La "Hispania Victrix" Parece claro que Gómara escribió una obra que, al mismo tiempo, eran dos. Aunque en las primeras ediciones apareciera como un solo libro con dos partes, la separación entre ambas era bien clara para el autor. Por ello, cada una lleva una dedicatoria distinta. La Historia de las Indias fue dedicada al rey Carlos I, mientras que la Conquista de México lo fue a don Martín Cortés, hijo y heredero del conquistador, quien libró una partida como recompensa al autor, como ya vimos. El propio Gómara señala las diferencias en el prólogo a la primera parte: "Por lo cual he tenido en esta mi obra dos estilos; ya que soy breve en la historia y prolijo en la Conquista de México."16 En realidad, el estilo es el mismo, y lo que cambia es el grado de acercamiento a los hechos. La segunda parte es tratada con detenimiento y lujo de detalles. Se ha especulado con que la intención primaria fuera escribir ésta, mientras que la Historia de las Indias trataba de ser una introducción que permitiera al lector situarse en contexto. Según este punto de vista, la introducción se fue alargando hasta convertirse en una obra completa y muy interesante. Es posible que fuera así en origen, pero no debemos descartar que la obra fuera concebida por completo como quedó, pues Gómara, como historiador, debió sentirse muy atraído por la acción española en América. Su proximidad a Cortés le debió decidir a ampliar la Conquista de México, pero el narrar las gestas de los españoles en el Nuevo Mundo pudo ser una idea anterior. Gómara trataba de llegar a un público lo más amplio posible, y la apertura de los temas a considerar debió favorecer sus proyectos. Este deseo de llegar queda claro en su explicación del lenguaje, en la introducción a la historia: "El romance que lleva es llano y cual ahora usan, la orden concertada e igual, los capítulos cortos por ahorrar palabras, las sentencias claras, aunque breves."17 Es una excelente descripción de la forma en que está escrito el libro. Las frases son muy directas, fáciles de asimilar, y ello no va en demérito de la narración. Para público más selecto pensaba el autor en una versión latina que estaba preparando, circunstancia de la que advertía a los futuros traductores. Se ve que el clérigo estaba convencido de su éxito y se preparaba para ser leído en diferentes idiomas. Al mismo tiempo, promocionaba su trabajo, al anunciar que el texto latino contendría noticias no divulgadas: "La hago de momento en castellano porque gocen de ella primero todos nuestros españoles. Quedo haciéndola en latín más despacio, y la acabaré pronto, Dios mediante, si Vuestra Majestad lo manda y favorece. Y allí diré muchas cosas que aquí se callan, pues el lenguaje lo sufre y lo requiere..."18 Esta versión latina fue considerada como perdida durante mucho tiempo. Se creyó que desapareció en la confiscación de los papeles de Gómara que ordenó Felipe II. Ramón Iglesia19 piensa que el comienzo es un fragmento llamado De rebus gestis Fernandi Cortesii, que fue publicado y traducido al castellano por Joaquín García Icazbalceta20. No pudo éste dejar de advertir las similitudes entre las dos obras, y dio primacía temporal a Gómara, sin considerar la posibilidad de que fueran dos versiones del mismo tema. Con razón afirmó que nada nuevo decía sobre Cortés, aunque deploraba la pérdida del resto del texto, por considerarlo de lectura "gustosa"21. Antes de entrar en el análisis de la parte de la obra, que nos ocupa, debemos decir algunas palabras sobre la primera. Por supuesto, recomendamos su lectura, que ofrece un panorama general de los hechos de los españoles, sucinto pero jugoso. Falta el protagonismo que motiva la Conquista de México, pero eso es beneficioso en muchos Pasajes. La obra comienza con noticias geográficas y algunas reflexiones sobre el mundo, entre las que son de destacar las referentes a los antípodas: "Llaman antípodas a los hombres que pisan en la bola y redondez de la Tierra al contrario de nosotros, o al contrario unos de otros. Los cuales, al parecer, aunque no de cierto, tienen la cabeza baja y los pies altos."22 A continuación se ocupa de los adelantos en la navegación que permitieron la gesta americana: "Antes de comenzar la descripción y cosmografía quiero decir algo de la navegación, porque sin ella no se pudiera saber; que por tierra no se camina tanto, quiero decir, tan lejos, como por agua, ni tan de prisa; y sin naos nunca se hallaran las Indias, y las naos se perderían en el Océano si no llevasen aguja; de suerte que la aguja de marear es principalísima parte del navío para navegar bien."23 Esta precisión geográfica está presente en toda la obra. En cada región, antes de describir los hechos, se sitúa al lector, mezclando informes etnográficos: "El Cuzco está a diecisiete grados más allá de la Equinoccial. Es tierra áspera y de mucho frío y nieves. Tienen casas de adobes de tierra, cubiertos con esparto, que abunda mucho por las sierras, las cuales crían también de por sí nabos y altramuces."24 El orden de la obra contiene aspectos geográficos y temporales, que en el caso de América central y del sur casi coinciden. Comienza Gómara por presentarnos a Colón, describirnos sus luchas y sus gestas. Ello le da pie para comenzar su labor por las Antillas y continuar hacia el sur, conforme avanzaba la exploración española. Dedica unas escasas líneas a México, remitiendo al lector a la segunda parte de su obra. Trata la expedición de Magallanes, la exploración de las Molucas y el reparto de las indias entre castellanos y portugueses, antes de entrar en la conquista del Perú. Algo más de la tercera parte del libro está dedicada a esta región, y Gómara no se recata de detenerse en las guerras civiles, sobre las que se expresa con dureza: "Atribuyen los indios, y aun muchos españoles, estas muertes y guerras a la constelación de la tierra y riqueza; yo lo achaco a la malicia y avaricia de los hombres. "25 Tras el Perú, vuelve hacia el norte, a las expediciones de Nicuesa en Nicaragua, a la conquista de Guatemala y a la búsqueda de Cibola. Remata con algunas generalizaciones sobre los indios y con un elogio de los españoles: "Tanta tierra como llevo dicho, han descubierto, andado y convertido nuestros españoles en sesenta años de conquista. Nunca jamás rey ni gente anduvo y dominó tanto en tan breve tiempo como la nuestra, ni ha hecho ni merecido lo que ella, así en armas y navegación, como en la predicación del santo Evangelio y conversión de idólatras, por lo cual son los españoles dignísimos de alabanza en todas las partes del mundo."26 Para finalizar, unas reflexiones sobre la actuación de los españoles, suavizadas, afirmando que sólo escribe la historia de la conquista: "... quien quisiere ver la justificación de ella, lea al doctor Sepúlveda, cronista del Emperador, que la escribió en latín doctísimamente. Y así quedará satisfecho del todo."27
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La conquista de México Muchas de las características que hemos descrito para la Historia General de las Indias son compartidas por la segunda parte. El autor continúa siendo el mismo y mantiene su afán de precisión, su deseo de informar con minuciosidad de cuanto había y pasaba. Surgen de este carácter descripciones como las del rescate que Juan de Grijalva se llevó (pp. 18-20), la enumeración del quinto real enviado a España con Alonso Hernández Portocarrero y Francisco de Montejo (pp. 67-68) y la descripción de la manera que los indios tenían para hacer fuego (p. 324). El mismo espíritu le lleva a detenerse en la narración de las tácticas militares indígenas y en la organización del imperio que iba a ser conquistado. No escapan a su atención los artilugios de guerra: "Para remediar que de las casas y azoteas no recibiesen daño ni heridas, como hasta entonces, hicieron tres ingenios de madera, cuadrados, cubiertos y con sus ruedas, para llevarlos mejor. Cabía en cada uno veinte hombres con picas, escopetas y ballestas, y un tiro. Detrás de ellos habían de ir los zapadores para derrocar casas y albarradas, y para conducir y ayudar a andar el ingenio." (p. 155) Siguen llamando la atención del autor las descripciones de los lugares y de los fenómenos que le parecían especialmente interesantes. No vacila en extenderse cuando algo llama su atención: "... estando junto a Campeche surtos los navíos en la playa, esperando a los bergantines y barcos que andaban entre algunas caletas a descubrir el que faltaba, pronto se quedaron en seco, aunque estaban casi una legua dentro del mar: tanto es el menguante y creciente que hace allí. El mar no crece más que allí, del Labrador a Paria; nadie sabe la causa de ello, aunque dan muchas, pero ninguna satisface..." (p. 34) Al mismo interés explicativo obedecen las continuas comparaciones, en las que abundan las referencias a cosas de las Antillas: "A este baile lo llaman los españoles areito, que es vocablo de las islas de Cuba y Santo Domingo." (p. 152) Antes de considerar las fuentes de Gómara, muy relacionadas con la intencionalidad del libro, debemos destacar aspectos que, por lo infrecuente, nos han llamado mucho la atención en la lectura. El primero aparece en la descripción del calendario y ha sido objeto de una nota. La fuente de Gómara en este aspecto es excelente y, por la parte en la que está situada la descripción, debe ser Motolinía, que señala que el día postrero del mes era muy solemne entre ellos28. Lo cierto es que la mayoría de los cronistas equivocaron la situación de las fiestas en el calendario indígena, mientras que nuestro clérigo acierta. Sahagún, a lo largo de todo el libro II, coloca las celebraciones el día primero del mes, mientras Gómara dice: "De veinte en veinte días es fiesta festival y de guardar, que llaman tonalli, y siempre cae el último de cada mes" (p. 319) Este matiz es de vital importancia para el conocimiento y manejo del calendario. En 1967, Alfonso Caso demostró cómo el único sistema viable para el funcionamiento de tan complejo modo de registrar el tiempo era considerar que el último día era el de la fiesta29. Esto implica que el día que daba nombre al año era también el último. Desde el punto de vista lingüístico, Gómara es la mejor fuente. Su manera de escribir las palabras indígenas es la más correcta de todas. Claro que cuando Cortés escribió sus Cartas de Relación estaba todavía influido por el nahuatl de Marina (ver nota 25 del texto), mientras que cuando relató los hechos a Gómara ya tenía amplia experiencia de la tierra y de la lengua. De todos modos, el autor no termina de estar satisfecho con su labor: "... y aunque he procurado mucho