Las innovaciones técnicas más importantes en el campo arquitectónico fueron la adopción del ladrillo planoconvexo, técnicamente de mayor complejidad, que sustituyó a los tipos empleados en la protohistoria, denominados, según la terminología alemana, "riemchen", "patzen" y "flachziegel", y la creación de un muro de sostén (kisu), destinado a reforzar desde el exterior las paredes de los templos. Durante el Dinástico Arcaico se continuó construyendo en el complejo del Eanna de Uruk, siguiendo, en general, las directrices arquitectónicas de la fase anterior. Fue más al norte, en la región del Diyala, donde aparecieron nuevas construcciones, cuyo ejemplo puede centrarse en Khafadye. Aquí se habían levantado dos templos, dedicados respectivamente a Nintu y a Zuen (o Sin), que se completaron hacia el 2700 con un tercero que se consagró a un dios desconocido. Este último templo presentaba la novedad de hallarse rodeado por una doble muralla, recinto que ocupaba alrededor de 103 m de longitud por 74 de anchura. Es el llamado Templo oval, edificado sobre una alta plataforma de tres niveles y aislado del resto urbano por potentes defensas de perímetro ovalado. En su interior, además de las instalaciones propias del culto, existían almacenes, cocinas, talleres y otras dependencias administrativas. De esta época es también el segundo santuario del Templo del dios Abu en Eshnunna, de pequeñas dimensiones; poco después sería agrandado y adoptaría planta casi cuadrada (Templo cuadrado) con tres cellae en tomo al patio y eje acodado. Un caso similar puede verse en el templo de Tell Chuera, al norte de Gebel el-Aziz (Siria), cuya planta evolucionó también hacia una estructura rectangular. En Nippur, la ciudad sagrada de Sumer, cabeza que fue de una primitiva anfictionía, se comenzó a levantar el Templo de Inanna, de simple estructura al principio, contando con dos cellae y un estrecho vestíbulo rectangular; todo ello, al parecer, al aire libre. Durante las épocas de Gilgamesh de Uruk (h. 2650) y de Mesalim de Kish (h. 2550) comenzaron a aparecer monumentos de carácter civil, de tanta importancia como los religiosos. Testimonio de ellos serían la muralla de Uruk, de casi 9,5 km de perímetro y con 900 torres defensivas, y los palacios reales de Eridu y de Kish, que revelaron una nueva forma de civilización basada en la fuerza militar. Sin embargo, seguían siendo las construcciones religiosas lo más significativo en el campo de la arquitectura. Buen ejemplo era el Santuario de Shara, en Tell Agrab, de planta casi cuadrada, tres cellae y cuatro patios, y la ampliación que conoció el Templo de Inanna, en Nippur (estratos VIII-VII), a base de cuatro patios, dos cellae y un complejo económico-administrativo anejo a él. Por otra parte, el Templo del dios Abu en Eshnunna adoptó durante la época de Mesalim una planta casi cuadrada, con eje acodado, con tres cellae, dato que ha hecho pensar en el culto a alguna tríada divina. Un caso similar se dio en el Templo de Nintu, en Khafadye, que fue dotado también de tres capillas y otros tantos patios con accesos independientes. Muy cercano a este último está el excepcional Templo de Ishtar, en Mari, levantado en su periferia urbana. Ampliado en tres ocasiones, constaba de cella y patio con pórtico de columnas. En esta misma localidad se levantaron, asimismo, dos pequeños templos a otras tantas divinidades -en realidad hipóstasis de Ishtar- llamadas Ishtarat y Ninni Zaza. Ambos estaban dispuestos en torno a patios, con estancias sin altares, pero con podios y estatuillas de orantes. El de Ninni Zaza se hallaba adornado con las tradicionales pilastras y nichos de gran efecto decorativo, desarrollándose en él ritos procesionales en torno a un betilo colocado en el centro de su patio. Otra novedad de la época de Mesalim fue el templo in antis, cuyos prototipos se localizaron en Tell Chuera. Aquí se conocen tres templos de esta tipología, levantados sobre terrazas de ladrillos. Presentan planta rectangular con antas, escaleras de acceso y rampas laterales con gradas; al fondo, se sitúa el altar con nichos laterales. En los últimos tiempos del Dinástico Arcaico, la arquitectura religiosa sumeria conoció pocas transformaciones. Quizá la más significativa fuese la reforma del Templo del dios Zuen en Khafadye, al añadirle dos cellae (con lo que totalizaba cuatro), planta en eje acodado y dotarle de dos torres exteriores que encerraban el vano de acceso. Asimismo, algunas fachadas de templos fueron ornamentadas con importantes decoraciones, caso del Templo de la diosa Ninkhursag, en El Obeid, encerrado en una muralla de planta ovalada. Respecto a la arquitectura civil de la etapa Dinástica se poseen pocos datos. Los restos conservados, aparte de las ruinas de las viviendas de algunas ciudades, que han permitido conocer la planimetría de determinados sectores urbanos, pertenecen básicamente a residencias palaciales que, en cualquier caso, fueron similares a las de los particulares, si bien de mayores proporciones y con complementos ornamentales y estructurales (escaleras de acceso, columnatas, pórticos, corredores, pinturas, etc.). De estos restos los más significativos son los de Eridu, Tell el-Wilayah, Kish y Mari. En Kish, su Palacio A, de Tell Ingharra, constituye un monumental edificio, con aire militar, construido con ladrillos planoconvexos. Consta de dos cuerpos: uno más antiguo, rodeado por una doble muralla, con grandiosa puerta, torreones y escalera de acceso, y otro más moderno, añadido al sur del primero, articulado en dos estancias con columnas, además de un anejo en el lado nordeste con portal independiente. El primer sector o cuerpo se destinaría a las tareas del control administrativo y el segundo a residencia del "lugal", su familia y su guardia personal. Al norte de estos dos recintos, y muy cercano a ellos, se levantó en el Dinástico Arcaico III otro palacio, fuertemente fortificado (Palacio P), dispuesto en torno a diferentes patios. Otros restos palaciales se conservan también en Mari, palacio que fue evolucionando hasta alcanzar en el siglo XVIII una gran complejidad arquitectónica. De los restos de su etapa Dinástica Arcaica se han podido detectar, hasta ahora, tres fases constructivas, con estructuras tanto religiosas como civiles, rodeadas todas ellas por dobles murallas. Como ejemplo de arquitectura funeraria debemos citar las tumbas del cementerio de Kish y, sobre todo, las del cementerio de Ur (aquí con un total de 1850), correspondientes tanto a súbditos como a personas de la realeza que vivieron durante la I Dinastía. Las de los súbditos consisten en una simple fosa rectangular en cuyo fondo se depositaba el cadáver y algunos objetos de uso personal. Las sepulturas reales, en las que se empleaba junto al ladrillo también la piedra, obedecían a distintas tipologías: de cuatro salas con rampa y puertas con arco; de una sola cámara con bóveda de ladrillo; de foso pero sin cámara; y de una sola cámara con patio anterior, hechas indistintamente de piedra o de ladrillo. De las dieciséis tumbas regias (en la mayoría de las cuales no se ha encontrado el cadáver del personaje principal) son destacables las conocidas como Tumba del Rey, Tumba de la Reina Puabi, Tumba de Meskalamdug y, sobre todo, la Tumba del gran pozo de la muerte, en donde fueron hallados 74 cadáveres.
