anatolia central y el norte de Siria. Hacia el año 1530 a.C., con el rey Mursil I, los hititas, apoyándose en su poderío militar gracias a sus rápidos carros tirados por caballos, tomaron Babilonia y la saquearon. Los beneficiarios de esta situación -y probablemente aliados con los hititas- fueron los cassitas, quienes ahora tomaron el poder. Hacia la segunda mitad del siglo XV a.C. Babilonia resurge de nuevo bajo dominio cassita, aunque esta vez proyecta su hegemonía más allá de la Mesopotamia meridional, siendo una de las mayores potencias de Oriente Medio, junto al Imperio hitita, el reino Mitanni y Egipto. Las relaciones entre Babilonia y Egipto fueron constantes, enviando princesas a la corte egipcia a cambio de oro. Un rey cassita, probablemente Karaindash, se entrevistó con el faraón Tutmosis III, y fue intensa la relación diplomática entre ambos Estados. El principal peligro para Babilonia provino del pujante imperio asirio medio, con el que pronto surgirían conflictos militares. Las relaciones entre ambos Estados fueron tensas: el asirio Assur-ubalit I tomó parte en los asuntos internos de Babilonia y, ya hacia 1225 a.C., Tukulti-Ninurta I derrotó al rey casita Kashtiliash IV, tomando Babilonia y arrasando el país. Probablemente en la caída de Babilonia tuvo mucho que ver otro frente abierto, esta vez con los elamitas, sobre los que los cassitas habían impuesto un dominio efímero. La caída de Babilonia a manos asirias supuso que fuera incorporada a su imperio, siendo gobernada por personajes asirios. Con el paso del tiempo, los babilonios intentaron liberarse del yugo asirio, logrando incluso algunas victorias parciales. Sin embargo, hacia 1165 a.C. un nuevo ataque elamita a cargo del rey Shutruk-Najunte acabó con las esperanzas de los babilonios, quines vieron su ciudad arrasada y muchas de sus obras de arte, como el código de Hammurabi, robadas. La represión asiria sobre el vencido continuó durante el reinado del elamita Kudur-Najunte, hasta el punto que Enlil-nadinachi, último rey casita de Babilonia, murió en cautiverio. El fin de la dinastía cassita quedó de manifiesto con la deportación del mayor símbolo de Babilonia, la estatua del dios Marduk. El periodo de dominación elamita sobre Babilonia desaparecerá pasados unos treinta años, gracias a la resistencia de los babilonios. Restaurada su realeza, incluso su monarca Nabucodonosor I lanzó a sus tropas contra Elam y Asiria, aunque tampoco éste logrará que su dinastía perdure. La entrada nuevamente de pueblos nómadas, esta vez los arameos, supondrá fuertes convulsiones en Mesopotamia, sometiendo a su control grandes zonas del país y haciendo que un príncipe arameo tome el poder en Babilonia hacia el año 1067 a.C. Contrariamente a lo ocurrido con invasiones anteriores, los arameos conservaron su propia lengua y cultura, en lugar de ser asimilados por la cultura nativa. Una de sus principales características era el uso de pergaminos o papiro para escribir, en vez de tablillas de barro. Otro pueblo venido del exterior, el caldeo, relacionado con los arameos, se asentó en la Mesopotamia meridional, el llamado País del Mar, formando principados y emprendiendo una feroz resistencia al dominio asirio.
obra
En esta composición Klimt hace una readaptación del retrato de Ria Munck, convirtiéndose en una de sus imágenes más atractivas y llenas de encanto de sus años finales. La figura de la joven aparece en el centro de la composición, con una colorista bata que permite contemplar su pecho al descubierto, cargando así de sensualidad y erotismo al retrato. A su lado observamos una mesa baja adornada con un jarrón de flores, flores que se multiplican por el espacio como observamos tras la bailarina, que incluso lleva una vara en su mano. El fondo de la estancia es un papel pintado típico del arte japonés, mostrando así la influencia de la estampa japonesa en estos trabajos. Esta influencia de lo oriental ya se empezó a manifestar durante el impresionismo, en artistas como Manet, Monet o Van Gogh, reforzándose con Gauguin y su afición hacia lo exótico. La ausencia de perspectiva y la bidimensionalidad que se manifiesta en la escena son elementos tomados del arte japonés, dando la sensación de que los elementos están pegados a la superficie de la tela. Incluso la alfombra que vemos junto a la mesa parece levantarse del suelo y asemejarse a un collage típicamente cubista. De esta manera, Klimt demuestra claramente que su arte no se estanca y que evoluciona con el tiempo, eso sí, siempre mostrando grandes dosis de decorativismo, ahora gracias al color.En esta última etapa, llamada por algunos especialistas caleidoscópica, el lienzo se inunda de diversas tonalidades, generalmente colores puros, que recuerdan a los mosaicos bizantinos de Ravena, admirados por el artista. El color deja en un segundo plano a la línea sinuosa que define todos y cada uno de los contornos, eliminando casi de su repertorio la línea recta. La Virgen o el retrato de Eugenia Primavesi son algunas de las obras realizadas en este estilo final.
