Las cartas de relación de don Hernando (1520-1526) Aproximadamente año y medio después de haber desembarcado en Veracruz, y cuando ya habían ocurrido sucesos de enorme trascendencia, Cortés escribió el 30 de octubre de 1520 la segunda de sus cartas de relación al Emperador. Redactada en la que se llamó villa de Segura de la Frontera, abarca en una primera parte, desde la salida de Cortés de Veracruz con rumbo al altiplano, hasta la llegada a la gran ciudad de México, el recibimiento de Moctezuma, descripción de las maravillas que allí había, y estancia en ella de los españoles en calidad de huéspedes. En el resto de la carta trata Cortés de la venida de Pánfilo de Narváez, enviado por Diego Velázquez para quitarle el mando; la derrota de Narváez; el regreso del extremeño a México donde descubrió lo que había ocurrido allí con la consiguiente rebelión de los aztecas que, tras la muerte de Moctezuma, acometieron a los españoles que se vieron forzados a salir de la ciudad y buscar refugio entre sus aliados tlaxcaltecas. La recepción de esta carta en España, prescindiendo ahora de las consecuencias favorables que tuvo para Cortés, despertó aún más el interés, tanto del monarca como de otros muchos, ante noticias que sonaban casi a fantasías. El hecho es que esta comunicación comenzó a tener enorme circulación, impresa primeramente en su original castellano en Sevilla, 1522. A dicha edición siguieron otras muchas: segunda en español, Zaragoza, 1523; primera en francés, Amberes, 1522; primera en flamenco, 1523; primera en latín, Nüremberg, 1524; segunda en latín, Colonia, 1532; primera en italiano, Venecia, 1524; segunda en italiano, Venecia, 1524#20. Importa señalar que, acompañando al texto de la primera edición de esa carta en castellano, apareció un mapa del golfo de México, a todas luces inspirado en el ya mencionado del capitán Alonso Álvarez de Pineda. Del viaje de éste, enviado por Francisco de Garay, había tenido noticia Cortés desde que, todavía en 1519, apresó en las cercanías del Pánuco a cuatro de los hombres que venían a las órdenes de Álvarez de Pineda21. Como quiera que haya sido, el hecho es que la semejanza del mapa que se publicó junto con la segunda relación de Cortés con respecto al anterior, debido a Álvarez de Pineda que era el único que había costeado el interior de todo el golfo de México, prueba que la fuente última estuvo en la delineación geográfica obra del enviado de Garay. De esta suerte ese mapa comenzó a difundir en varias de las ulteriores ediciones de la segunda relación, una primera imagen del país sobre el que tantas noticias se daban. Las cartas tercera (15 de mayo de 1522) y cuarta (15 de octubre de 1524), que don Hernando envió al Emperador con otros procuradores suyos y más obsequios, alcanzaron por igual rápida y extensa difusión. En la tercera el tema central fue la conquista del gran imperio azteca, en tanto que en la cuarta se refirió Cortés a sus primeras acciones y reducciones de otras provincias, una vez tomada la ciudad de México. No siendo mi propósito ofrecer aquí un elenco bibliográfico de las ediciones que tuvieron esas cartas, expresaré tan sólo que de ellas se conocen más de una docena, anteriores a 1550, en castellano, latín, italiano, francés y alemán22. En lo que toca a la quinta carta de relación (3 de septiembre de 1526) en la que se refiere Cortés sobre todo a su expedición a las Hibueras, debe notarse que permaneció por mucho tiempo inédita, hasta que en 1844 la sacó a luz Martín Fernández de Navarrete en el volumen V de la Colección de documentos inéditos para la Historia de España (Madrid, 1844). También en fechas bastante tardías fueron saliendo a la luz pública otras muchas cartas y memoriales, en general de corta extensión, escritos en diversos momentos por el mismo conquistador. A modo de explicación de esto puede decirse que en la mayoría de tales comunicaciones el asunto principal no era ya describir ni la grandeza de los reinos indígenas ni los hechos de la Conquista, temas que en realidad eran los que tanto habían atraído el interés de numerosos lectores en muchos lugares de Europa. Más publicaciones hasta 1536 sobre las nuevas tierras y la conquista de las mismas Sería difícil querer dar aquí un registro completo del gran conjunto de obras en las que, con apoyo sobre todo en las relaciones de Cortés y también en otros testimonios recibidos de viva voz, se buscó satisfacer el creciente interés y curiosidad sobre lo que se decía acerca de esos reinos recién conquistados. Como muestra mencionaré sólo algunas publicaciones principales. De temprana fecha es la que apareció en Ausburgo, 1522, con el título en alemán de Ein schöne newe Zeytung so Kayserlich Mayestet aus India yetz, nemlich Zukommen seind (Un hermoso noticiero de como los de su majestad imperial ahora desde la India han regresado). En dicho impreso, tras recordarse los viajes de Colón, se describe la conquista de México y se habla luego del retorno a España de una de las embarcaciones de la armada de Magallanes, aquélla en la que dio la vuelta al mundo Juan Sebastián Elcano. A la par que aparecían libros y folletos que, en diversas lenguas, hablaban de los ricos países recién conquistados por Cortés, también en la cartografía acerca del Nuevo Mundo se fue delineando, cada vez con mayor precisión, el perfil de esas tierras que comenzaban ya a conocerse como Nueva España, el nombre que les dio don Hernando en la segunda de sus cartas de relación (1520). Mapas de particular interés en este contexto son el todavía muy fantasioso atribuido a Johannes Schönner, de 1523, en el que se traza el recorrido de la expedición de Magallanes. En él la masa continental de América muestra ya con bastante precisión el perfil del sur del continente. Respecto del hemisferio norte incluye anotaciones como La Florida, Dariensis y Bacalaos. La parte en que se representa a México muestra el correspondiente golfo y la península yucateca. En el interior del país se traza un lago con la inscripción Senotormus. En un panfleto que escribió el mismo Schönner, al referirse a la ciudad de México, nota una extravagancia digna de ser recordada: Por un muy largo circuito hacia el poniente, partiendo de España, hay una tierra llamada México y Temistitán, en la Alta India, que en tiempos antiguos se llamó Quinsay, es decir Ciudad del Cielo, en la lengua del país#23. Mejor informado estuvo, en cambio, Vesconte de Maiollo, cartógrafo genovés que publicó un mapamundi en Génova, 1527. En el lugar en que se registra la ciudad de México, se reproduce en pequeño el plano de la ciudad atribuido a Cortés y publicado, junto con su segunda relación desde 152424. Al inglés Robert Thorne se debe una Orbis Universalis Descriptio, en la que sobre tierras mexicanas aparece ya la leyenda Hispania Nova25. Mucho más rico en información precisa es el mapamundi del portugués Diego Ribero, al servicio de Carlos V, producido en 1529 con base en la información reunida en el Padrón General existente en Sevilla. En dicho mapa aparecen las leyendas Nueva España y Guatimala, así como una copiosa toponimia a lo largo de las costas del golfo de México. En el interior de México una leyenda expresa que se llama Nueva España porque hay en ella muchas de las cosas que se encuentran en España# Encierra mucho oro#26. La existencia de estas y otras alusiones a México en la cartografía universal anterior a 1530 es indicio del enorme interés que despertaban las maravillas y riquezas que se decía allí abundaban. A propósito de otros testimonios que se imprimieron luego, me limito a mencionar tan sólo tres aparecidos antes de 1540. Comenzaré con los del humanista siciliano afincado en Salamanca, Lucio Marineo Siculo. Publicó éste en 1530 en Alcalá de Henares su Opus de Rebus Hispaniae Memorabilibus, que apareció también en castellano en el mismo lugar y año. En dicha obra, al hablar de los varones ilustres de España, dedica varias páginas a la vida del que llama Don Fernando Cortés, marqués del Valle. Las noticias que allí proporciona sobre el conquistador dejan entrever que había tenido contacto personal con el mismo durante su reciente estancia en España (de 1528-1530), cuando precisamente recibió el título de marqués. Esta biografía, fruto de una probable entrevista, poco tomada ahora en cuenta por los estudiosos de la vida y hechos de Cortés, pone de manifiesto la celebridad que había alcanzado el conquistador. Signo de los tiempos fue que, cuando esta obra de Lucio Marineo Siculo se reimprimió en 1533 en la misma Alcalá de Henares, se suprimieron en ella, por disposición de la Corona, los folios que contenían las vidas de los hombres ilustres, entre ellas la de Hernán Cortés. Publicaciones asimismo de particular significación fueron las recopilaciones póstumas de lo escrito por Pedro Mártir de Anglería, así como la primera edición de la gran crónica de Gonzalo Fernández de Oviedo. De Pedro Mártir se reprodujeron sus Décadas, De Orbe Novo (Alcalá de Henares, 1530), en las que se reunió, entre otras cosas, el conjunto de sus noticias sobre México, desde el viaje de Grijalva hasta la consumación de la Conquista. En el caso de Fernández de Oviedo, que había publicado desde 1526 en Toledo su Natural Hystoria de las Indias, cabe decir que incorporó en su nueva obra, dividida en diecinueve libros, intitulada Historia general y natural de las Indias, impresa en Sevilla en 1535, muchos testimonios tocantes a Cortés y las cosas de Nueva España. Con su aportación, más allá de los documentos primarios como el Itinerario de la Armada y las cartas de Cortés, se iniciaba formalmente en la crónica oficial sobre las Indias Occidentales, una interpretación de los hechos ocurridos y de su relevancia para el imperio de Carlos V. A la primera edición de 1535 siguieron otras, basadas en la enriquecida con una segunda parte publicada en Valladolid, 1556. México en otras grandes obras de cronistas y compiladores de documentos a lo largo del XVI Para acabar de valorar cuáles han sido los textos y publicaciones a los que, por mucho tiempo, se ha acudido --como fuentes para estudiar el tema de la conquista de México-- mencionaré a modo de elenco, otros trabajos que vieron la luz en el siglo XVI y que, por tanto, fueron accesibles a los interesados. Por una parte destacan las dos obras del capellán de Cortés, Francisco López de Gómara, Historia de las Indias e Historia de la Conquista de México, aparecidas en Zaragoza, 1552. Tildadas de tendenciosas, se llegó incluso a prohibir su circulación. La Historia de la Conquista de México refleja fundamentalmente el punto de vista de Cortés. Las reacciones antagónicas a que dio lugar vuelven a ser testimonio del nunca extinguido apasionamiento en torno a la figura del conquistador y sus hechos. Y a pesar de todo, entre los años de 1552 y 1554, se reimprimió en Zaragoza y en Medina del Campo y otras cinco veces más en Amberes, lo que no deja la menor duda acerca de la popularidad que llegó a alcanzar, incrementada tal vez por el mismo hecho de tratarse de un libro prohibido27. Durante el resto del siglo XVI y primeros años del XVII hubo al menos otras cuatro grandes obras en las que ocupan lugar prominente las exploraciones y conquista de México. Una, de carácter documental, en la que se incluyen varios testimonios como el del llamado conquistador anónimo y otros referentes a las expediciones dispuestas por Cortés a California, es la conocida compilación de Gianbattista Ramussio, Delle Navigationi et Viaggi, en tres volúmenes, el tercero de los cuales se destinó a temas americanos, publicado en Venecia, 1565. Notable difusión tuvo asimismo el trabajo del