informarme muy bien de los propios vocablos y nombres de los lugares que nuestro ejército pasó en este viaje de las Higüeras, no estoy satisfecho del todo." (p. 254) Esta preocupación aparece también en la nota a los traductores, situada al principio de la Historia General de las Indias30: "Y que no quiten ni añadan, ni muden letra a los nombres propios de indios, ni a los sobrenombres de españoles, si quieren hacer oficio de fieles traductores; que de otra forma es certísimo que se corromperían los apellidos de los linajes" La proscripción de la obra de Gómara dejó el campo libre a otros autores de peor ortografía, con lo que se han extendido las malas lecturas. Pero no todo se debe a errores de los escritores. Los editores tienen también que ver, y una mala lectura de la palabra Tenuxtitlan en las Cartas de Cortés dio Temixtitán, que ha sido un vocablo de éxito. Gómara comprendió mucho mejor que otros el sistema de "esclavos" existente en México. Llama malli al cautivo de guerra destinado al sacrificio, sin mezclarlos para nada con los tlacohtin, trabajadores a los que los españoles asimilaron a los esclavos (p. 212). Esta asociación se ha repetido continuamente en obras modernas sobre la esclavitud prehispánica. Si otro hubiera sido el destino de la obra de Gómara, se podrían haber evitado errores de este tipo, pues deja bien claro que: "Los cautivos de guerra no servían de esclavos, sino de sacrificados, y no hacían más que comer para ser comidos." (p. 313) Hemos comentado ya como Gómara, cada vez que puede, aprovecha para dar opiniones sobre las cosas. Algunas veces esas opiniones son ataques, más o menos velados, colocados con cierta sorna, como en este ejemplo, tomado de la salida de Tenochtitlan en la Noche Triste: "De los nuestros tanto más morían cuanto más cargados iban de ropa, oro y joyas pues no se salvaron más que los que menos oro llevaban y los que fueron delante o sin miedo; de manera que los mató el oro, y murieron ricos" (p. 162) Es continua la alusión a la "ropa", junto al oro y otros presentes. Gómara no comprendió el alcance de esta asociación y se limita a constatar el hecho. Aún así, es el único que refiere cómo cuando los españoles tomaban el oro tras conquistar Tenochtitlan, los indios recogían las mantas (p. 211). En el México prehispánico y en buena parte del siglo XVI novohispano, las mantas fueron una moneda de gran valor. Parece como si los indios hubieran dado el oro a los españoles porque era lo que ellos ansiaban, y al mismo tiempo, "algo de valor", por si acaso. Comentarios del tipo del de la cita anterior debieron proporcionar a Gómara muchas enemistades, quizá más que su buen trato a Cortés. Cuando la Corona se veía implicada tampoco se mordía la lengua, y eso, como ya dijimos, pudo ser una de las razones principales para su prohibición. Los comentarios del tipo del que sigue debieron caer como una losa en palacio: "Hay en este reino Michoacán muchas minas de plata y oro bajo, y en el año 1525 se descubrió en él la más rica mina de plata que se había visto en la Nueva España; y por ser tal, la tomaron para el Rey sus oficiales, no sin agravio de quien la halló." (p. 215) Como motivos para relegar a Gómara y no utilizarlo como fuente se ha aducido en primer lugar su profundo cortesianismo y su utilización de las informaciones. Trataremos brevemente de ambos. Es obvio que Gómara toma a Cortés como protagonista y guión de su obra. Algunos de los motivos han ido apareciendo ya en estas páginas: admiración por el hombre y la empresa, relación personal, etc. Ahora debemos considerar que, además, Cortés fue la fuente principal para la Conquista de México. Este motivo no debe descalificar el trabajo, ni sirve aducir que con leer las cartas de Cortés basta. Gómara incorpora muchas cosas al texto, pues procuró informarse. Otra cosa es que no cite sus fuentes. No se le puede culpar por ello, pues era una costumbre generalizada en la época y no hace falta más que echar una ojeada a los clásicos del pasado americano: Mendieta, Torquemada, Cervantes de Salazar, quien empleó profusamente la obra de Gómara. El propio Bernal Díaz construye su libro a base de recuerdos personales y de la obra de Gómara, aunque fuera para rebatirla. Ramón Iglesia se ha esforzado por reivindicar la figura de nuestro autor: "El escepticismo y el espíritu crítico, llevados a la exageración, tienen grandes fallas en el terreno de los estudios históricos. Bien está que se confronten textos y se aglutinen testimonios, pero que se llegue al extremo de rechazar un libro porque utiliza los datos de la conquista suministrados por el propio Cortés es un caso monstruoso de la deformación a que puede llevar el cientificismo histórico. "31 Continúa el mismo autor defendiendo a Gómara, quien, por otro lado, tenía perfecto derecho a escribir la biografía de su patrón: "No se olvide que, cuando publica su libro, el conquistador había muerto ya. Muerto en desgracia. Por eso tienen más mérito su fe y su entusiasmo."32 El relato de Gómara sigue las Cartas de Relación de Cortés, con la salvedad hecha de la mejora de la ortografía nahuatl. Pudo ser que manejara una edición del libro, que recibiera la información directamente del autor, o ambas cosas. Pero como tenía madera de historiador, no se quedó ahí. En la primera edición cita él mismo entre sus fuentes a Pedro Mártir de Anglería, Gonzalo Fernández de Oviedo y "otros", además de su patrón. En un párrafo reconoce haber recibido información de Andrés de Tapia, uno de los conquistadores (p. 125), que escribió una relación de la conquista que llega hasta la lucha con Pánfilo de Narváez33. No conocemos la fecha en la que Tapia escribió, ni si Gómara leyó el relato, pero es cierto que se asemejan bastante. Para las cuestiones etnográficas, sigue a Motolinía34, lo que es señalado por Cervantes de Salazar35. Es decir, Gómara está empleando para escribir su libro las últimas novedades en el tema, libros recién escritos y, en algunos casos, no publicados, lo que supone que gozaría de buenos contactos para conseguir copias. Se comporta como un auténtico historiador, en busca de fuentes de las que extraer datos para su propia obra. Poco pone de su cosecha, salvo el no pequeño esfuerzo de ordenar el material y escribirlo amenamente, y algunos comentarios más o menos afortunados. Hay que resaltar que Gómara no conocía América y era consciente de ello, por lo que recurría a quien podía para obtener información. Su estancia en Sevilla debió ser muy productiva en este aspecto. Además, como resalta Iglesia, eligió muy bien sus informantes: "La Conquista de México es esencialmente un resultado de largas conversaciones con Cortés. El interlocutor no estaba mal elegido para obtenerlos datos. Y, sin embargo, son muchos los que no han perdonado a Gómara que lo hiciera así. Sería curioso saber de dónde querían que los tomara."36 La intención de Gómara era escribir sobre Hernán Cortés, y hacerlo con los datos que él mismo le suministró. Ello queda claro en varios lugares. En la dedicatoria, hecha a Martín Cortés, dice: "Solamente digo que vuestra señoría, cuya vida y estado nuestro Señor prospere, se puede preciar tanto de los hechos de su padre como de los bienes, pues tan cristiana y honradamente los ganó." (p. 12) La empresa es lo que le llama la atención, y su capitán es el portavoz de la hueste y el que la potencia: "Nunca jamás capitán alguno hizo con tan pequeño ejército tales hazañas, ni alcanzó tantas victorias ni sujetó tamaño imperio." Bernal Díaz siempre emplea la palabra México para designar a la capital azteca, y ese uso debió pesar en Gómara, haciéndole aclarar que su conquista no es el único objetivo de la redacción de su obra: "La Conquista de México y conversión de los de la Nueva España, juntamente se puede y debe poner entre las historias del mundo, así porque fue bien hecha, como porque fue muy grande. Por ser buena, la escribo aparte de las otras, como muestra de todas." (p. 12) En realidad, la ampliación se limita a recoger las andanzas de Cortés, principio y fin del libro: "Tal fue, como habéis oído, Cortés, conquistador de la Nueva España, y por haber comenzado yo la Conquista de México en su nacimiento, la termino con su muerte." (p. 340) Queda fuera de toda duda el protagonismo del capitán, al que se hace responsable de la expedición. Para Gómara esto implica que Cortés es el destinatario de las alabanzas y también de los reproches: "Fue Cuahutimoccín hombre valiente, según de la historia se colige, y en todas sus adversidades tuvo ánimo y corazón real, tanto al principio de la guerra para la paz, cuanto en la perseverencia del cerco, y así, cuando le prendieron, como cuando le ahorcaron, y como cuando, porque hablase del tesoro de Moctezuma, le dieron tormento, el cual fue untándole muchas veces los pies con aceite y poniéndoselos luego al fuego; pero más infamia sacaron que oro, y Cortés hubiera debido guardarlo vivo como oro en paño, pues era el triunfo y gloria de sus victorias." (p. 254) Cortés es presentado por Gómara como un hombre arrogante, muy seguro de sí mismo, capaz de ganarse a sus hombres y de hacer aliados, y de ser muy cruel cuando lo juzgaba necesario. Era piadoso, muy preocupado de atender a las cosas de religión: "Llegó a México en el año 24 fray Martín de Valencia con doce compañeros, como vicario del Papa. Les hizo Cortés grandes regalos, servicios y acatamiento. No les hablaba una vez siquiera sino con la gorra en la mano y la rodilla en el suelo, y les besaba el hábito para dar ejemplo a los indios que se habían de volver cristianos, y porque de suyo era devoto y humilde." (p. 236) Su arrogancia se revelaba en el trato con superiores, iguales y subordinados. Uno de los ejemplos más notorios fue la dedicatoria de la culebrina de plata que mandó a Carlos I. La copla le valió numerosos enemigos: "Aquesta nació sin par; o en serviros sin segundo; Vos sin igual en el mundo." (p. 237) Más ejemplos de este carácter de Cortés, tan de la época (recordemos tan sólo los protagonistas de Lope de Vega), se encuentran en el episodio del enfrentamiento con Narváez, que aunque quedó tuerto en la refriega, tampoco era manco: "Cuando se vio Narváez delante de Cortés, dijo: "Señor Cortés, tened en mucho la ventura de tener mi persona presa." Él le respondió: "Lo menos que yo he hecho en esta tierra, es haberos prendido."" (p. 149) El mismo episodio le sirve a Gómara para resaltar la figura de su biografiado: "Mucha templanza tuvo aquí Cortés, pues ni aun de palabra injurió a ninguno de los presos y rendidos, ni a Narváez, que tanto mal había dicho de él, estando muchos de los suyos con gana de vengarse, y Pedro de Malvenda, criado de Diego Velázquez, que venía como mayordomo de Narváez, recogió y guardó los navíos y toda la ropa y hacienda de entrambos, sin que Cortés se lo impidiese. ¿Cuánta ventaja lleva un hombre a otro? ¿Qué hizo, dijo, pensó cada uno de estos dos capitanes? Pocas veces, o nunca por ventura, tan pocos vencieron a tantos de una misma nación, especialmente estando los muchos en lugar fuerte, descansados y bien armados." (pp. 149-150) Queda claro en las últimas líneas que Gómara atribuía un papel decisivo a las habilidades de Cortés, y no deja lugar a poner ninguna excusa. Su objetivo al escribir es que: "Permanezca, pues, el nombre y memoria de quien conquistó tanta tierra, convirtió tantas personas, derribó tantos dioses, impidió tanto sacrificio y comida de hombres." (p, 12)