obra
Géricault empleó un largo periodo en la preparación de La balsa de la Medusa. Este primer boceto al óleo data de 1816, tres años antes de la conclusión de la obra. Dudaba entre tres posibles situaciones dentro de la historia: el rescate de los náufragos, el motín de los soldados y los actos de canibalismo, que hubiesen mostrado a qué niveles de degradación llegaron los expedicionarios supervivientes. En este caos, todavía parece inclinado a otorgar un poco de esperanza a los ocupantes de la balsa, pues el navío, el "Argus", que puede rescatarlos se halla muy próximo y claramente visible, y no perdido en la lejanía como en la obra concluida. Por otra parte, la composición aún no se halla perfilada en la disposición de las figuras. Como modelos para ellas empleó a sus propios amigos, como Delacroix, e incluso realizó estudios detallados de restos humanos en el Hospital de Beaujon; más aún, llevó cadáveres hasta su estudio para emplearlos como modelos. Con todo, la idea de composición a base de dos pirámides humanas se halla ya esbozada. Faltan aún ocho figuras de la composición final y, señaladamente, el hombre de color que agita la tela suplicando ayuda.
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La diversidad de especies monetarias en circulación, el incremento de numerario, las necesidades crediticias en la época de expansión de los negocios y la complejidad del comercio internacional explican la creciente importancia del oficio de banquero o cambiador. Los cambiadores del siglo XIII se dedicaban fundamentalmente al cambio de moneda, aunque progresivamente aceptaron también dinero en depósito, y en el siglo XIV, sobre estos depósitos, comenzaron a efectuar pagos a los acreedores de sus clientes, por orden escrita de éstos y en los vencimientos establecidos. De esta práctica deriva el cheque bancario, cuyos testimonios más antiguos conservados en la Corona datan de finales del siglo XIV. Los depósitos, utilizados por los banqueros en sus negocios financieros (operaciones de crédito, sobre todo), tenían que ser devueltos a los clientes, a voluntad de éstos, con una parte de las ganancias obtenidas. El riesgo de operar con capitales de terceros era grande y, de hecho, las quiebras de algunos banqueros obligaron a las autoridades a reglamentar el oficio para evitar abusos: las Cortes (1299, 1301, 1333, 1359) y la monarquía (1349) tomaron disposiciones sobre garantías bancarias, penas contra banqueros insolventes, licencias municipales para la apertura de bancos, etc. A pesar de las quiebras bancarias, los bancos se hicieron indispensables y, cuando la monarquía, las Generalidades y los municipios, afectados por la crisis, no pudieron hacer frente a sus obligaciones con los ingresos ordinarios, tuvieron que dirigirse a los banqueros para solicitar créditos y organizar a través de ellos un sistema de empréstitos públicos. La banca privada, en general, salió malparada de estos negocios con las finanzas públicas, y las autoridades recurrieron entonces a la creación de bancos públicos (la Taula de Canvi de Barcelona, por ejemplo). El crédito, aunque combatido por la Iglesia, era universalmente practicado. Laicos y clérigos, banqueros y particulares, se dedicaban al préstamo que muchas veces formaba parte de operaciones de cambio de moneda, traslado de capitales y pagos de plaza a plaza. Así, el crédito se insertaba plenamente en los negocios comerciales de la época, sobre todo el comercio internacional. El contrato de cambio era, en este sentido, la forma más simple: una persona (por ejemplo, un mercader) recibía de otra (por ejemplo, un banquero), en una ciudad determinada, una cantidad de dinero prestado que se obligaba a devolver en otra ciudad a quien se lo había prestado o a otra persona por él designada. Generalmente se prestaba el dinero en la moneda del país donde se efectuaba el crédito y se devolvía en moneda extranjera, y el lucro se disfrazaba en la relación de equivalencia entre las dos monedas: se infravaloraba la del pago respecto a la del préstamo, con lo que el prestatario se obligaba a devolver más dinero del recibido. Esta forma de crédito fue ampliamente practicada por banqueros y mercaderes de la Corona durante los siglos XIV y XV. Como derivación del contrato de cambio, surgió durante el mismo siglo XIV la letra de cambio, un documento mercantil de carácter privado que fue utilizado entre comerciantes como un instrumento de crédito, de pago, de cambio de moneda y de traslado de capitales de una plaza comercial a otra. En esencia, la letra de cambio podría definirse como un instrumento mercantil por medio del cual una persona jurídica (llamada librador-autor de la letra), habiendo realizado con otra persona (llamada librador del valor), en una ciudad determinada, una operación de compra de mercancías valoradas en dinero de esta ciudad, ordenaba a una tercera persona (librado), generalmente un socio o deudor suyo o un banquero con el que trabajaba, que, en otra ciudad y con otra moneda, pagara a una cuarta persona (beneficiario o tenedor de la letra), generalmente un acreedor, socio o corresponsal del librador del valor, la cantidad convenida, con moneda de esta otra ciudad (infravalorada respecto de la primera para disfrazar el interés del crédito) y en el plazo acordado. Los ejemplos de letras de cambio