jesuita José de Acosta (1540-1600), Historia natural y moral de las Indias, Sevilla, 1590, y reimpreso en Barcelona, 1571; Sevilla, 1591; Madrid, 1608; 1610# Aunque es mucho lo que podría decirse para valorar esta obra escrita con un sentido de modernidad, me limito a señalar que en ella, tras describir las peculiaridades del Nuevo Mundo y las costumbres y creencias sobre todo de los antiguos mexicanos y peruanos, se dedica la mayor parte del libro séptimo y último a la historia del México prehispánico y de su conquista por Cortés. De modo especial importa subrayar que, por caminos indirectos, correspondió a Acosta ser el primero que, al escribir sobre la conquista de México, tomó en cuenta hasta cierto punto algo que, con raras excepciones, los estudiosos de tiempos posteriores habrían de olvidar por completo. Me refiero a la existencia de testimonios indígenas sobre el encuentro con los españoles. Citaré tan sólo dos lugares en los que el jesuita alude expresamente a las fuentes nativas. En un caso lo hace a propósito de los presagios y prodigios extraños que acaecieron en México antes de que feneciese su imperio. Después de expresar muchas salvedades, insistiendo en que la divina escritura nos veda el dar crédito a agüeros y pronósticos vanos#, señala que lo que va a referir debe, sin embargo, tomarse en cuenta: He dicho todo esto tan de propósito, para que nadie desprecie lo que refieren las historias y anales de los indios, cerca de los prodigios extraños, y pronósticos que tuvieron de acabarse su reino, y el reino del demonio, a quien ellos adoraban juntamente; los cuales, así por haber pasado en tiempos muy cercanos, cuya memoria está fresca, como por ser muy conforme a buena razón, que de una tan gran mudanza el demonio sagaz se recelase y lamentase, y Dios, junto con esto, comenzase a castigar a idólatras tan crueles y abominables, digo que me parecen dignos de crédito, y por tales los tengo y refiero aquí28. En otro contexto, hablando de cómo entraron los españoles en México y de los hechos de Hernán Cortés, nota que: De esto mismo hay ya muchas historias y relaciones y las que el mismo Fernando Cortés escribió al Emperador Carlos Quinto# Sólo para cumplir con mi intento, resta decir lo que los indios refieren de este caso, que no anda en letras españolas hasta el presente#29. Si fue Acosta el primero que consideró pertinente tomar en consideración testimonios indígenas al escribir acerca de la conquista de México, cabe al menos preguntarse cuál fue la documentación que tuvo al alcance y si realmente perteneció ella al conjunto de textos que pueden describirse como integrantes de la visión de los vencidos. Es cierto desde luego que Acosta ni supo la lengua indígena ni tampoco realizó una investigación directa en busca de tales fuentes nativas. Lo que ocurrió es que, durante su estancia en México entre los años de 1586 y 1587, poniéndose en contacto con el también jesuita Juan de Tovar, recibió de él copia de una obra que tenía redactada sobre antigüedades indígenas y la conquista de México. Para preparar su manuscrito se había servido Tovar del trabajo inédito del dominico Diego Durán, Historia de las Indias de Nueva España e Islas de Tierra Firme30. Ahora bien, el dominico Durán que sí hablaba el náhuatl y había pasado numerosos años de su existencia en México, probablemente desde 1540, para disponer su obra había tomado muy en cuenta diversos testimonios indígenas, en especial una crónica en náhuatl a la que alude con frecuencia. Puesto que el manuscrito de Tovar constituía en realidad un extracto de la obra de Durán, fue así cómo, a través del primero, tuvo Acosta acceso indirecto a lo expresado por indígenas en relación con la Conquista31. En tanto que, hasta mediados del siglo XIX, nadie volvió a acordarse de los manuscritos de Durán y Tovar, puede afirmarse que correspondió al padre Acosta el honor de ser el primero en publicar una obra en la que, si se quiere indirectamente, la documentación indígena mereció ya cierta atención. Lo extraño del caso es que, a pesar de las referencias expresas de Acosta a la existencia de testimonios indígenas, hubo sólo otro único autor que, algunos años más tarde, volvió a atender a ellos en los volúmenes que publicó. Ese autor fue fray Juan de Torquemada que habría de publicar la primera edición de su Monarquía Indiana en 1615. En dicha obra se da entrada a más copiosas referencias a testimonios indígenas, de modo especial a los que transcribió pocos años antes fray Bernardino de Sahagún con sus colaboradores nativos. Esos testimonios, citados también indirectamente por Torquemada, eran en realidad parte importantísima del conjunto de textos de la Visión de los vencidos. Antes de ver lo que manifestó Torquemada sobre tales testimonios, importa hacer referencia a otro clásico de la historiografía, cronista real de Indias, que escribió en España y desconoció por completo la existencia de fuentes indígenas mesoamericanas.
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Las noticias y la historiografía tetzcocana El segundo fragmento del Códice Ramírez contrasta vivamente con los textos que le preceden. Su ilustre descubridor, impresionado por la relación que iniciaba el manuscrito, no le prestó ninguna atención, limitándose a efectuar una somera descripción formal, que reza así: Es un original y de letra enteramente diversa. Las numerosas testaduras manifiestan claramente que era el borrador. Está distribuido en capítulos, habiendo quedado en blanco sus números ordinales. Relátanse en él compendiosamente los hechos de la conquista, desde la llegada de los españoles a Tezcuco hasta los inmediatos a la rendición de México8. Por supuesto, sobra señalar que no comparto la opinión del ilustre anticuario. La historiografía mexicana se caracteriza por una acusada carencia de originales y la aparición de un supuesto ológrafo, aunque sea un borrador, constituye todo un acontecimiento. Máxime si, como sucede en el caso que nos ocupa, proporciona datos de sumo interés sobre la participación del Acolhuacan --uno de los Estados miembros de la Triple Alianza-- en los sucesos de 1519-1521. La heurística, una actividad a caballo entre el arte y la ciencia, presenta más obstáculos que facilidades a la persona que se adentra en tan apasionante campo. Naturalmente, el resultado final depende en gran parte de las dificultades que muestre el documento, las cuales varían de manera considerable en cantidad y calidad. Por lo que respecta al retazo localizado por Ramírez, los problemas son tantos que, sin duda alguna, cualquier análisis del mismo difícilmente rebasará la categoría de mera conjetura. Por esta razón, las reflexiones esbozadas en las líneas siguientes no pretenden sentar o iniciar polémica alguna. Deben considerarse, única y exclusivamente, como una mera lucubración, cuyo único objetivo reside en atraer la atención de los estudiosos sobre un texto ignorado por la crítica.
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Las obras de Herrera y Torquemada Casi al mismo tiempo, el franciscano fray Juan de Torquemada (c. 1562-1624) que laboraba en Tlatelolco, al norte de la ciudad de México, y el Cronista Real Antonio de Herrera y Tordesillas (1549-1625), célebre humanista e historiador oriundo de Cuéllar, en Segovia, se afanaban en la preparación de dos magnas obras que darían a uno y otro gran celebridad. En lo que toca a Herrera, se había distinguido ya éste como traductor de obras clásicas del italiano y como autor de una Historia de lo sucedido en Escocia e Inglaterra en cuarenta y cuatro años que vivió María Estuarda, reina de Escocia, publicada en Madrid en 1589, y asimismo de otra que le atrajo considerable atención, intitulada Cinco libros de la Historia de Portugal y Conquista de las islas Azores en los años de 1582-1583, sacada a luz en Madrid, 1591. De modo especial este último trabajo debió ser del agrado de Felipe II cuya persona fue allí objeto de amplia consideración, al haber tenido lugar durante su reinado la incorporación de Portugal a España. Ahora bien, gracias a sus méritos y otros valimientos, Herrera alcanzó un doble y codiciado nombramiento, el de Cronista de Castilla y también el de las Indias. Este último encargo le fue conferido en mayo de 1596. En su calidad de Cronista Mayor de Indias logró Herrera acumular documentación en extremo copiosa, proveniente de lo allegado hasta esos años en los reales archivos, sobre los reinos y provincias de ultramar. Herrera se propuso distribuir sus materiales por décadas, en las que situó lo acontecido en las diversas regiones del Nuevo Mundo. Su obra, aunque precedida de una especie de libro introductorio en el que intenta una descripción y demarcación de las Indias occidentales, fue básicamente una especie de gran surtido documental. Copiando unas veces y resumiendo otras los distintos documentos a su alcance, fue enhebrando la secuencia de los hechos con muy pocos comentarios y con muy escasos juicios críticos de su propia cosecha. Su trabajo fue, no obstante, de enorme importancia ya que en él se reunieron multitud de documentos antes dispersos, no pocos de los cuales se encuentran en la actualidad perdidos. Con tanta celeridad trabajó Herrera que en 1601 pudo sacar una primera parte de la que intituló Historia general de los hechos de los castellanos en las islas y Tierra Firme del Mar Océano. En dicha publicación incluyó su Descripción de las Indias, así como lo referente a las cuatro primeras décadas, a partir de la llegada de Colón a las Antillas. Más tarde, en 1615, continuaría la publicación de su trabajo, hasta alcanzar éste su cabal completamiento como ahora se conoce. En la obra de Herrera ocupan lugar muy especial las noticias sobre las primeras expediciones a tierras mexicanas y el relato pormenorizado de la conquista de México llevada a cabo por Cortés. Para escribir sobre este asunto se valió Herrera del Itinerario de la Armada, las Cartas de Relación de don Hernando, lo escrito por Fernández de Oviedo, los textos del cronista Francisco Cervantes de Salazar, los manuscritos de fray Bartolomé de las Casas, las obras publicadas de Francisco López de Gómara y del padre José de Acosta. Respecto de posibles testimonios indígenas, ni supo acerca de ellos, ni probablemente pasó por su mente que pudieran haber existido. La obra de Herrera, desde su parcial publicación en 1601, despertó tan grande interés que muy pronto aparecieron traducciones al latín (cuatro ediciones), al francés (tres ediciones), al alemán (una edición), al holandés (una edición) y al inglés (dos ediciones). La difusión que así alcanzó confirma el interés que siguió prevaleciendo en Europa por saber acerca de las cosas del Nuevo Mundo. Como ya dijimos, en tanto que, en su calidad de Cronista Real en España, adelantaba Herrera con grande empeño en sus trabajos, también el franciscano Torquemada estudiando todo género de testimonios, laboraba en su celda del convento de Santiago de Tlatelolco. En particular tuvo acceso Torquemada a los escritos, que por mucho tiempo permanecieron inéditos, de varios hermanos suyos de religión como fray Toribio de Benavente Motolinía, fray Andrés de Olmos, fray Jerónimo de Mendieta y fray Bernardino de Sahagún. Pudo aprovecharse también de la gran aportación, asimismo inédita, de fray Bartolomé de las Casas, la Apologética Historia Sumaria. Pero además de dichos testimonios, Torquemada había dedicado varios años al estudio directo y la valoración de buen número de manuscritos indígenas, con pinturas y textos en legua náhuatl. Su intención era llegar a publicar una magna obra dispuesta en veintiún libros y en