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Indudablemente, la arquitectura de este último período debe analizarse a partir de los restos que de la propia Babilonia -"la madre de las fornicaciones y de las abominaciones de la tierra", según la Biblia- han llegado a nuestros días. Dichos restos, que se extienden por una zona de unas 975 hectáreas, ocupan el mayor asentamiento urbano antiguo de toda Mesopotamia. Lo excavado hasta ahora ha permitido conocer la imagen que tuvo la ciudad, sobre todo durante sus últimos años caldeos, mucho mejor que la de las épocas aqueménida y seléucida que siguieron a aquéllos, pues las construcciones de estas dos últimas épocas apenas se han conservado, dada la pobre calidad de los materiales que se emplearon. Gracias a un antiguo trabajo escolar, copiado luego muchas veces en la etapa neobabilónica en cinco tablillas (titulado "Tintirki = Babilu"), se conoce con bastante detalle la topografía de la ciudad, que contó con 24 calles principales, distribuidas en diez distritos, dentro de un recinto de planta rectangular. El citado trabajo escolar, "Tintirki = Babilu", recogía como existentes en Babilonia ciudad 43 templos principales, 55 lugares santos para Marduk, 300 capillas para los Igigu, 600 para los Anunnaku, 180 nichos de culto al aire libre para Ishtar, 180 puntos de rezo para Lugalgirra y Meslamtae'a, 12 estaciones para los Sibitti y otros 8 para otras divinidades menores. De toda esta abultada nómina de centros religiosos (en total 1198), tan sólo se han descubierto diez: el Etemenanki y el Esagila, recintos de Marduk, y los de Nabu, Ishtar, Ninmakh, Ninurta, Gula, Belit-Nini, Adad y Shamash. Obviamente, la índole de este estudio no permite analizar uno a uno todos estos templos, algunos incluso restaurados en la actualidad; sin embargo, sí debemos detenernos en los más importantes, así como en las construcciones de carácter cultual y en las de carácter civil.
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Fue durante la etapa de restauración sumeria, en parte coincidiendo con la dominación de los qutu, y sobre todo tras su expulsión, cuando la arquitectura monumental llegó en Sumer y Akkad a su máxima expresión, con dos realizaciones fundamentales: la ziqqurratu, o torre escalonada, que alcanzaría por fin su más acabado modelo, y el templo de cella ancha, probablemente de influencia acadia, y que subsistiría hasta finales del I milenio. La estructura de las torres escalonadas, que en adelante ya sería uniforme, consistía en un grueso núcleo macizo, de adobes (con capas de cañizo para su mejor fragua), recubierto con ladrillos, de planta cuadrada o rectangular, y con paredes ligeramente en talud. Sobre este núcleo macizo se elevaban sucesivas terrazas, por lo común en número impar, cada vez de menor superficie y altura, comunicadas entre sí por rampas o escaleras, también de ladrillo. Ur-Nammu, el fundador de la III Dinastía de Ur, ordenó levantar diversas ziqqurratu (Ur, Uruk, Eridu, Larsa, Nippur): de todas ellas la mejor conservada es la de Ur (62,50 por 43 por 21,33 m), dedicada al dios Luna (Nannar o Sin) y denominada Etemenniguru (Casa cuya alta terraza inspira terror). Estaba estructurada en tres terrazas, accediéndose a la última por una escalera frontal, que era continuación de la escalera principal del primer piso, que se iniciaba exenta, lejos del cuerpo de la torre, y que se complementaba para su mayor majestuosidad con otros ramales laterales adosados a tal piso. Mención especial debemos hacer de la ziqqurratu de Mari, levantada, probablemente en tiempos de Shulgi (2094-2047), sobre una antigua terraza del Dinástico Arcaico (llamada Macizo rojo) y un templo dedicado al dios Dagan. Construida totalmente con adobes, presentaba como novedad tres largos muros divisorios, algo distanciados entre sí, a modo de rampas de acceso -sin escaleras- hasta la última terraza. Dado que este tipo de construcciones tenía entidad autónoma (por lo común se rodeaban de murallas que las separaban de los templos), se ha intentado ver si una nueva ideología religiosa habría producido en la etapa neosumeria tal tipo de edificios. Por lo que se sabe, parece ser que no hubo tal ideología, pues las excavaciones arqueológicas han detectado que las ziqqurratu se levantaron siempre sobre las antiguas terrazas de los templos sumerios. Eran, pues, construcciones que continuaban la tradición religiosa de los tiempos anteriores. También se ha elucubrado mucho sobre su funcionalidad. En este aspecto las teorías son diversas, siendo la más plausible aquella que sostiene que se trataría de un lugar destinado a proteger de las inundaciones a la divinidad, o bien la de ser un altar escalonado, al cual se subía para la presentación de ofrendas a los dioses. Una explicación más sencilla, aunque de contenido esotérico, sería la que ve en las torres escalonadas la idea de montaña sagrada, esto es, el lugar habitual donde se manifestaba lo sobrehumano o, si se quiere, el escenario de la comunicación entre la divinidad y los hombres. Otro extremo discutidísimo es el de si las ziqqurratu contaron o no con templos en su última terraza. Algunos textos clásicos (Heródoto al hablar de Babilonia, por ejemplo) permiten presumirlo, pero no hay constatación arqueológica de que fuese así. Por otro lado, respecto a los templos neosumerios, se sabe que su planta se diseñó de acuerdo con dos estancias principales: una cella principal, ancha, y con una pequeña capilla auxiliar, y otra estancia situada por delante (antecella) de parecidas dimensiones. Ambos ambientes, dispuestos de acuerdo con una estructura axial, mucho más pragmática, obedecían indudablemente a las nuevas exigencias religiosas (rápida recogida de las ofrendas de fieles y tributarios; mayor libertad de acceso para la oración directa ante la divinidad, etc.) Es