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La crónica en el espacio Más de veinte accidentes importantes del Estrecho de Magallanes y regiones aledañas (Cabo del Espíritu Santo, Punta Delgada, Punta Anegada, Bahías de San Felipe, Santiago y San Gregorio, Puntas de San Isidro y San Vicente, Monte de San Simón, Cabo de San Gregorio, Bahía de Gente Grande, Cabo Boquerón, Puntas de San Valentín y Santa Ana, Río de San Juan, isla de San Pablo, Bahías de Lomas y Voces, Cabo de San Isidro, Canal Magdalena, Islas de Santa Inés y San Carlos. Estrecho Concepción, Golfo Trinidad, etc.), conservan los nombres que Sarmiento les otorgara. Puede afirmarse que, en líneas generales, los expedicionarios posteriores han sido respetuosos con la toponimia magallánica propuesta por Sarmiento en la Crónica. Hay que celebrar que ésta fuese utilizada en tiempo oportuno por aquéllos; así, las costas del paso más austral del planeta siguen relacionadas con el primer hombre que, en detalle, las reconoció. El texto de Sarmiento impresiono, sin duda, por su precisión, a cuantos tras él, y consultando sus anotaciones, se aventuraron por las aguas sureñas americanas. Hasta que la expedición de Parker King las surcó no había en la zona ningún recuerdo dedicado al marino español. Fue su colega británico, reconociendo el mérito de quien con su escrito le guiaba por aquel laberinto meridional, el que bautizó un majestuoso pico fueguino (2.300 metros) con el nombre de Sarmiento. Así nos narra Charles Darwin su visión, el 9 de junio de 1834, de este monte preantártico: Asistimos a un espectáculo espléndido: el velo de nubes que nos oculta el Sarmiento se disipa poco a poco y descubre a nuestra vista la montaña. Es una de las más altas de la Tierra del Fuego y mide 6.800 pies. Sombríos bosques cubren su base hasta un octavo próximamente de su altura total, cubriéndola hasta el vértice una sábana de nieve. Estas masas inmensas de nieve, que no se funden jamás, y que parecen destinadas a durar tanto como el mundo, presentan un grande ¿qué digo? un sublime espectáculo. La silueta de la montaña se destaca clara y bien definida. La cantidad de luz reflejada sobre la superficie blanca y lisa, impide que se vean sombras en todo el monte: no podemos, por lo tanto, distinguir más que las líneas que se destacan en el cielo, lo cual da a la masa admirable relieve, Muchos ventisqueros bajan serpeando desde estos campos de nieve hasta la costa; podría comparárselos a inmensos Niágaras congelados, y quizá estas cataratas de hielo azulado son tan bellas como las de agua corriente. El explorador inglés realizó un acto de justicia al dedicar ese monumento mineral al hombre que aclaró para siempre la maraña magallánica. La crónica de su gesta, permanente en el tiempo y en el espacio --hoy mismo, con ella podría hacerse una segura navegación por aquellas aguas-- ha venido a convertirse en espléndido homenaje para el que la compuso. En el Cabo Vírgenes existe un modesto recuerdo a Pedro Sarmiento de Gamboa. Con él no están colmados los reconocimientos a este héroe desdichado. Allí, donde la tierra por el austro se acaba el hombre del Sur, con quieta mirada de bronce, debería contemplar el lugar en que quiso, sin conseguirlo, vivir y morir. Esa deuda tiene con él España. Esa deuda tiene con él América.
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La crónica en el tiempo Con tres copias de su relación, llegó Sarmiento a España aquel 15 de agosto de 1580. La cuarta, viajó con el piloto Hernando Alonso --en el patache que partió de Cabo Verde--, hasta el istmo panameño, para ser rendida al virrey don Francisco de Toledo. No he encontrado referencias de ella, que puede hallarse en los archivos de Lima. Mientras Sarmiento realizaba su viaje, escribía Felipe II a don Antonio de Padilla, presidente del Consejo de indias: Mírese si será bueno hacer un fuerte en el puerto de Magallanes. La crónica de Sarmiento llegó, pues, a las manos del monarca y al Consejo de indias en momento sumamente oportuno: existía en la corte gran preocupación como consecuencia de la audacia de Drake, quien había repetido la ruta de Magallanes, practicando la depredación por las costas occidentales de la América hispana (la expedición de Sarmiento fue corolario de esta incursión). En el informe del marino, aparecía el plan estratégico magallánico formulado por el navegante y el virrey, que coincidía con los intereses del soberano. Cosa inusual en éste, decidió con gran rapidez la fortificación y el poblamiento del Estrecho: al año siguiente partía de España la expedición con destino al último rincón americano. Pero, en seguida, la estrategia atlántica del Rey Prudente, experimentó una mutación violenta al pasar de la acción indirecta --ocupación de encrucijadas mediante el uso de fuerzas sutiles y económicamente semiautónomas-- a la directa: la invasión de Inglaterra. La organización de la Armada Invencible acaparó la atención de la corte entera, y el fracaso de tal operación no implicó cambio en el modelo estratégico filipino: parece ser que Felipe II --dice Comellas-- planeaba de nuevo un desembarco en Inglaterra cuando le sorprendió la muerte. Quedó Sarmiento --decidido partidario de la estrategia de acción indirecta-- oscurecido, y su crónica, olvidada. Cuando, ya en el siguiente siglo, Felipe II, tras la alarma provocada por el viaje al sur de América de los holandeses Le Maire y Schouten, organiza la expedición de los Nodales, dice a éstos: Os detendréis en la dicha boca occidental del Magallanes todo el tiempo que os diere lugar, porque respecto de no estar bien reconocida por aquella parte, ni tenerse noticia que ninguno baja pasado por ella, sino el capitán Pedro Sarmiento, hay más necesidad de tener de ella un reconocimiento muy puntual y ajustado para los efectos que se pueden ofrecer a mi servicio... Este mandamiento prueba que la relación del descubridor dormía en algún olvidado estante cortesano. Dice Amancio Landín que, para su viaje, iban los hermanos Nodal provistos de la relación y, cartas que la pluma de Sarmiento había trazado, lo que Javier Oyarzun niega. Por su parte Julio Guillén, en su prólogo a la edición de la Crónica (1944, Instituto Histórico de la Marina) afirma que el diario impreso de los Nodales nada alude a Sarmiento, y parece desconocer sus reconocimientos al oeste del Estrecho, pues la carta que trazó Ramírez de Arellano, su piloto mayor, carece de cuanto conoció aquél. Y concluye el marino académico: La relación de Sarmiento pareció haberse extraviado en nuestro país, mientras en Inglaterra la conoció el comandante Byron, que la utilizó en 1764. Sin embargo, hizo uso de ella Bartolomé Leonardo de Argensola siquiera en extracto, añade julio Guillén, para escribir su obra Conquista de las Islas Malucas, publicada en Madrid, en 1609, de la cual tampoco debieron tener conocimiento los hermanos Nodal. También, como hemos visto, el padre Torrubia en su Gigantología usa y manipula a Sarmiento, dando otro tono a lo que éste, sobre tal asunto, escribió en su crónica. Caracterizado el siglo XVII español por un notable abandono de la política naval, también Sarmiento y sus relaciones pasaron al ostracismo. Al final de esta centuria, don Francisco de Seixas y Lovera, en su Descripción Geográfica y Derrotero de la Región Austral Magallánica, alude al fracasado colonizador, más de forma tan confusa, que no puede darse como probable que el citado autor hubiese tenido acceso al diario del navegante. El texto fue conocido en Inglaterra: tomado tal vez del patache que Sarmiento adquirió en Cabo Verde, o extraviado durante la expedición que el padre Quiroga realizó a la costa patagónica en 1745. Esta última posibilidad la apunta Julio Guillén. El caso es que el comandante Byron hizo uso de aquél en 1764, con motivo de su viaje alrededor del mundo. Volvió en España a ver la luz el importante documento cuando salió a subasta pública, siendo adquirido por don Bernardo de Iriarte, quien lo publicó en 1768 junto a otros documentos, bajo el título genérico Viaje al Estrecho de Magallanes por el capitán Pedro Sarmiento de Gamboa y noticia de la expedición que después hizo para poblarle. En esta recopilación figura la declaración de Tomé Hernández, el único superviviente de quien se tiene noticia cierta de las fallidas poblaciones magallánicas. Esta edición fue utilizada por varios expedicionarios posteriores, como Malaspina, Parker King y Fitz Roy. En la expedición de este último participó Charles Darwin, quien, en consecuencia, también manejó el diario del navegante español. Ya en este siglo, el padre Pastells realizó una interesante recopilación de textos de Sarmiento, en especial de aquellos referidos al viaje de poblamiento. Sir Clements Markham, por su parte, tradujo al inglés la notable Crónica, integrándola en su obra Narratives of the voyages of Pedro Sarmiento de Gamboa to the Straits of Magellan. Dentro de la Colección de diarios y relaciones para la Historia de los Viajes (Instituto Histórico de la Marina, Madrid) editó y prologó en 1944 julio Guillén este texto de Sarmiento, del que existen amplias referencias en los trabajos de Landín (Vida y viajes de Pedro Sarmiento de Gamboa, Madrid 1945), y Oyarzun (Expediciones españolas al Estrecho de Magallanes y Tierra de Fuego, Madrid 1976). Dos documentos dan entrada a la Relación y Derrotero de Sarmiento: las Instrucciones que se dieron por el Virrey del Perú, al Capitán Pedro Sarmiento para la jornada y descubrimiento del Estrecho de Magallanes, y pelear con el corsario inglés que por él entró a esta Mar del Sur, si lo encontrase, y el juramento que prestó el marino antes de emprender la aventura. Ambos fueron incluidos por Sarmiento en su diario. Se guardan los dos en el Archivo de Indias. El original de la crónica, en la Biblioteca Real.