la que abarcaría cuanto pudiera reunir acerca del pasado prehispánico, la conquista de México, la evangelización y el primer siglo de vida de la Nueva España. Hallándose en medio de tal empresa tuvo ocasión Torquemada de leer, tanto la Historia Natural y Moral de las Indias de José de Acosta (1509), como las primeras cuatro Décadas de la aportación de Herrera (1601). Respecto del libro de Acosta, aunque reconoció sus méritos, le hizo varias criticas, sobre todo por apoyarse a veces en fuentes que Torquemada no tuvo como dignas de fe. Mucho más duro fue el cronista franciscano al juzgar la aportación de Herrera. Entre los cargos que enderezó al Cronista de las Indias sobresalen dos. El primero es haberse puesto a escribir sobre la historia de tierras que enteramente desconocía. El segundo es no haber tomado en cuenta fuentes para Torquemada primordiales, como las de algunos franciscanos, en especial Motolinía, Olmos, Mendieta y Sahagún, y menos todavía la de autores indígenas de cuyo estudio mucho se apreciaba Torquemada. El franciscano, después de bastantes años de trabajo, dio por concluida su obra hacia 1612. Trasladándose a Sevilla para cuidar de la publicación de la misma, la Monarquía Indiana, en tres gruesos volúmenes, apareció en 161532. Fue esta obra la primera de las que se publicaron en la que se dio cabida a testimonios indígenas consultados por quien conocía la lengua náhuatl y era experto escudriñador de los manuscritos indígenas. Se mencionó antes que José de Acosta había hecho algunas referencias a testimonios nativos. Pero como también se indicó, tales referencias fueron indirectas y con apoyo en lo reunido en última instancia por Diego Durán cuya obra no habría de publicarse sino hasta mediados del siglo XIX. Razón tuvo pues Torquemada al preciarse de haber buscado la verdad plena de los hechos de la Conquista acudieron al testimonio de los indígenas. En su opinión, Herrera se equivocó en lo que escribe por haber consultado sólo autores españoles. Así, por ejemplo, al hacer referencia al presente enviado por Moctezuma a Cortés expresa que de eso hablan. Gómara y Antonio de Herrera confusamente# Pienso estuvo el yerro en no hacer estas inquisiciones e informaciones más que con los españoles que entonces vinieron, y no las averiguaron con los indios, que también les tocaba mucha parte de ellas y aun el todo, pues fueron el blanco donde todas las cosas de la Conquista se asestaron, y son los que muy bien las supieron y las pusieron en historia a los principios, por sus figuras y caracteres, y después que supieron escribir, algunos curiosos de ellos, las escribieron, las cuales tengo en mi poder. Y tengo tanta envidia al lenguaje y estilo con que están escritas, que me holgaré saberlas traducir en castellano con la elegancia y gracia que en su lengua mexicana se dicen. Y por ser historia pura y verdadera, la sigo en todo; y si a los que las leyeren parecieran novedades, digo que no lo son, sino la pura verdad sucedida; pero que no se ha escrito hasta ahora, porque los pocos que han escrito los sucesos de las Indias, no las supieron, ni hubo quién se las dijese#33. Y añade a continuación que en alto grado se debía la recopilación de muchos de esos testimonios en lengua indígena al ya citado franciscano Sahagún: Ni tampoco yo las escribiera si no las hallara averiguadas de el padre fray Bernardino de Sahagún, religioso santo y grave, que fue de los segundos que entraron en la conversión de esta Nueva España, y de los primeros, el primero investigador de las cosas mis secretas de la tierra; y supo todos los secretos de ella, y se ocupó más de sesenta años en escribir lengua mexicana y todo lo que pudo alcanzar en ella34. Tomando así en cuenta los testimonios indígenas allegados por él mismo y los que había obtenido antes Sahagún de ancianos que habían contemplado los hechos de la Conquista, dio cabida Torquemada en su obra a fuentes que pertenecen plenamente a la visión de los vencidos. No dejaré de notar que el cronista Herrera, ocupado todavía en la preparación de las siguientes Décadas de su obra, tuvo ocasión de leer las críticas que le hizo Torquemada. Molesto por ellas, endilgó a su vez duras palabras al fraile que ha sacado un Monarchía Indiana, del cual notó que no sabría juzcar cuál es mis en este autor, el ambición o el descuido en guardar las reglas de la historia#, añadiendo de paso un juicio adverso a los trabajos de los frailes, entre ellos los de Olmos, Sahagún y Mendieta, y su parecer sólo pretendidos conocedores de las realidades indígenas35. Con esta especie de polémica de la que hablan los cargos que en sus respectivas obras se hicieron el franciscano y el Cronista Real, y en la que fue asunto de debate la existencia y valor de testimonios indígenas sobre la Conquista, concluye el ciclo de las aportaciones hechas hasta principios del siglo XVII para dar a conocer a los europeos los grandes hechos ocurridos en el Nuevo Mundo. A modo de balance, es necesario reiterar que, fuera de las indirectas referencias de Acosta y las alusiones de Torquemada, todo lo que se difundió por el ancho mundo respecto al choque de pueblos y culturas que fue la conquista de México, provino en exclusiva del testimonio expresado por los vencedores. Esta realidad confirmaba plenamente el viejo dicho de que la historia la escriben siempre los que triunfan y se imponen.
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Los hechos históricos relatados La conquista de Chile había tenido un inicio desafortunado con la jornada emprendida por el antiguo socio y compañero de Francisco Pizarro, Diego de Almagro. Vista como lógica continuación de la labor iniciada en Cajamarca, el Adelantado concibió la empresa chilena como una culminación del desmantelamiento político del dominio quechua en aquella porción de los Andes. Que su pensamiento era éste y no otro lo demuestra el interés señalado en hacerse acompañar en aquella ocasión por dos altos dignatarios incaicos, uno, el propio hermano del Inca Manco, Paulo Inca, y otro, el sumo sacerdote Vila Homa, máxima autoridad religiosa del recién desestructurado estado indígena. Ambos compartían la delicada tarea de ir allanando con su potestad el camino al numeroso ejército organizado y debían de poner a disposición de los españoles toda la infraestructura que aún permanecía en pie de la organización levantada por las autoridades del Cuzco en aquellos recónditos confines. Atraído y engañado por la fama que retenía y gozaba Chile como zona productora de diversos metales, singularmente oro, cobre y plata -cuyos envíos afluían periódicamente al Perú, bien como tributo o bien como producto del intercambio económico que sustentaba las particulares relaciones de reciprocidad andinas-, y espoleado por el afán de nuevos descubrimientos y exploraciones, Almagro abandonaba el antiguo corazón del Tahuantinsuyu4 en el mes de julio del año 1535, siguiendo el camino real inca que cruzaba el altiplano en dirección al extremo sur del Collasuyu, para transponer la terrorífica cadena montañosa de los Andes a la altura del valle de Copiapó. Las penalidades que hubo de sufrir y la falta de comida y bastimento, sumadas al intenso frío y los inconvenientes originados por la gran cantidad de nieve acumulada, hizo que las bajas fueran abundantes, especialmente entre los indígenas que transportaban los enseres y el fardaje de los españoles, perdiendo igualmente gran número de caballos. Superadas las distintas contrariedades presentadas, las tropas pudieron al fin alcanzar los valles de Copiapó, Huasco y Aconcagua, donde descansaron y se reformaron de los sufrimientos pasados. Pero una vez recuperados, la realidad que se presento a los ojos de la hueste del Adelantado fue bien distinta de la que se pensaba haber encontrado. La grandiosidad, la magnificencia y la riqueza abandonadas en el Perú no se hallaban presentes entre los naturales de aquellas latitudes. Incluso, las nuevas que se procuraron indagar de las tierras extendidas más al sur, eran mucho más desalentadoras. Pareciera que cuanto más se avanzase, menor desarrollo social presentarían los naturales. Si bien la intervención de los nobles incas había proporcionado algún oro, las nuevas tierras alcanzadas poco valían sin numerosos y bien organizados brazos que las hicieran producir: ... hechos juntar los caciques e principales, se informó de lo que había en la provincia y en la tierra adelante hasta el Estrecho de Magallanes; e por cierta relación dijeron la pobreza de la provincia de Chile, e cómo era muy mayor e peor la de adelante, y que los picones eran quince o veinte pueblos, que cada uno tenía diez casas de gente muy pobre, vestida de pellejos. Que cuanto más la tierra iba adelanté, más estéril era e pobre e frigidísima e inhabitable; e que los que la habitaban no cogían ni comían maíz, sino ciertas raíces de campo e hierbas, e unos granos que echan los bledos a manera de mijo...5. A estas primeras desilusiones se añadieron pronto las voces que intentaban persuadir al Adelantado para que volviese al Perú y partiese los límites con Francisco Pizarro entre las respectivas gobernaciones de uno y de otro, considerando dentro de la jurisdicción de la Nueva Toledo la posesión de la antigua ciudad imperial, reclamada con más fuerza tras el fracaso del descubrimiento chileno. Decidido a regresar, elige para su retorno la vía de la costa, no menos ardua y penosa de recorrer por un grupo numeroso que el itinerario utilizado para la ida, pero sí mucho más rápida. Atraviesa de este modo el desierto de Atacama y la pampa de Tamarugal, una de las zonas más áridas y secas del planeta, recibiendo en el ínterin distintos avisos que le comunicaban la revuelta indígena que incendiaba al Perú. Manco Inca, cansado del despotismo de los extranjeros, acaudillaba en aquellos momentos una sangrienta rebelión y sitiaba la ciudad del Cuzco, intentando recuperar el protagonismo arrebatado. Algunos historiadores han sugerido que el viaje de Almagro a Chile estuvo inspirado por el propio inca para alejar a los españoles del Cuzco una vez decidida la ejecución de la sublevación. Sea cierto o no, el retorno del Adelantado en abril de 1537 ponía punto final a las aspiraciones de Manco y reavivaba las tensiones y los enfrentamientos entre aquél y el Marqués, dejando con ello el camino abierto a las luchas civiles que tan desastrosas consecuencias habrían de provocar. De esta manera se daba así fin a aquella aventura con un balance desolador que en nada beneficiaba la llegada de nuevos contingentes pocos años después. Las tropas del Adelantado habían sembrado la muerte y la destrucción a su paso, especialmente en los valles chilenos. Si Almagro se había mostrado como un caudillo generoso con sus hombres y como un gran estratega, no había sabido, o no había querido, impedir aquellas matanzas y aquellos abusos. Para hacernos una idea basta leer las líneas del clérigo Cristóbal de Molina, testigo excepcional en aquella expedición, que no por algo tendenciosas dejan de ser totalmente ciertas: ... dio la vuelta, la cual no se pudo hacer sin gran destrucción de los naturales y tierra de Chile, porque, como se determinó de volver, dio licencia a todas sus gentes que rancheasen la tierra y tomasen todo el servicio que pudiesen y indios para cargas; y no quiero explicar lo que pasó en esto ni qué tal quedó la tierra, porque por otras cosas que yo tengo apuntadas lo podrán sentir. Ningún español salió de Chile que no trajese indios atados: el que tenía cadena, en cadena, y otros hacían sogas fuertes de cuero de ovejas y hacían muchos cepos para aprisionarlos de noche, y tenían por