también la ciudad de Ur la que mejor nos puede ilustrar sobre el estudio de los templos de esta época, cuyo paradigma se centra en su gran recinto sagrado, en el cual -y adosado al sudeste de la ziqqurratu- se halla la más antigua y grandiosa estructura del tipo de templo de dos estancias, dedicado en su día a la diosa Ningal, esposa de Sin. Dicho templo, ubicado en el interior del denominado Giparku, santuario muy complejo rodeado por una gruesa muralla, comprendía además de las dos cámaras -cella y antecella-, otra serie de estancias secundarias. Otro templo de similares características fue levantado más tarde por Amar-Sin (2046-2038), al sur de la misma ciudad, dedicado al dios Enki, con su cella precedida de la antecella al fondo de un patio. El mismo tipo de estructura se advierte en el templo donde se tributó culto al rey Shu-Sin (2037-2029), divinizado en vida, levantado en Eshnunna por el gobernador Ituria. Algunos especialistas han querido ver un tercer tipo de arquitectura religiosa en los llamados templos con cocina sagrada. En Nippur, por ejemplo, se halló un largo templo de planta rectangular, el Ekur (Casa montaña), dedicado a Enlil, situado al nordeste de la ziqqurratu de tal ciudad, con una cocina sagrada, en donde se preparaban las ofrendas alimentarias. Su singular planta presenta un portal principal, que estuvo decorado con rampas y nichos; a sus lados existían dos cellae con dos estancias comunicadas entre sí, provistas de hogares circulares de grandes dimensiones. Se argumenta que un templo análogo a éste hubo de existir en el Eanna de Uruk, correspondiente a esta época histórica; sin embargo, no ha sido aún encontrado. De la ciudad-Estado de Lagash, que conoció un gran florecimiento material y cultural durante la dominación qutu, debido sobre todo a su principal gobernador, Gudea, que actuó como verdadero príncipe independiente, apenas nos han llegado restos de edificios religiosos, a pesar del grandísimo número de ellos que, según la documentación, se levantaron en las distintas ciudades dependientes de Lagash. De todos sus templos merece ser citado el Eninnu (Casa cincuenta), dedicado al dios Ningirsu, construido en Girsu, el centro sagrado y administrativo del Estado. Conocido el templo ya en época del Dinástico Arcaico, sería con Ur-Baba (2155-2142) cuando recibiría una amplia remodelación, para ser reformado y ampliado considerablemente por su yerno y sucesor Gudea, quien lo hizo -según sus textos- parejo en esplendor al Ekur, el templo de Enlil. Sin embargo, a pesar de las numerosas referencias que se poseen del Eninnu, es muy poco lo que se puede decir de él, tanto de su arquitectura (dimensiones, estancias, capillas, patios) como de su valoración artística: decoración, mobiliario, utillaje, estilo. Incluso, los arqueólogos de comienzos de siglo, cuando lo excavaron, cuestionaron su ubicación, decantándose al final por situarlo en el Tell A de Telloh (Girsu), en base a la gran cantidad de ladrillos allí aparecidos con el sello de Gudea y otros objetos de arte, estatuas sobre todo. Por lo que respecta a Mari, controlada por gobernadores dependientes de Ur durante la etapa neosumeria, el antiguo Templo de Ninkhursag conoció una ampliación, al dotársele de un airoso pórtico sostenido por dos columnas, obra llevada a cabo por Niwar-Mer. Sin embargo, fue Ishtup-ilum, hijo de Ishme-Dagan, quien llevó a cabo la construcción de un templo de nueva planta, el Templo de los leones, que levantó sobre un zócalo de adobes y adosó al sur de la imponente ziqqurratu mariota. Tal templo, dedicado al dios Dagan (que no debemos confundir con el que había quedado enterrado en la torre escalonada), ornamentado con diversos leones de bronce, era de modestas proporciones (15,40 por 9,20 m) y poseía un santuario oblongo con cuatro altares en forma de lechos, destinados, probablemente, a las incubationes de los sacerdotes o al rito hierogámico.
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No podemos finalizar la arquitectura palestina sin aludir, a modo de selectivo inventario, a las construcciones de los períodos postexílico, helenístico y herodiano, que si bien pertenecen artísticamente a la cultura grecorromana, su presencia en Palestina justifica aquí su cita. Durante el exilio y su inmediata etapa posterior (587-332 a. C.) no se prodigaron, obviamente, grandes construcciones; sin embargo, se sabe que Samaria fue fortificada, que Jerusalén se convirtió en indiscutible centro religioso, construyéndose en ella en el 535 a. C. el segundo Templo de Yahweh, gracias al empuje de Zorobabel, un judío nacido en Babilonia, y que venía a ser copia, en pequeño, del anterior templo salomónico. Asimismo, se reconstruyó una fortaleza en la acrópolis de Lachis, con una superficie de 2630 m2, siguiendo en su arquitectura trazas sirio-hititas e incluso partas. Pocos fueron los monumentos palestinos de época helenística (33268 a. C.); de la misma tal vez deban destacarse la Torre Hananeel, el Mausoleo de Tobías y el Templo de Araq el-Emir (Transjordania). Durante el período herodiano (37-4 a. C.) se asistió a una gran actividad constructora, según dejan ver los edificios y ambientes urbanos que el idumeo Herodes el Grande levantó en Jerusalén, Samaria, Cesarea y Jericó, además de sus fastuosos palacios construidos en la escarpada Masada y en la fortaleza de Herodium, cerca de Belén. Sobre estas construcciones destacó, sin embargo, el nuevo Templo de Jerusalén (tercer templo) -para los judíos fue siempre el segundo, esto es, "miqdash sheni"-, cuya descripción conocemos por Flavio Josefo y cuya estructura copiaba en líneas generales la del primer templo salomónico. Como es sabido, en el año 70 el templo fue incendiado por Tito, el hijo de Vespasiano, no quedando de la construcción, según había profetizado Jesucristo, "piedra sobre piedra".