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La educación de un noble En este sentido, lo primero que debe pasarse por el tamiz de la crítica es la extendida afirmación de que el autor de Crónica mexicana estudió en el Imperial Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco. Dado que su nombre no aparece en la relación de alumnos notables de Fray Juan Bautista, ni figura entre los colegiales que ayudaron a Sahagún en su monumental investigación etnográfica, ni se menciona en la documentación oficial u oficiosa relacionada con Santa Cruz, la lógica invita a negar el indemostrado aserto. Pero hay otra razón de peso en contra del supuesto. Consignando su árbol genealógico en la Crónica mexicayotl, Tezozomoc indica que una de sus hermanas menores, llamada Isabel, se casó con Antonio Valeriano, un antiguo colegial de Tlatelolco, colaborador de Fray Bernardino de Sahagún y profesor de latín de alumnos indios y frailes jóvenes, entre ellos, Juan de Torquemada, futuro autor de una extensa obra intitulada Monarchía indiana. Para el aristocrático Don Hernando, Valeriano era un plebeyo cuyo único mérito consistía en saber hablar latín, y así lo expresó sin ambages en la Crónica mexicayotl al tratar de Isabel, séptima u octava hija, según su liada cronología, del matrimonio formado por Diego de Alvarado Huanitzin, gobernador indígena de la antigua Tenochtitlan, y Francisca de Moteczuma, hija del Tlatoani mexica28: La séptima de nombre D?. Isabel. A este preciado vástago la desposó Dn. Antonio Valeriano, que no era noble sino tan sólo un gran sabio, un "colegial", que sabía la palabra latina, natural de Atzcapotzalco29. La contradictoria opinión de Tezozomoc sobre su cuñado --el párrafo conjuga el desprecio clasista del noble por las personas de status inferior con la encubierta admiración por los conocimientos del amo pilli Valeriano--no deja ningún resquicio para la duda. Si Don Hernando hubiera estudiado en Santa Cruz, no habría dejado pasar la oportunidad de señalarlo, revalorizando su prestigio al tiempo que desprestigiaba al atzcapotzalca. El hecho de que Alvarado Tezozomoc, descendiente directo de Motecuhzoma, no recibiese educación europea puede resultar sorprendente a primera vista, pero desde luego no tiene nada de misterioso. Posiblemente el futuro autor de Crónica mexicana superaba la edad reglamentaria y su solicitud de ingreso, si acaso se presentó, fue rechazada. Al menos, esta es la conclusión que se desprende de un análisis en profundidad del párrafo arriba citado. Todas las fechas que relacionan a Valeriano con Santa Cruz indican que el atzcapotzalca debió ser uno de los alumnos que inauguraron el colegio. Como el centro se abrió en 1536 y la edad de los educandos iba de los ocho a los doce años, la fecha de nacimiento del futuro yerno de Huanitzin puede situarse entre 1524 y 1528. Lo cual permite fijar el momento de su boda en el período que va de 1544 a 1548, cuando el joven y brillante egresado contaba veinte o veintipocos años y su linajuda novia unos quince. Si Isabel, nacida entre 1529 y 1533, ocupaba el séptimo puesto en la escala familiar y Hernando el quinto, la diferencia de edad entre ambos, teniendo en cuenta el período de lactancia de tres años, era de ocho, nueve o diez años. Por lo tanto, el natalicio de Alvarado Tezozomoc debió tener lugar en el septenio 1519-1525. Descontando las datas inicial y final, bastante improbables en tanto en cuanto no dejan lugar para la más mínima variación30, es factible situar el evento en cualquier año situado en torno a 1523. Hay otra vía alternativa para corroborar la fecha de nacimiento. En el discurso que abre la Crónica mexicayotl, Don Hernando afirma textualmente que oyó, o mejor, aprendió, las narraciones que transcribe de su padre Don Diego de Alvarado Huanitzin, de Don Pedro Tlacahuepantzin, su tío, y de Don Diego de San Francisco Tehuetzquititzin, quienes, apostilla, bien rectamente sabían el preciado antiguo tratado. Como Tlacahuepantzin regresó de su primer viaje a Castilla en 1530 y emprendió un segundo en 154031, la reunión (o reuniones) mencionada puede fijarse en 1539, coincidiendo con la restauración de la dinastía en Huanitzin y la consecuente reavivación del problema sucesorio. Una ocasión, como se observa, muy propicia para saber el corazón del preciado legado antiguo, o, dicho con la prosaica mentalidad occidental, para fijar las genealogías y debatir los derechos de los diferentes candidatos. Difícilmente un tierno infante de meses, o cuanto más, en su primera infancia entendería algo de aquel galimatías, eso suponiendo que le dejasen asistir. Tampoco un joven de diecinueve o más años aprendería nada porque lo que allí se dijese tendría que saberlo desde los quince, edad en que los jóvenes nahuas comenzaban su educación formal. En cambio, un quinceañero Tezozomoc encajaría a la perfección en la conferencia. Tras la resta de rigor, se obtiene 1524, fecha muy cercana a 1523. Parece claro, pues, que Don Hernando de Alvarado vio la luz entre 1523 y 1524, y que no pudo, aunque hubiera querido, aprender la latin tlatolli. Tezozomoc pertenecería, por lo tanto, a la primera generación de mexicanos alfabetizados --recuérdese que desde 1525 funcionaba en el convento seráfico de San Francisco de México una escuela a cargo de Fray Pedro de Gante, pariente del César Carlos--, y sus conocimientos se limitarían a la lectura, la escritura, el canto religioso y la doctrina. Lo cual --hay que señalarlo porque sólo resulta obvio una vez expuesto-- no implica en absoluto que fueran reducidos o deficitarios. De hecho, sus escritos demuestran que los asimiló mejor que la inmensa mayoría de los alumnos de los monasterios-escuelas, cuya capacidad de aprendizaje como colectivo era tan grande que admiró incluso al poco indianófilo Jerónimo López, uno de los más acreditados portavoces del partido de los encomenderos. Hablando de la educación primaria, dice en una de sus pintorescas cartas: Les quisieron los frailes seráficos mostrar leer y escribir; y por su habilidad, que es grande, y por lo que el demonio negociador pensaba negociar por allí, aprendieron tan bien las letras de escribir libros, puntar, é de letras de diversas formas que es maravilla verlos; y hay tantos é tan grandes escribanos, que no lo sé numerar, por donde por sus cartas se saben todas las cosas en la tierra de una á otra mar muy ligeramente, lo que de antes no podian hacer32.
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La elección de esta obra Cuando se me propuso contribuir a esta colección de Crónicas de América, ya venía yo pensando en la conveniencia de incorporar a ella algún texto de Sarmiento de Gamboa, personaje de importancia capital en la proyección marítima del Perú y autor de gran erudición y fino estilo, relegado injustamente a segundo término en la mayoría de los estudios referentes a la América virreinal. intelectual y hombre de acción, fue sin duda la dispersión de sus inquietudes, la causa de su fama opaca. Y sin embargo, sólo como cronista del Nuevo Mundo, debiera tener derecho a una atención impar: su Historia Indica, sin llegar cuantitativamente a lo que fue la obra de Cieza de León --el narrador por excelencia de las cosas del Perú--, posee una calidad científica de primera magnitud, encomiada fuera de España antes que en España. Markham, que con respecto a Sarmiento no es, ni mucho menos, ditirámbico, lo reconoce como la más alta autoridad en cuanto a la historia externa de la época incaica, y Salvador de Madariaga establece un paralelismo entre el navegante cronista y el gran investigador de la Nueva España precortesiana, Bernardino de Sahagún. La Historia Indica de Pedro Sarmiento es, no obstante, texto controvertido, comentado críticamente por más de un autor, como Ernesto Morales. Otros hay suyos --como el que presento al lector-- que han merecido el aplauso unánime de los entendidos, en este caso, de sus colegas, los marinos. La obra es el resultado del cruce entre las dos principales facetas de este hombre singular: la científica y la de mareante. Está escrita, además, con completa independencia y con ocasión de una aventura en la que fue --por única vez en su vida-- indiscutido capitán. Sus restantes relatos marineros --el de su viaje a las Salomón, y los relativos a su frustrado intento colonizador en el Magallanes-- carecen del empaque científico y de la objetividad que caracterizan a esta Relación y Derrotero. La narración del descubrimiento de las islas del Mar del Sur es el testimonio de una empresa fallida. Se inició con propósito de poblamiento, del que Mendaña --general de la expedición-- desistió, y debíase haber encontrado una ruta de retorno --utilizando las corrientes australes, como Sarmiento recomendaba-- que finalmente no se buscó. La consecuencia fue que las islas Salomón quedaron tan desconectadas del Perú como lo estaban antes de descubiertas (no pudo ser Sarmiento el Urdaneta del Sur). En cuanto a las relaciones sobre el proyecto colonizador magallánico, indudablemente de gran interés por la cantidad de datos geográficos y antropológicos que contienen --los cuales aparecen, igualmente, en esta crónica marinera--, se ven enturbiadas por las referencias --a veces demasiado amargas, demasiado destempladas-- a penosos factores humanos y logísticos que perturbaron aquél desde su iniciación, condenándolo al fracaso. Todos estos textos, por otra parte, precisan del contraste con los demás que a los mismos asuntos se refieren. La resultante de tal recopilación --ya elaborada, por cierto--, no podría quedar dedicada solamente a la figura de Pedro Sarmiento de Gamboa, que es el objetivo de este volumen. Son --creo-- suficientes las razones apuntadas para identificar al personaje con la crónica de su mejor viaje. Pero aún puedo aducir una razón más: es ésta una relación optimista, esperanzada, llena de esforzada vitalidad. Se corresponde con el corto momento pletórico de una vida desgraciada, y narra una aventura genial felizmente concluida. Por todo lo anterior, y por este motivo, es la obra más característica de aquel navegante sabio que fue el cronista Pedro Sarmiento de Gamboa. Alonso de Ercilla, el cantor de los araucanos, haciéndose eco de las leyendas que habían generado los intentos desastrosos de cruzar de Oeste a Este el Estrecho de Magallanes, había escrito: Por falta de pilotos y encubierta causa quizá importante y no sabida, esta secreta senda descubierta, quedó para nosotros escondida, ora sea yerro de la altura cierta, ora que alguna isleta removida del tempestuoso mar y viento airado encallando en la boca, la ha cerrado. Sarmiento de Gamboa aclaró, nítidamente, las dudas del poeta con su viaje glorioso: determinó exactamente la altura --latitud-- de la boca occidental del paso interoceánico, y ordenó el dédalo de islas y canales que la ocultaban a las proas de los navíos. Esta es, contada por su protagonista, la crónica de aquella epopeya descubridora.