costumbre, caminando porque no huyesen los tristes indios de llevarlos a la vela, poníanlos todos en un llano y velábanlos, y si alguno se movía inferían que se quería huir y dábanle, los que velaban, de palos...6. Transcurrida esta primera experiencia quedaba ya expedita la puerta para nuevos intentos, y efectivamente no habría de pasar mucho tiempo sin que otro veterano caudillo depositase sus ojos en Chile, en esta ocasión con la intención de poblar permanentemente el suelo y asentarse en él de una manera definitiva. No es ésta la oportunidad ni la ocasión de trazar una semblanza biográfica de don Pedro de Valdivia7, pero no podemos dejar de delinear los ejes básicos de su actuación anterior a la aparición de este importante actor en la escena chilena. Natural de la comarca extremeña de la Serena y allegado o vinculado a los Pizarro, Valdivia se presentaba en el Perú en un momento en el que el enfrentamiento violento entre almagristas y pizarristas era ya inevitable. Su tarjeta de presentación como hombre experimentado y avezado en los feroces frentes europeos, especialmente en Italia y Flandes, le valieron su elección como maestro de campo de Hernando Pizarro en las acciones que culminarían en la batalla de Las Salinas, librada en abril de 1538, y en la que caería preso Diego de Almagro. Con posterioridad a estos brotes fratricidas entre españoles interviene en la marcha al Collao y Charcas -siempre en compañía de Hernando y Gonzalo Pizarro- incorporando a la gobernación peruana toda la región del altiplano circundante al lago Titicaca, que pasó a denominarse desde entonces Alto Perú. Por su destacado papel en todas estas acciones, recibió del Marqués Francisco Pizarro una encomienda que abarcaba todo el valle de la Canela y una mina de plata en Porco, ambas en la citada zona del altiplano, las cuales le producían una substanciosa renta anual. Mas no era ésta la recompensa que el espíritu inquieto y las ansias de renombre de Valdivia buscaban, por lo que renunciando a la encomienda, solicitó, en atención a sus servicios, los títulos de teniente del gobernador y capitán general de los reinos de Chile, que le facultaban para emprender la conquista del territorio. De esta forma, con escasos medios y mucha determinación se ponía en marcha a finales del mes de enero de 1540, al frente de un reducido grupo de españoles, decidido a internarse en el desierto de Atacama, por lo que dispuso el paso en pequeños grupos, mejor preparados para enfrentarse a la falta de agua y a las duras condiciones imperantes, aprovechando las enseñanzas extraídas durante el regreso de Almagro tres años antes. Sin embargo no iba a ser el desierto, con ser éste duro, el principal obstáculo en su travesía, sino la falta de avituallamiento y el vacío de los naturales, escarmentados con la experiencia sufrida por el paso del ejército almagrista. Por fin, tras algunas escaramuzas y después de cruzar los valles de Copiapó, Huasco, Coquimbo y Aconcagua, consigue arribar a las orillas del río Mapocho, donde levanta en febrero de 1541 una población a la que titula Santiago del Nuevo Extremo, que rápidamente habría de convertirse en cabeza y corazón de todos los reinos de Chile. Los problemas que se presentan a partir de este momento en la sustentación de la ciudad, y los continuos combates sostenidos contra la población indígena, deciden a Valdivia a solicitar repetidamente socorros al Perú. Las incursiones y entradas realizadas al otro lado del río Maipo demostraban las excepcionales condiciones y la feracidad del suelo, a las que se sumaba una alta densidad de la población, sobre todo comparada con los estrechos valles nortinos. Pero los españoles que lideraba el extremeño eran escasos y se encontraban excesivamente alejados de cualquier base de aprovisionamiento, sin contar siquiera con vías terrestres de comunicación apropiadas, por lo que para paliar en la medida de lo posible esta carencia funda la ciudad y el puerto de La Serena en el valle de Coquimbo. Mientras, cansados los naturales de esperar un abandono que no terminaba de concretarse, se rebelan, sucediéndose casi constantemente las escaramuzas y los asaltos. Valdivia, animoso e incansable, acude una y otra vez a reprimir los sucesivos levantamientos e incluso aprovecha los escasos refuerzos conseguidos para explorar hasta las márgenes del caudaloso Bío Bío, en cuya desembocadura proyecta fundar una ciudad. Proveyendo en estos menesteres y afanándose por construir una gobernación a la medida de sus pensamientos, le sorprenden los acontecimientos que a la sazón conmueven al Perú, provocados por el levantamiento de su antiguo compañero de armas Gonzalo Pizarro contra Blasco Núñez Vela, enviado real. La intransigencia y la incapacidad demostrada por este último al querer aplicar las Leyes Nuevas promulgadas en 1542, dictadas para modificar algunas particularidades de las encomiendas -fuertemente criticadas por los espíritus avanzados deseosos de una sociedad más justa en América-, avivaron el malestar de los antiguos conquistadores, principales beneficiarios de la polémica institución, los cuales depositaron sus esperanzas en el prestigio que ostentaba Gonzalo Pizarro y levantaron sus armas contra el enviado peninsular, incapaz de hacerse cargo de la realidad y evitar el enfrentamiento armado. Desatadas las operaciones bélicas, en 1545 moría en Quito Núñez de Vela, y dos años más tarde el hermano menor de los Pizarro se veía dueño de todo el Perú. Ante el cariz que tomaban las violentas reivindicaciones y la crítica situación de las armas reales, la Corte decidió proveer como presidente a Pedro de La Gasca y dotarle de amplios poderes, confiando en su clara inteligencia y en su habilidad negociadora para la resolución del conflicto. Valdivia, que hasta entonces no había dado señal alguna en una u otra dirección, tomó partido por el presidente y se trasladó a la ciudad de los Reyes en los últimos días del año 1547, justo a tiempo para intervenir y contribuir con su presencia a la derrota de Gonzalo Pizarro en la llanura de Jaquijaguana, cercana al Cuzco. La fidelidad demostrada por el conquistador chileno a las autoridades reales fue retribuida por La Gasca con el título de gobernador, con el que pudo regresar a Santiago satisfecho y conseguir alguna ayuda económica para su precaria gobernación, que le permitió reclutar nuevos refuerzos en hombres y pertrechos. De regreso, Valdivia se ve de nuevo en la necesidad de reconstruir la ciudad de La Serena, incendiada y asolada durante su ausencia, entregándose de lleno a continuación a preparar la campaña prevista para la provincia de Arauco, de resultas de la cual funda las ciudades de la Concepción, La Imperial, Valdivia y la Villarrica, ocupando en esta tarea de conquista y de asentamiento los años de 1550, 1551 y gran parte de 1552. Si nos paramos a pensar detenidamente en esta eclosión de erecciones y establecimientos que se produce al sur del río Itata en tan escaso espacio de tiempo, como si de una fiebre constructora se tratase, podremos fácilmente colegir las distintas circunstancias que confluyeron para hacer posible este desmedido interés por parte de Valdivia, destacando fácilmente entre ellas la abundante población indígena dispersa existente, base de toda transformación económica ulterior, la fertilidad de los campos, con excelentes bosques cercanos, y un clima inmejorable de tipo templado mediterráneo, prácticamente idéntico al de muchas regiones españolas y extraordinariamente singular en toda la América meridional. La particular visión política y geostratégica de Pedro de Valdivia le lleva a incorporar a su jurisdicción, gracias a la labor de distintos capitanes, las provincias transandinas de Cuyo y todo el noroeste argentino, y a organizar dos viajes marítimos de descubrimiento y exploración hacia el estrecho de Magallanes, buscando, por una parte, sacudirse la tutela del Perú a través de una comunicación directa con España, y por otra, un límite natural a su gobernación que dominase dicho paso. Encaminadas así sus miras para el desarrollo de los proyectos futuros, Valdivia ve alteradas sus intenciones por un alzamiento general de los grupos mapuches que nuestro cronista Jerónimo de Vivar describe acertadamente en pocas palabras: Pues viendo los indios los españoles repartidos y divididos en tantas partes y viendo el trabajo que tenían, porque era el primer año que les habían echado a sacar oro, acordaron levantarse, no como indios, sino como gente que entendían y que procuraban verse libres. Acostumbrado a acudir donde su presencia sea necesaria y donde la sumisión de los naturales se debilite, el gobernador sale de la Concepción con ánimo de reducir y castigar estos nuevos brotes de desobediencia, pero la suerte no le sonríe en esta ocasión como en encuentros anteriores y los pocos hombres que dirige se ven acosados y aniquilados en los alrededores de Tucapel. El mismo es hecho prisionero y decapitado. La estrella de Valdivia, rutilante hasta entonces, se apagaba junto a su vida en las postrimerías del año 1553, tal como lo recuerda Vivar: Y ansí pereció y acabó el venturoso gobernador, que hasta aquí cierto lo había sido en todo cuanto hasta este día emprendió y acometió. Con su desaparición se despuebla la ciudad de la Villarrica, y tras la retirada de Francisco de Villagrán, la de la Concepción, permaneciendo aisladas y sin posibilidad alguna de ayuda las de Valdivia y la Imperial. Como si de un castillo de naipes se tratase, todo el esfuerzo que alentaba el gobernador se derrumba en unos instantes. Al abandono de las ciudades y los descalabros militares se suceden las disensiones internas nacidas entre Francisco de Aguirre y Francisco de Villagrán. Cada uno aduce y argumenta sus méritos particulares y sus pretensiones para suceder a Valdivia en el cargo de gobernador, y únicamente con la llegada de don García Hurtado de Mendoza en 1557 se logrará solucionar un litigio que resultaba completamente desfavorable para los intereses de la tierra. Con la figura de don García, primogénito del virrey del Perú don Andrés Hurtado de Mendoza, Marqués de Cañete, se abre una nueva época en la historia hispana de Chile. Bajo su mandato se repuebla la Concepción y se levantan las ciudades de Cañete de la Frontera y Osorno, mientras que el empuje de las armas restablece el prestigio perdido, llevando a los españoles hasta la isla grande de Chiloé. Conocidos son los versos de don Alonso de Ercilla que celebran el último rincón alcanzado en aquella oportunidad: Pero yo por cumplir el apetito, que era poner el pie más adelante fingiendo que marcaba aquel distrito, cosa al descubridor siempre importante, corrí una media milla do un escrito quise dejar para señal bastante, y en el tronco que vi de más grandeza escribí con un cuchillo en la corteza: Aquí llegó, donde otro no ha llegado, don Alonso de Ercilla, que el primero en un pequeño barco deslastrado, con solos diez pasó el desaguadero el año de cincuenta y ocho entrado sobre mil y quinientos por hebrero, a las dos de la tarde, el postrer día, volviendo a la dejada compañía.8 Este es pues, en apretada síntesis, el período que comprende la crónica de Vivar. Un período que se inicia con la intervención de Pedro de Valdivia en la guerra de las Salinas, el año de 1537, para finalizar con el asalto y posterior victoria al fuerte de Millarapue por parte del gobernador don García Hurtado de Mendoza, en el mes de diciembre de 1558. Breve lapso de tiempo, poco más de veintiún años, pero denso en acontecimientos históricos centrados casi exclusivamente en la persona de Valdivia y en los hechos de sus compañeros.