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La arquitectura -si se nos permite aplicar este término a las primeras construcciones- tuvo durante la Protohistoria una funcionalidad puramente pragmática. Las cañas y los juncos, el barro -tapial o adobe- y la piedra -ésta en muy poca cantidad- fueron los materiales básicos; el patio central con habitaciones a su alrededor fue la estructura adoptada, tal como puede verse en Hassuna (nivel IV), y la que definió a partir de entonces a todas las construcciones mesopotámicas. En el período de Tell Halaf se detecta ya un urbanismo evolucionado, con calles pavimentadas y viviendas tanto de planta rectangular y cubierta adintelada -o a dos vertientes- como circular y abovedada, precedida o no de una antecámara rectangular semejante a los tholoi micénicos (varios ejemplares en Yarim Tepé y en Arpachiyah, cerca de Nínive). Ultimamente, se piensa que estas construcciones circulares servirían para viviendas y no para graneros, refugios o lugares de culto. Donde se consiguieron los más acabados ejemplos con este tipo de planta fue en Tepé Gawra, con su famosa Casa redonda, de casi 20 m de diámetro, que se elevaba en medio del poblado, y en Razuk (Diyala), construcción perteneciente al período Dinástico Arcaico I. La arquitectura religiosa protohistórica fue, obviamente, más interesante tanto por su propia funcionalidad como por su significado espiritual. Un primer ejemplo lo tenemos en Tell Aswad (Balikh), donde se excavó un pequeño edificio creído un santuario, muy similar al templo de Catal Huyuk (Anatolia). Fue, sin embargo, Eridu, la ciudad sumeria más antigua, la que supo crear una floreciente cultura en tomo al templo de un dios desconocido (luego desplazado por el sumerio Enki, titular de las aguas), en el que se han localizado diecisiete estratos de otros tantos templos superpuestos y sepultados luego por una torre escalonada (u-nir), levantada por el rey neosumerio Amar-Sin (2046-2038). En su mayoría, tales templos fueron diseñados con modestas proporciones, semejantes a las de una vivienda, construidos todos ellos con adobes. Desde el simple espacio cuadrado (templo XVII) se fue evolucionando hacia formas más complejas, incluso con la adición de compartimentos o capillas laterales (templos XI-IX). El Obeid, un tell en las cercanías de Ur, y que constituyó la segunda fase cultural del sur mesopotámico, presenta viviendas hechas tanto de adobes como de cañas con revestimiento de arcilla. Sin punto de comparación fueron sus construcciones religiosas, hechas también con adobe (fabricado ya a molde) y levantadas sobre una plataforma que las aislaba del suelo. El mayor tamaño de estas construcciones -300 m cuadrados promedio- con una gran capilla con eje perpendicular al templo y compartimentos laterales dispuestos simétricamente, evidencia que desde ellas se controlaba la organización del poblado. Al final de la etapa, en Eridu, el templo formaba ya una compacta mole de planta rectangular tripartita con muros adornados con contrafuertes verticales y nichos -elementos ambos que acabarían por definir estéticamente a los templos-, todo ello levantado sobre una terraza (templo VII). Coetáneos de estos templos de Eridu fueron los tres, de muros coloreados, dispuestos en forma de U, levantados en Tepé Gawra, al norte, en el actual Kurdistán, que se amoldaron a la estructura tripartita y a los contrafuertes y nichos como ornamentación, pero aquí no sólo marcados en el exterior del muro, sino también en su interior. La zona meridional de Mesopotamia carecía de piedras y de madera, debiendo por ello edificarse las casas bien con cañas que se doblaban por la parte superior en tomo a un poste para formar la techumbre (tal como hoy siguen edificando los "maadans") o bien con adobes, adheridos con barro o betún. A pesar de ello, en uno de sus enclaves, en Uruk, en sus dos sectores cultuales, Kullab y Eanna, se desarrolló una gran arquitectura monumental de índole religiosa, en la que no faltaba la caliza como material constructivo. Entre los niveles de ocupación XIV y IV, de los dieciocho con que contó el lugar, según el sondeo efectuado en el área del Eanna -centro dedicado a la diosa Inanna- se descubrieron al menos siete templos, destacando entre ellos el Templo de Caliza (nivel V; 80 por 30 m), llamado así por el material empleado en sus cimientos, y que contaba con una larga nave central en forma de T, estancias a ambos lados y cabecera con tres cellae o capillas. Por detrás, por el sudoeste, se hallaba el Patio de los muros de mosaico, con un alto pórtico de pilares cilíndricos y un pequeño templo, el Templo A, decorado todo ello con un mosaico a base de conos de cerámica policromada. Luego, el nivel IV conoció nuevos templos, entre ellos el Templo Rojo, por el enlucido de sus muros, y el Templo B, que pronto fueron demolidos. Sobre sus ruinas, niveladas, se levantaron los llamados Templos C y D, siendo más interesante el primero, a pesar de ser más pequeño, con capillas laterales y cabecera -no así cella- al aire libre. También se construyó aquí una Sala de Columnas, descubierta recientemente, que individualizaba un espacio interior no cubierto, cuya funcionalidad se desconoce. El período de Uruk tuvo su prolongación en el de Jemdet Nasr, aunque no fue en esta localidad, cercana a Kish, donde se levantaron los mejores ejemplares arquitectónicos, sino en la propia Uruk, que contó entonces en la zona de Kullab, dedicada al dios An, con el famosísimo Templo Blanco, de planta rectangular (22,30 por 17,50 m), levantado sobre una alta plataforma de muros inclinados, considerada por algunos arqueólogos ya como una verdadera u-nir, y que, a su vez, recubría otros templos y santuarios de la época de El Obeid. Cerca de este templo ha aparecido no hace mucho una Construcción de piedra (27 por 32 m), subterránea, sin ajuares ni resto alguno, que debe ponerse en conexión cultual con el Templo Blanco. En toda la grandiosa zona del Eanna (nivel III) se produjo, sin que se sepan las causas, una gran revolución arquitectónica, abandonándose los anteriores complejos templarios. Se levantó una gran terraza, fundamento, probablemente, de algún Templo de Inanna, y junto a éste, si es que llegó a construirse, se dispusieron numerosos edificios de habitación, que nos han llegado, en torno a patios interiores. Sobre este sector se levantó luego, en época de Ur-Nammu (2112-2095), una grandiosa ziqqurratu (56 por 52 m), de la que restan todavía en pie ocho metros de los catorce que tuvo de altura. En otra localidad, en Tell Uqair, a 200 km al norte de Uruk, se edificaron en esta fase -o quizás en la anterior- dos importantes templos sobre terrazas, uno de ellos parecido al Templo Blanco antes