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La expedición de Grijalva y las primeras acciones de Cortés en el Enchiridion de Pedro Mártir de Anglería (Basilea, 1521) Pedro Mártir que, desde varios años antes se mantenía informado acerca de las cosas del Nuevo Mundo, refiere expresamente que tuvo ocasión de conversar con Hernández Portocarrero y con Montejo. Los informes que de ellos recibió y la contemplación y examen de los presentes que habían traído para el Emperador, lo movieron a escribir para dar a conocer a otros cuanto pareció a él de interés excepcional. Siguió en ello su costumbre de incluir sus noticias en cartas que en principio destinaba a personajes prominentes, de modo particular al Romano Pontífice. Así había difundido ya copiosa información que abarcaba otros hechos a partir del desembarco de Colón en las Antillas13. La primera publicación de Pedro Mártir en la que habla de las tierras y gentes que se conocería más tarde como la Nueva España ostentó el siguiente título en latín: De Nuper sub D. Carolo Repertis Insulis, simulatque Incolarum Moribus Enchiridion, dominae Margaritae divi Max imiliani Caes aris Dicatuni, Basileae, Anno MDXXI (Enchiridio o Epítome acerca de las islas recientemente descubiertas bajo el imperio de don Carlos y de las costumbres de sus habitantes. Dedicado a doña Margarita, hija del ínclito emperador Maximiliano, Basilea, año de 1521). En este libro que, escrito en latín, tuvo gran difusión, incluyó también Pedro Mártir, la versión que había recibido del capellán de Diego Velázquez, el clérigo Martín, del "Itinerario de la Armada#", o sea la obra de Juan Díaz sobre la expedición en la que participó al mando de Juan de Grijalva. Su testimonio de la impresión que le causó contemplar los presentes indígenas remitidos por Cortés al Emperador, quedó más tarde incorporado en su IV Década del Nuevo Mundo14. Allí se difundió por vez primera la opinión de un humanista del Renacimiento sobre las creaciones de gentes para él desconocidas, los mexicanos prehispánicos, de cuyo ingenio, industria y arte quedó él maravillado. Veamos al menos algo de lo que escribió al respecto: Trajeron --nos dice en su IV década del Nuevo Mundo-- dos muelas como de mano, una de oro y otra de plata, macizas, de casi igual circunferencia, veintiocho palmos# El centro lo ocupa, cual rey sentado en su trono, una imagen de un codo, vestida hasta la rodilla, semejante a un zeme, con la cara con que entre nosotros se pintan los espectros nocturnos, en campo de ramas, flores y follaje. La misma cara tiene la de plata, y casi el mismo peso, y el metal de las dos es puro# De sus casquetes, ceñidores y abanicos de plumas, no sé qué decir. Entre todas las alabanzas que en estas artes ha merecido el ingenio humano, merecerán éstos llevarse la palma. No admiro ciertamente el oro y las piedras preciosas; lo que me pasma es la industria y el arte con que la otra aventaja a la materia; he visto mil figuras y mil caras que no puedo describir; me parece que no he visto jamás cosa alguna, que por su hermosura, pueda atraer tanto las miradas de los hombres15. Dado que se conserva el registro de los objetos que envió Cortés, cabe afirmar que de ellos enumeró Pedro Mártir tan sólo los que más atrajeron su atención16. Lo mismo ocurrió en el caso de uno de los más grandes artistas de esa época, el pintor Alberto Durero. Refiere éste en su Diario de Viaje que, hallándose en Bruselas en 1520, pudo ver aquellos objetos extraños y maravillosos enviados al Emperador desde la nueva tierra del oro. El hecho de que Durero haya podido ver tales objetos en Bruselas, pone de manifiesto que Carlos V, que los había recibido en Valladolid, decidió llevarlos consigo en su viaje a Flandes. La reacción de Durero ante esas creaciones del México antiguo, casi un año antes de que Cortés se adueñara de la metrópoli azteca, es en verdad reveladora. No es inverosímil pensar que quien con tanta elocuencia se expreso así respecto de esas creaciones, hable de ellas otras muchas veces, contribuyendo en consecuencia a difundir las noticias que a muchos debían interesar sobre las nuevas tierras en las que se hallaba Hernán Cortés. He aquí las palabras de Durero: Y también vi allí en Bruselas las cosas que trajeron al rey desde la nueva tierra del oro desde México: un Sol todo de oro de una braza de ancho, igualmente una Luna toda de plata, también así de grande, asimismo dos como gabinetes con adornos semejantes, al igual que toda clase de armas que allá se usan, arneses, cerbatanas, armas Maravillosas, vestidos extraños, cubiertas de cama y toda clase de cosas maravillosas hechas para el uso de la gente. Y eran tan hermosas que sería maravilla ver algo mejor. Estas cosas han sido estimadas en mucho, ya que se calcula su valor en 100.000 florines. Y nada he visto a todo lo largo de mi vida que haya alegrado tanto mi corazón como estas cosas, En ellas he encontrado objetos maravillosamente artísticos y me he admirado de los sutiles ingenios de los hombres de esas tierras extrañas17. De esta suerte el testimonio que expresó Durero en 1520 vino a sumarse a los que se difundían en publicaciones en latín, italiano y alemán. Información mucho más amplia iba a recibirse en breve que alcanzaría aún mayor difusión, capaz de despertar en no pocos el afán de embarcarse con rumbo a esas tierras de las que tan grandes cosas se referían. El Primer mapa del golfo de México y tierras circundantes En el mismo año de 1519, poco tiempo después del desembarco de don Hernando en playas veracruzanas, cuando se aprestaba a marchar con rumbo a Tlaxcala, recibió nuevas de ciertos navíos que habían sido avistados muy cerca de las costas. Pronto supo Cortés que dichos barcos habían sido enviados desde Jamaica por Francisco de Garay. Aunque en esa ocasión los hombres de Garay no intentaron hacer penetración o poblamiento alguno, consta que, siguiendo su derrotero hacia el norte, costearon el litoral del golfo, desde Yucatán hasta la Florida18. Tanto acerca de la Florida como de Yucatán se tenían ya desde antes algunas noticias. En lo que respecta a la Florida había sido visitada ésta desde 1512 por Juan Ponce de León. Respecto de Yucatán las expediciones de Hernández de Córdoba y Grijalva, así como luego la del mismo Cortés, habían allegado información relativamente abundante. Sin embargo, hasta 1519 la configuración del golfo de México con esas dos penínsulas, era por completo desconocida en el contexto de la cartografía del Nuevo Mundo. Correspondió precisamente al piloto de la expedición enviada por Garay, Alonso Álvarez de Pineda, disponer un primerísimo mapa, bastante preciso, del perfil del golfo de México y tierras adyacentes. Ese mapa enviado por Garay a España como prueba fehaciente de sus esfuerzos y gastos destinados a ampliar la expansión española más allá de las Antillas, tendría en poco tiempo muy amplia difusión19. Lo curioso del caso es que ésta no redundaría en beneficio de Garay sino de quien fue su permanente adversario, el propio Cortés. Bien sabido es que Garay participó en una segunda expedición, en 1522, en la que desembarcó por el rumbo del río Pánuco con propósito de hacer poblamiento. No obstante haberse asociado con el gobernador de Cuba, Diego Velázquez, su empresa tuvo resultados en extremo precarios. Con el nombre un tanto pomposo de Victoria Garayana, se designó a la nueva penetración y asentamiento. Al intento siguió luego el encuentro con Hernán Cortés y a la postre la llamada Victoria Garayana se convirtió en derrota. Trasladándose Garay a México, donde Cortés le dio hospedaje, murió allí muy poco después de mal de costado, al decir de algunos, en tanto que otros, cuando el juicio de resistencia de Cortés, quisieron culpar a éste del fallecimiento de quien fue su rival. Pudiera pensarse que la desaparición de Garay iba a dejar en el olvido más completo a sus expediciones. Si éstas fracasaron desde el punto de vista de hacer conquistas, tuvieron al menos la importante consecuencia de haberse logrado, gracias a la primera de ellas, un bastante preciso conocimiento del perfil geográfico de las extensas tierras con riberas en el golfo de México. Al ocuparnos en seguida de los ulteriores testimonios que envió Cortés a España para dar cuenta de sus logros al Emperador, veremos cuál fue en última instancia el destino y la difusión que tuvo ese primerísimo mapa debido a Alonso Álvarez de Pineda.