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Los más tempranos testimonios (1518) Se conserva un relato, conocido como Itinerario de la armada# que es, hasta donde se sabe, el primero de los testimonios, espejo de la admiración que causó en los españoles el encuentro con las altas culturas de Mesoamérica5. Escrito en 1518 por el clérigo Juan Díaz, capellán en la expedición de Grijalva, incluye noticias que iban a impresionar sobremanera a cuantos lo leerían en Cuba, España y otros muchos lugares de Europa. Juan Díaz describe allí lo que más le llamó la atención a lo largo de ese viaje. Habla de los templos que, cercanos a las costas, podían verse con sus altas torres, de pueblos a los que entraron, con calles empedradas que, por sus edificios y casas, podía inferirse eran de gente de grande ingenio y poseedora de no poca riqueza. Recuerda la de ciertos calderos de oro, pequeños, unas manillas y brazaletes de oro#, rodelas relucientes de oro#, campanillas y collares de oro#, edificios de cal y arena, muy grandes y un trozo de edificio asimismo de aquella materia conforme a la fábrica de un arco antiguo que está en Mérida de Extremadura. Recuerda también las representaciones de dioses, y los hombres sacrificados, y, más adelante, un gran pueblo que, visto desde el mar, no parecía menos que Sevilla, así en las casas de piedra como en sus torres y su grandeza#6. Reflejando el permanente afán de precisar geográficamente a dónde había llegado la expedición, el relato, cuyo título completo es Itinerario de la armada del rey católico a la isla de Yucatán en la India, el año 1518, en la que fue por comandante y capitán general Juan de Grijalva#, concluye sosteniendo que encontraron también gentes que adoran una cruz de mármol, blanca y grande, que encima tiene una corona de oro; y dicen que en ella murió uno que es más lúcido y resplandeciente que el sol#7. Y, tras mencionar los principales objetos de oro rescatados y enviados al rey, se plantea nueva cuestión al decir que todos los indios de dicha isla Yucatán están circuncidados; por donde se sospecha que cerca se encuentren moros y judíos, Pues afirman los dichos indios que allí cerca había gentes que usaban naves, vestidos y armas como los españoles#8. Al conocerse todo esto en Cuba, aun antes del regreso de Grijalva, ya que éste había despachado a Pedro de Alvarado para que informara del éxito obtenido, el gobernador Diego Velázquez tomó dos decisiones en extremo importantes. Una fue la de enviar de inmediato a España a un hombre de su confianza, su capellán Benito Martín. Debía éste alcanzar que Velázquez, además de gobernador y adelantado de Cuba, fuera designado también capitán general de las nuevas tierras visitadas por Grijalva, nombradas entonces de Santa María de los Remedios# El clérigo Martín no sólo logró su cometido sino que además hizo posible se difundiera en España y fuera de ella la noticia del gran descubrimiento. Llevando consigo copias del Itinerario de la armada, hizo entrega de las mismas al futuro Carlos V y a Gonzalo Fernández de Oviedo que se encontraba a la sazón en España. Tan grande fue el interés que despertaron en España las noticias de la expedición y hallazgos realizados por Grijalva que el texto del Itinerario que había llevado Benito Martín comenzó muy pronto a difundirse en forma impresa. Una versión italiana del mismo se publicó en Venecia el 3 de marzo de 1520. Otra apareció en Valladolid en latín, el día 7 del mismo mes y año. En alemán comenzaría a circular desde marzo de 15229. Como habremos de verlo, dicho texto sería también aprovechado en los años inmediatos por varios escritores o cronistas ocupados en difundir las noticias que se recibían de las islas y tierra firme en las que penetraban por entonces los españoles con propósitos de conquista y hacer poblamiento en ellas. De esta suerte la primera de las decisiones del gobernador de Cuba, Diego Velázquez, de informar sobre los óptimos resultados de esa expedición para obtener nombramiento y derechos en su favor, fue asimismo causa de la más temprana difusión de noticias sobre esas tierras de las que se sabía ya con certeza estaban habitadas por gentes que vivían en grandes pueblos y ciudades, dueñas de considerables riquezas, muchas de las cuales estaban a la vista en sus templos y palacios. La otra decisión, tomada asimismo por Velázquez, fue la de preparar una nueva expedición que debía regresar de inmediato al país visitado antes por Grijalva. Obrando en su calidad de gobernador de la isla y asimismo como promotor y empresario a título personal, Velázquez invitó a otros españoles que habían acumulado ya ciertos recursos a que participaran también en ella. No siendo mi intención repetir aquí lo que entonces ocurrió, traeré sólo a cuento cómo fue que Velázquez puso al frente de tal empresa a Hernán Cortés. Muy amigo de éste último era Amador de Lariz, natural de Burgos, contador del Rey en Cuba y hombre que, aunque no sabía leer ni escribir, era en extremo astuto. Se decía que este Lariz había servido como maestresala del gran capitán Fernández de Córdoba. Enterado Lariz de los proyectos de Velázquez, concibió la idea de proponerle nombrar a su amigo Hernán Cortés como capitán de esa expedición. Contribuyó a esto mismo el secretario de Velázquez, Andrés de Duero, también muy vinculado a don Hernando10. Este actuaba entonces como alcalde y disponía además de buenos ducados, fruto de sus trabajos y granjerías en la isla. Consultado Cortés por Velázquez sobre si quería embarcarse con rumbo a esa tierra de la que tantas cosas se decía, el extremeño no sólo aceptó sino que ofreció poner para la empresa veinte mil ducados. En menor proporción contribuyeron otros de los que iban a salir a sus órdenes hasta lograr disponer diez embarcaciones adecuadamente abastecidas y que debían transportar poco más de quinientos soldados, cien marineros y algunos indios y negros, dieciséis caballos, treinta y dos ballestas, diez cañones de bronce, y otras muchas piezas de artillería de calibre más corto.
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Los últimos años de Sahagún (1580-1590) Además de continuar preocupándose por el bienestar y mejoramiento del Colegio de Santa Cruz (Mendieta 1971: 418), Sahagún, ya un octogenario, comienza a rehacer en castellano algunas partes de su obra. Hay que recordar que, aunque por orden de Felipe II se recogieron sus obras, esta requisición no debió ser completa, ya que él mismo, en la carta del 26 de marzo de 1578 enviada al rey, habla de la posibilidad de volver a hacer una traslación de su obra, lo que implica que tuvo que quedarse con algunos borradores. Por otra parte, durante la dispersión de sus obras, se debieron de hacer copias, no importa cuán fragmentarias, algunas de las cuales llegarían a sus manos. Sea como fuese el hecho es que para 1585 Sahagún ha terminado dos "nuevas" obras, cuya finalidad era ayudar a los misioneros a reconocer las idolatrías de los naturales. Estas son el Calendario mexicano, latino y castellano y el Arte adivinatoria; ambas se conservan en la Biblioteca Nacional de México. El Calendario tiene que ser posterior a 1584, ya que en él se tiene en cuenta la reforma gregoriana llevada a cabo en ese año. La principal diferencia con el incluido en el Libro II de la HGCNE es que la correspondencia de meses y días se hace ahora de acuerdo con el calendario cristiano, y el distribuir en cinco meses los cinco "días aciagos" (nemontemi) de final de año. Publicó el texto en su totalidad Juan B. Iguíniz (1917-1920: 189-272). El Arte adivinatoria se considera un texto complementario al Calendario, y del fragmento que se conserva sólo el primer capítulo contiene material nuevo, el resto coincide con los correspondientes capítulos del Libro IV de la HGCNE. El prólogo, la llamada "al lector" y parte del primer capítulo los publicó García Icazbalceta (1954: 382-387); en el prólogo se da la fecha de composición: "mil y quinientos y ochenta y cinco". De este periodo es también la segunda redacción del Libro XII ("Libro de la conquista"), al que se hizo referencia párrafos atrás. Por estas fechas Sahagún se ve involucrado en el gran conflicto que conmovió a la orden franciscana en la Nueva España. Las implicaciones ideológicas del mismo y la participación de Sahagún han sido espléndidamente estudiadas por George Baudot (1974), a quien el lector interesado en esta materia debe remitirse. Aquí simplemente trataré de ofrecer un resumen de sus argumentos y conclusiones. El conflicto en cuestión comienza en 1584 con la llegada a México de fray Alonso Ponce como comisario general. El provincial de la orden, fray Pedro de San Sebastián, con el beneplácito del Virrey Villamanrique, no sólo le prohíbe visitar la provincia, sino que lo hace arrestar y expulsar a Guatemala. En camino a su nuevo destino, el padre Ponce nombra a Sahún como su sustituto en el puesto de comisario general. Si bien Sahagún acepta en un principio, pronto renuncia al puesto y se declara abiertamente en favor del provincial padre San Sebastián y en contra del exilado padre Ponce, llegando incluso a iniciar un recurso ante la Audiencia en el que se cuestiona la legitimidad del padre Ponce como comisario general. Este a su vez excomulga a todos los definidores, entre los que se encontraba Sahagún. El conflicto, que duró de 1584 a 1587, lo había ya presentado con todo tipo de detalles Nicolau D'Olwer (1952: 126-131), para quien este episodio no era sino uno más en la larga lucha por el control de la orden entre el grupo de los "criollos" y el de los "peninsulares", en el cual ingenuamente Sahagún se vio mezclado. Baudot, tras repasar los datos e interpretación ofrecidos por Nicolau D'Olwer, presenta una serie de documentos, antes inéditos, del Archivo General de la Nación y del Archivo General de Indias, y muestra que el comportamiento de Sahagún cuadra de lleno con la política seguida por las grandes figuras de la orden franciscana de México. Martín de Valencia, Motolinía, Oroz, Mendieta, entre otros, y ahora San Sebastian anhelaban "un México indígena, autónomo bajo la fuerte autoridad de un virrey lo suficientemente independiente, estructurado y regido por religiosos deseosos de fundar una nueva iglesia sobre el modelo pre-constantiniano. Todo ello con ambiciones probablemente apocalípticas y milenaristas" (Baudot 1974: 36). La oposición a fray Alonso Ponce, comisario nombrado por la autoridad de la metrópoli peninsular, representaba el deseo de defender la misión evangelizadora de los primeros franciscanos y la obra llevada a cabo en el Colegio de Santa Cruz contra las nuevas tendencias de "una iglesia de tipo tradicio- nal, peninsular, europeo, ajena a cualquier proyecto de renovación pre-apocalíptica" (ibid., 44). A esta misma ideología, arguye Baudot, se debe el que Sahagún continúe trabajando en obras tales como el Calendario y el Arte adivinatoria, donde insiste una y otra vez en que los ritos y creencias idolátricas de los indígenas, a pesar de lo que algunos creyeran, no habían desaparecido todavía. Representa también el deseo de probar "que los religiosos etnógrafos, que los evangelizadores íntimamente mezclados a la auténtica realidad indígena de México, son aún indispensables y más necesarios que nunca. Y así, que la epoca de los arzobispos, clero seglar, canonjías y P. Ponce no ha llegado y que éstos están fuera de lugar y fuera de contexto" (ibid., 44). En 1590, tras una larga y fructuosa vida, fray Bernardino de Sahagún, enfermo, fue trasladado al convento de San Francisco de México, donde murió y fue enterrado (Mendieta 1971: 664).