citado, e interiormente decorado con murales de regular calidad (Templo Pintado). En Khafadye, en el valle del Diyala, se produjeron cinco reconstrucciones en un Templo del dios Luna (Nannar o Zuen), de compleja estructura, y cuya aportación a la Historia de la Arquitectura consistió en la disposición de su planta en eje acodado. Una vez traspasado el vestíbulo se debía efectuar una rotación de 90 grados para ver el altar del culto. Finalmente, en el norte de Mesopotamia se levantaron, en otras tantas colonias sumerias dependientes de Uruk, diferentes construcciones religiosas. En Tell Brak, se alzó la tercera construcción de un recinto, denominado Templo de los Mil ojos, por la gran cantidad de ídolos oculados hallados en él; en Habuba Kebira, y en su barrio cultual -hoy Tell Qannas- otros tres templos; y en Gebel Aruda otros dos (Templo rojo y Templo gris). Todos ellos repetían estructuras, planimetrías y detalles ornamentales sudmesopotámicos. Perteneciente también al período de Jemdet Nasr es la extraordinaria construcción de planta circular hallada recientemente en Tell Qubba, en la zona del Gebel Hamrin (curso medio del Tigris). Su núcleo arquitectónico de 40 m de diámetro, dispuesto circularmente, conoció al menos tres fases de edificación. Ignoramos la finalidad y empleo de este tholos, que fue protegido por una sólida muralla doble de 5 m de espesor. A pesar de desconocer el grado de organización social de las ciudades protohistóricas, dirigidas por el estamento clerical, a cuya cabeza se hallaba el en (señor, sacerdote) a deducir de las imponentes construcciones religiosas (egalmakh), y no saber nada de las residencias palaciales (egal), un edificio localizado en Jemdet Nasr puede aportar algo de luz sobre este particular. Se trata de una gran plataforma (300 por 200 m) sobre la que se descubrió una construcción de adobes, delgados y planos, creída por algunos como uno de los primeros palacios mesopotámicos. Pudo, sin embargo, haber sido tanto la residencia de un gobernador secular o la de una persona que reuniese a un tiempo el poder religioso y el civil.
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La construcción de edificios religiosos durante el siglo XVIII en Francia ciertamente poco tiene que ver con el Rococó. Durante la primera mitad del siglo se eleva un buen número de iglesias en el norte y en el este con una característica común, el utilizar como soporte la columna. Otro campo importante es el de la rehabilitación y restauración de edificios góticos, pero aunque se dedica a ello un buen número de maestros, tampoco incide especialmente en la materia que estamos tratando.El gusto de la época casi prácticamente queda reducido a los interiores, pues la iglesia de San Luis en Versalles del año 1743, obra de Mansart de Sagonne, en su aspecto exterior conserva un aspecto bastante clásico y el proyecto para la fachada de la iglesia de San Sulpicio de París de Meissonnier no se llevó a la realidad. Este dibujo, presentado en 1726, lo encontraba Blondel falto de lo que nosotros llamaríamos una estética de estructura. La doctrina clásica exige que un edificio para ser agradable tiene que aparentar ser tan fuerte como en efecto debe serlo, cosa que no ocurre en éste. Los motivos barrocos italianos de Borromini a Guarini se entremezclan con un cierto aire de tradición medieval del gótico francés.La fachada ejecutada de San Sulpicio, aunque sin terminar, se corresponde con el proyecto vencedor en el concurso de 1732, presentado por Servandoni (1695-1766). Este arquitecto y pintor florentino fue un gran decorador y escenógrafo, organizador de fiestas en toda Europa, alabado por Diderot y por Blondel como restaurador del buen gusto.Como acabo de comentar, es en las sillerías de coro, en las boiseries, en los retablos y tabernáculos donde realmente puede hablarse del gusto rococó. Ya aludí a los altares proyectados por Meissonnier, y del mismo Servandoni es el dibujo para el baldaquino de la iglesia de los cartujos de San Bruno en Lyon en el que parece haber participado Soufflot.
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En este siglo tuvo un gran auge la construcción de edificios religiosos por la especial situación histórica que se vivió. Triunfante, la Contrarreforma se apoderó de toda la Europa católica; un gran fervor dio lugar al nacimiento de nuevas órdenes religiosas, que en el caso de Francia son de tanta importancia y trascendencia como las de la Visitación fundada por San Francisco de Sales y Santa Juana de Chantal, o la de las Hijas de la Caridad por San Vicente de Paúl y Santa Luisa de Marillac. También en Francia y como muestra del ansia de un mayor fervor, aunque llevado a un extremado rigorismo, tuvo un fuerte arraigo el movimiento jansenista, que dominó buena parte del siglo y tuvo importantes consecuencias en la política.Todo ello hizo que durante este período se construyeran numerosas iglesias parroquiales y, mucho más aún, conventos. A este respecto fue especialmente importante el papel de las órdenes religiosas con miembros arquitectos, como ocurrió de una manera especialmente señalada con la Compañía de Jesús. Así, en los edificios de esta Orden se desarrolló una tipología muy unificada que procedía de Roma, donde se habían formado arquitectónicamente los religiosos constructores. En este sentido para Francia fue trascendental el jesuita padre Martellange (1568-1641), que permaneció en Roma entre 1590 y 1604 y que, al regreso a su patria, estuvo encargado de vigilar todas las construcciones que allí hizo la Compañía, continuando tras él esta labor el padre Turmel.Esto determina que durante este período se aprecie una tendencia por parte de la arquitectura religiosa francesa hacia las formas romanas, aunque no obstante se percibe también una reacción de tipo galicano que hace que se empleen elementos propios de la tradición gótica, en realidad nunca abandonada del todo en el arte francés.Esto se manifiesta, por ejemplo, en la tendencia a la verticalidad, como queda patente en las fachadas, que suelen estructurarse en tres pisos frente a los dos de Italia o en las cúpulas, que son más esbeltas que las italianas. Igualmente se conservan arbotantes y son muy frecuentes los casos en que bóvedas de ojivas descargan en pilastras, como ocurre en la capilla del antiguo colegio de la Compañía en Rouen, hoy Lycée Corneille que, construida entre 1702 y 1704, presenta bóvedas góticas sobre pilastras corintias; y esto es también una muestra bien clara de cómo en Francia incluso los jesuitas se vuelven goticistas cuando construyen en las provincias, inmersas de una manera más fuerte en la tradición.Por otra parte, también hay que señalar cómo para hacer más visibles las cúpulas desde