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La Historia de Motolinia, fuente etnohistórica Como cualquier obra histórica, ésta proclama un cierto argumento y un discurso demostrativo: los indios mesoamericanos vivían endemoniados y actuaban como presos en las idolatrías falsas que confundían sus espíritus y que impedían su acceso al conocimiento de la religión verdadera. Dios, a través de los misioneros, ponía en el camino de la verdadera fe a estos indígenas, y los cristianos estaban destinados a cumplir la gran misión de ofrecerles el mensaje de Cristo, cualesquiera que fuesen los obstáculos que se opusieran a su conversión. Puestos en el camino de esta misión trascendente, los franciscanos conseguían sus objetivos sin pausa y por diversos medios: sustituyendo los símbolos demoníacos indígenas por el signo supremo de la Cruz y por las representaciones formales de Cristo y de la Virgen María. El logro de estos fines pasaba por la predicación y por el ejemplo, pero era también necesario que se dieran señales de superioridad de una religión sobre otra y que los indígenas, como así ocurrió, estuvieran predispuestos a recibir en profundidad este mensaje religioso. En este extremo, algunos milagros que se describen también coadyuvaron al logro de conversiones; y desde luego, el comportamiento moral de estos religiosos, y hasta incluso la visible relación de autoridad que mantenían con conquistadores y civiles españoles, les proporcionó el respeto reverencial hacia sus personas. Todo ello, más el prestigio de las victorias españolas, así como las alianzas con los señores indígenas entendidos como fuerzas locales de poder ancestral, y su misma dedicación a las masas sociales serviles, contribuyó a desarrollar en los indígenas un ánimo favorable a sus intenciones, mientras, al mismo tiempo, su sabiduría y su humildad impresionaban lo suficiente a los nativos, hasta el extremo de llevarlos a la conclusión de que estos misioneros pertenecían a una línea de relación que los entroncaba directamente con la divinidad en su más exigente proyección. En los comentarios que constituyen nuestro interés, podremos apreciar cómo nuestro Motolinia iba cumpliendo este objetivo mientras, al mismo tiempo, descubría en el conocimiento del pasado prehispánico la información que necesitaba para hacer que los indígenas se hicieran cristianos. Las páginas que siguen pretenden poner en evidencia cómo se cumplieron los objetivos y cómo, además, esto significó el descubrimiento progresivo del modo de ser indígena, condición necesaria para alcanzar los fines misioneros. En realidad, el logro de este conocimiento se convirtió en pieza articular clave en el proceso de esta empresa. Y ésta sería la razón primera del interés que tuvo Motolinia por saber cómo eran las culturas indígenas antes de la llegada de los españoles. Cabalmente por eso, para quienes se dedican a la Antropología de campo y son conscientes de que éste impone como condición indispensable el planteamiento de una observación empírica, directa y personal de los hechos, es obvio que la técnica de trabajo seguida por Motolinia es la etnográfica. En un primer extremo, Motolinia estuvo condicionado por el hecho de que ignoraba la lengua indígena y que, por lo tanto, permanecía limitado por este inconveniente. Por eso, sus primeras aproximaciones al conocimiento de las culturas indígenas consistieron en indagar y en observar a quienes, desde un primer momento, españoles e intérpretes indígenas de éstos podían proporcionarle las informaciones que necesitaba, por lo menos para comenzar a saber cómo relacionarse con el mundo nativo y cómo iniciar, además, su misión evangelizadora. Desde luego, Motolinia, al igual que sus demás compañeros franciscanos, contó con una primera ventaja a su favor: hacía cerca de tres años que los españoles que le antecedieron habían conquistado Tenochtitlán, y aunque no habían extendido todavía su dominio total por todos los extremos de Mesoamérica ##desde Michoacán al norte y desde Guatemala hacia el sur##, en general, sí habían establecido su poder en el punto más estratégico del imperio azteca, como eran su capital y los valles adyacentes. Es también indudable que durante este tiempo se había conseguido establecer conocimientos lingüísticos mínimos para poder conseguir ciertos intercambios verbales entre indígenas y españoles, pues la misma convivencia social con éstos y la dependencia mutua que resultaba, los hacía necesarios. El mismo Hernán Cortés contó, desde el principio de su llegada a las costas mayas, con el auxilio lingüístico de doña Marina, la también llamada Malinche o Malintzin, y asimismo con el náufrago español jerónimo de Aguilar, para sus comunicaciones con los aztecas. Desde el comienzo de esta experiencia lingüística, es obvio que tres años después de la conquista de Tenochtitlán algunos jóvenes indígenas, y otros españoles, habían conseguido mantener intercambios lingüísticos suficientes que socialmente les permitían dialogar y comunicarse verbalmente en el transcurso de sus relaciones de convivencia interétnica. Así, cuando los doce frailes arribaron a México tuvieron desde este mismo instante la oportunidad de disponer de una red de comunicación social, verbalmente suficiente, que tenía como base de maniobra a los intérpretes que utilizaban los españoles. Desde el inicio, por lo tanto, pudieron trabajar con indígenas, y en este sentido cabe añadir que si la historia de que nos ocupamos fue escrita hacia la mitad del siglo XVI, entonces Motolinia ya conocía el nahuatl, y según sus propias noticias, él y sus compañeros de misión llegaron a predicar hasta en tres idiomas nativos. Los dos primeros años, estos frailes permanecieron instalados, y casi aislados, en sus casas o conventos, porque, como dice Motolinia, no sabían todavía las lenguas de la tierra. Después que las aprendieron, presumiblemente a partir de estos dos primeros años, empezaron a distribuirse por diferentes puntos del Anahuac11, y en el caso de nuestro fraile, parece haber estado en casi todos los lugares importantes de la zona, lo cual hizo posible que su conocimiento de la vida indígena fuera muy profundo. Este convencimiento se induce de la lectura comparada de otras fuentes de la época, e incluso limitándonos al análisis de las descripciones, y se confirma cuando leemos, además, los Memoriales12 que él mismo escribiera, y en cuyo texto alcanzamos la convicción de que Motolinia no sólo escribió definitivamente sus libros a mediados del siglo XVI, sino que cuando lo hizo su mente estaba saturada de vivencias maduras suficientes como para haber cuajado, como así ocurre, una obra importante para el conocimiento de las culturas del altiplano mexicano. Lo cierto es que esto fue posible porque desde su llegada a México en 1524 ya pudo iniciar sus observaciones personales, y en función del carácter de su misión evangelizadora, entregarse a la redacción de informes y de notas que luego constituyeron el pósito de su experiencia intelectual. La llegada de los franciscanos a México se hizo, pues, cuando ya se disponía de bases lingüísticas y sociales para comenzar la evangelización directa, pero el hecho de que estos frailes no dominaran todavía las lenguas nativas obligó a demorar las predicaciones directas. Sin embargo, dos años después, cuando ya estaban en condiciones de conversar con los nativos y de comprender el sentido de sus giros lingüísticos, es también evidente que ya disponían de informaciones que les fueron dadas por los propios españoles y por los intérpretes nativos de éstos. Conforme a tales supuestos, Motolinia dispuso de informaciones y de informantes viejos para obtener las historias de las culturas indígenas, al tiempo que conseguía familiarizarse con sus tradiciones orales. Asimismo, y como era común entonces, los frailes podían disponer de libros indígenas que consultaban y entendían a través de intérpretes nativos. (Estos libros eran pictografías en amtl o papel indiano, y en pieles curtidas de venado.) Las primeras fuentes históricas que tuvieron a mano estos frailes fueron los llamados códices indígenas donde, por medio de glifos, se representaban acontecimientos e ideas. En dichos códices, la escritura podía ser ideográfica, esto es, relacionada con la expresión de ideas; pictográfica o referida a la representación de objetos, y fonética o que designaba voces o sonidos13. El contexto de estos códices era, pues, muy variado y su estudio proporcionaba a los frailes informaciones que podemos considerar étnicas porque constituyen la versión de la cultura nativa desde los mismos indígenas. En cualquier caso, estos códices o escrituras propiamente indígenas habían sido elaborados por los llamados tlacuilo o tlacuiloque14, personajes encargados de escribir las historias y el pensamiento de sus naciones. Realmente, estos tlacuilo formaban parte de los estamentos sociales superiores, gozaban de gran prestigio y eran, en definitiva, los que recibían y conservaban este conocimiento expresado literalmente. En gran manera, estos códices tenían que ser interpretados en cada caso, y por lo mismo requerían ser enseñados a quienes se acercaban a ellos por primera vez. Esto significa que Motolinia tuvo que ser auxiliado para su lectura por indígenas sabios, pues directamente no estaba en condiciones de hacerlo por sí mismo, a menos que ya hubiera obtenido la necesaria familiaridad con sus textos, habitualmente escritos sobre pieles de venado, o en telas de papel de maguey, o sobre telas de algodón tejido, en cualquier caso previamente alisadas y blanqueadas mediante la superposición de capas de yeso adheridas a estas superficies. Para los nativos esta escritura constituía el medio tradicional de registro de sus memorias étnicas, de su historia y, en definitiva, era su literatura escrita. Venían a ser como Anales y se consideraban instrumentos oficiales de consulta, incluso de sus negocios con otras naciones, y eran utilizados a modo de documentos formales. Al mismo tiempo, y con respecto a la manera como Motolinia reunió esos materiales, estaban los informantes que recordaban tradiciones, sucesos e historias transmitidas de una generación a otra. Por ello, Motolinia y los demás cronistas españoles de la época que pudieron disponer de información directa u observada, se vieron obligados a consultar continuamente a estos sabios nativos en lo referente al conocimiento del pasado en sus cronologías y orígenes. Cabalmente, pues, el fondo historiográfico de Motolinia consistió en estudiar estas fuentes escritas con ayuda de los tlacuilo, sobre todo, y en verificarlas, asimismo, a partir de sus informantes nativos, generalmente individuos de edades avanzadas y con autoridad intelectual capaces de recordar el sentido de los acontecimientos, tanto porque, en casos, habían sido protagonistas de ellos como porque disponían de estos conocimientos por tradición familiar, local o erudita. Estas serían las fuentes que Motolinia pudo consultar y que, aparte de las que pudo obtener de otros españoles que, asimismo, disponían de informaciones semejantes o que las reunían en otros lugares utilizando los mismos procedimientos, formaron el corpus de la historia prehispánica que narra. Por ende, la indagación etnográfica que hiciera Motolinia podía ser hecha porque entonces fueron frailes quienes hicieron las mejores descripciones del mundo indígena, y esto ocurría no sólo porque dedicaban su tiempo a vivir con los indios, sino también porque eran los más preparados para registrar de modo sistemático lo que observaban. Ellos mismos tenían la obligación de informar a sus superiores mientras, además, este conocimiento debía llegarles en forma muy organizada y categorizada. Excepto algunos cronistas, pocos, funcionarios de la Corona, como Gonzalo Fernández de Oviedo, en este tiempo los misioneros fueron etnógrafos excelentes. Salvo sus constantes admoniciones y juicios de valor aplicados a los comportamientos que describen, debemos considerarlos etnógrafos, los primeros, de la época moderna occidental. Motolinia debe ser incluido entre ellos. El hecho de haber vivido la experiencia social con los indígenas a partir de 1524, pero sobre todo dos años después de esta fecha, cuando ya podía relacionarse con aquéllos en su lengua, permite reconocer que el trabajo de obtención de datos de campo se hizo recurriendo a técnicas de observación directa, con lo cual resulta que los datos que se nos transmiten dentro de esta obra cumplen, por lo que hace a sus técnicas de obtención, con los requisitos que habitualmente los antropólogos exigen de los miembros de su comunidad científica, en este caso, residencia, lo más prolongada posible entre los nativos sobre los que escribe, y rigor clasificatorio.