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Misionero En estas condiciones, parece obvio resaltar que Motolinia es una fuente de primera mano en lo que concierne a describir la vida y los acontecimientos indígenas, desde su llegada a México, tanto porque vivió los acontecimientos que narra como porque los clasificó en función de categorías organizadas, aunque fuera dentro de los intereses específicos de su actividad religiosa. De hecho, Motolinia llegó a México con el objetivo concreto de redimir a los indígenas de su estado religioso dominado por el espíritu del demonio, y según esta perspectiva, lo decisivo de su enfoque, ciertamente antropológico en su mayor parte, consiste en desarrollar él mismo su sentido trascendente de la existencia vinculándose al trabajo de evangelización. Vale por eso decir que las informaciones de más peso, en lo que atañe a los indígenas de su tiempo, corresponden a los sucesos que resultaban de su trabajo, tanto en sus éxitos como en sus fracasos, de convertirlos y bautizarlos en forma consciente. Para el cumplimiento de esta finalidad, es indudable que Motolinia y otros frailes de la época eran profundamente apasionados y creyentes: condenaban inequívocamente a quienes no suscribían su pensamiento religioso. En cierto modo, al mismo tiempo que racionalizaban sus discusiones teológicas, eran intolerantes en estas materias, sobre todo cuando se enfrentaban con competidores funcionalmente iguales de otras religiones. Eran, asimismo, generosos e indulgentes con los indígenas, aunque estuviesen endemoniados, que se acercaban humildemente a recibir el Evangelio. Motolinia es representativo de una tipología frailuna desbordante de pasión cristiana, éticamente incorruptible y convencida, hasta el sacrificio de la propia vida, de que ser cristiano implicaba la culpabilidad original de la especie ante Dios y asumir, si era necesario, el martirio cuando la razón impuesta en la palabra del Verbo fuesen contestadas con la violencia o muerte. Motolinia predicaba su devoción y acentuaba su personalidad de misionero entrando en el seno de las multitudes indígenas que, como si los frailes fueran cristos redivivos, parecían acogerlos con parigual devoción. De hecho, y el fenómeno es muy importante, las relaciones misioneras que nos llegan de esta época coinciden en mostrar a los indígenas como muy propensos a recibir la fe cristiana. Algunas causas parecen obvias: en realidad, el mensaje cristiano exaltaba la humildad en el ser y el premio en la otra vida, y condenaba la violencia contra las personas. Nadie mejor que los propios frailes para constituir este ejemplo en sus personas, y con sus mismas renuncias personales a los bienes temporales. Y pues los soldados y guerreros, españoles e indígenas, por su función represiva y violenta, no podían ejercer este mensaje, eran los misioneros quienes la divulgaban haciéndose más pasionalmente racionales que quienes capitalizaban el poder temporal. En tales circunstancias, la palabra cristiana entraba entre los indígenas en momentos de gran crisis cultural, social y de personalidad. Esto es, entraba cuando su mundo estaba siendo condenado y destruido, y cuando la misma derrota militar de los mexica indicaba que el poder tradicional se desmoronaba, incluidas sus convicciones religiosas y su misma cosmovisión. La penetración evangelizadora entró en esta crisis disipando autoridades, y derrumbando prestigios y valores pragmáticos admitidos. Y mientras esta crisis se manifestaba también en forma de catarsis religiosa, los frailes aparecían, con su capital racionalizador, con su fe, por una parte, y con el poder temporal, el del papa y el del rey, en su apoyo. Motolinia es un ejemplo de este sentimiento de fuerza espiritual desplegada que se funde fácilmente con los indígenas, precisamente porque las grandes masas sociales representaban ser, en su austeridad existencial, en la simplicidad de sus medios económicos, frente al poder de contraste que exhibían los señores, la masa proclive a la credulidad mágica tradicional, que pasaba a otra dimensión, también potencialmente mágica a través del rito, y milagrera como dice Motolinia ocurriera en ocasiones de calamidades como sequías y pestilencias. De hecho, y en estas condiciones, es obvio que los misioneros, a menudo, se limitaron a sustituir unos conceptos por otros, y asimismo unas formas por otras, pues si reconocemos en los indígenas la existencia de ideas de comunión en el mismo sacrificio humano, los santos vistos como soluciones específicas de sus males, divinidades ejerciendo el poder superior desde el Más Allá, la ofrenda festival a los dioses, el mismo sufrimiento y el sacrificio personales como formas de identificación con las fuerzas sobrenaturales, así como la idea de una permanente dependencia del hombre respecto de los designios de los dioses, se configura de este modo una ideación trascendente de la vida muy inclinada a ser fácilmente desplazada a otros conceptos religiosos, en este caso los del Cristianismo, aunque tuviera que pasar por el cambio de los signos ##la serpiente por la Cruz## y de los símbolos ##Quetzalcóatl y Tonantzin por Cristo y la Virgen María##, y en conjunto asumir el bautismo y los sacramentos en el contexto de una liturgia tan barroca como lo fuera la suya prehispánica. Motolinia registra el esfuerzo de los misioneros por bautizar a los indígenas y por inclinarles a las devociones y al cumplimiento de la liturgia católica. Y mientras describe lo que ocurría en aquellos momentos de difusión de la fe cristiana, en su entusiasmo nos habla de hasta 15 millones de indígenas bautizados durante los años en que vivió con éstos o que, por lo menos, compartió esta actividad misionera con sus compañeros de grupo. En sí, pues, las descripciones atienden a mostrarnos este ángulo de la vida espiritual y de su experiencia por los indígenas, pero también por los mismos frailes. En su discurso, Motolinia describe la transformación de la crisis como el paso de la violencia dramática de la vida con el demonio, a la paz evangélica de la vida con el Cristo. Así considerado, el relato expresa el patetismo interno de la transición desde el polo espiritual de los indígenas, y el carácter fervoroso de su disposición a recibir el bautismo, y con éste asumir la conversión al Cristianismo. Este contexto se nos revela como el núcleo en torno del cual se desenvuelve la Historia que Motolinia nos narra. Por eso, si por una parte aparece una historia prehispánica, contada y registrada por los indígenas, por otra tenemos una historia contemporánea que cubre todo el segundo cuarto del siglo XVI y parte del tercero, mientras constituye, en lo esencial, un documento precioso, no sólo por su valor literario, sino también por la índole de su información antropológica. En lo fundamental, es el relato del proceso de aculturación, sobre todo en lo religioso, experimentado por una parte sustancial de los indígenas mesoamericanos, en especial de las naciones de habla nahuatl. La obra de Motolinia es, por lo tanto, fuente de estudio etnohistórico de primera mano, y es singularmente notable por sus noticias sobre el proceso reactivo derivado de la aplicación de políticas misioneras a los indígenas, siendo también una fuente directa de conocimiento de las condiciones en que se produjeran los diferentes acontecimientos relacionados con la vocación religiosa de los nativos. Tiene, por eso, el interés histórico de acercarnos al conocimiento de cómo eran los modos de vivir prehispánicos. Y por añadidura, establece información sobre el papel de los españoles, de todos en conjunto, respecto de la hispanización de los indígenas, tanto como los grados en que esto resultó ser posible. En este sentido, conviene retener que Motolinia recogió noticias de muchas partes y que su experiencia fue muy variada. Incluso para el caso, sabemos que estuvo cautivo, junto con otros tres compañeros, y durante siete años, de los indios del sureste de los actuales Estados Unidos, y en ocasión del fracaso de la armada de Pánfilo de Narváez (1528 y ss.), hasta que pudo huir, y ayudado por otros indios, se reencontró con los españoles después de realizar un viaje de regreso de 700 leguas por parajes muy diferentes. Esta cautividad se produjo, al decir de Motolinia, porque los indígenas consideraron que este grupo de españoles eran hombres caídos del cielo. Ya en esta ocasión, Motolinia tuvo la experiencia del suroeste de Estados Unidos, pues se hallaba, según sus noticias, recorriendo el territorio de Cibola, aquel que codiciaban dominar los españoles a causa de las noticias que les informaban de la existencia de siete ciudades bruñidas sus casas por el oro, todo ello alimentado por la fantasía de abundancias paradisíacas. El Nuevo México ya figuraba en la mente de estos frailes, y mientras hasta finales del siglo XVI, en 1598, no fuera realmente conquistado y poblado por Juan de Oñate, criollo o español nacido ya en México e hijo del conquistador Cristóbal de Oñate, no se produciría la desilusión de una realidad que contradecía las expectativas creadas en torno a la fácil posesión de estas riquezas suntuarias. Lo cierto es que estas experiencias15 contribuyeron a enriquecer el conocimiento profundo y directo que se revela en las informaciones de Motolinia, y son una prueba de que siendo muy variadas sus relaciones con el mundo mesoamericano, esto implicó que también su Historia pudiera ser el cómputo acelerado de sucesos que son también la historia de los franciscanos en Nueva España. Por estas cualidades, la Historia es un complemento indispensable para el estudio de esta época. Cabe añadir que su estilo es muy propio del que distinguió a los hombres de su tiempo en el ambiente americano: es sobrio, directo y comprometido en las ideas. En muchos de sus momentos, limita con sentimientos de grandeza, pero esta tendencia pronto es eliminada por la intervención de una conciencia de humildad con la que Motolinia intenta disminuir, lográndolo, su papel personal en el proceso de conversión de los indígenas. Para eso atribuye sus éxitos cristianos al hecho de pertenecer a una civilización basada en el catolicismo y representada corporativamente por su orden misionera, tanto como a una iluminación espiritual que destacaba como fundada en la voluntad divina. El contexto de su Historia se nos aparece sublimado por la idea de que todo le ha sido inspirado, y de ahí el que los datos aparezcan como si estuvieran conducidos por el deseo de informar escuetamente, sin propósito adicional de impresionar. De hecho, a Motolinia parece bastarle la idea de que su discurso es verdadero en su voluntad de servir a su Dios. Y por añadidura, la documentación refleja lo que fueron los primeros cuarenta años españoles en Nueva España, y en particular en las regiones del centro de México, que fueron las que mayormente ocuparon la relación de Motolinia con el mundo indígena.