el exterior de los edificios, se aprecia en Francia un progresivo paso de la planta de tipo basilical a la centralizada, para así acercar la cúpula a la fachada y facilitar su visión.Fue durante el reinado de Enrique IV y la regencia de María de Médicis cuando se produjo la transición de las formas renacentistas hacia las propias del siglo XVII francés, como se puede apreciar, por ejemplo, en la fachada de la iglesia de Saint-Etienne-du-Mont de París, levantada entre 1610 y 1626 ante una iglesia gótica. El hecho de que la iglesia fuese gótica propició en la fachada un extraño conjunto de sabor aún manierista, en el que se combinó un lenguaje gótico con otro clasicista, como se puede observar en la disposición de tres frontones superpuestos que dan una nota clásica, aunque el superior tenga más bien la apariencia de un gablete. Pero en realidad tanta superposición está motivada por la gran altura de la fachada, que por otra parte venía determinada por la que ya de por sí tenía el edificio gótico.Un paso adelante se dio en la iglesia de Saint-Gervais-Saint-Protais de París, donde Salomon de Brosse proyectó la primera fachada clásica de la ciudad; ésta fue levantada por Clément Métezeau entre 1616 y 1621 y, como en el caso anterior, ante un edificio gótico.La principal novedad estuvo en la solución dada por de Brosse, en la que inventó la versión francesa de fachada romana de la época. Para ello no hizo sino utilizar como eje centralizador el elemento que era el más característico de las fachadas de los châteaux ya desde la época renacentista. Consistía éste en un frontispicio en resalte compuesto mediante la superposición de tres órdenes formados por parejas de columnas que flanquean un vano en cada piso. A esta estructura no tuvo más que añadirle un frontón triangular sobre la puerta principal y otro curvo en el remate y disponer unas calles laterales más bajas para componer una fachada a la romana. Pero eso sí, lo mismo que en los château fueron tres los pisos en lugar de los dos con que solían componerse aquellas fachadas, pues aunque en la iglesia de Saint-Gervais estuviera el condicionante de ser gótica, la verdad es que el gusto por la verticalidad estaba implícito en la estética francesa.La iglesia de Saint-Paul-Saint-Louis, que es la del Colegio de la Compañía de Jesús en París, fue construida por los padres de la Orden François Dérand y Etienne Martellange entre los años 1627 y 1641 según el esquema de las iglesias romanas. En ella levantaron una fachada diseñada según el esquema de Saint-Gervais y también compuesta con tres pisos, pues la iglesia para adaptarse a los gustos franceses se hizo con gran altura. Sin embargo, la verdadera gran novedad del edificio, que era la cúpula sobre el crucero, quedó oculta desde el exterior por la altura de la fachada y por lo retranqueada que quedaba con respecto a ésta, defecto que, como ya se ha señalado, irá siendo corregido en las iglesias posteriores.Esta evolución se aprecia ya en la iglesia de la Sorbona, levantada por Jacques Lemercier entre 1635 y 1642 por encargo del cardenal Richelieu, quien ya con anterioridad, siendo director del Colegio, se había encargado entre 1626 y 1629 de la reconstrucción del edificio que se encontraba en un estado lamentable.La obra muestra por otra parte esa extraña simbiosis propia de Lemercier, que, como ha señalado Blunt, consiste en dos rasgos que nunca llegó a fusionar perfectamente; por un lado, el estilo corriente en la Francia de principios del siglo XVII y por otro, el lenguaje que aprendió durante su estancia en Roma entre los años 1607 y 1614.Tiene la iglesia una única nave dispuesta sobre su eje principal y otra transversal a ella de menor tamaño, con lo que se conforma un crucero sobre el que se eleva una cúpula; se completa la planta con unas capillas rectangulares situadas en los ángulos entre las naves. Este diseño parece derivar directamente del de la iglesia de San Carlo ai Catinari de Roma, trazada por Rosato Rosati y comenzada en 1612, cuando Lemercier estaba en Roma. Pero dentro de las semejanzas entre estas dos iglesias, es especialmente significativa la que existe entre las cúpulas; así, el tambor de la Sorbona, compuesto por medio de pilastras agrupadas entre las que se abren vanos, resulta extraña a los esquemas corrientes en la Roma del momento, pero no así a la de San Carlo ai Catinari, terminada de construir en 1620.Esta fecha resulta, además, significativa puesto que es seis años posterior a la marcha de Lemercier de Roma, lo que ha hecho suponer a Blunt que el arquitecto francés hubiera tenido acceso directo al taller de Rosati, lo que haría de éste su maestro. De esta forma habría sido el vehículo para la entrada en Francia del lenguaje arquitectónico imperante justo antes del florecimiento del barroco, y que era el que empleaban Rosati y otros seguidores de Giacomo della Porta, los cuales, siguiendo el estilo clasicista inaugurado por éste, se resistieron al de Maderno hacia el barroco.En otro sentido, la iglesia de la Sorbona, por las características de la institución a la que pertenece, posee dos fachadas, una hacia la calle y otra hacia el patio principal del Colegio. La primera sigue el esquema general de las iglesias romanas de la época, en este caso incluso con sólo dos órdenes superpuestos y volutas para unir el cuerpo superior con el inferior, esquema que también empleó Lemercier en las iglesias de Rueil y Richelieu. Según Blunt, este sistema es el utilizado por Giacomo della Porta en Santa Maria dei Monti, también visible en la articulación de los muros con pilastras, aunque en la Sorbona empleara columnas en el piso inferior; igualmente señala como una posible influencia de della Porta la alternancia de intercolumnios anchos en los que abrió puertas y ventanas, con otros estrechos en los que dispuso nichos.La fachada al patio responde a un esquema muy diferente cuya procedencia no aparece perfectamente clara. Para realzar la majestad de la iglesia desde el patio del Colegio, elevó la portada con una escalinata y la dispuso como un pórtico clásico, hexástilo y de columnas corintias que soportan un frontón con el escudo del cardenal en el tímpano. Al mismo tiempo, resulta importante el que desde este patio se podía observar mejor la cúpula por la mayor cercanía de ésta a la fachada dada la cortedad del brazo del crucero, mientras que desde la fachada a la calle, la mayor longitud de la nave todavía impedía una correcta visión.Durante el reinado de Luis XIII se construyeron numerosas iglesias parroquiales y conventuales de las que una buena parte ha desaparecido. En ellas, como rasgo característico de tipo general puede señalarse la tendencia al empleo de una planta de tipo centralizado.