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La obra El libro tiene por su parte una larga historia y una aventura casi apasionante. Para que podamos comprender el proceso que siguió el original desde su llegada a España, debemos establecer una secuencia cronológica, restituyendo con hipótesis los vanos que hay entre los datos seguros. Tomemos el hilo en el momento en que muere. Fr. Martín. 1. Primera etapa. La otra, con sus ilustraciones de las que luego hablaremos, con las correcciones de Fr. Martín, con los informes y censuras, queda en poder de la orden de la Merced, sin que nadie -al menos, que sepamos- se preocupe de darla a las prensas. Alguien del convento queda, sin embargo, encargado de su custodia y él u otra persona se traslada a Salamanca, y se instala en el Colegio Menor de Cuenca, a cuya biblioteca lo dona. Y allí estará dormido -que los libros que nadie lee, están dormidos- durante años y años. Cabe también la hipótesis, que no puede pasar de ser una mera conjetura, que el P. Murúa fuera a acabar sus días en Salamanca, y que ésta sea la razón de que el libro fuera a parar al Colegio Menor de Cuenca. Porque lo que sí es seguro es que estuvo en esa Biblioteca, como consta manuscrito en la portada -manuscrita también del original11, donde se dice: De la Biblioth? del Coll? Mor de Cuenca. 2. Segunda etapa. Dormido o no, el libro de Fr. Martín iba a sufrir la misma suerte que todos sus compañeros de Biblioteca, y ésta la del Colegio Menor. Este Colegio, que era de Patronato Regio, se disuelve en el siglo XVIII y todos sus libros, en vez de pasar a la Biblioteca Universitaria de Salamanca, como quizá hubiera sido lógico, van a engrosar la Librería Real, donde aún se conservan. Una pregunta ingenua sería: ¿está allí el original de Fr. Martín? No. No está, aunque sí figura en el inventario. Y esto es asombroso en sí mismo porque la Biblioteca Real es probablemente uno de los fondos bibliográficos mejor guardados del mundo, donde las garantías de conservación de los libros son máximas y las precauciones que se toman para que nadie pueda dañarlos, son extremas. Si esto es así, cabe preguntarse en qué ocasión pudo salir de recinto tan bien guardado, por bibliotecarios, alabarderos, guardas y centinelas. Sólo había un medio: que alguien con autoridad de Rey lo hiciera, y así fue. Pero esto constituye la etapa siguiente de la historia de las aventuras del manuscrito. 3. Tercera etapa. Durante el predominio de Napoleón Bonaparte en Europa, como es sabido, éste colocó en el trono español a su hermano José, que reinó brevemente como José I, y al que la historia y la administración española han dado el nombre de rey intruso12. La mala fortuna final del imperio napoleónico -gestada en gran parte en España- hizo que José I tuviera que abandonar su Reino, lo que hizo con un copioso equipaje, en el que metió aquellas cosas que más le llamaron la atención, especialmente en el Real Palacio. Una de ellas, quizá por sus ilustraciones en color, fue la Historia General del Perú, de nuestro fraile mercedario. Pero, como sabemos, el equipaje del rey José, como lo titulará Pérez Galdós en uno de sus Episodios Nacionales, no llegaría nunca al destino que el rey intruso le había preparado, porque el ejército hispano-inglés de Wellesley, el futuro Lord Wellington, lo alcanzaba en las cercanías de Vitoria, en 1813, infligiéndole tal derrota, que en su huida José Bonaparte tuvo que abandonar toda su impedimenta, que quedaba en poder del vencedor, incluso los tesoros que llevaba en su berlina, entre ellos el manuscrito de Murúa. El vencedor era Wellesley, que se hizo con la impedimenta y la llevó consigo a Inglaterra, especialmente lo que contenía el propio coche del rey intruso, cuya imperial estaba abarrotada de cuadros, grabados y libros con miniaturas. Entre ellos la Historia de Fray Martín y otros de la Biblioteca del Colegio de Cuenca. En Inglaterra lo recibió el hermano mayor de Wellington, William Wellesley Pole, que en 9 de febrero de 1814 daba cuenta de una primera inspección. No quedó satisfecho Wellington con la posesión del equipaje del rey José. Suponiendo que estaban las cosas mezcladas y que había objetos de diversas procedencias, comenzó a clasificarlo todo y a restaurar lo que estaba deteriorado. En 16 de marzo de 1814 escribe a su hermano Enrique, embajador de Inglaterra en España, pidiéndole que lo comunique al Rey Fernando VII, y que éste designe persona que vaya a reconocer lo que es suyo, tanto de grabados como de pinturas y libros. Jamás obtuvo contestación. En 1816, el minucioso Duque de Wellington escribía al Conde de Fernán Núñez, Duque de Montellano, embajador de España en Londres, enviándole un catálogo de lo que tenía en su poder, para que le diga lo que es del Rey de España. Nuevo silencio. Por fin, en 29 de noviembre de 1816, el conde de Fernán Núñez le comunicaba la decisión de Fernando VII de que retuviera en legítima posesión cuanto apresara en Vitoria, y que no volviera sobre el asunto. Wellington decidió entonces reunir todo en su residencia de Stratfield Saye, donde se dedicó a conocer personalmente todo lo que había ido reuniendo. Y topó con la Historia del Perú, que le pareció podría ser -intuición grande de hombre grande- de utilidad a los historiadores. En vista de ello, en 14 de noviembre de 1824 reunía una serie de documentos y papeles, y entre ellos la obra de Murúa, y se los enviaba a Sir Walter Scott, con una carta en que le decía: ... Los documentos y otros que encontré, con el libro conteniendo las copias de las cartas de Carlos V y la Historia del Perú y su primera conquista por un testigo presencial13, hubieran sido inestimables al Profesor Roberston14 y me alegrará tener su opinión acerca de la manera de utilizarlos. Walter Scott los devolvió a poco, sin dar opinión alguna que se conozca, y la obra quedó en Apsley House -la residencia de Wellington en Londres- hasta 1945, en que el actual Duque de Wellington la devolvió a su primitiva biblioteca de Stratfield Saye, donde aún se conserva e iba a ser encontrada poco después. Pero ésa es otra historia, que veremos más adelante: la de su descubrimiento. Pero la historia de los manuscritos no acaba con el itinerario que siguió el original, desde las orillas del lago Titicaca hasta el Berkshire, pasando por Potosí, La Plata, Buenos Aires, Madrid, Vitoria y Londres. La obra debió despertar en su tiempo un evidente interés y, según costumbre del tiempo, cuando un libro no era impreso, se hizo una copia de él, que fue a parar a Loyola, pero sin las ilustraciones. Hay, pues, dos manuscritos del libro, el llamado de Loyola y el Wellington. De la suerte del primero volveremos a tratar cuando hablemos de las ediciones que se han hecho. El Mss. Wellington, que es el original, como hemos ido considerando, está escrito en folios, por las dos caras, de papel de tina, formando un volumen de 377 folios y 37 ilustraciones15, dividido en tres libros. El título general y el de los libros es el siguiente: TITULO: Historia General del Pirú. Origen y descen / dencia de los Incas, donde se trata, assí de las guerras / civiles Ingas, como de la entrada de los españoles / Descripción de las ciudades y lugares dél, con / otras cosas notables, compuesto por el Muy rdo. Pe. / Fr. Martín de Murúa, elector genl. del orden de nra. S? / de las mds. Rra de captiuos, comor y cura de Hunata. (Tiene una viñeta central, con los escudos de España, Perú y de los Incas, y una leyenda que dice quod vidimus et audivimus testamur.) LIBROS: (I) Libro del Origen y descendencia de los / Ingas. Señores deste Reyno del Pirú donde se / ponen las conquistas que hizieron de diferentes probincias / y Naciones y Guerras civiles hasta la entrada / de los Españoles, con su modo de governar condi / ción y trato y la descipción de las más prinsi / pales Ciudades y Villas de / esta amplisima provincia. (92 capítulos.) (II) Libro segundo, del gobierno que los Yngas / tubieron en este reino y ritos y ce / remonias que guardaban. (40 capítulos.) (III) Libro tercero, donde se trata, en / general, y particular deste reino / del Pirú, y las ciudades prins / ipales y villas dél. (31 capítulos.)