libradas en plazas mercantiles de la Corona, Barcelona sobre todo, o sobre ellas abundan desde finales del siglo XIV, lo que da medida de la inserción económica de la Corona en los circuitos del comercio y las finanzas internacionales. Es obvio que las letras de cambio se utilizaban para efectuar compras en el extranjero, trasladar capitales de una ciudad a otra, obtener crédito, etc. Durante el siglo XV en las principales ciudades de la Corona se practicaba la domiciliación de las letras de cambio, el protesto y recambio (procedimiento contra el librador de una letra impagada), el aval de la letra y el endose (transmisión de la propiedad de una letra de un beneficiario a otro), que convertía la letra en algo parecido al papel moneda. Como es lógico, las letras de cambio transitaban por las mismas rutas que las mercancías y los comerciantes, y las cotizaciones de las monedas que en ellas se expresan guardan relación con el superávit o el déficit de la balanza comercial en cada ruta. En las rutas donde la balanza comercial era más desfavorable (rutas de Oriente y de Flandes), también era donde los libradores del valor y sus corresponsales hacían más negocio puesto que en estas rutas la moneda del retorno era más infravalorada que en las otras rutas. Esta estructura monetaria y mercantil permitió que algunos mercaderes y banqueros se enriquecieran especulando con las cotizaciones monetarias, y obligó a las autoridades a legislar sobre derecho cambiario. Al margen de las operaciones de crédito mercantil, que implicaban cambios de moneda, y que eran utilizadas en las relaciones financieras y comerciales de carácter internacional, desde mediados del siglo XIV se desarrolló un mercado interior de crédito, basado en el censal o censo consignativo, que por su simplicidad y plasticidad se adaptó a las posibilidades de casi todos los grupos sociales, y desbordó el ámbito puramente urbano para extenderse a las villas-mercado y los pueblos rurales. El censal era un sistema de inversión que consistía en entregar un capital a cambio de recibir una pensión o canon anual, equivalente a un tanto por ciento del capital invertido. La operación revestía la forma jurídica de compra-venta de derecho: una persona, que disponía de capital (censalista), compraba por un precio el derecho a recibir una pensión anual (censal), derecho que le vendía una persona necesitada de capital (censatario). Como garantía del pago de la pensión, el censatario obligaba un bien de su propiedad o presentaba avalistas. A diferencia de los préstamos tradicionales, que vencían a corto plazo y era obligado amortizar (pago de los intereses y devolución del crédito), y cuya tasa de interés rondaba el 20 por ciento, los censales, al ser ventas de derechos, eran de duración indefinida y sólo el censatario (que había efectuado una venta a carta de gracia) tenía derecho a redimirse de la obligación, recomprando el censal. Precisamente por su indefinida duración, la tasa del censal era más baja que la del interés de los préstamos: pasó del 7,14 por ciento a mediados del siglo XIV al 10 por ciento a finales de siglo y al 5 por ciento durante la recesión del siglo XV. La estructura del censal y su forma jurídica de venta, que lo protegía de las prohibiciones eclesiásticas, lo convirtió en la forma más usual de inversión y crédito de la Corona, desde el siglo XIV hasta el XVIII. Los censales servían a las viudas para convertir dotes y herencias en pensiones; a los mercaderes para situar una parte de sus ganancias en rentas fijas y seguras; a los señores (nobles y eclesiásticos) para colocar el dinero de sus rentas agrarias monetarizadas; a los campesinos acomodados para consolidarse y prosperar a expensas de las necesidades de sus vecinos; a los testadores para garantizarse decenas, centenares o miles de misas aniversario pagadas perpetuamente por las pensiones de los censales cuya compra disponían en testamento, y a los burgueses y otros grupos sociales para obtener pensiones de los organismos públicos necesitados de capital. En efecto, desde mediados del siglo XIV, las villas y ciudades, puncionadas por la fiscalidad real o señorial, y obligadas a efectuar elevados gastos de aprovisionamiento e infraestructura (construcción de murallas, puertos), se encontraron inmersas en un déficit crónico al que no pudieron hacer frente con el incremento de los impuestos, y tuvieron que recurrir a la venta de censales, origen de una deuda pública creciente que obligó a crear bancos municipales para contenerla.
obra
Siguiendo la tradición impresionista iniciada por Degas de representar escenas protagonizadas por mujeres en el baño, Gauguin realizó esta imagen durante su estancia caribeña o a su regreso a París, enfermo de malaria, pero claramente inspirada en las escenas que había contemplado en aquellas tierras tropicales. Las figuras que contemplamos recuerdan a Renoir o Cézanne, aunque no están exentas de cierta planitud inspirada en la estampa japonesa. El colorido y la forma de trabajar se asemejan a otras obras de estos momentos - Vegetación tropical o Paisaje tropical - resultando sorprendente que haya empleado mujeres europeas para esta imagen en lugar de modelos exóticas que contempló en el Caribe. Quizá Gauguin quiera unir el exotismo con el mundo occidental, resultando imágenes curiosas.