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Balthasar Neumann no sólo fue uno de los grandes creadores de la arquitectura palaciega alemana sino que también fue sobresaliente su participación en la arquitectura religiosa. De su producción -ya hemos citado la capilla palatina de Wurzburgo- destaco la iglesia de Vierzehnheiligen, como ejemplo de iglesia de peregrinación y la de Neresheim, como tipo de iglesia conventual.La primera se construyó en honor de los catorce santos intercesores (Vierzehnheiligen) que según la tradición se habían aparecido junto al Niño Jesús en el siglo XV a un pastor. El abad del monasterio de Langheim encargó el proyecto de una iglesia de planta central, con el altar de los catorce santos en medio, al arquitecto protestante Gottfried Heinrich Krohne, pero el obispo de Bamberg, Friederich Karl de la familia Schönborn impuso al suyo, es decir, a Neumann. Hizo éste un primer proyecto de planta de cruz latina cuya ejecución fue iniciada en 1743 por el referido Krohne, quien desvió la cabecera excesivamente al este. El efecto fue que el altar de los santos que debía estar en el centro del crucero quedaba situado en la nave. La respuesta ofrecida a este problema por Neumann en 1744 dio lugar a una de las iglesias más originales del arte alemán del siglo XVIII.El exterior, como una basílica de cruz latina con fachada entre dos torres, no deja adivinar la riqueza interior. La planta está formada por tres óvalos de distinto tamaño en la nave y dos círculos formando el crucero, pero el punto focal no se encuentra aquí sino en medio del óvalo central en donde está el decorado altar de los santos. El resultado es un juego impresionante de interpenetraciones espaciales más complicado aún que el que habíamos visto en el vecino monasterio de Banz. Allí Dientzenhofer había limitado las compenetraciones sincopadas a una planta longitudinal, aquí Neumann lo aplica a un organismo mucho más complejo en que se une un espacio elíptico centralizado con una cruz latina. La solución era la de un consumado arquitecto, muy diferente a las de los maestros de obras del sur de Alemania.El espacio interior fue además enriquecido por los frescos de Giuseppe Appiani, pintor del elector de Maguncia y los estucos de Johann Michael Feuchtmayer y Johann Georg Übelher. El gran altar del centro de la nave de los Catorce Santos fue diseñado por Jakob Michael Küchel, quien también supervisó la obra siguiendo las ideas de Neumann, pues no en vano había trabajado con él en la corte de Bamberg.En la iglesia de la abadía benedictina de Neresheim, obra de madurez, presenta con toda claridad su idea acerca de la fusión de planta central y planta longitudinal. La nave se organiza a base de cinco óvalos, cuatro transversales, dos a cada lado y uno central, más grande y dispuesto longitudinalmente. A éste se agregan otros dos más pequeños que forman el crucero. Las naves laterales se han convertido en dos estrechas galerías separadas de la nave principal por soportes dispuestos al través y que nuevamente producen los espacios compenetrados en un continuo dinamismo de expansión y contracción. No pudo Neumann ver terminada su obra y tras su muerte se cubrió la iglesia con bóvedas más ligeras con una estructura de armazón metálica, frente a la piedra con que pensaba hacerlo el maestro.
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Los arquitectos bávaros más representativos en la arquitectura religiosa son los hermanos Asam, J. M. Fischer y D. Zimmermann.Cosmas Damian (1686-1739) y Egid Quirin (1692-1750) Asam eran hijos de un pintor de temas religiosos, que siguiendo la tradición medieval se había casado con la hija de su maestro Nikolaus Prugger, pintor de la Corte de Baviera. La primera formación de ambos hermanos fue junto a su padre, hasta que el abad de Tegernsee, para quien aquel había ejecutado las pinturas del coro de la iglesia, les envió a Roma a su costa. Durante su estancia, de 1712 a 1714, tuvieron ocasión de admirar las grandes composiciones de Giovanni Battista Gaulli, il Baciccia y del Padre Andrea Pozzo, así como impregnarse del arte de Bernini. A su vuelta, Cosmas se dedicó fundamentalmente a la pintura y Egid a la escultura y el estuco, trabajando muy a menudo asociados para un gran número de iglesias y monasterios no sólo de Baviera. Sin embargo, también se dedicaron, aunque ocasionalmente, a la arquitectura.A los dos años de su regreso, Cosmas Damian fue encargado de la construcción de la iglesia del monasterio de Weltenburg, cuyo abad conocía bien a la familia Asam ya que provenía de Tegernsee. La lección romana de Bernini ha sido diligentemente aprendida. Planta elíptica, como en San Andrés en el Quirinal, columnas salomónicas, como el baldaquino de San Pedro y muy especialmente la utilización de focos ocultos de luz. En el altar mayor la escultura de San Jorge de su hermano se ilumina teatralmente desde lo alto, y en el tambor de la bóveda, hábilmente ocultos, se abren unos óculos que hacen que resplandezca triunfalmente la Coronación de la Virgen pintada por Cosmas, frente a la penumbra de la zona baja.Por las mismas fechas Egid recibía el encargo de la nueva iglesia de los agustinos de Rohr. En este caso el hermano pequeño se limitó a proyectar una iglesia bastante tradicional con Wandpfeiler, pero nuevamente la apoteosis teatral se produce en la cabecera de la iglesia. En el impresionante altar mayor, verdadero escenario, con varios focos ocultos de luz, se interpreta la Asunción de la Virgen.El éxito sonrió a esta pareja de artistas, hasta el punto de que Igid Quirin pudo construirse un palacio en Munich y al lado una verdadera capilla palatina con dos pisos. Es ésta la iglesia de San Juan Nepomuceno, cuyo culto ya popular durante el siglo XVII, se acrecentó con ocasión de su canonización el año 1729. Cosmas reproduce en la bóveda su martirio, mientras que Egid cuelga en el vacío, encima del altar, un inmenso crucifijo sostenido por Dios Padre. El espacio interior, estrecho y alto, se convierte en algo dinámico gracias al balcón que recorre el segundo piso, cuyos ondulados perfiles se repiten, aunque en distinta forma, en la cornisa superior e, incluso, en las arquitecturas pintadas en el techo.Mientras que las fuentes en donde bebieron los Asam no cabe