contexto
La tercera parte de la Crónica del Perú Y con esto llegamos a la tercera parte de esta Crónica, que es el objeto de esta introducción. La tercera parte de la Crónica del Perú estaba destinada en el programa del autor a lo que especifica en su Proemio a la primera edición: En la tercera parte trataré --escribía nuestro Pedro-- el descubrimiento y conquista de este reino del Perú; y de la grande constancia que tuvo él el marqués don Francisco Pizarro; y los muchos trabajos que los cristianos pasaron, cuando trece de ellos, con el mismo marqués (permitiéndolo Dios) lo descubrieron. Y después que el dicho don Francisco de Pizarro fue por su majestad nombrado por gobernador, entró en el Perú, y con ciento sesenta españoles lo ganó, prendiendo a Atabalipa. Y asimismo en esta tercera parte se trata la llegada del Adelantado don Pedro de Alvarado, y los conciertos que pasaron entre él y el gobernador don Francisco Pizarro. También se declaran las cosas notables que pasaron en diversas partes de este reino; y el alzamiento y rebelión de los indios en general: y las causas que a ello les movió. Trátase la guerra tan cruel y porfiada que los mismos hicieron a los españoles que estaban en la gran ciudad del Cuzco, y las muertes de algunos capitanes, españoles e indios; donde hace fin esta tercera parte en la vuelta que hizo de Chile el Adelantado don Diego de Almagro, y con su entrada en la ciudad del Cuzco; estando en ella por justicia mayor el capitán Hernando Pizarro, caballero de la orden de Santiago... Este párrafo detalla con exactitud el contenido del libro tercero, que paso a explicar. El libro se compuso, en su mayor parte, durante la estancia que como criado del mariscal Robledo hizo en Panamá. Hasta entonces Pedro había recorrido los caminos terrestres de los valles del Atrato y del Cauca, en la actual Colombia, hasta rendir viaje en compañía del licenciado Vadillo en la ciudad de Cali. Desde allá, y siguiendo órdenes primero de Andagoya, y después de Belalcázar y de Robledo, había emprendido un camino de regreso, siempre terrestre, hasta San Sebastián de Buena Vista, en el fondo de la Culata de Urabá. Robledo decidió allí emprender un viaje a Castilla para fianzar su mando: en los valles y montañas que había recorrido y en los centros de población que había fundado; en Urabá, Pedro se despidió de su jefe y marchó con sus instrucciones a Panamá, sede de la Audiencia, para negociar ante ella los asuntos que Robledo le había dejado encargados. Situado en Panamá, y pasando la mayor parte del día encerrado en su casa; pues la ciudad, dice, está trazada y edificada de levante a poniente, en tal manera que, saliendo el sol, no hay quien pueda andar por ninguna calle de ella: porque no hace sombra ninguna. Y esto --continúa-- siéntese tanto, porque hace grandísimo calor, y porque el sol es tan enfermo: que si un hombre acostumbra andar por él, aunque no sea sino pocas horas, le dará tales enfermedades que muera, porque así ha acontecido a muchos... En esta ciudad tan inhóspita tuvo la suerte de dar con antiguos vecinos del Perú que le fueron contando las peripecias de aquella descomunal aventura. Entre ellos recuerda Cieza a Nicolás de Ribera, quien le sirvió de fuente principal para esta tercera parte que entonces emprendía. Plan de la obra La Tercera Parte de la Crónica del Perú distribuye su materia en 97 capítulos en 132 folios, con una media inferior al folio doble (2 páginas) por capítulo. La materia se distribuye, en una primera división lógica, entre el descubrimiento y la conquista, correspondiendo al descubrimiento tanto en gestiones previas con la formación de la sociedad entre sus principales protagonistas: Pizarro, Almagro, Luque, a los que se agregaron Pedrarias y Gaspar de Espinosa en papeles menos estables, cuanto los primeros viajes de reconocimiento y exploración de la costa y sus islas. Una primera crisis de gobierno en Panamá se abrió cuando Pedrarias Dávila fue sustituido por Pedro de los Ríos: Ríos consideró aquella empresa descabellada, con un balance muy negativo en dinero y en vidas humanas; y trató de prohibir el reclutamiento que habría de hacerse en su gobernación de Tierra Firme. La constancia de Pizarro hizo triunfar la empresa, cuando estableció aquel dilema: Perú o la riqueza, Panamá o la pobreza; dilema que produjo la formación de aquel pequeño grupo de decididos que fueron los trece de la fama, de la isla del Gallo. A la espera de refuerzos, el grupo se trasladó a la isla que bautizaron con el nombre mítico de Gorgona, a la que Cieza consagró una doble descripción: la primera en el capítulo 3 de la Primera Parte; la segunda en el capítulo 17 de la Tercera Parte. En la primera, dice de ella: la isla de Gorgona es alta, donde jamás deja de llover j, tronar, que parece que los elementos unos con otros combaten... Y en la segunda: En la mar del Sur, la Gorgona tiene el sonido de no ser tierra ni isla sino apariencia del infierno. Comparación que completa con la mala nombradía que en el Océano entre Indias y la Tercera tiene una isla que llaman la Bermuda... de la cual huyen los navegantes como de pestilencia... Curiosa nombradía que ha llegado hasta los tiempos actuales con el famoso triángulo de las Bermudas... El grupo de expedicionarios tuvo la suerte de dar con una balsa que navegaba a vela en la que venían indios procedentes de una ciudad llamada Túmbez, que constituyó un presagio de lo que habría de ser finalmente el Perú. La llegada a Túmbez fue tan decisiva que impulsó a los tres asociados a enviar a España a Francisco Pizarro para que negociase las capitulaciones oportunas para la conquista de aquella región que se anunciaba rica en toda clase de productos vegetales, animales y minerales; y en la que existía un verdadero imperio, bajo el mando de un grupo humano llamado Inca. Cieza transcribe las capitulaciones que en Castilla obtuvo Pizarro y cree encontrar en su redacción las primeras raíces de la gran división que llegaría a transformar en cordiales enemigos a los mismos que habían iniciado la operación del Perú. Una segunda sección, que abarca los capítulos 28 a 38, comprende sucesivos contactos con los indios de Túmbez y la Puná, y se cierra con la primera fundación urbana en el Perú, que fue la ciudad de San Miguel. El gran imperio de los incas parecía una fiera adormecida, y no daba importancia a aquel grupo de extranjeros, blancos y barbados, que merodeaban por las playas septentrionales. Y es que por primera vez en su historia el imperio estaba sometido a una cruel guerra de sucesión, cuyo resultado en aquel primer tiempo no estaba aún decidido. A esta circunstancia alude Cieza de vez en cuando, considerándola providencial: ya que los castellanos no hubieran podido desembarcar en tierras peruanas si el imperio hubiera seguido unificado y poderoso, como en los buenos tiempos del que acababa de fallecer, Huayna Capac. Cieza, atento siempre a la sucesión cronológica --aunque esto no le impida confundir los años--, interrumpe la sucesión de los descubrimientos costeros para dar cuenta del desarrollo de la contienda civil entre Huascar y Atahualpa: a la que dedica los capítulos 39-40, que nos deja con el relato de la prisión de Huascar, a quien Cieza presenta un tanto ingenuo frente a las astucias de su medio hermano Atahualpa. Desde el capítulo 41 conectan de nuevo las historias de los castellanos y de Atahualpa que van acercándose a la decisiva confrontación en Cajamarca, que se describe en el capítulo 45. Siguen los capítulos dedicados al frustrado rescate y a la ejecución del emperador: ya que aquella muerte difícilmente escapa de este apelativo por el pánico que se apoderó de los compañeros de Pizarro al recibir tantos informes sobre un inminente ataque indígena que eventualmente no pudieran superar. Pero --como suelen decir-- para un soldado no es excusa válida el miedo: y aquellos soldados habían dado ya suficientes muestras de arrojo y aguante. Bien es verdad que Cieza hace constar que no fueron los soldados las víctimas del pánico, sino los oficiales reales, encargados del control administrativo de la empresa, a los que añade al reverendo Valverde, personaje no demasiado estimado por nuestro autor. En el capítulo 54 acaba esta sección con el relato de la muerte de Atahualpa: muerte dada por el habitual garrote aplicado a la garganta y no por decapitación, como lo ha descrito la tradición pictórica. La muerte de Atahualpa dirige las ambiciones de algunos conquistadores de los castellanos hacia Quito, que parecía haber rivalizado con el Cuzco en la capitalidad del imperio; y había sido la ciudad escogida por Atahualpa como sede y centro de sus ambiciones dinásticas. Quito atrae la atención primero de Belalcázar, y después del gobernador de Guatemala, don Pedro de Alvarado; detrás de ambos, el socio y colaborador de Pizarro, don Diego de Almagro. La narración de Quito se entrelaza con la que se centra en el Cuzco, al que se va acercando, por los Llanos de la costa, don Francisco. De camino, y dentro del plan de establecer una nueva capital para aquella provincia que acababa de conquistar, pasa por jauja, donde la establece provisionalmente, según se cuenta en el capítulo 61. Dos capítulos más adelante introduce Cieza la expedición de don Pedro de Alvarado, que se dirige hacia Quito, creyendo encontrarlo fuera de los límites de la gobernación de Pizarro. La expedición de Alvarado encuentra en su camino la de Belalcázar y Almagro que se han apresurado a fundar en Riobamba un establecimiento provisional que pudiera ser trasladado al valle de Quito sin perder su república: es decir, su esquema capitular; en perfecto paralelismo con la ciudad de jauja, en relación con Lima, que formaría su destino final. Cieza cuenta el acto final de la expedición de Alvarado con la renuncia de éste a todo intento colonizador en el extenso subcontinente meridional: arreglo que evitó un precoz enfrentamiento que no llegaría a su trágica maduración hasta la ruptura de los antiguos y fidelísimos amigos Pizarro y Almagro. El arreglo pacífico de Alvarado, que vende su armada y sus hombres y sus derechos a Diego de Almagro, se concluye y se relata en el capítulo 76. El libro concluye con dos operaciones de gran envergadura y casi simultáneas: la expedición a Chile de Diego de Almagro, en la que se enrolan muchos de los procedentes de Guatemala, y él viaje a España de Hernando Pizarro. El viaje de Pizarro, comenzado con los mejores auspicios, se desarrolló muy favorablemente en España, donde Hernando obtuvo todo lo que quiso para su hermano; y no pudo impedir que en la corte se atendieran las justas peticiones de Almagro, a quien se concedió una gobernación que por culpa de unos y de otros fue causa inmediata del enfrentamiento armado. Todo ello después de que, superada una especie de tormenta de verano, Pizarro y Almagro repitieran juramentos e imprecaciones: que --según Cieza-- se cumplieron con todo su trágico dramatismo. La expedición de Almagro a Chile fue un total fracaso: inesperadas dificultades, a la ida las nieves de los Andes, al regreso el desierto de Atacama, tuvieron el regusto del desencanto, porque no encontraron en Chile... los objetos de oro y plata que esperaban... Sin embargo, un viaje más tranquilo y menos polarizado con lo que se habían imaginado que era Chile les hubiera permitido descubrir la zona minera en torno al cerro de Potosí y otros cotos metalíferos que hubieran podido satisfacer las ambiciones más desatadas. La llegada de las provisiones reales con el nombramiento de gobernador de Nueva Toledo para Almagro, y el frenesí geográfico que se apoderó de jefe y expedicionarios, les hicieron regresar a marchas forzadas al punto de partida: que no fue otro que la ciudad que mantenía todavía --aunque ya expoliada de muchas de sus riquezas-- el prestigio de capital del imperio incaico: el Cuzco. Y con eso concluye la relación del descubrimiento y conquista del Perú, o Tercera Parte de la Crónica del Perú.