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Mito e historia en la Crónica mexicana Paradójicamente, esta atemporalidad occidentalizante potencia la mentalidad historiográfica nativa, por completo diferente de la occidental. Como bien apuntó Orozco y Berra: ... Tezozomoc presenta la leyenda en su pristina sencillez; tiene el sabor de esas relaciones conservadas desde tiempos remotos por los pueblos salvajes, transmitidas de generación a generación con ciertos visos de lo prodigioso y lo fantástico; pinta las hazañas y las costumbres de los héroes con cierta elevación unida a la rusticidad que tanto encanta en los personajes de la Ilíada ...; los diálogos son naturales, el estilo duro, descuidado, propio de los pueblos a quienes pertenecen: en suma, es la tradición, la tradición verdadera que los méxica sic.conservaban en sus seminarios y hacían aprender de coro a los jóvenes educandos. Notaba el Sr. Galicia Chimalpopoca la profusión de disgresiones sic. fabulosas, y parecíale oportuno descartarlas de la Crónica, para hacerla más estimable .... No nos ha entrado a nosotros semejante escrúpulo. Sabemos que la corriente de la moda filosófica actual condena los mitos y las leyendas fantásticas ...; pero chapados como estamos a la antigua no desdeñamos mitos ni leyendas fantásticas, porque son la expresión de las creencias, de la religión, de la filosofía, del estado social, de la civilización en suma de los pueblos a que corresponden, y sin ellos quedarían sin solución multitud de problemas así religiosos como civiles56. Orozco, uno de los mejores representantes de la magnífica heurística decimonónica, llevaba toda la razón. Basta con ojear la Crónica mexicana sin anteojeras chimalpopoquianas --hoy en día tan en boga entre humanistas y científicos sociales-- para comprobar que ese aparente magma de personajes, batallas y portentos sobrenaturales responde a una concepción histórica muy concreta, cuya clave reside precisamente en las digresiones fabulosas. La historia, tal y como está planteada en la Mexicana, no es progresiva --no tiene principio ni fin-- sino estática porque los acontecimientos recrean el momento inicial, ponen, por así decirlo, el contador histórico en 0, retrasando con ello el augurado e inevitable fin del mundo. Desde esta perspectiva conservacionista, la teleología que mueve el quehacer histórico se basa en la oposición orden/caos, y no, como en Occidente, en la dicotomía bien/mal. En consecuencia, los hechos no son buenos o malos per se: son positivos si apuntalan el orden primigenio y negativos si raen la perfección inicial. La dialéctica orden/caos se traduce en unas cuantas oposiciones (masculino/femenino, guerra/brujería, familia/sexualidad, etc.) que aparecen claramente representadas en el enfrentamiento original entre el guerrero Huitzilopochtli, la deidad tutelar de los mexicas, y su hermana, la bruja Malinalxochitl. Sobre esta lucha inicial, Tezozomoc --o mejor, sus informantes-- construyen la historia mexicana, que no pasa de ser una cíclica repetición de la misma. De hecho, no hay suceso puntual y clave (la guerra chalca, la conquista de Tlatelolco, la gran inundación de México, etc.) donde lo brujeril no esté presente de una forma u otra. Por desgracia, las estructuras mitohistóricas, claras en el relato oral en nahuatl, pierden todo sentido al sufrir el doble proceso de traducción (del nahuatl al castellano y del lenguaje oral al escrito), convirtiéndose ciertamente en digresiones fabulosas que, a primera vista, parecen un sin sentido, aunque pueden reconstruirse con el apoyo de otras fuentes, tanto en mexicano como en español o bilingües; fuentes que, por otra parte, tampoco son muy inteligibles tomadas de una en una. Un ejemplo paradigmático lo ofrece el mitologema que explica la conquista de Tlatelolco, la ciudad gemela y rival de Tenochtitlan. Alvarado hace vaticinar a la vagina de Chalchiuhnenetzin, hermana del Tlatoani Axayacatl y esposa principal del Señor de Tlatelolco, la ruina de la urbe hermana. En apariencia, parece un oráculo más, pues toda la narración del fraternal conflicto está punteada por agüeros y oráculos que preludian la guerra, pero no es así. Se trata de una estructura explicativa central, cuya lectura pone de manifiesto el conjunto de oposiciones que simboliza el enfrentamiento entre el orden y el caos. La naturaleza genital del oráculo, a priori inexplicable, cobra sentido cuando se relaciona con lo que la Crónica mexicayotl y otros textos cuentan sobre las aberrantes prácticas sexuales que el gobernante tlatelolca hacía padecer a la pobre Chalchiuhnenetzin. Uniendo estos fragmentos se obtiene una estructura cuya morfología se corresponde punto por punto con la historia del tohueyo, del "extranjero" que literalmente fascinó con sus genitales a la hija del poderoso Señor de los toltecas57. El picante cuento explicaba un gran hito histórico: la caída de Tollan, el primer imperio nahuatl. En ambos casos, el caos está asociado con la brujería y la sexualidad deformada, entendiendo por tal cualquier práctica distinta al coito con propósitos de mera reproducción58. La importancia de la parlanchina vagina se corrobora cuando se comprueba que este mitologema, a diferencia de otros, tiene un epílogo de lo más curioso. El pintoresco suceso, que inspiró La guerra de las gordas del poeta Salvador Novo, reza así: Y con esto <en>bien al Teconal y Moquihuix a dos o tres mugeres con las bergüenças de fuera y las tetas, y enplumadas, con los labios colorados de grana, motexando a los mexicanos de cobardía grande. Benían estas mugeres con rrodelas y macanas para pelear con los mexicanos .... Y con esto y con la grita de anbas partes las mugeres desnudas, desbergonçadas, començaron a golpearse sus bergüenças dándoles de palmadas .... Y comiençan a boluer las espaldas y subir ençima del templo de Huitzilopochtli y desde allá alçan otras mugeres las <na>guas mostrando las nalgas a los mexicanos y otras ... esprimiendo la leche de los pechos, arrojándola a los mexicanos59. De nuevo el referente sexual aparece de una forma explícita, lo cual resulta bastante raro en una sociedad tan puritana como la mexicana; sobre todo, si se tiene en cuenta que las nudistas guerreras exhiben sin rubor su vulva (se dan palmadas) y sus senos (exprimen la leche que contienen). Dicho de otra forma, las mujeres muestran sin ningún complejo sus caracteres sexuales60. Dado que tamaño exhibicionismo no pudo ser real, ni parece deberse a una fantasía sexual de Don Hernando, habrá que pensar que este sin sentido narrativo responde a una lógica. En principio, la exhibición de la vulva tiene un carácter insultante para el observador, ya sea hombre o mujer, y así se indica en el texto. Sin embargo, también posee un fuerte contenido apotropaico porque la visión resulta maléfica para los espectadores masculinos. El simbolismo del gesto está claro: los tlatelolcas oponen la brujería y la sexualidad a los tenochcas, que iniciaron la guerra para defender el matrimonio de la hermana de Axayacatl. El episodio de las gordas responde, pues, a la mentalidad historiográfica de la Crónica mexicana, pero su importancia va aun más allá. Tomado por si mismo, este desnudamiento de las partes sexuales, este anásyrma, constituye un mitologema independiente que guarda analogías con un llamativo ritual católico, el popular Risus Paschalis, y con tres narraciones míticas procedentes de regiones y épocas diferentes: el episodio de los dioses egipcios Ra y Hator, la historia griega de Baubo y Demeter, y el relato de Amaterasu, la deidad solar japonesa. En todos ellos, el anásyrma se produce en un grave momento de crisis cósmico-humana provocado por la muerte, el enfado o el luto de una divinidad creadora o sustentadora, y actúa como catarsis: el gesto hace reir al dios, y sus risas provocan el cese de la crisis. Las desbergonçadas mujeres tlatelolcas efectúan, pues, un acto conjurador ante el peligro del caos. Pero el anásyrma no va seguido de las liberadoras carcajadas. Tezozomoc, forzado por la naturaleza de su obra --recuérdese que pretende contar hechos verídicos--, corta abruptamente el mitologema y retoma el tempo histórico. Sólo después de finalizar el relato de lo que realmente sucedió --la ocupación del gran templo de Tlatelolco y la muerte del gobernante rival--, Don Hernando vuelve a la estructura mítica. Ahora bien, al no poder utilizar ya el anásyrma para provocar la imprescindible risa que pone fin a la crisis, Alvarado tiene que introducir una nueva y pintoresca anécdota, la de las mujeres-patos: Y luego con esto fueron el Axayaca y todos los prençipales capitanes a sacar a las mujeres y niños y algunos biexos de <en>tre los tulares y cañaberales e les dixeron que algunas de ellos estauan metidas hasta los pechos, otras hasta la garganta, otras no tanto. Dixéronlas: "Antes que salgáis bosotras las mugeres del agua, <en> señal de obidiençia y tributo, hablá como rresuenan los patos, de toda suerte de abes bolantes". Y con esto, algunas biexas hazían como patos rreales, les rremedauan, y las moças rremedauan al páxaro de que llaman cuachilco y acaçintli, y con esto hazen tan grande rruido <que> berdaderamente paresçían patos61. Cualquiera que sea la interpretación teórica que se dé al desnudamiento de las tlatelolcas62, el episodio va más allá de lo meramente anecdótico. Lo mítico y lo histórico se funden en un relato donde resulta imposible separar lo fantástico de lo real. Una narración, cabe añadir, confusa y mutilada, y esto por una razón obvia: la tremenda dificultad de llevar al papel y al castellano una relación pensada para recitarse oralmente ante una audiencia nahuaparlante.