duda que eran italianas, Johann Michael Fischer (1692-1766) refleja el influjo bohemio. Educado por su padre, que era maestro de obras en el municipio de Burglengenfeld, marchó a Bohemia y a Moravia en donde conoció la obra de los Dientzenhofer. Ya en Baviera se convirtió en uno de los arquitectos alemanes más prolíficos de la época. En el monumento a él dedicado de la Frauenkirche de Munich se recuerda que construyó 32 iglesias, 23 monasterios y muchos palacios. En muchas ocasiones no se trata de obras enteramente suyas, sino que es llamado para terminar un edificio ya iniciado, para solucionar los problemas que había dejado el anterior o hacer un trabajo de restauración. Esto supone una cierta falta de homogeneidad en toda su producción.Las primeras iglesias enteramente proyectadas por él son de mediados de los años veinte. En general se advierte la deuda respecto de los Dientzenhofer en cuanto a las soluciones espaciales, aunque siempre sometidas a un principio de simplificación. Puede verse, por ejemplo, en Osterhofen, Santa Ana-am-Lehel en Munich o en los agustinos de Diessen. La iglesia franciscana de Santa María en Ingolstadtt desarrolla un tema que será constante en muchas de sus iglesias, la planta octogonal con lados desiguales. Tal vez su obra maestra sea la iglesia de la abadía benedictina de Rottam-Inn (1759-1766) en donde nuevamente coloca un octógono formado por pilares en el centro de un edificio longitudinal. El menor dinamismo de la construcción se compensa por un espacio más ligero y más transparente.Algunas veces recoge Fischer el tradicional modelo del Vorarlberg pero en una reinterpretación rococó, como ocurre en la iglesia abacial de Zwiefalten. Otras interviene en obras cuyo esquema general ya estaba dado por lo que su libertad de actuación queda muy limitada. Este es el caso del monumental conjunto monástico de Ottobeuren, cuya iglesia intenta conciliar la grandeza imperial con el espíritu rococó.Los problemas que se plantea Fischer siempre se encaminan a dar la mejor solución para la disposición interna de la iglesia, mientras que el organismo exteíno no le preocupa, por lo que sus fachadas suelen ser bastante simples y poco originales.El otro grande de la arquitectura bávara fue Dominikus Zimmermann (1685-1766). Nació en Wessobrunn, pueblo de la alta Baviera famoso por sus estuquistas. Johann Schmutzer le enseñó la profesión a él y a su hermano Johann Baptist, mientras que los conocimientos de arquitectura los aprendió en contacto con los maestros del Vorarlberg.Comenzó en compañía de su hermano como estuquista, decorando las iglesias de otros, pero, a partir de 1716 en que se trasladó a Landsberg-am-Lech en Suabia, trabajó también como arquitecto. Sus dos obras maestras no son monasterios sino iglesias de peregrinación.En la iglesia de Steinhausen, construida en Suabia para la abadía imperial de los premostratenses de Schussenried (1728-1735), da una interpretación original a ideas anteriores en cuanto al problema de unificación de la planta central y la planta longitudinal. La solución que propone es una síntesis de una iglesia de salón gótica (Hallenkirche) con una planta elíptica centralizada y el resultado es una nave ovalada rodeada de arquerías y circundada por un deambulatorio. Este era habitual en una iglesia de peregrinación para facilitar las procesiones, pero es tan estrecho que casi se convierte en algo inútil y sólo sirve como elemento de composición espacial. El interior de la iglesia da la sensación de un pabellón sobre altos pilares rodeado de un muro delgado abierto con ventanas que dejan entrar la luz a raudales.Para la decoración contó con la ayuda de su hermano Johann Baptist, autor también del fresco de la bóveda. En los palacios muniqueses se prefería el estuco dorado o plateado sobre fondo blanco, al estilo francés, mientras que aquí se utiliza un azul pálido y rojo para los capiteles y el resto blanco y amarillo sobre fondos verdes, azules, amarillos y blancos, resaltando en oro sólo los puntos más sobresalientes.Años después, pero ahora en Baviera, eleva Zimmermann una de las hoy todavía más famosas iglesias de peregrinación alemanas, la iglesia de Wies (1745-54), repitiendo, aunque de una forma más elaborada, el anterior esquema. El presbiterio se alarga destacándose del óvalo y en el extremo se coloca la torre que a su vez enlaza con el pequeño convento. La bóveda que a modo de pabellón apoyaba en pilares en Steinhausen, ahora lo hace en columnas pareadas que aligeran aún más la estructura. La sensación general de que hasta los elementos constructivos parecen exclusivamente ornamentales en buena parte se consigue gracias a la utilización de la madera en la construcción. También para la decoración colaboró su hermano.La iglesia de peregrinación de Wies es el ejemplo más peculiar del rococó en la arquitectura religiosa alemana, como el pabellón del Amalienburg, asimismo con estucos de Johann Baptist Zimmermann, lo era de la arquitectura civil.
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Dos factores distintivos del Romanticismo, que resumimos en los problemas de la diversificación estilística y del subjetivismo en el conocimiento estético, son clara herencia de los hábitos artísticos propiciados por la Ilustración en el siglo XVIII. La teoría psicologista del gusto, la hipótesis sobre el valor cognitivo del sentimiento, la gran curiosidad historiográfica, el enciclopedismo y los profundos cambios en los planteamientos morales y epistemológicos introducidos por la Ilustración, forman parte de los prolegómenos de la estética moderna que tiene como corolario esa alteración en la forma de entender la creación artística.Son reflejo de ello, decimos, la pluralidad estilística tanto como el descubrimiento de los valores sentimentales en el arte. Este se produjo a la vez que se daba una explicación de las cualidades de lo artístico no tanto a partir de las propiedades objetivas de las obras, como a base de las reacciones estéticas del sujeto circunstante. Este punto de partida sirvió a Addison, Hume, Hutcheson, Burke y a cuantos estimaron -fuera y dentro de Gran Bretaña- las aproximaciones empiristas y psicologistas, para enfatizar las propiedades del impacto empático de las realizaciones artísticas sobre el espectador.