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Olvido de siglos Cuantos se siguieron ocupando más tarde, en diversas obras, del tema del descubrimiento y conquista de México, adoptaron posturas básicamente semejantes a la de Antonio Herrera. Y aunque parezca extraño, en la mayor parte de esas obras posteriores prevaleció todavía mayor miopía. La razón de ello fue que los autores de las mismas, no sólo tampoco inquirieron sobre la existencia de testimonios indígenas sino que desconocieron asimismo varias de las fuentes españolas que había aprovechado Herrera. Ejemplos de fuentes que ya no se tomaron en cuenta son las aportaciones que permanecieron en los archivos, por mucho tiempo inéditas, del cronista de Tlaxcala Diego Muñoz Camargo, y de Francisco Cervantes de Salazar que, escribiendo a mediados del XVI, reunió en su llamada Crónica de Nueva España relatos de primera mano debidos a varios conquistadores como Alonso de Ojeda, jerónimo Ruiz de la Mota, Alonso de Mata, Francisco de Montaño y otros36. De los historiadores posteriores que incurrieron en este género de miopía recordaré los nombres y fechas de publicación de sus obras, limitándome a algunos de entre los que mayor fama llegaron a alcanzar: Antonio de Solís y Rivadeneita (1684), Ignacio de Salazar y Olarte (1743), W.H. Dailworth (1759), William Robertson (1777), William H. Prescott (1844), Lucas Alamán (1844), Niceto de Zamacois (1877), Hubert H. Bancroft (1883), Justin Winsor (1884), Carlos Pereyra (1931), Salvador de Madariaga (1949), Ángel Altolaguirre (1954)# Cierto que, al menos en la intención, hubo algunos pocos que consideraron necesario tomar en cuenta los puntos de vista indígenas respecto de la Conquista, pero de hecho, por no tener acceso a la documentación nativa, tampoco pudieron lograrlo. Tal fue el caso de quien, exiliado, no pudo consultar las fuentes indígenas que antes había conocido, el jesuita Francisco Xavier Clavijero (1780-1781) y, mucho más tarde, de Manuel Orozco y Berra que, sólo en pequeña parte pudo aducirlas (1880). Incluso tras haberse publicado ya las crónicas escritas en el XVI, de Diego Durán y Toribio de Benavente Motolinía que, al igual que Torquemada, hacen referencia expresa a testimonios indígenas sobre la Conquista, prevaleció el desdén por los mismos. Por vía de ejemplo citaré sólo dos afirmaciones sobre este asunto, la primera, expresada antes de 1540 por el franciscano Motolinía que sostuvo desde entonces la existencia de tales testimonios, y la segunda de quien fue, por otra parte, distinguido pensador mexicano, José Vasconcelos, que en 1937 negó apriorísticamente el hecho. He aquí el antiguo testimonio del fraile: Mucho notaron estos naturales indios, entre las cuentas de sus años, el año que vinieron y entraron en esta tierra los españoles, como cosa muy notable y que al principio les puso muy grande espanto y admiración. Ver una gente venida por el agua (lo que ellos nunca habían visto, ni oído que se pudiese hacer), de traje tan extraño del suyo, tan denodados y animosos, tan pocos entrar por todas las provincias de esta tierra con tanta autoridad y osadía, como si todos los naturales fueran sus vasallos. Así mismo se admiraban y espantaban de ver los caballos y lo que hacían los españoles encima de ellos# A los españoles llamaron teteuh, que quiere decir dioses y los españoles, corrompiendo el vocablo, decían teules#37. En chocante contraste, casi cuatro siglos después, en su Breve Historia de México, el referido Vasconcelos, al hablar de las fuentes para conocer los sucesos de la Conquista, asentó: Todos los hechos conducentes nos van a ser dados por escritores de nuestra lengua, historiadores y cronistas de España, comentaristas y pensadores de México: Bernal Díaz del Castillo, Hernán Cortés, Solís, Las Casas y, en la época moderna, Alamán, Pereyra. ¿Y dónde está preguntaréis la versión de los indios que son porción de nuestra carne nativa? Y es fácil responder con otra pregunta: ¿Cómo podrían dar versión alguna congruente los pobres indios precortesianos que no tenían propiamente ni lenguaje, puesto que no escribían, ni sabían lo que les pasaba, porque no imaginaban en la integridad de una visión cabal o siquiera de un mapa, ni lo que eran los territorios del México suyo, mucho menos el vasto mundo de donde procedían los españoles y el Mundo Nuevo que venían agregado a la geografía y a la cultura universales38? Las investigaciones realizadas durante las últimas décadas dan ampliamente la razón al franciscano Motolinía. Tenemos hoy al alcance, entre la rica documentación que se conserva de los pueblos de idioma náhuatl (aztecas, tlaxcaltecas#) y en menor grado, de los mayas, quichés, cakchiqueles, mixtecas y otros, un conjunto de códices y relaciones indígenas en que el tema central es el enfrentamiento con los hombres de Castilla. Tales fuentes nativas tocantes a la Conquista, en su conjunto más de quince, se deben en buena parte a testigos de vista, hombres que participaron en los hechos de que dan fe. El caudal de textos es lo suficientemente amplio como para encontrar en ellos la que he llamado Visión de los Vencidos.
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Posibles influencias en otras crónicas Pocas páginas más atrás, nos hemos referido ya a la relación y al paralelismo que se produce entre las cartas de don Pedro de Valdivia y la composición de Jerónimo de Vivar, cuando tratábamos la tesis lanzada por Barros Arana a propósito de la posible identificación de nuestro autor con Juan de Cardeña, el secretario de Valdivia, paralelismo que hizo pensar a algunos historiadores que una misma mano podía haber sido la autora de ambos documentos. También hemos repasado después las facilidades que pudo encontrar el burgalés para consultar los archivos epistolares del gobernador y cómo los errores advertidos, especialmente en las dataciones, abrían la especulación al posible empleo de resúmenes o copias de las cartas mencionadas, y señalábamos que quizás fuesen éstos los traslados que cita cuando menciona el origen de las fuentes sobre las que se asienta la autoridad de su obra: ... puesto que parte de ella me trasladaron sin yo verlo ni sabello...; a los que habría que añadir la propia experiencia del autor: ... lo que yo por mis ojos vi y por mis pies anduve...; integrada por aquellos relatos en los que aparece su persona y aquellos capítulos que debieron de figurar como parte de la descripción de la tierra. A este conjunto se le sumarían los sucesos que le fueron relatados de viva voz por sus protagonistas, los cuales suelen carecer, en general, del rigor y de la precisión necesarios. Si éstas son las principales fuentes en las que bebió Vivar, vamos a intentar dilucidar ahora si él a su vez sirvió de manantial para posteriores cronistas y muy especialmente para dos de los escritores de mayor renombre de las letras castellanas en Chile durante los siglos XVI y XVII. Nos referimos naturalmente a Ercilla y Rosales, ambos madrileños pero de muy distinta andadura en suelo chileno y cuyas producciones se enmarcan en géneros también muy dispares. Don Alonso de Ercilla y Zúñiga desembarca en la ciudad de los Reyes a mediados del año 1556, formando parte del lucido séquito que acompañaba al recién nombrado virrey don Andrés Hurtado de Mendoza, en cuya flota viajaba también Jerónimo de Alderete como gobernador de Chile. Poco importa ahora para nuestro intento saber si Ercilla iba destinado desde la Península a las tropas chilenas o no, lo cierto es que muerto prematuramente Alderete durante la travesía antes de llegar a su destino -en la isla de Taboga cercana a Panamá- es elegido para sustituirle el primogénito del virrey, don García Hurtado de Mendoza, a quien acompaña nuestro poeta en la expedición que parte hacia las tierras mapuches en los primeros días del mes de febrero de 1557. Llegados a la Concepción e iniciadas las operaciones militares, Ercilla permanece en campaña hasta finales del año siguiente, en que es desterrado al Perú a causa de un desgraciado lance ocurrido ante el joven gobernador, por lo que pasa a la ciudad de los Reyes, donde con toda seguridad le encontramos en los primeros meses del año 1559. Un año y medio en las guerras araucanas bastaría a Alonso de Ercilla para inmortalizar su nombre entre los poetas épicos más importantes de nuestra literatura. En esta breve síntesis de la experiencia chilena de don Alonso, podemos comprobar la coincidencia de fechas que se produce entre él y Jerónimo de Vivar en el mismo escenario. No se hace entonces muy difícil imaginar que, vinculados por su mutua inquietud hacia las letras, el antiguo paje de Felipe II tuviese noticias de la obra que por aquellos mismos días finalizaba nuestro autor, y quizás en los últimos meses de 1558 pudiera haber producido un encuentro entre ambos personajes. Otra oportunidad mucho más probable se produce durante la estancia del cronista en Lima, a donde acude como hemos visto en defensa de Francisco de Villagrán. Ercilla, en desgracia en aquellos instantes, se vería lógicamente atraído por su trayectoria y su situación personal a frecuentar la compañía de los veteranos chilenos presentes en la capital del virreinato, de los que obtenía información para su composición, y es entonces cuando debió de conocer a nuestro escritor y cuando tuvo la ocasión de leer el manuscrito de Vivar e incluso de conseguir alguna copia del mismo o de los papeles utilizados por aquél. No es descabellado pensar, llegados a este punto, que de haberse producido esta relación personal, Ercilla, por su pasada vinculación con el monarca, se presentaba como la persona idónea para introducir en la corte el manuscrito dedicado al príncipe Carlos. Las afinidades, concomitancias e igualdades entre uno y otro han sido bien estudiadas y puestas de manifiesto entre otros por el profesor chileno Mario Orellana Rodríguez25, gran amante y conocedor de la figura y de la obra de Vivar, quien afirma: Para nosotros, estas y otras semejanzas en los dos relatos son mucho más que similitudes accidentales, producto de la repetición fantasiosa de los conquistadores26. Lo que le lleva a resaltar el valor histórico de La Araucana, tantas veces discutido y puesto en duda: Gracias al cronista burgalés, La Araucana puede ser considerada como una obra histórica, además de su condición de poema épico27. Totalmente distinta de cuanto acabamos de referir es la historia del padre Diego de Rosales. Nacido con el despuntar del siglo XVII, en 1601, es destinado al Perú siendo aún novicio de la Compañía de Jesús, de donde pasa a Chile en 1629 para no abandonar jamás tan magnífica y espléndida tierra. Provincial en dos ocasiones de su orden y viajero infatigable, le debemos una Historia General del Reino de Chile28, que constituye, sin exageración alguna, una de las mayores cumbres de la prosa castellana en aquel reino durante la etapa española. Inédita hasta el año de 1877, en que el polifacético y polémico Vicuña Mackenna consigue, tras truculentas peripecias, sacar el manuscrito de Europa y publicarlo, no alcanzó nunca la fama y la influencia de los metros ercillescos, siguiendo por lo tanto un rumbo bastante parecido a la obra de Jerónimo de Vivar. Como ésta, gran parte de la labor del jesuita se centra en los aborígenes, la flora y la fauna, pues no debemos de olvidar su excelente conocimiento del país y su nada desdeñable experiencia misionera, que le permitía predicar a las tribus mapuches en su propia lengua, facilitándole por tanto el acercamiento a la cultura indígena. Además de su propia experiencia, Rosales utilizó una valiosa y abundante documentación, entre la que se encontraba el manuscrito de Jerónimo de Vivar, bien formando parte de los papeles reunidos por el gobernador Luis Fernández de Córdoba, o bien dentro de los fondos acopiados por otros cronistas consultados por aquél. De tal forma, que antes de conocerse el texto de Vivar, Thayer Ojeda le achacaba a su ascendiente los errores contenidos en la Historia General29. También en esta ocasión ha sido el profesor Mario Orellana Rodríguez una de las personas interesadas en desvelar las semejanzas y equivalencias de ambas producciones, y recientemente, en los últimos meses de 1986, tuvimos la oportunidad de leer un estudio preparado para su publicación que muy generosa y amablemente el mismo antropólogo chileno nos facilitó, en el que se ponían de relieve las relaciones existentes entre estos dos autores.